4 de junio
Blanco

San Francisco Caracciolo, Confesor
Las lecturas de la Misa de hoy, con el comentario de la tradición.
Epístola (Sap. 4, 7-14)
Léctio libri Sapiéntiæ.
Lectura del libro de la Sabiduría.
Justus, si morte præoccupátus fúerit, in refrigério erit. Senéctus enim venerábilis est non diutúrna, neque annórum número computáta: cani autem sunt sensus hóminis, et ætas senectútis vita immaculáta. Placens Deo Jactus est diléctus, et vivens inter peccatóres translátus est. Raptus est, ne malítia mutáret intelléctum ejus, aut ne fíctio decíperet ánimam illíus. Fascinátio enim nugacitátis obscúrat bona, et inconstántia concupiscéntiæ transvértit sensum sine malítia. Consummátus in brevi explévit témpora multa, plácita enim erat Deo ánima illíus: propter hoc properávit edúcere illum de médio iniquitátum.
Mas el justo, aunque sea arrebatado de muerte prematura, estará en lugar de refrigerio o reposo. Porque no hacen venerable la vejez los muchos días, ni los muchos años; sino que la prudencia y juicio del hombre suplen por las canas, y es edad anciana la vida inmaculada. Porque el justo agradó a Dios, fue amado de él; y como vivía entre los pecadores, fue trasladado a otra parte. Fue arrebatado para que la malicia no alterase su modo de pensar, ni sedujesen su alma las apariencias engañadoras del mundo. Pues el hechizo de la vanidad del siglo oscurece el bien verdadero; y el inconstante ímpetu de la concupiscencia pervierte el ánimo inocente. Con lo poco que vivió, llenó la carrera de una larga vida. Porque su alma era grata a Dios, por eso mismo se apresuró el Señor a sacarlo de en medio de los malvados. Viéndolo las gentes, no entendieron ni reflexionaron en su corazón [Torres Amat]
Comentario patrístico · Comentario a la Sabiduría, cap. 4 — Cornelio a Lápide
Vers. 7. «Mas el justo, si le sorprende la muerte, estará en refrigerio.» Sale al paso de una objeción tácita. Había dicho el Sabio que los impíos y adúlteros, con sus hijos, son arrebatados por una muerte prematura como frutos acerbos. Podría alguien objetar que también los justos y sus hijos mueren a veces prematuramente. Responde que la muerte de éstos, aunque respecto de la naturaleza y de la edad parezca prematura, es para ellos madura: ya porque los traslada al descanso y a la gloria eterna, ya porque la tenían prevista, y aun esperada y deseada; por lo cual la muerte los halla preparados y aguardándola como tránsito a una vida mejor. «En refrigerio», en griego, «en descanso estará»; pues aun en el purgatorio hay descanso, dice Dionisio, por la certeza de la salvación, por los sufragios de los vivos y por el consuelo de los ángeles. Así la muerte es para el justo descanso, sueño, cesación del trabajo y del dolor, recreación; y por eso no es inmadura, sino la madurez misma.
Además, el justo, en este sentido, no es «sorprendido» por la muerte, porque él mismo la concibe de antemano en su ánimo y se le adelanta: al levantarse por la mañana tiene meditado aquello de Antonio, «Piensa que este día ha de ser el último para ti»; y aquello de San Jerónimo, «Vive como quien cada día ha de morir, estudia como quien siempre ha de vivir». Por eso el justo y sabio no difiere al día siguiente el bien que se propone, sino que, si puede, lo ejecuta el mismo día, memorioso de lo del Eclesiastés (IX, 10): «Todo lo que pueda hacer tu mano, hazlo sin demora, porque ni obra, ni razón, ni sabiduría, ni ciencia habrá en el sepulcro adonde te apresuras.»
Pasa aquí el Sabio de lo particular a lo general, del casto al justo; porque quien es casto fácilmente es también justo, y quien es incontinente es injusto. San Agustín (De vita christiana) declara este versículo: «Dirá alguno: ¿por qué vemos perecer también a los buenos con los malos? Ésos no perecen, sino que se evaden: como del consorcio y de las persecuciones de los malos son librados y trasladados al descanso. Perecen de veras aquéllos a quienes, al salir de este mundo, aguarda todavía mayor suplicio y pena. Son llamados antes de tiempo los buenos, para que no sean más vejados por los perversos; y son quitados los malos, para que no persigan más tiempo a los buenos. Los justos, de las opresiones, tribulaciones y angustias son llamados al descanso; los inicuos, de sus lujos, riquezas y deleites, son arrebatados al castigo.»
