viernes, 24 de julio de 2026 Santiago el Mayor, Apóstol

sábado, 18 de julio de 2015

San Camilo de Lelis, Confesor

Vida del santo de hoy, según el Año Cristiano del P. Juan Croiset.

En todas sus operaciones es admirable la divina Providencia, y adorable aquel acertado orden, aunque escondido, con que dirige todas las cosas, de manera que sirvan eficazmente á la ejecución de sus eternos designios. Pero singularmente se hace ver este carácter en la sabia disposición que hace de todas las causas naturales, dirigiendo unas por su mano, permitiendo la cooperación de otras en orden á mantener la hermosa ciudad santa de la Iglesia, proveyéndola de cuando en cuando de varones eminentes en santidad que acrecienten de un modo nuevo su belleza. Pálpase esto claramente en la portentosa vida y proyectos admirables del bienaventurado san Camilo de Lelis.

Nació este santo en la villa de Bucchianico, del reino de Nápoles, á 25 de mayo del año de 1550. Sus padres Juan de Lelis y Camila Compelio, aunque ilustres por su linaje, no eran abundantes de bienes de fortuna, pues esta les negó en la carrera de las armas que seguía Juan los premios debidos, sin embargo de que no le había escaseado los trabajos. La concepción de nuestro santo fué ciertamente maravillosa, pues su madre tenía ya cerca de sesenta años de edad, y tal debilidad en su constitución, que toda razón humana debía juzgarla estéril. Pocos días antes de dar á luz á Camilo tuvo un misterioso sueño, que su temor y debilidad interpretaron siniestramente, presagiando en el fruto de sus entrañas miserias y delitos. Parecióle que el niño que paría sacaba una cruz en el pecho, y que le seguían otros muchos niños con unas cruces semejantes, lo cual hizo concebir que su hijo sería capitán de bandoleros. Pensamiento errado, que solo podía caber en una imaginación debilitada con la flaqueza, puesto que las gentes abandonadas á la corrupción de su corazón siempre alejan de sí las señales de piedad, y principalmente la superior de todas ellas, que es la cruz sacrosanta. Al tiempo del parto, viéndose en peligro de la vida por su dificultad, hizo, por superior inspiración, que la bajasen al establo, en cuyo lugar humilde dió felizmente á luz á Camilo, disponiendo el cielo que fuese en esto semejante su nacimiento al de muchos santos, y principalmente al capitán de todos ellos Jesucristo. Con la turbación y desasosiego que trae consigo la carrera de las armas pudieron sus padres poner muy poca atención en darle una educación arreglada y virtuosa; y aunque le enviaron á la escuela, la falta de sujeción y las inclinaciones corrompidas de una naturaleza viciada apenas le permitieron aprender á leer y escribir. Por el contrario, hacía grandes progresos en la relajación, extendiéndose la corrupción de su alma á diversiones más peligrosas que las que suelen entretener los primeros años de la vida. Tenía una pasión decidida al juego de naipes y de dados, y en satisfacerla ponía todo su esmero. En esto empleó mucha parte de su juventud, buscando las malas compañías de otros jóvenes ocupados por los vicios que son anexos á un entero olvido de la ley de Dios, y á un total abandono á los engaños del mundo.

