domingo, 3 de mayo de 2015
La Invención de la Santa Cruz
Vida del santo de hoy, según el Año Cristiano del P. Juan Croiset.
Celebra la Iglesia esta fiesta en memoria del descubrimiento que hizo en Jerusalén la emperatriz Elena, madre del emperador Constantino, del sagrado trofeo de nuestra redención, el año 326, poco tiempo después que el mismo emperador había derrotado al tirano Majencio en virtud de la señal de la cruz.
Iba Constantino á presentar la batalla á este tirano, que le esperaba con un ejército de casi doscientos mil combatientes, y conociendo que necesitaba de auxilio superior para vencerle, dirigió su corazón y sus votos al Dios de los cristianos, cuyo poder no ignoraba, no cesando de invocarle todo el tiempo que duró la marcha. En medio del día, que había amanecido muy despejado y sereno, vió en el aire una resplandeciente cruz, más brillante que el mismo sol, orleada de una inscripción con caractéres de luz, que decía así: In hoc signo vinces: vencerás en virtud de esta señal. Aquella misma noche se apareció Cristo á Constantino con el mismo sagrado símbolo que había visto en el cielo, y le mandó que haciéndolo copiar, se sirviese de él en los combates.
Obedeció el emperador; y dando orden para que pasasen á su tienda los más hábiles lapidarios y plateros, les explicó la figura de la insignia que quería fabricasen, y les ordenó que la hiciesen de oro y la esmaltasen con piedras preciosas. Diéronse priesa, y concluyeron presto la obra. Era una cruz de oro, de la altura de una pica, enriquecida con preciosísimas piedras; en la parte superior había una cifra ó monograma, que explicaba el nombre de Jesucristo, acompañado de la primera y última letra del alfabeto griego, para significar que Cristo es principio y fin de todas las cosas. Del travesaño de la cruz pendía una pequeña bandera cuadrada, de una riquísima tela de púrpura, bordada de oro y cargada de piedras preciosas: encima de la bandera y por debajo de la cifra estaban bordados con hilo de oro los bustos del emperador y de sus hijos. A este nuevo estandarte se le dió el nombre de Lábaro, y lo llevaban delante del mismo emperador los oficiales más valientes y más piadosos de sus guardias.
Mandó Constantino que se hiciesen otros muchos semejantes, repartiendo uno á cada legión de sus tropas; y haciendo esculpir en su morrión una cruz de oro con el monograma del Salvador del mundo, ordenó que se esculpiese también en los broqueles de todos sus soldados. Después hizo venir á su presencia algunos obispos, y habiéndose instruido en los principios de nuestra religión, resolvió no permitir otra en toda la extensión de su imperio.
Entre tanto salió Majencio de Roma con su formidable ejército, en número de más de ciento y ochenta mil combatientes. Constantino, lleno de confianza en la cruz de Jesucristo, derrotó sus tropas; el tirano se anegó en el Tíber: jamás se vió en el mundo victoria más completa. Abrió Roma sus puertas al vencedor, quien para atestiguar que debía la victoria á la virtud de la santa cruz, mandó levantar una estatua suya en la misma ciudad, con el trofeo de nuestra redención en la mano, y con una inscripción que acreditaba su fe y su reconocimiento.
Después de haber derrotado también á Licinio, emperador del Oriente, viéndose Constantino único y absoluto señor de los dos imperios, aplicó todos sus desvelos á que floreciese en ellos la religión verdadera, destruyendo las miserables reliquias del paganismo. Habían hecho todo lo posible los gentiles para profanar los santos lugares de Jerusalén, y especialmente para que no quedase memoria de la triunfante resurrección de nuestro Salvador. Con este fin habían terraplenado la gruta del santo sepulcro y aun levantado el piso, y encima habían construido un templo de Venus, donde ofrecían á esta sucia deidad los más abominables sacrificios; medio eficacísimo para que jamás se dejasen ver en aquel lugar los cristianos.
Dió orden Constantino para que se demoliese aquel infame monumento de la impiedad, y para que allí mismo se edificase un templo tan magnífico, que excediese á los más soberbios edificios de otras ciudades. Escribiendo sobre este asunto á Macario, obispo de Jerusalén, le decía estas palabras: «He dado orden á Draciliano, vicario de los prefectos del pretorio y gobernador de la provincia, para que arreglándose á tus órdenes, emplee los obreros necesarios para levantar las paredes. Avísame qué mármoles preciosos, cuántas y qué especie de columnas te parece que han de colocarse, para dar providencia de que se te envíen. También me alegraré de saber si tienes por conveniente que la bóveda se adorne con algún artesonado, ó qué adorno te parece que se ponga; y en caso de elegir el artesonado, se pudiera cubrir de oro.»
