domingo, 26 de abril de 2015
IV Domingo de Pascua
Las lecturas de la Misa de hoy, con el comentario de la tradición.
Epístola (1 Pet. 2, 11-19)
Léctio Epístolæ beáti Petri Apóstoli Caríssimi: Obsecro vos tamquam ádvenas et peregrínos abstinére vos a carnálibus desidériis, quæ mílitant advérsus ánimam, conversatiónem vestram inter gentes habéntes bonam: ut in eo, quod detréctant de vobis tamquam de malefactóribus, ex bonis opéribus vos considerántes, gloríficent Deum in die visitatiónis. Subjécti ígitur estóte omni humánæ creatúræ propter Deum: sive regi, quasi præcellénti: sive dúcibus, tamquam ab eo missis ad vindíctam malefactórum, laudem vero bonórum: quia sic est volúntas Dei, ut benefaciéntes obmutéscere faciátis imprudéntium hóminum ignorántiam: quasi líberi, et non quasi velámen habéntes malítiæ libertátem, sed sicut servi Dei. Omnes honoráte: fraternitátem dilígite: Deum timéte: regem honorificáte. Servi, súbditi estóte in omni timóre dóminis, non tantum bonis et modéstis, sed étiam dýscolis. Hæc est enim grátia: in Christo Jesu, Dómino nostro.
Por esto, queridos míos, os suplico que como extranjeros y peregrinos, que sois en este mundo, os abstengáis de los deseos carnales, que combaten contra el alma, llevando una vida ajustada entre los gentiles, a fin de que por lo mismo que os censuran como a malhechores, reflexionando sobre las obras buenas que observan en vosotros, glorifiquen a Dios en el día en que los visitará. Estad, pues, sumisos a toda humana criatura que se halle constituida sobre vosotros, y esto por respeto a Dios, ya sea el rey, como que está sobre todos; ya a los gobernadores, como puestos por él para castigo de los malhechores, y alabanza y premio de los buenos; pues ésta es la voluntad de Dios, que obrando bien tapéis la boca a la ignorancia de los hombres necios e insensatos; como libres, sí, mas no cubriendo la malicia con capa de libertad, sino obrando en todo como siervos de Dios; esto es, por amor. Honrad a todos, amad a los hermanos, temed a Dios, respetad al rey. Vosotros los siervos estad sumisos con todo temor y respeto a los amos, no tan sólo a los buenos y apacibles, sino también a los de recia condición. Pues el mérito está en sufrir uno por respeto a Dios que le ve, penas padecidas injustamente. [Torres Amat]
Comentario patrístico · Comentario a la Primera de San Pedro, cap. 2 — Cornelio a Lápide
Vers. 11. «Carísimos». En griego «agapetoi», esto es, amables, dignos de amor, queridos, predilectos. «Os ruego»: en griego «parakalo», es decir, exhorto o suplico. Nótese la modestia de San Pedro, Sumo Pontífice, que a sus súbditos no manda, sino que ruega. Esto han de imitarlo los prelados, como enseña San Buenaventura en el tratado «De las seis alas del Serafín». «Como a advenedizos (San Cipriano, lib. I, epíst. 5, lee «huéspedes») y peregrinos»: porque nuestra alma, celestial y creada por Dios, vino a la tierra y a este cuerpo mortal, y allí es advenediza, y de allí, como peregrina, tiende y desea volver al cielo. Puestos fuimos por Dios en el paraíso como inquilinos suyos, y de allí, por el pecado, expulsados, andamos errantes por la tierra como desterrados y peregrinos, según San Agustín sobre el Salmo 118. Por eso Cristo, para devolvernos de este destierro a la patria del paraíso, descendiendo a la tierra nació en un mesón, vivió en hospedaje y murió en un patíbulo. ¿Qué es, pues, el cristiano? Es, a imagen de Cristo, peregrino de la tierra y ciudadano del cielo.
