viernes, 31 de octubre de 2014
Vigilia de Todos los Santos
Las lecturas de la Misa de hoy, con el comentario de la tradición.
Epístola (Apoc. 5, 6-12)
Léctio libri Apocalýpsis beáti Joánnis Apóstoli In diébus illis: Ecce, ego Joánnes vidi in médio throni et quatuor animálium et in médio seniórum Agnum stantem tamquam occísum, habéntem córnua septem et óculos septem: qui sunt septem spíritus Dei, missi in omnem terram. Et venit: et accépit de déxtera sedéntis in throno librum. Et cum aperuísset librum, quatuor animália et vigínti quatuor senióres ceciderunt coram Agno, habéntes singuli cítharas, et phiálas áureas plenas odoramentórum, quæ sunt oratiónes sanctórum: et cantábant cánticum novum, dicéntes: Dignus es, Dómine, accípere librum et aperíre signácula ejus: quóniam occisus es, et redemísti nos Deo in sánguine tuo ex omni tribu et lingua et pópulo et natióne: et fecísti nos Deo nostro regnum et sacerdótes: et regnábimus super terram. Et vidi, et audívi vocem Angelórum multórum in circúitu throni et animálium et seniórum: et erat númerus eórum mília mílium, dicéntium voce magna: Dignus est Agnus, qui occísus est, accípere virtútem et divinitátem et sapiéntiam et fortitúdinem et honórem et glóriam et benedictiónem in sǽcula sæculórum. Amen.
Y miré, y vi que en medio del solio y de los cuatro animales, y en medio de los ancianos, estaba un Cordero como inmolado, el cual tenía siete cuernos, esto es, un poder inmenso, y siete ojos, que son o significan los siete espíritus de Dios despachados a toda la tierra. El cual vino, y recibió el libro de la mano derecha de aquel que estaba sentado en el solio. Y cuando hubo abierto el libro, los cuatro animales y los veinticuatro ancianos se postraron ante el Cordero, teniendo todos cítaras y copas, o incensarios de oro, llenos de perfumes, que son las oraciones de los santos. Y cantaban un cántico nuevo, diciendo: Digno eres, Señor, de recibir el libro y de abrir sus sellos; porque tú has sido entregado a la muerte, y con tu sangre nos has rescatado para Dios de todas las tribus, y lenguas, y pueblos y naciones, con que nos hiciste para nuestro Dios reyes y sacerdotes; y reinaremos sobre la tierra hasta que después reinemos contigo en el cielo. Vi también y oí la voz de muchos ángeles alrededor del solio, y de los animales, y de los ancianos, y su número era millares de millares, los cuales decían en alta voz: Digno es el Cordero, que ha sido sacrificado, de recibir el poder, y la divinidad, y la sabiduría, y la fortaleza, y el honor, y la gloria y la bendición. [Torres Amat]
Comentario patrístico · Comentario al Apocalipsis, cap. 5 — Cornelio a Lápide
v. 6. Y HE AQUÍ QUE EN MEDIO DEL TRONO Y DE LOS CUATRO ANIMALES. «En medio», esto es, entre el trono y los cuatro animales; pues el Cordero no estaba en el trono mismo, ya que en el versículo 7 se dice que vino y recibió el libro de la mano del que estaba sentado en el trono. Estaba, pues, junto al trono, o muy próximo a él, de modo que quedase en medio, entre el trono y los cuatro animales y los ancianos; porque el Cordero es aquí mediador de Dios, de los ángeles y de los hombres. Éste fue el orden de toda la visión: en el trono se sentaba Dios; delante de Él, el Cordero; a éste seguían los animales, que ceñían tanto al Cordero como al trono por sus cuatro lados; tras los animales, los veinticuatro ancianos sentados en sus tronos, teniendo con una mano la copa de perfumes o incienso y con la otra la cítara; y tras los ancianos, millares de millares de ángeles clamando: «Digno eres, Señor», etc. Todo esto lo representa con hermosa figura Alcázar (p. 420).
v. 6. UN CORDERO. Cristo, que poco antes, por su fortaleza, fue llamado león, aquí, por su inmolación, mansedumbre e inocencia, es llamado cordero. De aquí que Juan Bautista, señalándolo con el dedo, dijese: «He aquí el Cordero de Dios, he aquí el que quita los pecados del mundo» (Jn 1). Se llama «Cordero de Dios» porque por mandato y voluntad de Dios fue inmolado para la redención de los hombres (así Teofilacto, Eutimio y Maldonado); o porque fue ofrecido e inmolado al mismo Dios; o «de Dios», esto es, divino, por la divinidad que había en Él; o, como quiere Clemente Alejandrino (Pedagogo, l. 1, c. 5), porque por nosotros se hizo niño e infante del Padre, pues a los niños los llamamos corderos. Nuestro Juan Evangelista, siguiendo al Bautista, llama a Cristo Cordero, y de tal modo se deleita en este nombre que en el Apocalipsis lo nombra veintisiete veces Cordero. Bellamente san Agustín (serm. 50, De verbis Domini): «El mismo es Pastor y pastos, el mismo cordero y león.»
