domingo, 2 de junio de 2041
Domingo después de la Ascensión
Las lecturas de la Misa de hoy, con el comentario de la tradición.
Epístola (1 Pet. 4, 7-11)
Léctio Epístolæ beáti Petri Apóstoli Caríssimi: Estóte prudéntes et vigiláte in oratiónibus. Ante ómnia autem mútuam in vobismetípsis caritátem contínuam habéntes: quia cáritas óperit multitúdinem peccatórum. Hospitáles ínvicem sine murmuratióne: unusquísque, sicut accépit grátiam, in altérutrum illam administrántes, sicut boni dispensatóres multifórmis grátiæ Dei. Si quis lóquitur, quasi sermónes Dei: si quis minístrat, tamquam ex virtúte, quam adminístrat Deus: ut in ómnibus honorificétur Deus per Jesum Christum, Dóminum nostrum.
Por lo demás, el fin de todas las cosas se va acercando; por tanto sed prudentes, y así estad advertidos; y velad en oraciones continuas y fervorosas. Pero sobre todo mantened constante la mutua caridad entre vosotros; porque la caridad cubre o disimula multitud de pecados. Ejercitad la hospitalidad los unos con los otros, sin murmuraciones. Comunique cada cual al prójimo la gracia o don, según la recibió como buenos dispensadores de los dones de Dios, los cuales son de muchas maneras. El que habla o predica la palabra divina, hágalo de modo que parezca que habla Dios por su boca; quien tiene algún ministerio eclesiástico, ejercítelo como una virtud que Dios le ha comunicado, a fin de que en todo cuanto hagáis sea Dios glorificado por Jesucristo, cuya es la gloria y el imperio por los siglos de los siglos. Amén. [Torres Amat]
Comentario patrístico · Comentario a la Primera de San Pedro, cap. 4 — Cornelio a Lápide
Versículo 7: «Mas el fin de todas las cosas se acerca.» El «mas» no mira de cerca a lo que precede sobre el juicio de los muertos, sino a lo que antes había dicho sobre abstenerse de las lujurias, banquetes y vicios pasados: pues de esta abstinencia da la razón, a saber, que el fin tanto de los placeres como de todas las cosas se acerca; propiamente, empero, mira al «que está pronto para juzgar», como si dijera: nos apremia Cristo juez, porque apremia el fin de todo; justo es, pues, vivir sobria y castamente y conformarse a Cristo padeciente, para que podamos comparecer ante Él, nuestro juez, seguros y alegres, y dar cuenta de una vida santa. Puede entenderse «fin» primero de la vida —breve es nuestra vida y ya muchos han vivido treinta, cuarenta o cincuenta de sus años—; y segundo, y con más propiedad, el fin del mundo y del siglo, pues esto lo insinúa el «de todas las cosas». El mundo ha recorrido las seis edades de su vida y corre ya la séptima y última: la primera, de Adán a Noé y el diluvio; la segunda, de Noé a Abraham; la tercera, de Abraham a Moisés; la cuarta, de Moisés a David; la quinta, de David al cautiverio de Babilonia; la sexta, del cautiverio de Babilonia a Cristo; la séptima corre desde Cristo hasta el fin del mundo. De ahí que San Juan (I Ep. II, 18) diga: «Hijitos, la última hora es»; y San Pablo (I Cor. X, 11): «Estas cosas fueron escritas para corrección nuestra, en quienes ha llegado el fin de los siglos.» Por eso dice en pretérito «se acercó», porque la mayor parte y número de los siglos ha pasado ya. Místicamente Ecumenio: el fin de todas las cosas, esto es, de los profetas, es Cristo, como si dijera: puesto que ha llegado la perfección de todos, que es Cristo, también vosotros debéis conformaros a Él.
