viernes, 8 de mayo de 2015
La Aparición de San Miguel Arcángel
Vida del santo de hoy, según el Año Cristiano del P. Juan Croiset.
San Miguel arcángel, general, por decirlo así, de la milicia celestial, el primero de aquellos bienaventurados espíritus que asisten continuamente al trono de Dios, y componen el coro octavo de la jerarquía del cielo, siempre fue venerado en la Iglesia de Dios como el protector especial de los cristianos, del mismo modo que antes de fundarse el cristianismo lo había sido del pueblo judío. Aquel ángel que el Señor envió al profeta Daniel para informarle del tiempo preciso en que había de nacer el Mesías, y para instruirle en otros grandes misterios de la religión, hablando con él de lo que al fin de los tiempos había de suceder para probar la fidelidad de los escogidos de Dios, le dijo que entonces se levantaría el gran príncipe Miguel, protector de los hijos del pueblo del Señor.
Habiendo, pues, señalado Dios por protector de su Iglesia al mismo que lo había sido de la sinagoga, quiso manifestar a los fieles con señales sensibles cuánto valía esta protección, y por medio de diferentes apariciones del arcángel san Miguel moverlos a que le profesasen la más tierna devoción, y a que le rindiesen el más solemne y más religioso culto. Entre otras, tres son las principales que celebra la Iglesia con mayor solemnidad, dedicando a cada una su fiesta particular.
La primera fue en Chonas, ciudad de Frigia, y parece ser la más célebre entre las que fueron conocidas por los Griegos y por los Orientales. Aparecióse san Miguel en figura humana a un hombre de Laodicea que tenía una hija muda, la cual cobró el habla al instante. Este milagro convirtió al padre y a la hija, siendo ocasión de que se edificase un suntuoso templo en honra de san Miguel; y para consagrar la memoria de un milagro tan ruidoso, se instituyó en toda la iglesia del Oriente una fiesta particular en honra del Príncipe de la milicia celestial, señalándose para ella el día 9 de setiembre. La ciudad de Chonas se llamaba antiguamente Colosas, tan conocida por la epístola que escribió san Pablo a sus habitantes llamados Colosenses.
Pero de todas las apariciones de san Miguel, la más célebre es la que sucedió en el monte Gárgano, llamado hoy monte del Santo Ángel, en la provincia Capitanata del reino de Nápoles. Hizo tanto ruido este milagroso suceso, que para perpetuar su memoria, y para renovar de cuando en cuando la devoción de los fieles a su ilustre y poderoso protector, instituyó la Iglesia la fiesta de este día; y el suceso, según se refiere, pasó de esta manera.
Hacia el fin del quinto siglo, gobernando la Iglesia de Dios el papa Gelasio, apacentaba su ganado un pastor sobre la cima del monte Gárgano. Desmandóse un novillo, y metióse en una cueva o caverna; el pastor, para obligarle a que saliese de allí, le disparó una flecha, la cual, retrocediendo con la misma violencia con que había sido disparada, hirió al pastor. Quedaron atónitos los circunstantes en vista de tan asombroso suceso, cuya noticia llegó presto a la ciudad de Siponto, que está a la falda del monte, y hoy se llama Manfredonia.
Informado el obispo, creyó desde luego que en aquel milagro se ocultaba algún misterio; y para conocer lo que Dios quería dar a entender por aquel prodigio, ordenó un ayuno de tres días en todo su obispado, exhortando a los fieles a que juntasen la oración con el ayuno, pidiendo a Dios se dignase declarar su voluntad. Oyó el Señor las oraciones del santo obispo. Al cabo de los tres días se le apareció san Miguel, y le declaró ser la voluntad de Dios que el ángel tutelar de la Iglesia fuese singularmente venerado en el mismo sitio donde acababa de suceder aquella maravilla, para encender y animar la devoción y confianza de los fieles, y hacerles experimentar más particularmente los dulces efectos de su poderosa protección.
Penetrado el obispo de los más vivos sentimientos de agradecimiento y de piedad, juntó al clero y al pueblo; declaróles la visión que había tenido, y fue procesionalmente con todos al paraje donde había sucedido el milagro. Encontraron en él una caverna espaciosa en forma de templo en la peña; la bóveda natural muy elevada, y sobre la entrada una especie de ventana por donde recibía bastante luz. Erigieron un altar, consagróle el obispo, y celebró el santo sacrificio de la misa. Hízose después la dedicación de la iglesia con la mayor solemnidad y devoción, habiendo concurrido todos los pueblos de la comarca, y duró la fiesta muchos días.