Santa Elena, madre del emperador, quiso tomar á su cargo el cuidado de esta grande obra. Era á la sazón de la edad de ochenta años, y había muchos que solo se empleaba en obras de caridad, en ejercicios de devoción y en todo lo que podía contribuir á la mayor gloria de la religión y de la Iglesia. El emperador la había hecho declarar Augusta, queriendo que fuese reconocida por emperatriz, y dándola facultad para que dispusiese á su arbitrio de sus rentas y tesoro imperial. Era esta princesa enemiga de todo fausto y se vestía con llaneza; pero al mismo tiempo era tan generosa en todo lo que tocaba al culto divino, que no perdonaba á los mayores gastos para enriquecer y para adornar hasta los más pequeños oratorios de las poblaciones más cortas.
En medio de su grande ancianidad, pasó á Jerusalén la piadosa emperatriz. Subiendo al monte Gólgota, abrasada en el deseo de encontrar la cruz del Salvador, venció todas las dificultades que podían acobardarla, y aun hacerla desistir de la empresa. Eran verdaderamente grandes, porque, como dice Sozomeno, los gentiles en odio del nombre cristiano habían hecho todo lo posible para borrar hasta la memoria del santo sepulcro. Sobre haberlo colmado de tierra y de piedras, tanto que se había elevado considerablemente el terreno antiguo, habían edificado en él un templo á la diosa Venus, como se ha dicho, y en el mismo sitio donde estaba el sepulcro habían colocado la estatua de Júpiter.
Dió principio á la obra mandando demoler el templo y el ídolo; hizo sacar toda la tierra, y guiándose por la tradición antigua, hizo cavar tan hondamente, que al fin se descubrió el santo sepulcro, y junto á él tres cruces del mismo tamaño y de la misma figura, sin que se pudiese distinguir cuál era la del Salvador; porque el título que Pilatos había mandado poner sobre ella, Jesús nazareno, rey de los Judíos, estaba separado, y en medio de las tres cruces; y aunque esta parecía bastante prueba de que una de las tres era la que se buscaba, no fué posible saber á punto fijo cuál era.
Viéndose la santa emperatriz en este embarazo, consultó con san Macario lo que se debía hacer; y el santo obispo fué de parecer que se aplicasen todas tres cruces á algún enfermo, no dudando que Dios declararía con algún milagro cuál de ellas era la verdadera cruz del Salvador. Aprobóse este expediente, y habiéndose aplicado las dos á una señora de distinción que estaba agonizando, no se vió efecto alguno; pero apenas se la aplicó la tercera, cuando quedó repentinamente sana, en presencia de un innumerable gentío que fué testigo de esta maravilla. Aun se hizo después otra prueba. Tendiéronse sobre las tres cruces tres cadáveres, y solamente resucitó el que se tendió sobre aquella cuyo contacto había curado á la enferma agonizante: con esta experiencia se comenzó desde luego á rendir al trofeo de nuestra redención el culto que se le debía.
Mandó la piadosa emperatriz que se edificase una suntuosa iglesia en el mismo sitio donde se había hallado la santa cruz; y dejando en ella la mitad del sagrado madero ricamente engastado, llevó la otra mitad á su hijo Constantino, que la recibió con singular veneración. Persuadido este emperador que no podía enriquecer á su nueva ciudad de Constantinopla con joya más estimable, ordenó que se embutiese una considerable porción de ella en la misma estatua suya que se dejaba ver en medio de la plaza, colocada sobre una magnífica columna de pórfido, con una manzana de oro en la mano derecha, y con esta inscripción en el pedestal: Cristo mi Dios, yo te encomiendo esta ciudad. Lo restante de la sagrada cruz fué enviado á Roma por el mismo emperador, y colocado en la suntuosa iglesia que hizo edificar expresamente con el título de Santa Cruz de Jerusalén.
San Cirilo, obispo de esta ciudad veinte años después de san Macario, testifica que en poco tiempo se llenó el mundo de fragmentos ó reliquias de la parte de la cruz que quedó en Jerusalén; porque así él, como sus predecesores desde san Macario, regalaban partículas de ellas á los peregrinos de distinción que concurrían á dicha santa ciudad con el piadoso fin de ver y adorar el instrumento de nuestra redención. Y añade el mismo padre, como testigo ocular, que no por eso se disminuía el pedazo del sagrado leño que estaba en Jerusalén; antes se repetía en él aquel milagro de los cinco panes, que repartidos entre la muchedumbre, no solo no descrecían, sino que se multiplicaban.
