domingo, 13 de febrero de 2011
VI Domingo después de Epifanía
Las lecturas de la Misa de hoy, con el comentario de la tradición.
Epístola (1 Thess. 1, 2-10)
Léctio Epístolæ beáti Pauli Apóstoli ad Thessalonicénses Fratres: Grátias ágimus Deo semper pro ómnibus vobis, memóriam vestri faciéntes in oratiónibus nostris sine intermissióne, mémores óperis fídei vestræ, et labóris, et caritátis, et sustinéntiæ spei Dómini nostri Jesu Christi, ante Deum et Patrem nostrum: sciéntes, fratres, dilécti a Deo. electiónem vestram: quia Evangélium nostrum non fuit ad vos in sermóne tantum, sed et in virtúte, et in Spíritu Sancto, et in plenitúdine multa, sicut scitis quales fuérimus in vobis propter vos. Et vos imitatóres nostri facti estis, et Dómini, excipiéntes verbum in tribulatióne multa, cum gáudio Spíritus Sancti: ita ut facti sitis forma ómnibus credéntibus in Macedónia et in Achája. A vobis enim diffamátus est sermo Dómini, non solum in Macedónia et in Achája, sed et in omni loco fides vestra, quæ est ad Deum, profécta est, ita ut non sit nobis necésse quidquam loqui. Ipsi enim de nobis annúntiant, qualem intróitum habuérimus ad vos: et quómodo convérsi estis ad Deum a simulácris, servíre Deo vivo et vero, et exspectáre Fílium ejus de cœlis quem suscitávit ex mórtuis Jesum, qui erípuit nos ab ira ventúra.
gracia y paz sea con vosotros. Sin cesar damos gracias a Dios por todos vosotros, haciendo continuamente memoria de vosotros en nuestras oraciones, acordándonos delante del Dios y padre nuestro de las obras de vuestra fe, de los trabajos de vuestra caridad, y de la firmeza de vuestra esperanza en nuestro Señor Jesucristo, considerando, amados hermanos, que vuestra elección o vocación a la fe es de Dios; porque nuestra buena nueva no se anunció a vosotros sólo con palabras, sino también con milagros y dones del Espíritu Santo, con eficaz persuasión, porque ya sabéis cuál fue nuestro proceder entre vosotros para procurar vuestro bien. Vosotros de vuestra parte os hicisteis imitadores nuestros y del Señor, recibiendo su palabra en medio de muchas tribulaciones, con gozo del Espíritu Santo, de suerte que habéis servido de modelo a cuantos han creído en la Macedonia y en Acaya. Pues que de vosotros se difundió la palabra del Señor, o la buena nueva, no sólo por la Macedonia y por la Acaya, sino que por todas partes se ha divulgado en tanto grado la fe que tenéis en Dios, que no tenemos necesidad de decir nada sobre esto. Porque los mismos fieles publican el suceso que tuvo nuestra entrada entre vosotros, y cómo os convertisteis a Dios abandonando los ídolos por servir al Dios vivo y verdadero, y para esperar del cielo a su Hijo Jesús (a quien resucitó de entre los muertos), y el cual nos libertó de la ira venidera. [Torres Amat]
Comentario patrístico · Homilía 1 + Homilía 2 sobre 1 Tesalonicenses — San Juan Crisóstomo
«Gracia y paz a vosotros.» ¿Advertís que el comienzo mismo de su Epístola son alabanzas? «Damos siempre gracias a Dios por todos vosotros, haciendo memoria de vosotros en nuestras oraciones.» Porque dar gracias a Dios por ellos es propio de quien atestigua su gran adelantamiento, cuando no sólo son alabados ellos, sino que también se dan gracias a Dios por ellos, como si Él mismo lo hubiera hecho todo. Les enseña también a ser modestos, como diciendo que todo procede del poder de Dios. Así pues, que dé gracias por ellos, es a causa de su buena conducta; mas que se acuerde de ellos en sus oraciones, procede de su amor hacia ellos. Luego, como suele hacer, dice que no sólo se acuerda de ellos en sus oraciones, sino también fuera de ellas. «Acordándonos sin cesar —dice— de la obra de vuestra fe, y del trabajo de vuestra caridad, y de la paciencia de vuestra esperanza en nuestro Señor Jesucristo, delante de nuestro Dios y Padre.» ¿Qué es acordarse sin cesar? O bien acordándose delante de Dios y Padre, o bien acordándose de vuestro trabajo de caridad que está delante de Dios y Padre, o sencillamente: acordándonos de vosotros sin cesar. Y de nuevo, para que no penséis que este acordarse de vosotros sin cesar se dice sin más, ha añadido: delante de nuestro Dios y Padre. Y porque nadie entre los hombres alababa sus acciones, nadie les daba recompensa alguna, dice esto: trabajáis delante de Dios. ¿Qué es la obra de la fe? Que nada ha hecho vacilar vuestra firmeza. Pues ésta es la obra de la fe. Si creéis, padecedlo todo; y si no lo padecéis, no creéis. Porque, ¿no son las cosas prometidas tales, que quien cree escogería padecer aun diez mil muertes? Se le propone el reino de los cielos, y la inmortalidad, y la vida eterna. Por tanto, el que cree padecerá todas las cosas. La fe, pues, se muestra por sus obras. Con razón podría alguno decir: no sólo creísteis, sino que por vuestras obras lo manifestasteis, por vuestra constancia, por vuestro celo.