La primera condición y virtud del peregrino es saber que es peregrino, no sea que, cebado en los deleites del camino, se apegue a ellos y olvide la patria, amando la posada como si fuese casa y patria, dice San Gregorio. «Peregrinos y advenedizos somos delante de Ti, como todos nuestros padres; nuestros días son como sombra sobre la tierra, y no hay detención» (I Paralip. 29, 15). Segundo, el peregrino todo lo tiene por ajeno y no fija en ello el corazón. Tercero, así como el huésped que pasó una noche en la posada se va y la deja a otros, así hace el hombre. Cuarto, suspira por la patria: oye a San Cipriano en el tratado «De la mortalidad»: «Por patria nuestra tenemos el paraíso; allí nos espera gran número de seres queridos». Quinto, sufre con fortaleza las fatigas del camino: tal fue Abel, primer peregrino del mundo y ciudadano del cielo, a quien mató Caín. Sexto, se pertrecha para el viaje: así el fiel se arma con humildad, paciencia, oración y, sobre todo, con Cristo y su cruz, y se sirve de la Sagrada Eucaristía como de viático. Séptimo, es escarnecido por los indígenas como bárbaro; así también el cristiano es objeto de burla del mundo, pero él a su vez lo desprecia y dice con el Apóstol: «Fuimos hechos como la basura de este mundo» (I Cor. 4, 13). Por eso la primera virtud del cristiano es «despreciar y ser despreciado», dice San Jerónimo.
«Que los peregrinos se abstengan de los deseos carnales». Primero, porque el peregrino se abstiene, no se recarga de comida y bebida, sino que la toma con moderación para andar expedito. Segundo, porque el fiel tiene por peregrina no solo la tierra, sino mucho más la concupiscencia carnal, ya que anhela los deleites espirituales y eternos. Tercero, porque la concupiscencia carnal no solo le estorba el camino, sino que es veneno para la vida. Y por «deseos carnales» entiéndanse no solo los de la gula y la lujuria, sino también los de la ira, la envidia y la soberbia; pues todos ellos son obras de la carne, esto es, de la concupiscencia, que reside no solo en la carne, sino también en el alma y la mente, como enseña el Apóstol (Gál. 5, 19). Por «abstenerse», pues, entiéndase «contenerse» y «continencia». Sobresalieron los primeros cristianos en la continencia: célebre es la de Santiago el de Alfeo, que abstiniéndose de vino, carne, baños y demás deleites llevó vida austera; y semejante fue la de Pedro, Pablo y los demás Apóstoles. Mas advierte prudentemente San Gregorio: «Es menester que cada cual guarde de tal modo el arte de la continencia, que no mate la carne, sino los vicios».
«Que combaten contra el alma»: porque la carne «codicia contra el espíritu, y el espíritu contra la carne» (Gál. 5, 17); de donde: «Milicia es la vida del hombre sobre la tierra» (Job 14, 4 [Vulg.]). Esta milicia y lucha la retrata admirablemente en sí mismo San Agustín en el lib. VIII de las «Confesiones». Con vigor dice Tertuliano («A los mártires», cap. III): «Preside el certamen y la victoria de los suyos, como Agonoteta, el Dios vivo; como Xistarca, el Espíritu Santo; como Epístata, Cristo Jesús; la corona es de eternidad; el premio, la ciudadanía angélica de las moradas celestiales; la gloria, por los siglos de los siglos».
Vers. 12. «Teniendo buena vuestra conversación entre los gentiles» (el siro: «ante todos los hijos de los hombres»). «Espectáculo hemos venido a ser para el mundo, para los ángeles y para los hombres» (I Cor. 4, 9). Y dice San Bernardo (serm. 71 sobre el Cantar): «La fama la debemos al prójimo; a Dios, la conciencia». Adviertan aquí los cristianos que deben conducirse de tal modo que con su santa conversación atraigan a Dios, a la fe y a la santidad tanto a los fieles como a los infieles y herejes. Pues mayor es la fuerza del ejemplo que la de la palabra, de la vida que de la voz, de las costumbres que de los discursos. Por eso San Pablo ante el rey Agripa: «En esto también me esfuerzo yo por tener siempre conciencia sin tacha ante Dios y ante los hombres» (Hech. 24, 16).
