viernes, 24 de julio de 2026 Santiago el Mayor, Apóstol

martes, 19 de mayo de 2015

San Pedro Celestino, Papa y Confesor

Vida del santo de hoy, según el Año Cristiano del P. Juan Croiset.

San Pedro, llamado de Muron, del monte en que tenía su ermita, y después Celestino del nombre que tomó cuando fue elevado al pontificado, nació por los años de 1221 en un lugar llamado Isernia, en los confines de la Pulla y del Abruzo, cerca de la Tierra de Labor, en Italia. En la historia de su vida, que el mismo santo dejó escrita de su mano, dice que sus padres eran de familia honrada, de piedad universalmente conocida, y que se hacían distinguir por su hospitalidad.

Tuvieron doce hijos, de los cuales fue nuestro santo el onceno. A la edad de cinco años perdió á su padre; pero en el amor, en el juicio y en la virtud de su madre halló un equivalente de esta pérdida. Entreteniéndose un día esta virtuosa madre con su numerosa familia, dijo por modo de diversión: ¿Será posible que, habiéndome dado Dios tantos hijos, ni siquiera uno de ellos haya de ser un grande siervo suyo? —Yo, madre, respondió Pedro con inocente intrepidez, eso no es posible, yo lo he de ser, porque quiero ser santo.

Esta respuesta, junto con el anticipado juicio que en todo mostraba el niño, y con la facilidad en aprender cualquiera cosa que le enseñasen, determinó á la buena madre á dedicarle al estudio; pero como en la casa había tanta escasez de bienes de fortuna, que todos los demás hermanos se veían precisados á trabajar para comer, consideraban este destino del penúltimo como una vocación de holgazanería. Sirvióse el demonio así de los zelos como de la murmuración de sus parientes para cortarle la carrera de los estudios; pero como la divina Providencia tenía sus altos designios en orden á aquel mancebo, no permitió que la virtuosa madre se rindiese á las quejas ni á las murmuraciones.

Habilitóse Pedro en las ciencias, pero mucho mas en la importante ciencia de la salvación. Favorecióle Dios con muchas visiones, y le colmó de tan singulares gracias, que, disgustado y fastidiado del mundo, solo pensó en volverle las espaldas. Era de solos veinte años, cuando saliendo de la casa de sus padres, se retiró á un monte, donde encontró una peña, que, pareciéndole muy acomodada para sus intentos, cavó al pié de ella una estrecha gruta, en que no cabía echado ni podía estar en pié. Allí pasó tres años en asombrosas penitencias, y en continuas tentaciones, representándosele con la mayor viveza todos cuantos objetos halagüeños y provocativos había visto en el mundo, y apareciéndosele frecuentemente el demonio en varias figuras espantosas. Para resistir á tan furiosos combates no recurría á otras armas que á la oración, á la penitencia, y á la protección de la santísima Virgen, con las cuales y con la gracia de Dios consiguió siempre las mas gloriosas victorias.

Por mas que procuró ocultarse le descubrió su virtud, á cuya fama concurrieron á él muchas personas, que, reconociendo su eminente santidad, le instaron para que se hiciese sacerdote, y al cabo le persuadieron que pasase á Roma para recibir los sagrados órdenes. No pudiendo emprender por entonces el viaje, detenido por la nieve que cubría el monte y cegaba los caminos, hizo reflexión á la sublime dignidad del sacerdocio, se atemorizó, y en vista de su indignidad mudó de parecer y resolvió no hacerse en su vida sacerdote. En este estado se le apareció un venerable anciano, vestido de blanco, y le dijo estas palabras: Di misa, hijo mío, di misa. Respondióle Pedro: «San Benito y otros santos nunca se atrevieron á recibir los órdenes sagrados, ¿cómo quieres que yo, pecador y miserable, me considere digno de recibirlos?» ¡Digno, hijo mío! le replicó el viejo, ¿y quién fue jamás digno de eso? Di misa con devoción y con respeto, di misa: y al decir estas palabras desapareció.

No deliberó Pedro ni un solo instante, poniéndose en camino para Roma. Recibido el sacerdocio, se restituyó á la Pulla, con resolución de hacer una vida correspondiente á la santidad del carácter con que le había honrado Dios. Retiróse al monte Muron, y eligió para su domicilio una estrecha cueva, que parecía una sepultura, en la que tenía su habitación una monstruosa serpiente, que huyó luego que el santo entró á tomar posesión de ella. Cinco años pasó en este horrible desierto, viviendo mas como ángel que como hombre, hasta que fueron á rozar aquella parte del monte, que rodeaba la cueva, para cultivarlo. Con esta novedad lo abandonó, pasando al monte Magela, donde halló una vasta y profunda caverna, en que se acomodó él y otros dos solitarios, que se habían puesto bajo de su dirección, y no querían dejarle. Pero el enemigo de nuestra salvación, previendo ó recelando los grandes bienes que había de producir aquella reciente congregación bajo la disciplina de tan gran maestro, no perdonó á medio alguno para deshacerla, ó á lo menos para turbar su quietud. Ni las inclemencias del tiempo, ni las incomodidades del sitio, ni la espantosa austeridad de la vida eran la mayor tentación que padecían. No dejó el demonio invención, estratagema ni artificio de que no se valiese para disgustarlos; y ya dos compañeros principiaban á atemorizarse y á titubear, si el santo director, haciéndoles visibles las ilusiones del enemigo, no les hubiera alcanzado la perseverancia.

