viernes, 24 de julio de 2026 Santiago el Mayor, Apóstol

sábado, 20 de junio de 2015

San Silverio, Papa y Mártir

Vida del santo de hoy, según el Año Cristiano del P. Juan Croiset.

Teodato, rey de los godos en Italia, asustado con las conquistas de Belisario, general del ejército del emperador Justiniano, obligó al papa san Agapito á que hiciese un viaje á Constantinopla para pedir la paz al emperador. No lo pudo conseguir el santo papa; pero en aquella corte mostró su zelo y su vigor en defensa de los intereses de la religión, negándose con invencible tesón á recibir en su comunión á Antimo, obispo eutiquiano; y mostrándose inflexible, aunque le amenazaron con destierro, hasta que al fin, consumido de trabajos y de penitencias, murió el año de 536.

Apenas se supo en Roma su muerte, cuando se juntó el clero para nombrarle sucesor. Era grande protectora de los eutiquianos la emperatriz Teodora, singularmente de Antimo, á quien había sacado de la silla de Trebisonda para colocarle en la patriarcal de Constantinopla; y resuelta á tener un papa que fuese de su entera devoción, hizo partir para Roma al diácono Vigilio, y escribió á Belisario que le hiciese nombrar por sucesor de Agapito; pero el rey Teodato, que no quería por pontífice á ninguno que fuese criatura del emperador, previno á la emperatriz y obligó por fuerza al clero de Roma á que eligiese al subdiácono Silverio, natural de la Campaña de Roma, hijo de Hormisdas, que, habiendo enviudado, se hizo diácono de la Iglesia Romana, y después fué papa.

Al principio no fué muy canónica la elección de Silverio; pero el clero, temiendo un cisma y viendo en él un hombre muy á propósito para llenar la suprema dignidad á que había sido elevado, enmendó los defectos, y unidos todos los votos, confirmó libremente la primera elección con unánime consentimiento. Ordenóse, pues, de diácono y de presbítero, y después fué consagrado obispo el día 20 de junio del año 536.

Aunque no había entrado en el sumo pontificado con las mas santas disposiciones, no bien se vió revestido de aquella primera dignidad de la tierra cuando tomó la generosa resolución de hacerse benemérito de ella. Ante todas cosas lloró delante de Dios los torcidos fines de su pasada ambición, y dió principio edificando á toda la Iglesia con la pureza de sus costumbres y con toda su conducta. Por su vigilancia contra el error, por su zelo en desterrarle, y por la solicitud pastoral en atender á todas las necesidades de la Iglesia, cuando la herejía, protegida del poder temporal, arrasaba la viña del Señor, fué reputado por uno de los mayores papas.

Llegó Vigilio de Constantinopla con ánimo de apoderarse de la silla apostólica; pero como encontró ya á Silverio colocado en ella con aplauso y satisfacción universal, no se atrevió á intentar por entonces novedad alguna; aunque no por eso desistió de su idea, confiando en el poder de Belisario, á quien la emperatriz había escrito en su favor. Después que este general había restituido la Sicilia á la obediencia del emperador, y hecho cada día nuevas conquistas en Italia sobre los godos, les tomó también la ciudad de Nápoles, adonde Vigilio le fué á buscar para entregarle las cartas de la emperatriz; y leídas, le prometió poner en ejecución lo que se le encargaba luego que se hiciese dueño de Roma. Tardó poco en poderle servir, porque, atemorizado el pueblo romano con el saqueo de Nápoles, echó de sí la guarnición de los godos y llamó á Belisario. Inmediatamente volvieron los godos sobre Roma y le pusieron sitio, que duró un año entero, en que le dieron sesenta y siete asaltos, manteniéndose siempre Belisario encerrado dentro de la ciudad. Y se notó, durante el sitio, que los godos, aunque arrianos y bárbaros, no perdieron el respeto á las iglesias de los católicos que estaban extramuros, y ni aun atacaron la ciudad por un paraje donde estaban medio arruinadas las murallas, y estaba también bajo la protección particular de san Pedro. Este respeto que los bárbaros mostraron al apóstol, fué pernicioso al papa Silverio, porque sus enemigos tomaron de aquí ocasión de calumniarle, acusándole de que mantenía inteligencias secretas con ellos.

