viernes, 24 de julio de 2026 Santiago el Mayor, Apóstol

lunes, 10 de agosto de 2015

San Lorenzo, Mártir

Las lecturas de la Misa de hoy, con el comentario de la tradición.

Epístola (2 Cor. 9, 6-10)

Léctio Epístolæ beáti Pauli Apóstoli ad Corínthios Fratres: Qui parce séminat, parce et metet: et qui séminat in benedictiónibus, de benedictiónibus et metet. Unusquísque prout destinávit in corde suo, non ex tristítia aut ex necessitáte: hilárem enim datórem díligit Deus. Potens est autem Deus omnem grátiam abundáre fácere in vobis, ut, in ómnibus semper omnem sufficiéntiam habéntes, abundétis in omne opus bonum, sicut scriptum est: Dispérsit, dedit paupéribus: justítia ejus manet in sǽculum sǽculi. Qui autem admínistrat semen seminánti: et panem ad manducándum præstábit, et multiplicábit semen vestrum, et augébit increménta frugum justítiæ vestræ.

Lo que digo es que quien escasamente siembra, cogerá escasamente; y quien siembra a manos llenas, a manos llenas cogerá. Haga cada cual la oferta conforme lo ha resuelto en su corazón, no de mala gana, o como por fuerza; porque Dios ama al que da con alegría. Por lo demás, poderoso es Dios para colmaros de todo bien; de suerte que contentos siempre con tener en todas las cosas todo lo suficiente, estéis sobrados para ejercitar toda especie de buenas obras con vuestros prójimos, según lo que está escrito: La justicia del que a manos llenas dio a los pobres, dura por los siglos de los siglos. Porque Dios que provee de simiente al sembrador, él os dará también pan que comer, y multiplicará vuestra sementera, y hará crecer más y más los frutos de vuestra justicia; [Torres Amat]

Comentario patrístico · Homilía 19 + Homilía 20 sobre 2 Corintios — San Juan Crisóstomo

Mas esto digo: es decir, junto con esto digo también lo siguiente. ¿Qué?

El que siembra con mezquindad, con mezquindad también segará; y el que siembra con largueza, con largueza también segará. Y no dijo «con avaricia», sino que empleó una expresión más suave, valiéndose del nombre de lo mezquino. Y llamó siembra a la cosa, para que al punto pusierais los ojos en la recompensa y, teniendo presente la cosecha, sintierais que recibís más de lo que dais. Por lo cual no dijo «el que da», sino «el que siembra»; y no dijo «vosotros, si sembráis», sino que hizo general su palabra. Ni tampoco dijo «largamente», sino «con largueza», que es cosa mucho mayor que aquello. Y de nuevo vuelve a aquel primer punto de la alegría, diciendo:

Cada uno, según se lo propuso en su corazón. Pues el hombre, cuando se le deja a sí mismo, hace la cosa con más prontitud que cuando es forzado. Por lo cual también insiste en esto: pues habiendo dicho «según está dispuesto», añadió:

No con tristeza ni por necesidad. Y no contento tampoco con esto, añade además un testimonio de la Escritura, diciendo:

Porque Dios ama al que da con alegría. ¿Veis con cuánta frecuencia asienta esto? «No hablo por mandato»; y «en esto os doy mi consejo»; y «como cosa de bendición, y no como de exacción»; y de nuevo «no con tristeza ni por necesidad; porque Dios ama al que da con alegría». En este pasaje soy de parecer que se entiende el que da con largueza; el Apóstol, sin embargo, lo tomó por el dar con prontitud. Pues como el ejemplo de los macedonios y todas aquellas otras cosas bastaban para producir la munificencia, no dice muchas cosas sobre ese punto, sino sobre el dar sin repugnancia. Porque si es obra de virtud, y con todo cuanto se hace por necesidad queda despojado de su recompensa, con razón también se afana en este punto. Y no aconseja solamente, sino que añade además una oración, como suele hacer, diciendo:

Y Dios, que es poderoso, haga que abunde para con vosotros toda gracia.

Con esta oración aparta del camino un pensamiento que acechaba contra esta liberalidad y que ahora es también estorbo para muchos. Pues muchos temen dar limosna, diciendo: «No sea que acaso me haga pobre», «no sea que acaso necesite yo del auxilio de otros». Para deshacer, pues, este temor, añade esta oración, diciendo: Haga que abunde para con vosotros toda gracia. No meramente que la cumpla, sino que la haga abundar. ¿Y qué es hacer que abunde la gracia? «Que os llene —quiere decir— de bienes tan grandes, que podáis abundar en esta liberalidad.»

