Diálogos en Piedrasanta
Diálogo en dos partes. Esta es la primera parte; la segunda se publicará en los próximos días.
Durante veinte siglos la Iglesia enseñó que existen guerras justas: lo formularon san Agustín y santo Tomás, lo precisó la Escuela de Salamanca y lo dieron por supuesto todos los Papas hasta Pío XII. Y no se quedó en doctrina de escuela: la Iglesia canonizó soldados, fundó órdenes religiosas de monjes armados, bendijo las Cruzadas y puso capellanes en los ejércitos. Desde el Concilio Vaticano II, en cambio, se ha ido imponiendo el discurso contrario, hasta la Fratelli Tutti (2020), que declara que «hoy es muy difícil sostener» los criterios de la guerra justa.
¿Es ese rechazo un desarrollo legítimo de la doctrina o una ruptura con una enseñanza dos veces milenaria? De eso discuten, junto al fuego de la Casa del Peregrino, Ricardo Aldama y Esteban —profesor de Religión y militante del pacifismo cristiano—. En esta primera parte la conversación va de la batalla de san Miguel a la espada que Cristo manda comprar; en la segunda llegarán el origen del pacifismo, el Dios del Antiguo Testamento y la guerra contra las naciones.
[Es la tarde de un sábado de enero. Ha nevado tres días seguidos y Piedrasanta está callada bajo un palmo de nieve; los caminos al pueblo se han abierto a pala esa misma mañana. En la Casa del Peregrino arde un fuego grande de haya, y los que han podido subir se han apretado cerca de la chimenea, con las botas mojadas puestas a secar junto al hogar. Huele a lana húmeda, a leña y a las castañas que alguien ha echado sobre las brasas. El padre Raita ocupa el sillón de siempre, una manta sobre las rodillas. Blanca cose junto a la lámpara. Tomás Mendoza, sentado en el suelo con la espalda contra la pared, finge leer pero escucha. El que ha subido a discutir esta vez es Esteban, profesor de Religión en un instituto, hombre de unos cincuenta años, que lleva media vida en grupos de «Justicia y Paz» y en Pax Christi, organizando marchas por el desarme y semanas de la no violencia. Lo trajo un sobrino que pasa el invierno cerca. Es cordial, ha leído, y trae bajo el brazo un ejemplar muy subrayado de la* Fratelli Tutti. *Ha estado callado durante la sobremesa, hasta que ha visto, en la pared del fondo, una estampa antigua de San Miguel con la espada en alto y el dragón bajo los pies. La señala con la barbilla.]
ESTEBAN: Os voy a decir una cosa con todo el respeto, porque me habéis acogido con caridad y la castaña está buena. Pero esa estampa me resume lo que no entiendo de vosotros. San Miguel con la espada, los santos guerreros, las cruzadas, el rosario de Lepanto… Tenéis una religión de hierro. Y el Evangelio, Ricardo, el Evangelio es otra cosa. «Bienaventurados los que trabajan por la paz.» «Al que te abofetee en una mejilla, preséntale la otra.» «Vuelve tu espada a su sitio, porque el que a hierro mata, a hierro muere.» Jesús desarmó a Pedro. La Iglesia ha tardado veinte siglos, pero por fin lo ha entendido: hoy es muy difícil sostener los criterios de la llamada «guerra justa».1 Ya está escrito, y lo firma un Papa. La guerra justa es una reliquia que hay que jubilar.
RICARDO: Te agradezco que vayas de frente, Esteban, así da gusto. Y voy a ir yo igual de frente: lo que tú llamas «por fin lo ha entendido la Iglesia» es exactamente al revés. No es que la Iglesia haya descubierto el Evangelio después de veinte siglos de equivocarse. Es que una cosa nueva, nacida hace cuatro días, ha venido a contradecir lo que la Iglesia enseñó siempre, vivió siempre y selló con la sangre de sus santos. Y antes de discutir un solo versículo, quiero que midas el tamaño de lo que estás diciendo. Porque si tienes razón —si toda guerra es injusta, si empuñar la espada es siempre traicionar a Cristo—, entonces no estás corrigiendo a los cruzados. Estás corrigiendo a Dios.