De esta manera llegó Camilo á la edad de diez y nueve años; en la cual, deseando su padre cortar los extravíos de su juventud y darle una carrera proporcionada á la nobleza de su sangre, le persuadió á que, en compañía de dos primos suyos, abrazase el estado militar, como lo habían hecho sus ascendientes. Tenía á la sazón la república de Venecia guerra contra los turcos; y juzgando que, alistándose en sus banderas, podrían hacer lucir su valor y alcanzar grandes honras, marcharon para Ancona, en donde se alistaban las galeras en que debían embarcarse. Pero en esta ciudad enfermaron tan gravemente el padre y el hijo, que no pudieron seguir su proyecto. Determinaron volverse á su pueblo; y habiendo llegado al lugar de San Lupidio, acometió á Juan de Lelis una enfermedad tan aguda, que se conoció bien que era la última de su vida. Recibió los santos sacramentos con mucha compunción y lágrimas, y descansó en el Señor, dejando anegado en ellas á su hijo Camilo. Siguió este su viaje, y en la ciudad de Fermo oyó una de aquellas aldabadas con que suele llamar al corazón del hombre la divina misericordia para apartarle de los caminos de perdición. Vio casualmente á dos religiosos franciscanos observantes con tal compostura y modestia, y pintada tan vivamente en su rostro la santidad de sus costumbres, que esta vista le compungió su alma y le hizo avergonzarse de su vida disipada. Fué esta compunción en aquel punto tan fervorosa, que determinó arreglar su conducta, y para conseguirlo con más facilidad hizo allí mismo voto de tomar el hábito de san Francisco. A fin de cumplirle partió á la ciudad de Aquileya, en donde la oportunidad de ser un tío suyo guardián del convento que allí tienen los religiosos franciscanos observantes le ofrecía el cumplimiento de sus deseos. Comunicó estos á su tío; le hizo saber asimismo el voto que había hecho, pidiéndole con instancia que se dignase darle el hábito. Negóse á ello su tío, creyendo acaso su vocación volandera, ó tal vez porque de antemano estaba bien informado de lo estragado de su vida y relajado de sus costumbres. Olvidó por entonces Camilo lo que había prometido á Dios: asaltaron diferentes deseos á su corazón; pero viendo que una llaga peligrosa que tenía en una pierna amenazaba á su vida, y le hacía inútiles sus proyectos, determinó pasar á Roma para curarse radicalmente. Diéronle en esta ciudad noticias de que el hospital de Santiago de los incurables era el sitio más á propósito para su curación, por estar al cuidado de los más hábiles cirujanos de aquella capital del mundo. Hizo sus diligencias para entrar en aquel hospital de sirviente, y habiéndolo logrado, se puso en cura, que consiguió, aunque no del todo. Como la pasión al juego se había apoderado de su alma desde los tiernos años, había pasado no solamente á costumbre, sino casi también á naturaleza: por esta causa le precipitaba de modo, que desatendía á sus obligaciones, armaba pendencias con los enfermeros y le hacía inútil en su oficio. Reprendióle diferentes veces el administrador, pero sin fruto, hasta que, hallándole una vez una baraja debajo de la almohada en ocasión que acababan de reprenderle, y él de dar palabra de apartarse del juego, le juzgaron incorregible, y como á tal le echaron del hospital.

Viéndose Camilo sin oficio ni modo con que sustentar su vida, sentó plaza de soldado, y sirvió á la república de Venecia en las guerras contra el turco, y sucesivamente á la corona de España. Vióse en este tiempo en diferentes peligros de perder la vida, sin que ninguno de ellos le despertase del funesto letargo en que le tenían sumido los vicios. Pero hallándose en la isla de Corfú con una enfermedad peligrosa, destituido de todo humano socorro y sin esperanza de vida, se volvió á Dios, lloró sus culpas, las confesó, y recibiendo el sagrado viático, recobró la salud con tan soberano alimento. Pasando después á Nápoles, y padeciendo una tormenta en que todos se juzgaban perdidos, renovó el voto que había hecho; pero llegando á esta ciudad, volvió otra vez al juego con tal desenfreno, que perdió cuanto tenía hasta la camisa que llevaba puesta. Despidieron á los soldados de la armada, y quedó Camilo en estado tan miserable, que en Manfredonia tuvo que pedir limosna para sustentarse. Viéndole joven y apto para el trabajo un noble llamado Antonio Nicastro, le persuadió que se aplicase á él, ofreciendo facilitársele en la obra que á la sazón tenían los padres capuchinos. Disuadióle de aceptar semejante ocupación un compañero suyo, acostumbrado como él á la vida vagabunda y holgazana; pero Camilo, movido de Dios, que ya con enfermedades, ya con peligros de la vida y ya con la miseria procuraba atraer á sí á esta oveja descarriada, desamparó á su compañero, y se puso á servir en el convento de los capuchinos. Diéronle el encargo de acarrear piedra y cal con unos jumentos, y aunque el ejercicio era penoso, no solamente por el trabajo, sino por la bajeza y por las burlas de los muchachos á que le exponía, le prefirió á una vergonzosa y miserable mendiguez. Ya había llegado el tiempo en que la diestra de Dios, á cuyo poder no hay nada que se resista, había determinado emblandecer el corazón de Camilo, y hacer vaso de elección al que antes lo había sido de inmundicia. Valióse para esto del guardián del convento de capuchinos de la villa de San Juan, adonde le había enviado con sus jumentos por una carga de vino. Aquel venerable padre le habló con tanta unción y fervor de la justicia divina, de la gravedad del pecado y de las penas del infierno, que sus palabras penetraron hondamente en el corazón de Camilo como agudas y penetrantes saetas. Volvía este por el camino rumiando las que el venerable guardián le había dicho, y repentinamente se apoderó de su entendimiento una luz tan clara y copiosa, que le hizo ver todos los horrores de su vida, y toda la misericordia con que Dios le había librado de los suplicios eternos. Arrodillóse en medio del campo, hechos sus ojos dos fuentes de lágrimas, pidiendo á Dios perdón, y ofreciéndole con las mayores veras hacerse inmediatamente capuchino, para lavar con lágrimas de penitencia todas las manchas de su pasada vida.

