martes, 4 de agosto de 2026 Santo Domingo de Guzmán, Confesor

5 de diciembre

Blanco

John the Silent of St. Sabbas' Monastery (Menologion of Basil II)
John the Silent of St. Sabbas' Monastery (Menologion of Basil II), Authors of Menologion of Basil II (circa 985 AC, Constantinople), Byzantine manuscript illuminators[1]: Pantoleon with Georgios, Michael the Younger, Michael of Blachernae, Symeon, Symeon of Blachernae, Menas, and Nestor (Online on Vatican site) · Commons · Public domain

S. Sabbæ Abbatis

Vida del santo de hoy, según el Año Cristiano del P. Juan Croiset.

Nació san Sábas el año 439 en la aldea de Mutalasca, en el territorio de Cesárea de Capadocia: era hijo de Juan y de Sofía, ambos notables en el país por su nobleza y por su virtud. Su padre era oficial en los ejércitos del emperador, y mandaba una compañía de isauros. Habiéndose excitado en Alejandría algunas turbulencias, fue enviado Juan a apaciguarlas, y su mujer Sofía le siguió. La detención que se vieron precisados a hacer los obligó a dejar a su hijo Sábas, que solo tenía cinco años, bajo la dirección y cuidado de Rezmias, su tío materno. El niño, aunque muy sufrido, no pudo aguantar el mal humor de su tía, que le trataba mal; lo que le obligó tres años después a retirarse a casa de su tío llamado Gregorio, germano de su padre, que vivía en el lugar de Esbandos. Esta preferencia causó muy en breve celos entre los dos tíos, pretendiendo cada uno apoderarse de la persona del sobrino, y entrar en la administración de la hacienda del padre: aunque Sábas solo contaba entonces ocho años, se escandalizó de estas contestaciones, de las que determinó hacer cesar la ocasión quitando la causa, para lo cual se retiró secretamente al monasterio de Flaviano, a una legua corta de Mutalasca. Sola su fisonomía prevenía tan poderosamente en su favor, que aquellos buenos religiosos le recibieron con gusto, y se encargaron de su educación. El buen genio del joven, su inclinación a la virtud, su aplicación y su inocencia le hicieron en breve adelantar tanto en las ciencias y en la virtud, que desde entonces se le miraba como a quien debía ser un día uno de los más bellos ornamentos de la vida cenobítica. Habiendo su retiro reconciliado a los dos tíos, no omitieron diligencia alguna para sacar al sobrino del claustro; mas el joven les protestó que ninguna cosa sería capaz de hacerle abandonar jamás su vocación; que siempre preferiría el estado religioso a todas las ventajas del siglo.

Sin embargo de sus pocos años, no se veía ninguno en el monasterio a quien no excediese en austeridad, en exactitud y en fervor. Habiendo cogido un día una manzana en el huerto, no solo no la comió, sino que se afligió tanto de esta venialidad, que se prohibió el uso de toda especie de frutas lo restante de su vida. No era menos sobrio en el dormir que en el comer; pasaba una parte de la noche en oración, y por el día no dejaba vacío alguno entre la oración y el trabajo.

No tenía Sábas más que diez y ocho años, y ya era la admiración de los más viejos del monasterio. Habiendo un día manifestado al superior el deseo que tenía de ir a visitar los santos lugares y los desiertos de la Palestina, el abad, que conocía su virtud, se lo permitió, aunque con el pesar de privar a su casa de un tan excelente modelo. Partió, pues, para Jerusalén el año 457, y pasó el invierno en el monasterio de San Pasarion, en donde su rara virtud se hizo admirar tanto como lo había hecho en el de San Basilio. No omitieron los monjes diligencia alguna para fijarle en este lugar; pero el amor que tenía al retiro, al silencio y a la austeridad le hizo preferir a todos los otros el monasterio de Eutimio. Este santo abad, al verle tan joven y delicado, no quiso detenerle todavía en su laura. Esta era un monasterio grande, a cuatro leguas de Jerusalén, donde todos los solitarios vivían separadamente, como el día de hoy los cartujos, cada cual en una celdita separada. El santo abad le envió a otro monasterio que dependía de él, y tenía por superior a san Teoctisto. Viéndose nuestro santo en una comunidad donde reinaba la más exacta disciplina religiosa, no se ocupaba más que en Dios; y aspirando sin cesar a la más alta perfección por medio de un fervor siempre nuevo, vino a ser en pocos días el modelo de los más perfectos. Dedicaba todos los días al trabajo, y las noches a la oración. Estaba tan recogido y tan continuamente unido con Dios, que el trabajo corporal era para él una sublime oración: hacía todas las cosas por un espíritu de penitencia y de caridad, hasta encargarse de llevar el agua y la leña que se ofrecía para las necesidades de sus hermanos. Aliviaba a todos los que estaban empleados en los varios oficios de la casa, y se decía que Sábas hacía todos los oficios de los demás. Tenía un cuidado particular de los enfermos; y con tantas y tan continuas ocupaciones se le veía siempre el primero en el oficio divino.