ESTEBAN: Eso es una exageración retórica.
RICARDO: Ahora verás que no. Pero empecemos por tu estampa, ya que la has señalado, porque has elegido bien sin querer. ¿Cuál es la primera guerra de la que habla la Sagrada Escritura? No es la de Israel contra Egipto. Es anterior al hombre, anterior al mundo. Es una guerra en el cielo. San Juan lo escribe en el Apocalipsis: «Hubo una batalla en el cielo: Miguel y sus ángeles peleaban con el dragón, y peleó el dragón y sus ángeles, y no pudieron triunfar… y fue arrojado el dragón grande, la antigua serpiente.»2 La primera división de la creación entre el bien y el mal no se dirime con un diálogo. Se dirime con un combate. Y al frente de los buenos no hay un pacifista: hay un soldado, el arcángel, al que la Iglesia llama en su oración «Príncipe de la Milicia Celestial» y le pide que «arroje al infierno con el divino poder a Satanás».3 Esa estampa que te molesta, Esteban, no es folclore español. Es teología. El cielo mismo tuvo su guerra, y la tuvo justa.
[Tomás había dejado el libro abierto sobre las rodillas y miraba a Ricardo. El padre Raita asintió apenas.]
ESTEBAN: Una batalla espiritual, simbólica. No vas a sacar de un símbolo apocalíptico el permiso para que los hombres se maten.
RICARDO: No saco de ahí el permiso; saco de ahí el principio. Que el conflicto contra el mal puede ser querido por Dios, y que combatirlo no mancha, sino que santifica: por eso Miguel es santo. Pero bajemos del cielo a la tierra, que tú quieres tierra. Abre tu Biblia por el Éxodo, después de pasar el mar Rojo, cuando Israel canta. ¿Y cómo llama el pueblo de Dios a su Dios en ese cántico, inspirado por el Espíritu Santo? «Yavé es un fuerte guerrero, Yavé es su nombre.»4 Dominus quasi vir pugnator. El Dios de Israel se hace llamar a sí mismo «varón de guerra». Y se hace llamar mil veces «Yavé de los ejércitos», el Señor de los escuadrones. Dime, Esteban, con tu teología de la no violencia en la mano: ¿estaba equivocado el Espíritu Santo cuando inspiró ese cántico?
ESTEBAN: Estaba hablando al lenguaje de un pueblo antiguo y guerrero, en su etapa primitiva. La revelación es progresiva. Dios fue educando a Israel desde esa imagen tosca del guerrero hasta la plenitud de Cristo, que es la mansedumbre. El Antiguo Testamento es el alfabeto; el Nuevo, el poema.
RICARDO: Cuidado con esa frase, que es más vieja y más fea de lo que crees, y luego volveremos sobre ella, porque es el corazón de todo el asunto. De momento sigamos con los hechos. No es que Dios tolere las guerras de Israel: es que las manda. Cuando el pueblo entra en la tierra prometida, Dios le ordena: «las darás al anatema, no harás pactos con ellas ni les harás gracia.»5 El exterminio de los pueblos de Canaán es un mandato divino expreso, repetido. Y no es un descuido del «Israel primitivo»: es Dios quien lo ordena, por su nombre, una y otra vez. David, antes de matar a Goliat, lo dice claro: «yo voy contra ti en el nombre de Yavé de los ejércitos… porque él es el Señor de la guerra, y os entregará en nuestras manos.»6 La victoria militar de Israel es, en la Escritura, obra de Dios. Israel se afirma como pueblo, conquista su tierra y permanece en ella por la guerra, y siempre con Dios de su parte cuando la guerra es por Él.
ESTEBAN: Esas páginas de exterminio son precisamente las que más nos cuesta leer hoy. Mucha gente pierde la fe por el Dios que manda pasar a cuchillo a los amalecitas, niños incluidos.
