domingo, 10 de mayo de 2015
San Antonino, Obispo y Confesor
Vida del santo de hoy, según el Año Cristiano del P. Juan Croiset.
San Antonino, á quien en el bautismo se puso el nombre de Antonio, y después por la pequeñez de su cuerpo le llamaron Antonino, fue hijo de Nicolás Pierozzi, notario de la ciudad de Florencia, y de Tomasia, ambos de familia honrada, y uno y otro recomendable por su conocida bondad. Nació en el año de 1389; y como era hijo único, y sus padres eran tan virtuosos, se dedicaron con el mayor desvelo á darle una cristiana educación. Costóles poco trabajo, porque Antonino había nacido con tan bellas inclinaciones, que la devoción parecía en él como natural. Llamaban comúnmente en Florencia al niño Antonino el santico; no hallándosele en casa, era sabido que se le encontraría en la iglesia, y siempre de rodillas delante de una imagen de la santísima Virgen. En su porte nunca se notó acción, ni movimiento pueril; siempre dulce, siempre afable, dócil y modesto, nada había que reprender en sus procedimientos. Tuvo toda su vida tanto horror al pecado, que se tiene por cierto conservó hasta la muerte la inocencia bautismal; debiendo particularmente, como lo confesaba el mismo, á la tierna devoción que profesaba á la santísima Virgen, la inviolable integridad de su pureza.
Dedicáronle con tiempo al estudio, en el cual hizo maravillosos progresos. Era de ingenio vivo y penetrante, de memoria feliz y de una asombrosa aplicación al trabajo, con lo que adelantó mucho en una edad en que otros apenas saben los primeros rudimentos; pero el amor que tenía al estudio de las letras, no podía competir con el que profesaba al de la importante ciencia de la eterna salvación. Ya hacía tiempo que para satisfacer los deseos que tenía desde sus mas tiernos años de consagrarse á Dios enteramente, había puesto los ojos en algún claustro religioso. Pero entre todos era el objeto de sus ansias el de los padres predicadores, donde reinaba la sabiduría, el celo de la fe y una ejemplar observancia.
Acudió al famoso padre fray Juan Domínici, que después fue cardenal, arzobispo de Ragusa y legado de la santa sede en el reino de Ungría, y le pidió el santo hábito. Examinóle este célebre predicador, y quedó hechizado de la viveza de su ingenio, del candor y de la inocencia de sus costumbres, y de los ardientes deseos con que suspiraba por ser admitido en la religión de santo Domingo; pero viéndole tan pequeño y tan niño, le aconsejó que esperase todavía algunos años; y para librarse de sus instancias con alguna salida plausible, habiendo entendido en el discurso de la conversación que gustaba mucho de leer el decreto de Graciano, añadió sonriéndose: Mira, estudia todo el derecho canónico, y en sabiéndolo de memoria, yo te doy palabra de que serás recibido. Era muy dura la condición, y el padre Domínici solo intentaba por aquel medio despedir con honor al pretendiente, quitándole toda esperanza de ser admitido; pero quedó sorprendido y asombrado cuando dentro de pocos días volvió Antonino á reconvenirle con su palabra, diciendo que estaba pronto á dar razón de todo el derecho canónico. Con aquella extraordinaria prueba de su casi milagrosa memoria y habilidad, le recibieron luego los padres, sin reparar en la debilidad de su complexión, ni en sus pocos años; y en breve tiempo conocieron lo mucho que valía el que habían admitido.
El fervor del novicio sirvió de religiosa emulación á los mas ancianos. Temíase que no tendría fuerzas para resistir al rigor de la observancia; pero dióselas su aliento, y en todas ocasiones se mostró el mas humilde, el mas obediente, el mas mortificado y el mas exacto de toda la comunidad. Desde luego le miraron los frailes como el mas cabal modelo de la perfección religiosa, en vista de sus abstinencias, de sus vigilias, de su desasimiento de todas las cosas, de su aplicación al estudio, de su continua oración que era toda su ocupación y sus delicias, de su devoción tierna y fervorosa, y de su exactitud en el cumplimiento de todas las obligaciones de su estado.
Creció el fervor con la dignidad del sacerdocio. Siempre que celebraba el divino sacrificio le veían bañado en dulces lágrimas, que incesantemente hacía derramar de sus ojos el fuego del amor de Dios, que le consumía y abrasaba. En vano intentaron moderar el rigor de sus penitencias; su vida fue un continuo ejercicio de ellas: sano y enfermo dormía siempre en la dura tierra; y aunque se vió elevado á los mayores empleos de la religión, casi siempre hizo á pié todos sus viajes.