Vers. 8 y 9. «Porque la vejez venerable no es la larga en tiempo, ni se mide por el número de los años: las canas del hombre son su prudencia, y la edad de la vejez es una vida sin mancilla.» En griego «venerable» es τιμία, esto es, preciosa, digna, honrada, reverenda (San Jerónimo vierte «honorable»); «no larga» es πολυχρόνιος, longeva. Vatablo: «no es honorífica la vejez que consta de largo tiempo, ni la que mides por número de años, sino que las canas se las granjea a los hombres la sabiduría, y la edad de la vejez es una vida sin tacha.» El siríaco: «las canas son la inteligencia del hombre, y el estado de la vejez, morada tranquila»; el árabe: «la veneración de la vejez no está en la muchedumbre de los años, porque las canas son la sabiduría del hombre.» Ésta es la segunda diferencia entre el justo y el impío: que el justo, aunque le sorprenda la muerte en edad juvenil, ya es anciano por la prudencia y la virtud, pues la vejez no se aprecia por los años, sino por las virtudes y los méritos; mientras que el impío, aunque sea anciano en edad, por su insensatez y sus vicios pueriles es verdaderamente niño, según aquello de Isaías (LXV, 20): «El niño de cien años morirá, y el pecador de cien años será maldito.»
La razón es que la vejez es venerable por dos causas: la primera, por la experiencia de mucho tiempo y la prudencia con ella adquirida; la segunda, por la moderación de los humores y, por ende, de las costumbres, pues en los ancianos decae el hervor de la sangre y del calor, y en su lugar sucede el frío, que apaga el ardor de la libido, de la ira y de las demás pasiones. Por eso, si a algún anciano le faltan estas dos cosas —prudencia y costumbres moderadas—, nada tiene de la senectud digno de estima y veneración; mas si un joven las posee, tiene todo lo que en la vejez es precioso. De ahí: «las canas del hombre son su sentido»; pues en griego dice «las canas son la prudencia de los hombres» (πολιὰ δέ ἐστι φρόνησις ἀνθρώποις). Esto es lo que dice Salomón (Prov. XVI, 31): «Corona de dignidad es la vejez que se halla en los caminos de la justicia»; y el Eclesiástico (XXV, 8): «Corona de los ancianos es la mucha experiencia.» Sentencia ésta que es axioma recibido y aprobado por todos, tanto por los fieles cuanto por los gentiles.
Vers. 10. «Agradando a Dios, fue hecho amado, y viviendo entre pecadores fue trasladado.» Más claro será el sentido si, con los ejemplares vaticanos, se pone coma tras «amado» y tras «pecadores»; de donde Vatablo vierte: «porque Dios se agradó de él, fue tenido por querido; y como viviese entre pecadores, fue quitado de en medio.» El sentido es: el justo, como agradase a Dios, fue por Él amado, y por eso, mientras vivía entre los pecadores, fue por Él trasladado, no fuese que, morando más tiempo entre ellos, se contagiase con sus malas palabras y ejemplos, se corrompiese, se manchase y pasase a su suerte. Alude a Henoc, de quien dice Moisés (Gén. V), que «anduvo con Dios y no apareció, porque le arrebató Dios»; palabras que los Setenta trasladaron: «y agradó Henoc a Dios, y no se hallaba, porque le trasladó Dios» (cf. Eclo. XLIV, 16; Hebr. XI, 5). Digo que «alude», pues por lo precedente y lo siguiente consta que aquí no se trata propiamente de Henoc viviente, sino del justo arrebatado por la muerte.
