sábado, 2 de mayo de 2015
San Atanasio, Obispo y Doctor
Las lecturas de la Misa de hoy, con el comentario de la tradición.
Epístola (2 Cor. 4, 5-14)
Léctio Epístolæ beáti Pauli Apóstoli ad Corínthios. Fratres: Non nosmetípsos prædicámus, sed Jesum Christum, Dóminum nostrum: nos autem servos vestros per Jesum: quóniam Deus, qui dixit de ténebris lucem splendéscere, ipse illúxit in córdibus nostris ad illuminatiónem sciéntiæ claritátis Dei, in fácie Christi Jesu. Habémus autem thesáurum istum in vasis fictílibus: ut sublímitas sit virtútis Dei, et non ex nobis. In ómnibus tribulatiónem pátimur, sed non angustiámur: aporiámur, sed non destitúimur: persecutiónem pátimur, sed non derelínquimur: dejícimur, sed non perímus: semper mortificatiónem Jesu in córpore nostro circumferéntes, ut et vita Jesu manifestétur in corpóribus nostris. Semper enim nos, qui vívimus, in mortem trádimur propter Jesum: ut et vita Jesu manifestétur in carne nostra mortáli. Ergo mors in nobis operátur, vita autem in vobis. Habéntes autem eúndem spíritum fídei, sicut scriptum est: Crédidi, propter quod locútus sum: et nos crédimus, propter quod et lóquimur: sciéntes, quóniam qui suscitávit Jesum, et nos cum Jesu suscitábit et constítuet vobíscum.
Porque no nos predicamos a nosotros mismos, sino a Jesucristo, Señor nuestro, haciéndonos siervos vuestros por amor de Jesús . Porque Dios, que dijo que la luz saliese o brillase de en medio de las tinieblas, él mismo ha hecho brillar su claridad en nuestros corazones, a fin de que nosotros podamos iluminar a los demás por medio del conocimiento de la gloria de Dios, según que ella resplandece en Jesucristo. Mas este tesoro lo llevamos en vasos de barro, frágil y quebradizo; para que se reconozca que la grandeza del poder que se ve en nosotros es de Dios y no nuestra. Nos vemos acosados de toda suerte de tribulaciones, pero no por eso perdemos el ánimo; nos hallamos en grandes apuros, mas no desesperados, o sin recursos; somos perseguidos, mas no abandonados; abatidos, mas no enteramente perdidos. Traemos siempre representada en nuestro cuerpo por todas partes la mortificación de Jesús , a fin de que la vida de Jesús se manifieste también en nuestros cuerpos. Porque nosotros, bien que vivimos, somos continuamente entregados en manos de la muerte por amor de Jesús ; para que la vida de Jesús se manifieste así mismo en nuestra carne mortal. Así es que la muerte imprime sus efectos en nosotros, mas en vosotros resplandece la vida. Pero teniendo un mismo espíritu de fe que David, quien según está escrito decía: Creí, por eso hablé con confianza, nosotros también creemos, y por eso hablamos, estando ciertos de que quien resucitó a Jesús , nos resucitará también a nosotros con Jesús , y nos colocará con vosotros en su gloria. [Torres Amat]
Comentario patrístico · Homilía 8 + Homilía 9 sobre 2 Corintios — San Juan Crisóstomo
Porque no nos predicamos a nosotros mismos, sino a Cristo Jesús como Señor, y a nosotros mismos como siervos vuestros por amor de Jesús.