RICARDO: Lo sé. Y guárdate esa frase —«páginas que nos cuesta leer hoy»— porque me la vas a tener que explicar después, cuando lleguemos a quién es el dueño de la vida. Pero fíjate en la otra cara, que es igual de reveladora. Israel no solo vence por la guerra: también es castigado por la guerra. Cuando el pueblo apostata, ¿qué hace Dios? Manda contra él a los paganos. Escucha a Isaías, que pone estas palabras en boca de Dios contra Asiria: «¡Ay de ti, Asur, vara de mi cólera! El bastón de mi furor está en sus manos.»7 El ejército asirio que arrasa Israel es la vara en la mano de Dios. Y cuando llega Babilonia, Dios llama a Nabucodonosor —un rey pagano, un idólatra— «mi siervo», y dice que es Él quien le entrega las naciones. La guerra es, en las dos direcciones, instrumento de la Providencia: para salvar al pueblo fiel y para azotar al pueblo infiel. ¿De verdad me vas a decir que todo eso era el balbuceo de unos beduinos que todavía no habían entendido a Dios?
ESTEBAN: Te voy a decir algo mejor: que vino Jesús y le dio la vuelta a todo eso. El Sermón de la Montaña es la revolución. «Habéis oído que se dijo: ojo por ojo. Pero yo os digo: no resistáis al mal.» Eso es una ruptura con el Antiguo Testamento. Jesús no manda ejércitos. Jesús se deja matar. Y a Pedro, cuando saca la espada para defenderle, le dice la frase que lo zanja todo: «vuelve la espada a su vaina, porque todos los que empuñen espada, a espada perecerán.» No hay vuelta de hoja, Ricardo. El que mata con la espada, muere por la espada. Cristo condena la espada.
RICARDO: Has citado esa escena cien veces, Esteban, y estoy seguro de que nunca te has parado en un detalle que lo cambia todo. Vamos a leerla despacio. ¿De dónde saca Pedro la espada?
ESTEBAN: De… la llevaba encima.
RICARDO: La llevaba encima. Pedro, un apóstol, en la noche del Jueves Santo, va armado. Lleva una espada bajo el manto. ¿Y quién se la había mandado guardar? Nadie. Es más: el propio Cristo, esa misma noche, en la Cena, les había dicho una cosa que tú nunca predicas en tus semanas de la no violencia. Les dijo: «el que no tenga espada, que venda su manto y compre una.»8 Lo dijo el Señor, con su boca. Y los apóstoles le respondieron: «Señor, aquí hay dos espadas.» ¿Y qué contestó Jesús? ¿Les riñó? ¿Les mandó tirarlas? No. Dijo: «Basta.»9 Satis est. Los apóstoles tenían espadas, el Señor lo sabía, y no solo no se lo reprochó: les había mandado comprarlas.
[Esteban se quedó un momento callado, pasando el pulgar por el canto de su libro.]
ESTEBAN: Pero después le manda a Pedro guardarla. Se contradiría.
RICARDO: No se contradice: distingue, que es lo que tú no haces. Mira qué le reprocha exactamente a Pedro. No le dice «tira esa espada, que es un objeto diabólico». No le dice «deshazte de ella». Le dice: «vuelve tu espada a su lugar».10 A su sitio. A la vaina. Es decir: esta no es la hora, ni tú eres la autoridad, ni esta es la causa. Pedro está haciendo justicia por su mano, un particular, de noche, contra los ministros de la ley, y para estorbar la Pasión que el Padre quiere. Eso es lo que el Señor condena: la espada privada, tomada sin autoridad y a destiempo. San Juan Crisóstomo lo vio hace mil seiscientos años: Pedro «no se defendía a sí mismo, sino que lo hacía en nombre de su Maestro», y por eso se le corrige.11 Lo que Cristo condena no es la espada; es que Pedro la use por su cuenta. Y la prueba de que no condena la espada en sí la tienes tres versículos antes: «el que no tenga, que se compre una».
ESTEBAN: Forzado. «El que a hierro mata, a hierro muere» es una sentencia universal contra la violencia.
