viernes, 24 de julio de 2026 Santiago el Mayor, Apóstol

miércoles, 8 de julio de 2015

Santa Isabel de Portugal

Vida del santo de hoy, según el Año Cristiano del P. Juan Croiset.

Santa Isabel, biznieta de santa Isabel, reina de Hungría, fue hija de Pedro III, rey de Aragón, y nieta de Jaime, llamado el Santo y el Conquistador, por su virtud y por sus valerosas hazañas. Nació en Zaragoza el año de 1271, y su nacimiento llenó de tanto gozo á toda la casa real, que restableció la unión y la buena inteligencia entre su padre y su abuelo, discordes y mal avenidos desde largo tiempo antes; presagio feliz del singular don con que el cielo la favoreció para arreglar las diferencias que se habían de suscitar después entre los príncipes de su familia. Llamáronla Isabel en memoria y en honor de su santa bisabuela, canonizada cuarenta años antes por el papa Gregorio IX.

Quiso encargarse de su educación el rey don Jaime, su abuelo, y muy presto descubrió el virtuoso monarca así la nobilísima índole, como las grandes disposiciones para la virtud con que había nacido la infanta. Nada la divertía en su niñez sino los pequeños ejercicios de devoción en que se ocupaba. El tierno amor que profesaba á la santísima Virgen, á quien llamaba siempre su querida madre, le inspiraba muchas piadosas industrias para honrarla. A ninguna cosa parecía tomar gusto sino á la oración; y el mayor que le podían dar era prometerle que la llevarían á una iglesia ó á algún oratorio para que se encomendase á Dios.

Perdió á su abuelo el rey don Jaime á los seis años de su edad; pero la razón y la virtud anticipada de la infanta mostraron que ya no tenía necesidad de lecciones. Su semblante dulce y agradablemente serio, su modestia majestuosa, su aversión á las galas, fausto, profanidad y diversiones, con una natural inclinación á la soledad y al retiro dieron asunto de admiración á toda la corte, sin que en ella se hablase más que de las raras prendas y de las grandes virtudes de la princesa. Era su virtud muy superior á sus años; aun no contaba más que ocho, y ya maltrataba su cuerpo con los rigores de la penitencia. Ayunaba con el mayor rigor las vigilias de las festividades de la santísima Virgen y todos los sábados del año. Comenzó á rezar todos los días el oficio divino que rezan los eclesiásticos, y le continuó indispensablemente hasta la muerte. Pasaba horas enteras en oración, y solía decir el rey su padre que la infanta era el ángel de la guarda de sus estados, y que á ella debía las bendiciones que el cielo derramaba tan abundantemente en todos sus reinos.

Apenas llegó á doce años, cuando á competencia la pretendieron los más de los príncipes de Europa, así por la fama de su extraordinaria hermosura, como y principalmente por la de su singular virtud. Escogió entre todos el rey de Aragón á don Dionisio, rey de Portugal, que con el tiempo experimentó en muchas ocasiones las ventajas que le había procurado esta dichosa preferencia. No alteró las costumbres de Isabel la mudanza del nuevo estado. Vivió en la corte de Portugal como había vivido en la de Aragón. No la deslumbró el resplandor de la corona, ni los regalos de la majestad debilitaron el espíritu de la penitencia. Cuanto mayor era su elevación, era más sobresaliente su humildad.

Siendo ya dueña de más tiempo y más señora de sus acciones, usó de su libertad para añadir á las devociones antiguas otras nuevas. En medio de la corte arregló un género de vida que se acercaba mucho á la de las religiosas más observantes. Levantábase al amanecer, y después de la oración, que hacía con mucho fervor, rezaba maitines, laudes y prima del oficio divino. Oía inmediatamente misa, en la que comulgaba muy á menudo, y acabada esta, rezaba el oficio parvo de la Virgen y el oficio de difuntos; después se ocupaba en el gobierno de su real familia y en cumplir con las demás obligaciones de su estado, teniendo destinadas varias horas para ejercitarse en muchas buenas obras. El tiempo que le sobraba empleábale todo retirada en su real capilla, parte orando, parte leyendo libros espirituales, y parte cumpliendo con las demás devociones. Nunca estaba ociosa; el tiempo señalado para descansar le ocupaba en la labor, y todo cuanto hacía lo enviaba á las iglesias, de donde tuvo principio en las señoras de Portugal la ejemplar costumbre de trabajar siempre para el culto divino y para los sagrados ornamentos.

