domingo, 26 de julio de 2026 Santa Ana, Madre de la Bienaventurada Virgen María · Comm. IX Domingo después de Pentecostés

miércoles, 5 de junio de 2041

San Bonifacio, Obispo y Mártir

Vida del santo de hoy, según el Año Cristiano del P. Juan Croiset.

San Bonifacio, obispo de Maguncia y mártir, llamado con razón el apóstol de Alemania, fue inglés, y tuvo por nombre Winfrido. Nació por los años de 680, en el pueblecito de Kirton, condado de Devonshire, y sus padres, que eran muy piadosos, lo criaron con el mayor cuidado en el santo temor de Dios, aunque en esto tuvieron poco que hacer por el bellísimo natural del niño. Aún no tenía uso de razón, y ya mostraba inclinación a la vida religiosa; pues antes de cumplir los cinco años todo su gusto era oír hablar de Dios y de la vida penitente que hacían los santos solitarios.

Llegaron a predicar en Kirton unos misioneros evangélicos que se hospedaron en casa de su padre, y el niño Winfrido se aprovechó admirablemente de esta ocasión que le ofrecía la divina Providencia. Oyóles decir que para ser santo era menester negarse a sí mismo y seguir a Jesucristo; que la vida religiosa era el camino más seguro para salvarse; y que el mundo era un mar tempestuoso lleno de escollos y de peligros.

Apenas se retiraron los misioneros cuando Winfrido pidió licencia a su padre para entrar en un monasterio. Sorprendióle mucho la proposición; y como amaba a Winfrido más que a los otros hijos, se opuso a su intento y le mandó que no dejase la casa de sus padres. Obedeció el santo niño; pero Dios tomó de su cuenta el cumplimiento de su vocación. Envió una grave enfermedad a su padre, y persuadido este de que era justo castigo por su resistencia a la piadosa resolución de su hijo, sin esperar a estar bien convalecido, convocó a los parientes, y persistiendo Winfrido, a presencia de todos, en la determinación de ser religioso, se decidió que uno de ellos le llevase a presentar en el monasterio de Encantraste.

Luego que el abad Wolfando vio y reconoció aquel aire modesto y apacible, aquel natural vivo e ingenuo, aquel entendimiento ya formado y aquella virtud como anticipada, se sintió movido a recibirle. A vista del fervor con que el santo mancebo abrazó todos los ejercicios de la vida religiosa, le miraron los monjes como un don con que el cielo los había regalado, pronosticando desde luego que algún día sería uno de los más ilustres ornamentos de la Iglesia. Concluidas las pruebas del noviciado, lejos de entibiarse, no teniendo más que diez a doce años, fue un modelo cabal de religiosa perfección. Y habiéndose observado en él grandes talentos para las ciencias, con una singular inclinación al estudio, se tuvo por conveniente enviarle al monasterio de Nuscella, donde florecían las letras más que en la casa donde había tomado el hábito.

Allí encontró a un excelente director para la virtud y un hábil maestro para las ciencias en la persona del abad Wimberto; y aprovechó tanto en poco tiempo en ambas facultades, que le proponían por dechado a toda la comunidad.

Siendo ya uno de los más santos y más sabios hombres de su siglo, le encargaron que enseñase la gramática, la poesía, la retórica, la historia y la filosofía a los monjes, a quienes explicó también la sagrada Escritura en los sentidos literal, moral y místico. Por su mérito sobresaliente y por su no menos singular virtud fue juzgado digno de ser promovido al sacerdocio; y ordenado de presbítero a los treinta años de su edad, comenzó a trabajar en la salvación de las almas, y a instruir a los pueblos por el ministerio de la predicación.

Estaba escondido este tesoro en la provincia de Winchester, cuando la divina Providencia le manifestó a toda Inglaterra al tiempo que menos se pensaba. Habiéndose juntado los obispos en el país de Westfert, donde reinaba el religioso príncipe Ina, tuvieron necesidad de diputar un eclesiástico a su metropolitano el arzobispo de Conturbel, para informarle del motivo de aquella repentina junta, que era sobre cierto negocio urgente y de la mayor importancia. Propusieron los abades para esta diputación al presbítero Winfrido; y aprobada por el sínodo la elección, desempeñó su comisión con tanto acierto, que en adelante fue siempre llamado a todos los sínodos.

Sobresaltóse su humildad con esta señal de distinción, y resolvió mudar de país o ir a trabajar en la conversión de los gentiles a tierras donde no fuese conocido. Al principio se opusieron a este intento su abad y los demás monjes; pero convencidos después de sus razones, no solamente lo aprobaron, sino que le dieron dos religiosos para que le acompañasen en todos sus viajes.