RICARDO: Es una sentencia, sí, pero ¿contra quién? Lee a san Pablo, que es el intérprete de Cristo, y verás contra quién no va. Pablo, hablando de la autoridad civil, escribe: «no en vano lleva la espada, pues es servidor de Dios, vengador para castigar al que obra mal.»12 La autoridad lleva espada, y la lleva de parte de Dios. Si toda espada estuviera condenada, Pablo sería un hereje. Lo que hay que distinguir —y es la clave de todo el asunto, Esteban, métela en tu cuaderno— es entre la venganza privada, que el cristiano renuncia a tomar por su mano, y el uso público de la fuerza por quien tiene autoridad sobre el bien común. Pedro, sin autoridad, hace mal en sacar la espada. El soldado y el príncipe, con autoridad, hacen bien en llevarla. Y el mismo Evangelio te lo confirma en otra escena que tampoco predicas: cuando los soldados van a preguntarle a san Juan Bautista qué deben hacer para convertirse, ¿les manda el Bautista dejar el ejército? No. Les dice: «no hagáis extorsión a nadie… y contentaos con vuestra paga.»13 Corrige el abuso del soldado. No le manda dejar de ser soldado. Si el oficio de las armas fuera de suyo incompatible con el Evangelio, esa era la ocasión de decirlo. Y no se dijo.
[Blanca había dejado la costura sobre el regazo. Tomás miraba a su maestro con una media sonrisa. El padre Raita intervino por primera vez, sin levantar la voz.]
PADRE RAITA: Cuéntale lo de las dos espadas, Ricardo, que viene a cuento.
RICARDO: Voy, padre. Aquellas dos espadas de la Cena, Esteban, la Iglesia las leyó como una figura. Las dos potestades: la espiritual y la temporal. Lo enseñó solemnemente el papa Bonifacio VIII: «ambas espadas están en potestad de la Iglesia, la espiritual y la material; una ha de esgrimirse por mano del sacerdote, la otra por mano de los reyes y soldados, pero a indicación y consentimiento del sacerdote.»14 ¿Lo oyes? La espada material, la de hierro, no es una concesión vergonzante. Pertenece al orden querido por Dios, y la Iglesia la reconoce en manos de los reyes y los soldados. No la condena: la ordena. La somete a la ley moral, que es muy distinto de abolirla.
ESTEBAN: Pero los primeros cristianos no pensaban así. Los tres primeros siglos fueron pacifistas. No había soldados cristianos. Tertuliano dice que el Señor, al desarmar a Pedro, desarmó a todos los soldados. La Iglesia primitiva era no violenta, y solo se corrompió con Constantino, cuando se subió al carro del Imperio. Vosotros sois la religión de Constantino. Yo quiero la de las catacumbas.
RICARDO: Esa es una historia bonita, Esteban, y es falsa. Mejor dicho: es media verdad, que es la peor clase de mentira. Es verdad que algunos Padres de los primeros siglos recelaron del ejército. ¿Pero sabes por qué recelaban? No por la sangre: por el incienso. Por la idolatría. El soldado romano tenía que jurar por los dioses, ofrecer sacrificio al emperador divinizado, llevar coronas sagradas a los ídolos. Eso es lo que un cristiano no podía hacer. La objeción no era a las armas; era al culto pagano inseparable del oficio. Y tan es así que, ya en aquellos siglos de persecución, la Iglesia está llena de soldados que son a la vez mártires y militares. Pero esto te lo guardo para luego, porque tiene nombres y apellidos, y son muchos. Ahora quédate con la frase de un hombre que no es sospechoso de modernismo, Romano Amerio, que resume lo que enseñaron los Padres: «la milicia no está proscrita por el Evangelio, y fue considerada por todos los Padres como un oficio honesto. Solamente en movimientos de vena maniquea y tintura herética comenzó a considerarse ilícita la guerra.»15 Subraya eso, Esteban: «de vena maniquea y tintura herética». El que negó que la guerra pudiera ser lícita no fue la Iglesia primitiva. Fueron los herejes. Y de eso hablaremos largo.
ESTEBAN: Llámalo herejía si quieres. Yo lo llamo coherencia con el Sermón de la Montaña. ¿Y qué hay de Agustín, al que tanto citáis? Porque Agustín es el que inventa la guerra justa, y la inventa precisamente para justificar que un cristiano mate. Antes de él, eso no estaba.