La estimación general que hacían todos de su virtud se aumentó mucho con la victoria que alcanzó de una tentación bien delicada, que puso su vocación a una prueba muy extraña. Habiéndosele nombrado por compañero de un religioso que iba a Alejandría, se encontró allí con sus padres, quienes le conocieron sin embargo de la mutación que había causado en él una ausencia de más de veinte años, pasados en los continuos ejercicios de la más austera penitencia. El amor paternal hizo todos los esfuerzos posibles para obligarle a mudar de estado y volver al mundo; pero los ruegos, las solicitudes y las lágrimas de los suyos no pudieron torcer jamás su vocación: dijo a su padre que si las leyes de la guerra castigaban con tanto rigor a los desertores, ¿qué castigo no debía esperar de Dios el que abandonaba su servicio? Esta generosa respuesta embelesó a sus padres, quienes admiraron su constancia y su virtud, y se contentaron con encomendarse a sus oraciones.

Habiendo muerto Teoctisto, obtuvo nuestro santo permiso del santo abad Eutimio para retirarse a una soledad más austera. Se encerró en una pequeña gruta, donde pasaba cinco días de la semana sin alimento, ocupado únicamente en la oración y en el trabajo de manos, el que no interrumpía su oración; hacía regularmente diez cestillos cada día, y el sábado llevaba sus cincuenta cestillos al monasterio, donde pasaba el domingo con sus hermanos; y por la tarde se llevaba los ramos de palma que necesitaba para ocuparse los cinco días siguientes, con los que se encerraba en su gruta. San Eutimio, que llamaba a nuestro santo el joven viejo por su alta virtud y sabiduría, le llevaba todos los años el día 14 de enero al desierto de Ruban, donde se creía que el Salvador había pasado los cuarenta días después de su bautismo: ambos permanecían allí hasta el domingo de Ramos en un espantoso ayuno, y ejercitando todos los rigores de la más pasmosa penitencia.

Pero habiéndose introducido la relajación en el monasterio de san Teoctisto, Sábas se retiró de él de todo punto, y se fue al desierto del Jordán a vivir cerca de san Gerásimo. Aquí fue donde, no pudiendo los demonios sufrir una tan eminente virtud en un religioso joven de treinta y cinco años, que sin haber perdido la inocencia llevaba más lejos que todos los otros sus austeridades, le declararon una guerra sangrienta, y emplearon todos sus artificios para ver si podían vencerle, o a lo menos aterrarle. Se le aparecían mil fantasmas horribles: los terribles aullidos con que acompañaban sus insultos eran capaces de inspirar terror a los más alentados; pero san Sábas, armado de la oración, alcanzó otras tantas victorias cuantos fueron los combates que le presentaron los enemigos, y lejos de acobardarse, buscó cuatro años después una soledad todavía más horrorosa, la que encontró en las rocas de un alto monte, donde había vivido san Teodosio el Cenobiarca. La cueva que escogió para su celda estaba tan alta, y el camino para subir era tan difícil, que, para llevar el agua que iba a buscar a dos leguas de allí, se vio obligado a atar una larga soga desde lo alto para asirse al subir con la carga. No tuvo allí otro alimento que las raíces que nacían a los pies de las rocas; pero los consuelos celestiales que inundaban su alma le indemnizaban abundantemente de tantos trabajos. Habiendo unos paisanos visto un día aquella soga, subieron hasta la cueva del santo, y quedaron asombrados de su penitencia. Desde entonces comenzaron a venir de todas partes tantas gentes a recibir sus instrucciones, que no pudo negarse a los que a imitación suya determinaron pasar sus días en la soledad; y viendo aumentarse el número de sus discípulos, consintió en que se edificase allí una laura con una capilla y un altar que hizo bendecir, adonde los sacerdotes de los lugares vecinos iban regularmente a decirles misa. Había formado una idea tan alta del sacerdocio, que estaba persuadido de que sin una eminente virtud nadie podía ser elevado a esta formidable dignidad, de la que no solo se tuvo por indigno toda su vida, sino que ni aun creyó que alguno de sus discípulos tuviese bastante virtud para merecerla. Esta religiosa rigidez desagradó a muchos de sus religiosos, y fue acusado de este pretendido delito ante el patriarca; a que añadieron que era demasiado simple y demasiado escrupuloso para ser su superior, y le pidieron que les señalase algún otro.

