domingo, 12 de abril de 2015
II Domingo de Pascua (in Albis)
Las lecturas de la Misa de hoy, con el comentario de la tradición.
Epístola (1 Joannes. 5, 4-10)
Léctio Epístolæ beáti Joánnis Apóstoli Caríssimi: Omne, quod natum est ex Deo, vincit mundum: et hæc est victória, quæ vincit mundum, fides nostra. Quis est, qui vincit mundum, nisi qui credit, quóniam Jesus est Fílius Dei? Hic est, qui venit per aquam et sánguinem, Jesus Christus: non in aqua solum, sed in aqua et sánguine. Et Spíritus est, qui testificátur, quóniam Christus est véritas. Quóniam tres sunt, qui testimónium dant in cœlo: Pater, Verbum, et Spíritus Sanctus: et hi tres unum sunt. Et tres sunt, qui testimónium dant in terra: Spíritus, et aqua, et sanguis: et hi tres unum sunt. Si testimónium hóminum accípimus, testimónium Dei majus est: quóniam hoc est testimónium Dei, quod majus est: quóniam testificátus est de Fílio suo. Qui credit in Fílium Dei, habet testimónium Dei in se.
Así es que todo hijo de Dios vence al mundo; y lo que nos hace alcanzar victoria sobre el mundo, es nuestra fe. ¿Quién es el que vence al mundo, sino el que cree que Jesús es el Hijo de Dios? Jesucristo es el que vino a lavar nuestros pecados con agua y sangre, no vino con el agua solamente, sino con el agua y con la sangre. Y el Espíritu es el que testifica que Cristo es la misma verdad. Porque tres son los que dan testimonio en el cielo: El Padre, el Verbo y el Espíritu Santo; y éstos tres son una misma cosa. Y tres son los que dan testimonio en la tierra:El espíritu y el agua, y la sangre; y estos tres testigos son para confirmar una misma cosa. Si admitimos el testimonio de los hombres, de mayor autoridad es el testimonio de Dios; ahora bien, Dios mismo, cuyo testimonio es el mayor, es el que ha dado de su Hijo este gran testimonio. El que cree, pues, en el Hijo de Dios, tiene el testimonio de Dios consigo o a su favor. El que no cree al Hijo, le trata de mentiroso, porque no ha creído al testimonio que Dios ha dado de su Hijo. [Torres Amat]
Comentario patrístico · Comentario a la Primera Carta de San Juan, cap. 5 — Cornelio a Lápide
1 Joann. 5, 4-10
4. PORQUE TODO LO QUE ES NACIDO DE DIOS VENCE AL MUNDO. — Prueba lo que había dicho: «Sus mandamientos no son pesados», con esta razón: que los fieles, renacidos por la fe y la caridad y armados por Dios, vencen al mundo, esto es, tanto las concupiscencias como los terrores del mundo, que son los únicos que resisten a la caridad y hacen difícil la observancia de los mandamientos; removidos, pues, estos, quedan los mandamientos fáciles y no pesados; porque a la caridad sólo se opone la concupiscencia: quítese esta, y la caridad permanece fácil y sin estorbo. «El testimonio del nacimiento celestial es la victoria sobre la tentación», dice San Bernardo, sermón I en la Octava de Pascua.
Y ESTA ES LA VICTORIA QUE VENCE AL MUNDO, NUESTRA FE. — «Victoria», esto es, el vencedor y triunfador; pues propiamente no vence la victoria, sino el combate del vencedor que produce la victoria. «Victoria», por tanto, es decir, la causa de la victoria, las armas con que la victoria se alcanza, es la fe. Esta es, pues, la fe victoriosa, no desnuda y ociosa, sino revestida de caridad y de buenas obras; a saber, industriosa, que contiende y pelea con valentía, según aquello: «Los santos por la fe vencieron reinos, obraron justicia, alcanzaron promesas», etc., Hebreos XI; y I Pedro V: «Vuestro adversario el diablo, dice, como león rugiente anda en derredor buscando a quién devorar: resistidle fuertes en la fe». Véase lo que se dice en ambos lugares; pues por la fe creemos que la vida eterna es el sumo bien, por el cual han de soportarse con valor todos los males, y hemos de contender contra todas las tentaciones del mundo hasta la muerte y el martirio. De donde, por esta fe y esperanza, así del auxilio divino y de la gracia de Cristo como del premio y galardón de la gloria eterna, los Mártires vencieron con ardor y alegría toda suerte de tormentos, según aquello: «Y ellos le vencieron por la sangre del Cordero y por la palabra de su testimonio», Apoc. XII, 11. Y aquello de Pablo, Efes. VI, 16: «Tomando en todo el escudo de la fe, con que podáis apagar todos los dardos encendidos del malignísimo». Por lo cual con verdad San Bernardo, sermón 6 en la Vigilia de la Natividad: «La fe, dice, es un cierto verdadero dechado de la eternidad, que abraza juntamente lo pasado, lo presente y lo por venir en un seno amplísimo, de suerte que nada pasa junto a ella, nada perece, nada se le adelanta».