Para que, teniendo siempre en todo toda suficiencia, abundéis para toda obra buena.

Observad, aun en esta su oración, su gran filosofía. No pide riquezas ni abundancia, sino toda suficiencia. Ni es esto solo lo admirable en él, sino que, así como no pidió lo superfluo, tampoco los apremia ni los obliga a dar de su indigencia, condescendiendo con su flaqueza; sino que pide una suficiencia, y muestra al mismo tiempo que no deben abusar de los dones recibidos de Dios. Para que abundéis, dice, para toda obra buena. «Por eso, pues —dice—, pido esto: para que deis también a otros.» Mas no dijo «deis», sino «abundéis». Porque en las cosas carnales les pide una suficiencia, pero en las espirituales, hasta abundancia; y no solo en la limosna, sino también en todas las demás cosas, para toda obra buena. Luego les presenta al profeta por consejero, habiendo buscado un testimonio que los invitase a la largueza, y dice:

Según está escrito: Repartió, dio a los pobres; su justicia permanece para siempre.

Este es el sentido de «abundéis»; pues las palabras «repartió» no significan otra cosa sino el dar copiosamente. Porque, aunque las cosas mismas no permanezcan, permanecen sus frutos. Pues esto es lo admirable: que cuando se guardan, se pierden; mas cuando se reparten, permanecen, sí, permanecen para siempre. Ahora bien, por justicia entiende aquí el amor a los hombres. Pues esto hace justos, consumiendo los pecados como un fuego cuando es copiosamente derramado.

En esto puede admirarse particularmente la sabiduría de Pablo: que, después de haber exhortado por consideraciones espirituales y temporales, también en cuanto a la recompensa hace otra vez lo mismo, ofreciendo retribuciones de uno y otro género. Esto, por ejemplo —«Repartió, dio a los pobres, su justicia permanece para siempre»—, pertenece a una recompensa espiritual; aquello otro —«multiplique vuestra sementera»— a una retribución temporal. Sin embargo, no se detiene aquí, sino que de nuevo vuelve a lo espiritual, poniendo las dos cosas continuamente una junto a otra; pues «aumente los frutos de vuestra justicia» es espiritual. Esto hace, y da con ello variedad a su discurso, arrancando de raíz aquellos razonamientos suyos, sin hombría y pusilánimes, y empleando muchos argumentos para disipar su temor de la pobreza, como también el ejemplo que ahora aduce. Porque si aun a los que siembran la tierra da Dios, si a los que alimentan el cuerpo concede abundancia, mucho más lo hará con los que labran el suelo del cielo, con los que cuidan del alma; pues quiere que estos gocen todavía más de su providencia. Con todo, no lo expone a manera de conclusión, ni al modo en que yo lo he hecho, sino en forma de oración, haciendo así a la vez patente la referencia, y llevándolos más bien a la esperanza, no solo por lo que de ordinario acontece, sino también por su propia oración: pues «Provea —dice— y multiplique vuestra sementera, y aumente los frutos de vuestra justicia». Aquí también insinúa de nuevo, de manera no sospechosa, la largueza en el dar; pues las palabras «multiplique» y «aumente» van encaminadas a indicar esto; y al mismo tiempo les permite no buscar más que lo necesario, diciendo: «pan para comer». Porque esto también es particularmente digno de admiración en él, a saber: que en las cosas necesarias les permite no buscar más de lo que la necesidad requiere; pero en las cosas espirituales les aconseja procurarse una gran sobreabundancia. Por lo cual dijo también arriba que, teniendo una suficiencia, abundéis para toda obra buena; y aquí: El que provee pan para comer, multiplique vuestra sementera; es decir, la simiente espiritual. Pues no pide limosna a secas, sino con largueza. Por lo cual también la llama continuamente simiente. Porque, así como el grano arrojado a la tierra da mieses lozanas, así también son muchos los puñados que la limosna produce de justicia, e inefables los frutos que muestra.