Esta conversión admirable sucedió por los años de 1575, el día de la Purificación de nuestra Señora, y teniendo Camilo veinte y cinco años de edad. Apenas volvió á Manfredonia se fué al padre guardián, y con lágrimas en los ojos le refirió cuanto le había pasado, pidiéndole por amor de Jesucristo no le retardase el favor de vestirle el hábito de capuchino, para tener el consuelo de haber cumplido á Dios el voto que le había hecho. No pudo resistirse el guardián ni los demás religiosos á las fervorosas súplicas de Camilo; antes bien estas hicieron tanta impresión en todos ellos, que quisieron que tomase el hábito para acordarle, á lo que no pudieron reducir al fervoroso alumno de la divina gracia. Hecho religioso, comenzó á manifestar que tanto su conversión como su vocación á aquel estado habían sido obra de la diestra del Todopoderoso, quien con su gracia procuraba llevarla á la más alta perfección. Gozoso se hallaba Camilo entre los rigores, asperezas, pobreza y penitencia de la religión; pero habiéndosele renovado con el continuo ludir del hábito la llaga peligrosa que tenía en la pierna, ni él pudo seguir en aquel tenor de vida, ni los religiosos pudieron consentirlo, sin embargo de que estimaban sumamente las heroicas virtudes que advertían en él, y con que los tenía edificados. Prometiéronle que le recibirían siempre que sanase de su llaga, y esta promesa suavizó la amargura que produjo en su corazón el no verse contado entre los hijos de san Francisco. Volvió á Roma á buscar su curación en el mismo hospital en que antes la había logrado, y al mismo tiempo para enriquecer su alma con el espiritual tesoro del jubileo de año santo, que estaba publicado entonces. Confesábase Camilo con el glorioso san Felipe Neri, á cuyas instrucciones debía gran parte de su fervor. Con este santo comunicó el proyecto de volver á los capuchinos viéndose ya curado de su llaga, y san Felipe le aconsejó que no volviese, porque se le renovaría y se verían frustrados sus deseos, como en efecto se verificó. Viéndose el santo despedido segunda vez de la religión de los capuchinos, se desvanecieron todos sus escrúpulos, y llegó á convencerse de que Dios quería que le sirviese en otro estado. Volvióse á Roma, buscó á san Felipe Neri, el cual, viéndole, le dijo: ó buen Camilo, ¿no te decía yo que no volvieses á la religión de los capuchinos, porque no podrías perseverar en ella? Acaricióle mucho el santo, encargóse de su dirección, y estando vacante entonces el empleo de mayordomo del hospital de Santiago, le pretendió y logró Camilo, siendo su caridad y demás virtudes los intercesores más poderosos que movieron á los administradores á confiarle aquel empleo. Portóse el santo en él con tanto zelo, que en breve tiempo parecía el hospital un observante monasterio de perfectos religiosos. Velaba día y noche sobre la asistencia de los enfermos; él les hacía las camas, los curaba y asistía, prefiriendo entre todos su compasión y ternura á los que padecían enfermedades más asquerosas. Su ejemplo era el mayor incentivo que obligaba á cumplir con su obligación á los enfermeros, y á los que encontraba descuidados ú omisos los reprendía con dulzura, logrando sus exhortaciones lo que no pudieran los castigos. Pero se afligía su alma viendo que todas sus solicitudes no bastaban para que dejasen de morir muchos sin todos los auxilios espirituales que necesitan los enfermos en las horas postrimeras. Esta falta penetraba su corazón tan vivamente, que pedía á Dios en la oración se dignase proveer á este mal con remedios oportunos.

