miércoles, 11 de febrero de 2015
Aparición de Ntra. Sra. de Lourdes
Las lecturas de la Misa de hoy, con el comentario de la tradición.
Epístola (Apoc. 11, 19; 12, 1, 10)
Léctio libri Apocalýpsis beáti Joánnis Apóstoli Apértum est templum Dei in cœlo: et visa est arca testaménti ejus in templo ejus, et facta sunt fúlgura et voces et terræmótus et grando magna. Et signum magnum appáruit in cœlo: Múlier amícta sole, et luna sub pédibus ejus, et in cápite ejus coróna stellárum duódecim. Et audívi vocem magnam in cœlo dicéntem: Nunc facta est salus et virtus, et regnum Dei nostri et potéstas Christi ejus.
Entonces se abrió el templo de Dios en el cielo, y fue vista el Arca de su testamento en su templo, y se formaron rayos, y voces, y truenos, y terremoto, y pedrisco espantoso. En esto apareció un gran prodigio en el cielo, una mujer vestida del sol, y la luna debajo de sus pies, y en su cabeza una corona de doce estrellas. Entonces oí una voz sonora en el cielo que decía: He aquí el tiempo de salvación, de la potencia, y del reino de nuestro Dios, y del poder de su Cristo ; porque ha sido ya precipitado del cielo el acusador de nuestros hermanos, que los acusaba día y noche ante la presencia de nuestro Dios. [Torres Amat]
Comentario patrístico · Comentario al Apocalipsis, caps. 11, 12 — Cornelio a Lápide
Versículo 19 (cap. 11): «Y se abrió el templo de Dios en el cielo, y se vio el arca de su testamento.» Algunos, como Alcázar, entienden aquí figurada la reprobación y el abandono de los judíos, como si el arca —que entre ellos era objeto de suma veneración— fuese trasladada de la tierra al cielo; y así aduce a S. León (serm. 8, De la Pasión): «Todo lo atrajiste a ti, Señor, cuando, en execración del crimen judaico, rasgado el velo del templo, el Santo de los santos se retiró de indignos pontífices, para que la figura se tornase en verdad, la profecía en manifestación y la ley en Evangelio.» Aurelio quiere que se predijese aquí la institución de la fiesta de la Purificación de la B. Virgen, en que Cristo, como arca del testamento, fue presentado en el templo. Pero yo digo que esto pertenece a la séptima trompeta del séptimo Ángel (v. 15): «se abrió el templo en el cielo», esto es, la morada de los Bienaventurados, y se me abrió a mí, Juan, para que viese de lejos, por cierta imagen o más bien sombra, la felicidad y gloria de los Santos; abierto, digo, no en realidad, sino por visión imaginaria o mental y simbólica.
«Y se vio el arca de su testamento en su templo.» Esta arca es el cuerpo o humanidad de Cristo, que anagógicamente significaba el arca del antiguo Testamento: primero, porque, así como el arca era de maderas incorruptibles, así el cuerpo de Cristo fue incorruptible, ni por la mancha del pecado ni por la corrupción de la muerte pudo disolverse; segundo, porque el arca estaba por dentro revestida de láminas de oro, y así Cristo está por dentro lleno de ardentísima caridad; tercero, el arca tenía encima el propiciatorio, y Cristo trae consigo la propiciación y redención del mundo; cuarto, sobre el arca los dos querubines mirándose, como los dos Testamentos miran a un solo Cristo. Así Ricardo, Victorino, Beda y Ruperto. Además, el arca significa el cuerpo glorioso de Cristo, no sólo el natural, sino también el místico, esto es, la Iglesia o congregación de los Santos que reinan con Cristo en el cielo; y consiguientemente el arca del testamento es la B. Virgen, que sobresale entre los Bienaventurados y es la parte más excelente de la Iglesia triunfante y militante. Bellamente S. Ambrosio (serm. 81) compara la B. Virgen con el arca de la alianza: el arca llevaba dentro las tablas del testamento, María llevaba al heredero del mismo testamento; aquélla retenía en sí la ley, ésta el Evangelio; aquélla tenía la voz de Dios, ésta el Verbo. Con razón la Iglesia, en las Letanías Lauretanas, la invoca: «Arca de la alianza, ruega por nosotros.»
«Y se produjeron relámpagos, y voces, y terremotos, y granizo grande.» Todo esto lo vio S. Juan simbólicamente, por visión, y no se hizo realmente. Significa la ira de Dios y su venganza, y las penas de los impíos, tanto las presentes de Gog y Magog —a quienes Dios perderá con fuego celeste (cap. 20, v. 9)— como las futuras en el infierno. Esta ira de Dios contra los réprobos, a la par que su misericordia con los elegidos, se cumplirá en el día de la guerra contra Gog y Magog, y perfectamente en el día del juicio; por eso pertenece a la consumación que aquí introduce la séptima y última trompeta del séptimo Ángel, en la cual todos los sellos, y el libro mismo del Apocalipsis, comienzan a concluirse. Alude al Salmo 148, 8: «Fuego, granizo, nieve, hielo, viento de tempestad, que cumplen su palabra», para aterrar y postrar a los impíos; y a Isaías 28, 2: «He aquí un Señor fuerte y poderoso, como ímpetu de granizo.»