v. 6. Por esta figura de cordero enseña Cristo, tropológicamente, cuán preciosa y cara le es la mansedumbre, y cuán fuerte e invencible es ella misma: éste es el secreto que por el cordero nos enseña, a saber, que la mansedumbre y la paciencia son escudos de los fieles en la guerra defensiva, y armas invictas en la ofensiva, con las que se vencen todas las adversidades y adversarios; pues «bienaventurados los mansos, porque poseerán la tierra» (Mt 5). EN PIE. El griego ἑστηκός significa propiamente «en pie», no «yaciente», y así lo vierten todos los intérpretes; pues aunque este Cordero fue en otro tiempo degollado, ya vivía. Estaba, pues, en pie, no yaciente: primero, porque Cristo resucitó a vida inmortal (Glosa); segundo, como dispuesto a llevar a término la obra de la redención por Él comenzada (Ricardo); tercero, en pie para juzgar (Pannonio); cuarto, para socorrer (Ansberto, Hugo); quinto, según san Agustín, está en pie ante el trono de Dios como abogado nuestro, intercediendo por nosotros.
v. 6. COMO DEGOLLADO. En pretérito, no en presente: esto es, no que aún estuviese muerto, sino que por breve tiempo, a saber, por tres días, había sido degollado y muerto; pues al punto, al tercer día, resucitó y volvió a vivir (así Aretas, Ambrosio y Haimón). Segundo, «como degollado», porque Cristo, al resucitar, conservó las cicatrices de las cinco llagas con que fue muerto, por lo cual parecía semejante a un degollado (Andrés de Cesarea). De otro modo Aureolo y Lira, y con ellos Alcázar, entienden que se le llama «Cordero como degollado» por razón de la Eucaristía, en la que Cristo no está degollado, sino como degollado, porque representa la muerte de Cristo; y así toda esta visión alude al sacrificio perpetuo del cordero, que aludía al Cordero de Dios inmolado cada día en la Misa; de donde el griego, en lugar de «como degollado», tiene ὡς ἐσφαγμένον, esto es, como sacrificado e inmolado. Este sentido es elegante y piadoso, y a él aludió el Espíritu Santo, pero es más místico que literal; pues a la letra Juan vio aquí a Cristo, no en la Eucaristía, sino en sí mismo bajo la especie de Cordero degollado en la cruz. Con todo, siendo el mismo el Cordero que se inmola cada día en la Eucaristía, uno mismo es el sacrificio de la cruz y de la Eucaristía, ya se mire la víctima, ya la representación, ya el fruto.
v. 6. QUE TIENE SIETE CUERNOS Y SIETE OJOS. Preguntarás qué son estos siete cuernos y siete ojos. Viegas: los siete cuernos significan la plena potestad, fortaleza e imperio de Cristo, que alcanzó en su pasión y mostró al resucitar. Ansberto, Beda y Ruperto entienden los siete dones del Espíritu Santo, llamados «ojos» por la gracia de iluminar, y «cuernos» por la excelencia de la fortaleza. Mas óptimamente Pererio y Ribera entienden por los siete cuernos y siete ojos los siete espíritus, como el mismo Juan se explica luego, es decir, los siete ángeles primados presidentes de la Iglesia y del mundo entero: se dicen cuernos porque son fortísimos para ahuyentar a los demonios y defender a la Iglesia; y ojos porque son perspicacísimos y vigilantísimos para conocer y cumplir la voluntad de Dios; de donde de ellos se dice en Zacarías (4, 10): «Estos siete son los ojos del Señor, que recorren toda la tierra», como también aquí se dicen «enviados a toda la tierra», lo cual no puede entenderse sino de estos ángeles. Que estos cuernos son fortísimos consta porque con ellos sometió todo el orbe; y Tertuliano (Contra los judíos) los explica místicamente de los cuernos de la cruz de Cristo, con cuya virtud aventa ahora a todas las gentes por la fe.