Volvió mientras tanto á Constantinopla el diácono Vigilio para informar á la emperatriz de que ya había encontrado la silla apostólica ocupada por una criatura del rey de los godos, y declarados en su favor todo el clero y todo el pueblo romano, haciendo cuanto pudo para persuadir á la emperatriz á que le despojase de ella; pero antes de pasar á otra cosa esta sagaz princesa quiso sondear el ánimo del nuevo papa y probar si se le podía reducir á sus intentos, sin llegar á términos de violencia. Escribióle, pues, pidiéndole que restableciese á Antimo en la silla de Constantinopla; que restituyese en las suyas á los demás herejes que su predecesor Agapito había desposeído de ellas; y que abrogase el santo concilio de Calcedonia; bien resuelta á poner á Vigilio en lugar de Silverio si este le negaba lo que le pedía. Luego que el sumo pontífice leyó las cartas, conoció muy bien todo el ánimo de la emperatriz; pero ni las amenazas que le insinuaron de su parte, ni el destierro que preveía, ni el horror de los suplicios que podía temer, fueron bastantes para acobardarle. Respondió, pues, á aquella princesa con el mayor respeto, pero al mismo tiempo con un tesón y con una fortaleza digna de un verdadero sucesor de san Pedro. Representóla que, tanto la deposición de Antimo eutiquiano, como la de los demás herejes, había sido no solamente legítima, sino necesaria; que restituirlos otra vez á sus sillas, de que tan legítimamente habían sido depuestos, sería volver á llamar los lobos para meterlos en medio de los rebaños; y que, en fin, antes perdería la vida que hacer la mas mínima cosa contra el santo concilio de Calcedonia. Irritada la emperatriz con tan generosa respuesta, escribió prontamente á Belisario, que, sin andarse ya en atenciones ni en respetos con Silverio, arrojase de la silla apostólica á aquel enemigo mortal de los eutiquianos, y colocase en ella á Vigilio.

Era el general temeroso de Dios, y le llenó esta orden de mucho dolor. Causábale horror poner las manos en el ungido del Señor, y temía atraer sobre sí y sobre todo el imperio la indignación del cielo, si osaba desposeer al papa; por lo que buscaba varios coloridos para ir eludiendo las órdenes de la corte: pero al fin, temiendo ser desgraciado, se resolvió á obedecer, y solo esperó algún aparente pretexto.

No le fué difícil encontrarle; porque fué acusado el santo papa de que tenía correspondencia con los godos, y aun se presentaron algunas cartas que supusieron ser suyas. Bien conoció Belisario la falsedad y la calumnia, pero no tuvo espíritu para resistirla. Llamó á san Silverio á su palacio, y sin darle lugar á que se justificase, mandó que le quitasen el palio, que le despojasen de las vestiduras pontificales y que le echasen á cuestas una cogulla de monje; después envió á decir al clero, á quien se le había detenido en las antesalas de palacio, cuando vino acompañando al santo papa, que Silverio quedaba ya depuesto, y era monje. Atónitos los circunstantes al oír esta embajada, cada cual procuró escaparse como pudo, temiendo ser maltratado en una casa donde se trataba tan indignamente á un sumo pontífice.