«En aquello en que os denigran (detraen, calumnian) como a malhechores». Pues decían que los cristianos eran despreciadores de los príncipes, de la divinidad y de los dioses, dados a los placeres, que practicaban ayuntamientos promiscuos (porque eso hacían los herejes gnósticos, nacidos de los cristianos) y que se alimentaban de carnes humanas (a saber, de la carne de Cristo en la Eucaristía, cuyo rumor habían oído los gentiles sin entender el modo ni el misterio), de suerte que a la impiedad de los cristianos atribuían todas las calamidades del orbe. Tertuliano («Apolog.» 40): «¡Si el Tíber sube hasta las murallas, si el Nilo no sube a los campos, si tiembla la tierra, si hay hambre o peste, al punto: los cristianos al león!». Por eso, en defensa de la inocencia de los cristianos, escribieron graves y doctas Apologías San Justino, Atenágoras, Clemente de Alejandría, Cipriano, Tertuliano, Arnobio y otros. «Que, considerando (en griego «epopteuontes», mirando por dentro, escrutando a fondo) vuestras buenas obras, glorifiquen a Dios»: así Santa Blandina, atrozmente atormentada, proclamaba con constancia: «Cristiana soy, y nada malo se hace entre nosotros»; y Plinio Segundo, procónsul de Asia, hecha averiguación sobre la vida de los cristianos, escribió a Trajano que nada criminal había hallado en ellos, sino que cantaban himnos antelucanos a Cristo. De donde exclama Tertuliano: «¡Oh sentencia confundida por su propia necesidad! Niega que se les deba buscar, como a inocentes, y manda que se les castigue, como a culpables». Tan poderosa es la virtud, que aun de los enemigos arranca testimonio y elogio.
«En el día de la visitación». Primero, por «visitación» entienden Ecumenio y Arias la pesquisa e inquisición, como si dijera: cuando Plinio y los demás gobernadores gentiles indaguen sobre vosotros y viendo que todo lo vuestro es santo, glorifiquen a Dios. De donde Tertuliano («Apolog.», cap. últ.): «Atormentadnos, condenadnos, trituradnos: vuestra iniquidad es la prueba de nuestra inocencia... Semilla es la sangre de los cristianos». Segundo, otros toman «visitación» (en griego «episkopen», inspección, cuidado) en sentido místico, por la iluminación y la gracia: para que los gentiles glorifiquen a Dios cuando Él los visite con la luz de su gracia. Tercero, Hugo y Tomás el Inglés lo entienden de la visitación con que Dios prueba y azota a los fieles, para arrancar de su paciencia la alabanza de los infieles. Cuarto, Beda entiende por «día de la visitación» el día del juicio; pues entonces los impíos, sobre todo los jueces y perseguidores, viendo la gloria de los mártires y santos, glorificarán a Dios diciendo: «Estos son los que en otro tiempo tuvimos por objeto de escarnio... he aquí cómo han sido contados entre los hijos de Dios» (Sab. 5).
Vers. 13. «Estad, pues, sometidos a toda humana criatura por Dios». La voz «pues» saca esta conclusión de lo dicho sobre la buena conversación, como si dijera: os mandé buena conducta; luego igualmente os mando sujeción y obediencia. Pues en algunos tenía mala fama la religión cristiana, como si enseñara que los cristianos, en cuanto hijos de Cristo y herederos designados del reino de los cielos, no debían someterse a los príncipes, sobre todo gentiles e infieles, dice Ecumenio. Se añadía que los primeros cristianos eran de origen judío, y en aquel tiempo nació la secta de los galileos, de Judas Galileo, que enseñaba que los judíos, por ser pueblo de Dios, debían estar libres de tributos y no someterse al emperador romano. Así también ahora los anabaptistas dicen, al revés, que todos los cristianos son iguales y libres, y que ningún cristiano debe dominar a otro; contra todos estos escribe Pablo (Rom. 13). Y por «toda humana criatura» llama Pedro a todo hombre superior a quien se debe sujeción; dice «toda» para que nadie exceptúe a los infieles e impíos. «Criatura humana» llama a los príncipes y magistrados, esto es, hombres constituidos príncipes por Dios, pues son criaturas de Dios, elegidos y elevados por Él a esta dignidad, y son entre todos la imagen viva de Dios creador.
Habla directamente San Pedro de los príncipes civiles y manda que se les sometan los fieles, para que no se juzguen exentos de su dominio por Cristo; pero por argumento de igual o de menor a mayor, de aquí concluye San Basilio lo mismo de los príncipes eclesiásticos, a saber, que los laicos deben someterse a ellos en las cosas espirituales. Pues Cristo (Mat. 10, 40): «Quien a vosotros oye, a Mí me oye»; y San Pablo (Heb. 13, 17): «Obedeced a vuestros prelados y estadles sujetos». Aprende aquí que señal y efecto de la verdadera fe es la humildad, la sujeción y la obediencia de los súbditos hacia los magistrados; mientras que efecto de la infidelidad y de la herejía es la soberbia, la desobediencia y la rebelión, como se ha visto en los luteranos y más en los calvinistas de Escocia, Inglaterra y Alemania. Lutero, con su rebelión y herejía, armó por medio de sus discípulos cien mil campesinos contra los príncipes. Por el contrario, los católicos, durante los primeros trescientos años, obedecieron a los emperadores gentiles, aun perseguidores, en todo excepto la fe y la religión; y pudiendo la valerosísima legión Tebana, con San Mauricio, resistir a Maximiano, no quiso, y depuestas las armas, de rodillas, se dejó degollar por causa de la fe.