v. 7. Y VINO, Y TOMÓ DE LA DIESTRA DEL QUE ESTABA SENTADO EN EL TRONO EL LIBRO. Con esta visión se significa que Cristo tiene toda ciencia, cuidado y providencia de la Iglesia y de sus elegidos; y que, del libro de los decretos de Dios, como juez, pronuncia e impone penas a los impíos y premios a los piadosos. Explica Alcázar: el Cordero, que yacía como degollado, se levantó de súbito como león cuando al tercer día resucitó de la muerte, y con inmenso estupor de todo el mundo abrió el libro, esto es, manifestó a los hombres los misterios de Dios. Recibió y abrió el libro con los pies, pues al cordero los pies le sirven de manos; y esto porque era simbólico, apareciendo en visión a Juan, no verdadero y real. Místicamente nota Ruperto que se dice «de la diestra», que representa los bienes eternos, no de la siniestra, que representa los bienes caducos: pues Cristo, viniendo a este mundo, nada de riquezas ni de gloria quiso o buscó, sino solamente el libro, o la ley ígnea, que recibió de la diestra.
v. 8. Y CUANDO HUBO ABIERTO EL LIBRO. Dirás: aún no había abierto el Cordero los sellos del libro, pues los abre en el capítulo 6 y siguientes. ¿Cómo, pues, se dice aquí que abrió el libro, no pudiendo abrirse éste sino abiertos primero los sellos? Respondo: «cuando hubo abierto», esto es, cuando hubo comenzado a abrir el libro; pues poco a poco y por orden fue abriendo cada uno de sus sellos. Se significa, pues, un acto comenzado, no consumado: cuando los ancianos y los ángeles vieron que el Cordero podía abrir el libro, y que de hecho abría el primer sello, antes de que lo abriese del todo prorrumpieron en la doxología. Nótese: todo esto no sucedía realmente, sino sólo simbólicamente en la visión; pues el ángel pintaba estos símbolos en la fantasía de san Juan, de modo que le pareciese ver el trono, los cuatro animales, los ancianos y el Cordero recibiendo y abriendo el libro. Simbólicamente, san Gregorio (hom. 16 sobre Ezequiel): «Sólo el León de la tribu de Judá abrió el libro sellado, porque nos manifestó todos sus misterios en su pasión y resurrección… Murió para vivificarnos: demos, pues, gracias al que fue vivificado y muerto.»
v. 8. QUE TENÍAN CADA UNO CÍTARAS… Y COPAS DE ORO LLENAS DE PERFUMES. Según Andrés, las cítaras significan la suave alabanza de Dios; y las copas de perfumes, el sacrificio que los fieles ofrecen a Dios por la castidad e integridad de costumbres. Ruperto: las cítaras son los pechos castos, que con el plectro de la lengua entonan las alabanzas de Dios; las copas son los corazones dilatados por la caridad. Pero, genuinamente y a la letra, por las cítaras se entienden, por sinécdoque, los instrumentos musicales con que los santos, en su cuerpo glorioso, salmodian y alaban a Dios; pues esto da a entender aquí san Juan, como también en el capítulo 14, donde oyó del cielo voz y sinfonía «como de citaristas que tañían sus cítaras». Los cuerpos y oídos de los bienaventurados, como los demás sentidos, tendrán en el cielo su deleite, y sumo. Si aquí, en las iglesias, alabamos a Dios no sólo con las voces, sino con órganos y otros instrumentos, ¿por qué no también en el cielo, donde será aquella alabanza mucho más plena y consonante? En el concierto de tantas voces y cítaras se significa elegantemente la admirable caridad y concordia de los bienaventurados, y la máxima gloria de Dios y del Cordero; pues la música es símbolo de la concordia, como enseñaron no sólo los escritores sagrados, sino también Platón y Cicerón. Al cielo competen las cítaras, donde hay dicha; a la tierra la trompeta, donde hay batallas.
v. 8. Y COPAS DE ORO LLENAS DE PERFUMES, QUE SON LAS ORACIONES DE LOS SANTOS. Simbólicamente se ponen aquí las copas (pues en verdad los santos en el cielo no necesitan copas para ofrecer a Dios las oraciones), aludiendo al incienso que se ofrecía en el templo de Salomón sobre el altar de los perfumes. Las oraciones de los santos se comparan al humo, no de cualquier cosa, sino de los perfumes: primero, porque, a modo de incienso, la oración asciende hacia arriba, según el Salmo 140: «Suba mi oración como el incienso en tu presencia»; segundo, porque, como el incienso es oloroso, así las oraciones de los santos deleitan a Dios; tercero, como el incienso ahuyenta el mal olor, así la oración ahuyenta el pecado y aplaca la ira de Dios; cuarto, como el incienso se quemaba en el fuego, así la oración se enciende en el fuego de las tribulaciones; quinto, como el incienso se hacía de aromas triturados, así la oración debe proceder de un ánimo mortificado y humilde. Nótese aquí, contra Vigilancio, Lutero, Calvino y demás enemigos de los santos, que los santos oran por nosotros y ofrecen a Dios nuestras oraciones; lo mismo hacen los ángeles (cap. 8, v. 3). Y esto compete sobre todo a los Apóstoles y prelados, como eran estos veinticuatro ancianos, a quienes toca ofrecer a Dios las oraciones y necesidades de los fieles a ellos sujetos.