Persuadida la reina de que una de las primeras obligaciones de una señora cristiana es vivir bien con el esposo que el cielo le dió, y velar sobre el proceder de toda su familia, no perdonó medio alguno para ganar el corazón del rey, su marido, para arreglar su real aposento, y para que cada día fuesen más cristianos sus criados y criadas. Santificaba á toda la corte la virtud de la reina; sus obras eran enseñanza, y ninguno podía resistir á la eficacia de sus ejemplos. Hicieron los cortesanos cuanto pudieron para que moderase sus penitencias; pero ni la delicadeza de su complexión, ni su calidad, ni su soberanía, ni los pocos ni los muchos años pudieron ser pretexto para que las minorase. En ninguna parte es más necesaria la mortificación, decía la santa reina, que donde las pasiones están más vivas, y donde son mayores los peligros. Por tanto, lejos de disminuir, aumentó sus rigores luego que se vio en el trono. Además de los ayunos de la Iglesia, ayunaba tres días á la semana todo el adviento, desde el día después de san Juan Bautista hasta la Asunción de la Virgen; y poco después de concluida esta cuaresma, daba principio á otra en honor de los santos ángeles, la que duraba hasta el día de san Miguel.

Una de sus más sobresalientes virtudes fue la caridad con los pobres. Acostumbraba decir que Dios solo la había hecho reina para darle más medios con que hacer limosna. Tenían orden sus limosneros de no negarla jamás á ningún pobre. No se pasaba día sin que hiciese alguna visita á los pobres enfermos, y muchas veces los iba á buscar hasta en las aldeas del contorno. Más de una vez manifestó Dios con milagros lo grata que le era la caridad de Isabel. Visitando en cierta ocasión á una pobre mujer que estaba cubierta de llagas, se sintió movida á abrazarla la piadosa reina para vencer su repugnancia: ejecutólo intrépidamente, y en el mismo punto quedó la enferma enteramente sana, y la princesa con nuevo vigor para vencerse á sí misma.

Extendíase á todo su caridad; fundó una casa para las mujeres arrepentidas, y otra para los niños expósitos. Todos los viernes de cuaresma lavaba los pies á trece mujeres pobres, y lo mismo hacía el jueves santo. Una de ellas tenía en el mismo pié una asquerosa llaga, que causaba horror; quiso la santa reina curársela por sus manos: lavóla, besóla, y en el mismo instante desapareció la llaga de la pobre mujer.

Dícese que, llevando un día en el regazo una buena cantidad de dinero para repartirla entre los pobres, preguntada por el rey, su marido, ¿qué llevaba? respondió la santa que llevaba rosas; pero como no era tiempo de ellas, picándole al rey la curiosidad quiso verlo, y quedó admirado cuando sus mismos ojos le dieron testimonio de que la reina había dicho la verdad; milagro que luego se hizo público, y para perpetuar su memoria, hasta el día de hoy se representa en las imágenes y en los retratos de la santa.

Era preciso que fuese bien ejercitada una virtud tan eminente; fuélo tanto la de nuestra santa reina, que le dió mucho que padecer. Era para ella una pesadísima cruz la vida licenciosa y desordenada del rey su marido; pero la llevó con tan heróica paciencia, que jamás se le escapó ni la más lijera queja, ni la más mínima señal de disgusto ó sentimiento. Menos ofendida de sus agravios que de las ofensas de Dios, se contentaba con clamar en secreto al Señor por la conversión del rey, pidiéndosela sin cesar con oraciones, con lágrimas y con limosnas. Concediósela su Majestad, porque, movido el rey de la prudencia y cristiana conducta de la reina, volvió sobre sí y mudó de vida; conversión que siempre se consideró por uno de los mayores milagros de la santa princesa.

Pero muy en breve hizo el cielo otro en favor de la reina, que publicó en el mundo su heroica virtud con esforzado grito. Tenía la reina un paje muy virtuoso, de mucho juicio y de singular prudencia; por cuyas prendas se valía de él así para las limosnas reservadas de muchos pobres vergonzantes, como para otras varias buenas obras secretas. Otro paje del rey se llenó de envidia y determinó perderle, con cuya maligna intención significó al rey que no era muy inocente la inclinación de la reina hacia aquel paje suyo, el cual abusaba de los favores de la princesa en ofensa de su Majestad. Era el rey naturalmente caviloso, y dio crédito con demasiada lijereza al calumniador.