Presto se aumentó su número; porque á pesar de los medios de que se valió Pedro para ocultarse, extendida por toda Italia la fama de su santidad, acudieron muchos á ponerse bajo de su dirección, aunque su humildad se resistía siempre á gobernar ninguno. Este fue el principio de aquella célebre religión de los Celestinos, que mas de cuatrocientos años ha se hace tan respetable en el mundo por los grandes ejemplos que le da de penitencia, de soledad y de virtud, uniendo admirablemente, según su instituto, el espíritu del retiro con el de la vida cenobítica.

No tomó el nombre de religión de los Celestinos hasta que lo escogió su glorioso fundador, cuando le hicieron digno sucesor de san Pedro. Luego que el santo se rindió á tener discípulos, concurrieron tantos de todas partes, que fue preciso hacer celdas, edificar un convento, y levantar iglesia, en donde la modestia y la santidad se veía pintada en los hijos de nuestro Pedro, moviendo tanto á todos los que acudían á verlos por una devota curiosidad, que hacían cada día insignes conversiones.

A los principios no tuvieron otra regla que los ejemplos de su santo director, siendo para ellos un modelo trazado según la perfección del Evangelio. Empleaba el santo en oración casi todo el día, y la mayor parte de la noche, acompañándola siempre con abundantes lágrimas; y cuando no oraba, se ocupaba en algún trabajo de manos. Prohibióse el uso del vino y de la carne aun cuando estaba enfermo; y como si no hubiera bastado esta abstinencia, observaba al año cuatro cuaresmas; ayunaba las tres á pan y agua, la cuarta excedía en la abstinencia á las otras tres. En cierta ocasión llegó su penitencia á ser excesiva; porque se condenó á pasar los cuarenta días en una especie de sepultura, sin otra provisión que diez panes y ocho cebollas; en cuyo tiempo, resuelto á no dejarse ver de persona alguna, cayó tanta agua y tanta nieve, y fue el frío tan riguroso, que, endurecidos y helados sus vestidos, hubiera perdido la vida al rigor del temporal, si su abrasado amor de Dios no le hubiera ayudado á vencer tales inclemencias. Al fin de la cuaresma, habiendo sus discípulos ido á verle en aquella cueva, ó sepultura, le encontraron medio muerto, y sacándole de allí, notaron que tenía aun cinco panes, y que no podía haber vivido tanto tiempo sin milagro. Obligáronle á que moderase algo sus inimitables penitencias; pero la moderación fue casi imperceptible á los que eran testigos de ellas.

Traía á raíz de la carne un cilicio de cerdas, sembrado de nudos, y una cadena de hierro; su cama era la desnuda tierra, ó cuando mas unos sarmientos, sin otra almohada que una dura piedra. Pero en medio de tan asombrosas penitencias conservaba siempre un semblante alegre, sereno y risueño, con un trato tan dulce y tan apacible, que hechizaba á cuantos concurrían á hablarle.

Pero creciendo cada día el número de sus discípulos, y teniendo noticia de que en el concilio general, que estaba para celebrarse en León, serían extinguidas todas las religiones que no estuviesen aprobadas por la silla apostólica, fue con dos de sus discípulos á echarse á los piés de Gregorio X, para que aprobase la suya. Recibióle el papa con aquella veneración que merece la verdadera santidad: confirmó y aprobó con grandes elogios su religión, y la dió por regla la de san Benito. Vuelto el santo á Magela, convocó sus religiosos, dióles constituciones, y desde entonces creció la orden con tan maravillosos progresos, que en poco tiempo se contaban mas de mil y seiscientos monjes en treinta y seis monasterios.