5. ¿Quién es el que vence al mundo, sino EL QUE CREE QUE JESÚS ES EL HIJO DE DIOS? — Pues creyendo espera, esperando invoca, invocando ama a Cristo; y así, fortalecido por la gracia de Cristo, aborrece y desprecia al mundo, y despreciándolo lo vence, según aquello de Pablo: «Todo lo puedo en Aquel que me conforta», Filip. IV, 13. Bajo la fe, pues, abraza la caridad, la obediencia, la fortaleza y las demás virtudes sancionadas y dadas por Cristo, por las cuales se vence al mundo. Porque quien cree en Cristo debe seguir los mandamientos de Cristo y obedecerle a Él, no al mundo; antes bien, debe despreciar al mundo; pues esto ordenó y sancionó Cristo a sus seguidores, Juan XV, 18 y 19.
6. ESTE ES EL QUE VINO POR AGUA Y SANGRE, JESUCRISTO. — Es decir: Este es el Mesías, el Hijo de Dios, el Salvador y Redentor del mundo, de quien los Profetas anunciaron que había de venir para redimir al mundo con su sangre y purificarlo con el agua del bautismo, como consta de Ezeq. XXXVI, 17, y Zacar. XII, 13; y lo mismo fue prefigurado por todos los sacrificios de la ley antigua, en los cuales se derramaba la sangre de las víctimas, para representar que los pecados serían expiados por la sangre de Cristo, que había de derramarse en la cruz. Puesto, pues, que Cristo, cumpliendo estos oráculos de los Profetas, ha venido en efecto, y nos ha redimido con su sangre, y ha sancionado el bautismo de agua cuando fue bautizado por Juan en el Jordán, y le ha conferido el poder de santificar: de aquí colige con certeza que Él es el verdadero Mesías y Cristo mediador anunciado por los Profetas, y por consiguiente que por la fe en Él vencemos al mundo. Juan prueba que Jesucristo es el Hijo de Dios, a saber, que Jesús es verdadero hombre y verdadero Dios: primero, por el hecho de que es «el que vino», en griego ὁ ἐλθών, esto es, aquel, a saber, el Mesías, el que viene por antonomasia, que los Profetas prometieron que había de venir, y que la Escritura, Isaías IX, 6 y en otros lugares, significa que será Dios e Hijo de Dios. De donde «el que viene», o «el que ha de venir», es nombre del Mesías. Pues así le llamaban los judíos, tomándolo de las profecías de los Profetas, como aparece en Apoc. I, 4; Juan I, 15; Mateo XI, 3; Salmo CXVII, 26; Ageo II, 8; Malaq. III, 1 y 2, y en otras partes.
En segundo lugar, el agua y la sangre probaron que Cristo es Dios: tanto porque la sangre de Cristo fue el precio justo de nuestra redención, que satisface plenamente a Dios por la ofensa de nuestros pecados —por lo cual era necesario que fuese la sangre de un hombre-Dios, esto es, de un hombre unido hipostáticamente a Dios; pues la sangre de un mero hombre no podía ser precio justo y adecuado por las ofensas hechas a Dios—, cuanto porque, por la virtud de su sangre, Cristo, instituyendo el bautismo, le dio el poder divino de expiar todos los pecados de todos los hombres. Era necesario, por tanto, que fuese Dios: pues Cristo hizo esto por sí mismo y con autoridad propia, no como ministro que depende de otro. Ahora bien, instituir por sí mismo un Sacramento que remite y expía los pecados es obra de poder divino.
Al testimonio oscuro y como muerto del agua y de la sangre añade San Juan el testimonio claro y vivo del Espíritu Santo: pues Él, ya en la vida de Cristo, obrando por medio de Él milagros para dar este testimonio, ya después de la muerte y resurrección de Cristo, enviado por Él en Pentecostés sobre los Apóstoles, testificó por boca de ellos y predicó en todas partes que Cristo era la verdad, esto es, verdadero Dios. Porque Cristo, en cuanto Dios, es el Verbo, y por tanto la verdad y la sabiduría del Padre; en cuanto hombre, fue el verdadero embajador e intérprete de Dios, que descorrió las sombras de la ley antigua y manifestó la clara doctrina y verdad acerca de Dios, según aquello: «Yo soy el camino, la verdad y la vida», Juan XIV, 6; y aquello del capítulo XVIII, 37: «Para esto nací, y para esto vine al mundo: para dar testimonio de la verdad».
