viernes, 26 de junio de 2015
Santos Juan y Pablo, Mártires
Vida del santo de hoy, según el Año Cristiano del P. Juan Croiset.
San Juan y San Pablo, hermanos, mártires. Estos dos ilustres mártires tan célebres en la universal Iglesia fueron italianos de nación, y a lo que se cree, de muy noble nacimiento; pero se hicieron respetar mucho más por su mérito personal y por aquel inviolable amor a la religión cristiana, de cuya pública profesión hacían el más generoso alarde.
La princesa Constancia, hija del emperador Constantino el Grande, sanó repentinamente de cierta molesta enfermedad por la intercesión de santa Inés, y agradecida a este beneficio del cielo, determinó renunciar las vanidades del mundo, haciendo voto de castidad, por lo que suplicó al emperador su padre tuviese a bien que, sin dejar la corte, hiciese una vida retirada, ejemplar y recogida. Sorprendió gustosamente al piadoso emperador la generosa resolución de la princesa, y él mismo quiso disponer la casa echando mano de aquellos criados y oficiales, cuya virtud y talentos juzgó habían de congeniar más con la cristiana inclinación de su hija, nombrando a Pablo por su primer caballerizo, y a Juan por su mayordomo mayor.
Muy en breve se hizo distinguir y se comenzó a celebrar en toda la corte su prudencia, su despejo, su cultura, su urbanidad y sobre todo su virtud, siendo el asunto más frecuente de las conversaciones de palacio. Especialmente la princesa, que los trataba más de cerca y conocía mejor que todos la sólida piedad de aquellos dos señores, no se hartaba de alabarlos; pero los hizo mucho más célebres un suceso sin duda muy singular.
Los Escitas, nación bárbara y cruel, entraron en la Tracia con un formidable ejército, llenándolo todo de terror, hasta las mismas puertas de Constantinopla que actualmente estaba edificando Constantino y todavía no se hallaba en estado de defensa. Levantó prontamente el emperador todas las tropas que pudo para oponerlas a aquel torrente; y sabiendo que el mejor general de sus ejércitos era Galicano, como lo había experimentado en la guerra contra los Persas que acababa de terminar gloriosamente, le nombró general del ejército que mandó marchar contra los Escitas.
Aunque Galicano estaba todavía sepultado en las tinieblas de la gentilidad, con todo eso era un señor muy estimado en la corte por su valor y por las victorias que había conseguido contra los enemigos del imperio. Ya había sido cónsul, y aspiraba por sus méritos a los primeros empleos; por lo que no quiso admitir el mando de aquella expedición, sino con las dos precisas condiciones de que, si volvía victorioso, se le había de hacer cónsul segunda vez, y el emperador le había de dar por esposa a la princesa Constancia. En la primera no había dificultad; pero en la segunda se halló muy embarazado el emperador, como quien no ignoraba la resolución de la princesa, y no pudo disimular su inquietud.
Informada Constancia del embarazo en que se hallaba el emperador su padre, pasó a su cuarto, y conociendo la falta que le hacía aquel oficial, llena de confianza en Dios, y muy asegurada de que el mismo Señor tomaría de su cargo la custodia de su virginidad, dio su consentimiento para que la prometiese a Galicano por esposa; pero con la condición de que el general llevase en su compañía a sus dos gentiles hombres Juan y Pablo, dejando en la de la misma princesa a sus dos hijas Atica y Artemia, que había tenido en el primer matrimonio. Aceptóse prontamente la condición, y aquellas dos damas pasaron luego al servicio de Constancia, marchando Juan y Pablo al ejército en compañía de Galicano.
Dio este la batalla a los Escitas, y fue casi del todo derrotado, quedando hecha pedazos una gran parte del ejército, de manera que ya solo pensaba en retirarse, cuando los dos hermanos Juan y Pablo le aconsejaron hiciese voto de abrazar la religión cristiana si Dios le concedía la victoria. Hízole, y de repente ocupó tal terror el corazón de los bárbaros, que, bajando las armas y abatiendo las banderas, se le rindieron a discreción, cuando ya parecía tener en las manos una victoria completa.