Versículo 7 (continuación): «Sed, pues, prudentes y velad en las oraciones.» El «pues» significa que esto se deduce y concluye de lo ya dicho: porque el fin de todo se acerca, conviene que os dispongáis para él obrando prudentemente en todo y velando en las oraciones; y alude —más aún, repite— aquello de Cristo: «Velad, pues, porque no sabéis a qué hora vendrá vuestro Señor» (Mt. XXV, 13), y «Velad y orad para no caer en la tentación» (Mt. XXVI, 41). En vez de «sed prudentes» está en griego sōphronēsate, que Ecumenio, Pagnino, Vatablo, Isidoro y otros vierten «sed sobrios», pues, como dice Ecumenio, propia de los sobrios es la oración y el derramamiento de plegarias, esto es, de los que velan, y no de los que yacen oprimidos por la embriaguez de las cosas mundanas. De ahí que la sobriedad se llame sōphrosynē, porque sōzei tēn phronēsin, es decir, guarda la prudencia y la salud de la mente. El siríaco traduce «sed castos», pues compañera e hija de la sobriedad es la castidad; nuestra Vulgata, con más generalidad y llaneza, vierte «sed prudentes». La prudencia es guía y auriga de todas las virtudes, como decía San Antonio, pues ordena y modera cada una de las acciones del hombre. La define San Agustín (De libero arbitrio, I, 13): «La prudencia es la ciencia de las cosas que se han de apetecer y de las que se han de evitar»; y Aristóteles (Ética VI): «recta razón de lo que se ha de obrar». (Aduce aquí a Lápide un extenso tratado sobre la prudencia —sus partes, actos y numerosas máximas de los filósofos y de los siete sabios de Grecia—, que por su largura se omite.)
«Velad en las oraciones.» El vocablo griego nēpsate significa, primero, «sed sobrios»; segundo, «velad»; pues tanto la vela como la sobriedad se requieren para la oración. Recordaba San Pedro su propia caída, ocurrida porque, orando Cristo en el huerto y amonestando «velad y orad para no caer en la tentación», él, vencido del sueño y de la tristeza, dormitó y no oró, de donde le vino negar a Cristo en la tentación; enseñado, pues, por su propio mal, amonesta a los demás a que eviten este escollo en que él tropezó, y sean asiduos, fervorosos y vigilantes en la oración tanto de noche como de día. Porque la vida de los mortales, y sobre todo de los fieles, es una vela: ya porque están cercados por todas partes de enemigos contra los cuales conviene montar guardia sin cesar, ya porque esperan con certeza el día del Señor sin saber cuándo ha de venir. Y quiere San Pedro que velemos, esto es, que seamos asiduos y alacres en las oraciones, pues son ellas las armas más eficaces contra todas las tentaciones y enemigos, y porque orando conviene prepararnos para el día del Señor.
Versículo 8: «Mas ante todo, teniendo entre vosotros mismos una caridad mutua y continua, porque la caridad cubre la muchedumbre de los pecados.» En griego ektenē, que significa primero extensa, continua, perseverante; segundo, vehemente y pronta; tercero, liberal, profusa; cuarto, cordial y manada del hondo y todo el corazón, pues ektenōs vale tanto como «con largueza, con todas las fuerzas, vehementemente, de todo ánimo». Tal caridad tuvo y tiene para con nosotros Cristo, que por ella derramó su sangre, su espíritu y su vida por nosotros, y aun se nos dio en alimento; de donde San Bernardo: «Consanguíneos somos en la sangre de Cristo.» Con San Pedro concuerda San Pablo (Col. III, 14): «Mas sobre todas estas cosas tened caridad, que es el vínculo de la perfección.» El modo de esta caridad mutua lo prescribe San Basilio: hemos de imitar a Dios y al sol, que reparten su luz indistintamente a todos; así los imitadores de Dios deben comunicar por igual a todos el rayo de su caridad, porque donde la caridad padece eclipse, al punto entra en su lugar el odio.
«Porque la caridad cubre (griego kalypsei, ‘cubrirá’, esto es, ‘puede y suele cubrir’) la muchedumbre (es decir, la totalidad) de los pecados.» ¿De qué caridad se trata? San Bernardo la entiende de la caridad de Dios, que cubre los pecados de sus predestinados antes de la muerte; Clemente Alejandrino, de la caridad de Cristo, que cubre los pecados de sus elegidos aplicándoles su Pasión. Pero uno y otro sentido son más acomodaticios que genuinos, pues San Pedro trata de la caridad mutua con que los fieles se aman entre sí. Cubre, pues, la caridad los pecados propios delante de Dios de tres maneras: dispositivamente, porque el acto de contrición —que es acto de caridad— es la última disposición para la gracia; formalmente, porque el hábito de la caridad y de la gracia justifica formalmente al hombre; y meritoriamente, porque los justificados merecen la remisión de los pecados veniales. Y cubre la caridad los pecados propios no solo en cuanto a la culpa, sino también en cuanto a la pena, cuya remisión alcanza de Dios; de donde nació la frase de que el pecado, cuando se perdona, se dice cubierto, y cuando no, se dice que clama venganza, a la manera de la sangre derramada en el homicidio, que hiere los ojos de Dios y de los hombres reclamando castigo (Ez. XXIV, 6-8).
