viernes, 24 de julio de 2026 Santiago el Mayor, Apóstol

sábado, 25 de julio de 2015

Santiago el Mayor, Apóstol

Las lecturas de la Misa de hoy, con el comentario de la tradición.

Epístola (1 Cor. 4, 9-15)

Léctio Epístolæ beáti Pauli Apóstoli ad Corínthios Fratres: Puto, quod Deus nos Apóstolos novíssimos osténdit, tamquam morti destinátos: quia spectáculum facti sumus mundo et Angelis et homínibus. Nos stulti propter Christum, vos autem prudéntes in Christo: nos infírmi, vos autem fortes: vos nóbiles, nos autem ignóbiles. Usque in hanc horam et esurímus, et sitímus, et nudi sumus, et cólaphis cædimur, et instábiles sumus, et laborámus operántes mánibus nostris: maledícimur, et benedícimus: persecutiónem pátimur, et sustinémus: blasphemámur, et obsecrámus: tamquam purgaménta hujus mundi facti sumus, ómnium peripséma usque adhuc. Non ut confúndam vos, hæc scribo, sed ut fílios meos caríssimos móneo. Nam si decem mília pædagogórum habeátis in Christo: sed non multos patres. Nam in Christo Jesu per Evangélium ego vos génui.

Pues yo para mí tengo que Dios a nosotros los apóstoles nos trata como a los últimos o más viles hombres, como a los condenados a muerte, haciéndonos servir de espectáculo al mundo, a los ángeles y a los hombres. Nosotros somos considerados como unos necios por amor de Cristo ; mas vosotros, sois los prudentes en Cristo ; nosotros flacos, vosotros fuertes; vosotros sois honrados, nosotros viles y despreciados. Hasta la hora presente andamos sufriendo el hambre, la sed, la desnudez, los malos tratamientos, y no tenemos dónde fijar nuestro domicilio, y nos afanamos trabajando con nuestras propias manos, nos maldicen, y bendecimos; padecemos persecución, y la sufrimos con paciencia; nos ultrajan, y retornamos súplicas; somos en fin tratados, hasta ahora, como la basura del mundo, como la escoria de todos. No os escribo estas cosas porque quiera sonrojaros, sino que os amonesto como a hijos míos muy queridos. Porque aun cuando tengáis millares de maestros en Jesucristo, no tenéis muchos padres. Pues yo soy el que os he engendrado en Jesucristo por medio de la buena nueva. [Torres Amat]

Comentario patrístico · Homilía 12 + Homilía 13 sobre 1 Corintios — San Juan Crisóstomo

Porque pienso que Dios nos ha puesto a nosotros, los Apóstoles, en el último lugar, como destinados a la muerte. Grande es la profundidad de sentido y la severidad que de nuevo encierra al decir «nosotros»; y ni aun con esto se contentó, sino que añadió también su dignidad, hiriéndolos con vehemencia: «nosotros los Apóstoles», que soportamos males innumerables, que sembramos la palabra de la piedad, que os conducimos a esta severa regla de vida. A éstos ha puesto Dios en el último lugar, como destinados a la muerte, esto es, como condenados. Pues habiendo dicho antes: «para que también nosotros reinásemos con vosotros», y habiendo con tal expresión aflojado su vehemencia para no abatirlos, la retoma con mayor gravedad y dice: «Porque pienso que Dios nos ha puesto a nosotros, los Apóstoles, en el último lugar, como destinados a la muerte». Porque, según lo que veo —dice— y según lo que vosotros decís, los más abyectos de todos los hombres y por excelencia los condenados somos nosotros, expuestos a un padecer continuo; mientras que vosotros tenéis ya en vuestra imaginación un reino, honores y grandes recompensas. Y queriendo llevar su razonamiento a un absurdo aún mayor y mostrarlo increíble en sumo grado, no dijo solamente «somos los últimos», sino «Dios nos hizo los últimos»; ni se contentó con decir «los últimos», sino que añadió también «destinados a la muerte»; para que aun quien careciese por completo de entendimiento sintiese cuán increíble era lo dicho, y que sus palabras eran las de quien, apenado, los avergüenza con vehemencia.