Vers. 11. «Fue arrebatado, no fuese que la malicia mudase su entendimiento (griego σύνεσιν; Ambrosio lee «su corazón»), o el engaño (griego δόλος) sedujese su alma.» Vatablo: «fue arrebatado para que la malicia no le mudase el sentido, ni su alma fuese engañada con fraude.» Es decir: el justo, amado de Dios, fue arrebatado para que la perversidad de los hombres de su tiempo no imbuyese ni depravase su mente con opiniones torcidas, ni consintiese en los perversos consejos de una generación perversa, ni fuese engañado por su dolo, sino que, perseverando en su justicia y en la gracia de Dios hasta el fin de su vida, muriese y se salvase. Así, el justo, arrebatado pronto antes de ser tentado, fue predestinado, dice San Agustín (De correptione et gratia). Escuchad a San Cipriano (De mortalitate): «El Espíritu Santo, por Salomón, enseña que quienes agradan a Dios son sacados de aquí más tempranamente y librados más presto, no sea que, demorándose más en este mundo, sean contaminados por los contactos del mundo.»
Con esta sentencia consuela San Jerónimo a Santa Paula por la muerte de su hija Blesila. Y de este lugar arguye San Agustín (De praedestinatione sanctorum) contra los semipelagianos, que enseñaban que cada uno es predestinado o reprobado por su mérito o demérito previsto sólo bajo condición. Directamente lo contrario enseña aquí el Sabio: que el justo es arrebatado de la vida para que la malicia no le mude; luego preveía Dios que había de mudarse si antes no lo arrebataba, y lo arrebató para que no se mudase, sino permaneciese en la justicia y así fuese elegido y salvado. Palabras de San Agustín: «Fue arrebatado, no fuese que la malicia mudase su entendimiento. Dícese esto según los peligros de esta vida, no según la presciencia de Dios, que previó lo que había de ser, no lo que no había de ser.» De donde la muerte oportuna y a tiempo no es señal de odio, sino de sumo amor, y aun efecto propio de la predestinación y elección divina. (La larga disputa escolástica sobre la ciencia condicionada de los futuros, que a Lápide desarrolla, la remite a Suárez, Vázquez, Molina, Gregorio de Valencia y a Curiel.)
Vers. 12. «Porque el hechizo de la vanidad oscurece los bienes.» Por «vanidad» (nugacitas) el griego tiene φαυλότητος, esto es, malicia, vileza, ligereza, inepcia; el siríaco: «la envidia del mal corrompe los bienes.» El «hechizo» (fascinum) es un género de encantamiento con que se ligan los hombres, y con que los magos deslumbran los ojos y los sentidos, de modo que crean ver, oír y gustar cosas hermosísimas que en realidad no ven ni gustan. Se dan tres exposiciones: primera, Francisco Valesio entiende la concupiscencia de los ojos, esto es, la avaricia y codicia de lo ajeno, tomando la frase alegóricamente de la falsa creencia vulgar en el mal de ojo; segunda —más acomodada, de a Castro—, la persuasión y el consejo de los compañeros impíos, que aconsejan los males como bienes, de suerte que el simple tenga por malo lo bueno y por bueno lo verdaderamente malo; también la adulación, pues la alabanza hechiza y enloquece a muchos, haciéndoles estimarse en más de lo que son. Tercera, cualquier concupiscencia y halago del pecado puede llamarse hechizo de la vanidad, porque cubre y oscurece la razón, la virtud y la honestidad bajo la falsa especie del deleite: son las delectaciones como sirenes que con su hermosura y su canto hechizan, ligan y matan al hombre.
«Y la inconstancia de la concupiscencia trastorna el sentido sin malicia.» (San Fulgencio lee «la instancia», porque la concupiscencia instiga y urge al hombre a proseguir lo codiciado.) Por «inconstancia» el griego tiene ῥεμβασμός, esto es, divagación, error, agitación, remolino, giro. La concupiscencia es como un torbellino que hace girar al hombre en redondo, para que ahora a esto, ahora a aquello, ahora a lo otro sea arrastrado a codiciar. La causa es, primero, que la concupiscencia es pruriginosa y salta petulantemente de un deleite a otro; segundo, que no sacia el ánimo, por vil y exigua, y pronto engendra hastío, por lo cual busca otro y otro objeto; tercero, que los deleites y los vicios están entre sí encadenados. «Trastorna» —esto es, invierte, pervierte, muda de bueno en malo— «el sentido sin malicia», en griego ἄκακον, esto es, inocente, sincero, puro. Nota, pues, aquí el Sabio dos raíces del pecado: la perversidad de las opiniones y consejos en el entendimiento, que es el hechizo de la vanidad; y la vaga intemperancia de las codicias en el apetito, que es la inconstancia de la concupiscencia. De ambas está lleno este mundo; por eso Dios, con providente benignidad, saca pronto al justo por la muerte, no sea que caiga en estos lazos y perezca.
