viernes, 18 de septiembre de 2026 Témporas de Septiembre (Viernes) · Comm. San José de Cupertino, Confesor Ayuno y abstinencia

20 de octubre

Blanco

San Juan Cancio, Confesor

Las lecturas de la Misa de hoy, con el comentario de la tradición.

Epístola (Jac. 2, 12-17)

Léctio Epístolæ beáti Jacóbi Apóstoli.

Lectura de la Epístola del bienaventurado apóstol Santiago.

Carissimi: Sic loquímini, et sic fácite sicut per legem libertátis incipiéntes judicári. Judícium enim sine misericórdia illi, qui non fecit misericórdiam: superexáltat autem misericórdia judícium. Quid próderit, fratres mei, si fidem quis dicat se habére, ópera autem non hábeat? Numquid poterit fides salváre eum? Si autem frater et soror nudi sint, et indígeant victu quotidiáno, dicat autem áliquis ex vobis illis: Ite in pace, calefacímini et saturámini: non dedéritis autem eis, quæ necessária sunt córpori, quid próderit? Sic et fides, si non hábeat ópera, mórtua est in semetípsa.

Así habéis de hablar y obrar, como que estáis a punto de ser juzgados por la ley evangélica o de la libertad. Porque aguarda un juicio sin misericordia al que no usó de misericordia; pero la misericordia sobrepuja al rigor del juicio. ¿De qué servirá, hermanos míos, el que uno diga tener fe, si no tiene obras? ¿Por ventura la fe podrá salvarle? Caso que un hermano o una hermana estén desnudos y necesitados del alimento diario, ¿de qué les servirá que alguno de vosotros les diga: Id en paz, defendeos del frío y comed a satisfacción, si no les dáis lo necesario para reparo del cuerpo? Así la fe, si no es acompañada de obras, está muerta en sí misma. [Torres Amat]

Comentario patrístico · Comentario a Santiago, cap. 2 — Cornelio a Lápide

12. «Así hablad y así obrad.» — Concluye Santiago exhortándolos a que pongan por obra lo ya dicho: que no hagan acepción de las personas de los ricos, sino que cumplan la ley regia del amor al prójimo, tanto pobre como rico, acordándose del juicio divino, en el cual serán condenados con mayor gravedad los cristianos que la hayan violado, por cuanto ellos mismos recibieron de Cristo la ley de la libertad y, abusando ingratamente de ella, más aún, la traspasaron. El sentido es, pues, este: cuanto hasta aquí os he enseñado, sobre todo acerca de evitar la acepción de personas y de seguir el amor a todos que se le opone —es decir, que la acepción de personas repugna a la fe y a la religión cristiana, y por tanto no es lícito al fiel despreciar a los pobres y ensalzar a los ricos, sino que respecto de unos y otros se ha de cumplir la ley que ordena: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo»—; esto, digo, recibidlo como dicho no mío, sino de Cristo, y así creedlo, y así habladlo cuando de ello se trate, y así obradlo, poniendo por obra la fe y la palabra cuando la cosa reclame obra.

El estímulo que os propongo para ello es la memoria y el temor del juicio divino, en el cual Dios os pedirá cuenta exacta tanto de las palabras como de cada uno de los hechos; y tanto mayor cuanto que os dio la ley evangélica, que es regia y de perfecta libertad, como ya dije: de este modo, a vuestra vez, seréis amados de Dios y alcanzaréis misericordia en su juicio. Así Beda. Explica también la «ley de la libertad» que nombró en el versículo 12, esto es, la evangélica: aquella no hace a los cristianos libres de tal suerte que, sueltos de toda ley, puedan hacer libremente cuanto les plazca, como si bastara la fe con que creen en Cristo Salvador; error que enseñaban en aquella época Simón Mago (según Ireneo y Teodoreto), y tras él Valentín, Basílides, Eunomio y Aecio, a quienes siguen nuestros herejes como tapa digna de tal olla, pues enseñan que para la salvación basta la fe con que creas que Cristo murió por ti, satisfizo por tus pecados y te mereció la gracia y la gloria, y que por tanto no se requieren las obras buenas.