A la fama de los milagros que obraba Dios por las oraciones de su siervo, y de la veneración que toda Italia le profesaba, concurrían á él de todas partes, tanto, que, siéndole imposible hablar y consolar á todos en particular, se veía precisado á subirse á algún lugar eminente, para que tuviesen el consuelo de verle y de oírle todos los que lo deseaban; pero haciéndosele insufrible esta concurrencia de gentes, por su grande amor á la soledad y al retiro, comenzó á mirar con tedio el monasterio del monte Magela. Resuelto á dejarle, escogió un corto número de monjes, y secretamente se retiró con ellos á un sitio muy solitario, llamado san Bartolomé de Loja; pero descubierto en él poco tiempo después, aun fue mayor el concurso de los que le buscaban; lo que le obligó á escaparse con un solo religioso, huyendo á esconderse en una gruta casi inaccesible, que estaba en lo mas alto del monte Magela: empeño inútil, porque cuanto mas se esforzaba el humilde siervo de Dios en ocultarse á la vista de los hombres, mas se empeñaba el mismo Dios en manifestarle. No fue para él mas tranquilo este desierto que lo habían sido los otros; porque extendido el rumor de su nueva habitación, aun fue mayor el concurso que lo había sido en las antecedentes; esto le hizo creer que el Señor no le quería en aquel desierto, y así se restituyó á su antigua y primera celda del monte Muron.

Hacía catorce meses que estaba vacante la silla de san Pedro por muerte de Nicolao IV, y se pasaron todavía otros trece sin que los cardenales, congregados en Perusa, pudiesen convenirse en la elección de sucesor, cuando cansados en fin de una dilación tan perjudicial y tan sensible á todo el orbe cristiano, el cardenal de Ostia, Latino Malabranca, movido sin duda de cierta secreta inspiración, propuso en el cónclave al solitario Pedro de Muron, como al hombre mas santo que se conocía entonces en el mundo. Aplaudió todo el sacro colegio un pensamiento tan digno, y la Iglesia celebró con el mayor regocijo una elección tan legítima como desinteresada; pero quedaba por vencer la mayor dificultad, que era rendir la humildad del santo á que diese su consentimiento. Enviáronle la acta de su elección por el arzobispo de León, y por los obispos de Orvieto y del Puerto, con dos notarios apostólicos, y una carta muy reverente, pero muy enérgica, en que le suplicaban no se opusiese á la voluntad de Dios, resistiendo á su elección, y concluían pidiéndole que se dignase pasar cuanto antes á Perusa.

Faltó poco para que le costase la vida esta noticia; y sin dar oídos ni á las razones de los diputados, ni á las estrechas instancias de los reyes de Sicilia y de Hungría, que habían ido á visitarle, se huyó secretamente; pero como era observado de tantos, presto le encontraron. Obligado en fin á ceder á tantas súplicas, partió para Aquila, donde quiso ser consagrado, haciendo el viaje en un humilde jumento, sin que le pudiesen persuadir otra cosa las instancias de los príncipes ni de los cardenales. Fue su consagración y su coronación en la ciudad de Aquila el día 29 de agosto del año 1294; y tomó el nombre de Celestino V, el que tomó también su religión, que hasta allí se había llamado la congregación de San Damián. No hizo mudanza con la suprema dignidad, ni en la austeridad de la vida, ni en las máximas de su profunda humildad. Mandó construir en su palacio pontificio una celdilla de madera muy parecida á la que tenía en la ermita. Era para el santo pontífice una verdadera cruz el tumulto de la corte, la multitud y el estrépito de los negocios; pero nada alteraba aquella paz y tranquilidad interior que gozaba su alma, siendo cada día mas íntima su unión con Dios, y dejándose admirar su virtud aun mas desde la elevación de la silla de san Pedro, que en el monasterio de Muron.

Después de su consagración, á instancias y repetidas súplicas del rey de Sicilia, pasó á Nápoles, donde proveyó varios empleos para la administración de las rentas de la sede apostólica, y para el gobierno de la corte de Roma. Nombró excelentes sugetos para muchos obispados vacantes, é hizo una promoción de doce cardenales, todos de mérito muy sobresaliente, siete franceses y cinco italianos, entre los cuales había dos de su orden, cuya virtud tenía bien experimentada. Daban todos mil gracias á Dios por haber enviado á su Iglesia tan santo pastor, cuando despertándose de nuevo su natural amor al retiro, no suspiró por otra cosa que por la soledad. Puesta de acuerdo su humildad con su natural inclinación, se persuadió que no podía menos de padecer mucho detrimento la Iglesia por su falta de experiencia en los negocios, y por su notoria insuficiencia. Parecíale que no tenía fuerzas para tan pesada carga, y suspirando siempre por su amado retiro, resolvió quitarla de sus hombros.