Habiendo dejado las costas de Inglaterra, donde no hizo especial fruto su predicación, dio fondo en las de Frisia por los años de 715. Tampoco aquí fue más dichoso su zelo, sirviéndole de estorbo la guerra que a la sazón estaba encendida entre Carlos Martel, príncipe de los Franceses, y Rabbodo, duque de los Frisones. Pasó a Utrech, capital entonces de la Frisia, y no habiendo podido lograr del duque cosa alguna, se vio precisado a volverse a Inglaterra y restituirse a su monasterio de Nuscella. Llegó a tiempo que acababa de morir el abad Wimberto, y no hubo en que deliberar para nombrar a nuestro santo por sucesor suyo; pero jamás hubiera aceptado la abadía, si no tuviera esperanza de renunciarla muy presto, como efectivamente la renunció en manos de Daniel, obispo de Winchester, luego que halló el prelado un sugeto capaz de gobernar el monasterio.

Descargado ya de este peso, determinó ir en derechura a Roma para echarse a los pies del papa y pedirle le señalase su misión, persuadido de que su primer viaje no había tenido efecto por no haber precedido esta diligencia de pedir la bendición de su Santidad. Informado Gregorio II del mérito y de la eminente virtud de nuestro santo por las cartas del obispo de Winchester, le recibió con grandes muestras de estimación y de benevolencia; tuvo con él largas conversaciones, en las cuales descubrió el fondo de su sabiduría, prudencia y virtud que le constituían uno de los hombres más grandes y de los más grandes santos de su siglo.

Declaró al papa el deseo que tenía de dedicarse enteramente a la conversión de los infieles; aprobóselo mucho su Santidad, y dándole todas las facultades y poderes necesarios para su misión, escribió a todos los príncipes que podían favorecer y contribuir a las empresas de su apostólico zelo. Con estas facultades salió de Roma el año de 719; y entrando en Alemania por la Lombardía, se encaminó derechamente a Turingia para echar en ella la primera semilla de la fe de Jesucristo, según las instrucciones y orden que le había dado el sumo pontífice. Obró en ellas grandes milagros, no siendo el menor las grandes conversiones que hizo; y habiendo purgado en menos de seis meses de los errores del paganismo algunas reliquias de la religión cristiana, que todavía encontró, tuvo el consuelo de ver convertida en poco tiempo a casi toda la Turingia.

Supo entonces que había muerto el duque Rabbodo, enemigo jurado de la fe de Jesucristo, y partió a Frisia, donde se juntó con san Willefrodo, fundador y primer obispo de la iglesia de Utrech; y cultivó tan dichosamente aquella nueva viña, que en menos de tres años se vio todo el país poblado de cristianos, y los templos de los ídolos convertidos en iglesias. Hallándose san Willefrodo oprimido con el peso de los años y de los trabajos, determinó hacerle su coadjutor; pero apenas oyó Winfrido la proposición, cuando estremecido y asustado se escapó y se fue a predicar al país de Hese. Detúvose en un lugar que entonces se llamaba Omemburch, y después se llamó Amelburg; convirtió a dos señores y fundó en él un célebre monasterio. En fin, cediendo todo al maravilloso zelo de nuestro santo, redujo a la fe todo aquel vasto país y llevó la luz del Evangelio hasta el río Elba.

Resonaba por todas partes la fama de tantas maravillas, y llegando a los oídos del papa, quiso tener el consuelo de ver otra vez al nuevo apóstol. Obedeció este, y partió a Roma después de haber dado providencia en las necesidades espirituales de aquella nueva cristiandad; y fue recibido del sumo pontífice con todas las demostraciones de amor y de estimación que merecían sus grandes servicios y su virtud. Bendijo a Dios por los felicísimos sucesos con que se había dignado acreditar sus apostólicos trabajos; y considerando el gran bien que resultaría a la Iglesia si un hombre como aquel fuese elevado a la dignidad episcopal, sin dar oídos a su repugnancia ni a sus representaciones, el papa mismo le consagró por obispo el día de san Andrés de 723, mudándole el nombre de Winfrido en el de Bonifacio.