13. «Porque juicio sin misericordia (suple: será) para aquel que no hizo misericordia.» — Esto enlaza bien con lo precedente. Pues había dicho Santiago que debemos hablar y obrar todo de modo que, siempre memoriosos del juicio divino, nos lo hagamos favorable y propicio. Ahora enseña el modo de conciliárnoslo: la misericordia, conforme a la promesa de Cristo: «Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia» (Mt 5, 7). Por el contrario, quien no hizo misericordia experimentará aquel juicio riguroso y «sin misericordia», es decir, despiadado. Por «juicio» entiéndase, por metonimia, la condenación misma, que por el juicio divino se infligirá a los impíos y a los que no tuvieron misericordia (Mt 25, 42). Lo mismo enseña Cristo con aquella parábola del siervo despiadado, a quien el señor le revocó toda la deuda ya perdonada de diez mil talentos, por no haber querido perdonar a su consiervo cien denarios (Mt 18, 34). En griego hay una elegante paronomasia: «pues juicio sin misericordia para el que no hizo misericordia». La causa la da san Gregorio (hom. 13 sobre los Evangelios): «Considerad, hermanos, que la piedad de Dios ha cercado nuestra dureza; ya no le queda al hombre excusa que hallar. Dios es despreciado y espera; se ve menospreciado y llama; recibe injuria de su desprecio y, con todo, promete premios a los que se vuelven: por eso, después que Santiago dijo que la misericordia se sobrepone al juicio, con razón añadió que sufrirá riguroso juicio quien no hubiere imitado esta inefable misericordia.» Quien, pues, no hace misericordia con los necesitados, se excluye a sí mismo de la misericordia de Dios, dice Ecumenio.

«Mas la misericordia se sobrepone al juicio.» — Puede tomarse aquí «misericordia» o por la divina o por la humana. De la divina lo entienden muchos con san Gregorio, ya citado, como si dijera: la misericordia de Dios vence a su justicia y a su juicio, porque es propio de Dios compadecerse y perdonar. Por eso, caído el género humano al pecar Adán, queriendo el juicio castigar y condenar a todos, acudió la misericordia y venció, decretando que el hombre fuese redimido por la encarnación y pasión del Verbo. Pues aunque en Dios todos los atributos sean iguales, y tan grande sea la justicia como la misericordia, sin embargo usa y ejerce más la misericordia que la justicia; porque, como dice el Salmista: «Sus piedades (las de Dios) están sobre todas sus obras» (Sal 144, 9).

En segundo lugar, otros —como Damasceno, Catarino y Salmerón— toman esto de la misericordia humana, de suerte que haya antítesis con el hemistiquio precedente, como si dijera: juicio riguroso y sin misericordia habrá para el que no hizo misericordia; mas quien hace misericordia tendrá un juicio mezclado con mucha misericordia, y así la misericordia superará al juicio y doblegará y ablandará su severidad. Por eso Vátablo traduce: «la misericordia no teme al juicio»; y el siríaco claramente: «sois exaltados por las misericordias sobre el juicio». Pues los misericordiosos alcanzan, por la misericordia y la limosna, la remisión o mitigación de la pena debida a sus pecados; y si están en pecado mortal, por la limosna se disponen a recibir de Dios la misericordia, la gracia y la justicia, y de congruo la merecen e impetran; de donde resulta que en el juicio no han de ser condenados por ese pecado, sino absueltos. La misericordia, pues, vence y anula el rigor del juicio, y arranca de la mano del juez como la vara y el azote, para que el reo, que había de ser azotado, se vaya inmune y libre.

En tercer lugar, pleno y adecuado será el sentido si juntas el primero con el segundo, tomando aquí «misericordia» tanto por la humana como por la divina, como si dijera: la misericordia del hombre misericordioso provoca la misericordia de Dios y se la gana por abogada y patrona; y una y otra son tan poderosas y eficaces ante Dios que resisten a su juicio y a su justicia, y lo vencen y anulan. Es una prosopopeya: el juicio y la misericordia se fingen como dos personas que litigan ante Dios acerca del hombre pecador y reo; el juicio, como acusador, le imputa y pide su condena; la misericordia lo defiende y excusa, e impetra y consigue que sea absuelto y se vaya libre. Así se apareció a san Juan Limosnero la misericordia como una hermosísima doncella, espléndidamente vestida, ceñida de corona de olivo, que le movía a la limosna diciéndose hija del sumo Rey y familiarísima suya, y que cuanto quisiese lo alcanzaría de Él.