Porque hemos venido a ser espectáculo para el mundo, para los ángeles y para los hombres. ¿Qué significa: «Hemos venido a ser espectáculo para el mundo»? No en un solo rincón ni en una pequeña parte del mundo padecemos estas cosas —dice—, sino en todas partes y ante todos. Mas ¿qué significa «para los ángeles»? Posible es venir a ser espectáculo para los hombres, pero no para los ángeles, cuando lo que se hace es ordinario; en cambio, nuestros combates son tales que resultan dignos aun de la contemplación de los ángeles. Mirad cómo, por aquello con que se envilece, de nuevo se muestra grande; y por aquello de que ellos se enorgullecen, pone al descubierto su bajeza. Pues como el ser tenidos por necios se reputaba cosa más vil que el parecer sabios; y el ser débiles, que el ser fuertes; y el ser deshonrados, que el ser gloriosos e ilustres; y como él va a echar sobre ellos la una serie de epítetos, tomando para sí la otra, da a entender que estos últimos son mejores que aquéllos, siquiera porque, a causa de ellos, atrajo la muchedumbre —no digo sólo de los hombres, sino aun de los mismos ángeles— a la contemplación de sí mismos. Porque no sólo con los hombres es nuestra lucha, sino también con las potestades incorpóreas. Por eso también se dispone un gran teatro.

Nosotros somos necios por Cristo, mas vosotros sois prudentes en Cristo. También esto lo dijo de manera que los avergonzase, dando a entender que es imposible que tales contrarios concuerden, ni que cosas tan apartadas entre sí concurran. Pues ¿cómo puede ser —dice— que vosotros seáis sabios y nosotros necios en las cosas que tocan a Cristo? Es a saber: los unos golpeados, despreciados, deshonrados y tenidos por nada; los otros gozando de honra y mirados por muchos como gente sabia y prudente. Esto le da ocasión de hablar así, como si dijera: ¿Cómo puede ser que quienes predican tales cosas sean tenidos por entregados en la práctica a lo contrario de ellas?

Nosotros somos flacos, mas vosotros fuertes. Es decir: a nosotros nos zarandean y persiguen, mientras que vosotros gozáis de seguridad y sois muy servidos; pero la naturaleza del Evangelio no lo consiente.

Nosotros somos despreciados, mas vosotros honrados. Aquí se pone en contra de los nobles y de aquellos que se engreían con las ventajas exteriores.

Hasta la hora presente padecemos hambre y sed, y estamos desnudos, y somos abofeteados, y no tenemos morada fija, y nos afanamos trabajando con nuestras propias manos. Es decir: no os cuento una historia antigua, sino aquello mismo de que el tiempo presente me da testimonio: que de las cosas humanas no hacemos caso alguno, ni de pompa exterior ninguna, sino que sólo a Dios miramos. Lo cual también nosotros hemos de practicar en todo lugar. Porque no sólo los ángeles nos están mirando, sino, más que ellos, Aquel que preside el espectáculo.

«Y nos afanamos»: esto contra los falsos apóstoles, que ni fatiga ni peligro soportan, y sin embargo recogen ellos los frutos. Mas no así nosotros —dice—, sino que, juntamente con los peligros de fuera, nos extenuamos hasta el extremo con perpetuo trabajo. Y lo que es más: nadie puede decir que nos irritemos por estas cosas, pues lo contrario damos en pago a quienes así nos tratan. Éste es, digo, el punto principal: no el padecer males, que es común a todos, sino el padecerlos sin abatimiento ni enojo. Y nosotros, tan lejos de abatirnos, estamos llenos de regocijo. Y prueba segura de ello es que devolvemos lo contrario a quienes nos agravian.