Versículo 1 (cap. 12): «Y apareció una gran señal en el cielo.» «Señal», esto es, portento, visión prodigiosa y espectáculo, y «grande», tanto en sí —pues en esta señal se vio a S. Juan una mujer vestida del sol, coronada de estrellas, que pisa la luna, que da a luz un varón y pelea con el dragón— cuanto por lo significado en ella. «En el cielo», no en el empíreo ni en el sidéreo, sino en el aéreo, pues de allí voló esta mujer al desierto. Por esta mujer entiendo, con Ambrosio, Ticonio, Primasio, Andrés de Cesarea, Haimón, Ricardo, Beda y Metodio (a quien cita Aretas), a la Iglesia, sobre todo la que existirá al fin del mundo, pues de eso trata aquí el discurso continuo. La Iglesia, ayudada de S. Miguel su protector y de sus Ángeles, lucha de continuo, y luchará sobre todo al fin del mundo, con el dragón, esto es, Lucifer y sus demonios. Se llama mujer a la Iglesia porque es esposa de Cristo. Se alude aquí, en primer lugar, a la memoria de la primera batalla de los Ángeles en el cielo, en que Lucifer con los suyos fue vencido y precipitado en el tártaro; y, por otra parte, al misterio de la Encarnación del Verbo y al parto de la B. Virgen, cuyo Hijo Cristo es el varón del v. 5, al cual el diablo aborrece sumamente. Por eso todo esto puede, con Ambrosio, Ansberto, Haimón, Aretas y otros, y con S. Agustín (lib. 4, Del Símbolo a los catecúmenos) y S. Bernardo, aplicarse también a la B. Virgen, pues, como dice Ambrosio, es madre, y aun abuela, de la Iglesia. El primer sentido, de la lucha de la Iglesia con el diablo al fin del mundo, es el más propio y genuino, por ser profético; el segundo, de la pelea de Miguel y Lucifer en el cielo, es alusivo y simbólico; el tercero, de la pelea de la Virgen y el diablo, es histórico y como fundamental.
«La mujer vestida del sol.» El árabe traduce «revestida del sol»: la Iglesia rodeada de Cristo su esposo, pues Cristo es el sol de justicia (Malaquías 4, 2), como los Apóstoles son las estrellas, que toman su luz del sol, esto es, de Cristo. A modo de manto y vestidura, Cristo ciñe, cubre y adorna a la Iglesia; de ahí que el Apóstol exhorte: «Vestíos del Señor Jesucristo.» Y esto se hará sobre todo al fin del mundo, para que el Anticristo no la oscurezca ni la abrume. «Y la luna bajo sus pies.» A la letra se dice que la luna está bajo los pies de la mujer, esto es, de la Iglesia, porque ella menosprecia y pisa todo lo temporal y toda la mutabilidad de las criaturas, como dice S. Gregorio (lib. 34 Moral., cap. 12). La luna siempre crece o mengua, y por eso es símbolo, a la par que causa, de inconstancia; y la Iglesia, en cambio, es constante en la fe, la doctrina, las costumbres, las persecuciones y los martirios, y por eso pisa la luna. Aquí el sol se toma en buen sentido, y la luna en malo, significando las cosas sublunares, variables y fluidas, puestas en perpetuo flujo y reflujo, que son las armas del dragón. «Y en su cabeza una corona de doce estrellas», a saber, de los doce Apóstoles, que resplandecieron a la Iglesia como estrellas, y esto en la cabeza, es decir, en el comienzo de la Iglesia cristiana; así los Padres e Intérpretes comúnmente.
Versículo 2: «Y estando encinta, gritaba con los dolores del parto.» La Iglesia, al fin del mundo, a causa de acerbísimas persecuciones y perseguidores, con grandes dolores y trabajos, como parturienta, dará a luz para Cristo hijos, esto es, fieles; así comúnmente los Padres. Históricamente también padeció la B. Virgen, no con dolor de parto, sino con el deseo de dar a luz y de ver a Cristo Salvador del mundo. Y aún ahora padece (pues en griego es «grita») para engendrar a Cristo en los demás, en toda edad y sobre todo al fin del mundo, cuando, a modo de Raquel, dará a luz sus últimos hijos, como benjamines, para Cristo; padece, digo, en sus instrumentos, es decir, en los Apóstoles y predicadores y en cuantos se mueven por el celo de las almas. Alude S. Juan a Isaías 66, 7: «Antes de estar de parto, dio a luz; antes de venir su hora, dio a luz un hijo varón»; donde no se significa que este parto fuese sin dolor, sino que dolores y parto confluyeron a la vez, con breve pero ingente esfuerzo. Aprendan aquí los que se dan a la conversión de las almas cuánto trabajo cuesta engendrarlas, y a padecerlo todo con fortaleza; así S. Mónica engendró a Dios, con muchas lágrimas y trabajos, a su hijo Agustín, del cual oyó de un obispo: «No puede perecer el hijo de tantas lágrimas.»