Vers. 13. «Consumado en breve, cumplió muchos tiempos.» En griego «muchos» es μακρούς, largos; y «consumado» es τελειωθείς, esto es, el que llegó a su cumplimiento y consumación, a saber, de la virtud y de la vida justa. Así, el justo que en breve tiempo, por la gracia de Dios y su estudiosa cooperación, salió perfecto en prudencia y virtud, ha de tenerse por haber vivido largamente; pues lo que otros hicieran en muchos años, éste lo consumó en pocos. «Consumado» no es lo mismo que «consumido», muerto o difunto, como vierten Vatablo y Guarino, sino perfecto en virtud, quien por actos frecuentes, intensos y heroicos llegó en poco tiempo a la cumbre de la santidad; de donde San Ambrosio (en las exequias de Teodosio): «Perfecta es la edad donde es perfecta la virtud.» Se llaman «muchos tiempos» los que están llenos de buenas obras, y «pocos» los vacíos de ellas. Así Cristo vivió sólo treinta y tres años, y otros tantos casi el Bautista; San Antonio de Padua treinta y seis; San Casimiro veinticinco; el beato Luis Gonzaga, consumado a los veinticuatro. Y San Bernardo (epíst. 254): el justo nunca dice «basta», sino que siempre tiene hambre y sed de justicia, de suerte que, si siempre viviese, siempre se esforzaría por ser más justo; por lo cual, aunque en breve se consume, se juzga haber cumplido muchos tiempos por la perpetuidad de su virtud.
Vers. 14. «Porque su alma era grata a Dios (por la justicia inherente y la gracia infusa en él por los méritos de Cristo): por esto se apresuró (el Señor) a sacarlo de en medio de las iniquidades.» San Fulgencio: «de en medio de la iniquidad»; el griego tiene sólo «por esto se apresuró a salir de en medio de la iniquidad», como Abraham de Ur de los caldeos, Lot de Sodoma, Moisés y los hebreos de Egipto; mas mejor refiere a Lápide el «se apresuró» y el «sacarlo» a Dios, pues Dios arrebató al justo (según dijo el vers. 11); no se libró, pues, el justo a sí mismo, ya que Dios es el origen, fuente y causa primera y principal de toda gracia, liberación, perseverancia, buena muerte y salvación nuestra. «Mas los pueblos, viéndolo, y no entendiéndolo, ni poniendo en su corazón tales cosas»: es decir, los pueblos infieles o rudos vieron la temprana muerte del justo y, no entendiendo las causas ya dichas, no las guardaron en su corazón; como el mismo Sabio se declara luego (vers. 17): «Verán el fin del sabio, y no entenderán lo que Dios pensó acerca de él.»
Comentario a la Sabiduría, cap. 4, Cornelio a Lápide · Traducción del editor, del latín (Gran Comentario, dominio público) · fuente: lapide.org (dominio público)
Evangelio (Luc. 12, 35-40)
Sequéntia sancti Evangélii secúndum Lucam.
Continuación del santo Evangelio según san Lucas.
In illo témpore: Dixit Jesus discípulis suis: Sint lumbi vestri præcíncti, et lucernæ ardéntes in mánibus vestris, et vos símiles homínibus exspectántibus dóminum suum, quando revertátur a núptiis: ut, cum vénerit et pulsáverit, conféstim apériant ei. Beáti servi illi, quos, cum vénerit dóminus, invénerit vigilántes: amen, dico vobis, quod præcínget se, et fáciet illos discúmbere, et tránsiens ministrábit illis. Et si vénerit in secúnda vigília, et si in tértia vigília vénerit, et ita invénerit, beáti sunt servi illi. Hoc autem scitóte, quóniam, si sciret paterfamílias, qua hora fur veníret, vigiláret útique, et non síneret pérfodi domum suam. Et vos estóte paráti, quia, qua hora non putátis, Fílius hóminis véniet.