Sopesemos ahora las palabras mismas. «Sobrepónese la misericordia al juicio», esto es, la misericordia se levanta sobre el juicio, lo vence y quebranta su rígida sentencia de condenación a que está sujeto el pecador, haciendo que los misericordiosos se salven según la misericordia y no sean condenados por el rigor del juicio. Es como la apelación que se hace del juicio a la misericordia, así como de los cardenales al Papa, o de una curia menor a otra mayor; pues así como es lícito apelar de la curia de la justicia a la curia de la misericordia, quienes en el juicio estaban cabizbajos y temerosos por sus pecados, en el tribunal de la misericordia, por la misericordia que hicieron, alzan la cabeza y esperan cierta la sentencia de absolución. San Cirilo (o más bien Clictoveo) dice: «Sobre el juicio se exalta la misericordia, como el aceite sobre el agua»; así como el aceite sobrenada sobre el agua, así la misericordia supera al juicio. Los griegos leen hoy «se gloría la misericordia contra el juicio», como quien, venciendo el pleito, se gloría de la victoria contra la parte adversa; y algunos, como Erasmo y Gañeyo, sospechan que ha de leerse «se sobre-regocija» (superexultat), como leyó san Agustín, y expone Beda: «Así como en el juicio se dolerá quien no hizo misericordia, así quien la hizo, remunerado, exultará y se gozará.» Este sentido pide la antítesis con el hemistiquio precedente y es el verdadero y genuino: de él aprendemos cuán grande es la fuerza de la misericordia, cuán grata es a Dios, y cuánto debemos abrazarla y ejercerla si queremos salvarnos, pues en ella consiste nuestra salvación.

14. «¿De qué aprovechará, hermanos míos, si alguno dice que tiene fe, pero no tiene obras?» — Esta es la tercera parte del capítulo, en la cual, contra la herejía que entonces surgía, enseña que para la salvación no basta la fe, sino que se requieren también las obras buenas. A esto pasa Santiago con ocasión de las obras de misericordia que poco antes recomendó diciendo: «La misericordia se sobrepone al juicio.» De ellas se remonta, como de la especie al género, a la necesidad de toda obra buena, y explica lo que dijo en el cap. 1, 22: «Sed hacedores de la palabra, y no solamente oidores», enseñando que no basta la fe de la palabra, sino que se requiere que la palabra se traduzca en obras; y explica la «ley de la libertad», es decir, la evangélica: que ella no hace a los cristianos libres de suerte que, sueltos de toda ley, puedan hacer cuanto quieran, como si bastara la fe con que crean en Cristo Salvador. Esto enseñaba Simón Mago, y a él siguen nuestros herejes como tapa digna de tal olla, que enseñan que para la salvación basta la fe con que creas que Cristo murió por ti, satisfizo por tus pecados y te mereció la gracia y la gloria, y que por tanto no se requieren las obras buenas. Lo probaban por la Epístola de san Pablo a los Romanos, en la cual Pablo, contra los judíos que se gloriaban en Moisés y en las obras de la ley y despreciaban la fe de Cristo, deprime las obras de la ley y ensalza la fe de Cristo. Para desbaratar este error, san Pedro, Santiago y san Juan escribieron sus Epístolas canónicas, en las que explican la mente de Pablo y encarecidamente recomiendan y exigen el afán de las buenas obras, como afirma expresamente san Agustín.

De donde consta que Pablo, al decir (Rom 3, 28) que somos justificados por la fe sin las obras de la ley, no contradice a Pedro, Santiago y Juan, que dicen que somos justificados no por sola la fe, sino también por las obras. Pues Pablo entiende las obras de la ley hechas con las solas fuerzas de la naturaleza, sin la fe y la gracia de Cristo, tales como las jactaban los judíos; mas Pedro, Santiago y Juan entienden las obras de la fe, esto es, hechas por la fe y la gracia de Cristo, las cuales Pablo comprende bajo el nombre de fe. Así san Agustín: Pablo entiende las obras que preceden a la fe; Santiago, las obras que siguen a la fe. Hay, además, doble justificación: la primera, por la cual el hombre de injusto se hace justo; la segunda, por la cual de justo se hace más justo y más santo, que no es otra cosa que aumento de la justicia. Y advertí «el rico que puede socorrer», pues el pobre da al pobre una gran limosna si le muestra no el efecto, pero sí el afecto de la compasión, y le desea el bien; que por eso dice san Agustín (sobre el salmo 125): «Si te compadeces de corazón, aunque no tengas qué alargar con la mano, acepta Dios tu limosna.»