Versículo 3: «Y apareció otra señal en el cielo: un gran dragón bermejo.» El dragón, esto es, el diablo, apareció a S. Juan en el cielo: primero, porque de allí cayó; segundo, porque domina en este cielo aéreo y tienta a los hombres, siendo por el Apóstol llamado «príncipe de este aire» (Efes. 2, 2); tercero, porque combate a la Iglesia, cuya conversación está en los cielos. Se llama al demonio serpiente o dragón, tanto porque al principio engañó a Eva bajo forma de serpiente, de donde se dice luego «la serpiente antigua», cuanto porque imita los dolos, saña y horror de la serpiente y el dragón. Y, aunque Alcázar entienda por el dragón toda la república de los demonios, es más verdadero entender por él solamente a Lucifer, príncipe de los demonios: consta, porque se opone a Miguel como caudillo a caudillo, y porque los demás se llaman «sus ángeles» (v. 9). «Bermejo», porque es homicida (Juan 8, 44), pues fue causa de muerte para Adán, Eva y toda su posteridad; y porque por medio de sus ministros, infieles y herejes, afectó a muchos fieles con el martirio, y a más los afligirá por el Anticristo al fin del mundo; el color bermejo, dicen Viegas y Alcázar, significa el fraude y la malicia: ¿qué hay más fraudulento y malicioso que el demonio?
«Que tenía siete cabezas y diez cuernos, y en sus cabezas siete diademas.» Místicamente, con Haimón y otros, por las siete cabezas se entienden los siete vicios capitales, a los cuales, como a cabezas, se reducen los demás, según enseña S. Gregorio; y por los diez cuernos se denota tanto la multitud de los demonios como el ímpetu y potencia de cada uno, para significar cuán acérrima y peligrosísima es la guerra que hicieron, hacen y harán contra la Iglesia. A la letra, los diez cuernos del dragón son diez reyes que dominarán en el orbe cuando venga el Anticristo, de los cuales tres matará el Anticristo, y los siete restantes, aterrados, se le someterán espontáneamente; consta esto de Daniel 7, 24. Versículo 4: «Su cola arrastraba la tercera parte de las estrellas.» Se alude al primer pecado de soberbia de Lucifer, con que, rebelándose contra Dios, arrastró tras sí, persuadiendo y solicitando, la tercera parte de las estrellas, esto es, de los ángeles que se hicieron demonios; entiéndase «tercera parte» no aritméticamente, sino vulgarmente, es decir, una gran parte. Como advierte S. Gregorio: «Caer las estrellas del cielo es que algunos, abandonada la esperanza de lo celestial, aspiren, bajo aquel caudillo, a la ambición de la gloria mundana.» Y así como la cabeza principal del dragón, así también su cola representa al Anticristo, que arrastrará tras sí a su perfidia a los Santos ilustres que, como estrellas, alumbraban a los demás.
«Y el dragón se puso delante de la mujer que iba a dar a luz, para que, cuando pariese, devorase a su hijo.» Así Herodes infanticida, aludido aquí, que quiso igualmente matar al niño Cristo, es llamado con razón dragón; y, como dice Arias Montano, «Herodes» en siríaco equivale a «dragón de fuego». Versículo 5: «Y dio a luz un hijo varón.» Primero, según la alusión histórica, la B. Virgen, y por consiguiente la Iglesia antigua, engendró a Cristo, que es varón por el sexo y por la fortaleza, señor y rector de todas las gentes; por eso el dragón quiso devorarle por medio de Herodes. Segundo, propia y genuinamente, el hijo varón es el pueblo fiel y santo que la Iglesia engendra a Cristo, aludiendo a Isaías 66, 7: la Iglesia dará a luz, sobre todo al fin del mundo, varones, esto es, fieles y santos de ánimo varonil, fuerte e invicto, que sufrirán el martirio bajo el Anticristo. Como dice Ambrosio, uno es el varón que dio a luz la B. Virgen y que engendra la Iglesia, porque Cristo, con todos sus miembros, es un solo cuerpo. «Y su hijo fue arrebatado hacia Dios y hacia su trono.» A la letra significa a los cristianos: los que al fin del mundo sean santos, fuertes y elegidos de Dios, serán arrebatados por la muerte o el martirio al cielo, para gozar de Dios y escapar de las fauces y manos del dragón; alude al rapto del niño Joás, escondido en la casa del Señor para que no lo matase Atalía (IV Reyes 11, 2).