Estad con vuestras ropas ceñidas a la cintura, y tened en vuestras manos las luces ya encendidas. Sed semejantes a los criados que aguardan a su amo cuando vuelve de las bodas, a fin de abrirle prontamente, luego que llegue, y llame a la puerta. Dichosos aquellos siervos a los cuales el amo al venir encuentra así velando; en verdad os digo, que recogiéndose él su vestido, los hará sentar a la mesa, y se pondrá a servirles. Y si viene a la segunda vela, o viene a la tercera, y los halla así prontos, dichosos son tales criados. Tened esto por cierto, que si el padre de familia supiera a qué hora había de venir el ladrón, estará ciertamente velando, y ni dejaría que le robasen su casa. Así vosotros estad siempre prevenidos; porque a la hora que menos pensáis vendrá el Hijo del hombre. [Torres Amat]
Comentario de los Padres · Catena Aurea (Cadena de Oro) — Santo Tomás de Aquino
San Lucas 12, 35-40 — glosas de los Padres griegos y latinos, encadenadas por Santo Tomás.
Teofilato. Después que el Señor estableció a su discípulo en la moderación despojándolo de todo cuidado de la vida y del orgullo, lo induce ahora a servir diciendo: "Tened ceñidos vuestros lomos" -es decir estad siempre dispuestos a imitar a vuestro Dios-. "Y antorchas encendidas", esto es, no viváis entre tinieblas, sino que la luz de la razón os alumbre siempre dándoos a conocer lo que habéis de evitar. Este mundo es una noche, pero tienen ceñidos sus lomos los que llevan una vida práctica o activa. Porque tal es costumbre de los que trabajan, a quienes convienen antorchas ardientes, esto es el don de la discreción, para que puedan conocer en la práctica, no sólo lo que conviene hacer, sino cómo debe hacerse. De otra manera, los hombres caen en el precipicio de la soberbia. Y debe observarse que primero manda ceñir los lomos y después encender las antorchas, porque primero es la acción y después la reflexión, que es la luz del espíritu. Por tanto, estudiemos el modo de ejercer nuestras facultades y entonces tendremos dos antorchas ardientes, a saber: la inhabitación del Espíritu -que nos ilumina brillando en nuestra mente- y la doctrina con la que ilustramos a los demás.
San Máximo, in Cat. graec. Patr. O también nos enseña a tener encendidas las antorchas por la oración, la contemplación y el afecto espiritual.
San Cirilo, in Cat. graec. Patr. O bien el ceñirse los lomos significa la agilidad y prontitud con que debemos sufrir todos los males por el amor de Dios, y la antorcha encendida significa que no debemos permitir el que algunos vivan en las tinieblas de la ignorancia.
San Gregorio, in homil. 13, in Evang. De otro modo: ceñimos nuestros lomos cuando reprimimos la lujuria de la carne por la continencia. Porque la lujuria del hombre se encuentra en sus riñones y la de la mujer en el ombligo, aunque se designa por los riñones a la lujuria, por ser el sexo masculino el principal. Pero como no basta no obrar mal, sino que cada cual debe esforzarse por practicar buenas obras, añade: "Y antorchas encendidas en vuestras manos". Nosotros tenemos las antorchas encendidas en nuestras manos cuando con las buenas obras damos a nuestros prójimos ejemplos brillantes.
San Agustín, De quaest. Evang., lib. 2, cap. 25. O también, nos enseña a tener ceñidos los lomos por la continencia del amor de las cosas terrenas y a tener encendidas las antorchas. Esto es, para que todo ello lo hagamos con buen fin y recta intención.
San Gregorio, in homil. 13, ut sup. Pero aun cuando todo lo hagamos así, falta todavía que pongamos toda nuestra esperanza en la venida de nuestro Redentor. Por esto añade: "Y sed vosotros semejantes a los hombres que esperan a su Señor cuando vuelva de las bodas", etc. El Señor marchó a las bodas, porque cuando subió al cielo, se incorporó el hombre nuevo a la multitud de los ángeles.
