domingo, 17 de mayo de 2015
San Pascual Bailón, Confesor
Vida del santo de hoy, según el Año Cristiano del P. Juan Croiset.
Por los años del Señor de 1540, reinando Carlos V, y presidiendo la silla de san Pedro el papa Paulo III, nació san Pascual Bailón, el día 17 de mayo y primero de la Pascua de Pentecostés, para gloria de España y ornamento de la religión de san Francisco. El lugar de su nacimiento fué una pequeña aldea del reino de Aragón, llamada Torrehermosa. Sus padres fueron Martín Bailón é Isabel Jubera, honrados labradores de escasa fortuna, pero ilustres por la piedad de sus costumbres. Siendo todavía niño, comenzó la gracia á dirigir sus operaciones, como preludios que eran de la sublime santidad que había de llegar en la edad provecta. Si alguna vez le dejaba su madre solo, se iba á la iglesia, en donde le encontraba con los ojos fijos con tal intención en las imágenes de Jesús y de María, que le costaba trabajo separarle de ellas. Ya joven, le dedicaron sus padres al oficio de pastor; y aunque este solitario ejercicio parece que le cerraba las puertas para aprender á leer y escribir, pudo tanto su diligencia, que aprendió uno y otro, ya preguntando á los que sabían, ya ilustrándole Dios por medio de su gracia. Su zurrón, en lugar de contener el ordinario alimento, era una pequeña biblioteca de libros piadosos, y entre ellos el oficio de la Virgen que rezaba diariamente con suma devoción y consuelo de su alma. Por esta causa se separaba de los demás pastores, aborrecía sus juegos y entretenimientos, y vivía en aquel oficio como el ermitaño mas aprovechado. Su conversación era santa y agradable; sus modales apacibles y dulcísimos; su genio manso y templado; de modo que los demás pastores admiraban en él la madurez y prudencia de un anciano, y la pureza é inocencia de un ángel. Hablábales él muchas veces de la grandeza de las virtudes, de la santidad de la vida cristiana, y de la fealdad de los vicios; y esto lo hacía con tanta gracia, y con tan fervoroso espíritu, que los demás pastores, con ser ya algunos hombres ancianos, se movían á compunción corriendo las lágrimas por sus rostros. Con singularidad les inspiraba una tierna devoción á la Madre de Dios, á quien él amaba y servía con todo el ahínco de su corazón. Si alguna vez advertía que sus compañeros se desazonaban y prorrumpían en juramentos ó blasfemias, los corregía amorosamente, y los suplicaba que pusiesen sus ojos en María santísima; y de este modo logró apaciguar sus rencillas, y muchas veces librarlos de peligros.
No se olvidaba al mismo tiempo de añadir á los duros trabajos de pastor otras varias mortificaciones, entre ellas el andar descalzo por lugares escabrosos y llenos de espinas; procurando de este modo imitar al Pastor divino, que tanto había padecido por sus ovejas. Divulgándose la fama de sus amables prendas, entró en deseos Martín García, hombre poderoso, á quien el santo servía, de tenerle por hijo, estimando en mas esta gloria que todas sus riquezas. Llamó á Pascual, y cuando le tuvo en su presencia le manifestó que quería adoptarle por hijo, haciéndole dueño de las muchas posesiones y riquezas que le había dado el cielo: bien vería cuánto le convenía aceptar este partido, trocando la vida trabajosa que entonces llevaba por otra regalada y abastecida de bienes de fortuna. Ven, pues, le dijo, ven á mi casa, serás mi hijo, y después de mi muerte serás mi heredero. Cualquiera que tuviese espíritu menos desinteresado que el de Pascual, hubiera aceptado con sumo gusto aquella oferta, estimándola como principio y fin de su fortuna. Pero el santo joven, que había ya elegido en su corazón á Jesucristo por su heredad y toda su riqueza, le respondió, con el semblante lleno de modestia, que se había propuesto en su corazón servir á Dios en pobreza voluntaria; que nada aborrecía tanto como los bienes de este mundo, que tenía por lazos ó impedimentos para conseguir la verdadera felicidad; y que distaba tanto de admitir su generosidad, que antes bien pensaba en hacerse religioso, abandonando no solamente los bienes temporales, sino la posibilidad de obtenerlos. Que por lo demás le daba rendidas gracias, y le estaría agradecido encomendándole á Dios en sus oraciones.