Pero más gloriosa la acababa de conseguir la princesa, triunfando en fin de la obstinación con que Atica y Artemia se habían atrincherado hasta entonces en el paganismo; pues, abriendo finalmente los ojos a los rayos de la divina gracia, y movidas no menos de los ejemplos que de las exhortaciones de su ama, abrazaron ambas nuestra santa religión.
Mientras en la corte del emperador se celebraba el triunfo de la fe en la insigne conversión de aquellas dos señoras, llegó la noticia de la completa victoria que Galicano había conseguido de los Escitas; mas ninguna otra circunstancia la hizo tan plausible como la milagrosa conversión del general, que, después de haber obligado a los bárbaros a abandonar todo el bagaje, a retirarse a su país y a pagar anualmente un tributo al emperador, volvió a la corte, ya no con el pensamiento de recibir la toga consular, ni de desposarse con la princesa Constancia, sino con la resolución de abrazar la religión cristiana, y retirarse del mundo para dedicarse a Dios enteramente.
No obstante, reconocido el emperador a sus grandes servicios, le creó cónsul y le decretó los honores del triunfo. Concluido su consulado, en el cual dio libertad a cinco mil esclavos suyos, se retiró a Ostia con san Hilario, fijando allí su habitación y fundando un gran hospital, cuya dirección tomó él mismo a su cargo, sirviendo en persona a los pobres con tanta caridad, que su nombre se hizo famoso en toda la universal Iglesia.
El emperador Juliano Apóstata, que sucedió al hijo de Constantino el año de 361, noticioso del retiro de Galicano y del celo con que socorría a los cristianos, le envió orden para que sacrificase a los ídolos, o saliese al punto de Italia. Retiróse a Alejandría, donde continuó sus oficios de caridad alentando a los fieles, atendiendo a las necesidades por todos los medios posibles, hasta que mereció la corona del martirio en el día 25 de junio en que la Iglesia celebra su memoria.
Mientras tanto, restituidos ya Juan y Pablo a la corte para servir sus empleos en el cuarto de la princesa Constancia, proseguían con mayor fervor que nunca en el ejercicio de sus devociones y obras de misericordia, distinguiéndose cada día más por sus crecidas limosnas y por su insigne caridad. Del favor que lograban con la princesa y con el emperador solo se valían para el consuelo de los infelices; recurriendo todos a ellos como a protectores de huérfanos, padres de pobres y amparo de desvalidos.
Muerto Constantino el Grande, se mantuvieron en la corte Juan y Pablo con el mismo valimiento y estimación de sus hijos que habían logrado durante la vida de su padre, conservándoselos en sus empleos aun después que murió también la princesa. Pero luego que subió al trono Juliano Apóstata, y se declaró enemigo de Jesucristo con resolución de exterminar la religión cristiana, nuestros santos hicieron dimisión de sus cargos; renunciaron el elevado lugar que ocupaban en el estado, y retirándose de la corte, como personas particulares, se dedicaron enteramente al ejercicio de buenas obras.
Disimuló por algún tiempo Juliano, conteniéndole la calidad y el mérito de los dos santos hermanos; pero noticioso del mucho bien que hacían a los cristianos, y de la singular veneración que se merecían, tanto de los grandes como del menudo pueblo, resolvió pervertirlos o perderlos. Con este intento, dio orden a Terenciano, capitán de una compañía de sus guardias, para que pasase a verse con ellos y les diese de su parte que, siendo su ánimo honrar a los oficiales antiguos de Constantino y de los hijos de este príncipe, sus predecesores, deseaba viniesen a la corte y ejerciesen las funciones de sus empleos.
Respondieron los dos santos que estaban sumamente reconocidos al honor con que la bondad del emperador se dignaba distinguirlos; pero que, siendo cristianos los dos, no se podían resolver a servir en el palacio de un emperador que tan altamente se había declarado contra la religión que profesaban. Dio cuenta Terenciano al emperador de esta respuesta; mostró irritarse mucho con ella, y en tono colérico y arrebatado protestó que solamente les concedía diez días de término para que tomasen su partido, y que si, pasados estos, no se rendían a su voluntad, él los haría experimentar hasta dónde podían llegar los efectos de su indignación.
