viernes, 24 de julio de 2026 Santiago el Mayor, Apóstol

jueves, 6 de agosto de 2015

La Transfiguración del Señor

Vida del santo de hoy, según el Año Cristiano del P. Juan Croiset.

La gloriosa Transfiguración del Salvador en el monte Tabor á presencia de los tres apóstoles mas amados y mas favorecidos suyos ocultó tantos misterios, y fué de tanto consuelo para fortalecer nuestra fe, que no era razón confundirla con las demás maravillas de su vida. Por eso, instituyó la Iglesia una fiesta particular de este singularísimo misterio, celebrándose ya en Roma desde el principio del quinto siglo, y siendo aun mas antigua su solemnidad en la iglesia griega.

No obstante el desprecio que hacia el Salvador de todo lo que sonaba á ostentación, y el amor que profesaba á la vida humilde, escondida y retirada, quería con todo eso, que sus discípulos formasen el debido concepto de su divinidad y le reconociesen por lo que era. Esto lo mostró en un viaje que hizo con ellos á varias aldeas de los contornos de Cesárea, junto al nacimiento del Jordán. Separóse un poco del camino para hacer oración, y acabada esta, les preguntó (aunque lo sabia mejor que otro alguno) qué opinión tenían de él, llamándose Hijo del hombre, según su costumbre. Respondiéronle con su acostumbrada simplicidad que unos le tenían por el Bautista resucitado, otros por Elías, otros por Jeremías, ó por alguno de los profetas antiguos que habia vuelto á este mundo.

Pero vosotros, les replicó el Salvador, ¿quién pensáis que soy yo? A esta segunda pregunta tomó Pedro la voz como el primero de todos, como el mas ardiente y el mas zeloso de la gloria de su divino Maestro, como aquel, en fin, dicen los padres, en cuya cátedra se habia de sentar, y por cuya boca habia de hablar el Espíritu Santo, y le dio esta inspirada respuesta: Tú eres el Mesías, hijo de Dios vivo. Merecía sin duda alguna recompensa un testimonio tan glorioso como sincero, y al punto fué premiado ventajosamente. Aquel Señor, cuyas palabras son gracias, y cuyas promesas son efectos, le aseguró inmediatamente la próxima fundación de la Iglesia, y que el mismo Pedro seria cabeza de ella: Bienaventurado eres, Simón, hijo de Jonás, porque no todos los hombres conocen la verdad que tú acabas de confesar. Ese conocimiento no le debes á la luz de la razón humana, sino á la ilustración de la revelación divina; no tuvo parte en él la carne y sangre; es muy superior al humano entendimiento, y solo pudo venir de mi Padre celestial.

Es cierto que soy el Mesías prometido, hijo de Dios vivo, y yo mismo Dios en todo igual á él; pero aun no es tiempo de publicar esta verdad, y os mando que no la publiquéis. Antes de hacerlo, es menester que padezca las mayores ignominias, y la misma muerte de cruz por la redención de todo el género humano, satisfaciendo de esta manera á la justicia de mi Padre celestial. Después de esto, les pronosticó hasta las mas menudas circunstancias de su pasión, temiendo que a vista de esta no dudasen de su divinidad si no la hubiese pronosticado; y además de eso, para fortificar su tierna fe, quiso descubrir á algunos de ellos un destello de su gloria. Por tanto, luego que hizo individual mención de todas las particularidades de su pasión, añadió que algunos de los que le oian no morirían sin haberle visto antes lleno de gloria y de majestad, dándoles como á probar anticipadamente aquellos inefables gozos que les reservaba en el cielo por toda la eternidad.

