viernes, 24 de julio de 2026 Santiago el Mayor, Apóstol

jueves, 30 de julio de 2015

Santos Abdón y Senén, Mártires

Vida del santo de hoy, según el Año Cristiano del P. Juan Croiset.

Decio, general del ejército que el emperador Filipo había enviado contra Macrino á Jotapiano, fue declarado emperador por las legiones de Panonia y de la Mesia el año de Cristo 249; y luego publicó crueles edictos contra los cristianos, llenando todas las provincias de horrible carnicería. Asegura Dionisio, obispo de Antioquía, citado por Eusebio Cesariense, que esta séptima persecución, según el cómputo de Orosio, fué tan terrible, que los fieles se persuadieron había llegado aquel tiempo pronosticado por el Señor en que sería tan grande la tentación, que hasta los mismos elegidos, si fuese posible, serían inducidos en error. Duró esta cruel é injusta guerra contra los cristianos hasta el año de 251, y en ella fué cuando nuestros dos santos Abdón y Senén alentaron á los fieles con su magnanimidad, y llenaron de esplendor á toda la Iglesia con la gloria de su martirio.

Fueron persas, y de familia tan distinguida por sus grandes bienes como por su antigua nobleza; pero mucho más recomendables por la dicha de ser cristianos, y de edificar con su virtud, con su caridad y con su zelo á todos los fieles. Toda su ocupación era concurrir á las cárceles para consolar y para asistir á los confesores de Jesucristo, y entrar en las casas de los pobres cristianos para socorrerlos, y aun para prevenir sus miserias y necesidades. Dejábanse ver al pié de los potros y de los cadalsos para esforzar á los mártires, y después de muertos, procurar que se les diese sepultura. Igualmente respetables por su nacimiento que por su notoria bondad, nunca les faltaba proporción para hacer á sus hermanos estos caritativos oficios. Animada su industria de un zelo verdaderamente cristiano, y sostenida con sus excesivas limosnas, hacía cada día más floreciente aquella afligida cristiandad.

Tardó poco aquella heroica caridad en recibir la justa recompensa debida á tan gloriosos trabajos; fueron delatados al emperador los dos caballeros cristianos, como los mayores enemigos de los dioses del imperio. Acababa Decio de triunfar dichosamente de los persas. Atribuyendo su victoria á la protección de los dioses, á título de agradecido y de devoto se hizo más cruel contra los cristianos; y encaprichado más que nunca en sus impías supersticiones, resolvió exterminarlos en todos sus dominios. Informado de que nuestros dos santos se valían de la autoridad que les daba su nacimiento y sus riquezas, únicamente para infundir más aliento y mayor generosidad en el corazón de los cristianos, juzgó no podía dar mayor gusto á los gentiles que echar mano de aquellos dos ilustres enemigos del paganismo.

Fueron, pues, arrestados Abdón y Senén; quiso verlos el emperador, y los recibió con la distinción que merecían por su nacimiento y por otras muchas bellas prendas personales; hablóles al principio como quien deseaba ganarles el corazón y el espíritu; respondiéronle los santos con respeto y con discreción cortesana; pero cuando llegó el caso de tocar el punto de la religión, y les declaró que era menester una de dos, ó dejar de ser cristianos, ó incurrir en su desgracia, no deliberaron un momento. Somos cristianos, respondieron, y hacemos gloria de serlo. Señor, si para merecer la benevolencia de V. M. fuere menester sacrificar nuestra quietud y nuestros bienes, prontos estamos á hacer este sacrificio; pero vos mismo podéis juzgar si será razón preferir la gracia de los hombres á la de Dios, y perder la del Criador por merecer la del príncipe.

Irritado el emperador con esta respuesta, les dijo que no conocía otro Dios que los dioses del imperio, y que absolutamente quería, bajo pena de la vida, que ellos adorasen los mismos dioses que él. Gran príncipe, le replicaron los santos, la misma razón natural está demostrando que no puede haber muchos dioses; en el imperio no se podrían sufrir dos dueños igualmente soberanos. Esos que llamáis dioses son demonios, monas ridículas de la divinidad, que se burlan de los hombres. No hay más que un solo Dios, soberano dueño del universo, y criador de todas las cosas; á este adoramos como á nuestro soberano dueño, que lo es también vuestro.

Fuera ya de sí el emperador (tan arrebatado estaba) les respondió encendido en cólera: Yo sabré bien vengar nuestros dioses de vuestras blasfemias, y haceros arrepentir de vuestra impiedad. Quiso atormentarlos desde luego; pero temiendo alguna sublevación en un país donde eran tan respetados los dos santos, y en que su imperio todavía no estaba muy afianzado, se contentó con mandarlos asegurar entre los prisioneros que habían de ser conducidos á Roma, destinados para el triunfo. No se puede explicar los muchos trabajos que padecieron nuestros mártires en aquel penoso y dilatado viaje; la dureza de los guardias, la crueldad de los oficiales, los insultos de los soldados, y verse confundidos entre una multitud de prisioneros pagados de la hez del pueblo: pero el consuelo de que padecían por amor de Jesucristo, y la esperanza de derramar la sangre por su gloria, les compensaban con exceso las fatigas, ultrajes y tormentos. Fué muy largo el viaje, pero aun fué mucho más penoso, y sin milagro no parecía posible que los santos sobreviviesen á tantos trabajos.