Informados los santos de las amenazas del emperador por el oficial que les intimó su resolución, le respondieron podía asegurar a su Majestad que, no habiendo en el mundo respeto alguno capaz de hacerlos titubear en la fe que profesaban, era ociosa tanta dilación; que ni diez días ni diez años los harían apostatar; que ni reconocían ni adoraban otro dios que el verdadero, y estaban prontos a dar su sangre por su amor y por su gloria. No obstante lo mucho que ofendió a Juliano tan generosa respuesta, disimuló y dejó en paz a los dos hermanos.
Aprovecharon aquel tiempo los ilustres confesores de Cristo para prevenirse al martirio; distribuyeron todos sus bienes a los pobres, y se emplearon día y noche en ejercicios de devoción y en obras de misericordia. Pasados los diez días, los buscó en una casa Terenciano, y después de mil protestas de amistad no perdonó diligencia alguna para persuadirlos que a lo menos en la apariencia condescendiesen con la voluntad del emperador. No os pide su Majestad, les decía, que renunciéis públicamente vuestra religión, no pretende que concurráis a los templos y que en ellos rindáis adoraciones a los dioses del imperio; conténtase con que privadamente tributéis culto al gran Júpiter, cuya imagen os presento; y diciendo esto, sacó de debajo de la capa un idolillo de aquella mentida deidad.
Horrorizados los dos santos al ver dentro de su casa aquella sacrílega estatua: Hacednos, señor, merced, exclamaron sobresaltados, de apartar de nuestros ojos objeto tan abominable. ¿Es posible que un hombre, no ya de vuestro despejado entendimiento, sino de mediana razón, pueda incurrir en semejantes desaciertos, y que la idea sola que tenemos de Dios no baste a convenceros que no es posible haya más que uno, y que todo aquel risible montón de soñadas deidades no es más que una impía extravagancia? Interrumpióles Terenciano y les dijo que, pues persistían en ser cristianos, era preciso se resolviesen a perder la vida. Al oír esta sentencia, los dos santos hermanos se hincaron de rodillas, y levantando los ojos al cielo, rindieron mil gracias a Dios por la merced que les hacía.
Temióse una sedición en Roma por la general estimación que se merecían los dos santos si llegaba a los oídos del pueblo la noticia de su muerte; por lo que se dio orden al oficial que la ejecutase en secreto. Así lo hizo, mandándoles cortar la cabeza a media noche dentro de su misma casa, en cuya huerta hizo abrir una profunda hoya donde los mandó enterrar, muy satisfecho de que igualmente quedaba sepultada la noticia de su martirio.
Pero quedó extrañamente sorprendido cuando supo la mañana siguiente que la publicaban todos los poseídos del demonio, quejándose a gritos de lo mucho que los atormentaba el Dios de los mártires Juan y Pablo; siendo el que más levantaba la voz un hijo del mismo Terenciano, de quien se apoderó de repente el enemigo. Pero implorando su padre la intercesión de los mismos santos, quedó el hijo repentinamente libre, con cuyo milagro se convirtió Terenciano y toda su familia.
Desde entonces, esto es, desde el año de 363, fue célebre en toda la Iglesia el culto de los dos santos, erigiéndose poco tiempo después una muy magnífica iglesia en el sitio de su misma casa, que hasta el día de hoy tiene su nombre y es título de cardenal, venerándose en ella sus reliquias. Los sacramentarios antiguos de la Iglesia romana, especialmente el del papa Gelasio y el de san Gregorio el Grande, no solo traen misa particular para el día de su fiesta, sino también para el de su vigilia, que antiguamente era de ayuno; lo que acredita la solemnidad con que se celebraba.
Año Cristiano del P. Juan Croiset (trad. José F. de Isla), dominio público.