Aun no se habían pasado ocho dias después de esta promesa cuando se la cumplió con tantas ventajas, que no solo excedieron á sus esperanzas, sino á su mismo pensamiento. Llamó á parte á sus favorecidos discípulos, Pedro, Juan y Diego, y llevándolos consigo á un elevado monte, se retiró un poco, se puso en oración, y estando en el mayor fervor de ella, se transfiguró delante de ellos. Manifestóse visiblemente en su cuerpo el esplendor de su divinidad y la gloria de su alma, y de repente se descubrió el resplandor de su majestad; dejándose ver no ya como un puro hombre, sino como un Hombre Dios. Apareció su semblante mas resplandeciente que el sol, sus vestidos mas blancos que la nieve, deslumbrando á los ojos su candor; pero ni en los vestidos, ni en el semblante hubo mudanza sustancial; solo se hallaron repentinamente penetrados de los rayos que despedia de sí el cuerpo glorificado, no de otra manera que una nube enrarecida y transparente se representa totalmente iluminada, cuando la envisten de lleno los rayos del sol: Transformado, dice san Jerónimo, splendorem addit, faciem non subtraxit.

Antes en cierta manera se pudiera decir que la vida común del Salvador y su exterior ordinario y regular, era una verdadera transfiguración, por ser ajeno de su estado connatural, y que lo que se llamó transfiguración, era su estado connatural y verdadero; puesto que era menester un continuo milagro para suspender los efectos exteriores y visibles de su gloria y su divinidad. Solo con dejar obrar las causas naturales, necesariamente se habia de representar siempre como entonces se representó.

Pero no quiso el Salvador mostrarse solo en aquel estado glorioso. Dejáronse ver á sus dos lados Moisés y Elías: aquel, su principal ministro de la ley antigua; y este, el mas ardiente y el mas zeloso de todos los profetas. Dispuso el Hijo de Dios que aquellos dos grandes personajes se hallasen presentes á su Transfiguración, para que entendiesen los apóstoles que la ley y los profetas daban testimonio de su divinidad, y se terminaban en su persona. Vivía entonces Elías, como vive ahora, y así se dejó ver en su mismo cuerpo natural; pero el de Moisés, en sentir de santo Tomás, fue extraño y aéreo. Trataban con Jesucristo aquellos dos grandes siervos de Dios acerca de la muerte, que dentro de pocos dias habia de padecer en Jerusalen, de sus ignominias, afrentas y dolores con que habia de poner fin á los trabajos de su vida.

Nota san Lucas que san Pedro y sus compañeros estaban cargados de sueño, y que, al despertar, vieron la gloria de Jesús y á los dos personajes que estaban en su compañía. No les habia prevenido el Salvador el favor que les estaba preparando, y permitió que se durmiesen mientras hacia oración, para que, al despertar, fuese mayor el gusto y la sorpresa con la gracia de la novedad. Pero san Crisóstomo no puede creer que fuese verdadero sueño, y se inclina mas a que fué una especie de éxtasis que los arrebató y enajenó súbitamente, á vista del resplandor de que se hallaron envestidos con el nuevo prodigio.

Mezclada la admiración con un santo terror, é inundada el alma en un torrente de consuelos y dulzuras celestiales, no se pudo san Pedro contener; y saliéndole el gozo por los labios, con su viveza y prontitud acostumbrada exclamó á manera de un hombre extáticamente enajenado: ¡Señor, qué cosa tan buena es esta! ¡qué bella mansión! ¿dónde hallaremos en el mundo otra que sea mejor, ni tan buena? Fijémonos aquí, y levantemos tres tiendas, una para vos, otra para Moisés y otra para Elías. A Tertuliano le parece que en esta ocasión hablaba san Pedro arrebatado y como fuera de sí, y que eso quiere significar la Escritura en aquellas palabras: Nesciens quid diceret; no sabiendo lo que se decía. Consultó en esta ocasión sus expresiones con el gusto, dice san Ambrosio, mas que con la razón; atendía á lo que su alma experimentaba, y el mismo consuelo espiritual no le dejaba reflexionar las consecuencias de lo que pretendía: Non inconsulta petulantia, sed praematura devotio, fructum pietatis accumulabat: nam quod ignorabat, conditionis fuit; quod promittebat, devotionis.

Estaba aun con la palabra en la boca cuando desaparecieron Moisés y Elías envueltos en una luminosa nube que los encubrió; y del fondo de la misma nube salió una voz clara y divina, que dijo distintamente: Este es mi Hijo muy amado, objeto de mis complacencias, á quien, en quien y por quien amo todo lo que amo: oídle como á vuestro maestro, y obedecedle como á vuestro rey. Esta voz, como observan los padres, no se dejó oir hasta que se retiraron los dos santos, y se quedó solo el Salvador, para que no se dudase que á él solo se dirigía, y de solo él se debían entender aquellas palabras; ipsum audite.