El sentido, pues, es como si dijera: Las tres Personas de la Santísima Trinidad, en el cielo y desde el cielo, dan testimonio, así a los ángeles como principalmente a los hombres (pues esto es lo que San Juan pretende aquí sobre todo), acerca de Cristo: a saber, que Él mismo es el verdadero Mesías e Hijo de Dios. El Padre, en efecto, lo hizo cuando, en el bautismo y en la transfiguración de Cristo, Mateo III, 17, y capítulo XVII, 5, proclamó públicamente: «Este es mi Hijo amado, escuchadle». Y de nuevo, cuando sobre Cristo, que oraba pidiendo ser glorificado, tronó desde el cielo: «Y le he glorificado, y de nuevo le glorificaré», Juan XII, 28. Asimismo el Espíritu Santo, cuando descendió sobre Cristo en forma de paloma, y se derramó sobre los Apóstoles y los demás cristianos el día de Pentecostés, y esto según la predicción, promesa y misión de Cristo: por lo cual el mismo Espíritu Santo, por boca de los Apóstoles, apenas proclamó otra cosa que a Cristo. También el Hijo muy a menudo habló, enseñó, probó con milagros y convenció a los hombres de que era el Mesías y el Hijo de Dios, como es manifiesto por todo el Evangelio de San Juan. Igualmente, los tres testigos de Cristo en la tierra son el Espíritu, el agua y la sangre, como sigue. Concuerdan, pues, mutuamente entre sí los testigos del cielo y de la tierra, y por consiguiente se les ha de dar entera fe como a testigos divinos, mayores que toda excepción; y porque el cielo y la tierra —el mundo entero, digo— parecen conspirar en este testimonio de Cristo. Alude San Juan a aquel pasaje de su propio Evangelio, capítulo VIII, 18: «Yo soy el que doy testimonio de mí mismo, y da testimonio de mí el Padre que me envió»; y capítulo XVI, 14, acerca del Espíritu Santo: «Él me glorificará, porque recibirá de lo mío y os lo anunciará». Por último, aduce tres testigos, porque está escrito: «En boca de dos o tres testigos se sostendrá toda palabra», Deuteronomio XIX, 15.
Y ESTOS TRES SON UNO. — Así como en la naturaleza y esencia divina, así también en el entender, en la voz, en la expresión y en el testimonio acerca de Cristo; pues todas estas cosas son esencialmente una y la misma en la Santísima Trinidad. Los códices Complutense y Regio tienen καὶ οἱ τρεῖς εἰς τὸ ἕν εἰσιν, esto es, «y estos tres son para uno». Pero los latinos y los demás griegos leen «y estos tres son uno»; pues se significa la economía de la Santísima Trinidad, a saber, que las tres Personas tienen una sola e indivisible deidad. Ni la lectura variante del Complutense significa nada distinto. Pues en «son uno» —esto es, «para uno», a saber, en una sola esencia— convienen y coinciden. Así, en Gén. II, 24, de Adán y Eva como esposos se dice: «Serán dos en una sola carne», esto es, los dos serán «una sola carne», como explica Cristo en Mateo XIX, 6, es decir, marido y mujer serán como una sola persona civil y política. Así, en Jeremías XXX, 22: «Seréis para mí por pueblo», esto es, seréis mi pueblo; y Salmo XXX, 3: «Sé para mí por Dios protector», esto es, sé mi Dios protector; y a menudo en otros lugares.
8. Y TRES SON LOS QUE DAN TESTIMONIO EN LA TIERRA: EL ESPÍRITU, EL AGUA Y LA SANGRE. — Debería haber dicho «tres cosas»; pues en griego πνεῦμα, ὕδωρ y αἷμα —esto es, espíritu, agua y sangre— son de género neutro. Y sin embargo dice «tres», tanto para mostrar que estos tres testigos terrenos conspiran, más aún, representan a los tres testigos celestiales antes nombrados, dice San Agustín —de lo cual más adelante—, cuanto porque por prosopopeya atribuye a estos tres la persona de testigos: pues el testigo en la tierra, entre los hombres, ha de ser animado, y así hombre, y por tanto de género masculino, no neutro. Porque quien da testimonio debe hablar y proferir su testimonio con la boca, lo cual sólo compete al ser humano. San Juan contrapone el testimonio terreno y humano al celestial y divino. Ahora bien, algunos sostienen que los tres testigos en el cielo son testigos de la divinidad de Cristo, pero los tres testigos en la tierra son testigos de su humanidad, como dice Inocencio III (capítulo In quadam, De la celebración de la Misa) y Santo Tomás. Mas es más exacto que unos y otros se aducen para probar la divinidad de Cristo: pues esto es lo que San Juan se propuso probar en el versículo 5, porque Ebión, Cerinto y otros la negaban. De donde también añade inmediatamente: «El que cree en el Hijo de Dios tiene en sí mismo el testimonio de Dios», etc.