Teofilato. Todos los días desposa en los cielos las almas de los santos, las que San Pablo u otro santo le ofrece como una casta virgen. Y vuelve de las bodas celebradas en los cielos, quizás de una manera universal, cuando al fin del mundo venga del cielo en la gloria del Padre, o quizás particularmente, apareciendo de repente en la hora de la muerte de cada uno de nosotros.
San Cirilo, ubi sup. Considera también que vuelve de las bodas como de una solemnidad en la que siempre existe la divinidad, porque nada puede causar tristeza a su naturaleza incorruptible.
San Gregorio Niceno, in Cat. graec. Patr., ex illius orat., vel. hom. 11, in cant. O de otro modo: terminadas las bodas y habiéndose desposado con la Iglesia y admitiéndola en el tálamo de sus misterios, se regocijarán los ángeles por la vuelta del rey a su natural beatitud. Con ellos conviene que esté conforme nuestra vida, porque así como ellos, exentos de malicia, están siempre preparados a celebrar el regreso de su Señor, así nosotros, vigilando a su puerta, debemos estar prontos a obedecer cuando venga llamando. Sigue pues: "Para que cuando viniere y llamare a la puerta luego le abran".
San Gregorio, in Evang hom, 13. Viene cuando nos llama a juicio, pero llama cuando da a conocer por la fuerza de la enfermedad que la muerte está próxima. Y le abrimos inmediatamente si lo recibimos con amor. No quiere abrir al juez que llama el que teme la muerte del cuerpo y se horroriza de ver a aquel juez a quien se acuerda que despreció. Pero aquel que está seguro por su esperanza y buenas obras, abre inmediatamente al que llama porque cuando conoce que se aproxima el tiempo de la muerte, se alegra por la gloria del premio. Por esto añade: "Bienaventurados aquellos siervos, que hallare velando el Señor, cuando viniere". Vigila aquel que tiene los ojos de su inteligencia abiertos al aspecto de la luz verdadera, el que obra conforme a lo que cree y el que rechaza de sí las tinieblas de la pereza y de la negligencia.
San Gregorio Niceno, ubi sup. Por esta vigilancia que, como queda dicho, nos mandó tener el Señor, dice que ciñamos nuestros lomos, teniendo encendidas las antorchas. Porque la luz puesta delante de nuestra vista rechaza el sueño, y cuando nuestros lomos están ceñidos con un cíngulo nuestro cuerpo no se duerme fácilmente. Porque el que está ceñido por la castidad e ilustrado por una conciencia limpia, vela siempre.
San Cirilo, ubi sup. Así pues, cuando venga el Señor y encuentre a los suyos despiertos y ceñidos, teniendo la luz en su corazón, entonces los llamará bienaventurados. Prosigue pues: "En verdad os digo que se ceñirá". En lo que comprendemos que nos retribuirá con lo mismo, porque se ceñirá El mismo con los que están ceñidos.
Orígenes, in Cat. graec. Patr. Estará ceñido por la justicia alrededor de sus lomos, según lo que dijo Isaías ( Is 11).
San Gregorio, ut sup. Se ciñe por la justicia, es decir, se prepara para la retribución.
Teofilato. O también: Se ceñirá en el sentido de que no dispensará toda la abundancia de sus bienes, sino que la retendrá en una cierta medida. Porque, ¿quién puede recibir a Dios en toda su grandeza? Por esto se dice que los mismos serafines velan sus rostros a causa de la excelencia del resplandor divino ( Is 6). Prosigue: "Y los hará sentar a la mesa", etc. Así como el que se sienta hace descansar todo su cuerpo, así a su futura venida los santos descansarán totalmente. Aquí no tuvieron descanso corporal, pero allí, hechos sus cuerpos espirituales e incorruptibles, gozarán con sus almas de eterno descanso.
San Cirilo, ubi sup. Hará que se sienten como queriendo desahogarlos del cansancio, ofreciéndoles satisfacciones espirituales y poniéndoles delante la mesa espléndida (u opípara) de sus dones.