Salustio, patriarca de Jerusalén, informado del mérito particular de nuestro santo, fingió dar oídos a sus quejas. La mañana siguiente mandó al santo que viniera a verle con todos sus religiosos. San Sábas, que ignoraba lo que pasaba, se fue a casa del patriarca a la cabeza de su comunidad: no hubo uno de sus religiosos que no esperase ver a su abad depuesto; pero quedaron sorprendidos al ver que el patriarca, después de haberle conferido en presencia de ellos todos los órdenes sagrados, le ordenó de presbítero; y habiendo acabado de ordenarle, dijo a todos los religiosos: «Este es vuestro superior; no han sido los hombres, sino Dios, quien le ha puesto en este empleo. Yo no he hecho otra cosa que prestar mis manos al Espíritu Santo para conferirle el sacerdocio. Honradle como a vuestro padre, y obedecedle como a vuestro superior.» Después de este razonamiento los volvió a todos a la laura, donde consagró la iglesia que san Sábas había hecho edificar.

Creciendo cada día más la fama del santo, se veían llegar todos los días nuevos discípulos, entre los cuales recibió a san Juan, llamado el Silenciario, que había dejado el obispado para ponerse bajo su dirección. Habiendo quedado viuda después de algunos años Sofía, madre del santo, vino a acabar sus días en una celdita cerca de su monasterio, y tuvo el consuelo de morir santamente entre sus brazos. Con el dinero que le había llevado, edificó el santo dos hospitales muy capaces para los pobres pasajeros, y para los religiosos extranjeros que iban de viaje. Fundó asimismo un nuevo monasterio a una legua de su ermita; y a media legua un convento para educar a los novicios en la vida monástica y en la virtud, separados de los viejos.

Era tan universal la fama de la sabiduría y santidad de san Sábas, que todos los solitarios, así los de las ciudades como los de los desiertos, deseaban con vivas ansias estar bajo su conducta; lo que obligó al patriarca a nombrarle exarca, esto es, superior general de todos los anacoretas que vivían en las lauras, en las ermitas y en los desiertos: pero como jamás se vio una virtud eminente sin persecuciones y sin disgustos, aquellos falsos hermanos, a quienes no sentaba bien la exacta regularidad de nuestro santo, apenas tuvieron noticia de la muerte del patriarca Salustio, cuando procuraron con mil artificios engrosar su partido, y sacudir el yugo de la obediencia.

Nuestro santo, que solo suspiraba por el retiro, se valió de estas turbulencias para retirarse a un horroroso desierto, donde deseaba no ser conocido de persona viviente; pero habiendo sido descubierto, le volvieron contra su voluntad a su laura, en la que no estuvo mucho tiempo. Continuando los espíritus turbulentos en amotinarse contra él, se retiró secretamente, queriendo ceder a los hombres, aunque estaba acostumbrado a combatir con los demonios. Pasó algún tiempo bajo de un árbol muy frondoso que le servía de celda, hasta que el dueño del campo en que estaba mandó fabricarle una, que muy en breve llegó a ser un numeroso monasterio. Pero habiendo sido conocido, otra vez le volvieron a su laura por orden del nuevo patriarca.

Los rebeldes no se atrevieron a oponerse; pero no queriendo someterse, tomaron el partido de retirarse; mas habiendo sido arrojados de todos los monasterios adonde iban a presentarse, se vieron precisados a retirarse a unas celdas abandonadas, de donde también los querían arrojar. Solo nuestro santo tomó su partido; les envió una suma de dinero para facilitarles algún alojamiento, proveyó a todas sus necesidades, les alcanzó la propiedad de las celdas en que se habían metido, e hizo un viaje expresamente para llevarles algunas provisiones; y finalmente les construyó una iglesia. Con estas armas supo vencerlos: ellos reconocieron su culpa, le pidieron perdón, y después de haber provisto abundantemente a sus necesidades, les dio por abad uno de sus primeros discípulos. Este monasterio se llamó desde entonces la nueva Laura. Durante este viaje, convirtió a la verdadera fe algunos nestorianos, y otros que seguían los errores de Eutiques y de Dióscoro.