9. SI RECIBIMOS EL TESTIMONIO DE LOS HOMBRES, MAYOR ES EL TESTIMONIO DE DIOS. — Como si dijera: Si damos fe al testimonio de los hombres, mucho más hemos de darla al testimonio de Dios acerca de Cristo, porque es mayor tanto en dignidad y autoridad como en verdad y certeza; pues es el testimonio de Dios, que sobrepuja infinitamente a todos los hombres y ángeles en majestad y veracidad, y así es Él mismo la primera y suprema verdad, que no puede mentir, ni ser engañada, ni engañar. Por lo cual declara Pablo, Romanos III, 4: «Dios es veraz, y todo hombre mentiroso». Además, el testimonio de la Iglesia, de los Apóstoles y de los Profetas es testimonio de Dios; pues la Iglesia es gobernada por el Espíritu Santo, que es el Espíritu de la verdad; y «los santos hombres de Dios hablaron inspirados por el Espíritu Santo», dice San Pedro, 1.ª epístola, capítulo I, 21. Así, Juan Bautista fue enviado por Dios para ser testigo y heraldo de Cristo, Juan I, 7. Así, todos los elementos —las rocas hendidas en la muerte de Cristo, la tierra temblorosa, el sol y la luna oscurecidos junto con las estrellas, los muertos que resucitaban—, sintiendo el poder divino de Cristo, dieron testimonio de Él.
10. EL QUE CREE EN EL HIJO DE DIOS TIENE EN SÍ MISMO EL TESTIMONIO DE DIOS. — Primeramente, porque tiene en sí lo testificado por Dios, a saber, esta verdad: que Cristo es el Hijo de Dios. En segundo lugar, porque tiene en sí el testimonio mismo de Dios, y a Dios mismo que da testimonio. Pues cree que Cristo es el Hijo de Dios porque cree que Dios lo ha revelado, y que Dios lo ha testificado por medio de los Profetas, los Apóstoles, los milagros, etc.: porque el objeto formal de la fe es la revelación de Dios; pues creemos los artículos de la fe porque creemos que han sido revelados y atestiguados por Dios, que es la primera e infalible verdad.
EL QUE NO CREE AL HIJO LE HACE MENTIROSO. — Como si dijera: Así como quien cree al Hijo y recibe el testimonio de Dios acerca de Él hace veraz a Dios, y le honra y adora —pues creyendo a Dios testifica que Dios es la primera e infalible verdad—, así, por el contrario, quien no cree al Hijo y rechaza el testimonio de Dios acerca de Él hace mentiroso a Dios, y le infiere grave ignominia e injuria. Porque en efecto llama mentiroso a Dios, que dice que Cristo es su Hijo: lo cual es blasfemia execrable.
Comentario a la Primera Carta de San Juan, cap. 5, Cornelio a Lápide · Traducción del editor, sobre la versión inglesa de dominio público (T. W. Mossman) · fuente: lapide.org (dominio público)
Evangelio (Joannes. 20, 19-31)
Sequéntia sancti Evangélii secúndum Joánnem In illo témpore: Cum sero esset die illo, una sabbatórum, et fores essent clausæ, ubi erant discípuli congregáti propter metum Judæórum: venit Jesus, et stetit in médio, et dixit eis: Pax vobis. Et cum hoc dixísset, osténdit eis manus et latus. Gavísi sunt ergo discípuli, viso Dómino. Dixit ergo eis íterum: Pax vobis. Sicut misit me Pater, et ego mitto vos. Hæc cum dixísset, insufflávit, et dixit eis: Accípite Spíritum Sanctum: quorum remiséritis peccáta, remittúntur eis; et quorum retinuéritis, reténta sunt. Thomas autem unus ex duódecim, qui dícitur Dídymus, non erat cum eis, quando venit Jesus. Dixérunt ergo ei álii discípuli: Vídimus Dóminum. Ille autem dixit eis: Nisi vídero in mánibus ejus fixúram clavórum, et mittam dígitum meum in locum clavórum, et mittam manum meam in latus ejus, non credam. Et post dies octo, íterum erant discípuli ejus intus, et Thomas cum eis. Venit Jesus, jánuis clausis, et stetit in médio, et dixit: Pax vobis. Deínde dicit Thomæ: Infer dígitum tuum huc et vide manus meas, et affer manum tuam et mitte in latus meum: et noli esse incrédulus, sed fidélis. Respóndit Thomas et dixit ei: Dóminus meus et Deus meus. Dixit ei Jesus: Quia vidísti me, Thoma, credidísti: beáti, qui non vidérunt, et credidérunt. Multa quidem et ália signa fecit Jesus in conspéctu discipulórum suórum, quæ non sunt scripta in libro hoc. Hæc autem scripta sunt, ut credátis, quia Jesus est Christus, Fílius Dei: et ut credéntes vitam habeátis in nómine ejus.