Versículo 6: «Y la mujer huyó a la soledad.» Cuando el varón, esto es, aquellos fuertes héroes, sean arrebatados por el martirio al trono de Dios, entonces la mujer, esto es, el pueblo fiel —los demás cristianos y santos más débiles del tiempo del Anticristo—, huirá a los desiertos y escondrijos, en el tiempo en que Elías y Henoc, y sus generosos seguidores, combatirán abierta e intrépidamente cuerpo a cuerpo con el Anticristo. Hay aquí histerología, es decir, anticipación, pues esta huida acontecerá tras ser precipitado el dragón, como se narra en el v. 14. Alude a la huida de la B. Virgen y de Cristo a Egipto, y a la huida de los cristianos a las soledades y cuevas en tiempo de Decio y otros perseguidores. Místicamente, la soledad es el reposo solitario apartado de las cosas terrenas y la contemplación de las divinas, a la cual, como a asilo, se ha de huir del tumulto y persecución del mundo, como dice Primasio: «¿Quién me dará alas como de paloma, y volaré y reposaré? He aquí que me alejé huyendo, y moré en la soledad» (Salmo 54, 7). «Para que allí la sustenten mil doscientos sesenta días», pues tantos días predicarán Elías y Henoc.
Versículo 7: «Y se trabó una gran batalla en el cielo» (en el aire, esto es, en la Iglesia que aquí combate con las potestades aéreas): «Miguel y sus ángeles peleaban con el dragón.» Digo que se alude históricamente a la batalla de Lucifer con los suyos, librada con Miguel y sus seguidores en el cielo, pues aquí clarísimamente se la toca; entonces Lucifer, precipitado del cielo, de ángel se hizo diablo. Advierte Ruperto que aquella victoria no ha de atribuirse tanto a la virtud angélica cuanto al poder de aquel santísimo parto; por eso David no del ángel, sino del mismo Dios, dice: «Tú quebrantaste las cabezas del dragón» (Salmo 73, 14). Pero por esta batalla se significa simbólicamente la guerra que Lucifer libra cada día contra los fieles en la Iglesia y contra sus ángeles tutelares; y proféticamente, a la letra, la batalla acérrima y última que librará al fin del mundo contra los Santos, confortando y animando Miguel a los cristianos más fuertes para que, con Elías y Henoc, se opongan abiertamente al Anticristo, con quien y por quien peleará Lucifer con halagos, astucias, fraudes, fingidos milagros, hipocresía, amenazas y tormentos. De este lugar deducen los Doctores que S. Miguel fue y es príncipe de todos los ángeles que permanecieron en obsequio de Dios, como Lucifer lo fue de todos los que cayeron; por eso la Iglesia le llama «Príncipe de la milicia celestial, vencedor y hollador del diablo». Versículo 8: «Y no se halló ya lugar para ellos en el cielo.» El sentido es: no fueron hallados en el cielo, esto es, entre los santos y elegidos arrebatados al cielo, para poder tentarlos, matarlos y acusarlos, porque, vencidos por ellos, fueron arrojados a la tierra.
Versículo 9: «Y fue arrojado aquel gran dragón.» Aquí se dan seis epítetos a Lucifer y a sus demonios. Primero, que sea «gran dragón», por la causa dada en el v. 3; segundo, «serpiente antigua», porque en otro tiempo, en el paraíso, hablando y tentando por medio de la serpiente, sedujo, pervirtió y mató a Adán y Eva; tercero, «diablo», esto es, calumniador, pues «diablo» en griego se deriva de «calumniar» y «acusar» —el siríaco, con todo, traduce «el que arroja» o «el que desvía»—; cuarto, en hebreo se llama «Satán», esto es, adversario, porque se opone a Dios, a los Ángeles y a todos los buenos; quinto, «que seduce», esto es, que se afana con todas sus fuerzas por seducir «a todo el orbe», es decir, a los hombres que lo habitan; sexto, que «fue arrojado a la tierra», aludiendo a la pena impuesta a la serpiente (Gén. 3, 14): «Sobre tu pecho andarás», con lo que se significa que el demonio será vencido y postrado por los Santos fuertes y constantes al fin del mundo, y que con toda su astucia nunca podrá levantarse de la tierra, permaneciendo siempre en su abyección y miseria. Como dice S. Cipriano, es «enemigo viejo y antiguo, con quien peleamos: casi seis mil años ha ya que el diablo combate al hombre, y por el uso mismo de su vejez ha aprendido todo género de tentar; mas si alguno, guardando los preceptos del Señor y adhiriéndose fuertemente a Cristo, resiste, es necesario que sea vencido, porque Cristo, a quien confesamos, es invicto.» Versículo 10: «Y oí una gran voz en el cielo que decía: Ahora se ha hecho la salvación, y la fuerza (en griego dynamis, esto es, robustez, potencia), y el reino de nuestro Dios, y la potestad de su Cristo.» Es la aclamación de los Ángeles y de los Bienaventurados que se congratulan y exultan por el demonio postrado y vencido, y por la victoria que los Santos, combatiendo con el Anticristo y el diablo, alcanzarán. Esta victoria la referirán a Dios y a Cristo, como a quien les dio la salvación —es decir, la redención, la gracia y el vigor en la lucha para vencer al dragón— y, tras la lucha y la victoria, el reino y la potestad, esto es, el imperio celeste y sempiterno (véase lo dicho en el cap. 11, v. 15). «Porque fue arrojado el acusador» —en griego katégoros, esto es, el detractor, calumniador y acusador—, que con calumnias y falsas acusaciones acusaba a los Santos ante Dios, como en otro tiempo acusó a S. Job.