Somos maldecidos, y bendecimos; somos perseguidos, y lo sufrimos; somos difamados, y rogamos; hemos venido a ser como la basura del mundo. Éste es el sentido de «necios por Cristo». Porque quien padece agravio y ni se venga ni se enoja, es tenido por necio entre los gentiles, y por deshonrado y débil. Y para no hacer demasiado áspero su discurso refiriendo a la ciudad de ellos los padecimientos de que hablaba, ¿qué dice? Hemos venido a ser la basura, no de vuestra ciudad, sino del mundo. Y de nuevo: el desecho de todos los hombres; no de vosotros solos, sino de todos. Pues así como, cuando discurre acerca de la providente solicitud de Cristo, dejando de lado la tierra, el cielo, toda la creación, es la Cruz lo que pone delante, así también, cuando desea atraerlos a sí, pasando por alto todos sus milagros, habla de sus padecimientos por causa de ellos. Y ésta es también nuestra manera de obrar cuando somos agraviados y despreciados por alguno: cuanto hemos soportado por ellos, eso mismo ponemos delante.

El desecho de todos los hombres, hasta el presente. Vigoroso golpe es el que dio al fin con aquel «de todos»; no sólo de los perseguidores —dice—, sino también de aquellos por quienes padecemos estas cosas. ¡Oh, cuánto les debo! Es expresión de quien está seriamente afligido; no dolido de sí mismo, sino deseoso de hacerles sentir que quien tendría innumerables quejas que oponer, hasta los saluda. Y por eso mandó Cristo que llevásemos mansamente las injurias, para que a la vez nos ejercitásemos en alto grado de virtud y avergonzásemos más a la parte contraria. Pues tal efecto no se produce tan bien con el reproche como con el silencio.

Luego, viendo que el golpe no podía llevarse bien, presto lo cura, diciendo: No os escribo estas cosas para avergonzaros, sino para amonestaros como a hijos míos amadísimos. Porque no para confundiros —dice— digo estas cosas. Aquello mismo que con sus palabras había hecho, dice que no lo había hecho; o más bien, reconoce que lo había hecho, mas no con ánimo malo y rencoroso. Y este modo de suavizar es el mejor de todos: que digamos lo que hemos de decir y añadamos la disculpa tomada de nuestra intención. Pues callar era imposible, ya que ellos quedarían sin enmienda; y por otra parte, después de haber hablado, dejar la herida sin cuidar sería duro. Por eso, junto con su severidad, se excusa; lo cual, lejos de destruir el efecto del cuchillo, más bien lo hace penetrar más hondo, al par que modera todo el dolor de la herida. Pues cuando a uno se le dice que no por reproche, sino por amor se le dicen estas cosas, tanto más de buen grado recibe la corrección.

Porque aunque tengáis —dice— diez mil ayos en Cristo, no tenéis muchos padres. No expone aquí su dignidad, sino la excesiva grandeza de su amor. Y así tampoco hirió a los demás maestros, pues añade la cláusula «en Cristo»; antes bien los suavizó, llamando no parásitos, sino ayos, a aquellos de entre ellos que eran celosos y sufridos en el trabajo; y manifestó a la vez su propia y solícita cura de ellos. Por esto no dijo «no muchos maestros», sino «no muchos padres». Tan poco pretendía consignar título alguno de dignidad, o argüir que de él habían recibido el mayor beneficio; sino que, concediendo a los otros los grandes afanes que por los corintios habían tomado (pues eso significa la palabra «ayo»), la superioridad en el amor la reserva para su propia parte, pues eso, a su vez, significa la palabra «padre».

Y no dice solamente «nadie os ama tanto», afirmación que no admitía ser puesta en duda, sino que aduce además un hecho real. ¿Cuál es? Porque en Cristo Jesús yo os engendré por el Evangelio. «En Cristo Jesús»: no me lo atribuyo a mí mismo. De nuevo hiere a los que ponían sus propios nombres a su enseñanza. Porque vosotros —dice— sois el sello de mi apostolado. Y en otro lugar: «yo planté»; y aquí: «yo os engendré». No dijo «prediqué la palabra», sino «engendré», usando las voces del parentesco natural. Pues su único cuidado en aquel momento era mostrar el amor que les tenía. Porque ellos, en verdad, os recibieron de mí y os llevaron adelante; mas el que seáis creyentes, del todo por mí aconteció. Así, porque había dicho «como a hijos», para que no pensaseis que la expresión era lisonja, aduce también el hecho mismo.

