domingo, 16 de noviembre de 2014
Santa Gertrudis, Virgen
Vida del santo de hoy, redactada al estilo del Año Cristiano sobre fuentes tradicionales.
Fué santa Gertrudis, llamada por antonomasia «la Magna» ó «la Grande» —único renombre que la piadosa tradición ha estampado en mujer alguna—, una de las más esclarecidas vírgenes que ilustraron los claustros de Alemania, celebérrima por sus revelaciones, insigne por su candor y por su amor á la Eucaristía, y tenida con razón por precursora de aquella devoción al Sagrado Corazón que había de encenderse siglos adelante. Nació el año de mil doscientos cincuenta y seis, el día mismo de la Epifanía, en la ciudad de Eisleben, en Turingia; y quiso el Cielo que la que había de ser esposa del Rey de reyes viniese al mundo en la fiesta en que los reyes de la tierra vinieron á adorarle. De sus padres y de su linaje nada consta con certeza, que la disposición de la Providencia dejó en olvido lo que los hombres suelen tener por más ilustre, para que toda la grandeza de Gertrudis fuese la de la gracia y ninguna la de la sangre.
Á los cinco años de su edad fué confiada al monasterio de Santa María de Helfta, casa de la observancia benedictina y cisterciense, y uno de los más floridos jardines de piedad y de letras que entonces tenía la Iglesia en aquellas provincias. Allí, bajo el gobierno de la abadesa Gertrudis de Hackeborn y el amoroso desvelo de santa Matilde, hermana de la abadesa y gran maestra de la vida interior, cuyo nombre corre inseparable del de nuestra santa en la historia de la espiritualidad, se crió la niña desde sus más tiernos años. Aplicáronla á las letras humanas y sagradas, en que hizo tan aventajados progresos que llegó á ser doctísima en la lengua latina, en la Escritura, en la filosofía y en la música, y diestra copista y miniadora de códices; que en aquella santa comunidad se juntaban, como pocas veces se ven juntas, la ciencia y la virtud.
Mas no está el bien del alma en saber mucho, sino en amar á Dios; y aun de las cosas buenas suele el común enemigo hacer red y lazo para prender los corazones. Sucedió, pues, que la joven Gertrudis, arrastrada del afán de las letras profanas, halló en ellas más gusto del que conviene á quien todo se lo debe á Dios. Pero nada pueden los estudios del siglo cuando el Señor quiere apoderarse de un corazón: refiérese que hacia los veinticinco años de su edad, por el mes de enero del año mil doscientos ochenta y uno, se le apareció el Salvador en figura de mancebo, y con blanda reprensión la llamó á Sí, apartándola de aquellas curiosidades vanas. Desde aquella hora se mudó Gertrudis en otra mujer, y dejando el estudio de la sabiduría del mundo se entregó toda á la teología de los santos, á la contemplación y á la oración. Ella misma dejó escrito con maravillosa sencillez el efecto de aquella gracia: «Mi alma se sintió alegre y serena, y empecé á seguir el perfume de tus bálsamos».
No fué el llamamiento de Gertrudis para fundar ni para predicar, sino para amar en el silencio del claustro y para escribir lo que el amor le enseñaba. Hacia el año de mil doscientos ochenta y nueve, obedeciendo á lo que ella tuvo por mandato del Cielo, comenzó á poner por escrito las mercedes que de la mano de Dios recibía; y de aquí nacieron aquellos libros que la han hecho célebre en toda la Iglesia: el «Heraldo del amor divino», llamado también «Legado de la divina piedad», en cinco libros, de los cuales el segundo es de su propia mano y los demás los redactaron con su ayuda otras religiosas, en parte por las enfermedades que la aquejaban; y los «Ejercicios espirituales», siete devotísimos ejercicios de renovación bautismal, de conversión y de esponsales con Cristo. Ordenación fué de la Providencia que estos tesoros quedasen como escondidos por más de dos siglos, hasta que los cartujos de Colonia los dieron á la estampa el año de mil quinientos treinta y seis, y desde entonces se difundieron por toda la cristiandad para provecho de las almas.