15-16. «Lo que es necesario para el cuerpo.» — Porque el cuerpo necesita alimento para sustentarse y vestido para cubrir su desnudez: da a entender Santiago que los cristianos en esta vida no deben buscar sino lo necesario para la vida, y no ambicionar delicias ni lujo de vestidos. Lo mismo enseñó san Pablo: «Grande granjería es la piedad con lo suficiente. Porque nada trajimos a este mundo, y sin duda nada podremos sacar de él. Teniendo, pues, alimento y con qué cubrirnos, contentémonos con esto. Porque los que quieren hacerse ricos caen en tentación y en lazo del diablo, y en muchos deseos inútiles y nocivos, que hunden a los hombres en la ruina y perdición. Porque raíz de todos los males es la codicia» (1 Tim 6, 6). De donde severamente san Basilio: «¿Acaso no eres despojador tú, que reputas por propio lo que recibiste para distribuir? Del hambriento es el pan que retienes; del desnudo la túnica que guardas en el arca; del descalzo el calzado que se pudre en tu casa; del necesitado la plata que posees enterrada. Por lo cual haces injuria a tantos pobres cuantos podrías socorrer.»

17. «Así también la fe, si no tiene obras, es muerta en sí misma.» — «Como que no tiene alma, esto es, la caridad misma, por la cual sea vivificada y movida a las obras», dice san Bernardo. Tal fe es, pues, como cadáver exánime, y cuerpo muerto, que sin embargo es verdadero cuerpo, así como la fe sin obras es verdadera fe (lo cual falsamente niega Calvino), pero desmayada, exangüe, floja, vana, ociosa y como muerta: así se dice muerta la raíz de la que no germinan hojas, flores ni frutos; así el agua estancada, porque se detiene y no corre, se dice muerta, porque carece de movimiento, que en los vivientes es índice y efecto de la vida. Así se dicen muertas las virtudes si falta la caridad, pues esta es como su forma y su vida, no física sino moral, porque con su presencia les confiere dignidad y estado de virtud, y fuerza de merecer, para que el hombre sea tenido delante de Dios por dotado de virtud, justo, amigo, hijo, y cuyas obras sean dignas y meritorias de la vida eterna. Con razón san Crisóstomo: «Los vivos no se diferencian de los muertos solo en que ven el sol y el aire, sino en que hacen algún bien; pues si esto falta a los vivientes, en nada son mejores que los difuntos.»

«Es muerta en sí misma.» — Esto es, según sí misma, por sí sola y solitaria, porque está apartada de la caridad y de sus obras; pues aunque la fe y el acto de fe en sí sean vivos —naturalmente, por ser acto que procede vitalmente de la potencia vital, y sobrenaturalmente, por ser acto de la fe, que es virtud sobrenatural y gracia incoada—, en cuanto está privada de la caridad, que da la plena y perfecta vida sobrenatural tanto a la fe como al hombre, en tanto se dice muerta; a la manera del brazo entumecido, que se dice muerto porque del alma recibe la vegetación y nutrición, mas no el movimiento ni la sensación. Muy bien san Bernardo: «Muerte de la fe es la separación de la caridad. ¿Crees en Cristo? Haz las obras de Cristo, para que viva tu fe. Anímela la caridad, pruébela la acción.» Vida y lengua de la fe son las obras, pues las obras hablan, dice san Agustín; hablan, digo, diciendo que es verdadera y probada la fe que engendra obras tan buenas. Entiéndase esto de los adultos: la fe que rehúsa obrar cuando la ley de la caridad u otra manda alguna obra es la que se dice muerta; pues el adulto que descuida obrar bien pierde la gracia de Dios, que es la vida del alma, y así su fe ya no es viva, sino muerta (concordando el concilio de Trento, ses. VI, cap. X). Mas en los párvulos y en los adultos justificados que mueren luego del bautismo o de la justificación, consta que se salvan sin obras.

Comentario a Santiago, cap. 2, Cornelio a Lápide · Traducción del editor, del latín (Gran Comentario, dominio público) · fuente: lapide.org (dominio público)

Evangelio (Luc. 12, 35-40)

Sequéntia sancti Evangélii secúndum Lucam.

Continuación del santo Evangelio según san Lucas.