Con este pensamiento procuraba Pascual estrechar su vida con nuevas mortificaciones, ensayándose en la vida austera que debía emprender. Siendo ya de edad de veinte años, deliberando sobre la ejecución de sus santos intentos, pasó al reino de Valencia. Quiso despedirse de una hermana que habitaba en un lugar intermedio; y habiendo ido á su casa, le recibió esta con sumo amor, y quiso regalarle según sus facultades la permitían. Dispúsole una abundante cena; pero por mas instancias y súplicas que le hizo, no pudo determinarle á tomar otra cosa que un poco de pan y agua. Admiróse la hermana de tanta abstinencia, y conjeturando que á esta mortificación acompañarían otras mayores, con una compañera llamada Juana García, se puso á acechar á la puerta del cuarto, en que habían dispuesto la cama á nuestro santo. A poco tiempo de haber entrado en él, advirtieron que se desnudaba, y sacando unas disciplinas, se azotaba con tanta crueldad, que tuvieron que apartarse de allí, no pudiendo contener las lágrimas que sacaba de sus ojos aquel sangriento espectáculo. A la mañana siguiente, habiendo tomado pan y agua por desayuno, encargó mucho á su hermana que viviese en el santo temor de Dios, y despedido de ella prosiguió su viaje.
Llegó al reino de Valencia con intención de hacerse religioso; pero no proporcionándose ocasión oportuna para ello, tuvo que volver á su ejercicio de pastor. Ocupábase en él en las cercanías de Montfort, pueblo del reino de Valencia, en el cual había uno de los primeros conventos de la reforma de san Pedro de Alcántara, y en su iglesia una devotísima imagen de Nuestra Señora de Loreto. Aficionóse tanto á esta imagen, que venía frecuentemente á visitarla, y cuando estaba en el campo tenía por lo común vuelto el rostro hacia la iglesia, no pudiendo separar sus ojos de donde tenía el corazón. Hablaba con los demás pastores de cosas pertenecientes al espíritu, logrando en ellos tanto fruto, que en presencia suya ninguno osaba hacer cosa reprensible. Sin embargo vivía descontento, porque el ejercicio de pastor le privaba de muchos consuelos espirituales, y porque era sumamente difícil alimentar bien el ganado sin menoscabo del prójimo. En esta materia llegaban sus escrúpulos hasta el extremo de delatarse á sí mismo: luego que su ganado había hecho algún daño, y él lo advertía, se iba al dueño, y no se separaba de él hasta que, tasado prudentemente, se lo satisfacía con su soldada. Otro motivo de descontento en su vida de pastor, era el ver las desarregladas costumbres y perversos hábitos de aquellos toscos pastores: no era lo mas la usurpación de los bienes ajenos, dejando entrar el ganado en las heredades; el nombre de Dios, á quien bendicen las yerbas y flores del campo, era blasfemado; las mutuas rencillas de los pastores se terminaban en maldiciones y juramentos; de lo cual ofendido en gran manera el santo joven, determinó escapar cuanto antes de tan multiplicados peligros. Significólo á un amigo suyo, que era de los mas moderados entre aquellos pastores, el cual le respondió: «Si piensas entrar en religión, ¿por qué no te vas al monasterio de Nuestra Señora de Huerta, que es monasterio rico y está en tu tierra? —Por eso mismo, respondió el santo, yo he dejado mi patria, mis padres y parientes para vivir en este mundo como en un destierro, sin mas pensamiento que buscar el camino derecho para la patria celestial; yo he renunciado el rico patrimonio y adopción que me ofrecía mi amo, por la pobreza de Jesucristo; y así nada me puedes prometer mas opuesto á mis intentos, que la entrada en un monasterio rico, y que está en mi patria.»
