León XIV llama «hermanos en Cristo» a quienes rechazan Trento entero, presenta como texto «de reconciliación» la confesión que la Iglesia condenó y, tres meses antes, excomulgó a la FSSPX por no aceptar «varios puntos» del Vaticano II
El 1 de octubre, León XIV recibió en el Vaticano a la Federación Luterana Mundial y le propuso una meta para 2030: celebrar juntos el quinto centenario de la Confesión de Augsburgo, el documento fundacional del luteranismo, recuperando lo que llamó su «potencial ecuménico preconfesional». Para entender por qué la frase es tan grave hay que saber qué fue Augsburgo, qué decía y qué hizo la Iglesia con él. Es una historia breve, y la contamos desde el principio.
Qué ha dicho Prevost
El discurso, publicado en la web del Vaticano, contiene tres afirmaciones:
1. Que la Confesión de Augsburgo «se concibió originalmente como un documento de reconciliación dentro de la Iglesia» y que «solo más tarde» se entendió como un texto de división.
2. Que conviene «afirmar juntos» su potencial «preconfesional»; es decir, lo que tenía antes de que católicos y luteranos fueran dos «confesiones» distintas.
3. Que el objetivo es la «unidad plena y visible», una «comunión renovada en la fe apostólica, en los sacramentos y en los ministerios».
Traducido: la ruptura del siglo XVI fue un malentendido posterior; en el origen, católicos y luteranos compartían una herencia común que se trata de recuperar. Lo que el discurso no dice es igual de importante: en ningún momento habla de que los luteranos tengan que volver a la Iglesia ni abandonar un solo error. La Iglesia católica queda rebajada a una «confesión» más, en pie de igualdad con la de Lutero.
Cómo se llegó a Augsburgo
En 1517, el fraile agustino Martín Lutero publicó sus 95 tesis contra las indulgencias. En pocos años su protesta se convirtió en una doctrina nueva: el hombre se salva por la sola fe, sin obras; la única regla de fe es la Escritura interpretada por cada uno; la Misa no es sacrificio; el sacerdocio y el Papado sobran.
La Iglesia juzgó pronto. En 1520, el papa León X condenó sus errores en la bula Exsurge Domine; en 1521 lo excomulgó con Decet Romanum Pontificem. Ese mismo año, en la Dieta de Worms, el emperador Carlos V lo declaró proscrito en todo el Imperio. Pero varios príncipes alemanes lo protegieron, y la herejía se extendió por sus territorios. En 1529, cuando la Dieta de Espira quiso frenarla, esos príncipes firmaron una «protesta» formal: de ahí viene el nombre de «protestantes».
Carlos V tenía además a los turcos a las puertas de Viena, que habían sitiado ese mismo año, y necesitaba un Imperio unido. Por eso convocó en 1530 la Dieta de Augsburgo, para que los luteranos expusieran su fe y se buscara un arreglo. El encargado de redactar esa exposición fue Felipe Melanchthon, el colaborador más cercano de Lutero. El texto se leyó ante el emperador el 25 de junio de 1530: es la Confessio Augustana, la Confesión de Augsburgo.

Qué decía la Confesión
Tiene 28 artículos. Los 21 primeros exponen la doctrina luterana; los siete últimos enumeran los «abusos» que los luteranos habían suprimido en sus territorios. Entre lo que enseña:
- La justificación por la fe (art. 4): el hombre es declarado justo por la fe en Cristo, no transformado por la gracia ni salvado con sus obras.
- La Iglesia (art. 7): la define como la reunión de los fieles donde se predica el Evangelio y se administran los sacramentos, sin Papa ni jerarquía de derecho divino.
- La Misa (art. 24): da por suprimidas las misas privadas y niega que la Misa se ofrezca por los pecados de vivos y difuntos.
- Los votos y el celibato (art. 23 y 27): aprueba el matrimonio de los sacerdotes y la salida de los religiosos de sus conventos.
Melanchthon escribió con mucha cautela: calló el Papado, el purgatorio y las indulgencias, y presentó todo como si fuera la fe de la Iglesia antigua. No era reconciliación, era táctica. Lutero, que leyó el borrador desde Coburgo, escribió que él no sabía «pisar tan suave y tan quedo». Esa suavidad calculada es la que hoy se vende como «potencial ecuménico».
Qué hizo la Iglesia
No tardó siglos. El emperador encargó la respuesta a los teólogos católicos, con Juan Eck al frente, y la Confutatio Augustana (la «Refutación de Augsburgo») se leyó ante la misma Dieta el 3 de agosto de 1530: cinco semanas después. Examinaba el texto artículo por artículo, aprobaba lo que era católico, rechazaba lo que no lo era y pedía a los firmantes que volvieran a la fe de la Iglesia. Los luteranos se negaron. En noviembre, la Dieta les dio de plazo hasta abril de 1531 para someterse. En lugar de someterse, sus príncipes formaron una alianza militar, la Liga de Esmalcalda.
La respuesta definitiva llegó con el Concilio de Trento (1545-1563). Trento declaró anatema, es decir, separado de la Iglesia, a quien enseñe que el hombre se justifica por la sola fe (ses. VI, cán. 9), que la gracia es una simple declaración externa que no cambia el alma (cán. 11) o que la fe que justifica no es más que confianza en la misericordia divina (cán. 12). Y a quien niegue que la Misa es un verdadero sacrificio que se ofrece por vivos y difuntos, o diga que las misas en que solo comulga el sacerdote son ilícitas (ses. XXII, cán. 1, 3 y 8). Es decir, condenó punto por punto la doctrina de Augsburgo.