No obstante de ser todavía muy mozo, como la virtud suplía la falta de los años, le hicieron prior del convento de Roma, el que gobernó con tanta prudencia, con tanta suavidad y con tanto acierto, que le encargaron sucesivamente el gobierno de los conventos de Nápoles, Gaeta, Cortona, Sena, Florencia, Pistoya, Fiésoli y de otras muchas ciudades de Italia: renovó en todos ellos el primitivo espíritu de la regla, mas con sus ejemplos, que con sus palabras. Hiciéronle vicario general de la provincia de Toscana, y después de la de Nápoles; sin que por eso disminuyese el rigor de sus ordinarias penitencias. Humillándose mas, cuanto mas le elevaban, daba siempre principio á la visita de los conventos ejerciendo los oficios mas bajos de la casa; se veía tan confundido el vicario general con los menores frailes, que solo el mayor fervor le distinguía de ellos.
Hallábase Antonino en la visita de la provincia de Nápoles cuando vacó la silla episcopal de Florencia. Por mucho tiempo se llevó la atención del papa Eugenio el cuidado y la elección de un sujeto digno que ocupase aquella silla; resuelto á no dar oídos á empeños, pretensiones y parcialidades, pensaba únicamente en dar á Florencia un prelado santo; mas apenas le hablaron del vicario general de los Predicadores, cuando sin detenerse un punto en deliberar, le nombró por arzobispo de Florencia. Recibió el santo la noticia volviendo de la visita, y hallándose ya en uno de los conventos de su provincia; sobresaltóse tanto con ella, que, dejando de repente el camino de Nápoles, sin darse por entendido, se encaminó á las costas de Toscana, con resolución de embarcarse para la isla de Cerdeña, y pasar en ella desconocido el resto de sus días: pero estaban ya tomados los puertos, y le condujeron á Sena. No hubo medio de que no se valiese para librarse de aquella dignidad; pero el papa no hizo caso de sus razones, y se mantuvo inexorable á sus ruegos; envióle las bulas, mandándole que cuanto antes se hiciese consagrar. Rindióse á la obediencia, haciéndola el mas doloroso sacrificio, siendo las lágrimas que derramó durante la ceremonia de su consagración el mayor testimonio de su dolor, y de que no hallaba otro consuelo que el de la resignación.
Arregló su familia de manera que, sin deslucimiento de la dignidad episcopal, todo olía á religión y á modestia. Parecióle que los pobres serían su mejor tren y equipaje, persuadido que eran de ellos las rentas de la mitra, y que el mayor esplendor de esta consistía en dar muchas limosnas. Mandó á sus criados que jamás despidiesen á pobre alguno sin darle algo; y después de haber consumido en limosnas todo el dinero, se le vió echar mano de los muebles, y reducirse á sí mismo á una extrema pobreza para socorrer á los pobres. Fundó el colegio de san Martín, en que estableció doce administradores de las rentas destinadas para socorrer á familias vergonzantes, que reducidas á miseria tienen empacho de pedir; y ha echado Dios su bendición á esta obra pía de manera, que hoy se mantienen con ella mas de seiscientas familias, proveyendo á todas sus necesidades.
Correspondía el celo á la caridad. Todos los años visitaba el arzobispado, haciendo tanto fruto con su modestia, apacibilidad y ejemplo, como con sus exhortaciones. Desterráronse de todas partes los abusos, reconciliáronse las enemistades, extermináronse los desórdenes, y se reformaron las costumbres. Nada se ocultaba á su vigilancia, ni burlaba su solicitud. Habíanse introducido en Florencia los juegos que llaman de azar, con grande ruina de las familias; emprendió el santo arzobispo desterrarlos, y lo consiguió.
Cierto hereje disfrazado, que tenía fama de insigne médico, y lograba con este título mucha introducción en las casas particulares, se aprovechaba de ella para sembrar disimuladamente sus errores, vomitando con especialidad horribles blasfemias contra la santísima Virgen. Llególo á entender san Antonino, y al punto hizo ver que el verdadero celo, aunque siempre dulce y afable, sabe obrar con tesón y con fortaleza cuando se atraviesan intereses de la religión. Por mas protectores que tuvo el hereje, el santo arzobispo se mantuvo inflexible; y no habiendo querido convertirse aquel infeliz, fue condenado á la hoguera.