El Señor, que veía la pureza de corazón y santo zelo de donde nacían las súplicas de su siervo, determinó favorecer sus santos deseos, inspirándole un proyecto que llevaría después á ejecución su poderosa mano. Estando el santo en fervorosa oración, le vino al pensamiento que la falta de auxilio que los enfermos experimentaban podría remediarse instituyendo una congregación, cuyos individuos no tuviesen otro objeto que asistir á los enfermos, sin esperanza de más recompensa que la que tiene Dios prometida á la virtud. Comunicó este pensamiento á nueve sugetos de los que asistían en el hospital, en cuya piedad halló su propuesta toda la buena acogida que esperaba. Con tan feliz principio dispuso en el mismo hospital un oratorio, en donde se juntaban todos para el rezo, la oración y la disciplina, y de donde salían tan encendidos en amor de Dios y del prójimo, que era palpable el gran beneficio que de esta pequeña junta recibían los enfermos. Pero el enemigo común, contrario siempre á las empresas virtuosas, procuró y consiguió desvanecer esta en sus principios. Por influjo y malas persuasiones de un ministro del hospital llegaron á temer los diputados que aquella nueva congregación había de llegar á levantarse con el gobierno; y después de haber dicho al santo muchas ásperas razones, ellos por sí mismos deshicieron el oratorio.

Afligido Camilo con esta desgracia, se llevó á su aposento un grande y devotísimo crucifijo, delante del cual oraba; y estando delante de él vertiendo muchas lágrimas arrancadas por la destrucción de aquella obra caritativa, advirtió que el divino Salvador, desclavando las manos de la cruz, le decía con gran ternura: «¿De qué te afliges, ó pusilánime? sigue la empresa, que yo te ayudaré en una obra que es toda mía y no tuya.» Con este maravilloso favor cobró Camilo nuevo esfuerzo, y se resolvió á juntar su congregación fuera del hospital, con cuyo designio, á pesar de su grande humildad, determinó hacerse sacerdote. No sabía gramática, y le faltaban rentas á cuyo título pudiese ordenarse. Lo primero lo venció su humildad, no desdeñándose de asistir á la edad de treinta y dos años á estudiar la gramática en compañía de los niños; y lo segundo lo venció Dios, moviendo el corazón de un ciudadano romano para que de sus bienes le señalase congrua suficiente. Vencidas todas las dificultades, se ordenó de sacerdote en el día de Pentecostés en el año de 1581.

Viéndose Camilo con todas las disposiciones previas para verificar su intento, renunció el oficio de mayordomo; y los diputados, en premio de sus buenos servicios, le hicieron capellán de la iglesia de nuestra Señora de los Milagros. En una casa contigua á ella fijó Camilo su residencia con dos compañeros de su mismo espíritu, y comenzaron á echar los fundamentos de aquella grande obra. En aquella casita tenían sus juntas espirituales, rezando las letanías con otras muchas devociones, ejercitándose en la oración, y animándose mutuamente al más exacto cumplimiento de su instituto caritativo que habían abrazado. De allí salían encendidos en caridad, la que iban á practicar en el hospital del Espíritu Santo, el más grande y famoso que tiene Roma. En él consumían las mañanas, las tardes y gran parte de la noche, según lo exigían las necesidades de los enfermos. Servían á estos con el mayor esmero, haciéndoles las camas, administrándoles la comida y limpiándoles las inmundicias. No había enfermedad, por asquerosa y contagiosa que fuese, que bastase á entibiar el fuego de amor del prójimo que ardía en sus pechos, antes bien esto mismo era el más poderoso incentivo para atraer su cuidado y servicio. Pero en lo que más esmero ponían era en instruir á los enfermos en la doctrina cristiana, en exhortarlos á sufrir con paciencia las enfermedades, en prepararlos para recibir con fruto los santos sacramentos, y últimamente en confortar sus almas con palabras de mucho consuelo y ternura en el trance último de la muerte. Divulgáronse estos caritativos oficios por toda la ciudad, y en breve tiempo tuvo Camilo muchos compañeros, que movidos de superior impulso querían seguir su instituto. Los vecinos de Roma, viendo la gracia particular que aquellos nuevos ministros de los enfermos tenían para asistirlos en la agonía de una manera que tranquilizaban sus almas, los llamaban á sus casas para recibir de ellos el mismo consuelo.

