Piedrasanta no existe en ningún mapa. Es un valle imaginario, perdido en alguna sierra del norte de Cantabria, al que llega Ricardo Aldama después de oír las palabras del Apocalipsis: «Salid de ella, pueblo mío.» Ricardo tiene treinta y dos años, traduce a los Padres de la Iglesia, vive solo en un piso de cuarenta metros en Madrid. No tiene parroquia, no tiene comunidad, no tiene a nadie con quien rezar. La Iglesia que conoció ya no existe; la que la suplantó enseña lo contrario de lo que enseñó durante veinte siglos.
Eso es la novela: Piedrasanta. Los últimos católicos, publicada en mayo de 2026. Una historia sobre la fe cuando todo conspira contra ella, sobre lo que cuesta levantar una comunidad católica cuando la jerarquía visible bendice lo que durante dos mil años fue condenado, sobre el invierno en el norte, una mujer que no se fía de nadie y un puñado de familias decididas a transmitir la fe a sus hijos como si todavía importara.
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Pero junto a la novela existe un corpus paralelo: los Diálogos de Piedrasanta. Mismos personajes, mismo escenario, otra cosa. La novela cuenta lo que pasa en la casa, en la nieve, en la capilla, en la cocina de Elena. Los Diálogos son las conversaciones doctrinales que Ricardo mantiene con quienes llegan a Piedrasanta con preguntas — un profesor de teología formado en la escuela de Ratzinger, un cura de la FSSPX, un sacerdote de la SSPV, un periodista incrédulo, su propio cuñado, un viejo amigo del seminario.
Esos diálogos no están en la novela. La hubieran hundido. Cinco mil palabras de discusión sobre Unitatis Redintegratio paran en seco cualquier ficción. Pero existen porque las preguntas existen, y porque alguien tiene que sentarse las horas que haga falta a responderlas con calma, con fuentes, sin levantar la voz. Aquí, en este blog, irán publicándose uno por uno, acompañados del informe sistemático que los respalda.
El método. Cada diálogo es teatral. Hay acotaciones escénicas. Los interlocutores hablan; Ricardo cita; el oponente objeta; las notas al pie dan la referencia exacta — Trento, Florencia, Pastor Aeternus, los Padres, el propio Ratzinger. Ningún diálogo termina con el contrario convertido. Termina con el contrario silenciado por la propia evidencia, o pensando, o cerrando el cuaderno y mirando al fuego. La conversión, si llega, viene después y queda fuera del texto. Como en la novela.
Piedrasanta es lectura previa útil, no obligatoria. Para entrar en los diálogos basta saber que Ricardo cree lo que la Iglesia enseñó durante veinte siglos, y que está dispuesto a sentarse las horas que haga falta a explicarlo.