Aunque hasta entonces no tenía Pascual determinación fija del sitio y religión en que haría sacrificio á Dios de sí mismo, con todo eso, la divina Providencia le iba adjudicando en cierto modo á la religión franciscana en su nueva reforma. Daba á entender esto aquella devoción particular á Nuestra Señora de Loreto, que le había inspirado la gracia, y el especial afecto que á los religiosos de aquel convento profesaba. Veía en ellos una suma pobreza en la comida, en el vestido, en los ajuares de sus habitaciones, y aun en los utensilios para los ministerios sagrados; veía una humildad verdaderamente cristiana, de aquellas que huyen las exaltaciones y grandezas de la ambición; veía, en fin, la mortificación de Jesucristo y su cruz, y esto mismo se conformaba con sus santos propósitos y sus costumbres. Añadíase á esto que por aquel tiempo vivían en el convento Lauretano muchos religiosos de una virtud verdadera y de una mortificación asombrosa. Tratábalos el santo con frecuencia, porque acudía con ella á consolar su alma en los santos sacramentos de la penitencia y de la Eucaristía; y con este frecuente trato íbase aficionando á vivir con ellos. Los santos son delicados en la ejecución de sus resoluciones. Siempre están temerosos de sus propias luces, y solícitos de averiguar el verdadero camino por donde quiere Dios que le sigan. Padecía Pascual ansiedades en su espíritu, y suplicaba al cielo con fervorosos suspiros que se dignase manifestarle su voluntad para ponerla luego por obra. La oración sencilla, las lágrimas que salen del corazón, encuentran inmediatamente acogida en la divina misericordia. Una visión celestial aseguró á Pascual de su vocación: parecióle ver, en un enajenamiento de espíritu, un religioso y una religiosa que vestían un hábito de penitencia muy semejante al que usaban los religiosos del referido convento. Vuelto en sí, entendió que la voluntad de Dios era que tomase allí el hábito; y sin mas dilación se presentó al guardián, y se lo pidió con humildad. Como eran bien conocidas las virtudes del santo joven entre todos los religiosos, accedieron con gusto á sus súplicas, y le dieron el hábito con suma complacencia, persuadidos de que Dios los enriquecía con un tesoro de santidad. Luego que Pascual se vio religioso, contempló que debía manifestar su gratitud al beneficio recibido, con nuevos ejercicios de piedad. Dobló sus penitencias, enfervorizó su espíritu, dedicóse á la oración con mas ardor y mas perseverancia que antes. Aunque por su instrucción y talento podía haber aspirado á ser religioso de misa, escogió ser religioso lego; y su humildad se complacía en ejercer los oficios mas bajos y mas penosos de la casa. Vista su verdadera vocación, y reconocida por inspirada del cielo, le dieron la profesión, el día de la Purificación de Nuestra Señora, en el año de 1565.
Viéndose Pascual libre de los lazos del mundo, y dedicado para siempre al servicio de Dios, atada su voluntad con los tres votos de pobreza, obediencia y castidad, dio gracias al Todopoderoso, y comenzó de nuevo la carrera de la perfección. Nunca se le vio ocioso: la oración, la mortificación y las ocupaciones de la obediencia dividían su tiempo y sus obras. Solícito de la santificación de su alma, huía como de una serpiente de la ocasión mas remota en que pudiese haber ofensa de Dios. Nadie vio en su conducta obra ó palabra que pudiese notarse, no ya de pecado grave, pero ni aun leve. Era amantísimo de la verdad. Siendo portero, llamaron unas mujeres, solicitando que el guardián bajase á confesarlas; llevó el santo el recado, y respondiéndole el superior que le excusase, diciendo que no estaba en casa, respondió el santo: Perdonadme, Padre, no diré tal cosa, porque eso sería pecado venial. Amaba á Jesucristo con tal ternura, que todas las acciones de su vida y los tormentos de su pasión, los tenía siempre presentes para imitarlos. De aquí nacía aquella mansedumbre con que trataba á todos, aquella alegría que hacía su rostro semejante al de un ángel; de aquí aquella prontitud á cuanto le mandaba la obediencia, aquella austeridad y rigor con que trataba su cuerpo, sujetándole á las leyes del espíritu; y de aquí finalmente aquel celo y solicitud de la salvación de las almas, que procuraba por todos los medios.
No se contentaba con aliviar la miseria temporal de sus prójimos pidiendo limosna para darla después á los necesitados: su caridad se extendía á mas altos fines, y sus limosnas eran acompañadas de discursos patéticos sobre la fealdad del pecado, sobre las penas del infierno y sobre la grandeza de Dios. Esta invención feliz redujo á muchas almas de un estado de perdición á una vida fervorosa, contándose entre ellas muchas mujeres perdidas, muchos pecadores endurecidos y obstinados en sus vicios, que, acobardados de su enormidad, llegaban á desconfiar de la divina misericordia. Con el mismo espíritu de caridad reprendía las faltas que advertía, no solamente en sus hermanos, sino aun en los mismos superiores. Tenía en esto tanta gracia, y era tan dulce el artificio que le sugería su celo, que jamás su corrección produjo disgustos ni desazones, sino reconocimiento y enmienda.
