lunes, 4 de mayo de 2015
Santa Mónica, Viuda
Vida del santo de hoy, según el Año Cristiano del P. Juan Croiset.
Nació santa Mónica en una ciudad de África el año de 332, de padres cristianos, más distinguidos por su virtud que por la nobleza de su sangre. Dieron á su hija una educación correspondiente; y para criarla con mayor cuidado la confiaron á una buena vieja, criada tan antigua de la casa, que había conocido en la cuna al padre de nuestra Mónica; y la santa vieja desempeñó el encargo con el mayor cuidado y esmero. Visiblemente se reconocía que iba creciendo con la edad la devoción de la niña, y como tenía mucha discreción y una inclinación natural á la virtud, dejaba poco que hacer á su piadosa aya y maestra. Contaba después la misma santa Mónica á su hijo, que no obstante las saludables lecciones de aquella virtuosa mujer, que no quería bebiesen vino las doncellas, ella hubiera dado en algún exceso, por la inclinación que tenía á este licor, si no hubiera sido por una criada que un día la llamó borracha: esta reprensión la causó tanta vergüenza, y la hizo abrir tanto los ojos para conocer la torpeza de aquel vicio, que desde el mismo instante hizo propósito de no volver á probar el vino, y que así lo había cumplido hasta entonces.
El buen entendimiento y el buen modo de nuestra Mónica, junto con su cordura y virtud, la hacían cada día más amable y más amada de sus padres; y viéndola estos ya en edad de poder casarse, contando más con su virtud que con las otras prendas naturales, la dieron por marido á un rico ciudadano de Tagaste, en la provincia de Numidia, llamado Patricio, porque, aunque era todavía gentil, esperaban que la prudencia y la virtud de su hija le convertirían á la religión cristiana.
Al entrar Mónica en el nuevo estado, se hizo cargo así de sus obligaciones como de sus trabajos. Su primer cuidado fué estudiar bien el genio, las inclinaciones y el humor de su marido. Eran las pasiones dominantes de este la cólera y una incontinencia desenfrenada; dedicóse Mónica á templar la una con su modestia, apacibilidad y sufrimiento; y á corregir la otra con su amor, paciencia y disimulo. Cuando Patricio estaba más colérico y más arrebatado, en aquel ímpetu jamás le resistía su mujer, ni le respondía la menor palabra; prevenía sus gustos, y se adelantaba á todo cuanto podía complacerle.
Como un día se quejasen confidencialmente en presencia de Mónica algunas amigas suyas de su misma edad de lo mucho que tenían que padecer con sus maridos, les dijo la santa con tanta dulzura como prudencia: «Mirad bien si tenéis vosotras la culpa. Para echar un jarro de agua al fuego de la cólera, y para domesticar el genio más feroz y más extravagante de un marido, no hay medio más eficaz que el silencio respetuoso, el modo más humilde y apacible, y la paciencia dulce y constante de una mujer; la sumisión que debemos á nuestros maridos no nos permite hacerles frente; el contrato matrimonial es contrato oneroso que nos impone la obligación de sufrir sus defectos con paciencia. Si vosotras sabéis callar, os ahorraréis muchas pesadumbres y muchos sinsabores.»
A sus máximas y á sus consejos correspondía su porte. Aunque Patricio era hombre bárbaro, arrebatado y brutal, ella le desarmaba con su paciencia y le ganaba con su dulzura. Siempre atenta á sus obligaciones, no pensaba más que en el gobierno de su casa. Todo el tiempo se le llevaban sus devociones y el cuidado de su familia; con cuyos medios tuvo el consuelo de ver reinar en una casa, compuesta casi toda de gentiles, un espíritu verdaderamente cristiano. La suegra de Mónica, prendada de su virtud y de su prudencia, quería tanto á su nuera, que la idolatraba.