«Y el trabajo de vuestra caridad.» ¿Por qué? ¿Qué trabajo es amar? Amar sin más no es trabajo alguno. Pero amar de veras es gran trabajo. Porque decidme: cuando mil cosas se levantan que nos apartarían del amor, y a todas ellas resistimos, ¿no es esto trabajo? Pues, ¿qué no padecieron estos hombres para no apartarse de su amor? ¿Acaso los que combatían la Predicación no fueron a la casa del huésped de Pablo, y, no habiéndole hallado, arrastraron a Jasón ante los magistrados de la ciudad (Hech. 17, 5-6)? Decidme: ¿es pequeño trabajo, cuando la semilla aún no había echado raíz, soportar tan gran tempestad, tantas pruebas? Y le exigieron fianza. Y dada la fianza —dice— Jasón despidió a Pablo. ¿Es esto cosa pequeña, decidme? ¿No se expuso Jasón al peligro por él? Y a esto llama trabajo de caridad, porque de tal modo estaban unidos a él.
Y notad: primero menciona las buenas acciones de ellos, luego las suyas propias, para no parecer que se jacta, ni tampoco que los ama por anticipación. «Y la paciencia» —dice—. Porque aquella persecución no se ciñó a un solo tiempo, sino que fue continua, y no combatían sólo contra Pablo, el maestro, sino también contra sus discípulos. Pues si de tal modo se comportaban con los que obraban milagros, con aquellos varones venerables, ¿qué pensáis que sentían hacia los que moraban entre ellos, sus conciudadanos, que de repente se habían apartado de ellos? Por lo cual también esto atestigua de ellos, diciendo: «Porque vosotros os hicisteis imitadores de las Iglesias de Dios que están en Judea.»
«Y de la esperanza —dice— en nuestro Señor Jesucristo, delante de nuestro Dios y Padre.» Porque todas estas cosas proceden de la fe y de la esperanza, de suerte que lo que les sobrevino mostró no sólo su fortaleza, sino que creían con plena certeza en las recompensas que les estaban reservadas. Pues por esto permitió Dios que las persecuciones surgieran en seguida, para que nadie dijese que la Predicación se había establecido a la ligera o por adulación, y para que se mostrase su fervor, y que no era persuasión humana, sino el poder de Dios, quien persuadía las almas de los creyentes, de modo que estaban dispuestos aun a diez mil muertes; lo cual no habría sucedido si la Predicación no se hubiese fijado en seguida profundamente y permanecido inconmovible.
Vers. 4-5. «Sabiendo, hermanos amados de Dios, vuestra elección; pues nuestro Evangelio no llegó a vosotros en palabra solamente, sino también en poder, y en el Espíritu Santo, y en mucha plenitud; así como sabéis cuáles nos mostramos entre vosotros por causa de vosotros.»