RICARDO: Agustín no la inventa: la formula. Distinto verbo. Y la formula, fíjate qué interesante, respondiendo a un hereje. ¿Sabes contra quién escribe Agustín su gran texto sobre la guerra? Contra Fausto el maniqueo. Y los maniqueos atacaban exactamente lo que tú atacas: las guerras del Antiguo Testamento, el Dios «guerrero», a Moisés con la espada. Agustín les responde con una pregunta que deberías copiar: «¿Qué es lo que se reprocha en la guerra? ¿Acaso que mueran quienes alguna vez han de morir, para que se sometan quienes han de vivir en paz?» Y dice cuál es el verdadero pecado: «el deseo de dañar, la crueldad de la venganza, el ánimo implacable, la ferocidad de la rebelión, la pasión de dominar: eso es lo que con razón se condena en las guerras.»16 ¿Lo ves? El mal de la guerra no es matar al injusto agresor: es el odio, la crueldad, la codicia. Un soldado puede combatir sin odio, como un padre corrige a un hijo sin odio. Y Agustín da la definición que pasará a toda la Tradición: «se llaman justas las guerras que vengan las injurias.»17 La guerra que repara un agravio, que defiende al inocente, que restablece la justicia, no es pecado: es un acto de amor al bien común.
ESTEBAN: «Vengar injurias.» Suena a cualquier cosa menos a Evangelio.
RICARDO: Suena a justicia, que es virtud evangélica. Pero ya que pides precisión, vamos al que la dio definitiva: santo Tomás. En la Suma, pone las tres condiciones para que una guerra sea justa, y son de un rigor que ninguno de tus pacifistas alcanza. Primera: la autoridad del príncipe, porque un particular no puede declarar la guerra —ya ves, la misma distinción de Pedro—. Segunda: causa justa, es decir, que los atacados lo merezcan por alguna culpa; no vale la codicia ni la ambición. Y tercera: recta intención, que se busque el bien y se evite el mal, no el desahogo del odio.18 Tres llaves, Esteban. Si falta una, la guerra es injusta. ¿Te parece eso una religión de hierro, de gente sedienta de sangre? Es justo lo contrario: es la doctrina que pone límites a la guerra, la que dice cuándo no se puede. El que de verdad no pone límites es el que dice «toda guerra es igual de mala», porque entonces da lo mismo defenderse que agredir, y el cordero y el lobo quedan empatados.
ESTEBAN: El cordero y el lobo… Pero el cristiano está llamado a ser cordero. A dar la vida, no a quitarla.
RICARDO: A dar la suya, Esteban. No la de su hijo. Atiende, porque aquí santo Tomás afina todavía más. Cuando un hombre defiende su propia vida y en esa defensa mata al agresor, no peca, porque su acto tiene dos efectos: uno querido, salvar su vida; otro no querido pero tolerado, la muerte del que injustamente le ataca.19 Es lo que se llama el doble efecto. Y de la defensa propia, que es un derecho, se pasa a la defensa del prójimo, que es un deber. El que puede defender a un inocente de un asesino y no lo hace, peca. ¿Tú dejarías que degollaran a Blanca delante de ti por no ensuciarte las manos? ¿Eso sería el Evangelio? El Catecismo del Concilio de Trento, el que se aprendían los curas durante siglos, lo dice sin rodeos: «no son reos de muerte los que quitan la vida en guerra justa… movidos no de codicia ni de crueldad, sino de solo amor del bien público.»20 No es que se les perdone el pecado: es que no pecan. Matar al agresor injusto en defensa del bien común no es quebrantar el quinto mandamiento. Es cumplir el oficio que Dios puso en manos de la autoridad.
[Esteban tomó aire, como quien reúne fuerzas. Afuera, un golpe sordo: nieve que se descolgaba del tejado. El padre Raita sonrió.]
ESTEBAN: Bien. Te concedo que la doctrina existe, que es coherente, que Agustín y Tomás la enseñan. Pero una cosa es la teoría de unos teólogos y otra la santidad. Decidme un solo santo de verdad que haya sido hombre de guerra. Los santos son los mártires, los que se dejan matar; los monjes, las vírgenes. La guerra produce héroes, no santos.