Entre las muchas mercedes con que el Señor regaló á esta virgen, ninguna tan célebre como la que se refiere de la fiesta de san Juan Evangelista. Hallándose Gertrudis en oración, permitióle el Salvador reclinar la cabeza sobre la sagrada llaga de su costado, y oír allí los latidos de aquel Corazón divino. Y volviéndose á san Juan, que en la visión estaba presente, preguntóle cómo, habiendo él reposado sobre el pecho del Señor en la última Cena, nada había escrito de aquellos amorosos latidos. Á lo que respondió el Evangelista que la revelación del Sagrado Corazón estaba reservada para tiempos posteriores, cuando el mundo, resfriándose en la caridad, hubiese menester reavivarse en el amor. ¿Quién no admira aquí los secretos de la Providencia, que en el corazón de una virgen humilde depositó, siglos antes que en santa Margarita María de Alacoque, la prenda de aquella devoción que había de ser remedio de los últimos tiempos?
Ardía asímismo el pecho de Gertrudis en celo por las almas del purgatorio, de las cuales es tenida por abogada é intercesora. Créese, según piadosa tradición, que el Señor le prometió librar de aquellas penas gran número de almas por cierta oración que ella acostumbraba rezar, ofreciendo al Eterno Padre la preciosísima Sangre de su divino Hijo en unión con todas las Misas que en el mundo se celebran, por las benditas ánimas, por los pecadores y por la Iglesia universal. Corre esta oración en varias formas por los devocionarios, y aunque en su tenor exacto sea cosa de tradición piadosa, bien manifiesta el espíritu de aquella santa, para quien no había caridad que no naciese de la Sangre del Salvador ni consuelo de los difuntos que no viniese del santo Sacrificio del altar.
Toda su vida fué un continuo coloquio de amor con el Esposo de su alma. Refiérese que la llamaba el Señor «paloma suya» y «amada suya», y que la escogió por esposa con aquella ternura de que hablan las divinas Escrituras; y aun quiso la tradición poner en boca de Cristo, para señalar cuán suya era Gertrudis, aquellas palabras: «En el corazón de Gertrudis me hallaréis». Á tanto llegó la intimidad de esta virgen con el Corazón de su Dios, que con razón glosaron después los predicadores, aplicándole el versículo del libro de la Sabiduría: «Me propuse elegirla por esposa, y quedé prendado de su hermosura». Mas no faltaron á tan altos favores las sequedades y desamparos interiores, en que la santa perseveró con igual amor; que la verdadera unión con Dios no está en los gustos sensibles, sino en la voluntad rendida y firme aun en medio de la aridez.
Colmada, en fin, de merecimientos, y consumido su cuerpo más por el fuego del amor que por los años, entregó su preciosa alma al Esposo en el mismo monasterio de Helfta, hacia el año de mil trescientos uno ó mil trescientos dos, á los cuarenta y cinco ó cuarenta y seis de su edad; y aunque las fuentes discrepan en el día, la Iglesia señaló su fiesta hacia la fecha de su tránsito. No fué canonizada por proceso formal, como suele; pero el papa Inocencio XI, el año de mil seiscientos setenta y siete, mandó inscribir su nombre en el Martirologio Romano, que es como canonizarla de hecho; y Clemente XII extendió después su fiesta á toda la Iglesia de Occidente, quedando asentada en el diez y seis de noviembre. Venérala la cristiandad como patrona de las Indias Occidentales y del Perú, de las religiosas y de los que tratan de la vida mística, y la invocan los fieles por una buena muerte y por el alivio de las ánimas benditas.
Considere aquí el alma devota cuán liberal es Dios con quien todo lo deja por Él. Dejó Gertrudis el vano saber del siglo, y el Señor la hizo maestra de la más alta sabiduría; escondió su nombre y su linaje entre los hombres, y el Cielo la dió el renombre de «la Grande»; reclinóse sobre el Corazón del Salvador en esta vida, y goza ahora de sus latidos eternos en la patria. Aprendamos de esta esclarecida virgen á buscar en el Corazón de Jesús nuestro descanso, á honrar el santo Sacrificio del altar y á no olvidar á las benditas ánimas del purgatorio; que quien así imitare á santa Gertrudis, hallará, como ella, que no hay corazón más seguro para el hombre que aquel Corazón divino donde ella misma quiso el Señor que le hallásemos.
Vida redactada por el editor al estilo del «Año Cristiano», sobre fuentes tradicionales (Butler, Enciclopedia Católica, hagiografía clásica).