La fe, aquel don sobrenatural y divino que levanta el alma á la contemplación de los sublimes misterios, y da fuerzas al hombre para emprenderlo todo con una segura confianza en la asistencia del cielo, tuvo en san Pascual tan feliz acogida, que sus obras maravillosas se pudieran contar por sus acciones. Son innumerables los milagros que obró Dios por su intercesión, ya venciendo el poder de la enfermedad y de la muerte, y ya produciendo repentinamente alimentos con que socorrer á los necesitados. En sí mismo manifestaba de continuo un estupendo milagro, que era premio de su sencilla humildad y de la viveza de su fe. Jamás había aprendido mas que á leer y escribir; su trato había sido con pastores; sus ejercicios mecánicos. El continuo empleo de su tiempo en las obligaciones de portero, limosnero y otros ejercicios semejantes, le alejaba de las conversaciones de los religiosos instruidos en materias teológicas. Sin embargo, los sabios religiosos que le trataron aseguraron con juramento que hablaba de los dogmas mas sublimes de la religión con una precisión, exactitud y sublimidad, que los dejaba asombrados. Proponíanle las cuestiones mas difíciles acerca de la Trinidad, de la Encarnación y divinos atributos, y á todas satisfacía con tan sublime doctrina y tan acertadas respuestas, que se veía claramente ser el divino Maestro quien le enseñaba. En efecto, en la oración era en donde Dios le manifestaba aquellos arcanos, que no es dado al hombre comprender, y mucho menos explicar con palabras.
Importunábanle los religiosos con las preguntas mas arduas y argumentos mas difíciles que tiene la teología, deseosos de alimentar sus almas con aquella ciencia no aprendida que salía de sus labios. Pero el santo, temeroso de los perjuicios que podría ocasionar á su humildad esta prueba, inventó un artificio para ocultar su milagrosa sabiduría. Procuróse varios libros teológicos, leía en ellos, y de ellos daba á entender que sacaba las respuestas que le oían. Para este efecto escribió dos libros, en donde trataba de la unión hipostática del Verbo divino, y de otras materias igualmente intrincadas; y para dar á entender que nada de lo que allí había era producción suya, puso en la portada esta inscripción: En el nombre de la Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, tres personas y un Dios verdadero, criador de todas las cosas visibles é invisibles, á quien sea dada la gloria y el imperio por todos los siglos de los siglos, amén. Yo fray Pascual Bailón, natural de Torrehermosa, de Santa María de Horta, escribí este fárrago para mi espiritual recreo, habiéndole recogido fielmente de muchos libros santos. No obstante esto, estando en cierta ocasión enfermo, pidió con suma eficacia al guardián que quemase estos libros, para que no quedase en el mundo cosa alguna de donde le pudiese resultar honor y gloria.
Persuadido que la humildad es el mejor cimiento de la perfección, aun en las acciones mas mínimas procuraba Pascual su abatimiento. Ocultaba con estudio todas las gracias que recibía del cielo, para que no hiciesen aprecio de él. Huía de los lugares donde la fama de su santidad había producido una extraordinaria veneración de su persona. En el convento buscaba con esmero los oficios mas bajos, y se ejercitaba en ellos con tanto gusto como pudiera tener un ambicioso en los empleos mas honoríficos. Deseando el santo que el vestido contribuyese á ejercitarle en la virtud de la humildad, lo traía humildísimo; su hábito era un centón de remiendos, y estos encontrados en los muladares. Sucedió algunas veces reprenderle públicamente el prelado por faltas que Pascual no había cometido; jamás pretendió excusarse: puesto de rodillas, clavados los ojos en el suelo, y con un semblante lleno de majestuosa tranquilidad, oía la injusta reprensión; y acabada, besaba los pies al prelado, y quedaba muy gozoso de haber imitado en algo á Jesucristo. Otras veces se juntaba con los religiosos jóvenes, ó con los novicios, cuando el maestro les imponía alguna penitencia, humillándose como reo, y sujetándose al castigo el que era reconocido inocente y venerado de todos por santo. Así llenaba por todos los medios las obligaciones que prescribe la humildad cristiana, sin que jamás se le viese ni dar excusa abonando su conducta, ni quejarse del agravio que se le hacía, ni echar la culpa á quien la tenía verdaderamente, ni rehusar la reprensión ó el castigo, ni últimamente dar muestras de resentimiento en su semblante.