Viendo san Camilo la prosperidad con que conducía Dios sus intentos, y que tenía un número suficiente de compañeros para formar la congregación proyectada, solicitó del santo padre Sixto V un breve apostólico que aprobase aquella congregación; y en efecto lo logró, siendo aprobada á 18 de marzo de 1586. Gregorio XIV, satisfecho de los provechosos servicios que esta congregación hacía al pueblo cristiano, la elevó á estado formal de religión por bula expedida á 14 de octubre de 1591, eligiendo á Camilo por general perpetuo de la religión que había fundado. Viendo el siervo de Dios perfectamente cumplidos sus deseos, aplicó toda su atención á la propagación de su instituto y al cuidado de los enfermos. Son indecibles sus diligencias, sus ansias y trabajos para cuidar de que los hospitales estuviesen bien provistos, servidos y consolados los dolientes. Hizo para este efecto muchos y penosos viajes, extendiéndose su caridad á todo género de necesitados, á quienes socorría con tan copiosas limosnas, que obligó á cooperar á ellas con sus milagros á la divina Omnipotencia. Manifestábase en todo un hombre de caridad, haciéndose todo para todos, y deseando hacer sacrificio de su vida en beneficio de sus hermanos.

Vióse esto con más claridad en el año de 1594, en que Dios afligió á Roma con una peste funesta. Este terrible monstruo, acompañado de la hambre, parece que quería desolar aquella ciudad. Todas las casas, principalmente de gente pobre, estaban llenas de contagiados y de miserables, que, faltos de todo auxilio, rendían la vida, acabados por la necesidad ó por la peste, y los que quedaban libres desatendían el cuidado de los infelices para precaverse del contagio. Por todas partes se veían ó cadáveres ó moribundos, que, puestos en el último extremo, destituidos de todo amparo, esperaban la muerte, sin más consuelo que el verse morir mutuamente padres é hijos sin poderse dar socorro. En esta situación tan dolorosa fué el remedio universal la caridad de Camilo y de sus hijos, quienes, sin reparar en trabajos, incomodidades, ni en el peligro de la vida, acudían á todas partes para asistir á los enfermos. Aplicábanles medicinas, administrábanles el sustento, limpiaban sus asquerosidades, dando del modo posible alivio y consuelo á todos. Sucedió alguna vez hallarse casas cerradas, porque todos sus habitantes se hallaban enfermos y debilitados, de manera que no tenían fuerzas para levantarse á abrir las puertas. Camilo llevaba escaleras, entraba por las ventanas, y de este modo hacía á aquellos infelices participantes de su caridad. No se contentaba esta con sus servicios personales, sino que persuadía á las personas ricas á que concurriesen con sus limosnas para multiplicar con ellas los socorros, y facilitar el alivio de tantos necesitados. Buscaba gente á su sueldo, y hacía que fuesen por los establos y caballerizas, y por otros lugares en donde estaban los enfermos rodeados de cadáveres y ya casi sin aliento. Hacíalos conducir á los hospitales y á otros lugares oportunos, en donde por sus diligencias recuperaban la salud, ó morían consolados, recibiendo los santos sacramentos de la penitencia y de la Eucaristía.

Terrible fué el azote que recibió Roma con esta peste, y sin duda hubiera quedado despoblada, si en Camilo y sus hijos no hubiera preparado sabiamente la divina Providencia el remedio á tantas calamidades. No se acabaron estas con la extinción del contagio, porque de allí á dos años, saliendo el Tíber de madre, causó nuevos estragos, y puso en gran consternación á todos sus vecinos. Principalmente experimentó los funestos efectos el hospital del Espíritu Santo, á donde llegó la inundación de las aguas, de manera que ya casi se anegaban los desvalidos enfermos. Apenas llegó á noticia de Camilo este terrible conflicto, cuando voló desolado al hospital, y entrando por el agua en las piezas inundadas, comenzó á sacar enfermos sobre sus propios hombros, y hasta las camas mismas, perseverando día y noche en aquel trabajo por espacio de tres días. Igual beneficio experimentaron las ciudades de Nola y de Milán en tiempo en que la justicia divina castigaba los pecados de los hombres con una terrible peste. Morían los infelices en las plazas y calles, apartando el rezelo de perder la vida aun á los más piadosos de las camas de los enfermos. No sucedió así con Camilo y sus religiosos, quienes, apenas tuvieron noticia de aquella calamidad, corrieron presurosos á remediarla, haciendo sacrificio de sus vidas, siendo menester, en las aras de la caridad. Sucedió así en efecto, porque, pegándose el contagio á cinco de sus hijos, lograron una gloriosa muerte por salvar la vida á sus prójimos. Era sensible esta falta á Camilo, porque advertía que cada uno de aquellos primeros compañeros que se le juntaban era un horno de caridad y un ejemplar vivo de todas las virtudes. Pero como su instituto era todo obra de Dios, y su objeto el servir y consolar á los prójimos en las más extremadas miserias, cuidaban de su conservación y propagación Dios y los hombres. Por cada uno que moría acudían muchos varones piadosos que pretendían abrazar el instituto, siendo los muertos como los granos de trigo del Evangelio, que multiplicaban prodigiosamente los frutos.