«Por Dios». Primero, porque Dios estableció a los magistrados y mandó obedecerles: «No hay potestad sino de Dios, y las que hay, por Dios han sido ordenadas» (Rom. 13, 1); de donde luego añade San Pedro la causa: «Porque esta es la voluntad de Dios». Segundo, porque el rey es imagen viva de Dios en la tierra, casi vicario suyo, y quien lo ultraja, a Dios ultraja. Tercero, porque Dios constituye a cada uno de los reyes, por Sí o por medio de otros. Cuarto, dicen Dídimo y Ecumenio: «por Dios», es decir, del modo que Dios lo manda, a saber, que se les obedezca cuando nada mandan contra Dios y su ley; pues si lo hicieren, hay que decir con San Pedro: «Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres» (Hech. 4, 19), y con el Macabeo: «No obedezco al precepto del rey, sino al precepto de la ley» (II Mac. 7, 30); esto es lo que sancionó Cristo: «Dad, pues, al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios» (Mat. 22, 21). Quinto, «por Dios», esto es, por amor y reverencia de Dios, obedeciendo no forzados por temor de la espada, sino de grado. Sexto, para que los gentiles, viendo vuestra obediencia, glorifiquen a vuestro Dios. Séptimo, para que los reyes recuerden que están sujetos a Dios y por Él mandan: tales fueron Constantino, Teodosio, Carlomagno, San Luis en Francia, San Esteban en Hungría, San Enrique en Alemania.
Vers. 14-15. «O a los gobernadores (la versión de Zúrich: «presidentes»; el siro: «jueces»), como enviados por él para castigo de los malhechores y alabanza de los buenos». Este es el fin de la potestad regia y de todo magistrado: castigando a los malos, amparar a los buenos, y así conservar la sociedad humana mediante la justicia, que da premio a los buenos y pena a los malos. De donde decía Sócrates: «Óptimamente se gobiernan las ciudades cuando los injustos son castigados». «O al rey como a preeminente» (el siro: «a los reyes por su imperio»): la preeminencia del rey es su imperio y potestad regia; él es como el sol en el reino, y así como en dignidad y poder aventaja a los súbditos, así debe aventajarles en sabiduría, beneficencia y virtud. «Porque esta es la voluntad de Dios, que haciendo el bien tapéis la boca (en griego «phimoun», amordacéis) a la ignorancia de los hombres imprudentes (en griego «aphronon», insensatos; pues, como dice San Jerónimo, «sin conocimiento del Creador todo hombre es bestia»)». El siro: «que con vuestras buenas obras cerréis la boca de aquellos necios que no conocen a Dios». Pues, como dice Ecumenio: «Cuando murmuran de nosotros como de arrogantes y desobedientes, si nos ven humildes y obedientes en lo que conviene, más se avergüenzan y enmudecen».
