26 de agosto
Rojo

San Ceferino, Papa y Mártir
Vida del santo de hoy, según el Año Cristiano del P. Juan Croiset.
Fue san Zeferino romano de nacimiento, hijo de Abundio, y salió a la luz del mundo hacia la mitad del segundo siglo. No se sabe cosa cierta de los primeros años de su edad; y todo lo que se puede decir es que sus padres fueron cristianos de aquellos que honraban la religión con su bondad, con su rectitud y con la irreprensible pureza de sus costumbres. Era Roma a la sazón no solo el centro de la fe, sino el modelo de las virtudes y el teatro de la generosidad cristiana. Concurríase a ella de todas las partes del mundo para admirar el prodigioso número de cristianos de todos sexos, edades y condiciones que florecían en aquella capital del universo, y para observar la excelencia de sus virtudes, con el fin de aprovecharse de sus ejemplos.
Por este elevado concepto que se hacía de los fieles que vivían en Roma, podemos formar alguno de la eminente virtud y del extraordinario mérito de nuestro santo; puesto que, muerto el papa san Víctor, el mismo Dios declaró con señales visibles y milagrosas que en todo el clero no había otro más digno que Zeferino para gobernar la Iglesia. Era emperador Severo, y no se había visto en su tiempo ni más encendido ni más devorador el fuego de la persecución. Necesitaba la Iglesia en aquellas circunstancias de un papa tan generoso como santo. Once días había que, unidos los fieles con el clero, se le pedían continuamente a Dios con incesantes y fervorosas oraciones, cuando el cielo se declaró visiblemente en favor de Zeferino, bajando el Espíritu Santo en figura de paloma sobre su cabeza, donde reposó un breve espacio de tiempo, y luego desapareció. Basta para elogio de su mérito esta señal tan pública de una elección tan especial y de un amor del cielo tan distinguido, así como bastó para unir en su favor todos los votos. Fue, pues, nombrado por sucesor de san Víctor el año 202 con aplauso universal de todos los fieles.
Conocióse muy luego el particular cuidado que tenía Dios de su Iglesia por la milagrosa elección de san Zeferino para gobernarla en un tiempo en que más que nunca tenía necesidad de un papa santo. El primer año de su pontificado, y décimo del emperador Severo, fue puntualmente el mismo en que aquel príncipe, que hasta entonces se había mostrado tan favorable a los cristianos, publicó edictos que excitaron contra la Iglesia una horrible persecución. Entonces reconoció el santo los altos designios de la divina Providencia en elevarle a la silla pontifical durante aquella furiosa y deshecha tempestad. No se espantó ni se acobardó. Sus primeros pensamientos, a impulsos de su fervoroso celo y de su abrasado amor a Jesucristo, fueron salir al público como buen pastor para derramar la sangre en defensa de su rebaño y señalar con el martirio los principios de su pontificado. Pero, reflexionando que no se perdonaría al rebaño por la muerte del pastor, y que, destituida del piloto la navecilla de la Iglesia, fluctuaría más a violencias de las encrespadas olas, juzgó que debía mirar por sí para consuelo de sus hijos.
Mas no por eso perdonó cuidados, desvelos ni trabajos para alentar a los cristianos y para socorrerlos en aquella pública desolación. Corría día y noche las casas de los particulares; penetraba las cavernas y los lugares subterráneos, donde por el miedo de la tempestad se habían refugiado los más tímidos; animábalos con sus palabras, exhortábalos con sus discursos, fortalecíalos con los sacramentos y los sustentaba con sus limosnas. A los confesores los alentaba en los calabozos; acompañaba a los mártires hasta los cadalsos; y, despreciando generosamente los peligros, era pródigo de sus fatigas y de su celo. En fin, después de nueve años de persecución, tuvo el consuelo de ver restituida la paz a la Iglesia con la muerte del emperador Severo.
Aprovechóse el santo pontífice maravillosamente de esta calma para mantener en la Iglesia la pureza de la fe contra los enemigos domésticos que la combatían. Nunca lo hacían los herejes con mayor violencia que en las treguas, o en aquellas calmas que le permitían los gentiles. Proseguían sembrando sus errores ciertos teólogos que había condenado el papa Víctor. Atacólos san Zeferino con tanto brío y con tan esforzado vigor, que mereció la gloriosa nota con que le honraron los mismos herejes, de ser el primero que había tenido valor para defender contra ellos la divinidad de Jesucristo; y por solo esto, cuenta san Optato a nuestro santo en el número de los santos doctores que combatieron contra las herejías.