La mayor parte de las ciudades de Italia pretendía que Camilo estableciese un convento, prometiéndole por su parte ayudar á la fábrica, y proporcionar las subsistencias temporales en cambio de los espirituales socorros que habían de recibir. De esta manera se vió este naciente instituto maravillosamente propagado por toda Italia, en donde se demarcaron varias provincias para establecer con mayor facilidad la observancia regular, el orden y la obediencia. Visitábalas todas el glorioso patriarca por sí mismo, sin que ni lo penoso de los caminos, ni la escasez de los medios entibiasen su ardiente zelo. Los puntos más esenciales de sus visitas eran únicamente pertenecientes á la caridad. Si se asistía con esmero á los enfermos; si se les regalaba y consolaba; si se les suministraban todos los auxilios de la religión para sanar sus almas de la culpa al tiempo que se curaban sus cuerpos; si estos esmeros eran más activos y diligentes con los más asquerosos; y últimamente, si en las últimas horas de la vida dulcificaban las amarguras de la agonía con palabras de vida que avivasen en los enfermos la esperanza cristiana: tales eran los capítulos de sus visitas, y lo que llevaba las principales atenciones del caritativo padre. Sin embargo, no olvidaba por esto los demás puntos de la regla y constituciones, conociendo que muchas veces entra la relajación en un cuerpo observante por un pequeño resquicio.

Gozoso se hallaba Camilo con el prodigioso aumento que había tomado su religión, y con la prosperidad que Dios iba derramando sobre ella; pero al mismo tiempo contristaba su ánimo el verse superior, en cuyo cargo le era indispensable el recibir muchos honores, que aborrecía su humildad, y estar sujeto á un sinnúmero de obligaciones delicadas que temía su escrupulosa conciencia. Por este motivo consideró que aquella obra tan felizmente principiada crecería con más rapidez puesta en otras manos, y él viviría más tranquilo, atendiendo únicamente á la santificación de su alma y al servicio de sus enfermos. Determinó, pues, hacer renuncia del generalato en manos del cardenal protector; y aunque este purpurado interpuso su autoridad y sus razones para que no se verificase la renuncia, todo fué inútil para con un santo, en quien competían los ardores de la caridad con los abatimientos y humillaciones que solicitaba para su persona. No quiso el protector negar este consuelo al fervoroso y humilde Camilo; y así en el año de 1607 le admitió la renuncia que hizo del generalato, dejándole contentísimo porque ya no tenía que pensar en otra cosa que en prepararse para la muerte, que contemplaba ya muy cercana.

No se contentó el siervo de Dios con renunciar la suprema prelacía de su religión, sino que para ejercitarse más libremente en todas sus virtudes, renunció igualmente la más mínima exención ó privilegio que pudiese corresponderle por haber sido fundador. Reducido de este modo al simple estado de súbdito, igual en todo á cualquier sacerdote profeso, se retiró al hospital de la Anunciata de Nápoles. En este lugar de piedad se entregó enteramente á los ayunos, á la oración y á la penitencia, dividiendo entre estos ejercicios y la asistencia de los enfermos toda su atención y todos sus cuidados. Celebróse por entonces capítulo general en Roma, al que no quiso asistir, huyendo de los honores y dignidades con tanto empeño, como suelen otros poner en pretenderlas. Pero por esto no pudo impedir que el general le diese varias comisiones para visitar los conventos de Genova y Milán, persuadido de que sola su caridad y su presencia podrían arreglar los negocios de aquellas casas. En ellas asistía incesantemente á curar y limpiar los enfermos, entre quienes decía tener todas sus delicias. Muchas noches las pasaba en vela, cuidando más del bien espiritual de los que estaban en agonía, que de recibir su necesario descanso. A los administradores de los hospitales hacía continuas representaciones solicitando subsistencias para los pobres enfermos; y como conocían el fervoroso zelo y caridad de donde nacían sus solicitudes, procuraban contentarle, persuadidos de que en esto mismo hacían la voluntad de Dios. Evacuadas las comisiones que le encargó su general, pasó á Roma, y alcanzó de él licencia para quedarse todas las noches en el hospital del Espíritu Santo, con el designio de asistir en la agonía á los enfermos de mayor peligro.