No halló mucha resistencia en los cardenales, aunque algunos le quisieron meter en escrúpulo por la voluntaria abdicación que meditaba; pero otros muchos le sosegaban, poniéndose de parte de su resolución. Expidió una bula en que declaraba que cualquiera pontífice podía renunciar por sí mismo la tiara; y á pesar de las instancias de muchos cardenales, así franceses como italianos, que solo atendían á la eminente santidad de tan gran pontífice, resolvió hacer dimisión del sumo pontificado. Luego que se extendió la voz por la corte de Nápoles, concurrió á palacio en procesión un gran número de prelados, todo el clero, los religiosos y el pueblo; y habiéndose dejado ver el papa en una ventana para darles la bendición, un prelado le suplicó en alta voz, en nombre de todo el clero y de todo el pueblo, que no pensase su Santidad en dejar un cargo que ejercía tan dignamente; pero nada de esto bastó para aquietar sus escrúpulos, y así renunció solemnemente el sumo pontificado en pleno consistorio el día 13 de diciembre, cinco meses y ocho días después de su exaltación.

El mismo día dejó todas las insignias, y tomando su hábito de monje con el nombre propio de Pedro, se echó á los piés de los cardenales, suplicándoles que remediasen cuanto antes sus desaciertos, con la pronta elección de un sucesor que ocupase dignamente la cátedra de san Pedro. Este espectáculo tan raro enterneció á los asistentes, sacándoles las lágrimas á los ojos. San Pedro Celestino descendió así del trono apostólico con mayor gozo que otros suben á él, y ya no pensó mas que en retirarse á su monasterio.

Pero el cardenal Benito Cayetano, que once días después fue nombrado papa en la misma corte de Nápoles, y coronado en Roma el día 16 de enero siguiente, con el nombre de Bonifacio VIII, juzgó que debía asegurarse de la persona de su predecesor, y le negó la licencia, que puesto de rodillas le pedía para retirarse al desierto, y pasar el resto de sus días en su pobre celda. Creyendo el santo que esta repulsa no tenía otro principio que el deseo de detenerle en la corte, huyó secretamente á su monasterio, donde fue recibido con todas las demostraciones de alegría y de veneración debidas á su virtud. Entró el papa en aprensión por esta fuga; y temiendo que algunos abusasen de su santa sencillez para excitar algún cisma, despachó inmediatamente á un camarero suyo con el abad de monte Casino, para que le trajesen á Roma. Tuvo el santo noticia anticipada de esto; y tomando consigo á uno de sus monjes, se escondió con él en un espeso bosque, donde pasó toda la cuaresma. Noticioso de que habían llegado al monasterio los que iban á buscarle de orden del papa, se metió en una barca para pasar el mar Adriático; pero obligado por los vientos contrarios á anclar en el puerto de Trieste, fue arrestado y conducido á Agnani, donde se hallaba á la sazón la corte pontificia.

Fue célebre este viaje por la multitud de los que concurrieron de todas partes para ver al santo, y por los muchos milagros que hizo en el camino. Atribuyendo el papa la fuga de san Pedro á motivos muy distintos, tuvo por conveniente encerrarle en el castillo de Fumona. No se alteró la tranquilidad de nuestro santo viéndose en estado tan diferente; antes solía decir con mucha gracia: No tengo de que quejarme, celda quería, y celda tengo.

No fue larga la estancia en esta nueva especie de soledad: su avanzada edad, el rigor de sus excesivas penitencias que jamás mitigó, y la debilidad de su salud le advertían ya que no estaba distante el fin de su carrera; y acabando de decir misa con un fervor extraordinario el día de Pentecostés del año de 1296, dijo á dos monjes de su orden que le hacían compañía, que ciertamente moriría dentro de la octava. Cayó enfermo el día siguiente; pidió la extremaunción, que recibió tendido en una tarima, no habiendo querido usar jamás de otra cama, y murió con la muerte de los santos el día 19 de mayo, pronunciando aquellas palabras del último salmo de laudes: Omnis spiritus laudet Dominum: Alabe al Señor todo lo que tiene vida.

Murió á la edad de casi 75 años, á los diez y siete meses después de haber renunciado la tiara, y á los diez de su prisión en el castillo de Fumona. Mandó el papa Bonifacio que se celebrasen sus exequias con la mayor solemnidad, así en la iglesia de San Pedro, como en la de San Antonio, cerca de Ferentino, donde fue enterrado. Y continuando Dios en manifestar la santidad de su siervo con nuevos milagros, de orden de Clemente V se trabajó en el proceso de su canonización el año de 1305, y en el mismo se celebró esta el día 5 de mayo con extraordinario aparato; pues no contentándose el papa con oficiar pontificalmente la misa, él mismo hizo un gran panegírico del santo, y fijó su fiesta al día 19 de mayo. Venéranse sus reliquias en la iglesia de los Celestinos de la ciudad de Aquila, aunque hay también una porción de ellas en los Celestinos de París, y otras menores en diferentes iglesias.

Año Cristiano del P. Juan Croiset (trad. José F. de Isla), dominio público.