domingo, 26 de julio de 2026 Santa Ana, Madre de la Bienaventurada Virgen María · Comm. IX Domingo después de Pentecostés

martes, 15 de enero de 2041

San Pablo, primer Ermitaño

Vida del santo de hoy, según el Año Cristiano del P. Juan Croiset.

San Pablo, a quien venera la Iglesia como a modelo de la vida solitaria, por ser el primer ermitaño de quien habla la historia, nació en la inferior Tebaida hacia el año de 228. Sus padres, que por sus grandes conveniencias podían no perdonar gasto alguno para la buena educación de su hijo, le aplicaron con el mayor desvelo al estudio de las bellas letras; y nada omitieron de cuanto podía contribuir al cultivo de su excelente índole y talentos. La vivacidad y la penetración de su genio le facilitaron hacer en poco tiempo maravillosos progresos. Instruyóse en las lenguas griega y egipcia; pero cuanto más adelante caminaba el santo mancebo en las ciencias humanas, más le iluminaba el Espíritu Santo en los conocimientos divinos, y mayor penetración lograba en los misterios de la Religión. Desde edad de catorce años era todo su estudio en la doctrina de Jesucristo, y no tomaba gusto en otra ciencia que en la que enseña el camino de la salvación eterna.

A los quince quedó huérfano de padre y madre, y como solo tenía una hermana, que ya estaba casada, le dejaron heredero de todos sus bienes. Estaba Pablo muy convencido de la nada de todos los bienes de la tierra, y le sobraba mucho desengaño para que le debiesen el menor apego los que poseía. Ofrecióle bella ocasión de dar una gran prueba de este desasimiento la cruel persecución que el emperador Decio excitó por aquel tiempo contra los cristianos. Los horribles estragos que esta violenta tempestad hacía en Egipto y en la Tebaida pusieron en precisión a muchos fieles de refugiarse a los desiertos hasta que se pasase la tormenta. Nuestro santo se retiró a una casa de campo muy apartada, donde comenzó a gustar las dulzuras de la soledad, y aquel placer que experimenta el alma en el retiro cuando se ocupa únicamente en su Dios.

Hallándose con tan buenas disposiciones, tuvo noticia de que su cuñado maquinaba delatarle a los tiranos por la codicia de aprovecharse de sus bienes. Resolvió prevenir una determinación tan bárbara; y abandonándolo todo, se retiró a unas montañas incultas y muy distantes, siendo de edad de 22 años. Su primer ánimo fue solo hacer tiempo en aquel sitio a que pasase la tempestad de la persecución; pero eran muy diferentes los designios de la divina Providencia. Aquel Señor que le había destinado para abrir a tantas almas grandes un nuevo camino de perfección, le infundió tan ardiente deseo de sepultarse para siempre en aquella espantosa soledad, y de ocuparse únicamente en la contemplación de las verdades eternas, que desde luego formó la heroica resolución de pasar en ella todos los días de su vida.

Lleno de una generosa confianza en la bondad del mismo Señor por cuyo amor lo había dejado todo, comenzó a penetrar poco a poco por aquel vasto desierto, venciendo el espanto natural y el natural sobresalto que a los principios le causaba la vista de tantas especies de brutos y de fieras. Así marchaba como a la ventura y sin objeto, volviendo los ojos hacia todas partes, cuando al pie de una montaña advirtió una cueva cuya entrada estaba cerrada con una piedra. Picóle la curiosidad de ver lo que había dentro, y separando la piedra, halló una especie de salón a quien servían como de techo las dilatadas y entretejidas ramas de una antigua palma, a cuyo pie brotaba una hermosa fuente de agua muy cristalina, que, formando un apacible arroyuelo, a pocos pasos se perdía en la misma tierra. Descubríanse bastantes señales de que en la parte exterior de la montaña habían habitado antiguamente algunos ocultos fabricantes de moneda, porque se veían todavía algunas chozas con yunques, martillos, moldes y cuños; lo que daba a entender que debió ser aquella alguna fábrica de moneda falsa en tiempo de Marco Antonio y de la reina Cleopatra.

Cuando se vio Pablo en lugar tan retirado de todo humano comercio se sintió mucho más encendido en el amor a la soledad; y mirando aquella cueva como habitación que le tenía destinada la divina Providencia, se determinó a sepultarse en ella para todos los días de su vida. Desde aquel punto no tuvo otra ocupación que dedicarse a la contemplación de las grandezas divinas y de las verdades eternas, gastando en oración los días y las noches. La palma de la gruta con sus hojas y con sus dátiles le daba con qué cubrirse y con qué alimentarse hasta los 53 años de su edad. Desde allí adelante, queriendo Dios dar a entender el especial cuidado que tiene su amorosa providencia de los que por su amor lo dejan todo, dispuso que un cuervo le trajese cada día medio pan como al santo profeta Elías: milagro que se continuó hasta el día de su muerte.