Homilía 19 + Homilía 20 sobre 2 Corintios, San Juan Crisóstomo · Traducción del editor, del texto de dominio público (NPNF, Schaff 1889) · fuente: newadvent.org

Evangelio (Joann. 12, 24-26)

Sequéntia sancti Evangélii secúndum Joánnem In illo témpore: Dixit Jesus discípulis suis: Amen, amen, dico vobis, nisi granum fruménti cadens in terram, mórtuum fúerit, ipsum solum manet: si autem mórtuum fúerit, multum fructum affert. Qui amat ánimam suam, perdet eam: et qui odit ánimam suam in hoc mundo, in vitam ætérnam custódit eam. Si quis mihi mínistrat, me sequátur: et ubi sum ego, illic et miníster meus erit. Si quis mihi ministráverit, honorificábit eum Pater meus.

En verdad, en verdad os digo que si el grano de trigo, después de echado en la tierra, no muere, queda infecundo; pero si muere, produce mucho fruto. Así el que ama desordenadamente su alma, la perderá; mas el que aborrece o mortifica su alma en este mundo, la conserva para la vida eterna. El que me sirve, sígame; que donde yo estoy, allí estará también el que me sirve; y a quien me sirviere, le honrará mi Padre. [Torres Amat]

Comentario de los Padres · Catena Aurea (Cadena de Oro) — Santo Tomás de Aquino

San Juan 12, 24-26 — glosas de los Padres griegos y latinos, encadenadas por Santo Tomás.

El templo del Señor, construido en Jerusalén, era tan celebrado, que en los días de fiesta concurrían a él no solamente los vecinos, sino otras muchas gentes de lejanos países, como se lee en los Hechos de los Apóstoles del eunuco de Candace, reina de los etíopes. En fuerza de tal costumbre, habían venido aquí para adorar los gentiles de que nos ocupamos. "Y había allí algunos gentiles de aquellos que habían subido a adorar en el día de la fiesta".

De los que estaban dispuestos a hacerse luego sus prosélitos. Y así, habiendo oído hablar de Cristo, quieren verlo. "Estos, pues, se llegaron a Felipe, que era de Betsaida de Galilea, y le rogaban diciendo: Señor, queremos ver a Jesús".

He aquí que los judíos quieren matarlo, y los gentiles lo quieren ver. Pero, por otra parte, de entre los judíos eran los que clamaban ( Jn 12,13): "¡Bendito el que viene en el nombre del Señor!". Los unos se han sujetado a la ley de la circuncisión, los otros son incircuncisos. Son como dos murallas de distinto origen y que vienen a reunirse por un ósculo de paz en la misma fe de Cristo.

"Vino Felipe y le dijo a Andrés".

Felipe le comunica el asunto a Andrés, pues éste le precedía. Pero él había escuchado esas palabras: "No vayáis a camino de gentiles" ( Mt 10,5). Entonces refiere al Maestro lo que habla con el discípulo, de donde se sigue: Andrés y Felipe dijeron a Jesús.

Oigamos la voz de la piedra angular, que es la siguiente: "Y Jesús les respondió diciendo: viene la hora en que sea glorificado el Hijo del hombre". Quizá creerá alguno que El dijo glorificado porque los gentiles querían verlo. Pero no es así, sino que veía que los gentiles en todas las naciones habían de creer en El, después de su pasión y de su resurrección. Con ocasión, pues, de estos gentiles que deseaban verlo, anuncia la futura plenitud de las naciones y promete que ya es llegada la hora de esta glorificación en los cielos, después de la cual las naciones habían de creer, conforme a aquellas palabras del profeta ( Sal 56,6; 107,6): "Seas ensalzado, oh Dios, sobre los cielos, y sobre toda la tierra tu gloria". Pero convino que se manifestara la exaltación de su gloria de tal manera que estuviera precedida de la humildad de su pasión. Y por eso añade: "En verdad, en verdad os digo, que si el grano de trigo que cae en la tierra no muere, queda él solo; mas si muere, lleva mucho fruto ". El decía de sí que era el grano que debía triturar la infidelidad de los judíos, pero que la fe de las naciones debía multiplicar.

Porque El ha sido sembrado en este mundo de la semilla de los profetas, esto es, se encarnó para que, muriendo, resucitase multiplicando. El murió solo y resucitó acompañado de muchos.