¿Y cuál es aquí el enlace? ¿Qué tiene esto de común con lo dicho? O bien alude a ellos, que se ensalzaban a sí mismos y persuadían a los discípulos a que se llamasen de su nombre —como dijo en la Epístola anterior: Yo soy de Pablo, y yo de Apolo—, o bien insinúa otra cosa aún más grave. ¿Cuál es? Como ellos les hacían feroz guerra y por todas partes les tendían asechanzas, dice: «¿Es acaso contra nosotros que peleáis y guerreáis? No, sino contra Aquel que por nosotros es predicado, porque no nos predicamos a nosotros mismos. Yo soy siervo, soy ministro aun de los que reciben el Evangelio, y todo lo hago por Otro, y cuanto hago lo hago para gloria suya. De suerte que, al guerrear contra mí, derribáis lo que es suyo. Pues tan lejos estoy de tornar en provecho propio parte alguna del Evangelio, que no rehúso ser incluso siervo vuestro por amor de Cristo, ya que a Él plugo honraros así, pues tanto os amó y todo lo hizo por vosotros.» Por eso dice también: y a nosotros mismos siervos vuestros por amor de Cristo. ¿Veis un alma limpia de vanagloria? «Porque en verdad —dice— no sólo no tomamos para nosotros nada de lo de nuestro Señor, sino que aun a vosotros nos sometemos por amor de Él.»
¿Veis cómo de nuevo, a los que anhelaban contemplar aquella gloria sobreeminente —la de Moisés, digo—, se la muestra resplandeciendo con brillo aún mayor? «Como en el rostro de Moisés —dice—, así también ha resplandecido en vuestros corazones.» Y primero les trae a la memoria lo que fue hecho en el principio de la Creación, la luz sensible y la sensible tiniebla, mostrando que esta creación es mayor. ¿Y dónde mandó Él que la luz brillase de las tinieblas? En el principio y como preludio de la Creación; pues dice: Las tinieblas estaban sobre la faz del abismo. Y dijo Dios: Hágase la luz, y la luz fue hecha. Mas entonces dijo: Sea, y fue hecho; ahora, empero, nada dijo, sino que Él mismo se hizo Luz para nosotros. Porque no dijo «también ahora ha mandado», sino que Él mismo ha resplandecido. Por eso tampoco vemos ya las cosas sensibles por el fulgor de esta Luz, sino a Dios mismo por Cristo. ¿Veis la inmutable igualdad en la Trinidad? Porque del Espíritu dice: Mas todos nosotros, contemplando a rostro descubierto como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados en la misma imagen, de gloria en gloria, como por el Espíritu del Señor. Y del Hijo: Para que no les amanezca la luz del Evangelio glorioso de Cristo, que es la Imagen de Dios. Y del Padre: El que dijo que de las tinieblas resplandeciese la luz, resplandeció en vuestros corazones, para iluminación del conocimiento de la gloria de Dios en la faz de Cristo. Pues así como, habiendo dicho del Evangelio de la gloria de Cristo, añadió: que es la Imagen de Dios, mostrando que estaban privados también de su gloria; así, tras decir el conocimiento de Dios, añadió: en la faz de Cristo, para mostrar que por Él conocemos al Padre, como también por el Espíritu somos llevados a Él.
Como había dicho muchas y grandes cosas de aquella gloria inefable, para que nadie objetase: «¿Y cómo, gozando de tan gran gloria, permanecemos en un cuerpo mortal?», dice que esto mismo es en verdad la maravilla suprema y un grandísimo ejemplo del poder de Dios: que un vaso de barro haya sido capaz de portar tan gran resplandor y de guardar tan alto tesoro. Y por eso, como admirándolo, dijo: Para que la sublimidad del poder sea de Dios, y no de nosotros; aludiendo de nuevo a los que se gloriaban en sí mismos. Porque tanto la grandeza de lo dado como la flaqueza de los que lo reciben manifiestan su poder, pues no sólo dio cosas grandes, sino que las dio a los pequeños. Empleó el término de barro aludiendo a la fragilidad de nuestra naturaleza mortal y para declarar la debilidad de nuestra carne; pues nada hay mejor templado que la vasija de barro: pronto se estropea, y por la muerte, la enfermedad, las mudanzas del tiempo y otras mil cosas fácilmente se deshace. Y dijo esto para abatir la hinchazón de aquéllos y mostrar a todos que nada de lo que poseemos es humano. Porque entonces brilla sobre todo el poder de Dios, cuando por medio de lo vil obra cosas grandes. Por eso dijo también en otro lugar: Mi poder se perfecciona en la flaqueza. Y aun en el Antiguo Testamento, huestes enteras de bárbaros fueron puestas en fuga por mosquitos y moscas, por lo cual llama a la oruga su gran ejército; y en el principio, con sólo confundir las lenguas, detuvo aquella gran torre de Babel. Y en sus guerras, unas veces derrotó huestes innumerables con trescientos hombres; otras derribó ciudades con trompetas; y después, por medio de un pequeño y pobre mozalbete, David, puso en fuga a todo el ejército de los bárbaros. Así también aquí: enviando sólo a doce, venció al mundo; a doce, y ésos perseguidos y combatidos.