RICARDO: Me alegro de que preguntes eso, Esteban, porque has tocado lo que de verdad zanja la discusión. Porque una doctrina se puede discutir. Pero la Iglesia no solo enseñó la guerra justa: la canonizó. Subió a los altares a los que la hicieron. Y eso ya no es la opinión de un teólogo: es el juicio de la Iglesia, que cuando declara santo a un hombre dice que está en el cielo y que hizo bien en vivir como vivió. ¿Quieres soldados santos? Te los voy a dar a docenas, y empecemos por los de las catacumbas, por esos primeros cristianos que tú creías pacifistas.
Mira a san Sebastián: oficial de la guardia del emperador Diocleciano, mártir, asaeteado por su fe. San Jorge: militar romano, mártir en Palestina, patrón de soldados y de naciones enteras, de Inglaterra a Cataluña. San Mauricio, que mandaba a la Legión Tebana, entera de cristianos, y que fue martirizada con todos sus soldados por negarse a sacrificar a los ídolos y a perseguir a otros cristianos: lo cuenta san Eucherio de Lyon. San Demetrio de Tesalónica, oficial, gran mártir militar venerado en todo Oriente. Los Cuarenta Mártires de Sebaste, una guarnición entera de soldados cristianos muertos sobre un estanque helado, y de ellos predicó san Basilio. El centurión Cornelio, el primer pagano bautizado, en los Hechos de los Apóstoles. ¿Sigo? Porque eran soldados, Esteban. Llevaban espada. Y son santos, mártires, los primeros que la Iglesia veneró.
ESTEBAN: Pero son mártires a pesar de ser soldados, no por serlo. Murieron desarmados, dejándose matar. Eso es lo evangélico de ellos. Y muchas de esas historias son leyenda: el dragón de san Jorge, la legión entera de seis mil de Mauricio… son adornos piadosos.
RICARDO: Te concedo el dragón, faltaría más; el dragón de san Jorge es leyenda dorada del siglo XIII, y el número redondo de la Legión Tebana es amplificación. Soy el primero en distinguir el grano de la paja, y no necesito mentir para tener razón. Pero el grano queda intacto: el martirio es histórico, y el culto antiquísimo, y el hecho de que eran militares, también. Y fíjate en lo que dices: «mártires a pesar de ser soldados». No. La Iglesia no los canonizó a pesar de su oficio, como si la milicia fuera una mancha que el martirio borra. Los honra con su oficio: por eso los pinta con coraza y espada, por eso los hace patronos de los ejércitos. Si el oficio de las armas fuera pecaminoso, la Iglesia no pondría a un soldado de patrón de los soldados, igual que no pone a una prostituta de patrona de la pureza.
Y no se queda en los mártires romanos, que es donde tú querías encerrarlo. La Iglesia canonizó reyes que hicieron la guerra con la espada en la mano y no como mártires pasivos. San Fernando III de Castilla, que tomó Córdoba y Sevilla a los moros en plena Reconquista, y está en los altares. San Luis IX de Francia, que murió en una cruzada, camino de Túnez. Y, por si lo crees cosa de hombres, santa Juana de Arco: una muchacha que vistió armadura, mandó tropas, levantó el sitio de Orleans con la espada, y a la que la Iglesia —fíjate cuándo— canonizó en 1920. No en el año mil. En el siglo veinte. La Iglesia que tú dices que «por fin entendió» el pacifismo canonizó a una capitana de guerra hace cien años.
ESTEBAN: Juana de Arco es un caso de patriotismo, de liberación de un pueblo ocupado. No la pondría yo de modelo de la guerra.