In illo témpore: Dixit Jesus discípulis suis: Sint lumbi vestri præcíncti, et lucernæ ardéntes in mánibus vestris, et vos símiles homínibus exspectántibus dóminum suum, quando revertátur a núptiis: ut, cum vénerit et pulsáverit, conféstim apériant ei. Beáti servi illi, quos, cum vénerit dóminus, invénerit vigilántes: amen, dico vobis, quod præcínget se, et fáciet illos discúmbere, et tránsiens ministrábit illis. Et si vénerit in secúnda vigília, et si in tértia vigília vénerit, et ita invénerit, beáti sunt servi illi. Hoc autem scitóte, quóniam, si sciret paterfamílias, qua hora fur veníret, vigiláret útique, et non síneret pérfodi domum suam. Et vos estóte paráti, quia, qua hora non putátis, Fílius hóminis véniet.

Estad con vuestras ropas ceñidas a la cintura, y tened en vuestras manos las luces ya encendidas. Sed semejantes a los criados que aguardan a su amo cuando vuelve de las bodas, a fin de abrirle prontamente, luego que llegue, y llame a la puerta. Dichosos aquellos siervos a los cuales el amo al venir encuentra así velando; en verdad os digo, que recogiéndose él su vestido, los hará sentar a la mesa, y se pondrá a servirles. Y si viene a la segunda vela, o viene a la tercera, y los halla así prontos, dichosos son tales criados. Tened esto por cierto, que si el padre de familia supiera a qué hora había de venir el ladrón, estará ciertamente velando, y ni dejaría que le robasen su casa. Así vosotros estad siempre prevenidos; porque a la hora que menos pensáis vendrá el Hijo del hombre. [Torres Amat]

Comentario de los Padres · Catena Aurea (Cadena de Oro) — Santo Tomás de Aquino

San Lucas 12, 35-40 — glosas de los Padres griegos y latinos, encadenadas por Santo Tomás.

Teofilato. Después que el Señor estableció a su discípulo en la moderación despojándolo de todo cuidado de la vida y del orgullo, lo induce ahora a servir diciendo: "Tened ceñidos vuestros lomos" -es decir estad siempre dispuestos a imitar a vuestro Dios-. "Y antorchas encendidas", esto es, no viváis entre tinieblas, sino que la luz de la razón os alumbre siempre dándoos a conocer lo que habéis de evitar. Este mundo es una noche, pero tienen ceñidos sus lomos los que llevan una vida práctica o activa. Porque tal es costumbre de los que trabajan, a quienes convienen antorchas ardientes, esto es el don de la discreción, para que puedan conocer en la práctica, no sólo lo que conviene hacer, sino cómo debe hacerse. De otra manera, los hombres caen en el precipicio de la soberbia. Y debe observarse que primero manda ceñir los lomos y después encender las antorchas, porque primero es la acción y después la reflexión, que es la luz del espíritu. Por tanto, estudiemos el modo de ejercer nuestras facultades y entonces tendremos dos antorchas ardientes, a saber: la inhabitación del Espíritu -que nos ilumina brillando en nuestra mente- y la doctrina con la que ilustramos a los demás.

San Máximo, in Cat. graec. Patr. O también nos enseña a tener encendidas las antorchas por la oración, la contemplación y el afecto espiritual.

San Cirilo, in Cat. graec. Patr. O bien el ceñirse los lomos significa la agilidad y prontitud con que debemos sufrir todos los males por el amor de Dios, y la antorcha encendida significa que no debemos permitir el que algunos vivan en las tinieblas de la ignorancia.

San Gregorio, in homil. 13, in Evang. De otro modo: ceñimos nuestros lomos cuando reprimimos la lujuria de la carne por la continencia. Porque la lujuria del hombre se encuentra en sus riñones y la de la mujer en el ombligo, aunque se designa por los riñones a la lujuria, por ser el sexo masculino el principal. Pero como no basta no obrar mal, sino que cada cual debe esforzarse por practicar buenas obras, añade: "Y antorchas encendidas en vuestras manos". Nosotros tenemos las antorchas encendidas en nuestras manos cuando con las buenas obras damos a nuestros prójimos ejemplos brillantes.

San Agustín, De quaest. Evang., lib. 2, cap. 25. O también, nos enseña a tener ceñidos los lomos por la continencia del amor de las cosas terrenas y a tener encendidas las antorchas. Esto es, para que todo ello lo hagamos con buen fin y recta intención.

