sábado, 25 de julio de 2026 Santiago el Mayor, Apóstol

sábado, 25 de octubre de 2014

Santos Crisanto y Daría, Mártires

Vida del santo de hoy, según el Año Cristiano del P. Juan Croiset.

Entre los muchos ilustres mártires que hacia la mitad del tercer siglo, imperando Numeriano, derramaron su sangre por la fe de Jesucristo, fué uno de los mas célebres el invicto san Crisanto. Era natural de Alejandría; y habiendo venido á Roma su padre Polemio, caballero distinguido y muy estimado del emperador, trajo consigo á su hijo; cuyo noble natural, cuya cultura y cuyo suavísimo genio le dieron luego á conocer, amar y respetar. Viéronse precisados á fijar su residencia en aquella capital del imperio romano por los honores que en ella recibieron, habiéndosele hecho á Polemio senador de Roma, y siendo Crisanto á pocos dias la admiración y las delicias de toda la ciudad.

Era muy inclinado á la lectura, siendo este su noble vicio; y como dotado de un perspicacísimo ingenio, hacia oportuna elección de lo mejor que habían escrito los antiguos, sin esconderse cosa alguna á su crítica ni á su penetración. Hambriento siempre y codicioso de las mejores obras, se quejaba muchas veces de no encontrar en las de los antiguos filósofos, venerados por oráculos, cosa alguna que plenamente le satisfaciese, experimentando en todas no sé qué vacío, que traía siempre inquieto su corazón, y siempre mas y mas ansioso de lectura.

Insaciable en los deseos de leer todo género de libros, se le vinieron dichosamente á las manos los libros sagrados de los cristianos; y sobre todo, los del sagrado Evangelio. Leyólos con aplicación, le hicieron impresión; y gustando en cada página cierto fondo de verdad y de solidez que convencía su entendimiento, al mismo tiempo que le cautivaba y le suspendía aquella majestuosa simplicidad de estilo, carácter propio de los sagrados libros, concibió un soberano desprecio de todas las obras profanas, disgustándole ya todo lo que no era sagrada Escritura.

Ansioso de ser instruido á fondo en aquellas divinas verdades, que solo descubría como á medias en la lectura de los libros sagrados, deseó con ansia encontrarse con algún maestro hábil que le declarase su verdadera inteligencia. Depárasele muy en breve la divina Providencia, y fué un santo presbítero llamado Carpóforo, hombre lleno del espíritu de Dios, y perfectamente instruido en la ciencia de la religión, y de maravilloso talento para explicar las verdades del Evangelio. Tuvo Crisanto muchas conferencias con él; y obrando la gracia en aquel corazón dócil, y en aquel entendimiento claro y recto, que únicamente iba buscando la verdad, acabó de convencerle y de convertirle.

Disipadas muy en breve las tinieblas del paganismo á los rayos de la fe, descubrió claramente la locura y la impiedad de las supersticiones gentílicas; y abriéndose camino la verdad de la religión cristiana por entre los errores del nacimiento y de la educación, declaró Crisanto absolutamente que quería ser cristiano: pidió con instancia el bautismo; y después de suficientemente instruido, le recibió.

No pudo ocultarse largo tiempo tan ilustre conversión. Era Crisanto como la sal y el alma de todas las conversaciones: notóse que ya no se dejaba ver en las concurrencias profanas ni en los juegos públicos: hízose reparar su circunspección, su reserva, su compostura y su retiro: veíase su frecuente trato con los cristianos, y se llegó á sospechar que ya no era gentil. Quiso su padre aclarar este punto, y oyó de la misma boca de su hijo que ya en fin habia encontrado la verdad, después de tanto tiempo como andaba en busca de ella, y estaba convencido de que no habia otra verdadera religión que la cristiana, ni por consiguiente otro verdadero Dios que el que adoraban los cristianos.