Comentario al Apocalipsis, caps. 11, 12, Cornelio a Lápide · Traducción del editor, del latín (Gran Comentario, dominio público) · fuente: lapide.org (dominio público)
Evangelio (Luc. 1, 26-31)
Sequéntia sancti Evangélii secúndum Lucam In illo témpore: Missus est Angelus Gábriel a Deo in civitátem Galilææ, cui nomen Názareth, ad Vírginem desponsátam viro, cui nomen erat Joseph, de domo David, et nomen Vírginis María. Et ingréssus Angelus ad eam dixit: Ave, grátia plena; Dóminus tecum: benedícta tu in muliéribus. Quæ cum audísset, turbáta est in sermóne ejus: et cogitábat, qualis esset ista salutátio. Et ait Angelus ei: Ne tímeas, María, invenísti enim grátiam apud Deum: ecce, concípies in útero et páries fílium, et vocábis nomen ejus Jesum.
Estando ya Isabel en su sexto mes, envió Dios al ángel Gabriel a Nazaret, ciudad de Galilea, a una virgen desposada con cierto varón de la casa de David, llamado José; y el nombre de la virgen era María. Y habiendo entrado el ángel a donde ella estaba, le dijo: Dios te salve, ¡oh llena de gracia!, el Señor es contigo; bendita tú eres entre todas las mujeres. Al oír tales palabras la Virgen se turbó, y se puso a considerar qué significaría tal saludo. Mas el ángel le dijo: ¡Oh María!, no temas, porque has hallado gracia en los ojos de Dios. Sábete que has de concebir en tu seno, y tendrás un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús . [Torres Amat]
Comentario de los Padres · Catena Aurea (Cadena de Oro) — Santo Tomás de Aquino
San Lucas 1, 26-31 — glosas de los Padres griegos y latinos, encadenadas por Santo Tomás.
Beda. Como la encarnación de Cristo debía tener lugar en la sexta edad del mundo y había de aprovechar para el cumplimiento de la ley, el ángel enviado a María anuncia oportunamente, en el sexto mes de la concepción de Juan, al Salvador que había de nacer. Por eso se dice: "En el sexto mes". El sexto mes es el de marzo, en cuyo día 25 nuestro Señor fue concebido y se dice que padeció. Así como nació el día 25 de diciembre por lo que si, según algunos creen, en este día tiene lugar el equinoccio de la primavera, o si en aquél creemos que se verifica el solsticio del invierno, conviene que sea concebido y nazca con el incremento de la luz Aquel que ilumina a todo hombre que viene a este mundo ( Jn 1,9). Mas si alguno objetare que los días crecen o son mayores que la noche antes del tiempo del nacimiento y de la concepción de nuestro Señor, le contestamos que San Juan anunciaba el reino de los cielos antes de su advenimiento.
San Basilio. Los espíritus celestiales no vienen a nosotros por sí mismos, sino cuando conviene para nuestra utilidad, porque atienden al decoro de la divina sabiduría; de donde sigue: "Fue enviado el ángel Gabriel".
San Gregorio Magno, homiliae in Evangelia, 34. A María Virgen no se envía un ángel cualquiera, sino el arcángel San Gabriel. Procedía que viniese un ángel de los primeros a anunciar los misterios. Se le designa por su propio nombre, el cual muestra lo que vale en sus obras, pues el nombre de Gabriel significa fortaleza de Dios 1. Por la fortaleza de Dios había de ser anunciado el que, siendo Dios de las virtudes y poderoso en la guerra para vencer en todas las batallas, venía a destruir las potestades del infierno.
Glosa. Se indica, pues, el lugar a donde se envía cuando se añade: "A la ciudad de Nazaret". Porque nazareno, esto es, Santo de los Santos, era el que se anunciaba que había de venir.
Beda, in homilia de Fest. Annunt. Digno principio de la restauración humana ha sido que se enviare por Dios un Angel a la Virgen, que había de ser consagrada con un parto divino. Porque la primera causa de la perdición humana fue que la serpiente fuese enviada a la mujer por el espíritu de la soberbia. De aquí se sigue, que el Angel fue enviado a una virgen.
San Agustín, de sancta virginitate, 5. Sólo la virginidad pudo decentemente dar a luz a Aquel que en su nacimiento no pudo tener igual. Convenía, pues, que nuestro Redentor naciese, según la carne, de una Virgen por medio de un milagro insigne para dar a entender que sus miembros debían nacer de la Iglesia virgen, según el espíritu.