Sigue insistiendo en probar que toda la obra ha de atribuirse al poder de Dios, reprimiendo la altivez de los que se glorían en sí mismos. «Porque no sólo es admirable —dice— que guardemos este tesoro en vasos de barro, sino que aun soportando mil penalidades y golpeados por todas partes, lo conservemos y no lo perdamos. Pues aunque fuera un vaso de acero, ni sería bastante fuerte para portar tan vasto tesoro, ni bastaría contra tantas maquinaciones; y sin embargo, tal cual es, lo lleva y no sufre daño alguno, por la gracia de Dios.» Porque atribulados somos por todas partes —dice—, mas no angustiados. ¿Qué es por todas partes?
«De parte de nuestros enemigos, de parte de nuestros amigos, en lo necesario y en las demás necesidades; por los que nos son hostiles y por los de nuestra propia casa.» Mas no angustiados. Y ved cómo enuncia cosas contrarias, para de ahí también mostrar la fortaleza de Dios. Porque atribulados somos por todas partes, mas no angustiados —dice—; nos vemos en apuros, mas no desesperados; es decir: «no caemos del todo. Pues a menudo, en verdad, erramos en nuestros cálculos y no alcanzamos nuestro fin, mas no de modo que decaigamos de lo que nos está propuesto; porque estas cosas las permite Dios para nuestra disciplina, no para nuestra derrota.»
Perseguidos, mas no desamparados; abatidos, mas no destruidos. Porque estas pruebas ciertamente sobrevienen, pero no las consecuencias de las pruebas; y esto por el poder y la gracia de Dios. En otros lugares dice, en efecto, que estas cosas se permitían tanto para su propia humildad como para la seguridad de otros: pues para que no me ensoberbeciera en demasía —dice— me fue dado un aguijón; y otra vez: Para que nadie me estime por encima de lo que ve en mí o de mí oye; y en otro lugar: para que no confiásemos en nosotros mismos. Aquí, empero, para que se manifestase el poder de Dios. ¿Veis cuán grande es la ganancia de sus pruebas? Pues mostraron el poder de Dios y descubrieron más su gracia. Porque dice: Te basta mi gracia. Además los ungió para la humildad de espíritu, los dispuso para refrenar a los demás y los hizo más recios. Pues la paciencia —dice— produce la prueba, y la prueba la esperanza. Porque los que habían caído en mil peligros y por la esperanza que tenían en Dios habían sido librados, aprendían a asirse de ella más y más en todo.
¿Y qué es la mortificación del Señor Jesús que ellos llevaban en derredor? Sus muertes cotidianas, por las cuales también se mostraba la resurrección. «Porque si alguno no cree —dice— que Jesús murió y resucitó, viéndonos cada día morir y resucitar, crea de aquí en adelante en la resurrección.» ¿Veis cómo ha hallado otra razón más de las pruebas? ¿Cuál es esta razón? Para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestro cuerpo. Dice: «arrancándonos de los peligros. De suerte que esto que parece señal de flaqueza y desamparo, esto mismo proclama su resurrección. Pues no se habría mostrado así su poder si nada penoso padeciéramos, como ahora se muestra padeciendo de veras, mas sin ser vencidos.»