v. 9. Y CANTABAN UN CÁNTICO NUEVO. Preguntarás por qué se llama «nuevo» este cántico. Respondo: primero, porque los cantores eran nuevos, a saber, los Apóstoles y patriarcas, renovados no sólo por la gracia, sino también por la gloria en el cielo. Segundo, porque la materia del cántico era nueva: la nueva encarnación, pasión y redención de Cristo; su nueva y celestial doctrina, nuevos beneficios, nuevos milagros, nuevos sacramentos, nueva ley, nuevas promesas, nueva gracia y nueva gloria. Tercero, «nuevo», esto es, singular, exquisito, gratísimo, que siempre recrea el ánimo con nueva alegría, y por eso ha de repetirse una y mil veces sin hastío. DIGNO ERES, SEÑOR, DE RECIBIR EL LIBRO Y DE ABRIR SUS SELLOS, PORQUE FUISTE DEGOLLADO. Nótese el «porque»: significa la causa meritoria; de donde consta que Cristo, por el mérito de su pasión y muerte, recibió de Dios la potestad de revelar a quien quisiera lo futuro tocante al gobierno y propagación de su Iglesia, y en especial lo que acaecerá en tiempos del Anticristo. Y NOS REDIMISTE PARA DIOS. Es éste el cántico de los cuatro animales, esto es, de los ángeles primados, juntamente con los veinticuatro ancianos: no que los ángeles fuesen redimidos por Cristo, sino que hablan con y por los hombres, cuyos custodios son. En el griego, en lugar de «redimiste», está ἠγόρασας, esto es, «nos compraste»; somos, pues, siervos comprados de Cristo. DE TODA TRIBU, LENGUA Y PUEBLO: nos elegiste y santificaste, no de solos los judíos como antaño, sino de toda gente.
v. 10. Y NOS HICISTE PARA NUESTRO DIOS REINO Y SACERDOTES. Porque la Iglesia es un reino sacerdotal y un sacerdocio real de Dios y de Cristo; por consiguiente, los santos cristianos son reyes y sacerdotes (véase lo dicho en el cap. 1, v. 6). Añaden esto porque a tales convenía que se les revelase este libro sellado que contiene los misterios futuros de la Iglesia: pues conviene que sean sabedores de ellos tanto los sacerdotes como los reyes. Y REINAREMOS SOBRE LA TIERRA: ya en esta de los mortales, en la que los cristianos reinan y dominan sobre la carne, el mundo y el diablo; ya en la de los vivientes en los cielos, cuando a ella sean trasladados, como lo estaban estos ancianos. Son, pues, señores y reyes del cielo y de la tierra. Nota Ruperto que no se dice «en la tierra», sino «sobre la tierra», porque los santos por su condición están en la tierra, pero por su vida y conversación están sobre la tierra, y sobre sus miembros terrenos tienen el principado. De qué modo en los cielos todos los bienaventurados son reyes, lo explica san Anselmo: tan grande será allí la dilección entre Dios y ellos, y entre ellos mismos, que lo que quiera uno lo querrán todos, y lo que quiera uno o todos lo querrá Dios; y así cada uno será rey perfecto.