Este sitio era el que apetecía su alma para darle todo el desahogo que su ardiente caridad necesitaba. Allí entabló un tenor de vida que reunía en sí todas las asperezas de la mayor mortificación, todas las dulzuras de la vida contemplativa y todos los ejercicios de la vida activa y oficiosa. En la fiesta de todos los Santos del año de 1609 comenzó á adoptar el método de vida siguiente: Todas las noches, después de dar á su cuerpo el breve reposo de cuatro horas de sueño en un aposento del mismo hospital, bajaba al oratorio, en donde pasaba algún tiempo en oración delante del Santísimo Sacramento. Visitaba después todas las camas; y si hallaba alguno que estuviese moribundo, le confesaba y administraba la Eucaristía, poniéndose después á su cabecera y diciéndole palabras de consolación con que prepararle á la última hora. Administraba la extremaunción, la Eucaristía ó la penitencia, según la necesidad del enfermo, sin abandonarle hasta que moría cristianamente, ó le dejaba con las disposiciones necesarias para ello. Finalizada esta visita se volvía al oratorio, en donde tenía una hora de oración; pero si había algún enfermo de peligro, la tenía á la cabecera de su cama. Acabada la oración, volvía á visitar á los enfermos, acomodándoles la ropa, calentándoles los pies, y mudándoles ó enjugándoles las camisas si estaban mojadas del sudor. En tiempo de verano, en que la sed mortificaba extraordinariamente á los enfermos, tomaba un jarro de agua fría, é iba de cama en cama humedeciendo los labios, y refrigerando la boca de los pobres enfermos, que recibían con esta caritativa diligencia un consuelo inexplicable. Iba después á darles alguna conserva, bizcochos ó algún otro confortativo, según las necesidades respectivas; y para este efecto pedía limosnas, y se las daban muy copiosas sus devotos. Al tiempo de dar las medicinas acompañaba á los enfermeros, animando á los dolientes, quitándoles la repugnancia que tenían en tomarlas, con palabras graciosas, dictadas por la caridad. Llegada la hora en que había de administrar el Santísimo Sacramento á los enfermos, se renovaban todos los esfuerzos de este abrasado serafín. Corría á las camas, preguntaba si tenían necesidad de reconciliarse, los exhortaba á dolerse de sus culpas y á hacer actos de fervorosa contrición. Después de recibido el viático hacía á los enfermos discursos espirituales, moviéndolos á dar gracias á Dios por el beneficio de haber visitado sus almas, y á llevar con paciencia los dolores de la enfermedad. Acabado esto, hacía las camas, y mudaba la ropa á aquellos que veía que lo necesitaban más, en cuyo ejercicio sufría con gusto un hedor intolerable. Todo lo referido lo hacía hasta poco después de amanecer. Á esta hora se retiraba á su aposento, rezaba con quietud el oficio divino, y se curaba aquella penosa llaga, que le martirizó todo el discurso de su vida. Preparábase después fervorosamente para decir misa, como si los ejercicios anteriores hubiesen podido distraer su espíritu; decíala con mucha atención, devoción y lágrimas, aplicándola comunmente por los enfermos que estaban en mayor peligro. Acabadas las gracias, se volvía al hospital para la continuación de sus obras caritativas, hasta que llegaba la hora de comer. Ayudaba á administrar la comida á los enfermos; hacía las camas á los que tenían mayor necesidad, diciéndoles al mismo tiempo muchas palabras de consolación con un semblante alegre y festivo, y se volvía á su casa. En ella se divertía en leer algunas horas, hasta que, llegada la noche, comenzaba sus ejercicios como en el día precedente.