No cabe en la explicación cuán sorprendido se quedó el padre de Crisanto; pero presto se cambió la suspensión en cólera, y la cólera en arrebatado furor. Mandó encerrar á su hijo en un horroroso calabozo, resuelto á dejarle morir en él de hambre, de hediondez y de miseria. Pasados algunos dias, habiéndole hallado no solo incontrastable en la fe, sino encendidamente ansioso de dar su vida por amor de Jesucristo, mudó Polemio de idea, y discurrió valerse de otro artificio.

Parecióle que, siendo Crisanto joven, de bella disposición, y educado en una religión como el paganismo, que autorizaba las licencias de la carne, el medio mas seguro para vencerle seria entregarle á los desahogos de la sensualidad. Con esta infernal idea, mandó que le sacasen del calabozo, y le trasladasen á una magnífica sala, adornada con preciosísimos muebles, y en ella le dejó encerrado con muchas damas cortesanas, de las mas jóvenes, de las mas bellas y de las mas desahogadas, todas bizarramente vestidas, y todas prevenidas á porfía de cuantos adornos provocativos podian ser incentivos á la tentación.

Era el combate violento, y sin la asistencia de un poderosísimo auxilio necesariamente se habia de desesperar de la victoria. Al instante acudió Crisanto por él, pidiéndosele con instancia al Señor, y fué prontamente oido. En el mismo punto que entraron en la sala todas aquellas doncellas, se apoderó de ellas un sueño, ó una modorra tan profunda, que fué preciso sacarlas á todas de la pieza sin sentido y como muertas. Atribuyóse este maravilloso suceso á hechicería de los cristianos, según la cantinela ordinaria y recurso general de los gentiles en semejantes lances.

Pero á Polemio le pareció haber dado ya con un medio eficaz para burlar la virtud de estos imaginarios encantamientos ó mágicos artificios. Tuvo modo de ganar á una de las vírgenes vestales, ó, según algunos autores, á una doncella consagrada á la diosa Minerva, que se llamaba Daría; y sobre estar dotada de una extraordinaria hermosura, hacían grandes excesos á las gracias de su cuerpo las de su despejo, entendimiento y discreción. Persuadióla á que admitiese á su hijo por esposo, muy esperanzado de que con sus graciosísimos modales y con sus ingeniosos artificios le reduciría á renunciar la religión de los cristianos. Dió Daría su consentimiento á la proposición, y fué presentada á Crisanto como su futura esposa.

Descubrió el santo mancebo en aquella hermosa doncella un entendimiento y una penetración no muy comunes en las personas de su sexo; y sintiéndose interiormente movido del Señor á emprender su conversión, le habló con tanta energía, con tanta elocuencia y con tanta moción sobre la virtud de la religión cristiana, y sobre la quimérica divinidad de los falsos dioses, que Daría pidió el bautismo. Administrósele en secreto después de haberla instruido, y desde luego se mostró una de las mas generosas y mas fervientes cristianas.

Unidos de esta manera los dos en religión, en máximas y en costumbres, convinieron recíprocamente en estrecharse también con el vínculo del matrimonio; pero con la condición de que habían de guardar virginidad hasta la muerte. Ignoraba Polemio este misterio, y se quedó tranquilo luego que se efectuó el matrimonio; no dudando que Daría, á quien siempre consideraba gentil, reduciría á Crisanto á que no fuese cristiano.

Aprovecháronse ventajosamente en beneficio de la religión de la libertad que los dos castos esposos gozaban en la ciudad. Procuraban informarse de las necesidades espirituales y corporales de los cristianos, y todas sus visitas eran excursiones de misericordia y de caridad. Buscábanlos hasta en los sepulcros y en las grutas, donde se ocultaba la mayor parte de ellos durante la persecución; asistiéndolos, consolándolos y esforzándolos á padecer todo lo que se ofreciese por amor de aquel gran Dios, que premia con eterna gloria hasta los deseos de padecer por su amor.

Ni se limitaba su zelo y su caridad á solas las necesidades de los fieles: experimentábanla también en las suyas hasta los mismos gentiles. Convencidos muchos con la fuerza de sus discursos, y movidos mas con la eficacia de sus ejemplos, detestaron sus errores, abrieron los ojos á la luz de la fe, y recibieron el bautismo.