En breve tiempo fue Mónica la admiración de toda la ciudad; apenas se hablaba de otro asunto que de la paz que reinaba en su casa, y de la ejemplar educación que daba á su familia; elogios que la merecieron tanto concepto, y tan general estimación, que habiendo algunas diferencias ó disensiones en las casas particulares, todos acudían á Mónica para que las arreglara, y así era como la pacificadora de toda la ciudad. Entre tanto iba creciendo su virtud, y singularmente la tierna devoción que profesaba á la santísima Virgen, á quien todos los días encomendaba su familia, pidiéndola sobre todo con incesantes ruegos la conversión de su marido.
Consiguióla en fin; porque haciendo Patricio reflexión á la dulzura, al sufrimiento, á la prudencia y á todas las demás virtudes de su mujer, infirió que no podía dejar de ser verdadera la religión que las enseñaba; conoció sus errores, detestólos, instruyóse bien en la religión cristiana y recibió el bautismo. ¿Quién podría explicar el gozo de nuestra santa cuando vió ya cristiano á su marido? Con la mudanza de religión mudó también las costumbres; aquellos grandes ejemplos de virtud que por tanto tiempo había observado en su mujer, produjeron todo su efecto. Ya no era aquel Patricio colérico, altivo, furioso, disoluto; sino otro hombre bien diferente, pacífico, humilde, modesto, casto, temeroso de Dios. Se puede decir que esta fué la primera conquista de nuestra santa; pero el Señor la tenía reservada otra mucho más ventajosa á toda la Iglesia, que era la de su hijo primogénito Agustino, cuya conversión costó á la santa madre muchas lágrimas.
Era Agustino de poca edad cuando murió su padre; y viéndose viuda nuestra Mónica, solo pensó en adquirir todas aquellas virtudes que pide san Pablo á las de su estado. Retirada, mortificada, invisible casi á las demás criaturas, empleaba el tiempo en sus ejercicios espirituales, en obras de misericordia, en el gobierno de su familia y en la educación de sus hijos. Había tenido tres, dos hijos y una hija, siendo el mayor de todos Agustino, que la costó tantos cuidados, tantos suspiros y tantas oraciones.
Viendo la buena madre la viveza y fogosidad extraordinaria de su genio, comenzó á temer las más funestas resultas; especialmente cuando ni con sus consejos, ni con sus reprensiones podía contener la impetuosidad de aquel natural, ni moderar la violenta pasión que le arrastraba hacia la sensualidad. Tuvo el dolor de verle precipitarse en los errores de los maniqueos, porque favorecían la torpeza y la disolución; mas no por eso desistió ni desconfió de su enmienda; antes doblando las oraciones, los ayunos, las lágrimas, las limosnas y todo género de buenas obras para conseguir de Dios la salvación de su hijo, no cesaba de advertirle, de reprenderle y de exhortarle á que se apartase del camino de la perdición.
Pero Agustino no daba oídos más que á sus pasiones: enternecíanle las lágrimas de tan buena madre, mas no apagaban el fuego violento de una juventud desordenada. Derramábalas Mónica de día y de noche en la presencia del Señor para mover su misericordia, y acompañaba las oraciones con grandes penitencias; y compadecido el Señor, quiso alentar su esperanza con algún consuelo. Tuvo un sueño en que la dió á entender que al cabo se convertiría su hijo, y que se reduciría al gremio de la santa Iglesia. No la permitía su amor perderle de vista; y así le siguió á Cartago, adonde pasó á estudiar. Cuando más se desviaba de Dios Agustino con sus desórdenes, más se acercaba á su Majestad la santa madre con sus gemidos, procurando mover la divina misericordia con lágrimas y con oraciones.
