sábado, 25 de mayo de 2041
San Gregorio VII, Papa
Vida del santo de hoy, redactada al estilo del Año Cristiano sobre fuentes tradicionales.
San Gregorio VII, Papa, gloria del sacerdocio y azote invicto de la simonía, a quien sus enemigos, temblando, apellidaron «fuego del infierno» siendo así que fue fuego del cielo encendido para purificar la Iglesia, nació en Italia, en la diócesis de Soana, en la Toscana, a pocas leguas de Siena, por los años que corren entre 1013 y 1024, que no señala con más certeza la memoria. Llamóse en el siglo Hildebrando, nombre que los suyos interpretaban «fuego de las batallas»; y bien mostró después que había nacido para pelear, no las guerras de la tierra, sino las del Señor de los ejércitos.
Fueron sus padres de modesta y humilde condición, tanto que refiérese, sobre el testimonio de San Pedro Damián, haberse criado el niño entre la pobreza de los campos; pero quiso la Providencia, que gusta de sacar de lo humilde lo grande, dotarle de un tío benedictino, Lorenzo, abad de Santa María del Aventino, en Roma. A su cuidado creció Hildebrando en las ciencias y mucho más en la virtud; y estudiando en la escuela de Letrán tuvo por maestro a Juan Graciano, que, elevado al pontificado como Gregorio VI, le tomó por secretario y capellán, siendo él subdiácono.
No duró mucho esta prosperidad, porque en 1046 renunció Gregorio VI y fue desterrado a Alemania, y con él partió su fidelísimo servidor. ¿Quién no viera aquí la mano de Dios, que templa a sus escogidos en la adversidad antes de fiarles las cosas grandes? Muerto su señor, abrazó Hildebrando el estado monástico en la célebre abadía de Cluny, y en aquella escuela de perfección aprendió el celo de la reforma que había de ser el alma de toda su vida. Llamado luego a Roma con San Bruno de Toul, que ocupó la Silla como León IX, recibió el título de arcediano y fue el brazo derecho de aquel Pontífice, y consejero de cinco Papas antes de serlo él mismo. Legado apostólico en Francia y Alemania, presidió en 1054 el concilio de Tours que condenó el error de Berengario sobre el augusto Sacramento del altar, y promovió el memorable decreto de 1059 por el cual la elección de los Sumos Pontífices se reservó a los cardenales, cerrando la puerta a la ambición de los príncipes.
Siendo aún legado, tocóle presidir un concilio contra un arzobispo acusado de haber comprado su dignidad, y con ella el silencio de los testigos. Callaban todos, cuando el legado, iluminado del cielo, díjole: «¿Crees que el Espíritu Santo, cuyos dones se te acusa de haber comprado, es de la misma sustancia que el Padre y el Hijo?» «Lo creo», respondió el reo. «Decid, pues: Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.» Comenzó el culpable: «Gloria al Padre, y al Hijo, y…», mas por tres veces se le anudó la lengua sin poder pronunciar el nombre del Espíritu Santo; con lo cual, aterrado, se arrojó a sus pies, confesó y fue depuesto. Refiérese este suceso en la piadosa memoria del Santo; y aunque el prudente lector le dé el crédito que merecen las tradiciones edificantes, muestra bien cuánto aborrece el cielo aquel comercio sacrílego.
Muerto Alejandro II en 1073, fue Hildebrando elegido Papa por aclamación del clero, los cardenales y el pueblo, que a grandes voces clamaba: «¡Hildebrando es el elegido de San Pedro!» Tomó el nombre de Gregorio VII, y consagróse aquel mismo año. Emprendió luego aquella insigne obra que la posteridad llama la Reforma Gregoriana, combatiendo con brazo incansable tres monstruos que devoraban a la Iglesia: la simonía, o compra de las cosas sagradas; el nicolaísmo, o incontinencia de los clérigos, a quienes tornó a la santidad del celibato; y sobre todo la investidura laica, por la cual los príncipes pretendían dar a obispos y abades el báculo y el anillo, como si de ellos y no de Dios recibiera la Iglesia sus pastores. En el concilio romano prohibió bajo anatema que seglar alguno confiriese semejante investidura, ni clérigo la recibiese.
No fue menor su vigilancia sobre toda la cristiandad: recibió por vasallo a Roberto Guiscardo, amonestó a los reyes, bendijo la santa Reconquista de España contra los sarracenos y puso bajo la protección del príncipe de los Apóstoles a pueblos y ducados sin cuento. Austerísimo consigo, aunque su mesa fuese suntuosa por los huéspedes, él no comía sino hierbas y legumbres sin condimento; huía de las dignidades, y si ambicionó algo, no fue para sí, sino para la causa santa que defendía. ¡Dichosa ambición la que solo aspira a la gloria de Dios y a la libertad de su Esposa!
Grandes fueron sus batallas con el mundo, y singularmente con el emperador Enrique IV, que pretendió deponerle en la dieta de Worms. Excomulgóle y depúsole el Papa, desligando a sus vasallos del juramento de fidelidad; y viose entonces aquel espectáculo que no olvidarán los siglos: el emperador, abandonado de los suyos, atravesando los Alpes en lo más crudo del invierno para presentarse como penitente ante los muros del castillo de Canossa, donde el Papa se hospedaba en casa de la condesa Matilde de Toscana. Tres días permaneció Enrique en traje de penitente a la puerta, y al cuarto fue recibido y absuelto; mas era aquella una capa de dolor fingido, bajo la cual encubría la más refinada hipocresía, y bien presto volvió a sus tropelías. Y aun antes había mostrado su mansedumbre cuando, arrancado del altar una noche de Navidad por un facineroso llamado Cencio y librado luego por el pueblo, perdonó al traidor a quien la turba pedía dar muerte.
Reincidente Enrique, fue de nuevo excomulgado y depuesto; y él, por vengarse, hizo que unos obispos suyos, en el conciliábulo de Brixen, fingiesen deponer al Papa y opusiesen el antipapa Guiberto de Rávena. Sitiada y tomada Roma, refugióse Gregorio en el castillo de Sant'Angelo, de donde le libró Roberto Guiscardo. Retiróse a Salerno, y allí, cargado de trabajos y de años, entregó su espíritu al Señor el 25 de mayo de 1085, a los sesenta y cinco de su edad. Fueron sus últimas palabras aquella sentencia que resume toda su vida: «He amado la justicia y aborrecido la iniquidad; por eso muero en el destierro.» Antes de expirar levantó las censuras a cuantos había excomulgado, exceptuando solo al emperador Enrique y al antipapa Guiberto, que en su obstinación morían.
Confirmó Dios con su gloria la santidad de este varón apostólico. Andando el tiempo, hallóse su cuerpo casi entero y revestido de las vestiduras pontificales; Gregorio XIII inscribió su nombre en el Martirologio Romano el año de 1584, y Benedicto XIII, por decreto de 28 de septiembre de 1728, extendió su oficio a toda la Iglesia, fiesta que después quedó fijada en el 25 de mayo, día de su preciosa muerte. Reverenció en vida el augusto Sacramento del altar con encendida devoción, y solía increpar a los sacerdotes indignos que osan tomar el Cuerpo de Cristo en sus manos. Aprendan de él los pastores el celo de la casa de Dios, y todos los fieles aquella santa libertad que nada teme sino el pecado; que quien ama la justicia y aborrece la iniquidad, aunque muera desterrado de los hombres, reina con los santos en la patria del cielo. Amén.
Vida redactada por el editor al estilo del «Año Cristiano», sobre fuentes tradicionales (Butler, Enciclopedia Católica, hagiografía clásica).