Aquel mismo día primero de la semana, siendo ya muy tarde, y estando cerradas las puertas de la casa, donde se hallaban reunidos los discípulos por miedo de los judíos, vino Jesús , y apareciéndose en medio de ellos, les dijo: La paz sea con vosotros. Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Se llenaron de gozo los discípulos con la vista del Señor. El cual les repitió: La paz sea con vosotros. Como mi Padre me envió, así os envío también a vosotros. Dichas estas palabras, alentó, o dirigió el aliento, hacia ellos; y les dijo: Recibid el Espíritu Santo, quedan perdonados los pecados a aquellos a quienes los perdonareis; y quedan retenidos a los que se los retuvieres. Tomás, uno de los doce, llamado Dídimo, no estaba con ellos cuando vino Jesús . Le dijeron después los otros discípulos: Hemos visto al Señor. Mas él les respondió: Si yo no veo en sus manos la hendidura de los clavos, y no meto mi dedo en el agujero que en ellas hicieron, y mi mano en la llaga de su costado, no lo creeré. Ocho días después, estaban otra vez los discípulos en el mismo lugar, y Tomás con ellos, vino Jesús estando también cerradas las puertas, y se les puso en medio, y dijo: La paz sea con vosotros. Después dice a Tomás: Mete aquí tu dedo, y registra mis manos, y trae tu mano y métela en mi costado, y no seáis incrédulo, sino fiel. Respondió Tomás, y le dijo: ¡Señor mío, y Dios mío! Le dijo Jesús : Tú has creído, ¡oh Tomás!, porque me has visto: bienaventurados aquellos que sin haberme visto han creído. Muchos otros milagros hizo también Jesús en presencia de sus discípulos, que no están escritos en este libro. Pero éstos se han escrito con el fin de que creáis que Jesús es el Cristo , el Hijo de Dios; y para que, creyendo, tengáis vida eterna, en virtud de su nombre. [Torres Amat]
Comentario de los Padres · Catena Aurea (Cadena de Oro) — Santo Tomás de Aquino
San Juan 20, 19-31 — glosas de los Padres griegos y latinos, encadenadas por Santo Tomás.
Crisóstomo, in Ioannem, hom. 85. Oyendo los discípulos lo que María anunciaba, era deducible que o no le dieran crédito, o que, creyéndole, se afligieran, pensando que no habían sido dignos de que el Señor se les dejase ver. Pero pensando esto, no dejó el Señor pasar ni un solo día. Pues como ellos sabían que había resucitado y ansiaban verle, aunque estaban dominados del miedo, a la caída de la tarde El mismo se les presentó. Y por eso dice: "Y al concluir el día del primer sábado, estando cerradas las puertas", etc.
Beda. Se ve la debilidad de los Apóstoles en que estaban reunidos y con las puertas cerradas por temor a los judíos, que habían sido antes el motivo de su dispersión. "Vino Jesús y se presentó en medio de ellos". El se les aparece a la caída de la tarde, porque éste era el momento en que naturalmente debían tener más temor.
Teofilacto. O bien porque era cuando debían estar todos reunidos. Cerradas, empero, las puertas, para demostrar que resucitó del mismo modo cerrado con una losa el sepulcro.
San Agustín, in serm. Pasch. Hay algunos que de tal manera se admiran de este hecho, que hasta corren peligro, aduciendo contra los divinos milagros argumentos contrarios de razón. Arguyen, pues, de este modo: Si el cuerpo que resucitó del sepulcro es el mismo que estuvo suspendido de la cruz, ¿cómo pudo entrar por las puertas cerradas? Si comprendieras el modo, no sería milagro. Donde acaba la razón, empieza la fe.
San Agustín, in Ioannem, tract., 121. Las puertas cerradas no podían impedir el paso a un cuerpo en quien habitaba la Divinidad, y así pudo penetrar las puertas El, que al nacer dejó inmaculada a su Madre.
Crisóstomo, ut supra. Es de admirar que no le tuvieran por un fantasma; pero esto fue porque la mujer, previniéndoles, había infundido en ellos mucha fe. Mas presentándose el Señor mismo ante su vista calma con su voz las dudas de su espíritu, y les dice: "La paz sea con vosotros", esto es, no os alarméis. Con lo que recuerda las palabras que les había dicho antes de morir: "Yo os doy mi paz" ( Jn 14,27). Y otra vez: "En mí tendréis la paz" ( Jn 16,33).
San Gregorio, In Evang. hom. 26. Y como a la vista de aquel cuerpo vacilase la fe de los que le veían, les enseñó al momento las manos y el costado. Sigue: "Y habiendo dicho esto", etc.
San Agustín, ut supra. Los clavos habían taladrado las manos, la lanza había abierto el costado, y las heridas se conservaban para curar el corazón de los que dudaran.
Crisóstomo, in Ioannem, hom. 85. Y como antes de morir les había dicho "Otra vez os veré y se alegrará vuestro corazón", lo cumple. Por esto añade: "Los discípulos se alegraron al ver al Señor".
San Agustín, De civ. Dei, 22, 19. Es de creer que la claridad con que resplandecerán los justos, como el sol en su resurrección, fue velada en el cuerpo de Cristo resucitado a los ojos de los discípulos, porque la debilidad de la mirada humana no la hubiese podido soportar, cuando debían conocerle y oírle.
Crisóstomo, ut supra. Todos estos acontecimientos alentaban una firmísima fe en el corazón de los discípulos. Y porque habían de sostener una guerra implacable de parte de los judíos, otra vez les anuncia la paz. Díceles, pues, de nuevo: "La paz sea con vosotros".
Beda. La repetición es confirmación, y así repite, porque la virtud de la caridad es doble, o porque El es quien hizo de dos cosas una ( Ef 2).