La virtud de la humildad, la de la paciencia y la de la obediencia están tan íntimamente unidas, que con dificultad se encuentra la una sin la otra. En los ejercicios de la obediencia hallaba Pascual mucho que sufrir, y ocasiones de humillarse; y de la misma manera en la paciencia y en la humillación encontraba el mérito de la obediencia. Jamás se negó á disposición alguna de sus prelados, sino á la que tenía visos de darle alguna superioridad. Si le mudaban de convento, lo recibía con gusto, teniéndose por peregrino sobre la tierra. Si le mandaban pedir limosna, le parecía estar imitando á Cristo, que se hizo pobre para que nosotros con su pobreza fuésemos ricos. Si le mandaban cavar en el huerto, y hacer el oficio de hortelano, creía estar sufriendo el castigo dado por Dios á nuestro primer padre, y se regocijaba viendo que con el sudor de su rostro sustentaba á sus hermanos y aliviaba la miseria de muchos pobres desvalidos. En todos los ejercicios, en todos los empleos, en todos los destinos encontraba este siervo de Dios el consuelo de su alma, y los medios de santificarla mas y mas.
Su espíritu fervoroso en nada encontraba dificultad, ni temía ningún peligro con tal que pudiese conducir para este fin. Vióse esto en la difícil peregrinación que hizo á Francia en el año de 1570. Ofrecióse al custodio de su provincia un caso arduo que necesitaba consultarse al general; residía este á la sazón en París, á donde la escasez de los correos en aquel tiempo hacía necesario enviar un religioso. Habiendo meditado el custodio quién sería mas apto para una expedición en que peligraba la vida, por causa de estar infestadas las provincias de Francia de herejes hugonotes que odiaban mortalmente á los frailes, halló que solo fray Pascual aceptaría un encargo tan arriesgado. Llamóle, y le mandó que emprendiese este viaje; y el santo con suma alegría se puso al instante en camino, confiado en que Dios le sacaría de todos los peligros. Llegó al primer convento que tenía su religión en Francia; y habiendo examinado los sabios padres de aquella comunidad la comisión que llevaba, y conociendo por otra parte que peligraba su vida, se pusieron á disputar si era lícito obedecer con semejante peligro. Resolvieron que sí, y le dejaron seguir su camino. Iba el santo descalzo de pie y pierna, con un hábito andrajoso, y un rostro de penitencia que llevaba tras sí los ojos de todos. Por cuantos lugares pasaba, en otros tantos recibía infinitos insultos y persecuciones del pueblo, que gritaba con furor: Al papista, al papista, acompañando estas insultantes palabras con malos tratamientos, y apedreándole muchas veces.
En un pueblo le rodearon una porción de herejes, creyendo que un fraile, en la apariencia sin letras, podría fácilmente ser convencido é imbuido en sus errores. Preguntáronle si creía que en la hostia consagrada se contenía el cuerpo de Cristo; y habiendo respondido que sí, comenzaron á argüirle con sofismas para apartarle de la verdadera creencia. El santo respondió á todo con tanta copia de doctrina y solidez de razones, que, confusos los herejes, empezaron en despique á apedrearle; pero Dios le salvó milagrosamente torciendo la dirección de las piedras. Prosiguiendo su camino, y hallándose molestado de la hambre, se llegó á pedir limosna á la puerta de un poderoso. Mandóle este entrar, púsole á su mesa, y mientras comía le dijo que sus trazas eran de espía español, y que como tal, debía tener por cierto que al levantarse de la mesa mandaría darle la muerte. Calló el santo, quedándose con una serenidad admirable; en vista de lo cual, movida la señora á compasión, hizo echarle de casa sin que lo viese su marido. A este tenor se halló en otros muchos peligros y trabajos; pero como obraba por obediencia, Dios premió esta heroica virtud, haciendo que concluyese su expedición, y volviese á Almansa bien despachado, como el custodio le había prometido.