San Paulino, que florecía por los años de 400, dice que la milagrosa virtud con que aquel leño muerto se reproducía como si estuviera vivo, era efecto del contacto de aquella carne divina que, habiendo padecido muerte en el mismo madero, venció á la muerte con su gloriosa resurrección: Crux in materia insensata, vim vivam tenens, ita ex illo tempore innumeris pené hominum votis lignum suum commodavit, ut detrimenta non sentiret, et quasi intacta permaneret quotidié dividuam sumentibus, et semper totam venerantibus: sed istam imperibilem virtutem, et indelebilem soliditatem, de illius carnis sanguine bibit, quae passa mortem, non vidit corruptionem. Así habla san Paulino de este milagro de la santa Cruz en su epístola á Severo.
Siendo costumbre de los judíos enterrar á los ajusticiados con todos los instrumentos de su suplicio, á más del título, se hallaron también los clavos, y probablemente la corona de espinas, la cual en tiempo de Gregorio Turonense, que vivió en el siglo sexto, se conservaba todavía tan verde, que parecía reverdecer todos los días. Ignórase qué hizo santa Elena del título de la cruz; pero de los clavos hizo toda la estimación que merecía tan preciosa reliquia. Aseguran san Ambrosio, san Gregorio Nacianzeno, Nicéforo y Zonaras, que santa Elena solo encontró tres clavos; los que fácilmente se distinguieron de los otros, porque estos estaban todos roídos y cubiertos de orín, pero los del Salvador se conservaban milagrosamente enteros, lustrosos y limpios como si acabaran de salir del yunque.
Uno de ellos mandó la emperatriz que se engastase en el bocado ó tascafreno del caballo que servía á Constantino; otro dice san Ambrosio que le hizo engastar en la misma diadema imperial, y el tercero lo arrojó al mar Adriático para sosegar una furiosa tempestad. Dícese que no por eso se perdió este clavo, antes bien vino nadando sobre el agua como en otro tiempo la hacha del profeta Eliseo; y que apreciándole más que á los otros santa Elena por este milagro, lo regaló á la iglesia de Tréveris, siendo su arzobispo san Agricio, á quien la emperatriz profesaba singular veneración. Poco después hizo presente á la iglesia de san Juan de Letrán del que había colocado en la diadema del emperador; y finalmente regaló á la de Milán, el que había servido de bocado al caballo de este príncipe.
Siendo tan gloriosa á toda la Iglesia la invención de este sagrado trofeo, se celebró en ella su fiesta con mucha solemnidad. Y se celebraba en Francia en la primera línea de sus reyes, encontrándose su oficio en los antiguos misales de la liturgia galicana. El rey Ervigio, que reinaba en España en el siglo séptimo, expidió un decreto que se halla en el código de las leyes de los Visogodos, por el cual manda á los judíos establecidos en sus dominios que celebren la fiesta de la Invención de la santa Cruz, como la de la Anunciación, Natividad, Epifanía, Circuncisión, Pascua y Ascensión.
El fin de haber señalado el día tres de mayo para celebrar esta fiesta, fue por acercarla todo lo posible á la memoria de la pasión del Salvador, y á la adoración de la cruz que se hace en el Viernes Santo: por eso se señaló el primer día libre después de la solemnidad de la Pascua, que nunca puede pasar del día dos de mayo.
Consérvanse y se adoran en muchas iglesias partes muy considerables de la verdadera cruz. A más de la que se adora en Roma, hay otras en Francia, Italia, Alemania, España y Portugal. Justino, segundo emperador de Constantinopla, envió una porción de ellas á santa Radegundis, esposa de Clotario I, que enriqueció con ella su real monasterio de santa Cruz de Poitiers; con cuya ocasión Fortunato, que seguía la corte de la santa reina, y fué después obispo de dicha ciudad, compuso los dos célebres himnos, de que aun usa la Iglesia en el oficio de la pasión y de la cruz, que comienzan: Vexilla Regis prodeunt, y Pange lingua gloriosi lauream certaminis.
San Gregorio envió una parte de la verdadera cruz á Recaredo, rey de los godos en España, como un riquísimo presente. San Luis consiguió de los Venecianos la porción de cruz que había quedado en Constantinopla, y la hizo trasladar á Francia el año de 1241, colocándola en la santa capilla que edificó en 1242, juntamente con la corona de espinas que dos años antes le habían regalado los mismos Venecianos.
Año Cristiano del P. Juan Croiset (trad. José F. de Isla), dominio público.