¿Sabiendo qué? ¿Cómo nos mostramos entre vosotros? Aquí toca también sus propias buenas acciones, pero encubiertamente. Porque quiere primero extenderse en las alabanzas de ellos, y lo que dice es algo semejante a esto: Yo sabía que erais hombres de gran y noble condición, que erais de los elegidos. Por esta razón también nosotros lo soportamos todo por causa de vosotros. Pues aquello de «cuáles nos mostramos entre vosotros» es expresión de quien muestra que con mucho celo y mucho ardor estábamos prontos a dar la vida por vosotros; y por esto no se nos deben a nosotros las gracias, sino a vosotros, porque erais elegidos. Por lo cual dice también en otro lugar: «Y estas cosas soporto por amor de los elegidos» (2 Tim. 2, 10). Pues, ¿qué no soportaría uno por amor de los amados de Dios? Y habiendo hablado de su propia parte, casi dice: Pues si erais a la vez amados y elegidos, con razón lo padecemos todo. Porque no sólo los confirmaba su alabanza de ellos, sino también el recordarles que ellos mismos igualmente habían mostrado una fortaleza correspondiente a su celo; pues dice:
Vers. 6. «Y vosotros os hicisteis imitadores nuestros y del Señor, recibiendo la palabra en medio de mucha tribulación, con gozo del Espíritu Santo.»
¡Cosa admirable! ¡Qué elogio hay aquí! ¡Los discípulos se han hecho de repente maestros! No sólo oyeron la palabra, sino que pronto llegaron a la misma altura de Pablo. Mas esto no es nada; pues ved cómo los ensalza diciendo: Os hicisteis imitadores del Señor. ¿Cómo? Recibiendo la palabra en medio de mucha tribulación, con gozo del Espíritu Santo. No sólo con tribulación, sino con mucha tribulación. Y esto podemos aprenderlo de los Hechos de los Apóstoles, cómo levantaron una persecución contra ellos (Hech. 17, 5-8). Y alborotaron a todos los magistrados de la ciudad, e instigaron a la ciudad contra ellos. Y no basta decir que fuisteis afligidos, en verdad, y creísteis, y ello afligiéndoos, sino aun regocijándoos. Lo cual también hicieron los Apóstoles: «Regocijándose —se dice— de haber sido tenidos por dignos de padecer afrenta por el Nombre» (Hech. 5, 41). Porque esto es lo admirable. Aunque tampoco es cosa pequeña sobrellevar de cualquier modo las aflicciones. Pero esto ahora era propio de hombres que sobrepujan la naturaleza humana, y que tienen, por así decir, un cuerpo incapaz de padecer.
Y sin embargo, fue más tarde cuando llegó a ellos. Pero de tal modo resplandecisteis —dice— que os hicisteis maestros de los que habían recibido la palabra antes que vosotros. Y esto es propio del Apóstol. Pues no dijo: de suerte que os hicisteis modelo en cuanto a creer, sino: os hicisteis modelo para los que ya creían; cómo se ha de creer en Dios, lo enseñasteis vosotros, que desde el mismo principio entrasteis en vuestro combate.
Como un ungüento de suave olor no encierra su fragancia dentro de sí, sino que la difunde a lo lejos, y perfumando el aire con su aroma la lleva también a los sentidos de los vecinos, así también los hombres ilustres y admirables no encierran su virtud dentro de sí, sino que con su buena fama aprovechan a muchos y los hacen mejores. Lo cual entonces también sucedió. Por lo cual dijo: «De suerte que os hicisteis modelo para todos los creyentes en Macedonia y en Acaya.» «Porque de vosotros —dice— ha resonado la palabra del Señor, no sólo en Macedonia y en Acaya, sino que en todo lugar ha salido vuestra fe en Dios.» Habéis llenado, pues, a todos vuestros vecinos de enseñanza, y al mundo de admiración. Porque esto significa la expresión «en todo lugar». Y no ha dicho «vuestra fe es divulgada», sino «ha resonado»; como todo lugar cercano se llena del sonido de una fuerte trompeta, así el renombre de vuestra fortaleza es sonoro, y resonando de igual modo, basta para llenar el mundo y caer con igual sonido sobre todos los que están alrededor. Porque las grandes acciones se celebran más ruidosamente allí donde han acontecido; lejos, ciertamente, también se celebran, pero no tanto.
¿Qué significa «cuál fue nuestra entrada a vosotros»? Que estuvo llena de peligros y de innumerables muertes, mas que nada de esto os turbó. Sino que, como si nada hubiera acontecido, así os adheristeis a nosotros; como si ningún mal hubierais padecido, sino gozado de infinitos bienes, así nos recibisteis después de estas cosas. Porque ésta fue la segunda entrada. Fueron a Berea, fueron perseguidos, y cuando vinieron después de esto, de tal modo los recibieron, como si también por ello hubieran sido honrados, hasta el punto de dar por ellos aun la vida. La expresión «cuál fue nuestra entrada» es compleja, y contiene elogio a la vez de ellos y de sí mismos. Mas él lo ha vuelto en provecho de ellos. «Y cómo —dice— os convertisteis a Dios, dejando los ídolos, para servir al Dios vivo y verdadero»; esto es, que lo hicisteis prontamente, que lo hicisteis con mucho ardor, que no fue menester mucho trabajo para persuadiros. «Para servir —dice— al Dios vivo y verdadero.»