Enriquecida la nueva iglesia con preciosísimos dones, no se evacuó por algún tiempo; cantábanse en ella las alabanzas del Señor, y se celebraban los divinos oficios con singular piedad en honor del patrono tutelar de la Iglesia, aumentándose cada día más desde aquel tiempo la devoción de los fieles al arcángel san Miguel. No tardó mucho el Señor en manifestar cuán grata le era esta devoción, autorizándola muy presto con multitud de milagros. El santuario del monte Gárgano llegó a ser una de las más concurridas peregrinaciones de la cristiandad; los favores que el Señor dispensaba en él a los que le visitaban, aumentaron por mucho tiempo el concurso de todas las naciones; y se veneró como lugar santo la gruta en que sucedió esta maravilla.
Refiere Pedro Damiano que por los años 1002, habiendo el emperador Othón III, faltando a su palabra, quitado la vida a un senador de Roma, llamado Crescencio, y deshonrado después su viuda con escándalo de toda la Iglesia, arrepentido de sus culpas se fue a echar a los pies de san Romualdo, quien le ordenó que fuese desde Roma hasta el monte Gárgano con los pies descalzos a visitar la iglesia de san Miguel, para dar a Dios y al mundo esa satisfacción por sus pecados: lo que ejecutó el penitente emperador con grande edificación de toda la cristiandad, siendo este un admirable testimonio de la particular veneración que se profesaba a aquel prodigioso santuario. Para eternizar esta veneración, y para perpetuar con provecho la memoria del insigne milagro con que quiso Dios manifestar a los hombres la poderosa protección del arcángel san Miguel, y animar su confianza con esta aparición, instituyó la Iglesia esta fiesta, señalando para ella el día de hoy, como se ve en los sacramentarios antiguos.
De otras muchas apariciones de san Miguel se hace memoria en la iglesia latina. Una de las más memorables es la que refiere la historia haber tenido Auberto, obispo de Abranches, sobre una peña o escollo, llamado la tumba del mar, situado en su diócesis a la entrada del mismo mar, en aquel recodo angular que forman la Normandía y la Bretaña. Habiendo llegado a noticia del obispo Auberto un suceso maravilloso acaecido en la Tumba, muy semejante al del monte Gárgano, él también, a imitación del obispo de Siponto, intimó en su obispado ayunos y oraciones, para que el Señor se dignase declararle su voluntad. Pero no fue tan dócil como el otro obispo; porque, aunque el Señor se la declaró con señales muy sensibles, se resistía a creerlas con sobrada obstinación, hasta que fue severamente castigado; y haciéndole la pena cuerdo y dócil, reconoció que san Miguel quería ser particularmente venerado en aquel sitio.
Sucedió esta aparición por los años de 708, y el obispo Auberto edificó sobre la cima de la misma peña una bella iglesia, que se acabó el año de 709; y el día 16 de octubre se dedicó solemnemente al arcángel san Miguel, quedando este día señalado para celebrar todos los años la fiesta de la dedicación, como se hace aun el día de hoy con grande solemnidad. Este mismo prelado quitó de allí a los ermitaños que vivían sobre la misma peña, e instituyó doce canónigos para el servicio de la iglesia. Pero como con el transcurso del tiempo los sucesores se relajasen, haciendo una vida de poca edificación, Ricardo I, duque de Normandía, los echó del sitio, y convirtió la iglesia colegiata en un monasterio de benedictinos, que hasta el día de hoy se conservan con observancia muy ejemplar, y promueven la devoción del santuario, la cual ha hecho perder a este lugar su antiguo nombre; hoy solo es conocido por el monte de San Miguel, y es una de las romerías más célebres de Francia, que han hecho muchos reyes cristianísimos, y aun la frecuenta el concurso de todas las naciones de Europa.
Hace mención la historia eclesiástica de otras muchas apariciones del arcángel san Miguel; y con ocasión de una de ellas se le edificó un suntuoso templo en Constantinopla. Otro edificó en Roma el papa Bonifacio en aquel sitio que se llamaba la Mole de Adriano, y hoy se llama el Castillo de Sant-Angelo. León IV mandó edificar el tercero en el monte Vaticano, después de la derrota de los Sarracenos, persuadido de que, por más que se multiplicasen estos monumentos, todos eran muy debidos y muy convenientes para excitar la devoción de los fieles a aquel que, al salir las almas de los cuerpos, las presenta delante del tribunal del Juez supremo, habiéndole señalado Dios por defensor y por patrón tutelar de su Iglesia.
Año Cristiano del P. Juan Croiset (trad. José F. de Isla), dominio público.