San Jerónimo. Con razón se envía un ángel a la Virgen, porque la virginidad es afín de los ángeles. Y ciertamente, vivir en carne fuera de la carne, no es una vida terrestre, sino celestial.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, 4. No anuncia el Angel a la Virgen después del parto, para que entonces no se turbe en demasía, sino que le habla antes de la concepción. No en sueños, sino presentándose de una manera visible. Porque como había de recibir una gran revelación, necesitaba de una visión solemne antes del cumplimiento.
San Ambrosio. Dijo bien ambas cosas la Sagrada Escritura: que sería desposada y Virgen. Prosigue, pues, diciendo "desposada". Virgen, para que constase que desconocía la unión marital. Desposada, para que quedase ilesa de la infamia de una virginidad manchada, cuando su fecundidad pareciese signo de corrupción. Quiso más bien el Señor que algunos dudasen de su nacimiento que de la pureza de su Madre. Sabía que el honor de una Virgen es delicado y la reputación del pudor, frágil. Y no estimó conveniente que la fe de su nacimiento se demostrase con las injurias de su Madre. Se sigue también que, así como la Santísima Virgen fue íntegra por su pudor, así su virginidad debió ser inviolable en la opinión. No convenía dejar a las vírgenes que viven en mala reputación esa apariencia de excusa, es decir, que la Madre misma del Señor pareciese difamada. ¿Qué se hubiera podido reprochar a los judíos y a Herodes si hubiese parecido que perseguían el fruto de un adulterio? ¿Cómo hubiera podido decir El mismo: "No vine a destruir la ley, sino a cumplirla" ( Mt 5,17), si hubiese parecido comenzar por una violación de la ley, que condena el parto de la que no está casada? ¿Qué, por otra parte, da más fe a las palabras de la Virgen y remueve todo pretexto de mentira? Madre, sin estar casada, hubiera querido ocultar su falta con una mentira. Pero casada, no tenía motivo para mentir, puesto que la fecundidad es el premio y la gracia de las bodas. Tampoco es pequeña causa que la virginidad de María engañase al príncipe del mundo, el cual, viéndola desposada con un hombre, nada pudo sospechar respecto de su parto.
Orígenes. Si no hubiese tenido esposo, aquel misterio hubiese dado que pensar al diablo, respecto de cómo pudo quedar embarazada la que no había tenido trato con varón. Esta concepción -diría- debe ser divina, debe ser algo superior a la naturaleza humana.
San Ambrosio. Sin embargo, engañó más a los diablos. Porque la malicia de los demonios descubre hasta las cosas ocultas. Mas los que se ocupan en las vanidades del mundo no pueden conocer las cosas divinas. Por eso Dios se sirve del marido -el testigo más seguro del pudor- que hubiese podido quejarse de la injuria y vengar el oprobio, si no conociese el misterio. Se dice de él: "Se llamaba José, de la casa de David".
Beda, homil. de Annunt. Sup. Lo cual no sólo se refiere a San José, sino también a la Virgen María. Estaba mandado por la ley que cada uno tomase mujer de su propia tribu o familia. Prosigue el mismo evangelista: "Y el nombre de la Virgen era María".
Beda. La palabra María en hebreo quiere decir estrella del mar, y en siríaco Señora. Y con razón, porque mereció llevar en sus entrañas al Señor del mundo y a la luz constante de los siglos.
San Ambrosio. Conoce aquí a la Virgen por sus costumbres. Sola en sus habitaciones, a quien ningún hombre veía, sólo un ángel podía encontrarla. Por ello se dice: "Y habiendo entrado el ángel a donde estaba María". Y para que no fuese manchada con un coloquio indigno de ella, es saludada por el ángel.
San Gregorio Niseno, orat. in Christi Nativit. En contraposición de la voz dirigida a la primera mujer, ahora se dirige la palabra a la Virgen. En aquélla se castiga con los dolores del parto la causa del pecado, en ésta se destierra la tristeza por medio del gozo. Así el ángel anuncia con razón la alegría a la Virgen, diciendo: "Dios te salve". Según otros comentaristas, el ángel atestigua que es digna de ser desposada cuando dice: "Llena de gracia". Esta abundancia de gracias se muestra al esposo como una dote o arras, de las cuales se dice: Estas son de la esposa, aquéllas del esposo.
San Jerónimo. Y en verdad que es llena de gracia, porque a los demás se distribuye con medida, pero en María se derramó al mismo tiempo toda la plenitud de la gracia. Verdaderamente es llena de gracia aquella por la cual toda criatura fue inundada con la lluvia abundante del Espíritu Santo. Ya estaba con la Virgen quien le enviaba su ángel y el Señor se anticipó a su enviado. No pudo ser contenido en un lugar, Aquel que está en todas partes; de donde sigue: "El Señor es contigo".
San Agustín, en el serm. de Nativit. Dom. 4. Más que contigo, El está en tu corazón, se forma en tu seno, llena tu espíritu, llena tu vientre.