Vers. 16-19. «Como libres, y no como quienes tienen la libertad por velo de la malicia, sino como siervos de Dios». La voz «como» no asimila, sino que asevera: obedeced a los príncipes libremente, como libres e hijos de la obediencia de Cristo. Sale al paso de la objeción: Cristo nos hizo libres; luego a ningún príncipe debemos someternos, y nos es lícito hacer cuanto nos plazca; así abusaban antaño los gnósticos, y ahora los libertinos, de la libertad cristiana. Responde San Pedro: fuisteis hechos libres por Cristo, pero del pecado, no de la ley de Dios ni de la obediencia a los príncipes; no queráis, pues, encubrir con la libertad de Cristo vuestra desobediencia y malicia, pues eso no es libertad, sino servidumbre de la iniquidad. «Sino como siervos de Dios», que sirven libremente no solo a Dios, sino también a todos los magistrados que Dios ordenó como vicarios suyos y superiores nuestros; pues servir a Dios es reinar. Vers. 17: «Honrad a todos» según el estado de cada uno; «amad la fraternidad», es decir, la unión y la asamblea de los fieles para las oraciones comunes; «temed a Dios» con temor no servil, sino filial, con que los hijos temen ofender al padre; «honrad al rey», con la honra debida a la suprema potestad civil, que incluye la obediencia y la oración por los príncipes, como manda San Pablo (I Tim. 2). Vers. 18: «Siervos, estad sometidos con todo temor a los señores, no solo a los buenos y modestos (en griego «epieikesi», equitativos, benignos), sino también a los díscolos» (en griego «skoliois», torcidos, ásperos, difíciles, severos y crueles). Enseña aquí moralmente San Pedro que la obediencia debe extenderse hasta la paciencia y abrazarla, como Cristo la extendió, hecho obediente hasta la muerte, y muerte de cruz; la perfección de la obediencia es, pues, la paciencia, si se sufre humilde y alegremente la aspereza de los superiores, sus reprensiones y hasta sus amenazas y golpes. Vers. 19: «Porque esto es gracia»; es decir, esta es vuestra gloria: en esto consiste la eximia virtud y perfección cristiana, si por Dios sufre alguien tristezas padeciendo injustamente. «Si por conciencia de Dios» significa: por una conciencia según Dios, con que uno procura agradar solo a Dios, aun con ofensa de los hombres; conciencia que se llama «de Dios» porque a Dios sobremanera place y por Dios se toma. Sumo consuelo y gloria es el testimonio de la buena conciencia (II Cor. 1, 12), muro de bronce en las adversidades, cuando los siervos inocentes, que en nada pecaron, son castigados por señores perversos.
Comentario a la Primera de San Pedro, cap. 2, Cornelio a Lápide · Traducción del editor, del latín (Gran Comentario, dominio público) · fuente: lapide.org (dominio público)
Evangelio (Joannes. 16, 16-22)
Sequéntia sancti Evangélii secúndum Joánnem. In illo témpore: Dixit Jesus discípulis suis: Módicum, et jam non vidébitis me: et íterum módicum, et vidébitis me: quia vado ad Patrem. Dixérunt ergo ex discípulis ejus ad ínvicem: Quid est hoc, quod dicit nobis: Módicum, et non vidébitis me: et íterum módicum, et vidébitis me, et quia vado ad Patrem? Dicébant ergo: Quid est hoc, quod dicit: Módicum? nescímus, quid lóquitur. Cognóvit autem Jesus, quia volébant eum interrogáre, et dixit eis: De hoc quǽritis inter vos, quia dixi: Módicum, et non vidébitis me: et íterum módicum, et vidébitis me. Amen, amen, dico vobis: quia plorábitis et flébitis vos, mundus autem gaudébit: vos autem contristabímini, sed tristítia vestra vertétur in gáudium. Múlier cum parit, tristítiam habet, quia venit hora ejus: cum autem pepérerit púerum, jam non méminit pressúræ propter gáudium, quia natus est homo in mundum. Et vos ígitur nunc quidem tristítiam habétis, íterum autem vidébo vos, et gaudébit cor vestrum: et gáudium vestrum nemo tollet a vobis.
Dentro de poco ya no me veréis; mas poco después, me volveréis a ver: porque me voy al Padre. Al oír esto algunos de los discípulos, se decían unos a otros: ¿Qué nos querrá decir con esto: Dentro de poco no me veréis; mas poco después me volveréis a ver, porque me voy al Padre? Decían, pues: ¿Qué poquito de tiempo es éste de que habla? No entendemos lo que quiere decirnos. Conoció Jesús que deseaban preguntarle, y les dijo: Vosotros estáis tratando y preguntándoos unos a otros por qué habré dicho: Dentro de poco ya no me veréis; mas poco después me volveréis a ver. En verdad, en verdad os digo, que vosotros lloraréis, y lamentaréis mientras el mundo se regocijará; os entristeceréis, pero vuestra tristeza se convertirá en gozo. La mujer en los dolores del parto está poseída de tristeza, porque le vino su hora; mas una vez que ha dado a luz un infante, ya no se acuerda de su angustia, con el gozo que tiene de haber dado un hombre al mundo. Así vosotros ahora a la verdad padecéis tristeza; pero yo volveré a visitaros, y vuestro corazón se bañará en gozo, y nadie os quitará vuestro gozo. [Torres Amat]
Comentario de los Padres · Catena Aurea (Cadena de Oro) — Santo Tomás de Aquino
San Juan 16, 16-22 — glosas de los Padres griegos y latinos, encadenadas por Santo Tomás.