v. 11-12. Y VI, Y OÍ LA VOZ DE MUCHOS ÁNGELES EN DERREDOR DEL TRONO… Y ERA EL NÚMERO DE ELLOS MILLARES DE MILLARES. A la letra habla, no de monjes y religiosos (a quienes Nacianceno llama ángeles terrestres), sino de los verdaderos ángeles celestiales, que son innumerables. Los códices complutenses leen μυριάδες μυριάδων, καὶ χιλιάδες χιλιάδων, esto es, «miríadas de miríadas y millares de millares», aludiendo a Daniel 7, 10: «Millares de millares le servían.» DICIENDO CON GRAN VOZ. La gran voz indica el ingente afecto y ardor del ánimo para glorificar a Dios y al Cordero, porque había manifestado a los hombres el libro sellado; pues los ángeles se gozan admirablemente del bien y salvación de los hombres. «El clamor en los oídos de Dios es el deseo vehemente», dice san Bernardo; y «ante Dios vale, no el gran clamor, sino el gran amor». DIGNO ES EL CORDERO QUE FUE DEGOLLADO DE RECIBIR EL PODER Y LA DIVINIDAD. «Recibir», a saber, de todos los hombres; o «recibir», no en sí mismo, sino en la mente y en la boca de los hombres, para que todos reconozcan y alaben el poder (gr. δύναμιν, esto es, la fortaleza) y la divinidad del Cordero, y la transfieran de sus ídolos a Cristo, de quien en verdad es. Pues, por lo demás, Cristo no pudo merecer la divinidad, la cual en Él precedió a su existencia y a su mérito. Váyase, pues, Fotino, que enseñó que Cristo fue puro hombre y que por los méritos de su santa vida mereció recibir la divinidad; pues Cristo, desde el principio de su concepción, fue Hijo de Dios. Váyanse mucho más los nestorianos y los socinianos, que piensan que Cristo no fue Dios ni desde el principio de la encarnación ni después, sino que por su santidad mereció ser llamado Dios: mereció el nombre verdadero, la fama y la gloria verdadera, no falsa; luego en verdad tenía en sí la divinidad y era Dios, como dice el Apóstol (Fil 2): «El cual, teniendo la forma de Dios, se anonadó a sí mismo… por lo cual también Dios le exaltó y le dio un nombre que está sobre todo nombre.» Y así como eran siete los sellos del libro, así aquí se dan al Cordero siete elogios: poder, divinidad, sabiduría, fortaleza, honor, gloria y bendición. Nótese que en lugar de «divinidad» el griego tiene πλοῦτον, esto es, «riquezas», y así leen Andrés, Aretas, Ticonio y Primasio; pero otros por doquier leen «divinidad». Y SABIDURÍA, a saber, plena y perfecta, esto es, el conocimiento de todas las cosas (Glosa).
Comentario al Apocalipsis, cap. 5, Cornelio a Lápide · Traducción del editor, del latín (Gran Comentario, dominio público) · fuente: lapide.org (dominio público)
Evangelio (Luc. 6, 17-23)
Sequéntia sancti Evangélii secúndum Lucam In illo témpore: Descéndens Jesus de monte, stetit in loco campéstri, et turba discipulórum ejus, et multitúdo copiósa plebis ab omni Judǽa, et Jerúsalem, et marítima, et Tyri, et Sidónis, qui venérant, ut audírent eum et sanaréntur a languóribus suis. Et, qui vexabántur a spirítibus immúndis, curabántur. Et omnis turba quærébat eum tángere: quia virtus de illo exíbat, et sanábat omnes. Et ipse, elevátis oculis in discípulos suos, dicébat: Beáti, páuperes: quia vestrum est regnum Dei. Beáti, qui nunc esurítis: quia saturabímini. Beáti, qui nunc fletis: quia ridébitis. Beáti éritis, cum vos óderint hómines, et cum separáverint vos et exprobréverint, et ejécerint nomen vestrum tamquam malum, propter Fílium hóminis. Gaudéte in illa die et exsultáte: ecce enim, merces vestra multa est in cœlo.
Y al bajar con ellos, se paró en un llano, con la compañía de sus discípulos, y de un gran gentío de toda la Judea, y en especial de Jerusalén , y del país marítimo de Tiro y de Sidón, que habían venido a oírle y a ser curados de sus dolencias. Asimismo los molestados de los espíritus inmundos eran también curados. Y todo el mundo procuraba tocarle; porque salía de él una virtud que daba la salud a todos. Entonces levantando los ojos hacia sus discípulos, decía: Bienaventurados vosotros los pobres, porque vuestro es el reino de Dios. Bienaventurados los que ahora tenéis hambre, porque seréis saciados. Bienaventurados los que ahora lloráis, porque reiréis. Bienaventurados seréis cuando los hombres os aborrezcan, y os separen, y os afrenten, y abominen de vuestro nombre como maldito, en odio del Hijo del hombre; alegraos aquel día, y saltad de gozo; porque os está reservada en el cielo una gran recompensa; tal era el trato que daban sus padres a los profetas. [Torres Amat]
Comentario de los Padres · Catena Aurea (Cadena de Oro) — Santo Tomás de Aquino
San Lucas 6, 17-23 — glosas de los Padres griegos y latinos, encadenadas por Santo Tomás.
