sábado, 25 de julio de 2026 Santiago el Mayor, Apóstol

viernes, 17 de octubre de 2014

Santa Margarita María de Alacoque, Virgen

Vida del santo de hoy, redactada al estilo del Año Cristiano sobre fuentes tradicionales.

Fué santa Margarita María Alacoque, virgen esclarecidísima y fidelísima esposa de Jesucristo, á quien el Cielo escogió para ser en estos últimos tiempos la confidente y la apóstol de su Sagrado Corazón, originaria del pueblecillo de Verosvres, en la Borgoña de Francia, donde nació el día 22 de julio del año de 1647. Fueron sus padres Claudio Alacoque, notario real, varón de honesta condición, y Filiberta Lamyn, madre cristiana y prudente; y bien puede decirse que la Providencia, que labra desde la cuna los vasos de su elección, quiso mostrar en esta niña cuánto pueden la gracia y el amor divino en un corazón que se le rinde sin reserva. Contando apenas cuatro años, la llevó su madrina, noble señora, á su castillo de Corcheval; mas ni los halagos del mundo ni el aire de la grandeza pudieron jamás prender en aquella alma, que desde el primer albor de la razón parecía como preservada del contagio de la tierra.

Desde muy tierna sintió aquel horror santo al pecado que es señal cierta de las almas escogidas; y sin comprender del todo lo que hacía, movida sólo del instinto de la gracia, se consagró toda á Dios. Refiere ella misma que, oyendo de rodillas la santa Misa por frío que hiciese, pronunció un día entre las dos elevaciones estas palabras, que fueron el sello de toda su vida: «Dios mío, os consagro mi pureza y hago voto de perpetua castidad.» ¿Quién no admira aquí los caminos del Señor, que ponía en boca de una niña, sin que ella lo entendiese enteramente, la promesa que había de cumplir con heroica fidelidad hasta la muerte? Perdió siendo niña á su buen padre, y fué criada luego en un colegio de religiosas Clarisas, donde, antes de cumplir los nueve años, se acercó por vez primera á la sagrada Mesa; y de aquella primera Comunión sacó tal gusto de las cosas del cielo, que ya nada de la tierra hubo de saciarla.

Mas no había de ir esta alma al puerto sin pasar por la escuela de la tribulación, que es la que forma á los santos. Cayó en una enfermedad tan larga y penosa, que por espacio de casi cuatro años la tuvo postrada é inmóvil en el lecho, deshecha en dolores hasta el punto de decir que los huesos le rasgaban la piel por todas partes. En este trance, no acudió al remedio de los hombres sino al amparo de la Reina del cielo, á quien hizo voto de ser una de sus hijas si le alcanzaba la salud; y apenas hubo pronunciado el voto, recobró la salud perdida. «Recibí la salud —confiesa ella— acompañada de una nueva protección de esta Señora, la cual se declaró de tal modo dueña de mi corazón...» Verdad es que en los años de su mocedad, según con santa humildad lloró después toda su vida, consintió en disfrazarse alguna vez en los días de carnaval y en usar adornos vanos por complacer á los suyos; faltas leves que en el juicio del mundo apenas tienen nombre, pero que aquel corazón enamorado de Dios no acabó jamás de llorar. ¡Tanto pesan las menores infidelidades en las almas que aspiran á la perfección!

Llamábala el Señor á dejar el mundo, y la Santísima Virgen, á quien tenía por Madre, la condujo como de la mano al puerto de la religión. Entró en el año de 1671 en el monasterio de la Visitación de Santa María de Paray-le-Monial, aquella orden que habían plantado no muchos años antes san Francisco de Sales y santa Juana Francisca de Chantal para que las almas, más que con las asperezas exteriores, subiesen á Dios por la humildad y la mansedumbre del corazón. Allí, olvidada de sí misma, se ejercitó en los oficios más humildes de la enfermería y de la cocina, y se señaló entre todas por su obediencia ciega, por su mortificación y por su caridad con las enfermas; que no buscaba esta esposa de Jesucristo otra grandeza que la de ser tenida por la última y la más despreciada de la casa.

Fué entonces, entre los años de 1673 y 1675, cuando quiso el divino Corazón descubrirle los tesoros de su amor. Hallándose en oración ante el Santísimo Sacramento expuesto, se le mostró el Señor con el pecho abierto, dejándole ver aquel Corazón adorable rodeado de llamas, coronado de espinas y con la llaga abierta que le hicieron los pecados de los hombres. La primera de estas manifestaciones se sitúa en la fiesta de san Juan Evangelista, día 27 de diciembre de 1673; y la más señalada de todas, la que llaman la gran revelación, en la infraoctava del Corpus del año de 1675. Descubriéndole su Corazón, le dijo el Salvador aquellas palabras que debieran traer deshecho en lágrimas al mundo entero: «He aquí este Corazón que tanto ha amado á los hombres; que nada ha perdonado hasta agotarse y consumirse para demostrarles su amor, y que no recibe en reconocimiento, de la mayor parte, sino ingratitud... Pero lo que me es aún mucho más sensible, es que son corazones que me están consagrados los que así me tratan.» Y le mandó procurar que se instituyese una fiesta particular en honor de su Sagrado Corazón el viernes siguiente á la octava del Santísimo Sacramento, con Comunión y acto público de desagravio; pidióle asimismo la comunión reparadora de los primeros viernes de cada mes y la Hora Santa, aquella vela nocturna del jueves al viernes en memoria de la agonía del Huerto.