Sobresalió nuestro santo en la virtud de la penitencia. A pesar de ser tan casto que en toda su vida no ofendió á esta virtud, ni con el mas leve pensamiento, se ejercitaba en tan crudas penitencias como pudiera necesitar el mas voluptuoso y distraído. Sufría los fríos del invierno caminando con los pies desnudos sobre los yelos y la nieve; y en el verano trabajaba con la cabeza descubierta para que los rayos del sol le hiriesen con mayor vehemencia. Sin embargo de que su vestido ni le daba abrigo, ni le libraba de las inclemencias del tiempo, todavía juzgaba Pascual que era un regalo; y así para desquitarse, llevaba debajo de él varias suertes de cilicios, que con piadosos artificios formaba, unas veces de cerdas, otras de espinas de cardos, y otras de puntas de hierro. Su cama era el duro suelo, ó una porción de leña, que mas bien servía para atormentar el cuerpo cansado, que para tomar alivio. Pasaba la mayor parte de la noche en continua oración, ya puesto de rodillas, ya postrado en tierra con los brazos extendidos, para que á la meditación acompañase el mérito de la penitencia. Dábase crueles disciplinas casi todos los días del año, particularmente en las fiestas de los mártires, deseando experimentar en sí de alguna manera los dolores del martirio. En las festividades de los ángeles repetía la disciplina hasta el número de nueve veces, rezando en cada una de ellas el salmo Miserere.... A las maceraciones del cuerpo juntaba la abstinencia. Desde su entrada en la religión se había propuesto por modelo á su santo patriarca; y anteriormente había hecho profesión de seguir los pasos del divino Maestro, que, estando crucificado, quiso tener el tormento de gustar hiel y vinagre. Con este pensamiento ayunó casi todos los días de su vida á pan y agua. Si tomaba algunas legumbres, era sin condimento alguno, para que el paladar no percibiese deleite. Alguna vez comió carne; mas para imitar el tormento del divino Maestro, la dejaba primero que se corrompiese, de manera que el fetor y hediondez la hiciesen mas desagradable que la hiel y vinagre. Este ayuno prodigioso lo observaba aun estando enfermo, sin que las persuasiones del médico y de sus hermanos alcanzasen de él moderación alguna en su severa abstinencia.
A virtudes tan sublimes acompañaba una oración continua y una altísima contemplación de los divinos misterios, en la cual gustaba su alma de tan soberanas dulzuras, que recompensaban abundantemente todos sus rigores, ayunos y penitencias. Oraba de continuo en cualquier lugar que se hallase. La continuación y el fervor le llevaron á tan alto grado, que se le vio muchas veces privado de sus sentidos, y haciendo unos movimientos que manifestaban los raptos de su alma, y el torrente de delicias que recibía en la oración. Estos efectos eran mas sensibles en presencia del sacramento de la Eucaristía, ó de las sagradas imágenes de Jesucristo y su santísima Madre. Tal vez enajenado y fuera de sí mismo, se daba contra las paredes, y rodaba las escaleras hasta que el dolor le volvía á su ser, y le hacía cortar el ímpetu de la contemplación. De sus escritos en esta materia se deduce la alteza y perfección á que llegó este siervo de Dios. Ellos contienen lo mas puro, lo mas acendrado y sublime de cuanto escribieron los santos. Allí se ven unos coloquios tan tiernos y afectuosos, que prueban el ardiente fuego en que fueron engendrados. Lo mas patético de los salmos, las oraciones mas fervorosas de la Iglesia, los afectos mas encendidos de los contemplativos, las expresiones mas vivas y amorosas, las gracias mas humildes y rendidas, la ponderación mas justa de las grandezas de Dios y de sus divinas piedades, todo se encuentra en el pequeño tratado de oración que escribió este santo para su instrucción y consuelo. A la Madre de Dios tenía una devoción tierna y afectuosa; veneraba sus imágenes con una humillación y respeto, que infundía devoción en cuantos lo veían. Rezaba su santo rosario con tanta frecuencia, que tenía las cuentas gastadas; y en sus pláticas y conversaciones jamás trataba de otra cosa que de la vida y pasión de Jesucristo y de las grandezas de su Madre santísima.