Cubre además la caridad los pecados del prójimo, esto es, las injurias y ofensas con que unos a otros se agravian: en el ánimo del ofendido, borrando las injurias —como entre los atenienses había la ley de la amnistía, es decir, del olvido de las injurias—; y en el ánimo del que ofende, cubriendo su animosidad al incitarle a corresponder con amor, reconocer la culpa y reconciliarse; pues la caridad del ofendido atrae la caridad del ofensor, y al revés, ya que imán del amor es el amor. El sentido genuino de este lugar es, pues: cultivad la caridad mutua, la cual, una vez ha ocupado el ánimo, cubre las mutuas ofensas con que a menudo unos a otros nos herimos de palabra o de obra, y así engendra paz y concordia. Y lo confirma con lo de los Proverbios (X, 12), que aquí cita San Pedro: «El odio suscita rencillas, y la caridad cubre todos los delitos.»
¿De qué modo cubre la caridad los pecados? Primero, los cubre como el agua cubre el fuego, sofocándolo y apagándolo. Segundo, los envuelve, paliándolos y excusando las injurias del prójimo; así alaba San Agustín a su madre Santa Mónica, que, oyendo de una y otra parte cosas amarguísimas entre los discordes, nada refería de la una a la otra sino lo que valiese para reconciliarlas. Y San Bernardo enseña a excusar la intención cuando no se puede la obra: «Excusa la intención; y si la certeza del hecho rehúsa toda disimulación, dite a ti mismo: vehemente fue la tentación; ¿qué habría hecho de mí, si sobre mí hubiese tenido semejante poder?» Tercero, y más aptamente, cubre la caridad las injurias y pecados como el emplasto cubre las llagas y heridas curándolas: quien ama es como cirujano que venda y sana con el emplasto del amor y de la corrección amorosa todas las ofensas, rencillas y llagas del alma.
Aprende aquí, moralmente, cuánta sea la fuerza de la caridad, pues abole todas las ofensas, no solo las pasadas, sino también las presentes y las futuras. Presentes, porque abole las rencillas y enemistades presentes y excusa las imperfecciones e imprudencias que en la obra de la caridad se cometen; futuras, porque las impide y hace que no se cometan. El candor del amigo todo lo interpreta candorosamente, y aun oculta las faltas del amigo, y no tiene el crimen por crimen; al contrario, el odio arrebata todo a peor parte y finge crimen donde no lo hay, o del pequeño hace grande, haciendo de una mosca un elefante. Como por un vidrio negro todo parece negro, y por uno claro y dorado todo parece luciente y dorado, así por el odio todas las acciones del que aborrecemos parecen torpes y odiosas, y por la caridad todas las del que amamos parecen luminosas y gratas, porque el amor cubre su malicia. La caridad es, pues, el manto de todos los pecados y de todas las virtudes, y aun —como dijo agudamente uno de los santos— «el manto de Dios y de la divina majestad», según aquello de Isaías (LIX, 17): «Cubierto está como con un manto de celo.»
Versículo 9: «Hospedaos mutuamente sin murmuración.» En griego «sin murmuraciones». A la caridad añade la hospitalidad como compañera, más aún, como hija, y excluye de ella la murmuración; pues suelen los huéspedes tenaces y de ánimo estrecho quejarse de la muchedumbre de los forasteros, del gasto, de la duración, de la voracidad y locuacidad. Tales eran los habitantes del Ponto, a quienes escribe San Pedro, duros e inhospitalarios, por lo que el Ponto, por la fiereza de sus moradores, se llamó axenos, esto es, inhospitalario; mas por los fieles discípulos de San Pedro se hizo euxenos, hospitalario. Encomienda, pues, San Pedro a los del Ponto ya convertidos la hospitalidad cándida para con los cristianos, y sobre todo para con los Apóstoles y varones apostólicos, que por causa del Evangelio o por las persecuciones mudaban entonces con frecuencia de hospedaje y de regiones. Cuán grande fuese la hospitalidad de los primeros cristianos consta por la vida de Santa Práxedes y Santa Pudenciana, que a todos los cristianos recibían en su casa. Bellamente San Agustín: «Reconoce la hospitalidad, por la cual se llegó al Señor. Recibe al huésped, del cual también tú eres compañero en el camino, porque todos somos peregrinos: nuestra patria está en lo alto, allí no seremos huéspedes.» Y así Abraham, ofreciendo hospitalidad a los peregrinos, mereció recibir a los tres ángeles que representaban a la Santísima Trinidad.