Crisóstomo, in Ioannem, hom. 79. Después que el Señor había reanimado a sus discípulos con la promesa del Espíritu Santo, volvió a angustiar su corage, diciendo: "Un poco, y ya no me veréis". Hizo esto para acostumbrarles a llevar con resignación su ausencia, hablándoles de cosas tristes, pues a quien en palabras se ha ejercitado en esto, le resultarán mas llevaderos los hechos.
Beda, in hom 1, Dom 2, post oct. Paschae. Dice, pues: "Un poco, y ya no me veréis", porque fue detenido en aquella noche, crucificado en la mañana, y sepultado en la tarde, desapareciendo de la vista de todos.
Crisóstomo, ut supra. Pero si se considera atentamente, no deja de ser de un consuelo la palabra "Porque voy al Padre", pues esto era la declaración de que no perecería, sino que su muerte sería un tránsito, y aun acrecentó este consuelo cuando añadió: "Y otro poco, y me veréis", dando a entender que volvería y que la separación sería corta, y continua su presencia con ellos.
San Agustín, ut supra. Estas palabras del Señor eran oscuras para los discípulos, antes de cumplirse, y por eso los discípulos se preguntaron mutuamente: "¿Qué es esto que nos dice: Un poco y ya no me veréis; y otro poco, y me veréis porque voy al Padre?"
Crisóstomo, ut supra. Esto no lo entendían, o bien por la tristeza que producía en sus corazones lo que oían, o bien por la oscuridad con que se anunciaba y les parecían contradictorias dos cosas que no lo eran. A saber: Si te veremos ¿cómo te vas? Y si te vas ¿cómo te veremos? Por eso dicen: "¿Qué es esto que nos dice, un poco? No sabemos lo que dice".
San Agustín, ut supra. Como anteriormente no les había dicho: "Un poco" sino "Voy al Padre", les pareció que hablaba claramente. Pero ahora les parece aquello confuso, mas al presente ya es para nosotros claro lo que entonces parecía oscuro y después se descubrió. Porque poco después el Señor fue crucificado, y ya no le vieron; poco después resucitó, y le vieron. Dijo entonces "Y ya no me veréis", porque en adelante ya no volvieron a ver a Jesucristo en carne mortal.
Alcuino. O de otro modo: Poco, es el tiempo que pasará sin verme; esto es, los tres días que descansó en el sepulcro. Y también será poco el que me veréis; esto es, aquellos cuarenta días en que con frecuencia se les apareció después de su pasión, hasta su ascensión. Y por esto me veréis aquel corto tiempo, porque voy al Padre, pues no permaneceré corporalmente en la tierra, sino que subiré al cielo con la humanidad que tomé.
Alcuino. Sigue: "Conoció el Señor que querían preguntarle, y les dijo: Discutís entre vosotros porque me habéis oído decir: Un poco y no me veréis. En verdad, en verdad os digo, que vosotros lloraréis y gemiréis". Conociendo el piadoso Maestro la duda de sus discípulos, les contestó exponiéndoles lo que había dicho.
San Agustín, ut supra. Lo cual puede entenderse de este modo: Como los discípulos se habían entristecido por la muerte del Señor, y alegrándose en seguida por su resurrección; por el contrario, el mundo (con cuyo nombre se entienden los enemigos por quienes Cristo fue muerto), se alegró por la muerte de Cristo, cuando los discípulos se afligieron. Por esto dice: "Pero el mundo se alegrará".
Alcuino. Esta palabra se aplica a todos los fieles que en virtud de las tribulaciones y lágrimas de esta vida caminan a los gozos de la eterna. El mundo se goza con las lágrimas de los justos, porque goza la presente vida sin esperar nada de la otra.
Crisóstomo, ut supra. Manifestando después cómo la tristeza, aunque breve, engendra el gozo, y éste es eterno, trae un ejemplo mundano, diciendo: "La mujer cuando ha de dar a luz se entristece, porque ha llegado la hora; pero cuando le nace un niño ya no se acuerda de su apuro por la alegría de que ha dado un hombre al mundo".