No paró aquí la liberalidad de aquel Corazón. En la Comunión de un viernes le dictó lo que la piedad de los fieles llama la gran promesa: que á cuantos comulgaren nueve primeros viernes de mes seguidos les concedería «la gracia de la penitencia final; que no morirían en su desgracia ni sin recibir los Sacramentos, siendo su Corazón su refugio seguro en aquel último momento.» De sus cartas y escritos se han recogido después, ordenadas en número de doce, aquellas otras promesas de bendición á las familias, de paz en las tribulaciones y de fuente inagotable de gracia con que el Señor quiso convidar á los devotos de su Corazón; bien que esta enumeración, tal como hoy corre, es sistematización piadosa posterior de sus mismos escritos, y no una sola lista dictada de una vez.

Quiso el común enemigo, que aborrece cuanto redunda en gloria de Dios y en salud de las almas, cruzar esta obra con toda suerte de contradicciones; y las levantó, como suele, de dentro de la misma casa. Sus superioras y buena parte de la comunidad desconfiaron largo tiempo de sus experiencias, la tuvieron por engañada ó por soñadora, y llegó una prelada á prohibirle formalmente la Hora Santa y las prácticas ligadas á las revelaciones. Padeció la humilde religiosa estas pruebas con paz admirable, sin defenderse jamás, persuadida de que nada valen los esfuerzos de los hombres cuando el Señor quiere apoderarse de un corazón. Y no faltó al cabo el instrumento que la Providencia tenía escogido: el padre Claudio de La Colombière, de la Compañía de Jesús, confesor extraordinario del monasterio, varón de eminente virtud, que tras oírla en el año de 1675 reconoció la verdad de aquellas mercedes divinas y se hizo el primer heraldo de esta devoción. Á él le encomendó el mismo Señor establecerla; y aquel apóstol, enviado luego á Inglaterra en tiempos revueltos, allí padeció cárcel y destierro por la fe hacia el año de 1678, y murió santamente en 1682, hasta ser también él contado por la Iglesia entre sus santos.

Acercábase entretanto la hora dichosa en que esta fiel esposa había de pasar á los abrazos de su Amado. Consumida más por el fuego de su amor que por los años, cayó en la última enfermedad; y como quisiese la superiora llamar al médico, le respondió con aquella sencillez de las almas que sólo á Dios miran: «Madre mía, ya no necesito nada más que de solo Dios y de abismarme en el Corazón de Jesucristo.» Había predicho por separado á dos religiosas de la casa que moriría en sus brazos, y así se cumplió puntualmente. Pidió que, al entrar en la agonía, se rezasen junto á su lecho las letanías del Sagrado Corazón y de la santísima Virgen, y se invocara á su Ángel, á san José y á san Francisco de Sales; y al fin, entre las siete y las ocho de la tarde del día 17 de octubre del año de 1690, á los cuarenta y tres de su edad y diez y ocho de profesión, expiró dulcemente pronunciando el nombre de Jesús, que había sido todo su amor en la vida.

Refiere su historiador que quedó su rostro después de muerta más majestuoso y hermoso que en vida; y era tal la fama de su santidad, que por las calles de Paray corría la gente gritando: «¡La Santa ha muerto!», y acudían á porfía por alcanzar alguna reliquia de aquel cuerpo bendito. Fué sepultada en el coro del monasterio, en el mismo lugar donde había recibido las revelaciones del divino Corazón, y honró Dios su sepulcro con innumerables favores y milagros fidedignos. Declaróla Venerable el papa León XII, la beatificó Pío IX el año de 1864, y por fin la puso Benedicto XV en el catálogo de los santos el 13 de mayo de 1920. Celebra la Iglesia su fiesta el día 17 de octubre.

Tal fué la vida de aquella virgen humildísima á quien plugo al Señor escoger, no entre los sabios ni los poderosos de la tierra, sino en el retiro de un claustro, para encender de nuevo en el mundo la llama de su amor. Cuanto hoy florece en la Iglesia de devoción al Sagrado Corazón —la Comunión reparadora de los primeros viernes, la Hora Santa, los actos de desagravio— tuvo por instrumento á esta pobre religiosa de Paray. Refiérese asimismo, y así lo transmiten sus cartas, que el Señor le encargó pedir la consagración de Francia por medio de su rey, y aun que reinaría con singular veneración en otras naciones; mas estas palabras pertenecen al orden profético y devoto de sus escritos, y como tales las recibe la piedad, sin adelantarse á lo que Dios sabe. Aprendamos nosotros de ella á corresponder al amor con el amor, y á reparar con la penitencia y la Eucaristía las ingratitudes de que se queja aquel Corazón que tanto ha amado á los hombres; que quien se abisma en él, como esta Santa, halla en la vida su fortaleza y en la muerte su refugio seguro.

Nota del editor: vida redactada de nueva planta al estilo del «Año Cristiano», sobre fuentes tradicionales (principalmente Sáenz de Tejada, «Vida y obras de Santa Margarita», transcribiendo su Autobiografía; Enciclopedia Católica; Heraldos del Evangelio). Fiesta el 17 de octubre según el calendario tradicional / Misal de 1954 (el reformado de 1969 la traslada al 16). Se marcan como tradición profético-devocional, no como hecho verificado, el mensaje sobre la consagración de Francia por Luis XIV y las frases de reinado en otras naciones; la enumeración de las «doce promesas» se presenta como sistematización posterior de sus cartas, mientras que la «gran promesa» de los nueve primeros viernes va citada textualmente. La fecha de la gran revelación (16 de junio de 1675) es probable en la fuente; firmes el año y la infraoctava del Corpus.

Vida redactada por el editor al estilo del «Año Cristiano», sobre fuentes tradicionales (Butler, Enciclopedia Católica, hagiografía clásica).