viernes, 14 de noviembre de 2014
San Josafat, Obispo y Mártir
Vida del santo de hoy, redactada al estilo del Año Cristiano sobre fuentes tradicionales.
Fué san Josafat, azote de herejes y cismáticos, apóstol esclarecido de la santa unión y mártir ilustrísimo de la unidad católica, natural de Vladimiro de Volinia, en aquellas dilatadas tierras rutenas donde el común enemigo había sembrado con tan larga mano la cizaña del cisma. Nació hácia el año de mil quinientos y ochenta, de padres honrados y acomodados: Gabriel Kuncewicz, mercader que llegó á ser regidor de su ciudad, y Marina, hija de ciudadano ilustre, entrambos rutenos de la comunión disidente, pero de fervorosa y sencilla piedad. Llamóse en el bautismo Juan; y no sin misterio quiso la Providencia que recibiese las aguas regeneradoras en el día de una santa mártir, como para señalar desde la cuna al que había de coronar su vida con el martirio.
Criáronle sus padres en el temor de Dios, y bien presto dió el niño muestras de aquella virtud que después había de hacerle tan grande. Porque, ¿qué otra cosa sino un don singular del Cielo era ver á un tierno infante huir de los juegos livianos, buscar el retiro de las iglesias y hallar sus delicias en los divinos oficios? Refiérese que desde sus primeros años consagró á la Santísima Virgen la flor de su pureza, y que guardó fidelísimamente aquel voto toda la vida; que tal es la costumbre de los santos, poner muy temprano en manos de la Madre de Dios el tesoro que el mundo á cada paso conspira á robar.
Enviáronle sus padres á Vilna á que aprendiese el oficio del comercio, y allí sirvió de aprendiz en una tienda; mas el que estaba destinado á otras mercancías más preciosas, hurtaba las horas de su ocio para estudiar la lengua eclesiástica y los libros sagrados de su rito. Vió en aquella ciudad, con dolor de su alma, el triste espectáculo de un pueblo dividido: unos rutenos abrazaban gozosos la unión con la cátedra de Roma, conservando su antiguo rito bizantino, y otros la rechazaban obstinados en el cisma. No vaciló el mancebo: adhirióse de todo corazón á la sagrada unión, y desde entonces ardió en su pecho aquel celo por la supremacía de San Pedro que había de ser el alma de toda su vida y la causa de su gloriosa muerte.
Nada pueden los esfuerzos de los hombres cuando el Señor quiere apoderarse de un corazón. Dejando el mundo y sus esperanzas, entró Josafat en el monasterio basiliano de la Santísima Trinidad de Vilna, hácia los veinte años de su edad, y tomó el hábito monástico conservando el rito eslavo. Trocó entonces su nombre de Juan por el de Josafat, y con el nombre trocó también cuanto de terreno le quedaba, para no vivir sino de las máximas de la vida interior. Testigo de sus progresos fué el mismo que había de ser su biógrafo, el metropolita José Velamín Rutsky, quien alababa sus magníficas prendas de ingenio, memoria y voluntad, y sobre todo su singular destreza en confundir los errores de herejes y cismáticos, con pericia que igualaba á la de los más doctos teólogos.
Era su vida un continuo ejercicio de penitencia y de oración. Levantábase hácia las dos de la madrugada, y comenzaba el día ensangrentando sus espaldas con ásperas disciplinas; de suerte que el que había de derramar su sangre por la fe, mucho antes la derramaba en secreto por amor de Dios. No fué menos admirable su caridad, que se extendía aun á los mismos que le aborrecían: refiérese que llegó á empeñar su propio manto episcopal para socorrer á una viuda necesitada, y que era el consuelo de pobres, enfermos y encarcelados. Cuéntase asímismo que, acometido en cierta ocasión por la liviandad de una mujer que se le acercó á tentarle, rechazó con santa energía aquel lazo del común enemigo, guardando entera la pureza que de niño tenía prometida al Cielo.