Colmado de honras y de bendiciones de su Santidad, se restituyó el nuevo obispo a su amada misión, donde trabajó con todo el poder que le daba la dignidad episcopal. Predicó siempre con maravilloso fruto; y administrando el sacramento de la confirmación a los que había bautizado, por la gracia y fortaleza que con él se les comunicaba, se renovó el espíritu y el fervor en aquella tierna y recién nacida iglesia. Mandó cortar un árbol tan viejo como extraordinariamente corpulento, que llamaban la fuerza de Júpiter, y era ocasión de innumerables supersticiones, cuya madera empleó en la fábrica de una capilla que edificó en honra del apóstol san Pedro. Después que vio tan floreciente la religión cristiana en el país de Hese y en Sajonia, hizo otro viaje a Turingia, donde en poco tiempo volvió a despertar en todos el espíritu de la verdadera virtud; y dejando en ella zelosos predicadores, fue a llevar la luz de la fe al ducado de Baviera. Desterró de él a un pernicioso ministro del demonio, llamado Eremwulfo, que, mezclando mil supersticiones gentílicas con algunos ritos y ceremonias cristianas, inficionaba el país llenándole de groserísimos errores.

Por los negocios de las iglesias se vio precisado a volver tercera vez a Roma el año de 738, donde fue recibido del papa Gregorio III aún con mayores demostraciones de amor y de estimación que de su predecesor. Quiso su Santidad que asistiese a un concilio que había convocado; y después de haberle oído resolver algunas dudas sobre diferentes puntos de disciplina por lo tocante a Alemania, le dio licencia para que volviese a continuar su apostólica misión.

Tomó el camino derecho de Baviera, donde el duque Odilon le había convidado, y donde solo había un obispo, llamado Vivilon, enviado por Gregorio III, después de las conversiones que Bonifacio había hecho. Aumentado el rebaño, fue menester aumentar también el número de los pastores; y usando Bonifacio de la potestad que le había dado el sumo pontífice, erigió otros tres obispados, escogiendo por capitales las ciudades de Salzbourg, Frisinga y Ratisbona. En la bula, en que el papa confirmaba la erección de estos tres obispados, rinde muchas gracias a Dios, que por su misericordia hizo entrar cien mil almas en el gremio de la Iglesia, siendo su conversión fruto de las fatigas de Bonifacio y de la protección con que Carlos Martel le había favorecido; nombra a nuestro santo legado a latere de la silla apostólica; y le exhorta a que no fije su residencia en algún lugar determinado, sino que visite y corra toda la Alemania, llevando por toda ella la fe de Jesucristo.

No podía el papa mandarle cosa más de su gusto. Corrió todo aquel vasto país con infinitos trabajos, pero con un fruto muy correspondiente a la inmensa dilatación de su zelo. Erigió otros cuatro obispados, uno en Erfurd para la Turingia; el segundo en Buraburg para el Hese, el que después se transfirió a Paderbon; el tercero en Eichlad para la Baviera; y el cuarto en Wurtzburg para la Franconia. Poco después convocó un concilio en el cual se formaron cánones muy útiles para la reforma de las costumbres y el restablecimiento de la disciplina eclesiástica. Tantas y tan maravillosas obras necesariamente habían de ser fruto de inmensos trabajos, y es fácil concebir cuánto tendría el santo que padecer en la conversión de tantos pueblos, todavía incultos, indóciles y bárbaros. Pero nada le parecían los ayunos, las pendencias, las fatigas, mientras sus portentosos trabajos no mereciesen ser coronados con la corona del martirio: «Todo el objeto de mis ansias (escribía a Cuthberto, arzobispo de Conturbel) es derramar mi sangre por la fe de Jesucristo y en defensa del Evangelio. Combatamos por el Señor, pues nos hallamos en tiempos de aflicción. Muramos, si Dios lo quiere, por las leyes de nuestros padres, para llegar con ellos a la herencia eterna. No seamos perros mudos, centinelas dormidos, o mercenarios, que huyen a vista de los lobos. Seamos pastores cuidadosos y vigilantes, predicando a todos sin excepción de personas y no lisonjeando al pecador.»

Convocó después otros dos concilios; uno en Esnes, en el obispado de Cambray, el año 744; y el otro el año siguiente en Soisons, de donde parece inferirse que también era legado de la silla apostólica en Francia.

La guerra que en todas partes declaraba al vicio y a la herejía fue causa de que padeciese muchas persecuciones, particularmente por parte de algunos eclesiásticos relajados. Aldeberto y Clemente, ambos públicos herejes, ejercitaron mucho su paciencia y su virtud; el primero fue condenado por el concilio de Soisons, y el segundo por el papa Zacarías, que sucedió a Gregorio.