San Gregorio, in homil. 13, ut sup. Pero aun cuando todo lo hagamos así, falta todavía que pongamos toda nuestra esperanza en la venida de nuestro Redentor. Por esto añade: "Y sed vosotros semejantes a los hombres que esperan a su Señor cuando vuelva de las bodas", etc. El Señor marchó a las bodas, porque cuando subió al cielo, se incorporó el hombre nuevo a la multitud de los ángeles.

Teofilato. Todos los días desposa en los cielos las almas de los santos, las que San Pablo u otro santo le ofrece como una casta virgen. Y vuelve de las bodas celebradas en los cielos, quizás de una manera universal, cuando al fin del mundo venga del cielo en la gloria del Padre, o quizás particularmente, apareciendo de repente en la hora de la muerte de cada uno de nosotros.

San Cirilo, ubi sup. Considera también que vuelve de las bodas como de una solemnidad en la que siempre existe la divinidad, porque nada puede causar tristeza a su naturaleza incorruptible.

San Gregorio Niceno, in Cat. graec. Patr., ex illius orat., vel. hom. 11, in cant. O de otro modo: terminadas las bodas y habiéndose desposado con la Iglesia y admitiéndola en el tálamo de sus misterios, se regocijarán los ángeles por la vuelta del rey a su natural beatitud. Con ellos conviene que esté conforme nuestra vida, porque así como ellos, exentos de malicia, están siempre preparados a celebrar el regreso de su Señor, así nosotros, vigilando a su puerta, debemos estar prontos a obedecer cuando venga llamando. Sigue pues: "Para que cuando viniere y llamare a la puerta luego le abran".

San Gregorio, in Evang hom, 13. Viene cuando nos llama a juicio, pero llama cuando da a conocer por la fuerza de la enfermedad que la muerte está próxima. Y le abrimos inmediatamente si lo recibimos con amor. No quiere abrir al juez que llama el que teme la muerte del cuerpo y se horroriza de ver a aquel juez a quien se acuerda que despreció. Pero aquel que está seguro por su esperanza y buenas obras, abre inmediatamente al que llama porque cuando conoce que se aproxima el tiempo de la muerte, se alegra por la gloria del premio. Por esto añade: "Bienaventurados aquellos siervos, que hallare velando el Señor, cuando viniere". Vigila aquel que tiene los ojos de su inteligencia abiertos al aspecto de la luz verdadera, el que obra conforme a lo que cree y el que rechaza de sí las tinieblas de la pereza y de la negligencia.

San Gregorio Niceno, ubi sup. Por esta vigilancia que, como queda dicho, nos mandó tener el Señor, dice que ciñamos nuestros lomos, teniendo encendidas las antorchas. Porque la luz puesta delante de nuestra vista rechaza el sueño, y cuando nuestros lomos están ceñidos con un cíngulo nuestro cuerpo no se duerme fácilmente. Porque el que está ceñido por la castidad e ilustrado por una conciencia limpia, vela siempre.

San Cirilo, ubi sup. Así pues, cuando venga el Señor y encuentre a los suyos despiertos y ceñidos, teniendo la luz en su corazón, entonces los llamará bienaventurados. Prosigue pues: "En verdad os digo que se ceñirá". En lo que comprendemos que nos retribuirá con lo mismo, porque se ceñirá El mismo con los que están ceñidos.

Orígenes, in Cat. graec. Patr. Estará ceñido por la justicia alrededor de sus lomos, según lo que dijo Isaías ( Is 11).

San Gregorio, ut sup. Se ciñe por la justicia, es decir, se prepara para la retribución.

Teofilato. O también: Se ceñirá en el sentido de que no dispensará toda la abundancia de sus bienes, sino que la retendrá en una cierta medida. Porque, ¿quién puede recibir a Dios en toda su grandeza? Por esto se dice que los mismos serafines velan sus rostros a causa de la excelencia del resplandor divino ( Is 6). Prosigue: "Y los hará sentar a la mesa", etc. Así como el que se sienta hace descansar todo su cuerpo, así a su futura venida los santos descansarán totalmente. Aquí no tuvieron descanso corporal, pero allí, hechos sus cuerpos espirituales e incorruptibles, gozarán con sus almas de eterno descanso.

San Cirilo, ubi sup. Hará que se sienten como queriendo desahogarlos del cansancio, ofreciéndoles satisfacciones espirituales y poniéndoles delante la mesa espléndida (u opípara) de sus dones.