Homilía 12 + Homilía 13 sobre 1 Corintios, San Juan Crisóstomo · Traducción del editor, del texto de dominio público (NPNF, Schaff 1889) · fuente: newadvent.org

Evangelio (Matt. 20, 20-23)

Sequéntia sancti Evangélii secúndum Matthǽum In illo témpore: Accessit ad Jesum mater filiórum Zebedæi cum fíliis suis, adórans et petens áliquid ab eo. Qui dixit ei: Quid vis? Ait illi: Dic, ut sédeant hi duo fílii mei, unus ad déxteram tuam et unus ad sinístram in regno tuo. Respóndens autem Jesus, dixit: Néscitis, quid petátis. Potéstis bíbere cálicem, quem ego bibitúrus sum? Dicunt ei: Póssumus. Ait illis: Cálicem quidem meum bibétis: sedére autem ad déxteram meam vel sinístram, non est meum dare vobis, sed quibus parátum est a Patre meo.

Entonces, la madre de los hijos de Zebedeo, se le acerca con sus dos hijos, y le adora, manifestando querer pedirle alguna gracia. Jesús le dijo: ¿Qué quieres? Y ella les respondió: Dispón que estos dos hijos míos tengan su asiento en tu reino, uno a tu derecha y otro a tu izquierda. Mas Jesús le dio por respuesta: No sabéis lo que os pedís. ¿Podéis beber el cáliz que yo tengo de beber? Y le dijeron: Bien podemos. Les replicó: Mi cáliz sí que lo beberéis; pero el asiento a mi diestra o siniestra no me toca concederlo a vosotros, sino que será para aquellos a quienes lo ha destinado mi Padre. [Torres Amat]

Comentario de los Padres · Catena Aurea (Cadena de Oro) — Santo Tomás de Aquino

San Mateo 20, 20-23 — glosas de los Padres griegos y latinos, encadenadas por Santo Tomás.

San Jerónimo. Como había dicho el Señor que "El resucitaría al tercero día", creyó una mujer que el Señor reinaría después de resucitado y con la curiosidad propia de su sexo, desea, sin acordarse de lo que había de realizarse después, lo que ella ve como presente. Por eso dice: "Entonces se acercó a El", etc.

Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum in Matthaeum, hom. 35. Esta mujer es Salomé, la madre de los hijos del Zebedeo; así es llamada por otro evangelista y su nombre significa pacífica y realmente lo era, porque fue madre de los hijos de la paz. Lo que realza más a esta mujer es que no solamente sus hijos abandonaron a su padre, sino que ella misma dejó a su esposo y siguió a Cristo. Su marido podía vivir sin ella, pero ella no podía salvarse sin Cristo. También se puede decir que Zebedeo había muerto en el tiempo que media entre la vocación de los apóstoles y la pasión del Señor. Ella, a pesar de su sexo débil y de una edad en que ya no tenía fuerzas, seguía a Cristo, porque la fe no envejece, ni la religión se fatiga. Su naturaleza la hizo atrevida para pedir y por eso dice: "Adorándole y pidiéndole alguna cosa"; es decir, que ella pide con el respeto debido que se le dé lo que pide. Sigue: "El la dijo: ¿Qué quieres?" Pregunta el Señor, no porque ignore lo que ella quiere, sino a fin de convencerla, exponiendo ella su petición, de la imposibilidad de su demanda. Por eso se añade: "Ella dijo: Di que estos mis dos hijos se sienten", etc.

San Agustín, de consensu evangelistarum, 2,64. Marcos pone en boca de los hijos del Zebedeo lo que San Mateo presenta como cosa dicha por la madre, no habiendo hecho ésta más que trasmitir los deseos de sus hijos al Señor. De aquí resulta que San Marcos, para abreviar, puso en boca de los hijos las palabras de la madre ( Mc 10).

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 65,2. Ellos se veían más honrados que otros y habían oído aquellas palabras: "Os sentaréis sobre doce tronos". Por eso exigían el trono más elevado y creían que eran superiores en dignidad para con Cristo a los otros. Sin embargo, temían la preferencia de Pedro; por esta razón dice otro evangelista que ellos imaginaban, cuando estaban cerca de Jerusalén, que ya estaban a las puertas del Reino de Dios, es decir, que el Reino era una cosa sensible. De esto debemos concluir que ellos no pedían ninguna cosa espiritual ni se elevaban hasta la contemplación de un reino superior.