San Cirilo. Una vez realizada la reunión de los apóstoles, y congregados otros varios de entre los judíos, y de la región marítima de Tiro y de Sidón, -que eran idólatras-, los constituyó en doctores de todo el mundo, para libertar a los judíos de la servidumbre de la ley y apartar a los idólatras del error gentil, llevándolos al conocimiento de la verdad; por lo que dice: "Y bajando con ellos, se paró en un llano, y la turba de discípulos y un gran gentío de toda la Judea, y de Jerusalén, y de la marina", etc.
Beda. No dice marina a causa del mar de la Galilea, que estaba próximo, lo cual no sería extraordinario, sino que quiere hablar del gran mar -en el cual ponían también a Tiro y Sidón-, de quienes se dice: "Y de Tiro, y de Sidón", cuyas ciudades, como estaban ocupadas por gentiles, con razón se las llama por su nombre, para que se vea cuánto se había extendido ya la fama y el poder del Salvador, el cual, como había venido a predicar a todas las ciudades, quería enseñar a todas a recibir y a aceptar su doctrina; y así prosigue: "Que habían venido a oírle".
Teofilacto. Esto es, a curar sus almas, y a sanar de todas sus enfermedades, o sea del cuerpo.
San Cirilo. Después que hubo escogido los apóstoles, hizo muchos y grandes milagros, para que los judíos y los gentiles, que habían venido, conociesen que ellos habían sido distinguidos por Jesucristo con la dignidad del apostolado; y que El no era como los demás hombres, sino más bien Dios, como Verbo encarnado; y prosigue: "Y todas las gentes procuraban tocarle; porque salía de El virtud y los sanaba a todos". Cristo no recibía la virtud de otro, sino que, siendo Dios por naturaleza, curaba a todos los enfermos, derramando sobre ellos su propia virtud.
San Ambrosio. Observese todo diligentemente: de qué manera también asciende con los apóstoles y desciende hacia la muchedumbre, de qué modo lo seguía la muchedumbre hacia lo alto; luego, a donde descendía, llegaban los enfermos: pues, en las alturas no pueden estar los enfermos.
Beda. Rara vez se observará que las turbas hayan seguido a Jesús a las alturas, ni que haya curado algún enfermo en la cumbre de un monte; sino que una vez curada la fiebre de las pasiones, y encendida la luz de la ciencia, ha hecho subir a cada uno hasta la cumbre de la perfección evangélica. Las gentes, que pudieron tocar al Salvador, se curaron por la virtud de Este, como ya hemos visto que el leproso se curó, cuando le tocó el Señor. El tacto del Salvador equivale a la curación, porque el tocarle es tanto como el creer en El, y aquel por quien es tocado se cura en virtud de la gracia del Señor.
San Cirilo. Después de la reunión de los apóstoles a la nueva vida evangélica, el Salvador renovó a sus discípulos.
San Ambrosio. Empieza a ser sublime al anunciar los oráculos de la Divinidad. Aun cuando estaba en lo llano, sin embargo, elevó sus ojos; por lo que se dice: "Y El, alzando sus ojos hacia sus discípulos". ¿Qué quiere decir levantar los ojos, sino encender la luz interiormente?
Beda. Y aun cuando hablaba generalmente con todos, especialmente fijaba sus ojos en sus discípulos. Y prosigue: "Sobre sus discípulos". Para que aquellos que oyen la palabra con atención del corazón, reciban más gracia interior y más luz.
San Ambrosio. San Lucas puso tan sólo cuatro bienaventuranzas, San Mateo ocho; pero en aquellas ocho se comprenden estas cuatro, y en aquellas cuatro estas ocho. Este puso cuatro bienaventuranzas, representando las cuatro virtudes cardinales, y aquél explicó en estas ocho un orden místico -o número-, porque la octava, que es la perfección de nuestra esperanza, es también la más grande de las virtudes. Que la pobreza es la primera de las bienaventuranzas, lo dicen igualmente los dos evangelistas; en cuanto al orden es la primera de todas, y como la madre de las demás virtudes; porque el que despreciare las cosas del mundo merecerá las eternas; ni puede nadie alcanzar la gloria, si poseído del amor del mundo no llega a desprenderse de él. De donde prosigue: "Decía: bienaventurados los pobres".
Crisóstomo. En el Evangelio de San Mateo, dijo que eran bienaventurados los pobres de espíritu, para que comprendamos que el ser pobres de espíritu es tanto como tener una inteligencia modesta y humilde en cierto sentido. Por lo que dice el Salvador: "Aprended de Mí, que soy manso y humilde de corazón" ( Mt 11,29). Aquí dice: Bienaventurados los pobres -sin añadir de espíritu- para designar a los que desprecian las riquezas. Convenía, pues, que cuando predicasen el Evangelio, no pensasen en la codicia, sino que tuviesen su espíritu predispuesto para cosas más elevadas.