San Dionisio, in epist. 9 ad Titum. Por el acto de sentarse creen algunos que debe entenderse el descanso de muchos trabajos, la vida sin molestias y el trato con Dios en la claridad y en la región de los vivos, cumplido con todo santo afecto y abundante donación de todas sus gracias, lo cual será el complemento de la alegría. Esto es lo que Jesús hará con los que haga sentarse, dándoles el descanso eterno y distribuyéndoles multitud de beneficios. Por esto sigue: "Y pasando los servirá".
Teofilato. Lo mismo hará cuando vuelva; porque así como ellos lo sirvieron, El los servirá.
San Gregorio, , in Evang hom. 13, ut sup. Se dice que pasando cuando vuelva del juicio a su reino. O bien, el Señor pasa a nosotros después del juicio porque nos eleva de la forma de la humanidad a la contemplación de su divinidad.
San Cirilo, ut sup. El Señor conoce, pues, la fragilidad humana para caer en el pecado. Pero como es bueno, no nos deja desesperar, sino que más bien se compadece y nos da la penitencia como remedio saludable. Por tanto añade: "Y si viniese en la segunda vela", etc. Los que velan en las murallas de las ciudades dividen, pues, en tres o cuatro vigilias la noche para que observen las acometidas de los enemigos.
San Gregorio, in homil. 13, ut sup. La primera vela es el primer tiempo de nuestra vida, esto es, la infancia. La segunda, la adolescencia o la juventud. La tercera, la ancianidad. Por tanto, el que no quiso vigilar en la primera vela, vigile en la segunda y el que no quiso vigilar en la segunda, no pierda el remedio de la tercera, para que aquellos que no se hayan convertido en la infancia se conviertan al menos en la juventud o en la ancianidad.
San Cirilo, ubi sup. No hace mención de la primera vigilia porque la niñez no es castigada por Dios, sino que merece perdón. Pero la segunda y la tercera edad deben obedecer a Dios y llevar una vida honesta para complacerlo.
Griego, id est, Servus Antiochenus, in Cat. graec. Patr. O bien pertenecen a la primera vigilia los que por su virtuosa vida han llegado al primer rango, a la segunda los que no son tan virtuosos y a la tercera los inferiores a éstos. Lo mismo debe pensarse de la cuarta y de la quinta, si la hubiera, porque son diversos los grados de la virtud y el buen remunerador mide a cada uno la recompensa que merece.
Teofilato. O bien, porque las vigilias son las horas de la noche que provocan el sueño, hemos de entender también que en nuestras vidas hay algunas horas que nos hacen bienaventurados si se nos halla vigilantes. ¿Te ha quitado alguno lo que es tuyo? ¿Se te han muerto tus hijos? ¿Has sido acusado? Pues si en todas estas ocasiones no haces nada en contra de lo que Dios tiene mandado, te encontrará despierto en la segunda y en la tercera vigilia, es decir en el tiempo de la desgracia que sume a las almas débiles en un sueño pernicioso.
San Gregorio, in homil. 13, ut sup. Para sacudir la pereza de nuestro espíritu, el Señor también nos da a conocer los daños exteriores con una comparación. Por esto añade: "Mas esto sabed, que si el padre de familia supiere la hora en que vendría el ladrón", etc.
Teofilato. Algunos creen que este ladrón es el diablo, la casa el alma y el padre de familia el hombre, pero esta opinión no parece conforme con lo que sigue. La venida del Señor se compara con este ladrón porque viene cuando menos se espera, según lo que dice el Apóstol ( 1Tes 5,2): "El día del Señor vendrá como el ladrón en la noche". Por esto se añade aquí: "Vosotros, pues, estad apercibidos, porque a la hora que no pensáis", etc.
San Gregorio, in Evang hom. 13. No sabiéndolo el padre de familia, el ladrón entra en la casa. Porque mientras el espíritu duerme abandonando la custodia, llega la muerte de manera imprevista e irrumpe en nuestro interior. Resistiría al ladrón si estuviese despierta. Porque precaviendo la venida del juez, que en secreto arrebata el alma, le saldría al encuentro con el arrepentimiento para no sucumbir impenitente. Quiso el Señor, por tanto, que nos fuese desconocida la última hora, para que no pudiendo preverla, estemos siempre preparándonos para ella.
Catena Aurea (Cadena de Oro), Santo Tomás de Aquino · Traducción española del siglo XIX, dominio público · fuente: hjg.com.ar/catena