Griego. Este es el complemento de toda la embajada: el Verbo de Dios como Esposo que se une de una manera superior a la razón, como engendrando El mismo y siendo engendrado, adaptó a sí mismo toda la naturaleza humana. Al final se pone como complemento perfectísimo: "Bendita eres entre las mujeres", a saber, una sola entre todas las mujeres. Para que también sean bendecidas en ti las mujeres como los hombres serán bendecidos en tu Hijo, o más bien en los dos unos y otros. Porque así como por medio de una mujer y un hombre entraron en el mundo el pecado y la tristeza, así ahora por una mujer y por un hombre vuelven la bendición y la alegría, y se derraman sobre todos.
San Ambrosio. Conoced a la Virgen por la vergüenza, porque se turbó, pues sigue: "Y cuando ella esto oyó, se turbó". Temblar es propio de las vírgenes, y el sobresaltarse cuando se acerca un hombre y temer todo trato de los hombres. Aprended, vírgenes, a evitar toda licencia de palabras. María se conturbaba hasta de la salutación del ángel.
Griego. Como ella estaba acostumbrada a aquella clase de apariciones, el Evangelista no atribuye la turbación a lo que ve, sino a lo que oye, diciendo: "Se turbó con las palabras de él". Considerad el pudor y la prudencia de la Virgen y su alma, al mismo tiempo que su voz. Oída la alegre noticia, examinó lo que se le había dicho y no resiste abiertamente por incredulidad, ni se somete al punto por ligereza, evitando a la vez la ligereza de Eva y la resistencia de Zacarías. Por esto continúa: "Y pensaba qué salutación sería ésta", no la concepción. Porque todavía ignoraba la profundidad del misterio. ¿Mas la salutación es por ventura libidinosa, como dirigida por un hombre a una Virgen? ¿Es divina, puesto que se hace mención de Dios, diciendo: "El Señor es contigo"?
San Ambrosio. Admiraba también la nueva fórmula de salutación, que nunca se había oído hasta entonces, pues estaba reservada solamente para María.
Orígenes. Si María hubiese conocido que se había hecho una salutación semejante a algún otro -como que conocía perfectamente el concepto de la ley- nunca se hubiese asustado ante ésta como si fuese extranjera.
Beda. Como había visto que la Virgen se había turbado con aquella salutación no acostumbrada, la llama por su nombre, como si la conociese más familiarmente, y le dice que no debe temer. Por ello se añade: "Y el Angel le dijo: No temas, María".
Griego. Como si dijese: No he venido a engañarte, sino más bien a dar la absolución del engaño. No he venido a robarte tu virginidad inviolable, sino a preparar tu seno para el autor y el defensor de la pureza. No soy ministro de la serpiente, sino enviado del que aplasta la serpiente. Vengo a contratar esponsales, no a maquinar asechanzas. Así, pues, no la dejó atormentarse con alarmantes consideraciones, a fin de no ser juzgado como ministro infiel de su negociación.
Crisóstomo. Quien merece gracia delante de Dios, nada tiene que temer; así, prosigue: "Hallaste gracia delante de Dios". ¿Cómo puede encontrar esta gracia cualquiera que sea, sino por medio de la humildad? Pues Dios da la gracia a los humildes ( Stgo 4; 1Pe 5).
Griego. La Virgen encontró gracia delante de Dios porque, adornando su propia alma con el brillo de la pureza, preparó al Señor una habitación agradable. Y no sólo conservó inviolable la virginidad, sino que también custodió su conciencia inmaculada.
Orígenes. Muchos habían encontrado gracia antes que ella; y por lo mismo añade lo que es propio de este caso, diciendo: "He aquí que concebirás en tu seno".
Griego. La palabra "he aquí" denota la prontitud y la presencia, insinuando con dicha palabra que la concepción se había celebrado al punto.
Severo de Antioquía. Dice: "concebirás en tu seno" para demostrar que el Señor toma carne del mismo seno virginal y de nuestra sustancia. Vino, pues, el Verbo Divino a limpiar la naturaleza humana, el parto y el origen de nuestra generación. Por eso, sin pecado y sin concurso de hombre, es concebido en carne y llevado en el vientre nueve meses como nosotros.
San Gregorio Niseno. Y como acontece especialmente que es concebido el Divino Espíritu y ella da a luz al Espíritu de salvación, según anunciara el profeta, el ángel añade: "Y dará a luz un Hijo".
San Ambrosio. No todos son como María, que cuando conciben al Verbo del Espíritu Santo, lo dan a luz. Hay de aquellos que abortan al Verbo antes de dar a luz ( Lc 22), y hay de aquellos que tienen a Cristo en su seno pero que todavía no lo han formado.
San Gregorio Niseno, Orat. in diem Nat. Domini. Como la expectación del parto infunde temor a las mujeres, el anuncio de un parto dulce apaga esa aprehensión de temor cuando se dice: "Y llamarás su nombre Jesús". La venida del Salvador es el alejamiento de todo temor.
Beda. La palabra Jesús quiere decir Salvador o saludable.