Volviendo un día de caza pasó por una calera; y llamando aparte al dueño de ella, le previno secretamente que la mañana siguiente enviaría un paje á preguntarle si había ejecutado ya aquella orden que le había dado, y que al punto, sin responderle palabra, le arrojase en el horno de la calera. El día inmediato muy de mañana mandó el rey al paje de la reina que fuese á tal calera, y preguntase al dueño si se había hecho lo que su Majestad había mandado. Partió al instante; pero pasando cerca de una iglesia, entró en ella á oir misa según su devota costumbre. Había comenzado ya la que se estaba celebrando, y le pareció que debía esperar á otra, la que tardó tanto tiempo en salir, que se dilató bastante la ejecución de su comisión.

Impaciente el rey por saber la suerte del paje, despachó al calumniador para que se informase si se había ejecutado lo que había prevenido. No se detuvo este á oir misa como el primero; antes bien la maligna complacencia de tener más pronto la noticia de su muerte le hizo apresurar la diligencia. Llegó á la calera, y apenas abrió la boca para preguntar si se había hecho ya lo que el rey había mandado, cuando los caleros le arrebataron y le arrojaron en el horno, donde al instante se convirtió en ceniza. Poco después llegó el paje de la reina, y preguntando si se había ejecutado la orden del rey, le respondió el dueño que todo se había hecho como su Majestad había mandado. Volvió á palacio, y asombrado el rey al verle, le hizo varias preguntas; descubrió la extraña equivocación y reconoció la singular providencia del Señor, que, por un medio tan extraordinario, había hecho patente la maldad de su paje y la inocencia de la reina, á quien había ofendido tanto con sus lijerísimas sospechas.

Después de este lance, parece que ninguna cosa debiera ser capaz de alterar la veneración y la estimación que debía hacer de la reina: con todo eso, aun se dejó sorprender por la malignidad de algunos cortesanos. Acababa de desposarse con la infanta de Castilla su hijo el príncipe don Alonso, y por algunas diferencias se indispuso con el rey su padre. Vivamente penetrada de dolor la santa reina por un rompimiento tan funesto á todo el estado, hizo cuanto pudo para reconciliar al padre con el hijo. Fuera de las extraordinarias penitencias que hizo, de las oraciones que ofreció, y de las lágrimas que derramó para aplacar la cólera del cielo y para conseguir de la misericordia del Señor una paz sólida entre la familia real, trabajó fuertemente con el hijo para reducirle á su deber.

El papa Juan XXII escribió un breve á la santa reina, ensalzando su prudente conducta; pero algunas personas mal intencionadas, de aquellas que echan siempre á la peor parte las acciones más cristianas, la hicieron sospechosa con el rey, interpretando mal sus frecuentes conferencias con el hijo, y le persuadieron que la reina era del partido del príncipe don Alonso. El rey, demasiadamente crédulo, echó á la reina de palacio, privóla de todas sus rentas y la desterró á la pequeña villa de Alánquer. Recibió Isabel esta desgracia como favor especial del cielo, y el grande amor que profesaba al retiro le hizo muy dulce el destierro de la corte. Aprovechóse del mayor tiempo que lograba para aumentar sus ejercicios espirituales y sus penitencias. Estaba tan gozosa en su soledad, que le costó mucho dolor el dejarla, cuando desengañado el rey le envió orden para que se restituyese á la corte.

A esta última tempestad se siguió una calma que nunca se alteró después. El rey dió público testimonio de su arrepentimiento y de su dolor por la lijereza con que había dado oídos á la calumnia; pidióle perdón, por su respeto perdonó al príncipe su hijo, y con el constante amor y veneración que profesó en adelante á la reina, reparó los ultrajes y malos tratamientos con que la había ofendido. Aprovechóse diestramente la santa reina de esta confianza del rey, así para el bien del estado, como para la santificación del rey mismo, y todo lo consiguió con felicidad.

Había más de cuarenta y cinco años que reinaba este monarca, cuando se sintió asaltado de una larga enfermedad que al cabo le llevó á la sepultura. Asistióle en ella santa Isabel con tanto amor y con tanta vigilancia como si hubiera sido una centinela, sin separarse un punto de su cabecera, y tuvo el consuelo de verle recibir todos los sacramentos con ejemplar disposición y espirar después entre piadosos afectos. Fue grande su dolor; pero no se abandonó á él: la que estaba tan poco asida al mundo, no pensaba quedarse en medio de su tumulto; y luego que vió rota el único lazo que la detenía, se encerró en su oratorio, se postró á los pies de un crucifijo, se consagró al Salvador, y le suplicó la recibiese en el número de sus más humildes siervas.

