1965: la fecha que la coartada de «la secularización» no sabe explicar

Cada vez que se publican los datos del declive católico aparece la misma réplica: «la gente no huye del Vaticano II, huye de la religión en general». Suena razonable. Es falsa, y se desmorona por dos sitios.

Cuando se difunden informes como el del Pew Research Center sobre la sangría de fieles de la Iglesia conciliar, no tarda en llegar la objeción de manual: «Si el problema fuera el modernismo, la gente buscaría algo más tradicional. Pero se marcha al protestantismo o al ateísmo. Luego la causa no es el Concilio, sino la secularización, el individualismo moderno y la falta de acompañamiento pastoral.»

El argumento parece sensato y por eso se repite tanto. Conviene, sin embargo, desarmarlo despacio, porque descansa sobre dos errores: uno de hechos y otro de fe.

La dirección de la fuga confirma la tesis, no la refuta

Empecemos por deshacer un equívoco. Nadie ha sostenido jamás que los fieles abandonen el Vaticano II para hacerse tradicionalistas. La tesis es la inversa, y mucho más grave: la reforma conciliar disolvió los motivos para seguir siendo católico.

Una jerarquía que predica que todas las confesiones son «medios de salvación», que ya no hay que convertir a nadie y que toda religión es un camino querido por Dios ha demolido con sus propias manos la razón de permanecer católico en lugar de hacerse evangélico… o nada. Por eso la fuga hacia el protestantismo y hacia la incredulidad no contradice nuestra lectura: es exactamente lo que predice. El indiferentismo enseñado desde arriba engendra indiferentismo practicado desde abajo. Y una liturgia despojada de su carácter sacrificial compite mal con el fervor pentecostal, y compite peor aún con el sofá del domingo: nadie abandona una Misa que cree que es el Calvario; se abandona una asamblea presentada como mera reunión fraterna.

Pero el golpe definitivo es la cronología. La modernidad tiene siglos; el individualismo es muy anterior a 1965. ¿Por qué, entonces, el desplome de la práctica, de las vocaciones y de las conversiones no es lento y secular, sino brusco y postconciliar? ¿Por qué cae en picado después del Concilio, y no con la Ilustración, ni con la Revolución, ni con las dos guerras mundiales? Una causa difusa y global no produce un punto de inflexión datable; una reforma concreta, sí. Quien atribuye todo a «la secularización» tiene que explicar por qué el cuerpo que se hunde con mayor velocidad es, precisamente, el que se reformó, mientras las confesiones que no se aggiornaron resisten mejor el mismo ambiente hostil.

«Sois cuatro gatos» no es un argumento: es una profecía cumplida

Queda la segunda objeción, la favorita de quien quiere zanjar el debate por la vía rápida: los fieles a la Misa de siempre no aparecen en las estadísticas porque son demográficamente insignificantes, y las macroencuestas solo capturan grandes masas.

Concedido sin reparos: somos pocos. ¿Y qué? «Son pocos, luego se equivocan» es la más vieja de las falacias. El número jamás fue prueba de verdad en el cristianismo; más bien lo contrario. Toda la Escritura describe la fidelidad como un resto pequeño: el arca de Noé, los trescientos de Gedeón, el «pequeño rebaño» (Lc 12, 32), «muchos los llamados y pocos los escogidos» (Mt 22, 14) y la pregunta que lo decide todo: «cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará fe sobre la tierra?» (Lc 18, 8). La gran apostasía anunciada para los últimos tiempos (2 Tes 2) presupone que los fieles serán minoría.

Por tanto, la pequeñez del remanente no contradice la posición tradicional: es justamente lo que esa posición anuncia. Quien creía aplastarnos con un censo no ha hecho más que describir el cumplimiento de lo que la Escritura advirtió.

El diagnóstico compartido y la única causa con fecha

En el fondo, el diagnóstico lo compartimos con quien objeta: hay hemorragia de fieles, y hay una pastoral que dejó de formar en la fe. Esa «falta de acompañamiento pastoral» que se invoca como causa alternativa es, dicha con otras palabras, nuestra propia tesis. Solo discrepamos en una cosa: en por qué esa pastoral se vació de contenido sobrenatural.

Y la respuesta tiene fecha. Es 1965.

Fac, Domine, salvos nos.

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