Griego. Dice, pues: "Tú lo llamarás". No el padre, porque carece de padre en cuanto a la generación humana, así como carece de madre respecto de la generación divina.
San Cirilo, de fidei ad Theod. Este nombre fue impuesto de nuevo al Verbo Divino, y convenía a la natividad de su carne, según aquello del Profeta: "Serás llamado con un nombre nuevo, que la boca del Señor te dará" ( Is 62).
Griego. Mas como este nombre le es común con el sucesor de Moisés ( Jos 1), insinuando el ángel que no será semejante a aquél, añade: "Este será grande".
San Ambrosio. Se ha dicho también respecto de San Juan que sería grande. Pero aquél fue grande como hombre y Este es grande como Dios. Porque la virtud de Dios se difunde ampliamente, así como la grandeza de la sustancia no varía con el tiempo.
Orígenes. Considerad, pues, la grandeza del Salvador, cómo se extiende por todo el orbe. Subid a los cielos, y veréis cómo llena los espacios celestes. Bajad con el pensamiento a los abismos y veréis que allí ha descendido también. Y cuando hayáis visto todo esto, comprenderéis también el cumplimiento de estas palabras: "Este será grande".
Griego. Ni la asunción de la carne humilla la grandeza de la divinidad, sino que más bien se sublima la humildad de la carne. Por ello sigue: "Y se llamará Hijo del Altísimo". No eres tú quien le impones el nombre, sino que será llamado. ¿Por quién sino por su Padre consustancial? Nadie conoce al Hijo sino el Padre ( Mt 11,27). Quien tiene conocimiento infalible del Engendrado es el único verdadero intérprete, respecto de la imposición del nombre del Hijo; por quien se dice: "Este es mi hijo muy amado". ( Mt 17,5) Existe desde la eternidad, aunque ahora para nuestra inteligencia se manifiesta su nombre. Y por esto dice "será llamado", no "será hecho" ni "será engendrado", porque ya antes de los siglos era consustancial al Padre. Concebirás, pues, a Este, serás su Madre. Tu vientre virginal contendrá a Aquel que el espacio del cielo no puede contener.
San Juan Crisóstomo. Acaso parecerá a algunos enorme -o indecente- que Dios habite un cuerpo. ¿Mas por ventura el sol, cuyo cuerpo es sensible, mancha su propia pureza a cualquier parte que envíe sus rayos? Pues con mucha más razón el Sol de justicia, tomando un cuerpo purísimo de las entrañas de la Virgen, no sólo no se manchó sino que antes, por el contrario, santificó más a la Madre.
Griego. Y para recordar a la Virgen los profetas, añade: "Y le dará el Señor Dios el trono de David,...". Para que se sepa con claridad que el que había de nacer de Virgen era el mismo Cristo que los profetas prometieron que nacería de la descendencia de David.
San Cirilo, contra Juliano, 8. Sin embargo, el cuerpo purísimo de Jesucristo no procede de José, aunque descendía de la misma línea de parentesco que la Virgen, de la cual el Unigénito del Padre tomó la forma humana.
San Basilio, epistola 2,36. El Señor no se sienta en el trono material de David, puesto que el reino judío había pasado a Herodes. Pero llama trono de David a aquel en que se sienta el Señor para gobernar un reino indisoluble. Por ello sigue: "Y reinará en la casa de Jacob".
Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, 7. Llama aquí casa de Jacob a todos aquéllos del número de los judíos que creyeron en El. Porque como dice San Pablo ( Rom 9,6), no todos los que pertenecen a Israel son israelitas; sino solamente se consideran como pertenecientes a Israel los que son hijos de promisión.
Beda. O llama casa de Jacob a toda la Iglesia. Esta, o bien ha nacido de buena raíz, o bien, siendo un olivo silvestre, fue injerto por medio de la fe en una oliva buena ( Rom 11).
Griego. Sólo Dios puede reinar eternamente. Por esto sucede que aunque se diga que toma el trono de David por la encarnación, en cuanto Dios es reconocido como Rey eterno. Prosigue: "Y su reino no tendrá fin". No sólo en cuanto Dios, sino también en cuanto hombre. Y al presente reina sobre muchos y finalmente reinará sobre todos porque todas las cosas le están sometidas ( 1Cor 15).
Beda. Que deje ya Nestorio de decir que el hombre sólo ha nacido de la Virgen y que éste no ha sido recibido por el Verbo de Dios en unidad de persona. Cuando dice que el mismo que tiene por padre a David será llamado "Hijo del Altísimo", demuestra la unidad de persona de Cristo en dos naturalezas. No emplea el ángel palabras que se refieran al tiempo futuro, como dicen algunos herejes, que creen que Jesucristo no existió antes que María, sino que en una sola persona el Hombre-Dios recibe el nombre de Hijo.
Catena Aurea (Cadena de Oro), Santo Tomás de Aquino · Traducción española del siglo XIX, dominio público · fuente: hjg.com.ar/catena