San Dionisio, in epist. 9 ad Titum. Por el acto de sentarse creen algunos que debe entenderse el descanso de muchos trabajos, la vida sin molestias y el trato con Dios en la claridad y en la región de los vivos, cumplido con todo santo afecto y abundante donación de todas sus gracias, lo cual será el complemento de la alegría. Esto es lo que Jesús hará con los que haga sentarse, dándoles el descanso eterno y distribuyéndoles multitud de beneficios. Por esto sigue: "Y pasando los servirá".

Teofilato. Lo mismo hará cuando vuelva; porque así como ellos lo sirvieron, El los servirá.

San Gregorio, , in Evang hom. 13, ut sup. Se dice que pasando cuando vuelva del juicio a su reino. O bien, el Señor pasa a nosotros después del juicio porque nos eleva de la forma de la humanidad a la contemplación de su divinidad.

San Cirilo, ut sup. El Señor conoce, pues, la fragilidad humana para caer en el pecado. Pero como es bueno, no nos deja desesperar, sino que más bien se compadece y nos da la penitencia como remedio saludable. Por tanto añade: "Y si viniese en la segunda vela", etc. Los que velan en las murallas de las ciudades dividen, pues, en tres o cuatro vigilias la noche para que observen las acometidas de los enemigos.

San Gregorio, in homil. 13, ut sup. La primera vela es el primer tiempo de nuestra vida, esto es, la infancia. La segunda, la adolescencia o la juventud. La tercera, la ancianidad. Por tanto, el que no quiso vigilar en la primera vela, vigile en la segunda y el que no quiso vigilar en la segunda, no pierda el remedio de la tercera, para que aquellos que no se hayan convertido en la infancia se conviertan al menos en la juventud o en la ancianidad.

San Cirilo, ubi sup. No hace mención de la primera vigilia porque la niñez no es castigada por Dios, sino que merece perdón. Pero la segunda y la tercera edad deben obedecer a Dios y llevar una vida honesta para complacerlo.

Griego, id est, Servus Antiochenus, in Cat. graec. Patr. O bien pertenecen a la primera vigilia los que por su virtuosa vida han llegado al primer rango, a la segunda los que no son tan virtuosos y a la tercera los inferiores a éstos. Lo mismo debe pensarse de la cuarta y de la quinta, si la hubiera, porque son diversos los grados de la virtud y el buen remunerador mide a cada uno la recompensa que merece.

Teofilato. O bien, porque las vigilias son las horas de la noche que provocan el sueño, hemos de entender también que en nuestras vidas hay algunas horas que nos hacen bienaventurados si se nos halla vigilantes. ¿Te ha quitado alguno lo que es tuyo? ¿Se te han muerto tus hijos? ¿Has sido acusado? Pues si en todas estas ocasiones no haces nada en contra de lo que Dios tiene mandado, te encontrará despierto en la segunda y en la tercera vigilia, es decir en el tiempo de la desgracia que sume a las almas débiles en un sueño pernicioso.

San Gregorio, in homil. 13, ut sup. Para sacudir la pereza de nuestro espíritu, el Señor también nos da a conocer los daños exteriores con una comparación. Por esto añade: "Mas esto sabed, que si el padre de familia supiere la hora en que vendría el ladrón", etc.

Teofilato. Algunos creen que este ladrón es el diablo, la casa el alma y el padre de familia el hombre, pero esta opinión no parece conforme con lo que sigue. La venida del Señor se compara con este ladrón porque viene cuando menos se espera, según lo que dice el Apóstol ( 1Tes 5,2): "El día del Señor vendrá como el ladrón en la noche". Por esto se añade aquí: "Vosotros, pues, estad apercibidos, porque a la hora que no pensáis", etc.

San Gregorio, in Evang hom. 13. No sabiéndolo el padre de familia, el ladrón entra en la casa. Porque mientras el espíritu duerme abandonando la custodia, llega la muerte de manera imprevista e irrumpe en nuestro interior. Resistiría al ladrón si estuviese despierta. Porque precaviendo la venida del juez, que en secreto arrebata el alma, le saldría al encuentro con el arrepentimiento para no sucumbir impenitente. Quiso el Señor, por tanto, que nos fuese desconocida la última hora, para que no pudiendo preverla, estemos siempre preparándonos para ella.

Catena Aurea (Cadena de Oro), Santo Tomás de Aquino · Traducción española del siglo XIX, dominio público · fuente: hjg.com.ar/catena

Próxima vez en el calendario: martes, 20 de octubre de 2026.