Consiguió en fin lo que deseaba con tan fervorosas ansias; y el mismo san Agustín reconoce que su conversión, según la profecía de un santo obispo, había sido fruto de las lágrimas de su santa madre. «¡En qué abismo estaba yo metido! —exclama en el capítulo 44 de sus confesiones—; y vos, Dios mío, extendisteis desde el cielo hacia mí vuestra mano misericordiosa para sacarme de aquellas profundas tinieblas en que estaba sepultado. Llorábame entre tanto mi buena madre con más vivo dolor que otras madres lloran á sus hijos cuando ven que los llevan á enterrar; porque me veía verdaderamente muerto delante de vos, y lo veía con los ojos de la fe, y con aquella luz que vos la habíais comunicado. Así, Dios mío, escuchásteis vos sus ansias, y no despreciasteis aquellas lágrimas que derramaba á torrentes en vuestra presencia, siempre y en todos los lugares que os ofrecía su oración. Desde entonces la oísteis benignamente, y en cierta manera la asegurásteis por aquel sueño, que sin duda la enviasteis vos, y la sirvió de tanto consuelo, y por lo que la dijo aquel santo obispo, que no era posible que se perdiese para siempre un hijo que la costaba tantas lágrimas.»
Pero aún no había llegado este tiempo. Aunque Agustino profesaba un tierno y filial amor á su madre, hacía poco caso de su llanto y de sus amonestaciones. Desazonado con la insolencia y mala crianza de los discípulos que le oían en Cartago, donde enseñaba retórica, resolvió embarcarse y pasar á Roma, con la esperanza de que sería allí más estimado. Tuvo noticia de esto santa Mónica, y fué grande su dolor, temiendo que aquel viaje había de diferir mucho la conversión de Agustino, de la cual concebía cada día mayores esperanzas. Hizo cuanto pudo para estorbarlo; pero Agustino se escapó secretamente, haciéndose á la vela una noche mientras su santa madre estaba haciendo oración en la capilla de San Cipriano. Esta separación costó á Mónica una gran pesadumbre; gimió en lo más íntimo de su corazón, y redobló su maternal solicitud, y sus ruegos y oraciones á Dios.
Apenas llegó á Roma Agustino, cuando cayó tan gravemente enfermo, que estuvo á los umbrales de la muerte. Confiesa él mismo que debió su curación á las oraciones de su virtuosa madre. Llegó á noticia de esta que su hijo había dejado á Roma para ir á enseñar la retórica en Milán, y al instante tomó la resolución de pasar el mar, solo para estar con él. Levantóse una tempestad tan furiosa, que todos se daban por perdidos, y la tripulación estaba consternada; pero Mónica alentaba á los mismos marineros, y no se dudó que fuese debido á sus oraciones el haber escapado del naufragio.
Luego que entró en Milán, supo la conversión de su hijo. Fué indecible su alegría cuando vió que ya no era maniqueo; mas faltábala para ser cabal el verle buen católico. Cuando logró esto, exclamó sin poderse contener, llena del más profundo reconocimiento: «Ahora sí, Señor, que moriré en paz, pues os habéis dignado oír las oraciones de vuestra indigna sierva. Seáis por siempre bendito, Dios de misericordia, y dignaos perfeccionar vuestra obra en la conversión de mi hijo.» Aprovechó mucho su espíritu con las santas pláticas que tuvo con san Ambrosio mientras estuvo en Milán. Usaba la santa ciertas devociones ó ejercicios espirituales que se estilaban en África, y san Ambrosio había prohibido en su obispado; apenas llegó á noticia de Mónica la prohibición del obispo, cuando al instante las dejó, mostrando que en sus devociones no se dejaba llevar de la inclinación ni de la costumbre, y mucho menos del apego á su propia voluntad.
Habiendo resuelto restituirse á África, partió de Milán con san Agustín; y llegando al puerto de Ostia, se detuvieron en él para descansar de las fatigas del camino, esperando también tiempo oportuno para embarcarse. Un día que estaban solos madre é hijo, tuvieron una larga conversación sobre la caduca y perecedera vanidad de los bienes de esta vida, y sobre la eterna felicidad que gozan los santos en el cielo. «Mientras hablamos de aquella dichosa vida —dice san Agustín—, aspirando á ella con ardientes ansias, nos elevamos hasta sentirla, y en cierta manera hasta gustarla por medio de un ímpetu del espíritu y vuelo del corazón.»