Hizo el emperador su entrada en Roma con toda la pompa de conquistador; y habiendo servido nuestros dos santos de ornamento al aparato del triunfo, fueron entregados al prefecto Valeriano como los dos mayores enemigos que habían tenido hasta entonces los dioses del imperio. Comparecieron ante su tribunal, y todo el concurso quedó admirado aun más de la modestia de los dos mártires, que de la magnificencia de sus vestidos y del brillante resplandor de sus joyas y pedrería. Era grande y general el deseo de que saliesen libres; y habiéndolos exhortado inútilmente á que renunciasen la fe, se dispuso un altar en la misma sala de la audiencia, sobre el cual se colocó un ídolo de Júpiter, y se hicieron cuantas diligencias fueron posibles para persuadir á los dos santos á que á lo menos afectasen las ceremonias de que le ofrecían sacrificio; pero jamás se les pudo reducir al más leve disimulo. Somos cristianos, decían á voz en grito, hacemos gloria de serlo; no entendemos de disimulo en materia de religión; no adoramos más que á un solo Dios, y solo á él se deben ofrecer sacrificios; vuestras soñadas deidades son invención de vuestras fábulas, y conociendo nosotros su ridiculez, jamás podremos incurrir en vuestras impiedades.

¿Llamáis impiedad, replicó el prefecto, el reconocer por dios al sol, dios de vuestra nación, y adorado como tal por vuestros padres? No tiene duda, replicaron los santos, ¿dónde hay cosa más impía que reconocer por dios á una pura criatura? Tan descaminados vivieron en este punto nuestros padres como vosotros, y en eso estamos nosotros muy lejos de imitarlos; nunca diremos y nunca sentiremos otra cosa.

Habiendo dado cuenta Valeriano al emperador de la inmutable constancia en la fe de los dos mártires, se determinó que los dos persas fuesen llevados por fuerza delante de la estatua del sol, y que para no quedar desairada esta resolución, con la misma fuerza se les obligase á ofrecer incienso al ídolo. Hízose así, y conducidos Abdón y Senén violentamente al templo del sol, en lugar de ofrecer incienso á la estatua, le escupieron con horror y con desprecio. Levantó furiosamente el grito todo el concurso, clamando contra el sacrilegio. Al punto se ordenó que fuesen azotados con plomadas como viles esclavos, y que, después de haberlos despedazado hasta que se les descubriesen los huesos, fuesen expuestos á las fieras en el anfiteatro.

Ejecutóse la sentencia con más barbaridad que se había pronunciado. Despedazaron á azotes á las dos inocentes víctimas con tanta crueldad, que, á no conservarse por milagro, hubieran espirado en el suplicio; pero en medio de aquel granizo de azotes se les oía cantar alabanzas al Señor, rindiéndole muchas gracias por la merced que les hacía de contarlos en el número de las víctimas destinadas á ser sacrificadas por su amor. Después de aquella cruel carnicería, descubriéndoseles los huesos por entre las llagas que desfiguraban todo el cuerpo, fueron expuestos á las fieras en medio del anfiteatro. Había concurrido á él un inmenso gentío, aun más por ver despedazar á dos insignes enemigos de los dioses que á dos caballeros persas. Echaron contra ellos dos feroces leones y cuatro osos hambrientos, que, saliendo con furor de las jaulas, corrieron arrebatadamente hacia las dos inocentes víctimas. Estremecióse el concurso; pero presto se convirtió en admiración el horror, cuando vieron que, llegando las fieras á la presa, perdiendo en el mismo punto su ferocidad, se postraron á los piés de los santos como para respetarlos y rendirles homenaje.

Hallábase presente el prefecto, y exclamó: No se puede negar que estos dos cristianos son dos grandes magos; mirad cómo amansaron las fieras de repente. Pero la muchedumbre discurría muy de otra manera: oíase gritar de todas partes que solamente el poder del Dios de los cristianos era capaz de obrar aquella maravilla; y temiendo Valeriano que aquel prodigio hiciese demasiada impresión en los ánimos, llamó á los gladiadores que estaban presentes, y les mandó que degollasen á los dos mártires en la puerta del anfiteatro; lo que se ejecutó al instante.

No se aplacó con su sangre la rabia del prefecto; mandó que, atándolos por los piés, los llevasen arrastrando hasta el pedestal de la estatua del sol, y allí estuvieron tres días sin sepultura, no atreviéndose ninguno á dársela, hasta que un subdiácono, llamado Quirino, los retiró de noche, y metiéndolos en una caja de plomo, los tuvo en su casa todo el tiempo que duró en Roma la persecución. Fueron descubiertos en el imperio del Grande Constantino, y levantados de la tierra, los trasladaron al camino de Porto, colocándolos en el cementerio de Policiano, donde hoy día se ve su imagen de escultura muy antigua, juntamente con sus nombres. Se dice por muy cierto que los cuerpos de los santos Abdón y Senén fueron parte de las reliquias que el papa Gregorio IV envió á Francia el año de 828, por mano de Eginardo, y que fueron trasladadas á la abadía ó monasterio de San Medardo de Soissons, donde se conservaron hasta las guerras de los hugonotes, que las quemaron en el siglo décimosexto.

Año Cristiano del P. Juan Croiset (trad. José F. de Isla), dominio público.