Aquí introdujo también una exhortación, lo cual es propio de quien quiere hacer su discurso menos molesto. «Y a esperar —dice— a su Hijo de los cielos, al cual resucitó de entre los muertos, a Jesús, que nos libra de la ira venidera.» «Y a esperar —dice— a su Hijo de los cielos»: a Aquel que fue crucificado, a Aquel que fue sepultado; a esperarle de los cielos. ¿Y cómo de los cielos? «Al cual resucitó de entre los muertos.» Veis todas las cosas a un tiempo: la Resurrección, y la Ascensión, y la segunda Venida, el Juicio, la retribución de los justos, el castigo de los impíos. «Jesús —dice— que nos libra de la ira venidera.» Esto es a la vez consuelo, y exhortación, y aliento. Porque si le resucitó de entre los muertos, y está en los cielos, y de allí vendrá (y vosotros creísteis en Él; pues si no hubierais creído en Él, no habríais padecido tanto), esto de suyo basta como consuelo. Éstos padecerán el castigo, lo cual dice en su segunda epístola, y vosotros tendréis no pequeña consolación.
Homilía 1 + Homilía 2 sobre 1 Tesalonicenses, San Juan Crisóstomo · Traducción del editor, del texto de dominio público (NPNF, Schaff 1889) · fuente: newadvent.org
Evangelio (Matt. 13, 31-35)
Sequéntia sancti Evangélii secúndum Matthǽum. In illo témpore: Dixit Jesus turbis parábolam hanc: Símile est regnum cœlórum grano sinápis, quod accípiens homo seminávit in agro suo: quod mínimum quidem est ómnibus semínibus: cum autem créverit, majus est ómnibus oléribus, et fit arbor, ita ut vólucres cœli véniant et hábitent in ramis ejus. Aliam parábolam locútus est eis: Símile est regnum cœlórum ferménto, quod accéptum múlier abscóndit in farínæ satis tribus, donec fermentátum est totum. Hæc ómnia locútus est Jesus in parábolis ad turbas: et sine parábolis non loquebátur eis: ut implerétur quod dictum erat per Prophétam dicéntem: Apériam in parábolis os meum, eructábo abscóndita a constitutióne mundi.
Les propuso otra parábola diciendo: El reino de los cielos es semejante al grano de mostaza que tomó en su mano un hombre, y lo sembró en su campo. El cual es a la vista menudísimo entre todas las semillas; mas creciendo viene a ser mayor que todas las legumbres, y se hace árbol; de forma que las aves del cielo bajan y se posan en sus ramas. Y añadió esta otra parábola: El reino de los cielos es semejante a la levadura, que cogió una mujer y la mezcló con tres satos o celemines de harina, hasta que toda la masa quedó fermentada. Todas estas cosas dijo Jesús al pueblo por parábolas, sin las cuales no solía predicarles; cumpliéndose lo que había dicho el profeta: Abriré mi boca para hablar con parábolas; publicaré cosas misteriosas que han estado ocultas desde la creación del mundo. [Torres Amat]
Comentario de los Padres · Catena Aurea (Cadena de Oro) — Santo Tomás de Aquino
San Mateo 13, 31-35 — glosas de los Padres griegos y latinos, encadenadas por Santo Tomás.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 46,2. Había dicho el Señor que se pierden tres partes de la simiente, y sólo una se conserva, y en esta última hay también mucha pérdida a causa de la cizaña que sobre ella se siembra. Y a fin de que sus discípulos no le dijeran: ¿Quiénes y cuántos serán, pues, los fieles? les quita ese temor con la parábola del grano de mostaza. Y por eso se dice: "Otra parábola les propuso, diciendo: semejante es el reino de los cielos a un grano de mostaza", etc.
San Jerónimo. Se entiende por reino de los cielos la predicación del Evangelio y el conocimiento de las Escrituras que conduce a la vida, sobre la cual se dice a los judíos: "Se os quitará el reino de Dios" ( Mt 21,43); semejante es, pues, este reino de los cielos al grano de mostaza.