Más de tres años permaneció el santo en este tenor de vida con admirable constancia, hasta que en el de 1612, contemplando el general que su presencia era sumamente útil para avivar en los conventos el fuego de caridad de que estaba abrasado, le mandó que le acompañase en la visita del convento de Nápoles y de otras varias casas. El año siguiente asistió al capítulo general, en el cual fué elegido el padre Francisco Antonio Nilo por supremo superior de la orden. Inmediatamente comenzó este su visita; y no obstante la oposición que hicieron la humildad y tranquilidad de Camilo para no acompañarle en ella, hubo de condescender al fin, animado de los copiosos frutos que el general le prometía. En la santa casa de Loreto dió feliz principio á esta expedición, diciendo misa, y pidiendo á la Madre de Dios su amparo y favor para el trance de la muerte, que ya presentía. Habiendo visitado las casas de Bolonia, Ferrara, Mantua y Milán, llegó á Genova, en donde los males y achaques que padecía se le agravaron de modo, que llegó á desconfiarse de su vida. Restablecido algún tanto, hizo que le condujesen á Roma, y al entrar en su casa dijo aquellas palabras del Profeta: Aquí será mi descanso. Recibiéronle los religiosos con extraordinaria devoción y regocijo; besáronle la mano como á su padre y patriarca; y solícitos por conservar una vida tan preciosa, hicieron que se echase en cama, en donde le cuidaron y regalaron con el amor y ternura de hijos. Estos esmeros produjeron algún efecto, porque de allí á algunos días se halló notablemente restablecido. No quiso el santo perder estos instantes de mejoría sin emplearlos en aquellas ocupaciones de caridad que le habían merecido todas las atenciones de su vida. Hizo que le llevasen á la iglesia de San Pedro para encomendar al príncipe de los apóstoles el cuidado y aumento de un instituto tan provechoso. Al pasar el puente de Sant-Ángelo conmovió su corazón de tal manera la vista del hospital de Sancti-Spíritus, que se hizo llevar allá, y apoyado en dos religiosos visitó las camas de los enfermos, diciéndoles palabras de mucha edificación y ternura. Todos los ministros del hospital se conmovieron con su llegada; unos le besaban la mano, otros le pedían la bendición, y todos se animaban mutuamente á andar más vigilantes, alegando por razón que ya había venido el padre Camilo. Visitó la iglesia de San Pedro con fervorosa oración, encomendando al santo apóstol el cuidado de su religión.

Íbase poco á poco acabando la vida de este incomparable varón, que debiera ser interminable; pero al mismo paso crecían más los ardores de su encendida caridad. Pocos días pasaron, y pareciéndole que tenía algunas fuerzas, hizo que le llevasen á su amado hospital, que era el único sitio donde encontraba algún alivio en las muchas dolencias que padecía. Los esfuerzos que hizo para servir á los enfermos, los muchos discursos con que los animó al amor de Dios y al aborrecimiento de sus culpas, y las lágrimas que vertía sobre aquellos infelices solo se pueden concebir reflexionando sobre aquella heroica caridad, que fué el distintivo de todas sus acciones. «Bien sabe Dios, decía á los enfermos, que quisiera quedarme para siempre con vosotros; mas, ya que esto no me es dado, estad ciertos que me quedo con vosotros con el alma y con el corazón.» De vuelta para su convento le sobrevino un desmayo que le obligó á retirarse á una tienda, de donde, trasladado á su convento, se echó en cama para morir. Luego que se publicó en Roma el peligroso estado de su vida, fué innumerable el concurso de personas de todas clases y estados que acudían á visitarle; pero el santo no recibió sino á personas muy espirituales, cuyos santos consejos podían servirle para lograr una muerte preciosa delante del Señor. En aquellos días fué admirable el arrepentimiento que manifestó de sus culpas, pidiendo á Dios perdón y misericordia con tanta compunción y lágrimas, como si no las hubiera derramado abundantemente, y satisfecho por ellas en tantos años de piedad y de caritativos ejercicios. Sufrió con una paciencia invencible los muchos dolores y angustias que le ocasionaban cinco enfermedades que padeció á un mismo tiempo, sin que en el discurso de todas ellas se le hubiese oído una sola queja. Agravada, en fin, la enfermedad, se le administraron los santos sacramentos, que recibió con suma devoción é inexplicable consuelo de su alma. Llamó á sus hijos, dióles su bendición, exhortólos al amor fraternal, á cuidar exactamente de los enfermos y al ejercicio de todas las virtudes; y habiendo fijado sus ojos en un santo crucifijo, repitiendo los dulcísimos nombres de Jesús y de María, exhaló su alma con aquella tranquilidad con que mueren los justos. Sucedió su dichoso tránsito el día 14 de julio de 1614, siendo á la sazón de sesenta y cinco años de edad. Su portentosa santidad fué acreditada por Dios, ya con el suave olor que exhalaba su cadáver, el cual quedó con extraordinaria hermosura, ya con varios milagros que por su intercesión obró la divina Omnipotencia. Benedicto XIV, habiendo precedido el informe correspondiente, le beatificó en 1742, y en el día 29 de junio de 1746 el mismo santo padre le puso con la mayor pompa en el catálogo de los santos.

Año Cristiano del P. Juan Croiset (trad. José F. de Isla), dominio público.