Como Crisanto y Daría eran tan cristianos, no era posible que lo disimulasen; y por otra parte, era demasiado el ruido de sus conversiones para que se pudiese encubrir. Fueron delatados: arrestáronlos; y queriendo convencerse de la verdad, el tribuno Claudio ordenó que Crisanto fuese conducido al templo de Júpiter para ofrecer en él sacrificio; y en caso de resistirse, que fuese despedazado á azotes como un esclavo vil, pues por el mismo hecho se hacia indigno de la gracia del emperador.

Ejecutóse la sentencia. Burlóse Crisanto del ídolo, haciendo de él un soberano desprecio. Desnudáronle á la misma puerta del templo: azotáronle tan inhumanamente, que se le descubrían las entrañas; y sin un milagro, hubiera espirado en la crueldad de aquel tormento. Condujéronle después á un lóbrego calabozo, que servia de letrina á los presos de la cárcel, tan asqueroso por su inmundicia, como intolerable por su fétida hediondez; pero apenas el santo mártir entró en él cuando su lobreguez se convirtió en un resplandor celestial mas brillante que el mismo sol, y su hedor en una exquisita y suavísima fragrancia.

Dióse orden á los verdugos para que le azotasen segunda vez con unas varillas de hierro; pero apenas las tomaron en las manos cuando se ablandaron de manera que no les fué posible servirse de ellas. A vista de este segundo prodigio quedó tan asombrado el tribuno, que confesó no haber otro verdadero Dios que el Dios de los cristianos, y en el mismo punto se convirtió.

Noticioso de todo el emperador se irritó tanto, que mandó fuesen al instante degollados todos los que se habían convertido con aquellas maravillas, y que al tribuno Claudio se le arrojase en el Tíber: lo que al momento se ejecutó. Fué restituido á la cárcel san Crisanto, mientras á Daría se la arrastraba á un lugar infame para ser afrentada en él; mas la misma mano que defendía al santo confesor, defendió también milagrosamente á la santa virgen. Salió un león de su jaula, forzando las rejas y la puerta, y se fué derecho á postrarse á los piés de la santa para defenderla contra todo insulto de parte de los licenciosos.

Ninguno tuvo aliento para arrimarse á ella después que vieron la furia con que la fiera se arrojó sobre un insolente que tuvo tal atrevimiento; y hubiera perecido entre sus garras á no haberle libertado las oraciones de la misma santa, cuyo duplicado milagro le convirtió. Espantado, pero no vencido, el tirano mandó que pusiesen fuego al cuarto donde estaba Daría, para que ella y el león que la guardaba se redujesen á cenizas; pero el león marchó sereno y sin lesión por medio de las llamas, volviéndose derecho á su jaula sin hacer daño á persona alguna. El cuarto de la santa quedó abrasado; pero á Daría no la tocó el fuego al pelo de la ropa.

El mismo prodigio se obró en favor de san Crisanto; porque, habiendo ordenado el juez que le abrasasen los costados con hachas encendidas, aplicadas estas, no hicieron el mas mínimo efecto. Avergonzado en fin el tirano de verse vencido por aquellos dos jóvenes héroes de la religión cristiana, mandó que los sacasen á un campo fuera de la ciudad, que se llamaba el Escelerado, porque en él eran enterradas vivas las vírgenes vestales convencidas de incontinencia, y en el mismo consumaron su glorioso martirio los dos santos mártires, siendo enterrados vivos en un arenal el día 25 de octubre, hacia el año del Señor de 284.

Luego que el Señor dió la paz á su Iglesia, y la ciudad de Roma abandonó públicamente el culto de los ídolos para rendirse á Jesucristo, plugo al mismo Señor, dice san Gregorio, revelar el lugar donde estaban sepultados los cuerpos de estos santos mártires. Fueron desenterradas sus preciosas reliquias, y los milagros que acompañaron su descubrimiento hicieron glorioso su sepulcro, aumentando el culto y la devoción de los fieles.

Año Cristiano del P. Juan Croiset (trad. José F. de Isla), dominio público.