Así el resplandor de la nube, como el sonoro y vehemente sonido de la voz atemorizaron tanto á los tres apóstoles, que cayeron atónitos en tierra, desapareciendo en el mismo instante toda aquella gloria. No obstante, se mantuvieron desmayados en la misma postura hasta que, acercándose á ellos el Señor, y tocándolos con la mano, les dijo: Levantaos, no tengáis temor. Al punto levantaron los ojos, y mirando á todas partes, no vieron otra cosa que á Jesucristo en su estado común y regular.

Bajaron del monte en compañía del Salvador, impacientes ya por anunciar á todos lo que habían visto; pero queriendo el Señor darles igualmente idea de su humildad, como se la había dado de su gloria, en el mismo camino les prohibió revelar á nadie las maravillas de que habían sido testigos. Semejante precepto les habia impuesto poco antes cuando preguntó á los apóstoles qué concepto hacian de él, y san Pedro declaró que le tenían por Jesucristo, Hijo de Dios vivo. Entonces, dice el evangelista, les mandó que á ninguno dijesen era Cristo (Matth. 16): Tunc praecepit discipulis suis, ut nemini dicerent quia ipse esset Jesus Christus; añade san Lucas la razón, porque conviene que el Hijo del hombre padezca, sea condenado por los ancianos, por los príncipes de los sacerdotes y por los escribas, sea sentenciado a muerte, y resucite al tercero dia. Dando á entender que, si se llegase á creer que era el Mesías, podia esto impedir su pasión y su muerte; pero después de su resurrección les dió orden para que lo publicasen en todas partes.

Si antes de la pasión hubiera declarado ó permitido se predicase claramente que era el Mesías prometido, muchos flacos (dicen san Crisóstomo y san Jerónimo) se escandalizarían tanto á vista de sus tormentos y de su muerte, que seria muy dificultoso el desimpresionarlos; pero la resurrección, de que fueron testigos todos los apóstoles y todos los discípulos, de manera que ninguno podia dudar de ella, autorizaba todo lo que les había dicho, y daba el mayor peso á todas las demás pruebas.

El intento del Salvador en mostrarse a los apóstoles cercado de gloria, y rodeado de brillante resplandor, fué para descubrirles un rayo de la gloria que ocultaba el velo de su cuerpo, y de la que tenia preparada en su reino para los que fielmente le sirviesen. También quiso animarlos por este medio á llevar con alegría la cruz, enseñándoles que aun en este mundo da el Señor á gustar algunas veces á sus santos, aunque pasajeramente, los gozos y los consuelos del otro; y que la vida de los que siguen á Cristo es á la verdad cruz; pero cruz que no solo se hace muy lijera, sino muy gustosa, por los espirituales consuelos que la acompañan; según lo que el mismo dice que su yugo es suave, y su carga lijera.

Escogió el Salvador para este misterio un lugar retirado y propio para hacer oración; dándonos á entender que no nos dispensa Dios sus favores, ni nos comunica su gloria en la publicidad, ni entre el tumulto del mundo, sino en el retiro, cuando estamos mas desprendidos de los afectos de la tierra, elevados á la mas alta perfección. Por eso, Moisés y Elías tuvieron la dicha de ver á Dios, no en medio de las ciudades, sino en la soledad y en el monte. Tanta verdad es que, si queremos que Dios se nos comunique, debemos amar el recogimiento y el retiro, haciéndonos superiores á todo lo terreno. También dispuso Jesucristo que le acompañasen en el monte Tabor aquellos mismos discípulos que le habían de hacer compañía en el monte de las Olivas, para que fuesen primero testigos de su gloria los que después lo habían de ser de sus agonías. Si tenemos parte en sus dolores, dice san Pablo, también la tendremos en sus consuelos: Si compatimur, ut et glorificemur.

Año Cristiano del P. Juan Croiset (trad. José F. de Isla), dominio público.