Unas virtudes tan heroicas quiso Dios que estuviesen adornadas en su siervo con aquellas gracias que se llaman gratis datas, las cuales, aunque no tienen esencial conexión con la virtud verdadera, las suele conceder Dios misericordiosamente para manifestar la santidad de sus siervos. Tuvo el don de profecía, el de penetrar los corazones, y el de hacer milagros. En todos ellos fué admirable, juntando al mismo tiempo la exaltación de la gloria de Dios y el provecho de sus prójimos. Una de las cosas que predijo, fué el día y hora de su muerte. Según se acercaba esta, notaba el santo en la efervescencia de su espíritu que quería desasirse de las cosas terrenas y de los lazos de la carne, para unirse eternamente á aquel á quien había amado toda su vida. Notó esto también una mujer piadosa, que, viendo al santo ayudar á misa, advirtió en su semblante una alegría y sonrisa tan extraordinarias, que la pareció ver á un bienaventurado. Estando, pues, en el convento de Villareal, y presintiendo que estaba cercana su muerte, dijo á un religioso que le lavase los pies. Extrañó esto semejante diligencia en un hermano que tan poco cuidaba del aseo de su persona, y mucho mas sabiendo la profunda humildad que caracterizaba sus acciones y pensamientos. Significó al santo su extrañeza, y este le respondió con una calma y sencillez admirables: No os admiréis, hermano, que quiero tener los pies limpios para recibir el santo sacramento de la extremaunción, si acaso Dios quisiere que me sea necesario recibirle.
El suceso manifestó que hablaba con espíritu profético; pues de allí á pocos días cayó gravemente enfermo. Sufrió con suma paciencia los dolores y congojas de una dolencia que las tiene tan mortales, como es el tabardillo y dolor de costado. Nunca le oyeron quejarse, ni pedir medicina ni alimento, ni volverse de un lado á otro en la cama; antes bien, su rostro alegre y tranquilo manifestaba el deseo que tenía de ser desatado de los lazos de la carne para vivir eternamente con Cristo. En el discurso de la enfermedad, que duró solos ocho días, se levantó una vez á dar limosna á los pobres, dándole la caridad y la gracia las fuerzas que faltaban al cuerpo. En esta ocasión avisó á una pobre mujer, que estaba enferma, de que en un mismo día saldrían los dos de este mundo; lo cual se verificó. Agravóse la dolencia; y habiendo recibido los sacramentos de la Eucaristía y extremaunción con devoción suma, pidió que para morir le sacasen de la cama y le pusiesen en el suelo, queriendo imitar en esto á su santo patriarca. No se le concedió, y así contento de todos modos con la voluntad de Dios y de sus superiores, teniendo un crucifijo en las manos, los ojos clavados en él, y el dulce nombre de Jesús en la boca, espiró dando su espíritu al Señor, el día 17 de mayo del año de 1592, primer día de la Pascua de Pentecostés, y á la misma hora que elevaba el sacerdote la sagrada hostia en la misa mayor.
Su cuerpo quedó hermoso, flexible, y con un semblante que movía á un mismo tiempo á veneración y á ternura. Las gentes se conmovieron, y acudían de todas partes á venerar el santo cadáver, publicándole por santo. Teníase por dichoso el que podía lograr la parte mas mínima de un remiendo de su hábito, ó cualquiera otra cosa por despreciable que fuese. El cielo glorificaba á este siervo de Dios con infinitos prodigios, pues ningún doliente tocó al santo en los tres días que estuvo expuesto á la veneración de los fieles, que no recibiese el remedio de su enfermedad. Ya habían dejado casi desnudo el santo cuerpo, y de hora en hora crecía la multitud del pueblo que acudía movido de la fama de su santidad y de sus milagros. Pensaron en enterrarle, y para lograrlo tuvieron que valerse de la astucia y de la autoridad de la justicia. Pusieron el cadáver en una caja, con suficiente porción de cal viva para que se consumiese la carne, y así lo depositaron debajo del altar dedicado á la purísima Concepción de María. El año de 1611 se hizo por el comisionado del obispo de Segorbe la inspección del cadáver, el cual fue hallado entero é incorrupto, sin embargo de haber sido cubierto de cal cuando se hizo su entierro. Justificado esto, y una portentosa multitud de milagros que sería largo referir; habiendo acudido con reverentes súplicas los reyes, príncipes y grandes, entre ellos el duque de Gandía, que dedicó al santo un magnífico sepulcro; y últimamente, á solicitud de su religión, beatificó Paulo V á este siervo de Dios, el día 19 de octubre de 1618, y Alejandro VIII le canonizó después en 1690, continuando Dios sus prodigios, por la intercesión de este santo, con todos aquellos que para ser oídos procuran ser imitadores de sus santas obras.
Año Cristiano del P. Juan Croiset (trad. José F. de Isla), dominio público.