Porque siempre que ha dicho algo oscuro, se interpreta a sí mismo de nuevo. Así lo ha hecho también aquí, dando clara interpretación de lo que acabo de citar. «Porque para esto somos entregados —dice—; es decir, llevamos en derredor su mortificación para que se manifieste el poder de su vida, el cual no permite que la carne mortal, aun padeciendo tan grandes sufrimientos, sea vencida por la ventisca de estas calamidades.» Y puede entenderse también de otra manera. ¿Cómo? Según dice en otro lugar: Si morimos con Él, también con Él viviremos. «Pues así como ahora soportamos su mortificación y, viviendo, elegimos morir por amor de Él, así también Él elegirá, cuando estemos muertos, engendrarnos entonces a la vida. Porque si nosotros de la vida pasamos a la muerte, Él también de la muerte nos llevará de la mano a la vida.»
Ya no habla de la muerte en sentido estricto, sino de las pruebas y del reposo. «Porque nosotros —dice— estamos en peligros y pruebas, mas vosotros en reposo, cosechando la vida que es fruto de estos peligros. Y nosotros soportamos lo peligroso, mas vosotros disfrutáis de los bienes, pues no padecéis pruebas tan grandes.»
Nos ha recordado un Salmo que rebosa sabiduría celestial y es en particular apto para alentar en los peligros. Pues aquel varón justo pronunció este dicho cuando estaba en grandes peligros, de los que no había otra posibilidad de librarse sino con el auxilio de Dios. Y como las circunstancias semejantes son las más eficaces para consolar, por eso dice: teniendo el mismo Espíritu; esto es: «por el mismo socorro con que él fue salvado, también nosotros somos salvados; por el Espíritu con que él habló, también nosotros hablamos.» Con lo cual muestra que entre la Nueva y la Antigua Alianza existe gran concordia, y que el mismo Espíritu obró en una y otra; y que no sólo nosotros estamos en peligros, sino que también lo estuvieron todos los antiguos; y que hemos de hallar remedio por la fe y la esperanza, y no pretender vernos al punto libres de lo que se nos impone. Porque, habiendo mostrado con razones la resurrección y la vida, y que el peligro no era señal de impotencia ni de desamparo, introduce en adelante también la fe, y a ella lo confía todo. Mas aun de esto ofrece una prueba: la resurrección de Cristo, diciendo: también nosotros creemos, y por eso también hablamos. ¿Qué creemos? Decidme.
De nuevo los llena de pensamientos elevados, para que no se tengan por deudores de los hombres —de los falsos apóstoles, digo—. Porque todo es de Dios, que quiere otorgarlo a muchos, para que la gracia aparezca mayor. Por vosotros, pues, fue la resurrección y todo lo demás. Porque no hizo estas cosas por causa de uno solo, sino de todos.
Homilía 8 + Homilía 9 sobre 2 Corintios, San Juan Crisóstomo · Traducción del editor, del texto de dominio público (NPNF, Schaff 1889) · fuente: newadvent.org
Evangelio (Matt. 10, 23-28)
Sequéntia sancti Evangélii secúndum Matthǽum. In illo témpore: Dixit Jesus discípulis suis: Cum persequéntur vos in civitáte ista, fúgite in áliam. Amen dico vobis, non consummábitis civitátes Israël, donec véniat Fílius hóminis. Non est discípulus super magistrum, nec servus super dóminum suum. Súfficit discípulo, ut sit sicut magister ejus: et servo, sicut dóminus ejus. Si patremfamílias Beélzebub vocavérunt: quanto magis domésticos ejus? Ne ergo timuéritis eos. Nihil enim est opértum, quod non revelábitur: et occúltum, quod non sciétur. Quod dico vobis in ténebris, dícite in lúmine: et, quod in aure audítis, prædicáte super tecta. Et nolíte timére eos, qui occídunt corpus, ánimam autem non possunt occídere: sed pótius timéte eum, qui potest et ánimam et corpus pérdere in gehénnam.
