jueves, 25 de junio de 2015
San Guillermo, Abad
Vida del santo de hoy, según el Año Cristiano del P. Juan Croiset.
San Guillermo, canónigo regular de Santa Genoveva del Monte en París, después abad de Eschil en Dinamarca.
San Guillermo, tan célebre en el siglo duodécimo por su virtud y por sus milagros, nació en París el año de 1105 de padres muy distinguidos por su nobleza, y fué educado desde niño en la abadía de San Germán de los Prados, bajo la disciplina del abad Hugo, que era tío suyo. El bello natural del niño Guillermo, su amor al estudio y su inclinación á la virtud, dejaron poco que hacer á la educación. Fué presto la admiración de aquella religiosa comunidad á quien edificaba con sus ejemplos. Prendado el abad de las virtuosas inclinaciones de su sobrino, le aconsejó que abrazase el estado eclesiástico. Hízolo nuestro santo, y desde luego se distinguió en el nuevo estado por la regularidad de sus costumbres.
Ordenado de subdiácono, fué provisto en un canonicato de la iglesia colegial de Santa Genoveva del Monte, donde todavía no se había introducido la reforma. La vida ejemplar del nuevo canónigo, la inocencia de sus costumbres, su puntual asistencia al coro, y el grande amor que profesaba al retiro y al estudio, que parece habían de granjearle el cariño y aun la veneración de sus compañeros, le hicieron odioso á todos. Mirábanle como á reformador incómodo y molesto; y reputaban su observancia regular por censura y reprensión de su vida licenciosa.
Pasó á tanto su aversión, que resolvieron obligarle á renunciar el canonicato. Fingió uno de ellos que quería ser religioso, y fácilmente persuadió á nuestro santo á que le siguiese en tan santa resolución; pero habiendo descubierto Guillermo el artificio, se quedó en su cabildo, haciendo mayor empeño de ser cada día más observante y más ejemplar, edificando tanto á todo el pueblo, que Esteban, obispo de París, le ordenó de diácono, á pesar de los esfuerzos que hicieron sus enemigos para disuadirle de ello.
Vacó por este tiempo el curato ó prebostía de Espinay, que era provisión del cabildo de Santa Genoveva, á cinco leguas de París, y los canónigos no dudaron proveerlo en Guillermo para desviarle de su lado. Aceptólo el santo, reteniendo su prebenda, por ser costumbre de aquella iglesia que dicho curato ó prebostía fuese servido por alguno del cuerpo del mismo cabildo.
No gozaron mucho tiempo los canónigos de la libertad que creían tener con haber alejado de sí á aquel virtuoso compañero; porque habiendo venido á París en el año de 1147 el papa Eugenio III, informado de la licencia con que vivían aquellos canónigos, resolvió, con beneplácito del rey Luis el Joven, hacerlos regulares. Dióse la comisión á Sugerio, abad de San Dionisio, el cual hizo venir canónigos regulares de San Víctor, dejando á los antiguos canónigos seculares, durante su vida, la renta de sus prebendas. Luego que lo supo Guillermo, sin deliberar un punto, renunció su curato para hacerse canónigo regular; y apenas abrazó el nuevo instituto, cuando fué su singular ornamento.
Admiró á los más perfectos su exactitud en la disciplina regular, su devoción y su fervor. Hiciéronle superior de la casa, y luego se conoció lo que puede en una comunidad religiosa el ejemplo de un superior prudente y santo. Aunque era muy vivo el zelo que tenía por la disciplina regular, sabía templarle con tanta prudencia, con tanta modestia, con tanta suavidad, que al mismo tiempo que hacía guardar la observancia, hacía amable el precepto.
Habiéndose esparcido en París la voz de que habían hurtado la cabeza de Santa Genoveva, Guillermo se ofreció á entrar en un horno encendido, llevando en las manos la cabeza de la santa, que muchos prelados reunidos acababan de hallar en la caja, para prueba de que no era supuesta.
No se encerraba en los límites de Francia la fama de la virtud de nuestro santo; penetró hasta Dinamarca: y deseoso Absalón, obispo de Roschild, de restituir la pureza de la antigua disciplina en un monasterio de canónigos regulares de su diócesis, situado en la isla de Eschil, le pareció que ninguno podría ayudarle mejor á conseguir tan santo intento, que el superior de los canónigos regulares de Santa Genoveva. Despachó, pues, para este fin al preboste de su iglesia, que comúnmente se cree haber sido el célebre Sajón el Gramático, que compuso la historia de Dinamarca.