Crisóstomo, ut supra. También demuestra que la santa cruz tiene la virtud de borrar toda tristeza y traernos todos los bienes, esto es, la paz. Esta paz había sido anunciada a las mujeres, porque este sexo estaba sumido en la tristeza desde la maldición pronunciada por Dios: "Con dolor parirás tus hijos" ( Gén 3,16). Y como desaparecen todos los obstáculos y se allana todo para lo sucesivo, añade: "Como me envió el Padre, yo os envío".
San Gregorio, ut supra. Ciertamente el Padre envió al Hijo, a quien constituyó Redentor del género humano por medio de la encarnación. Así, dice: "Así como me envió el Padre, yo os envío". Esto es, al enviaros en medio del escándalo de la persecución, os amo con la misma caridad que me amó el Padre, quien me envió a sufrir la pasión.
San Agustín, in Ioannem, tract., 121. Nosotros reconocemos que el Hijo es igual al Padre, pero en estas palabras reconocemos al Mediador, porque El se manifiesta diciendo: "El a mí y yo a vosotros".
Crisóstomo, ut supra. Así elevó el espíritu de sus discípulos por los hechos y por la dignidad de su misión. Y no pide todavía el poder al Padre, sino que de su propia autoridad se les da. Por eso sigue: "Y habiendo dicho esto, sopló y les dijo: Recibid el Espíritu Santo".
San Agustín, De Trin. 4, 20. El soplo corporal de su boca no fue la sustancia del Espíritu Santo, sino una conveniente demostración de que el Espíritu Santo, no tan sólo procede del Padre, sino que también del Hijo. ¿Quién será tan insensato que diga que el Espíritu Santo, dado por insuflación, es diferente del que después de su resurrección envió a los Apóstoles?
San Gregorio, In Evang. hom. 26. ¿Por qué, pues, lo da primero a sus discípulos sobre la tierra, y después lo envía desde el cielo, sino porque son dos los preceptos de la caridad, a saber, el amor de Dios y el amor al prójimo? En la tierra se da el Espíritu de amor al prójimo, y desde el cielo el Espíritu del amor a Dios. Pues así como es una la caridad y dos los preceptos, así no es más que uno el Espíritu dos veces dado: el primero por el Señor sobre la tierra, y después descendido del cielo. Porque en el amor del prójimo se aprende cómo puede llegarse al amor de Dios.
Crisóstomo, ut supra. Dicen algunos que por esta insuflación no les dio el Espíritu Santo, sino que los hizo aptos para recibirle. Si, pues, al ver Daniel al ángel se desmayó, ¿qué hubiera sucedido a los discípulos al recibir tan inefable gracia, si antes no hubiesen estado prevenidos? No será pecado decir que ellos recibieron entonces el poder de la gracia espiritual, no de resucitar muertos ni hacer milagros, sino el de perdonar los pecados. De aquí sigue: "A quien perdonareis los pecados, les serán perdonados", etc.
San Agustín, in Ioannem, tract., 121. La caridad de la Iglesia, que por el Espíritu Santo se infunde en nuestros corazones, perdona los pecados de los que son participantes de aquella, pero de aquellos que no lo son, los retiene. Por eso, después que dijo "Recibid el Espíritu Santo", habló a continuación del perdón de los pecados y de su retención.
San Gregorio, ut supra. Conviene saber que aquellos que recibieron antes el Espíritu Santo para vivir inocentemente, y aprovechar a otros en la predicación, lo recibieron visiblemente después de la resurrección del Señor, no para convertir a pocos, sino a muchos; digno es, pues, de considerarse cómo aquellos discípulos, llamados a tan pesado cargo de humildad, fueron elevados al apogeo de tanta gloria. ¡He aquí que no sólo reciben la seguridad de sí mismos, sino que también la magistratura del juicio supremo, para que, haciendo las veces de Dios, retengan a unos sus pecados y los perdonen a otros! En la Iglesia son ahora los Obispos los que ocupan su lugar y la potestad de atar y desatar es la parte de gobierno que les corresponde. ¡Grande honor, pero pesada la carga de este honor! Duro es que el que no sabe gobernar su vida se haga juez de la ajena.
Crisóstomo, in Ioannem, hom. 85. Si el sacerdote arreglase bien su vida, pero no cuidase con diligencia de la de los otros, se condena con los réprobos. Sabiendo, pues, la magnitud del peligro, tenles gran respeto, aunque no sean de mucha nobleza, pues no es justo que sean juzgados por los que están bajo su jurisdicción. Y aunque su vida sea muy censurable, no quieras herirle en nada de todo aquello que Dios le ha confiado, pues ni el sacerdote, ni el ángel, ni el arcángel, puede hacer nada en las cosas que son dadas por Dios, sino que son dispensadas por el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, pues el sacerdote presta su voz y su mano, y no es justo que, por la malicia de otro, sean escandalizados acerca de nuestras creencias los que se convierten a la fe.