Entretanto, cuando en una ciudad os persigan, huid a otra. En verdad os digo que no acabaréis de convertir a las ciudades de Israel antes que venga el Hijo del hombre. No es el discípulo más que su maestro, ni el siervo más que su amo. Baste al discípulo el ser tratado como su maestro, y al criado como su amo. Si al padre de familia le han llamado Beelzebub, ¿cuánto más a sus domésticos? Pero por eso no les tengáis miedo, porque nada está encubierto que no se haya de descubrir, ni oculto que no se haya de saber. Lo que os digo de noche, decidlo a la luz del día; y lo que os digo al oído predicadlo desde los terrados. Nada temáis a los que matan el cuerpo y no pueden matar el alma. Temed antes al que puede arrojar alma y cuerpo en el infierno. [Torres Amat]
Comentario de los Padres · Catena Aurea (Cadena de Oro) — Santo Tomás de Aquino
San Mateo 10, 23-28 — glosas de los Padres griegos y latinos, encadenadas por Santo Tomás.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 34,1. Después de haberles hecho las terribles profecías de lo que había de acontecer después de su crucifixión, de su resurrección y de su ascensión, les conduce a otros pensamientos más dulces; porque no les mandó el que fueran con arrogancia a la persecución, sino que huyeran de ella. Por eso les dice: "Y cuando os persiguieren, huid"; usa este lenguaje condescendiente porque estaban ellos aún al principio de su conversión.
San Jerónimo. Todo esto se refiere a aquel tiempo en que los Apóstoles eran enviados a predicar; por eso les dijo con toda propiedad: "No vayáis por el camino de los gentiles". Porque no debían tener miedo a la persecución, pero sí debían evitarla. Es precisamente lo que hicieron los primeros fieles, cuando se levantó en Jerusalén la persecución contra ellos; en seguida se dispersaron por toda Judea ( Hch 8) y de esta manera la persecución vino a ser la escuela del Evangelio.
San Agustín, contra Fausto, 22, 39. La razón de por qué el Salvador les manda huir y dio El mismo primero el ejemplo, no es porque fuera incapaz de defenderlos, sino para enseñarles la debilidad humana y para que no se atrevieran a tentar a Dios en cosas que ellos podían y era conveniente que evitaran.
San Agustín, de civitate Dei, 1, 22. Pudo muy bien haberles aconsejado que se valiesen de sus manos, para no caer en las manos de sus perseguidores. Pero esto ni lo mandó ni lo aconsejó, porque quiso que no dejaran esta vida de esa manera aquellos a quienes prometió que El mismo iría a prepararles la mansión eterna y es bien claro, que, a pesar de los muchos ejemplos que puedan oponer los que no conocen a Dios, esto no es lícito a los que creen en un solo Dios verdadero.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 34,1. A fin de que no se pueda decir: ¿A qué viene esto, si cuando nos persiguen nos vamos a otro país y de éste nos arrojan también?, el Señor desvanece esta creencia, diciéndoles: "En verdad os digo, que no habréis recorrido todas las ciudades de Israel, hasta que llegue el Hijo del hombre". Es decir, no llegaréis antes que yo cuando venga por vosotros, aun cuando recorráis toda la Palestina.
Rábano. O bien les predice, que no todas las ciudades de Israel habrán adoptado la fe que ellos predicaban, antes de la resurrección del Señor y de que les sea permitido predicar el Evangelio en todo el mundo.
San Hilario, in Matthaeum, 10. O de otro modo: les aconseja huir de ciudad en ciudad, porque la predicación de su palabra pasó huyendo de Judea a Grecia y diseminada por todas las ciudades de Grecia por diferentes persecuciones de los Apóstoles, se detiene al fin en todas las naciones. Mas, a fin de hacer ver que todas las naciones, convertidas al Evangelio por las palabras de los Apóstoles, lo mismo que todo el resto de Israel, no debían la fe que tenían más que a su venida, dice: "Vosotros no recorreréis todas las ciudades"; es decir, después de la plenitud de las naciones, lo que quedare de Israel para completar el número de los Santos, vendrá a reunirse a la Iglesia en la futura venida de la resurrección de Cristo.