San Agustín, ut supra. Este símil no es difícil de entender, porque la comparación es manifiesta. Pues sigue: "Vosotros en verdad padecéis ahora tristeza, pero os volveré a ver y se alegrará vuestro corazón". El acto de dar a luz se compara a la tristeza, y el nacimiento al gozo, el cual suele ser mayor cuando nace niño y no niña. Pero continúa: "Y vuestro gozo nadie os lo quitará", porque el gozo de los mismos es Jesús y significa lo que dijo el Apóstol: "Cristo resucitando de los muertos, ya no muere" ( Rom 6,9).
Crisóstomo, ut supra. También significa el ejemplo mencionado anteriormente, que Jesucristo quitó las angustias de la muerte y regeneró al hombre nuevo: y no dijo que ya no sentirían tribulación, sino que ni aun se acordarían de ella: ¡tanto es el gozo, que la sobrepasa! y así será en los santos. Y no dijo: Porque ha nacido un niño, sino hombre, aludiendo disimuladamente a su resurrección.
San Agustín, ut supra. Acerca de la futura visión y gozo del que arriba se ha hablado, creo que debe entenderse mejor: "Un poco, y ya no me veréis": un poco es todo el tiempo de este mundo que pasa volando. Por esto añadió "porque voy al Padre", lo que debe referirse a las anteriores palabras que dijo: "Un poco, y ya no me veréis", no refiriéndose a las siguientes que dijo: "Un poco, y me veréis"; porque yendo al Padre había de suceder que no le vieran. Díjoles, pues: Un poco, y ya no me veréis", a los que entonces le veían corporalmente, porque yéndose al Padre, no le habían de ver en lo sucesivo en cuerpo mortal, como le veían cuando esto les decía. Pero lo que añadió: "Y otro poco, y me veréis", fue promesa hecha a la Iglesia. Este poco nos parece a nosotros muy largo, porque aun dura; pero cuando se concluya entonces comprenderemos que fue corto.
Alcuino. La mujer es la Santa Iglesia, por la fecundidad de sus buenas obras y porque engendra para Dios hijos espirituales. Esta mujer, mientras da a luz, esto es, mientras se afana en hacer progresar al mundo en la virtud y mientras es tentada y afligida por todas partes, se entristece porque llegó la hora de sus sufrimientos y porque nadie ha aborrecido su propia carne.
San Agustín, in Ioannem, tract., 101. Y sin embargo, en este gozo del parto no estamos tristes sino, según el Apóstol ( Rom 12,12), con frecuencia alegres, porque esa misma mujer con quien somos comparados, se alegra más por la futura prole que lo que se entristece por el presente dolor.
Alcuino. Cuando hubiere dado a luz, esto es, cuando victoriosa de los trabajos de la pelea alcanzare la palma del triunfo, ya no se acuerda de los apuros pasados por el gozo de la recompensa recibida; "Porque ha nacido un hombre al mundo". Y así como la mujer se alegra de haber dado un hombre al mundo, así la Iglesia se llena de gozo cuando nace para el cielo el pueblo fiel.
Beda, ut supra. No debe parecer nuevo el que se dé el nombre de nacido al que deja el peregrinar terreno, porque así como se acostumbra a llamar nacido al que saliendo del seno materno entra en la luz de este mundo, así también puede llamarse nacido al que libre de los lazos de la carne se eleva a la luz eterna; por esta razón las solemnidades de los santos no se llaman muerte, sino nacimiento. da a luz
Alcuino. Aquello que dice: "Os veré otra vez", quiere decir, os uniré a mí mismo, u otra vez apareceré visible y se alegrará vuestro corazón.
San Agustín, ut supra. En este tiempo la Iglesia está con las labores, con anhelo al fruto de todas sus trabajos, pero en aquel momento dará a luz contemplandolo. Será también entonces, un Niño, porque a tal fruto de su contemplación están referidas todas las obras de su actividad. Sólo El en verdad es libre, porque es deseado por sí mismo y no está referido a otra cosa. Para ésto sirve la actividad, que es realizada al servicio de El. En consecuencia, encontramos así el único fin que puede satisfacernos, porque será eterno, ya que ningún fin puede llenarnos plenamente sino el que se refiere a Aquel que no tiene fin. Por esta razón lo único que nos satisface es lo que oportunísimamente oímos: "Nadie os quitará vuestro gozo".
Catena Aurea (Cadena de Oro), Santo Tomás de Aquino · Traducción española del siglo XIX, dominio público · fuente: hjg.com.ar/catena