Cierto hombre vano y atrevido, llamado Praxeas, de nacimiento asiático, había venido a Roma en el pontificado de san Víctor, predecesor de nuestro santo, y al principio se declaró contra los montanistas; pero el orgullo le precipitó a él mismo en muchos errores. No reconocía más que una sola persona en la Trinidad; decía que el Padre había sido crucificado, por lo que a sus sectarios se les dio el nombre de patripasianos; y, en fin, Praxeas se hizo heresiarca. No perdonó el santo pontífice medio alguno para sacarle de aquel abismo de errores y de extravagancias; convencióle, confundióle y le convirtió. Abjuró sus errores, recibióle con benignidad y le restituyó al gremio de la Iglesia. Pero como las cabezas de partido casi nunca se convierten de buena fe, habiendo pasado Praxeas a África, reincidió en sus desvaríos y murió infelizmente en la herejía.
Pero otro suceso más dichoso consoló a nuestro santo y le compensó aquella pérdida. Natal, ilustre confesor de Jesucristo, tuvo la flaqueza y la desgracia de hacerse cabeza de los teodorianos, adoptando su herejía, por un sórdido motivo de avaricia. No queriendo rendirse a los saludables consejos ni a los convincentes argumentos del santo pontífice, fue rigurosamente castigado la noche siguiente por mano de los ángeles. Como este castigo era efecto de la misericordia de Dios, que le quería salvar, le hizo dócil. Apenas amaneció cuando, vestido de un saco y cubierta de ceniza la cabeza, fue Natal a echarse a los pies de san Zeferino, interponiendo los ruegos y las instancias de los fieles para conseguir la gracia de volver a la comunión de la Iglesia. Después que le hizo purgar su pecado por medio de una saludable penitencia y dar satisfacción del escándalo a los fieles, le recibió con benignidad, y el arrepentido Natal, en testimonio de su dolor, abrazó con grande humildad las rodillas de todos los legos, pidiéndoles perdón del mal ejemplo que les había dado con su infidelidad, y siendo su perseverancia la prueba mejor de la sinceridad de su penitencia.
Desagradó a Tertuliano una indulgencia tan conforme al espíritu de Jesucristo con los pecadores verdaderamente arrepentidos. Aquel genio naturalmente austero y duro, lleno de propia estimación, censuró altamente la suavísima conducta de aquel buen pastor, que, como amoroso padre, usaba del rigor cuando le juzgaba necesario para el mayor bien de sus hijos, y echaba mano de una prudente blandura cuando la creía saludable. Afligió sensiblemente al santo pastor y a toda la Iglesia la funesta caída de aquella columna de ella. Dejándose llevar Tertuliano de aquella su genial excesiva severidad, efecto de su orgullo, se precipitó en errores muy groseros, defendiéndolos con pertinacia, y tuvo la desdicha de morir hereje.
Publicó san Zeferino muchos decretos provechosos para la disciplina eclesiástica. Prohibió que se consagrase la preciosa sangre de Jesucristo en cálices de madera, como se hacía entonces por la extrema pobreza de los fieles. Mandó que las órdenes de los ministros de la Iglesia se celebrasen en público, queriendo que fuese notoria a todos su inocencia y la pureza de costumbres a toda prueba. Ordenó que ningún obispo pudiese ser juzgado sino por el sumo pontífice, o por autoridad subdelegada suya; que todos los fieles comulgasen en la Pascua; y que, siempre que celebrase el obispo, se hallasen presentes algunos presbíteros y algunos diáconos. Otros muchos decretos publicó el santo pastor, que acreditan su atención y vigilancia, su vasta comprensión, una capacidad a la que nada se le escondía, y su infatigable celo sobre todas las diferentes necesidades de la Iglesia.
En fin, colmado de méritos y consumido de trabajos, terminó su santa vida, después de diez y ocho años de pontificado, con la corona del martirio, el día 25 de enero del año 221, siendo emperador Antonino Heliogábalo. Su cuerpo fue enterrado en el cementerio de Calixto, en la vía Apia, de donde después se trasladó a una de las iglesias de la ciudad.
Año Cristiano del P. Juan Croiset (trad. José F. de Isla), dominio público.
Próxima vez en el calendario: miércoles, 26 de agosto de 2026.