Aunque al abad de Santa Genoveva le costó mucho desprenderse del que era como el alma de la regularidad en su casa, con todo eso juzgó que debía hacer á la mayor gloria de Dios este doloroso sacrificio. Partió Guillermo en compañía de otros tres canónigos regulares que le ayudasen á entablar la reforma. Fueron recibidos por Waldemar, hijo del mártir San Canuto, con extraordinaria bondad; y el obispo Absalón, uno de los más insignes prelados de aquel siglo, les colmó de honras, y les hizo mil importantes servicios.
Luego que Guillermo se vió en posesión de la abadía de Eschil, se dedicó con el mayor empeño á establecer en ella la observancia regular. Para conseguirlo, juzgó que el medio más eficaz era ir delante con el ejemplo. Pero desde luego se descubrió ser empresa más dificultosa de lo que á él se le había figurado. El riguroso temperamento de aquel clima, el poco uso en la lengua del país, y la suma pobreza de la casa, pusieron su zelo y su virtud á grandes pruebas. Los tres compañeros que había traído de París, no pudiendo tolerar el rigor del frío ni las demás incomodidades, quisieron volverse á Francia. Los religiosos de la casa, acostumbrados á la relajación, no podían sufrir la reforma; el ejemplo solo del abad los desesperaba; muchas veces se sublevaron contra él, é intentaron quitarle la vida de mil maneras.
Sin embargo, no fué esto lo más penoso y sensible para el santo abad. Todo el infierno parece que se había conjurado contra él, irritado de una reforma que había de encender el primitivo fervor en todo el Dinamarca. Hallóse asaltado de las más violentas y más obstinadas tentaciones. Pero cuanto más crecían los estorbos, y más se multiplicaban los lazos del enemigo de la salvación, más se daba Guillermo á la oración y á la penitencia.
Premió Dios la constancia y la fidelidad de su siervo. No solo suavizó el genio indómito de los religiosos, vencidos finalmente de su moderación, de su paciencia y de su blandura, sino que convirtió á gran número de pecadores, atraídos de la fama de su santidad, y tuvo el consuelo de convertir también á la fe de Cristo á todos los gentiles que había aun en las costas del mar Báltico. Contribuyó mucho á estos felices sucesos la multitud de milagros que obró, y puede pasar por el mayor de todos ellos su perseverancia y su tranquilidad inalterable en medio de tantas fatigas y peligros.
Muchas veces le veían derretirse en copiosas lágrimas al pié de los altares, para conseguir nuevas gracias del cielo para sí y para sus hermanos. Nunca se desnudaba el cilicio; dormía siempre sobre un poco de paja; jamás usó lienzo ninguno, y era continuo su ayuno. Siete años antes de morir le fué revelado el día de su muerte, y en este tiempo amontonó grandes tesoros para el cielo, doblando su fervor, sus penitencias, su zelo y su paciencia. Siempre que celebraba el sacrificio de la misa, regaba los corporales con sus tiernas y fervorosas lágrimas; y subía al altar como si subiese al Calvario.
La última cuaresma de su vida la pasó en excesivos rigores. El Jueves Santo celebró la misa con tan extraordinaria devoción y ternura, que movió á lágrimas á todos los religiosos que la oían. Dióles la comunión de su mano, y después lavó los pies á gran número de pobres. Acabada la comida, se estaba disponiendo para lavárselos á sus hermanos, cuando de repente se sintió asaltado de un violento dolor de costado, que le obligó á recogerse á su pobre camilla, donde se le excitó una calentura lenta.
Finalmente el día de Pascua, después de media noche, oyendo cantar en maitines aquellas palabras, ut venientes ungerent Jesum, clamó que ya era tiempo de que le administrasen la extremaunción; y recibido este postrero sacramento, penetrado de tiernos afectos de amor de Dios y de confianza en su misericordia, espiró, á los noventa y ocho años de su edad, habiendo vivido cuarenta enteros en Dinamarca, dedicado al ejercicio de todas las virtudes, singularmente al de una rigurosísima penitencia. Sucedió su muerte en el año de 1203, y el Señor manifestó bien pronto la gloria de su siervo por la multitud de milagros que obró en su sepulcro. Veinte y un años después de su muerte, el de 1224, le canonizó el papa Honorio III.
Año Cristiano del P. Juan Croiset (trad. José F. de Isla), dominio público.