San Basilio. No puede llamarse bienaventurado a todo el que es afligido por la pobreza, sino solamente al que prefiere el precepto de Jesucristo a las riquezas mundanas. Hay muchos pobres de bienes, pero que son muy avaros por el afecto; a éstos no los salva la pobreza, pero los condena su deseo. Ninguna cosa que no sea voluntaria aprovecha para la salvación, por la sencilla razón de que toda virtud está basada en el libre albedrío. Es bienaventurado el pobre que imita a Jesucristo, quien quiso sufrir la pobreza por nuestro bien; porque el mismo Señor todo lo hacía para manifestarse como nuestro modelo y podernos conducir a la eterna salvación.
San Eusebio. Pero como el reino de los cielos se alcanza por grados, el primero porque pasan los que suben a él es el de la pobreza; por esto Jesucristo eligió sus primeros discípulos de entre los pobres, y les dice: "Porque de vosotros es el reino de los cielos"; dando a entender que esto se refería a los que tenía presentes, hacia los cuales elevara sus ojos.
Crisóstomo. Después que mandó practicar la pobreza, glorifica las cosas que acompañan a la indigencia. Sucede, pues, que los que viven en la pobreza carecen hasta de lo más necesario, y apenas pueden adquirir su alimento. Pero el Señor no quiere que sus discípulos teman sobre esto; por eso les dice: "Bienaventurados los que ahora tenéis hambre".
Beda. Esto es, bienaventurados los que castigáis vuestro cuerpo y lo reducís a la esclavitud, que en el hambre y la sed os entregáis al ministerio de la palabra, porque habréis de gozar de la abundancia de los goces celestiales.
San Gregorio Niceno, De beatitudinibus, Orat. 4. En un sentido más elevado, del mismo modo que para el alimento del cuerpo, se prefieren diversos manjares, así también, para el alimento del alma, los unos desean un bien imaginario, y otros lo que es naturalmente bueno. Por lo que, según San Mateo, son beatificados los que consideran la justicia como una comida y una bebida; no diré la justicia que es una virtud particular, sino la justicia que es una virtud general; el que tiene hambre de la cual será bienaventurado.
Beda. Nos da a conocer terminantemente el Señor, que no debemos considerar como bueno a cualquiera, sino que hemos de ver que constantemente procure adelantar en el camino de la perfección, a cuya perfección no puede llegarse en esta vida, sino en la otra, como lo dice el Salmista: "Yo me saciaré cuando vea tu gloria" ( Sal 16,15). De aquí prosigue: "Porque seréis hartos".
San Gregorio Niceno. Promete la abundancia a los que desean la justicia; ninguna de las cosas que se encuentran en esta vida puede saciar suficientemente a los que buscan la justicia; solamente el deseo de la virtud es seguido de una recompensa que inspira en el alma una alegría indeficiente.
San Cirilo. Sigue a la pobreza, no sólo la falta de las cosas deleitables, sino también la depresión del semblante por la tristeza. Por lo que sigue: "Bienaventurados los que lloráis". Considera como bienaventurados, no precisamente a los que derraman lágrimas -porque esto es propio de todos, tanto fieles como infieles, cuando experimentan alguna contrariedad- sino solamente a aquellos que hacen una vida mortificada, se preservan de los vicios y de las afecciones carnales, menospreciando las complacencias de la vida y llorando porque aborrecen las cosas de la tierra.
Crisóstomo, hom 18, ad prop. Antioch. Cuando la tristeza se experimenta por causa de Dios, ella nos alcanza la gracia de hacer penitencia para poder obtener la salvación. Esta tristeza es el fundamento de la alegría. Por lo que sigue: "Porque reiréis". Cuando nada podemos hacer en bien de aquellos por quienes lloramos, el beneficio recae sobre nosotros. El que llora de este modo los males ajenos, no dejará de llorar sus propios pecados; más aún, no caerá tan fácilmente en el pecado. No nos fijemos en las cosas de esta vida breve, sino suspiremos por las de la eterna; no busquemos las delicias de donde nace muchas veces el llanto y el dolor, sino entristezcámonos con la tristeza que nos alcanza el perdón. Suele suceder que encuentra al Señor el que llora; pero el que ríe no lo encuentra nunca.
San Basilio. Por eso promete la risa a los que lloran, no precisamente el sonido emitido con estrépito, sino la alegría pura y libre de cualquier tristeza.