Como el espíritu de Dios era el primer móvil de todas sus operaciones, san Antonino no se desmintió jamás en su conducta: dormía muy poco, y aunque velaba hasta muy entrada la noche, todos los días se anticipaba á los canónigos en la asistencia á los maitines. Cuando volvía de ellos daba al estudio el tiempo que otros concedían al descanso: después de la misa, que celebraba cada día con devoción tierna y sensible, se dedicaba enteramente á los negocios del arzobispado hasta la entrada de la noche, sin cesar de dar audiencia á cuantos se le presentaban, mas que para ir á visitar á los pobres en los hospitales, ó para administrar los sacramentos á los enfermos. A todas horas se le encontraba visible, afable y accesible á todo el mundo, siendo todo para todos para ganarlos á todos. Igualmente daba audiencia al pobre y al rústico, que al rico y al poderoso, sin acepción de personas; hallándose siempre en él un director, un pastor y un padre, sin que accidente alguno fuese capaz de alterar su dulzura y su tranquilidad.
Habiendo arrestado á un ministro del papa el consejo supremo de Florencia, y no habiendo podido lograr el arzobispo que le pusiesen en libertad, mandó cesar el oficio divino en la catedral á la vista de los magistrados, y puso entredicho á la iglesia. Por mas que le maltrataron, se mantuvo inflexible; y como le amenazasen que le echarían de la ciudad, mostrando el santo la llave de la celda que ocupaba en el convento de Cortona, y traía siempre colgada de la cintura, respondió: Si me obligaren á salir de Florencia, siempre tendré donde retirarme.
Sus grandes negocios y ocupaciones nunca le apartaron del recogimiento interior, ni del espíritu de oración, y en medio de ellas estaba como pudiera en el mas sosegado retiro. Además del oficio divino, el de la Virgen, y los salmos penitenciales, que rezaba todos los días, rezaba el oficio de difuntos dos veces á la semana, y los días de fiesta todo el salterio entero.
En medio de tantas tareas halló tiempo para enriquecer la Iglesia con excelentes obras, como son la Suma doctrinal, ó teológica; la Suma histórica; la Suma de la confesión; un tratado de la excomunión; el discurso sobre los discípulos cuando iban al castillo de Emaús, y un tratado de las virtudes, descubriéndose en todas estas obras las mayores pruebas de la pureza de su fe, de la santidad de su doctrina, de su gran virtud, erudición y sabiduría.
Estaba tan extendido por toda Italia el concepto de su elevada santidad, que acudían los pueblos á los caminos por donde se sabía que había de pasar para recibir su bendición. El papa Nicolao V dijo públicamente, que tenía por tan digno de ser colocado en los altares al arzobispo de Florencia estando vivo, como á Bernardino de Sena, á quien el mismo acababa de canonizar, después de muerto. Nombráronle los Florentinos para que llevase la voz en una solemne embajada que enviaron á los papas Calixto III y Pío II, reparando todos, que cuanto mas le colmaban de honores, mas humilde se hacía. Suplicáronle que se encargase también de la embajada al emperador Federico; pero no le pudieron reducir, porque jamás se resolvió á salir de su arzobispado no siendo por los intereses de la Iglesia.
Habiendo llegado á noticia del papa Pío II el gran fruto que había hecho en Florencia con su celo suave, pero siempre ferviente y eficaz, cortando de raíz los escándalos públicos, desterrando los juegos de azar y otros desórdenes inveterados, quiso hacerle de la junta que había formado para reformar los abusos de Roma; pero antes llamó Dios á su fiel siervo para premiarle eternamente. Murió con la muerte de los santos el día 2 de mayo del año 1459, á los sesenta de su edad, y á los tres de su arzobispado. Hallábase á la sazón en Florencia el papa Pío II, y no solo quiso honrar con su asistencia el entierro del santo, sino que concedió siete años de indulgencia á los que concurriesen á honrar también su cuerpo en la sepultura. Sesenta y cuatro años después le canonizó solemnemente el papa Clemente VII, fijando su fiesta Inocencio XI al día 10 de mayo. Venérase el santo cuerpo con gran concurso de los fieles en la iglesia de los padres dominicos de Florencia, y se conservan algunas reliquias suyas en la del colegio de la Compañía de Múnster.
Año Cristiano del P. Juan Croiset (trad. José F. de Isla), dominio público.