San Agustín, epístola 228. Hagan, pues, los servidores de Cristo lo que El les ha mandado, o les ha permitido: así como El huyó a Egipto, huyan también ellos de ciudad en ciudad, especialmente cuando sea buscado alguno de ellos por los perseguidores. Pero no abandonen la Iglesia aquellos que no son buscados, sino que permanezcan al frente de ella, a fin de dar el alimento a aquellos que no podrían vivir sin ellos. Y cuando fuere el peligro común a todos (a los obispos, a los clérigos y a los laicos), los que necesitan de los otros no sean abandonados por los que les pueden ayudar, o refúgiense todos reunidos en sitios seguros, sin que sean abandonados los que tienen precisión de permanecer, de aquellos que deben atender a sus necesidades espirituales, a fin de vivir todos reunidos, o de sufrir todos reunidos los tormentos que el Padre de familia les enviare.
Remigio. Debe tenerse presente, que así como el precepto de no huir en las persecuciones comprende especialmente a los Apóstoles y a los hombres fuertes que les sucedan, así también el permiso de huir fue conveniente a aquellos que estaban débiles en la fe, con los cuales tuvo mucha condescendencia el piadoso Maestro, no sea que al ofrecerse con gusto al martirio, una vez puestos en los tormentos, abjuraran de la fe. Mejor es huir que negar. Y aun cuando los que huyen no dan muestras de esa constancia de la fe perfecta, sin embargo, en la misma huida tienen su mérito; porque dan a entender con la huida, que están preparados a abandonar todas las cosas por Cristo. Y algunos, si no se les hubiera dado el permiso de huir, hubieran dicho que ellos eran declarados indignos de la gloria del reino celestial.
San Jerónimo. Podemos nosotros decir en sentido espiritual: Cuando fuéremos perseguidos en una ciudad (esto es, en un libro, o en un pasaje de las Escrituras), huyamos a otras ciudades (esto es, a otros pasajes); porque aunque fuere disputador el perseguidor, el auxilio del Señor nos vendrá antes de que los contrarios alcancen la victoria.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 34,1. Como era natural que por las persecuciones ya anunciadas quedaran los discípulos en mal concepto (cosa sumamente bochornosa para muchos) El los consuela con su propio ejemplo y con lo mucho que de El dijeron, que es el mayor consuelo que podían tener.
San Hilario, in Matthaeum, 10. Porque el Señor, luz eterna, jefe de los creyentes y padre de la inmortalidad, anticipó a sus discípulos el consuelo de sus propios sufrimientos, a fin de que tuviéramos como una gloria el igualarnos al Señor, al menos en los padecimientos. Por esta razón dice: "No está el discípulo sobre el maestro", etc.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 34,1. Deben entenderse estas palabras: mientras fuere discípulo y siervo, no está sobre el maestro y sobre el amo, al menos en cuanto a la posición y no sirve oponer a esto algunas excepciones raras, sino que estas palabras deben aplicarse a lo que generalmente sucede.
Remigio. Se llama a sí mismo Maestro y Señor y por las palabras discípulo y siervo quiere que se entiendan los Apóstoles.
Glosa. Como si dijera: no os indignéis porque sufrís lo que yo sufro; porque haciendo yo lo que quiero, soy vuestro Señor y enseñándoos lo que sé que os es útil, vuestro Maestro.
Remigio. Y como esto parece que no concuerda con lo que antecede, a fin de manifestar el sentido de sus palabras, añade: "Si llamaron Belzebub al Padre de familias, ¿con cuánta más razón lo llamarán a sus domésticos?
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 34,1. No dijo siervos, sino domésticos, a fin de manifestar la familiaridad que tenía con ellos, según se lee en otro lugar: "No os diré siervos, sino amigos" ( Jn 15,15).