San Agustín, quaestiones euangeliorum, lib. 1, quaest. 12. El grano de mostaza figura el fervor de la fe, porque se dice de ella que arroja los venenos, esto es, las doctrinas depravadas.
San Agustín, quaestiones euangeliorum, lib. 1, quaest. 12. Sigue: "Que tomó un hombre y sembró en su campo".
San Jerónimo. Entienden muchos por el hombre que sembró en su campo al Salvador, que es quien siembra en las almas de los fieles; otros dicen que es el hombre mismo el que siembra en su campo, es decir, en su corazón. ¿Y quién es ése que siembra, sino nuestros sentimientos y nuestra alma? Porque ésta recibe el grano de la predicación, aumenta la simiente con el riego de la fe, y la fecunda en el campo de su pecho. Sigue: "Esta, en verdad, es la menor de todas las simientes". La predicación del Evangelio es la menor de todas las enseñanzas, porque no tiene a primera vista el aspecto de la verdad, predicando a un hombre Dios, a un Dios muerto, y el escándalo de la cruz. Comparad semejante doctrina con los dogmas de los filósofos, con el brillo de su elocuencia y con el arte tan estudiado de sus discursos y veréis cómo efectivamente es menor que las demás simientes la predicación del Evangelio.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 46,2. O también es la más pequeña la simiente del Evangelio porque los Apóstoles eran los menos poderosos de entre los hombres, pero sin embargo, como tenían una gran virtud, por eso se extendió su predicación por todas las partes del mundo. Por eso sigue: "Pero después que crece es mayor que todas las legumbres", esto es, que todos los dogmas.
San Agustín, quaestiones euangeliorum, lib. 1, quaest. 12. Los dogmas de las sectas no son más que sus propios sentimientos, es decir, lo que les conviene.
San Jerónimo. Cuando se han desarrollado los dogmas de los filósofos, no presentan ni energía ni vitalidad alguna, sino que todos ellos son débiles y macilentos y producen legumbres y yerbas que pronto se desecan y mueren. Pero la predicación del Evangelio (que al principio parecía cosa de poca importancia), bien se la considere en las almas de los fieles, bien se la mire en todo el mundo, no se levanta en legumbres, sino que crece en un árbol, de suerte que las aves del cielo, es decir, las almas de los fieles o las virtudes, que combaten por el servicio de Dios, vienen y habitan sobre sus ramas. Por eso sigue: "se hace un árbol de manera que las aves del cielo vienen y anidan entre sus ramas". Yo pienso que por los ramos del árbol evangélico que crecieron del grano de mostaza debe entenderse la variedad de dogmas, sobre los cuales descansan la multitud de aves de que acabamos de hablar. Tomemos, pues, nosotros, las plumas de la paloma, a fin de que volando a las cosas más altas podamos habitar en las ramas de ese árbol, colocar nuestros nidos en las verdades, y huyendo de la tierra subir con prontitud al cielo.
San Hilario, in Matthaeum, 13. O también, el Señor se compara a sí mismo al grano de mostaza, semilla pequeña, pero picante, y que tiene la propiedad de encenderse con la presión.
San Gregorio Magno, Moralia, 19,1. Es, en verdad, El mismo el grano de mostaza que, plantado en el huerto de la sepultura, se elevó como un árbol grande. Fue grano cuando murió; árbol cuando resucitó; grano por la humildad de la carne, árbol por el poder de la majestad.
San Hilario, in Matthaeum, 13. Después que el grano fue lanzado al campo (es decir, cuando el Salvador cayó en poder del pueblo y entregado a la muerte, fue enterrado como en el campo, y como sembrado su cuerpo), creció más que el tallo de todos los frutos, y excedió a la gloria de todos los profetas. Como una suerte de hortaliza fue dada la predicación de los profetas fue al enfermo Israel. Pero ahora, las aves del cielo habitan las ramas del árbol. Es decir, entendemos por ramas del árbol a los apóstoles extendidos por el poder de Cristo, y dando sombra al mundo, volarán hacia todas las naciones para hallar la vida y, maltratados por los huracanes -esto es, por el espíritu y las tentaciones del diablo-, en las ramas de ese árbol encontrarán el descanso.