Crisóstomo, in Ioannem, hom. 85. Hallándose reunidos todos los discípulos, sólo faltaba Tomás, a consecuencia de la primera dispersión, por lo que dice: "Tomás, uno de los doce, que se llama Dídimo, no estaba con ellos cuando vino Jesús".
Alcuino. En griego, se llama Dídimo, en latín, doble 1 a causa de la vacilación de su corazón en creer. También quiere decir abismo, porque penetró la profundidad de los abismos de Dios.
San Gregorio, ut supra. No fue casualidad que aquel discípulo elegido estuviese ausente, sino obra de la divina clemencia, para que mientras el discípulo incrédulo palpaba en el cuerpo de su Maestro las heridas, curara en nosotros las de nuestra infidelidad. Más provechosa nos ha sido para nuestra fe la incredulidad de Tomás, que la fe de todos los discípulos, porque mientras él, tocando, es restablecido en la fe, nuestro espíritu se confirma en ella, deponiendo toda duda.
Beda. Se preguntará por qué refiere el Evangelista que Tomás faltaba en aquel momento, cuando Lucas afirma que dos discípulos que habían ido a Emaús, volvieron a Jerusalén, encontrando reunidos a los doce. Pero es menester entender que medió cierto espacio de tiempo desde la hora que se ausentó Tomás y la que estuvo Jesús en medio de ellos.
Crisóstomo, in Ioannem, hom. 86. Así como es censurable la ligereza en creerlo todo, así también lo es el acusar a Tomás groseramente. Diciendo los Apóstoles: "Hemos visto al Señor", no creyó, no tanto por desacreditarles, cuanto por creerlo imposible. Por eso sigue: "Dijéronle, pues, los otros discípulos: Hemos visto al Señor; pero él les contestó: Si no viere en sus manos el taladro de los clavos, y metiese mi dedo en la herida de ellos, y mi mano en el lado del Señor, no creeré". Este, más grosero que los otros, buscaba la fe por los sentidos (como el tacto), y ni siquiera daba crédito a sus ojos. Así que no le bastó el decir si no lo viese, sino que añadió: "Y metiese el dedo", etc.
Crisóstomo, in Ioannem, hom. 86. Considera la clemencia del Creador, que por salvar su alma se aparece y se acerca, enseñando sus heridas. Sin duda que los discípulos que lo anunciaban, y el mismo Jesús que lo había prometido, eran dignos de fe. Pero, sin embargo, porque Tomás lo exigía, el Señor no le desoyó. No se le aparece al momento, sino pasados ocho días, para que, advertido entre tanto por los discípulos, se inflamara más su deseo y fuera más fiel en adelante. Así dice: "Pasados ocho días, estaban otra vez sus discípulos dentro, y Tomás con ellos. Vino Jesús, cerradas las puertas, y se puso en medio de ellos, y les dijo: Paz a vosotros".
San Agustín, in serm. Pass.. ¿Me preguntas en qué consiste la extensión del cuerpo de Jesús, habiendo entrado cerradas las puertas? Yo te respondo: Si anduvo sobre el mar, ¿dónde está el peso de su cuerpo? El Señor lo hizo como Señor. ¿Acaso porque resucitó dejó de serlo?
Crisóstomo, ut supra. Presentóse, pues, Jesús y no esperó a que Tomás preguntase, sino que para hacerle ver que cuando hablaba a sus condiscípulos le estaba oyendo, usa de sus mismas palabras, y en primer lugar lo reprende y lo corrige. Así sigue: "Después dice a Tomás: Mete aquí tu dedo y toca mis manos y alarga la tuya, e introdúcela en mi costado". Luego le instruye, diciendo: "No quieras ser incrédulo, sino fiel". Ved aquí la duda de la incredulidad antes de que recibieran el Espíritu Santo, pero no después, que permanecieron firmes. Digno es de averiguarse por qué el cuerpo incorruptible conservaba las llagas de los clavos, pero no te admires, pues era por condescendencia, para demostrarles que era el mismo que había sido crucificado.
San Agustín, De Symbolo. Podía, si hubiera querido, haber hecho desaparecer de su cuerpo resucitado y glorificado todas las señales de sus heridas; pero El sabía por qué las conservaba. Pues así como convenció a Tomás, que no creyó sin haber tocado y visto, así las enseñará a sus enemigos, no para decirles como a Tomás: "Porque viste, creíste", sino para que, reprendiéndolos con la verdad les diga: He aquí al hombre a quien crucificasteis; ved las heridas que le inferisteis; reconoced el costado que alanceasteis; que por vosotros, y para vosotros fue abierto, y sin embargo no quisisteis entrar.