Santa Mónica no tardó mucho en ir á gozarla. Cinco ó seis días después cayó enferma, y durante la enfermedad padeció una especie de desmayo ó deliquio, que la tuvo por algún tiempo sin conocimiento. Vuelta en sí, dijo á san Agustín y á su hermano Navigio: «¿Dónde he estado yo?» Habiéndolos observado muy tristes, llorosos y doloridos, añadió: «Hijos míos, aquí enterraréis á vuestra madre.» Y como Navigio, su hijo menor, mostrase desear á lo menos el consuelo de que muriese en su país, prosiguió la discreta santa: «¿No veis lo que desea y lo que dice? ¿Qué importará que mi cuerpo esté aquí ó allí después de muerto? Lo único que os pido, es que en cualquiera parte donde estéis, os acordéis de mí en el altar del Señor.» Y como la hubiésemos preguntado —dice san Agustín— si la daba alguna pena el ser enterrada en lugar tan distante de su tierra, respondió: «En ningún lugar del mundo estamos lejos de Dios, y yo no temo que en el día del juicio le cueste mucho trabajo hallar mi cuerpo para resucitarle con todos los demás.»
De esta manera, continúa san Agustín, fué separada de su cuerpo aquella alma tan llena de religión y tan santa, al noveno día de su enfermedad, á los cincuenta y seis años de su edad, y á los treinta y tres de la mía. Luego que rindió el espíritu en manos del Criador, un joven de Tagaste, llamado Evodio, amigo de san Agustín, rezó sobre el cadáver el salmo centésimo.
Es indecible el sentimiento de Agustino por esta muerte; pues aunque la consideración de la gloria que gozaba su madre reprimía las lágrimas, no le embarazaba el dolor. «Habiendo sido llevado el cadáver á la iglesia —dice él mismo—, le acompañé, y volví sin derramar una sola lágrima; porque no lloré durante los oficios que se hicieron estando el cuerpo expuesto en la iglesia, y ofreciéndose por ella, antes de enterrarla, el divino sacrificio de nuestra redención, como se acostumbra. Pareciónos que no era decente acompañar sus funerales con lágrimas y con suspiros, que solo deben emplearse en lamentar la infelicidad de los difuntos, atendido que en la muerte de mi madre nada había que mereciese llorarse, pues solo había sido un tránsito á mejor vida; de esto estábamos asegurados por la pureza de sus costumbres, por la sinceridad de su fe y por la regularidad de toda su vida.» El «si quis peccatum invenerit, flevisse me matrem meam exigua parte horae»; y si á alguno le pareciere mal que yo haya llorado por algunos instantes á una madre que acababa de espirar delante de mis ojos, á una madre que me había llorado tantos años por la ardentísima ansia que tenía de verme vivir delante de los ojos de Dios: «non irrideat»: disculpe mi ternura, y llore él mismo por mis pecados si tiene alguna caridad.
Aunque estaba persuadido san Agustín que el Señor había concedido á su santa madre la gloria que le pedía incesantemente en sus fervorosas oraciones, nunca dejó de ofrecer por ella el santo sacrificio de la misa, como la misma santa se lo había encargado en la hora de la muerte, y del cual había sido tan devota durante su vida, que todos los días asistía á él con la más tierna devoción; y no contento con esto, pidió á todos los sacerdotes amigos y conocidos suyos que se acordasen en el altar, así de Mónica como de su padre Patricio.
Desde que murió esta santa se hizo memoria de ella con singular veneración en toda la Iglesia. Consérvanse algunas reliquias suyas en la abadía de Arovaisa, en Roma, como también en otras partes, y en todas con particular devoción.
Año Cristiano del P. Juan Croiset (trad. José F. de Isla), dominio público.