Lo que costó Augsburgo
La herejía no se quedó en los libros. Carlos V venció a la Liga en Mühlberg (1547), pero no logró extirparla. En 1555 se firmó la Paz de Augsburgo, que reconocía en el Imperio dos religiones: la católica y la de los partidarios de la Confesión de Augsburgo. Cada príncipe impondría la suya a sus súbditos (cuius regio, eius religio). Carlos V se negó a firmarla en persona y dejó que lo hiciera su hermano Fernando. Meses después abdicó.
Aquella paz fue una tregua. La división religiosa que consagraba estalló en 1618 en la Guerra de los Treinta Años, la más sangrienta de Europa hasta entonces: murieron millones de personas y regiones enteras de Alemania perdieron a una parte enorme de su población. Cuando en 1648 la Paz de Westfalia cerró el conflicto confirmando la división, el papa Inocencio X la declaró nula en lo que tocaba a la religión, con la bula Zelo domus Dei.
El emperador se arrepintió
Carlos V conoció de cerca el resultado de la blandura. Retirado en Yuste, supo en 1558 que se habían descubierto focos luteranos en Valladolid y Sevilla, y escribió de su puño a su hijo Felipe II el 25 de mayo: «Este negro negocio que acá se ha levantado me tiene tan escandalizado cuanto lo podéis pensar y juzgar […] es menester que […] lo proveáis muy de raíz, y con mucho rigor y recio castigo».
El cronista fray Prudencio de Sandoval recoge que el emperador dijo entonces: «Erré en no matar a Lutero; y si bien yo le dejé por no quebrantar el salvoconducto y palabra que le tenía dada, pensando de remediar por otra vía aquella herejía, erré». Y en el codicilo que añadió a su testamento el 9 de septiembre, doce días antes de morir, mandó a su hijo, «como padre que tanto le quiero», que los herejes fueran castigados «con toda la demostración y rigor […] sin excepción de persona alguna».
El hombre que presidió Augsburgo y buscó el acuerdo murió lamentando haberlo buscado. Prevost propone volver a buscarlo.
Dos varas de medir
Y aquí está la contradicción más visible. El 16 de junio, preguntado por la Fraternidad San Pío X, Prevost dijo que sus miembros «rechazan aceptar ciertos elementos fundamentales de la Iglesia, comenzando por varios puntos del Concilio Vaticano II». El 2 de julio, tras las consagraciones de Écône, el Dicasterio para la Doctrina de la Fe los declaró excomulgados por un acto «de naturaleza cismática» y advirtió a clérigos y fieles que no se adhirieran a ellos.
Tres meses después, el mismo Prevost recibe a quienes no aceptan nada de Trento —ni la justificación, ni la Misa, ni el sacerdocio, ni el Papado— y los llama «hermanos y hermanas en Cristo», con quienes reza el Padrenuestro.
No defendemos aquí a la FSSPX, que sigue reconociendo como Papa a quien preside todo esto (lo explicamos en El fariseísmo de la FSSPX). Pero el contraste enseña algo que conviene ver claro: en la Roma actual se puede rechazar Trento y ser hermano querido; lo que no se puede es rechazar el Vaticano II. El dogma de esta religión no es Trento, es el Concilio. Por eso no es la Iglesia católica, sino una secta que ocupa sus templos.
De dónde viene y adónde va
Prevost no inventa nada. Cita a Wojtyła, que en 1980, en el 450 aniversario, atribuyó a los autores de Augsburgo la intención de dar testimonio de su fe «en la Iglesia una, santa, católica y apostólica». Y llama «hito» a la Declaración conjunta sobre la justificación de 1999, que dio por no aplicables a los luteranos de hoy los anatemas de Trento. Son las fichas 16 y 17 de nuestro informe sobre las herejías de Karol Wojtyła. La misma lógica que declara sospechoso el proselitismo: si no hay nada de lo que convertirse, no hay a quién convertir.
Pío XI lo había juzgado de antemano en Mortalium animos (1928): la unión de los cristianos no puede procurarse de otro modo que favoreciendo el retorno de los disidentes a la única verdadera Iglesia de Cristo, de la que un día desdichadamente se separaron. La Confutatio tardó cinco semanas en responder a Augsburgo; la secta del Vaticano II lleva sesenta años intentando desdecirla.
El miércoles publicamos «El contraevangelio de Prevost», donde este discurso ocupa su sitio en una serie que ya no admite la excusa del accidente. Pidamos por los que siguen bebiendo del agua de Augsburgo, para que vuelvan a la fe de Trento, que es la de los Padres que Prevost invoca sin leer.
Fuentes:
- Discurso de León XIV a la Federación Luterana Mundial (1-X-2026), vatican.va
- Infovaticana: León XIV pide recuperar las «raíces comunes» con los luteranos de cara a 2030
- Confutatio Augustana
- Concilio de Trento, sesión XXII
- Modesto Lafuente, Historia general de España: Carlos V en Yuste (carta de 25-V-1558, Sandoval y codicilo)
- EWTN News: el Vaticano notifica la excomunión a los obispos de la FSSPX
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