Al punto se desnudó de todas las insignias de la majestad, se cortó con su misma mano el cabello, vistióse el hábito de santa Clara, y volviendo en este traje á la sala donde estaba expuesto el real cadáver, suplicó á los grandes que no la mirasen ni la tratasen más como reina. Habiendo pasado algunos días en ayunos, en vigilias y en oraciones cerca de la sepultura del rey, se retiró al monasterio de Santa Clara de Coimbra, que ella misma había fundado. Había resuelto abrazar el estado religioso; pero las representaciones, las súplicas y las instancias de hombres piadosos y doctos, la obligaron á contentarse con hacer vida de religiosa, sin ligarse con la profesión. Mandó construir un cuarto cerca del convento, donde pasaba en oración los días y las noches. Desde entonces comenzó á ser continuo su ayuno, manteniéndose con solo pan y agua, y ocupándose únicamente en buenas obras.

Los pobres, las viudas, los huérfanos, los encarcelados hallaban en Isabel no solo una poderosa protectora, sino una amorosa madre. Extendíase su caridad hasta la otra parte de los mares, dando gruesas limosnas para el rescate de los cautivos que habían caído en manos de los infieles ó de los piratas. Desoló una cruel hambre gran parte del reino de Portugal, singularmente la ciudad de Coimbra; pero la santa reina dio tan acertadas providencias, haciendo venir granos de todas partes, que todos confesaban serle deudores de la vida.

Inmediatamente después de la muerte del rey su marido, fue en peregrinación á visitar el cuerpo de Santiago, cuya iglesia enriqueció con dones preciosísimos; y el año de 1335, con motivo del jubileo, repitió la misma peregrinación, haciéndola toda á pié y acompañada de dos solas criadas, pidiendo limosna de puerta en puerta. Cuando se restituyó á Portugal, supo que su hijo el rey don Alonso, y su nieto también don Alonso, rey de Castilla, estaban para declararse la guerra. Y como la santa reina había recibido del cielo una gracia muy singular para ajustar las mayores diferencias y para poner paz en las familias, partió al punto para reconciliar á los dos reyes. Bastó la noticia de este viaje para conjurar la tempestad y para unir los corazones; pero Isabel cayó gravemente enferma en Estremoz, á la frontera de Portugal y de Castilla.

Conoció que se acercaba su fin, y no se puede explicar el fervor con que se dispuso para la muerte. Quiso recibir el santo viático de rodillas y en la iglesia, vestida con su hábito ordinario de la Tercera Orden de san Francisco, lo que hizo con tan tierna devoción, que la comunicó á todos los circunstantes. Habiendo exhortado después al rey su hijo á que hiciese la paz y á que viviese cristianamente, recibió la santa unción con la misma piedad, y pidió que la dejasen sola. Durante este recogimiento se le apareció la santísima Virgen, á quien invocaba sin cesar; y llenándola de consuelos celestiales, le hizo dulcísima la muerte. Mostró tan extraordinaria alegría en su semblante, que acreditó bien el gozo de que estaba inundado su corazón. En fin, hacia el anochecer del día 4 de julio entregó el alma á su Criador, á los sesenta y cinco años de su edad.

Mientras vivió todos la llamaban la santa reina; después de muerta nunca fue conocida por otro nombre. Mandó el rey su hijo que su santo cuerpo fuese trasportado á Coimbra con real pompa; diósele sepultura en la iglesia de Santa Clara, como la reina lo había deseado. Hízose muy en breve muy glorioso su sepulcro por las gracias que concedía el cielo por la intercesión de la santa. De todas partes acudían á él por devoción. El papa León X permitió su culto público en el arzobispado de Coimbra, y Paulo IV extendió esta permisión á todo el reino de Portugal el año de 1612, esto es, 276 después de la muerte de la santa reina. Hallóse entero su cuerpo envuelto en un paño de seda, y en su honor se edificó una magnífica capilla, donde se colocó esta reliquia dentro de una grande urna de plata. El año de 1625, á 25 de mayo, la canonizó solemnemente el papa Urbano VIII y mandó que se trasladase su fiesta del día 4 al día 8 de julio, por concurrir en el primero la octava de los santos apóstoles.

Año Cristiano del P. Juan Croiset (trad. José F. de Isla), dominio público.