Pero los graves negocios de su legacía no sirvieron de estorbo a los trabajos de su apostolado. Como iba creciendo la mies fue menester llamar nuevos obreros, y así hizo venir de Inglaterra muchos santos monjes para gobernar los monasterios que había fundado. Llamó a las santas Teda, Lioba, Valburga, Vertigita, Coutnulis, a quienes encargó el gobierno de los monasterios de vírgenes, fundados ya por Bonifacio en Turingia, en Baviera, en Clusinga y en otras partes. Ni el cuidado pastoral de tantas iglesias le impedía atender a la dirección espiritual de muchas almas particulares, encaminándolas a la más alta perfección. A sus saludables consejos se atribuyen los grandes progresos que hizo en la virtud el príncipe Carlo Magno, duque de los Franceses, que, renunciando las grandezas del mundo, abrazó la vida religiosa, por vacar únicamente al cuidado de su eterna salvación. Era tan grande la fama de la santidad de Bonifacio, que, siendo reconocido por rey de los Franceses Pipino, hermano segundo de Carlo Magno, quiso ser consagrado por nuestro santo, como lo ejecutó, celebrándose en Soisons esta augusta ceremonia.

Hasta aquí san Bonifacio, como legado de la silla apostólica, en ninguna parte había fijado su residencia; pero habiendo vacado en este tiempo la silla episcopal de Maguncia, por haber sido depuesto Gervordo, el papa Zacarías, que no le estimaba menos que sus dos antecesores, le obligó a aceptar esta iglesia, después de haberla erigido en arzobispal y metropolitana, nombrando por sufragáneos suyos los obispados de Lieja, Utrech, Colonia, Wormes, Spira, Strasburgo, Constancia, Coira, Ausburg, Eichstal, Wurzburg, Erfurd y Boraburg. Pero presto renunció esta dignidad, porque acordándose perpetuamente que estaba dedicado a la conversión de los infieles, no pudo sosegar hasta desembarazarse de ella; y excitándose con nuevo ardor su zelo por la conversión de las naciones del Norte, después de haber obtenido licencia del papa Zacarías para renunciar el arzobispado en su discípulo san Lulo, partió para la Frisia septentrional; sirviéndole como de presagio de su muerte el ardiente deseo que tenía del martirio.

Dio las providencias convenientes a las iglesias de su legacía, y tomó el camino de las costas más retiradas de Frisia, acompañado de san Eoban, obispo de Utrech, de tres presbíteros y de cuatro monjes, los cuales todos le ayudaron con tanto zelo y con tanta felicidad, que luego que llegó convirtió muchos millares de personas.

Después que bautizó un gran número de ellas la vigilia de Pentecostés, señaló un día de la semana para conferir a todas el sacramento de la confirmación; y por ser tantas, determinó celebrar esta función en el campo. Escogió para esto la llanura de Dukun, cerca del pequeño río Borda. Los sacerdotes de los ídolos, rabiosos de ver abatidos sus templos en todas partes, juntando una tropa de gentiles, vinieron a echarse sobre los santos misioneros con las espadas desnudas. Viendo el santo cumplidos sus fervorosos deseos, se hincó de rodillas, y levantando los ojos y las manos al cielo, rindió mil gracias al Señor por la merced que le hacía de que terminase sus trabajos apostólicos con la corona del martirio. Volviéndose después a sus amados compañeros, los exhortó a dar generosamente su sangre por la fe de Jesucristo, representándoles lo mucho que iban a ganar en trocar una vida breve, llena de miserias y de tribulaciones, por la eterna y feliz de la bienaventuranza. No le dejaron los bárbaros pasar más adelante, y arrojándose sobre él, le quitaron la vida a cuchilladas juntamente con el obispo Eoban, con los tres presbíteros, los tres diáconos, los cuatro monjes y más de cuarenta personas de los fieles que estaban ya dentro de la tienda. Así consiguió san Bonifacio, apóstol de Alemania, la corona del martirio con otros cincuenta y dos compañeros, participantes de la misma dicha, el día cinco de junio del año 754 o 55, a los 75 de su edad, 36 de su obispado, y a los 40 de su entrada en Alemania.

Su santo cuerpo fue conducido a Utrech, de allí dentro de poco tiempo fue trasladado a Maguncia, y en fin a Fulda por san Lulo, obispo, como lo había deseado el mismo santo. Con él fueron también llevados los libros que tenía consigo, y que los gentiles, después de muerto, habían arrojado por aquellos campos, conservándose todavía tres de ellos el día de hoy; uno contiene los cánones del Nuevo Testamento; otro, que aún se ve teñido con la sangre del santo mártir, es la carta de san León a Teodoro, obispo de Frejus, con algunas otras obras de los santos Padres; y el tercero, que se cree ser de la mano del mismo san Bonifacio, es un libro de los evangelios. Las cartas de san Bonifacio, así a los papas, como a los príncipes, que recogió y publicó el padre Serario, muestran su gran talento y su fervoroso zelo por la salvación de las almas y reforma de las costumbres, no menos que su profunda humildad y la delicadeza de su purísima conciencia.

Año Cristiano del P. Juan Croiset (trad. José F. de Isla), dominio público.