Pasó mas adelante Belisario. Viendo las lágrimas y los clamores del pueblo, que pedía á gritos á su santo pastor, temió alguna sedición y envió á san Silverio desterrado á Pátara, ciudad de Licia en el Asia menor; después sin perder ningún tiempo hizo elegir en su lugar á Vigilio, sin que el clero se atreviese á oponerse á su voluntad; violencia escandalosa y sacrílego atentado, que llenó de luto á toda la Iglesia, y de llanto á todos los buenos católicos. Solo san Silverio se llenó de verdadero gozo, por verse tan maltratado en defensa de la fe y de los intereses de la Iglesia, considerando su destierro como premio de su zelo y de sus apostólicos trabajos, sin que nunca se le hubiese visto mas contento que cuando estaba cargado de tantas persecuciones y oprimido de miserias. Dichoso yo, solía decir, si puedo purgar los defectos de mi elección con las penalidades de mi destierro; pero mucho mas dichoso si logro derramar mi sangre por la Iglesia y por la fe.

Con todo eso, no dejó Dios de volver por el santo pontífice. Apenas llegó á Pátara, cuando el obispo de aquella ciudad, altamente condolido de ver al supremo pastor arrojado de su silla con tanta injusticia como crueldad, pasó á la corte del emperador, y le representó enérgicamente la indignidad de un tratamiento tan escandaloso como injusto. Era Justiniano príncipe católico y piadoso, pero mas condescendiente de lo que fuera razón con la emperatriz, que era eutiquiana. No obstante, mandó que el papa fuese restituido á Italia, y que, si se le justificase haber sido autor de las cartas al rey de los godos, que se le atribuían, no se le permitiese residir en Roma, aunque sí en cualquiera otra ciudad de Italia que mejor le pareciese; pero en caso de hallársele inocente, fuese restablecido en su silla. Hizo la emperatriz cuanto pudo para que no tuviese efecto esta resolución del emperador; pero este se mantuvo firme, y volvió á Italia san Silverio.

Informado Vigilio de su vuelta y protegido siempre con el favor de la emperatriz, hizo tanto con Belisario, que al fin logró le pusiese en las manos al santo papa; y apenas le tuvo en su poder, cuando le mandó llevar á una pequeña isla desierta del mar de Toscana, llamada Palmaria, hoy Palmerola. Gimió toda la cristiandad cuando supo la indignidad con que era tratado el sumo pontífice, escribiéronle los mas de los obispos, manifestándole la mucha parte que les cabía en su persecución; y los de Terracina, Fundi, Termo y Minturno, vecinos al lugar de su destierro, pasaron personalmente á visitarle y quedaron admirados de su invencible paciencia.

Pero considerándose siempre cabeza de la Iglesia, nunca descuidó de su gobierno. Tan vigilante fué su solicitud pastoral en Palmerola, como lo había sido en Roma; el mismo fué su zelo contra los abusos; el mismo tesón y la misma firmeza contra los artificios de una emperatriz hereje, que solamente le perseguía porque constantemente se negaba á restituir en la silla de Constantinopla á Antimo, obispo eutiquiano, y porque no quería revocar el santo concilio de Calcedonia. En una de sus respuestas á los obispos que le habían escrito, se gloría de que solo se sustentaba con el pan de lágrimas en aquella tierra de tribulación, y de que le tasaban el agua que bebía. En fin, consumido el santo pontífice de miserias, pero colmado de merecimientos, murió en el mismo lugar de su destierro el día 20 de junio del año 540; manifestando el Señor la santidad de su siervo con milagros que obró en su sepultura. Siempre fué venerado como mártir, y la Iglesia le decretó los honores de tal.

Desde luego se consideró como uno de sus mayores milagros la maravillosa mudanza, ó por mejor decir, la portentosa conversión de Vigilio; porque, viéndose legítimo sucesor suyo por el unánime consentimiento de todo el clero después de la muerte del santo, arrepentido sinceramente de su ambición, mudó tanto de conducta, que fué uno de los mas zelosos defensores de la fe y verdaderamente un gran papa. También sintió Belisario los efectos de su protección; dolióse vivamente de la dureza con que le había tratado, y para dejar á la posteridad un monumento eterno de su arrepentimiento hizo edificar en Roma una iglesia, y mandó poner en el frontis una inscripción en que declaraba ser aquella obra una pública confesión y satisfacción de su culpa.

Año Cristiano del P. Juan Croiset (trad. José F. de Isla), dominio público.