Y como con las palabras no podía convencerlos suficientemente, se vale de un ejemplo, porque el trigo da mucho más fruto después que muere. Y si esto sucede en las semillas, con mayor razón en Mí. Por otra parte, como debía enviar a sus discípulos a las naciones y ve a los gentiles abrazar la fe, les manifiesta que ya es tiempo de acercarse a la cruz. No los envió a las naciones sin que antes los judíos se estrellasen contra El y lo crucificasen. Y como previó que sus discípulos habían de contristarse por lo que les había dicho acerca de su muerte, para mayor abundancia les dice: No solamente debéis soportar con paciencia mi muerte, sino que vosotros mismos debéis morir, si es que queréis conseguir algún fruto. Y esto es lo que quiere significar por aquellas palabras: "Quien ama su alma la perderá".

De dos maneras puede entenderse este pasaje: el que ama, perderá; esto es, si amas perecerás; si deseas vivir en Cristo, no temas morir por Cristo. Y también de este otro modo: el que ama su alma, la perderá. No la ames en esta vida, para no perderla en la eterna. Este último me parece que es el sentido del Evangelio, pues añade: "Y el que aborrece su alma en este mundo", etc. Luego, lo dicho más arriba, se entiende en este mundo.

Ama su alma en este mundo aquel que pone por obra los deseos desordenados, y la aborrece el que resiste sus malas pasiones. Y no dijo aquel que no cede a ella, sino aquel que la aborrece. Y a la manera que nosotros no podemos ni aun soportar la voz ni la presencia de aquellos que aborrecemos, del mismo modo debemos apartar nuestra alma cuando nos induce a que hagamos cosas contrarias a Dios, y que por lo mismo le desagradan.

Mas como era demasiado duro oír que "es necesario aborrecer al alma", da el consuelo con las palabras "en este mundo", enseñando la circunstancia de tiempo, pues no manda que aborrezcamos eternamente al alma, y a continuación señala la recompensa: "Para vida eterna la guarda".

Pero mira, no te asalte la tentación de querer matarte a ti mismo, entendiendo que de este modo aborreces en este mundo a tu alma; de aquí toman motivo muchos malignos y perversos homicidas para entregarse a las llamas, arrojarse al agua o por un precipicio, y perecen. No es esto lo que enseñó Cristo: antes, por el contrario, al diablo, que le sugería para que se arrojase desde una altura, le respondió ( Mt 4,10): "Vete, Satanás". Pero cuando las circunstancias sean tales que se te ponga en la alternativa de obrar contra la Ley de Dios, o salir de esta vida amenazándote con la muerte el perseguidor, entonces es cuando debes aborrecer tu alma en este mundo para conservarla en la otra vida.

Cara es esta vida para aquellos que están apegados a ella; pero si alguno elevase los ojos al cielo, considerando que allí es donde están todos los bienes, menospreciará pronto la vida presente. Porque cuanto más claro se viere lo mejor, se desprecia lo peor. Y esto es lo que Cristo quería infundirnos, cuando añade: "El que me sirve, sígame", esto es, imíteme. Dice esto de la muerte y de la imitación por medio de las obras, porque es preciso que el que sirve siga a aquel a quien sirve.

Qué sea servir a Cristo, lo encontramos en sus mismas palabras: "Si alguno me sirve", etc. Ahora bien, sirven a Jesús los que no buscan su gloria propia, sino la de Jesucristo. Esto es lo que quiere decir "sígame"; ande mis caminos, no los suyos, haciendo por Cristo no solamente aquellas obras de misericordia que pertenecen al cuerpo, sino hasta aquélla de sublime caridad, que es dar la vida por sus hermanos. ¿Pero cuál será el fruto de esto? ¿Cuál la recompensa? Hela aquí: "Y en donde yo estoy, allí también estará mi ministro". Amese de balde a fin de que el precio de la obra con que se sirve sea estar con El.

Manifiesta de esta manera que la resurrección sucederá a la muerte. "En donde yo estoy" dice, porque antes de la resurrección Cristo estaba en los cielos; elevemos, pues, allí, nuestro corazón y nuestra alma.

"Y si alguno me sirviese, le honrará mi Padre".

Estas palabras debemos tomarlas como explicación de lo que antes había dicho: "Allí también estará mi ministro". Porque, ¿qué mayor honra puede recibir el hijo adoptado que la de estar allí en donde está el Unico?

No dijo, pues, Yo le honraré, sino "le honrará mi Padre"; porque aún no tenían de El la opinión que convenía, y creían que era mayor la gloria del Padre.

Catena Aurea (Cadena de Oro), Santo Tomás de Aquino · Traducción española del siglo XIX, dominio público · fuente: hjg.com.ar/catena