Versículo 10: «Cada uno, según la gracia que recibió, administrándola mutuamente.» Este es el segundo oficio de la caridad —el primero fue la hospitalidad—. Por «gracia» entiéndase aquí no tanto la que hace grato cuanto la dada gratuitamente, pues esto significa el griego charisma, es decir, don. Manda, pues, que los dones y talentos que Dios nos ha dado los gastemos en utilidad del prójimo, porque para esto nos los dio Dios; de ellos nos hizo ministros, dispensadores y ecónomos —como tienen los códices griegos—, no dueños, y por eso exigirá de cada uno cuenta exacta de esta dispensación, diciendo: «Da razón de tu mayordomía» (Lc. XVI, 2). Bellamente Filón: «Bastante claro es que usamos de posesiones ajenas, y que no poseemos ni la gloria, ni las riquezas, ni los honores, ni cosa alguna propia del cuerpo o del alma, ni aun la vida misma: solo tenemos el usufructo.» Con San Pedro concuerda San Pablo (I Cor. XII, 7): «A cada uno se le da la manifestación del Espíritu para provecho»; y (Rom. XII, 6) enumera los dones repartidos según la gracia: profecía, ministerio, doctrina, exhortación, largueza, presidencia, misericordia.
Versículo 11: «Si alguno habla, sea como palabras de Dios.» Explica aquí la gracia multiforme y la divide en dos especies genéricas: la locución, esto es, la predicación y la doctrina; y el ministerio, como es distribuir limosnas, servir a los enfermos, recibir a los huéspedes. Manda, pues, que el doctor y predicador hable palabras no suyas, sino de Dios, es decir, enseñe cosas verdaderas, santas y dignas de Dios —aquellas que Cristo enseñó en el Evangelio y las que Dios le inspira—, no las que sugiere el espíritu humano o mundano; y que las hable no soberbia, sino humildemente, pues «quien las palabras que profiere no las tiene de suyo, ¿por qué se hincha como de cosa propia?» (San Gregorio); y no fríamente, sino con ardor, pues tales son las palabras de Dios y del Espíritu Santo, que por eso dio en Pentecostés lenguas de fuego a los primeros doctores, según aquello: «Encendida está tu palabra vehementemente» (Sal. CXVIII, 140). La vida da eficacia a la voz: no basta al sacerdote hablar las palabras de Dios con la voz, si no las habla también con la vida. Tales sean los coloquios de los siervos de Dios, como los de San Pablo primer ermitaño con San Antonio, que no hablaban sino palabras de Dios.
«Si alguno ejerce un ministerio, sea como por la virtud que Dios administra» (así el siríaco). Este es el otro género de carisma, la diaconía o ministerio, esto es, la administración de los sagrados Sacramentos, de las limosnas y de otras cosas. Dice, pues, que aquel a quien tocó en la Iglesia algún ministerio, lo ejerza no por virtud propia, sino de Dios, que Él le suministra; con lo que insinúa: primero, que deben ejercer su propio oficio, no invadir el ajeno, ni arrogarse nada, atribuyendo a Dios toda su virtud y eficacia; segundo, que deben servir en virtud, esto es, no solo recta y fielmente, sin acepción de personas, sino también valientemente, venciendo todas las dificultades sin temer poder ni envidia de nadie —pues esto significa el griego ischys, fuerza, robustez—; tercero, que sean liberales en el dar, acordándose de que no dan lo suyo, sino lo de Dios; y cuarto, que no busquen su propio lucro, sino las almas para gloria de Dios: «para que en todo sea honrado (griego doxazētai, glorificado) Dios por Jesucristo», ya que por los méritos de Cristo mediador reparte Dios estos dones a sus ministros. Y suelen los varones santos referir a Dios los principios y los fines de todas las cosas, prorrumpiendo en su doxología a imitación de los bienaventurados: «A quien —tanto a Cristo como a Dios— es la gloria y el imperio» (el siríaco: gloria y honor).