Remigio. Como si dijera: No busquéis vosotros los honores temporales, ni la gloria humana, mientras veis que redimo yo al género humano por las burlas y los oprobios.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 34,1. Y no solamente dice: ellos han ultrajado al Maestro, sino que, diciendo que le llamaron Belzebub, marca hasta la misma clase de ultraje.
San Jerónimo. Belzebub es el ídolo de Acarón, que en el libro de los Reyes se le llama el ídolo de la mosca: Beel es lo mismo que Bel o Bal y Zebub significa mosca; de ahí es que el príncipe de los demonios es conocido por el nombre del ídolo más impuro, llamado mosca, a causa de su impureza, que destruye la suavidad del aceite ( Ecle 10).
Remigio. Luego de la anterior consolación, añade otra no menor, diciendo: "No les temáis"; es decir, a los perseguidores. Y les da la razón de por qué no les deben temer, a saber: "Porque nada hay oculto que no sea revelado".
San Jerónimo. ¿Cómo es posible que en el tiempo presente no se sepan las maldades de muchos? Aquí habla, pues, del tiempo futuro, cuando Dios juzgará los misterios de los hombres, iluminará los escondrijos de las tinieblas y pondrá de manifiesto las intenciones de los corazones ( 1Cor 4,5): el sentido es éste: "No temáis la crueldad de los perseguidores y la rabia de los blasfemos, porque llegará el día del juicio y en él se verán bien a las claras vuestra virtud y su malicia".
San Hilario, in Matthaeum, 10. Les aconseja, pues, que no tengan miedo ni a las amenazas, ni a las afrentas, ni a las revoluciones, ni al poder de los perseguidores; porque ya verán en el día del juicio de cuán poco les valieron todas estas cosas.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 34,1. Parece, a primera vista, que tiene un sentido general lo que acaba de decir; sin embargo, no lo dijo de todos, sino solamente de aquellos de que habló antes. Es como si dijera: Si vosotros sufrís oyendo los ultrajes, tened presente que bien pronto quedaréis libres de toda sospecha: Os llamarán adivinos y magos y seductores; pero esperad un poco y veréis como, cuando la misma realidad de las cosas os declare bienhechores y atiendan ellos a la verdad de las cosas y no a las habladurías de los hombres, os proclaman ellos mismos salvadores de todo el género humano.
Remigio. Opinan algunos que prometió el Señor a sus discípulos por estas palabras que revelarían ellos todos los misterios ocultos por el velo de la letra de la Ley. Por eso dice el Apóstol: "Cuando se hubieren convertido al Señor, entonces se quitará el velo" ( 2Cor 3,16), cuyo sentido es: ¿por qué debéis temer a vuestros perseguidores, vosotros que habéis sido elevados tal dignidad, que por vosotros hayan sido puestos de manifiesto los misterios de la Ley y de los Profetas?
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 34,2. Después que les quitó el miedo y les hizo superiores a los oprobios, les habla en tiempo oportuno de la libertad de la predicación, diciéndoles: "Lo que os digo en las tinieblas".
San Hilario, in Matthaeum, 10. No hemos oído que el Señor acostumbrase a predicar o a enseñar por la noche, sino que dice esto porque para los hombres carnales sus palabras eran tinieblas y para los infieles noche. Y así dijo que debía El ser anunciado con la libertad de la fe y de la predicación.
Remigio. El sentido, pues, es el siguiente: "Lo que os digo en las tinieblas", esto es, entre los judíos incrédulos, "decidlo vosotros a la luz", esto es, predicadlo a los fieles: "Y lo que habéis escuchado al oído", esto es, lo que os he dicho en secreto, "predicadlo sobre los techos", esto es, públicamente y delante de todos; solemos decir muchas veces: Le habla al oído, esto es: en secreto.
Rábano. Sin duda cuando dijo: "Predicad sobre los techos", habla según la costumbre de la provincia de Palestina, donde se habitan los techos, porque no están terminados en punta, sino en una superficie plana. Será, pues, predicado en los techos lo que deba decirse delante de todos los oyentes.