San Agustín, De civ. Dei., 22, 20. No sé cómo nos atrae de tal manera el amor a los bienaventurados mártires, que desearíamos ver en el cielo las cicatrices que por el nombre de Cristo recibieron en sus cuerpos, y quizá las veremos, pues no serán en ellos deformidad, sino dignidad. Y aunque recibidas en sus cuerpos, brillarán en ellos, no como hermosura corporal, sino como de heroísmo. Pero ni aunque haya sido amputado algún miembro, aparecerán sin él en la resurrección, pues se les tiene ofrecido que ni un cabello de su cabeza perecerá ( Lc 21,18). Y aun será debido que en aquel nuevo reino aparezca la carne mortal con las señales de las heridas de los miembros que, si bien cortados, no fueron perdidos, sino restituidos, porque cualquier deformidad causada en el cuerpo, no será entonces defecto, sino prueba de virtud.
San Gregorio, In Evang. hom. 26. El Señor ofreció su cuerpo, que introdujo por puertas cerradas, para que le tocara. Con lo cual probó dos milagros contrarios entre sí, si humanamente se considera: demostrar después de su resurrección, que era incorruptible y palpable, pues lo que se toca es necesariamente corruptible, y no es palpable lo que no se corrompe. Incorruptible, pues, y palpable se mostró el Señor para probarnos que El conservaba después de su resurrección la misma naturaleza que nosotros, y una gloria diferente.
San Gregorio, Moralium, 13, 31. Nuestro cuerpo en la gloria de nuestra resurrección será sutil por efecto de la espiritualidad de la persona divina, pero palpable por la realidad de la naturaleza corporal (y no como dijo Eutyches), impalpable y más sutil que el aire y los vientos.
San Agustín, in Ioannem, tract., 121. Tomás, viendo y tocando al hombre, le confesaba Dios, a quien no veía ni tocaba. Pero por lo que veía y tocaba, depuesta toda duda, creía; por eso sigue: "Respondió Tomás y le dijo: Señor mío y Dios mío".
Teofilacto. Aquel que primero se había mostrado infiel, después de tocar el costado del Señor se convierte en el mejor teólogo, pues disertó sobre las dos naturalezas de Cristo en una sola persona porque diciendo "Señor mío", confesó la naturaleza humana y diciendo "Dios mío" confesó la divina y un solo Dios y Señor.
Teofilacto. Sigue: "Porque me viste, creíste".
San Agustín, ut supra. No dice me tocaste, sino me viste, porque el sentido de la vista se generaliza en los otros cuatro sentidos; como cuando decimos: Oye, y verás qué bien suena; huele, y verás qué bien sabe; toca, y verás qué buen temple. Por esto, al decir el Señor "Pon tu dedo aquí, y mira mis manos" ¿qué otra cosa quiere decir sino toca y mira? Y esto que él no tenía ojos en el dedo, pero bien sea mirando, bien tocando, le dice: "Porque me viste, creíste". Aunque pudiera decirse que el discípulo no se hubiera atrevido a tocarle, cuando el Señor se ofreciera a ello.
San Gregorio, In Evang. hom. 26. Pero como diga el Apóstol que la fe es la sustancia de cosas que se esperan ( Heb 11,1), pero que no se ven evidentemente, se deduce que, en las que están a la vista, no cabe fe, sino conocimiento. Si, pues, Tomás vio y tocó, ¿por qué se le dice "Porque me viste, creíste"? Pero una cosa vio y otra creyó; vio al hombre, y confesó a Dios. Mucho alegra lo que sigue: "Bienaventurados los que no vieron y creyeron". En esta sentencia estamos especialmente comprendidos, porque Aquel a quien no hemos visto en carne lo vemos por la fe, si la acompañamos con las obras, pues aquel cree verdaderamente que ejecuta obrando lo que cree.
San Agustín, ut supra. Usó en sus palabras el tiempo de pretérito, como si fuera ya hecho lo que conocía en su predestinación que había de suceder.
Crisóstomo, in Ioannem, hom. 86. Si alguno dijera, ojalá hubiese vivido en aquellos tiempos, y hubiese visto al Señor haciendo milagros, que se acoja a esta palabra: "Bienaventurados los que no vieron y creyeron".
Teofilacto. Esto se refiere a aquellos discípulos que sin tocar las llagas de los clavos ni del costado creyeron.
Crisóstomo, ut supra. Como Juan había referido menos que los otros evangelistas, añadió: "Otros muchos milagros hizo Jesús en presencia de sus discípulos, que no están escritos en este libro", pero no se ha dicho más que lo suficiente para atraer a los oyentes a la fe. Pero me parece que se refiere aquí los milagros que acontecieron después de su resurrección y por esto dice: "En presencia de sus discípulos", con los cuales solamente trató después de su resurrección. En seguida, para que sepas que no sólo se hacían estos milagros en gracia de sus discípulos, añade: "Esto está escrito, para que creáis que Jesús es Cristo Hijo de Dios", cuyas palabras están dirigidas generalmente a todos los hombres. Y para demostrar que la fe, no sólo es útil a aquel que cree, sino también a nosotros mismos, añade: "Y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre", esto es, en Jesucristo, porque El es la vida.
Catena Aurea (Cadena de Oro), Santo Tomás de Aquino · Traducción española del siglo XIX, dominio público · fuente: hjg.com.ar/catena