Por más amante que fuese del retiro, sin embargo supo privarse de él siempre que lo pedían la gloria de Dios y el bien de la Iglesia. El emperador Anastasio, fautor de los herejes, desterró a Elias, patriarca de Jerusalén, y perseguía a los católicos. Apenas tuvo noticia san Sábas del peligro que corría la fe en el Oriente, hizo dos viajes a Constantinopla. Su vista aterró al emperador, confundió a los eutiquianos, y detuvo el curso de la persecución; se fue intrépido a consolar en su destierro a los confesores de Jesucristo, y animó la fe vacilante de un gran número de solitarios.

Mientras que nuestro santo trabajaba con una solicitud continua en mantener la pureza de la fe ortodoxa, y el vigor de la disciplina regular en todos los monasterios de la Palestina, una horrible hambre le dio ocasión de ejercitar su caridad, y de hacer patente su santidad con un gran número de milagros. De todas partes le iban a representar la extrema necesidad de los monasterios, y al mismo instante hacía Dios algunos milagros para aliviarlos. El ecónomo de su gran laura le fue a decir que no había ni aun pan para decir misa. San Sábas levantó los ojos y las manos al cielo; y casi a la misma hora se vieron llegar treinta acémilas cargadas de víveres.

El emperador Justino, príncipe católico, sucesor de Anastasio, publicó un edicto mandando que en todo el imperio se recibiera el concilio de Calcedonia: lo mismo fue llegar a noticia de san Sábas esta determinación del emperador, que, sin reparar en lo avanzado de su edad, que era de ochenta años, ni en lo exhausto que se hallaba de fuerzas corporales a causa de su penitencia y de sus muchos trabajos, se fue a Cesárea, a Escitópolis, y a otras principales ciudades de la Palestina; hizo que recibieran el edicto, y que registraran en las iglesias los cuatro concilios generales.

Los católicos fueron acusados falsamente ante el emperador Justiniano. San Sábas, que ya tenía noventa años, hizo un viaje a Constantinopla, en donde el emperador Justiniano lo recibió como a un ángel bajado del cielo, y le concedió mucho más de lo que pedía: fundó a sus ruegos un hospital en Jerusalén, hizo reparar las iglesias que los samaritanos habían arruinado, y dio orden para que se fortificase la laura de san Sábas, para que los ermitaños pudiesen retirarse a ella durante las correrías de los bárbaros.

Al tiempo que el emperador hacía despachar en su gabinete las órdenes para este negocio, san Sábas, a quien este príncipe había hecho entrar para que estuviera presente al despacho, viendo que había llegado la hora de tercia, se levantó para ir a rezar su oficio: el monje Jeremías, que le acompañaba, le dijo si pensaba en que estaba con el emperador. «Sí, pienso en ello —respondió el santo—; pero también pienso que es hora de tercia, y que Dios me quiere al presente más en otra parte que aquí.»

Paseándose un día san Sábas con un monje joven a la orilla del Jordán, pasaron muy cerca de ellos unas señoras, acompañadas de una dama joven magníficamente adornada. El santo, que andaba siempre con los ojos bajos, y que desde su noviciado se había puesto la ley de no mirar jamás a la cara de mujer alguna, queriendo saber si su compañero había estado tan modesto como él, le dijo: «Es lástima que esta señorita sea tan desgraciada; me parece que no tiene más que un ojo.» «Con vuestra licencia —le respondió el novicio—, yo la he mirado con mucho cuidado, y he notado que es muy bien hecha, y que tiene sus dos ojos.» El santo dio una viva reprensión al monje joven; y haciéndole comprender cuán necesaria era la modestia para conservar la inocencia, le envió a una soledad muy retirada, donde pudiese acostumbrarse a la mortificación de los sentidos.

Finalmente, el Señor quiso recompensar los méritos de su siervo: cayó enfermo, y tuvo revelación de su muerte. El patriarca fue a visitarle en su última enfermedad, y viendo la falta que había de todo en su pobre celda, le hizo llevar a una casa vecina que dependía de él. El santo convino en ello por obedecer; mas conociendo que su fin estaba cercano, se hizo trasportar a su celdita, donde murió con la muerte de los justos, entre los brazos de sus hijos, el día 5 de diciembre del año 531, de edad de más de 92 años.

Su cuerpo fue enterrado en medio de su laura con una pompa religiosa cual correspondía a la fama de su santidad; se encontraron en su entierro muchos obispos, y un gran número de solitarios. Dios hizo glorioso su sepulcro con una infinidad de milagros. Sus reliquias han sido trasportadas después a Venecia, en donde están en grande veneración.

Año Cristiano del P. Juan Croiset (trad. José F. de Isla), dominio público.