San Gregorio Magno, Moralia, 19,1. Sobre estas ramas descansan las aves, porque las almas justas que se elevan de los pensamientos mundanos con las alas de las virtudes respiran lejos de esas fatigas, recibiendo las palabras y consuelos sobrenaturales.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 46,2.. El Señor para demostrar la misma verdad les pone la siguiente parábola: "Semejante es el reino de los cielos a la levadura", que es como si dijera: a la manera que la levadura cambia toda la harina en su sustancia, así también vosotros cambiaréis todo el mundo. Y reparad aquí la prudencia de Cristo: alega como ejemplo una cosa natural, a fin de hacernos ver que así como es imposible el que no se verifique ese cambio, así también es imposible el que no suceda lo otro. No dijo el Señor simplemente: "Que puso", sino que "esconde"; que es como si hubiera dicho: de la misma manera vosotros, después que hubiéreis estado sometidos a vuestros enemigos, triunfaréis sobre ellos. Y así como el fermento se va corrompiendo pero no se destruye, sino que poco a poco cambia toda la masa en su propia naturaleza, así sucederá en vuestra predicación. No temáis las muchas persecuciones que os he anunciado vendrán sobre vosotros. Ellas os servirán para que brilléis más y triunfaréis de todas. El Señor habla aquí de tres medidas, pero este número debe tomarse en sentido indeterminado.
San Jerónimo. La medida de que aquí habla es una medida que estaba en uso en Palestina, y equivale a un modio y medio.
San Agustín, quaestiones evangeliorum, 1,12. O también, el fermento significa la caridad, porque la caridad estimula y excita el fervor. La mujer figura la sabiduría; las tres medidas los tres grados de caridad manifestados en estas palabras: "Con todo el corazón, con toda el alma y con toda la inteligencia" ( Mt 22), o también aquellas tres recolecciones que han producido: "El ciento, el sesenta y el treinta". O aquellas tres clases de hombres: Noé, Daniel y Jacob ( Ez 14).
Rábano. Y se dice: "Hasta que ha fermentado todo". Porque la caridad escondida en nuestra alma debe crecer hasta que la haga perfecta. Lo que tiene principio en esta vida adquiere su perfección en la venidera.
San Jerónimo. O de otra manera, me parece que la mujer que toma el fermento y lo esconde, representa la predicación apostólica, o la Iglesia formada de diversas naciones. Ella toma el fermento, es decir, la inteligencia de las Escrituras, y lo esconde en las tres medidas de harina: el espíritu, el alma y el cuerpo, a fin de que, reducidos a la unidad, no haya divergencia entre ellos. O de otra manera. Leemos en Platón, que en el alma hay tres facultades: la parte racional, la parte irascible y la concupiscencia. Y nosotros, si hemos recibido la levadura del Evangelio, poseemos la prudencia en la razón; en la ira el odio contra los vicios; en la concupiscencia el deseo de las virtudes, y todo esto es resultado de la doctrina evangélica que nos dio nuestra madre la Iglesia. Diré también la interpretación que dan algunos. Dicen que la referida mujer figura la Iglesia que mezcla la fe del hombre con las tres medidas de harina, es decir, la fe en el Padre, en el Hijo y en el Espíritu Santo; y cuando toda esta fe ha fermentado, nos encontramos no con tres creencias en Dios, sino con una sola y en un solo Dios. Esta es a la verdad una interpretación piadosa, pero nunca estas interpretaciones dudosas y parábolas pueden servir de punto de apoyo para probar los dogmas.
San Hilario, in Matthaeum, 13. El Señor se compara a sí mismo con la levadura. Porque la levadura, que es hecha de harina, tiene la propiedad de comunicar a todas las harinas de su especie la virtud que ha recibido; y la mujer, esto es, la sinagoga, esconde esta levadura mediante su condenación a morir; y la levadura echada en tres medidas de harina, es decir, en la de la ley, en la de los profetas y en la de los Evangelios, no forma de los tres elementos más que una sola creencia, de manera que en los progresos del Evangelio están cumplidos lo que estableció la ley y anunciaron los profetas. Aun cuando ya he hecho mención de que muchos entienden por las tres medidas de harina la vocación de las tres naciones formadas por Sem, Cam y Jafet, no sé, sin embargo, si es conforme a razón esta opinión, porque aun cuando todas las naciones han sido llamadas al Evangelio, no se puede decir que todas han ocultado a Cristo. Al contrario, lo han esclarecido, y desde luego no ha fermentado en tanta multitud de naciones toda la levadura.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 47,1. Después de las anteriores parábolas, y para que nadie creyese que Cristo introducía novedades, el evangelista alega al profeta que había profetizado hasta esta misma manera de predicación. Y por eso dice: "Todas estas cosas habló", etc., y San Marcos, dice: "Por lo mismo que podían comprender, les hablaba por parábolas" ( Mc 4,33). No es de admirar, por consiguiente, si al tratar de su reino hace mención del grano de mostaza y de la levadura, porque se dirigía a hombres ignorantes y a quienes era preciso persuadir de esta manera.