Orígenes, homilia 12 in Matthaeum. Así como en los reinos del mundo se tienen por más honrados los que se sientan junto al rey, no es de admirar que una mujer, en su natural sencillez e inexperiencia, creyera que estaba en el deber de hacer esa petición al Señor. Hasta los mismos hermanos, por su imperfección, no tenían ideas más elevadas sobre el Reino de Cristo y abrigaban los mismos sentimientos con respecto a los que se sentarán con Jesús.

Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum in Matthaeum, hom. 35. O de otra manera, no aplaudimos la petición de esta mujer; pero sí decimos que no deseaba para sus hijos los bienes terrenales, sino los celestiales. Porque no eran sus sentimientos como el de las demás madres, que aman los cuerpos de sus hijos y desprecian sus almas, desean que sean apreciados en este mundo y no se cuidan de lo que puedan sufrir en el otro, dando a entender con este proceder que son madres de cuerpos y no de almas. Y yo creo que estos mismos hermanos, cuando oyeron al Señor hablar sobre su pasión y resurrección, comenzaron a decir en su interior, puesto que eran fieles. Ved cómo el Rey del cielo baja a los reinos de los infiernos para destruir el reino de la muerte. Pero después de terminada su victoria, ¿qué le queda por hacer si no el recibir la gloria de su Reino?

Orígenes, homilia 12 in Matthaeum. Después de haber destruido Cristo el pecado que reinaba en nuestros cuerpos mortales y todo el poder de los espíritus infernales, recibe en medio de los hombres la corona de su Reino, que para El equivale a sentarse en el trono de su gloria. Porque el obrar El con todo su poder a derecha y a izquierda, no es otra cosa que destruir todo el mal que ante El se presenta y es indudable que entre los que se aproximan a Cristo, aquellos que más sobresalen son los que están a su derecha y los que menos a su izquierda. La derecha de Cristo, ved si lo podéis comprender, es toda criatura invisible y la izquierda la visible y corporal. Entre los que se aproximan a Cristo hay algunos que se colocan a su derecha, como son las cosas inteligibles y otros a su izquierda, como son las sensibles.

Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum in Matthaeum, hom. 35. ¿Cómo aquel que se entregó a sí mismo a los hombres, no hará partícipes de su Reino a los hombres? Es reprensible la negligencia en pedir cuando no hay duda de la misericordia del que da. Si pedimos al Maestro, probablemente moveremos los corazones de los demás hermanos. Porque, aunque no los pueda vencer el placer carnal, puesto que ya están como regenerados por el espíritu, pueden, sin embargo, conmoverse dado que aún tienen sentimientos carnales. Luego pongamos en nuestro lugar a nuestra madre, para que en su nombre pida por nosotros. Porque si ella es reprensible, fácilmente será perdonada. Su mismo sexo la excusa de todo error y si ella no fuere importuna, alcanzará con más facilidad cuanto pida para sus hijos. Porque el Señor, que ha llenado el corazón maternal de cariño para con sus hijos, escuchará con más facilidad los sentimientos de la madre. Entonces el Señor, que conoce las cosas que están ocultas, no contesta a las palabras de la madre sino a la intención de los hijos que inspiraron esa súplica. El deseo de ellos era efectivamente bueno, pero su petición inconsiderada. De ahí es que, aunque no debían obtener nada, sin embargo no merecían ser reprendidos por su sencilla petición nacida del amor que tenían al Señor. Por esto el Señor solamente les reprende su ignorancia: "Y respondiendo Jesús, dijo: No sabéis lo que pedís".

San Jerónimo. No es extraño que el Señor reprenda su ignorancia, habiendo dicho de Pedro ( Lc 9,33): "No sabía lo que decía".

Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum in Matthaeum, hom. 35. Porque el Señor permite con frecuencia que los discípulos digan o piensen algunas cosas inconvenientes con el objeto de tener en ello una ocasión para enseñarles alguna regla de piedad, comprendiendo que en su presencia no podía traer ningún mal resultado el error que ellos cometían y que la doctrina que con este motivo les exponía edificaba, no sólo para el presente, sino también para el porvenir.

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 65,2. El Señor les responde de esa manera, o bien para manifestarles que lo que pedían no era un bien espiritual, o bien para hacerles ver que si ellos hubieran comprendido lo que pedían, jamás se hubieran atrevido a hacer una petición cuya realización excede a las más elevadas virtudes.

San Hilario, in Matthaeum, 20. Tampoco saben lo que piden porque no podía ser objeto de duda alguna la gloria de los apóstoles. Y las palabras que preceden indican de un modo terminante que serán ellos los jueces del mundo ( Hch 19).

Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum in Matthaeum, hom. 35. O también: "No sabéis lo que pedís", que equivale a decir: Yo os he llamado desde el lado izquierdo a mi derecha y vosotros, por elección vuestra, queréis volver a pasar a la izquierda y quizás la mujer fuera la causa de esta elección. El diablo puso en juego sus acostumbradas armas: la mujer; y así como por una mujer despojó a Adán, así también quiso separar a los discípulos por sugestión de una madre. Pero desde que la salvación del mundo vino de una mujer, ya no podía perder a los santos por una mujer. O también dice: "No sabéis lo que pedís". Porque no solamente debemos pensar en la gloria que podemos conseguir sino también en el modo de evitar las consecuencias del pecado. Porque en las batallas del mundo difícilmente vence el que no piensa más que en el botín de la victoria. Por eso debieron ellos haber hecho esta petición: "Danos el auxilio de tu gracia para que triunfemos de todo mal".

Rábano. No sabían lo que pedían aquellos que pretendían del Señor el trono de una gloria que aún no merecían. Se complacen ante la perspectiva de la cumbre del honor pero les falta ejercitarse antes en el camino del trabajo. Por eso añade: "Podéis beber el cáliz".

San Jerónimo. Por cáliz se entiende en la Escritura Santa la pasión, como en el Salmo: "Tomaré el cáliz de la salud" ( Sal 115,13) y a continuación dice lo que es este cáliz: "La muerte de los santos es preciosa en la presencia del Señor" ( Sal 115,14).

Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum in Matthaeum, hom. 35. El Señor sabía que los discípulos podían imitar su pasión pero les hace esa pregunta con el objeto de que sepamos que nadie puede reinar con Cristo si no lo imita en la pasión pues una cosa preciosa no se adquiere a bajo precio. Entendemos por pasión del Señor, no solamente la persecución de los gentiles, sino también todo lo que tengamos que sufrir en nuestras luchas con el pecado.

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 65,2. Dice, pues: "Podéis beber", etc., como si dijera: Vosotros me habláis de honor y de coronas y yo os hablo de combates y esfuerzos, porque éste no es aún el tiempo de las recompensas. La pregunta del Señor atrae a sus discípulos, porque no les dijo: Podéis derramar vuestra sangre, sino, "¿Podéis beber el cáliz que Yo he de beber?"

Remigio. Esto con el objeto de unirlos más a El mediante el lazo de la pasión. Aquellos que poseían la libertad y la constancia del martirio prometen que lo beberían. Por eso sigue: "Dícenle: Podemos".

Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum in Matthaeum, hom. 35. O también dicen esto, no tanto por la confianza que les inspiraba su fortaleza, sino por la ignorancia de su fragilidad; porque para ellos, que no tenían experiencia, era cosa ligera la pasión y la muerte.

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 65,2. O también prometen eso por efecto de su buen deseo. Porque jamás se hubieran comprometido de ese modo si no hubieran esperado obtener lo mismo que pedían. El Señor les profetiza grandes bienes, es decir, hacerlos dignos del martirio.

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 65,2. Sigue: "Díjoles: En verdad beberéis mi cáliz".

Orígenes, homilia 12 in Matthaeum. No les contestó el Señor: Podéis beber mi cáliz, sino que, mirando a su futura perfección, les dijo: "En verdad beberéis mi cáliz".