Glosa. O de otra manera: "Lo que os digo en las tinieblas", esto es, cuando aun estáis en el temor carnal, "decidlo en la luz", esto es, en la confianza de la verdad cuando fuereis iluminados por el Espíritu Santo. "Y lo que oísteis al oído", esto es, percibisteis con sólo el oído, "predicadlo" completándolo con vuestras obras, estando sobre los techos, esto es, en vuestros cuerpos, que son el domicilio de las almas.
San Jerónimo. O también: "Lo que os digo en las tinieblas decidlo a la luz", esto es, lo que oísteis en el misterio, predicadlo con más claridad: "Y lo que oísteis al oído predicadlo sobre los techos", esto es, lo que Yo os enseñé en una pequeña aldea de Judea, decidlo sin temor en todas las ciudades del mundo entero.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 34,2. Así como cuando decía: "El que cree en Mí hará las obras que Yo hago y las hará mayores que éstas" ( Jn 14,12), también aquí muestra de que manera todo es obrado a través de ellos más que por sí mismos, como dice: "Yo di el principio; pero más aun, quiero culminarlo a través de vosotros"; pues esto no sólo concierne al que manda, sino también a los que enseñen y prediquen porque triunfarán sobre todo.
San Hilario, in Matthaeum, 10. Debemos sembrar constantemente el conocimiento de Dios y revelar con la luz de la predicación el secreto profundo de la doctrina del Evangelio, sin temor de aquellos que sólo tienen poder sobre los cuerpos, mas nada pueden sobre el espíritu; por eso se dice: "Y no temáis a aquellos que matan el cuerpo y al alma no pueden matar".
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 34,2. Mirad el modo de que se valió para hacerlos superiores a todos: aconsejándoles a despreciar por temor a Dios, no solamente las preocupaciones y las calumnias y los peligros, sino lo que es aun más terrible que todo esto, hasta a la misma muerte; por eso añade: "Sino temed más bien a aquel que puede arrojar al infierno vuestro cuerpo y vuestra alma".
San Jerónimo. No se encuentra en los libros antiguos la palabra gehenna y el Salvador es el primero que la emplea: indaguemos ahora a qué da motivo esta nueva palabra. Muchas veces hemos leído que el ídolo Baal estuvo cerca de Jerusalén, en la base del monte Moria, de donde brota la fuente Siloé. Este valle y pequeña planicie, regada y cubierta de árboles, era sumamente deliciosa y contenía un bosque consagrado al ídolo. El pueblo de Israel llegó a tal grado de locura, que abandonó los templos inmediatos para ofrecer en él los sacrificios, olvidar las ideas severas de la religión y quemar a sus hijos delante del demonio. Llamábase el bosque Gehennón, esto es, valle del hijo de Ennón. Este nombre está sumamente repetido en los libros de los Reyes, en las Crónicas y en Jeremías y Dios los amenaza con llenar ese lugar de cadáveres, para que no volviera a llamarse Tophet y Baal, sino Polyandrium, esto es, tumba de los muertos. Con este nombre son designados los futuros suplicios y las penas eternas de los pecadores.
San Agustín, de civitate Dei, 13,2. No se verificará esto antes que el alma esté unida al cuerpo con una unión de que jamás se separará y sin embargo, aun entonces se llama propiamente muerte del alma, porque no vive de Dios y muerte del cuerpo, porque aunque no deja de sentir el hombre en su última condenación, sin embargo, como este sentimiento no le proporciona ninguna dulzura ni tranquilidad alguna, sino el dolor de la pena, merece con muchísima razón que se le dé el nombre de muerte.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 34,2. Observad además que no les promete librarlos de la muerte, sino que les aconseja el despreciarla, que es mucho más que el librarlos de la muerte y que les insinúa el dogma de la inmortalidad.
Catena Aurea (Cadena de Oro), Santo Tomás de Aquino · Traducción española del siglo XIX, dominio público · fuente: hjg.com.ar/catena