Comentario a la Primera de San Pedro, cap. 4, Cornelio a Lápide · Traducción del editor, del latín (Gran Comentario, dominio público) · fuente: lapide.org (dominio público)
Evangelio (Joannes. 15, 26-27; 16, 1-4)
Sequéntia sancti Evangélii secúndum Joánnem In illo témpore: Dixit Jesus discípulis suis: Cum vénerit Paráclitus, quem ego mittam vobis a Patre, Spíritum veritátis, qui a Patre procédit, ille testimónium perhibébit de me: et vos testimónium perhibébitis, quia ab inítio mecum estis. Hæc locútus sum vobis, ut non scandalizémini. Absque synagógis fácient vos: sed venit hora, ut omnis, qui intérficit vos, arbitrétur obséquium se præstáre Deo. Et hæc fácient vobis, quia non novérunt Patrem neque me. Sed hæc locútus sum vobis: ut, cum vénerit hora eórum, reminiscámini, quia ego dixi vobis.
Mas cuando viniere el Consolador, el Espíritu de verdad que procede del Padre, y que yo os enviaré de parte de mi Padre, él dará testimonio de mí. Y también vosotros daréis testimonio, puesto que desde el principio estáis en mi compañía. Estas cosas os las he dicho, para que no os escandalicéis, ni os turbéis. Os echarán de las sinagogas; y aun va a venir tiempo en que quien os matare, creerá hacer un obsequio a Dios. Y os tratarán de esta suerte, porque no conocen al Padre, ni a mí. Pero yo os he advertido estas cosas con el fin de que cuando llegue la hora, os acordéis de que ya os las había anunciado. [Torres Amat]
Comentario de los Padres · Catena Aurea (Cadena de Oro) — Santo Tomás de Aquino
San Juan 15, 26-27 — glosas de los Padres griegos y latinos, encadenadas por Santo Tomás.
Podrían los discípulos decirle al Señor: Si oyeron de ti palabras que nadie dijo, si vieron en ti milagros que ningún otro hizo, y sin embargo, no creyeron; si aborrecieron a tu Padre y a ti con El, ¿cómo nos envías y cómo nos han de creer? Para que, pues, no se turben con este pensamiento, los consuela diciéndoles: "Cuando viniere el Paráclito que yo enviaré, etc., El dará testimonio de mi.
Como si dijera: Me aborrecieron y mataron a los que dieron testimonio de mí; pero será tal el testimonio que de mí dará el Paráclito, que hará creer en mí a los que no me vieron. Así como El dará testimonio de mí, así vosotros lo daréis en vuestros corazones y en vuestra predicación. El, inspirando y vosotros haciendo oír vuestra voz. Porque vosotros, que habéis estado conmigo desde el principio, podréis predicar lo que conocéis, lo cual no hacéis ahora porque no tenéis aún la plenitud de aquel Espíritu. La caridad de Dios, difundida en vuestros corazones por el Espíritu Santo, os dará valor para dar testimonio. El Espíritu Santo, dando testimonio y mucho valor a los testigos, libró del temor a los amigos de Cristo, y convirtió en amor el odio de sus enemigos.
El Espíritu Santo, que cuando viene se llama Consolador, tomando el nombre de los efectos que produce. Porque no sólo libra de toda perturbación a aquellos que encuentra dignos de sí, sino que les infunde un gozo increíble; porque se apodera la alegría celestial del corazón de aquellos en quien se alberga. Este Espíritu consolador, es enviado por el Hijo, no por ministerio de los ángeles, ni de los profetas, ni de los apóstoles, sino que es enviado por la sabiduría y verdad de Dios, como conviene que sea enviado el Espíritu de Dios, que posee una naturaleza indivisa con la misma sabiduría y verdad. En efecto, el Hijo enviado por el Padre no se separa ni divide de El, permaneciendo en El y teniéndolo en sí mismo, sin que el Espíritu Santo, enviado por el Hijo de la manera antes dicha, salga del Padre ni cambie de uno en otro lugar. Porque así como el Padre no se detiene en parte alguna, porque es sobre toda naturaleza corporal, del mismo modo el Espíritu de verdad no se encierra en extensión de lugar, porque es incorpóreo y superior a toda criatura racional.
No dijo Espíritu Santo, sino Espíritu de verdad, para demostrar que es digno de fe. Dice también que procede del Padre, es decir, que conoce con toda certeza todas las cosas, del mismo modo que hablando de sí mismo: "Porque conocí de dónde vengo y a dónde voy".