Beda. Es bienaventurado el que por las riquezas de la herencia celestial, por el pan de la vida eterna, por la esperanza de las alegrías celestiales, desea sufrir el llanto, el hambre y la pobreza, y aun mucho más bienaventurado aquel que no teme guardar estas virtudes en medio de la adversidad. Por ello sigue: "Seréis bienaventurados, cuando os aborreciesen los hombres". Aun cuando aborrezcan los hombres con un corazón malvado, no pueden hacer daño al que es amado por Cristo. Prosigue: "Y cuando os apartaren de sí, apartarán tamibién al Hijo del hombre". Porque El resucita para sí a los que mueren con El, y les hace descansar en la eterna bienaventuranza. Prosigue: "Y cuando desecharen vuestro nombre como malo". En esto se refiere al nombre de cristiano, que fue tan ultrajado por los judíos y por los gentiles, cuantas veces se acordaron de El, y también fue despreciado por los hombres, sin que para ello hubiese otro motivo que el odio que tenían al Hijo de Dios, a saber, porque los fieles quisieron tomar su nombre de Cristo. Luego enseña que habrán de ser perseguidos por los hombres, pero que serán bienaventurados, como más que hombres. De aquí prosigue: "Gozaos en aquel día y regocijaos: porque vuestro galardón grande es en el cielo", etc.
Crisóstomo. Se considera una cosa grande o pequeña según la importancia de la persona que la concede. Examinemos ahora quién es el que promete una gran recompensa. Un profeta o un apóstol, que no son más que hombres, hubiesen dado como mucho lo que es poco; pero aquí es el Señor, que posee los tesoros eternos y las riquezas superiores a toda comprensión, quien ha prometido una grande recompensa.
San Basilio, in Cat. graec. Patr. Unas veces se dice grande en un sentido absoluto, como el cielo es grande, la tierra es grande; otras veces es por comparación, como un gran caballo, un gran buey, comparándolos con otros de su especie; así creo que será grande la recompensa reservada a aquellos que sufren oprobios por Cristo, no por comparación a las cosas que están entre nosotros y conocemos, sino grande en sí mismo y como dada por Dios.
San Juan Damasceno, in lib. De lógica, cap. 49. Todas aquellas cosas, que pueden medirse y contarse, se conceden de una manera limitada; pero lo que por cierta excelencia excede toda medida y número, se dice intencionadamente grande y mucho, como cuando decimos que es mucha la misericordia de Dios.
San Eusebio. Después, queriendo fortalecer a sus discípulos para pelear contra sus enemigos cuando predicasen el Evangelio por todo el mundo, les añade: "Porque de esta manera trataban a los profetas los padres de ellos".
San Ambrosio. Los judíos habían perseguido a los profetas hasta el punto de quitarles la vida.
Beda. Los que dicen la verdad son ordinariamente perseguidos; no obstante, los antiguos profetas no dejaban de predicar la verdad por temor a la persecución.
San Ambrosio. En esto que dice: "Bienaventurados los pobres", tiene la templanza, que se abstiene del mal, holla con los pies el siglo y no busca los placeres. "Bienaventurados los que tenéis hambre". He ahí la justicia; pues el que tiene hambre se compadece del que la tiene; compadeciéndose de él, le favorece; favoreciéndole, se hace justo, y su justicia permanece eternamente. "Bienaventurados los que ahora lloráis"; aquí tenemos la prudencia, que llora lo de todos los días y busca las cosas que son eternas. "Bienaventurados seréis cuando os aborrezcan los hombres". Aquí tenemos la fortaleza; pero no aquella que merece el odio por sus crímenes sino la que sufre persecución por la fe. Así es como se llega a la corona del sufrimiento, si se desprecia la gracia de los hombres, y se sigue la divina. Luego, la templanza produce la limpieza del corazón; la justicia la misericordia; la prudencia la paz; y la fortaleza la mansedumbre. Las virtudes están reunidas de tal modo, que cuando se tiene una parece que se tienen todas. Cada santo tiene una virtud propia; pero la más abundante es la más recompensada. Cuánta caridad tenía Abraham. ¡Cuánta humildad! Pero como sobresalía entre todas su fe, ésta fue la que obtuvo la primacía. Por tanto, cada uno tendrá muchos premios, cuando practique muchas virtudes; pero como siempre se distingue en alguna, por ella obtendrá un premio mayor.
Catena Aurea (Cadena de Oro), Santo Tomás de Aquino · Traducción española del siglo XIX, dominio público · fuente: hjg.com.ar/catena