Ordenado ya diácono y sacerdote, y probado en la reforma de varios monasterios, plugo á Dios sacarle de la soledad que amaba para ponerle sobre el candelero. En el año de mil seiscientos y diez y siete fué consagrado obispo de Vitebsk, y al siguiente, muerto el anciano arzobispo Gedeón, elevado á la silla arzobispal de Polotsk; y es de notar que ambas dignidades las aceptó contra su voluntad y sólo por obediencia, que en los santos jamás la humildad y el gobierno andan reñidos. Grande fué su celo en el nuevo cargo: reformó el clero relajado, restauró la catedral y las iglesias, congregó sínodos en las principales ciudades, publicó catecismo y escritos en defensa del primado de Pedro, y con la predicación y con el ejemplo redujo á muchos cismáticos al gremio de la Iglesia.
Mas no había de faltarle la contradicción, que es la herencia de los verdaderos apóstoles. Levantóse contra él una jerarquía cismática, y en particular un rival intruso, Melecio Smotricki, que se decía arzobispo de Polotsk; sublevaban las poblaciones monjes y clérigos enemigos de la unión, y en Vitebsk se urdió contra el santo pastor una negra conspiración. No ignoraba él los peligros; antes, con la libertad de quien no teme sino á Dios, dijo á los mismos cismáticos: «Me buscáis para matarme; en los ríos, en los puentes, en los caminos, en las ciudades, me ponéis asechanzas.» Y como sus amigos le disuadiesen de emprender el postrer viaje, respondió con aquella magnanimidad heroica que sólo da la fe: «Si Dios me juzga digno de merecer el martirio, no temo morir.»
Llegó por fin el día dichoso de su triunfo, que fué el doce de noviembre del año de mil seiscientos y veinte y tres. Un sacerdote cismático, por nombre Elías, le provocó con injurias; y sirviendo de pretexto que uno de los criados del santo le hubiese encerrado, echáronse á vuelo las campanas y se arrojó sobre el palacio episcopal una multitud enfurecida, gritando: «¡Muera el papista, muera el latino!» Salió el santo arzobispo al encuentro de los sediciosos, y no cuidando de sí sino de los suyos, les decía: «¿Por qué golpeáis á mis criados, hijos míos? Si tenéis algo contra mí, aquí estoy; dejadlos á ellos en paz.» ¡Palabras dignas de aquel buen Pastor que da la vida por sus ovejas!
Cargaron entonces sobre él con látigos hasta dejarle sin sentido, derribáronle de un hachazo y remataron su sacrificio á golpes de palo y de puñal. Aún tuvo aliento el moribundo para levantar la mano y bendecir á sus mismos parricidas, pronunciando aquella breve jaculatoria: «¡Oh Dios mío!» Con esto voló su alma á recibir la corona, mientras su cuerpo, arrastrado por las calles, escupido y ultrajado, era finalmente atado á unas piedras y arrojado á las aguas del río Duná. Al sexto día fué hallado el sagrado despojo, y créese, según piadosa tradición, que una luz á manera de rayo sobre las aguas señaló el lugar donde reposaba; recogiéronle con veneración y se le dió honrosa sepultura.
Quiso Dios glorificar á su siervo con muchas maravillas, que la tradición hagiográfica refiere copiosamente: cuéntanse curaciones de ciegos y tullidos obradas por sus reliquias, y hasta la súbita conversión de algunos de sus mismos verdugos, que confesaron después su crimen y su deseo de morir por la fe romana. Pero entre todos sus milagros ninguno más señalado que la conversión de su antiguo rival Melecio Smotricki, el cual, tocado de la gracia, hizo profesión de la fe católica á los pies del Romano Pontífice pocos años después; que así paga el Señor la sangre de sus mártires, trocando en hijos de la Iglesia á los que fueron enemigos de la unión.
Fué beatificado san Josafat por Urbano VIII, y solemnemente canonizado por Pío IX, siendo el primer santo de la Iglesia oriental honrado con proceso formal de la Sagrada Congregación de Ritos; y León XIII señaló para su fiesta en la Iglesia latina el catorce de noviembre. Aprendan los fieles de este glorioso mártir cuánto vale la unidad de la Iglesia y la obediencia á la cátedra de San Pedro, por cuya defensa quiso morir; y el que desde niño se había consagrado á la Santísima Virgen y hallaba sus delicias en el altar, alcáncenos que, firmes en la fe romana y devotos de la Madre de Dios, sepamos, como él, preferir el servicio del rey del cielo á todos los halagos y amenazas del mundo. Amén.
Vida redactada por el editor al estilo del «Año Cristiano», sobre fuentes tradicionales (Butler, Enciclopedia Católica, hagiografía clásica).