RICARDO: ¿Por qué no? Liberar a un pueblo ocupado es exactamente una causa justa de las de santo Tomás. Pero hay más, y esto es lo que de verdad debería hacerte pensar. La Iglesia no se limitó a bendecir a soldados sueltos: fundó órdenes religiosas de soldados. Monjes con espada. Los Templarios, los Hospitalarios, los de Santiago, Calatrava, Alcántara. Hombres que hacían votos religiosos —pobreza, castidad, obediencia— y a la vez empuñaban las armas, y todo ello aprobado por los Papas. ¿Y quién escribió la regla y el elogio de los Templarios? Nada menos que san Bernardo de Claraval, el doctor melifluo, el cantor de la Virgen. ¿Y sabes qué escribió de aquel monje-soldado? Que cuando da muerte al malhechor «no es homicida, sino —por decirlo así— malicida, vengador de Cristo contra los que obran el mal, y defensor de los cristianos.»21 Malicida: no mata a un hombre, mata el mal. Lo escribió un santo, de unos monjes, con aprobación de la Iglesia. Dime tú cómo encaja eso con que el Evangelio prohíba toda espada.
[Tomás soltó una risa breve por lo de «malicida» y enseguida se contuvo. Esteban movió la cabeza, entre admiración y resistencia.]
ESTEBAN: Me vas a sacar ahora a san Martín de Tours, supongo, que es soldado. Pero san Martín es mi mejor carta, Ricardo, no la tuya. Porque Martín fue soldado y dejó de serlo. Y dejó el ejército con una frase que es la bandera de todos los objetores de conciencia de la historia: «soy soldado de Cristo, no me es lícito combatir.» Christi ego miles sum: pugnare mihi non licet. Lo dijo un santo. Lo dijo plantado ante el César. Ahí tienes a tu soldado: santo cuando deja las armas.
RICARDO: Esperaba esa carta, y me alegro de que la juegues, porque manejada con honradez se vuelve contra ti. Es verdad, Martín lo dijo, y yo no lo escondo —ya ves que no necesito esconder nada—. Pero mira lo que es y lo que no es. Martín no dijo «el oficio de las armas es pecado» ni «ningún cristiano puede combatir». Dijo «yo soy soldado de Cristo», porque Dios le llamaba a otra milicia, la del monje y el obispo, que es la suya. Es una vocación personal, no una ley universal. Y la prueba está en la propia Iglesia, que es coherente y tú no: la misma Iglesia que venera a san Martín que dejó las armas venera a san Fernando que las empuñó, y a Juana que mandó ejércitos. Si dejar las armas fuera lo evangélico y empuñarlas lo pecaminoso, no podría tener en sus altares a los dos. Y hay un detalle que es casi una broma de la Providencia, Esteban: ¿sabes de dónde viene la palabra «capellán»? De la capa de san Martín, la que partió con el pobre. Y los capellanes, desde hace siglos, son los curas que la Iglesia nombra para los ejércitos. La Iglesia ha puesto siempre sacerdotes a acompañar a los soldados, a confesarlos, a decirles misa antes de la batalla, a darles la absolución. Del manto de tu objetor de conciencia salió el nombre del cura castrense. Dios tiene sentido del humor.
ESTEBAN: (tras un silencio, mirando el fuego) Tengo que reconocerte que la pintura es más grande de lo que yo la veía. Los soldados santos, las órdenes, los capellanes… No es un accidente, es una constante. Pero sigo teniendo el Sermón de la Montaña clavado, y tengo a los Papas de hoy enteros de mi lado. Y tengo una pregunta que no me has respondido: si todo eso era tan claro, ¿por qué la Iglesia ha cambiado? ¿Por qué hoy dice lo contrario?
RICARDO: Esa es la pregunta buena, Esteban. Y es tan grande que merece que la tratemos despacio, con el fuego avivado y otra ronda de castañas, porque toca tres cosas: de dónde sale de verdad el pacifismo, qué le pasa al Antiguo Testamento si tú tienes razón, y por qué a cierta gente le interesa hoy, más que nunca, que los pueblos no quieran ni sepan defenderse. Pero deja que te adelante la respuesta a tu pregunta en una sola frase, para que la rumies mientras Blanca trae las castañas: la Iglesia no ha cambiado. Ha cambiado quien habla en su nombre. Y no es lo mismo.
[El padre Raita asintió despacio. Blanca se levantó hacia la cocina. Fuera, la nieve seguía cayendo, sin ruido, sobre Piedrasanta.]
(Continúa en la segunda parte, que se publicará en breve: el origen herético del pacifismo, el Antiguo Testamento en juego y la guerra contra las naciones.)