Remigio. La palabra griega parábola significa en latín comparación, la cual sirve para demostrar la verdad. Porque con la comparación se manifiestan ciertas figuras de palabra e imágenes de la verdad.
San Jerónimo. Mas no hablaba el Señor en parábolas a los discípulos, sino a las turbas, y aun hoy día escuchan las turbas las parábolas, y por esta razón se dice: "Y no les hablaba sino en parábolas".
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 47,1. Aunque en muchas ocasiones habló a las turbas sin parábolas, pero no en esta circunstancia.
San Agustín, quaestiones evangeliorum, 1,14. O bien, el evangelista puso esto, no porque el Señor no haya hablado nunca en términos propios, sino porque no hay discurso suyo en que no haya expresado algunas cosas por algunas parábolas, y aun haya mezclado el sentido propio con el parabólico de tal manera que frecuentemente todo su discurso no es más que un tejido de parábolas, y no se encuentra uno solo en que no entre la parábola. Entiendo por discurso entero cuando el Señor habla de una cosa y no pasa a otra hasta que la ha desenvuelto completamente. Algunas veces, efectivamente, un evangelista presenta en un solo discurso lo que otro refiere como acontecido en distintas circunstancias, siguiendo en esta relación no el orden real de los acontecimientos, sino el de sus recuerdos.
San Agustín, quaestiones evangeliorum, 1,14. La razón de por qué el Señor hablaba en parábolas, la da el mismo evangelista, cuando añade: "Para que se cumpliese lo que había sido anunciado por el profeta", etc.
San Jerónimo. Este testimonio está tomado del Salmo 77 ( Sal 77,2). En algunos ejemplares, en lugar de lo que dice la Vulgata: "Para que se cumpliese lo que había sido anunciado por el profeta", se lee: "Lo que había sido dicho por el profeta Isaías".
Remigio. Porfirio se vale de esto para hacer la siguiente objeción a los fieles: "Vuestro evangelista ha sido tan ignorante, que ha atribuido a Isaías lo que se lee en los salmos", es decir, que acusa a la Iglesia como si hubiera referido ese pasaje tomándolo de la profecía de Isaías.
San Jerónimo. Pero como este pasaje no se encontraba en Isaías, creo que algunas personas prudentes habrán hecho desaparecer del texto el nombre del profeta. Soy del parecer que se escribió al principio de esta manera. Fue escrito por el profeta Asaph, porque el Salmo 77, de donde está tomado este pasaje, lleva la inscripción: "Al profeta Asaph". Los primeros copistas no comprendieron el nombre de Asaph, y creyendo que era un error del escritor, sustituyeron el nombre de Asaph por el de Isaías, que era más conocido. Es de observar que no sólo David debe llamarse profeta, sino todos los demás cuyos nombres están escritos en los salmos, en los himnos y en los cánticos divinos, tales son, Asaph, Idithum, Emma y todos los demás de que hacen mención las Escrituras. Y con respecto a lo que se dice de la persona de Cristo: "Abriré mi boca en parábolas", es preciso considerarlo con mucha atención, y de esta manera veremos descrita la salida de Israel de Egipto, y referidos los milagros contenidos en el Exodo. De donde podemos colegir que todo lo que se dice en este libro divino debe entenderse en sentido parabólico y como manifestando cosas misteriosas. Estas verdades misteriosas son las que promete el Señor revelar cuando dice: "Abriré mi boca en parábolas".
Glosa. Como si dijera: puesto que primeramente os he hablado por los profetas, ahora en mi propia persona abriré mi boca en parábolas y haré salir del tesoro de mi corazón los misterios que estaban ocultos desde el principio del mundo.
Catena Aurea (Cadena de Oro), Santo Tomás de Aquino · Traducción española del siglo XIX, dominio público · fuente: hjg.com.ar/catena