San Jerónimo. Se pregunta cómo los hijos del Zebedeo (a saber, Santiago y Juan) han bebido el cáliz del martirio, siendo así que, según la Escritura, Santiago fue decapitado por Herodes ( Hch 12) y Juan murió de muerte natural; pero leemos en la historia eclesiástica que Juan fue arrojado a una caldera de aceite hirviendo y desterrado a la isla de Patmos. Por consiguiente, nada le faltó para lo esencial del martirio y para beber el cáliz de confesor; cáliz que bebieron los tres jóvenes echados al horno de fuego, aunque su perseguidor no derramó la sangre de ellos. 1

San Hilario, in Matthaeum, 20. Aplaudiendo el Señor la fe de los discípulos, les dijo que en verdad podían sufrir con El el martirio, pero el sentarse a su derecha o izquierda era cosa reservada a otros por su Padre. Por eso sigue: "Mas el estar sentados a mi derecha o a mi izquierda", etc. Y efectivamente opinamos que de tal manera está reservado a otros ese honor, que no serán extraños a él los apóstoles, los cuales juzgarán a Israel sentados en los doce tronos de los patriarcas. Y Moisés y Elías -de quienes el Señor apareció rodeado en la montaña con todo el brillo de su gloria- estarán sentados en el Reino de los Cielos, en cuanto es posible concluirlo de lo que dicen los mismos Evangelios.

San Jerónimo. Mas yo opino de otra manera. Los nombres de los que estarán sentados en el Reino de los Cielos no se dicen aquí, a fin de que la designación especial de algunos no parezca la exclusión de otros. Porque el Reino de los Cielos no está tanto a la disposición del que lo da como del que lo recibe. Para Dios no hay distinción de personas y aquel que se presentare digno del Reino de los Cielos, recibirá el reino que está preparado, no para tal persona, sino para tal conducta. De donde resulta que si vosotros os portáis de tal manera que merecéis el Reino de los Cielos (que mi Padre ha preparado a los victoriosos), vosotros lo recibiréis también. Y no dijo el Señor "no os sentaréis", a fin de no cubrir de confusión a los dos hermanos, ni tampoco "os sentaréis", para no irritar a los demás.

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 65,3. O de otro modo, este primer lugar parece imposible a todos, no sólo a los hombres, sino a los ángeles, porque el apóstol San Pablo nos dice en estos términos, que tal es el principal puesto del Hijo único de Dios ( Heb 1,13.): "¿A cuál de los ángeles dijo alguna vez: "Siéntate a mi derecha?" Contesta el Señor por condescender con los que le preguntaban, mas no con el fin de designar quiénes de los presentes debían sentarse a su lado. Porque el único objeto que efectivamente se proponían los dos discípulos en su petición era el estar sentados inmediatamente después de El y delante de los demás. Pero el Señor responde: Efectivamente moriréis por causa mía pero esto no es suficiente para que obtengáis el primer puesto. Porque si se presentara algún otro con mayor virtud además del martirio, no le quitaré a él el primer puesto y os lo daré a vosotros por el amor que os tengo. Y para que viéramos que no cabía en El esa debilidad, no dijo simplemente: No es cosa mía el dar, sino no es cosa mía el darlo a vosotros, sino a aquéllos para quienes ha sido preparado, es decir, a aquellos que se pueden distinguir por sus obras.

Remigio. O de otro modo: no es cosa mía el darlo a vosotros, esto es, a los que son tan soberbios como vosotros, sino a los humildes de corazón, para quienes lo ha preparado mi Padre.

San Agustín, de Trinitate, 1,12,24-25. O también de otro modo, la respuesta del Señor: "Mas el estar sentado a mi derecha no me pertenece a Mí el darlo", fue dada según la forma de siervo de que estaba revestido. Mas lo que está preparado por el Padre, preparado está también por el mismo Hijo. Porque el Padre y el Hijo son una sola cosa.

Catena Aurea (Cadena de Oro), Santo Tomás de Aquino · Traducción española del siglo XIX, dominio público · fuente: hjg.com.ar/catena