El pudo decir de Dios o del Todopoderoso, pero nada de esto citó, sino que dijo del Padre; no porque el Padre sea otro que el Dios Omnipotente, sino porque el Espíritu de verdad, según la propiedad e inteligencia del Padre, procede de El. Enviando, pues, el Hijo al Espíritu de verdad, lo envía juntamente el Padre, viniendo el Espíritu por la misma voluntad del Padre y del Hijo.
Por otra parte se dice "en verdad que el Padre envía al Espíritu" y cuando dice "ahora" el Hijo que lo enviará, demuestra la igualdad de poder. Pero no se crea que significa resistencia con el Padre como enviando al Espíritu Santo en virtud de otro poder, y por eso añade: "Del Padre", para expresar que El recibe del Padre y da con El mismo la misión. Cuando oyes que procede, no creas que la procesión sea aquella misión extrínseca, por la cual son enviados los espíritus administradores, sino que llama procesión una propiedad diferente, excelente y reservada, atribuida sólo al Espíritu principal. La procesión del Espíritu no es otra que el origen de Aquel que le da el ser; y así no es necesario entender que la palabra proceder es enviar, sino lo mismo que recibir la esencia de la naturaleza del Padre.
Tal vez se le ocurra a alguno preguntar si también el Espíritu Santo procede del Hijo. El Hijo es sólo del Padre, y el Padre lo es sólo del Hijo, pero el Espíritu Santo no es Espíritu de sólo uno, sino de los dos. Alguna vez dice Jesucristo: "Espíritu de vuestro Padre, que habla en vosotros" ( Mt 10,20), y dice el Apóstol: "Envió Dios al Espíritu del Hijo a vuestros corazones" (Gal 4,6). Creo que, por esto mismo, se llama propiamente Espíritu, porque si se nos pregunta acerca de cada una de las Personas, no podemos sino llamar espíritu tanto al Padre como al Hijo. Este nombre, pues, que corresponde a cada una de las Personas y a todos en común, convino que fuera dado a Aquel que no es ni el Padre ni el Hijo, sino la mancomunidad de los dos.¿Por qué, pues, no hemos de creer que también del Hijo procede el Espíritu Santo siendo también Espíritu del Hijo? Si no procediera de El no hubiera soplado sobre sus discípulos después de la resurrección, diciéndoles: "Recibid el Espíritu Santo" ( Jn 20,22). Es necesario creer que ésta es la virtud de que habló el evangelista: "Salía de El una virtud que a todos curaba" ( Lc 6,19). Si, pues, el Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo, ¿por qué dijo el Hijo: "del Padre procede", sino porque acostumbraba a referir incluso lo que es de sí mismo a Aquél de quién El mismo procede? Por esto dijo: "Mi doctrina no es mía, sino de Aquel que me envió" ( Jn 7,16). Si, pues, se entiende como doctrina suya la que, sin embargo, dijo no ser suya, sino de su Padre, con cuánta mayor razón debe entenderse que el Espíritu Santo procede de El mismo, cuando dice "Del Padre procede" y no añade: 'no procede de mí'. De allí le viene al Hijo el ser Dios; de donde le viene el proceder de El el Espíritu Santo. Así se entiende por qué no se dice que el Espíritu Santo nace, sino que procede; porque si fuese también Hijo, sería forzoso considerarlo como Hijo de los dos, lo cual sería absurdísimo. No hay hijo que no nazca sino de dos seres, padre y madre. Pero lejos de nosotros el suponer semejante cosa entre Dios Padre y Dios Hijo. Porque ningún hijo de padres humanos procede al mismo tiempo de padre y de madre; porque en el instante en que procede del padre al seno materno, no procede entonces de la madre. El Espíritu Santo no procede del Padre al Hijo, y luego del Hijo para santificar las criaturas, sino que procede a un mismo tiempo del uno y del otro. Y tampoco podemos decir que el Espíritu Santo no sea vida, siendo vida el Padre y vida el Hijo. Y por esto, así como el Padre tiene vida en sí mismo, y dio al Hijo que tuviera vida en sí mismo, así dio que la vida procediera del Hijo, como procede también de El mismo.
Catena Aurea (Cadena de Oro), Santo Tomás de Aquino · Traducción española del siglo XIX, dominio público · fuente: hjg.com.ar/catena