Hallábase Pablo en los ciento y trece años de su edad, habiendo pasado noventa en aquel género de vida, cuando, queriendo el Señor descubrir a todo el mundo cristiano aquel tesoro escondido, permitió que a san Antonio, que a la sazón tenía noventa años, y hacía muchos que vivía en otro desierto, le asaltase el vano deseo de saber si habría en aquellos desiertos otro solitario que hubiese vivido en ellos por tanto tiempo, y que profesase una vida tan perfecta como la suya. La noche siguiente tuvo un sueño, en que Dios le dio a entender que con efecto había en aquellas soledades un ermitaño más antiguo y más santo que él.

Apenas amaneció el otro día cuando Antonio se puso en camino, sin que le embarazase el peso de los años; y entregándose a la dirección de la divina Providencia, anduvo sin cesar, y sin saber adónde iba. Hacia el mediodía se encontró con una especie de monstruo, que al principio le causó algún miedo, porque tenía la figura como de hombre y de caballo. Pero, poniendo toda la confianza en Dios, y hecha la señal de la cruz, preguntó al monstruo con intrepidez si sabía dónde habitaba el siervo de Dios. San Jerónimo, que refiere este hecho, dice que, habiéndole mostrado el lugar aquel animal con su mano derecha, el bruto se entró corriendo por la aspereza, y Antonio prosiguió su camino. A la mañana del día siguiente encontró otros muchos monstruos de figuras horribles y espantosas, que quizá serían espectros o ilusiones con que el demonio pretendería atemorizarle para hacerle volver atrás; pero el santo, sin hacer caso, caminó adelante.

En fin, después de haber pasado toda la noche en oración, apenas amaneció el tercero día, cuando vio una loba al pie de una montaña que bajaba a beber al arroyo. Siguióla, y llegó a la cueva; entró en ella no obstante su oscuridad, y mirando hacia todas partes, descubrió una luz a corta distancia; aceleró el paso, y al ruido que hizo en el cascajo acudió Pablo a cerrar la puerta con el pasador. Corrió Antonio, y hallándose como burlado, se postró al umbral de la puerta, conjurando al siervo de Dios con ruegos y con lágrimas que le abriese. Bien sabes, le decía, quién soy yo; no ignoras el principal motivo de mi viaje; ya sé que no soy digno de verte, pero estoy resuelto a no apartarme de aquí sin haberte visto. A tu puerta moriré, y a lo menos tendrás el trabajo de enterrar mi cuerpo muerto.

Al oír estas palabras se enterneció Pablo, y abriendo la puerta, le dijo sonriéndose: ¿Quién pide gracias con amenazas? Y si vienes a morir aquí, ¿de qué te espantas que no quiera abrirte? Y abrazándose los dos con gran ternura, se saludaron por sus nombres. Después de rendir gracias a Dios, y de haber hecho oración, se sentaron; y volviéndose Pablo a Antonio, le dijo: Ves aquí al que has buscado con tanto trabajo; no ves más que un cuerpo consumido con la vejez, que en breve se convertirá en polvo. Pero dime, ¿qué es lo que pasa en el mundo? ¿Se fabrican todavía casas nuevas y suntuosos palacios en las ciudades antiguas? ¿Quién reina en la tierra? ¿Hay todavía hombres insensatos y ciegos que adoren a los demonios y vivan en las tinieblas de la idolatría?

Respondió Antonio a todas estas preguntas; y estando los dos santos entreteniéndose en dulce conversación, vieron venir al cuervo con un pan en el pico, y volando blandamente lo puso entre los dos. Admirado de la bondad del Señor, le dijo san Pablo: sesenta años hace que este cuervo me trae cada día medio pan; pero hoy Jesucristo por tu respeto, y para que comamos los dos, ha doblado la ración. Dieron gracias a Dios; y hecha oración, se sentaron a comer junto a la fuente.

El día siguiente, luego que amaneció, dijo Pablo a san Antonio que ya se acercaba su muerte, y que Dios le había enviado para que diese sepultura a su cuerpo. Al oír Antonio estas palabras comenzó a deshacerse en lágrimas, y pidió a Pablo que a lo menos le alcanzase de Dios la gracia de que muriese con él. No debes anteponer tu conveniencia a la gloria de Dios, respondió Pablo, y tus discípulos todavía tienen necesidad de tus ejemplos. Pero yo tengo una gracia que pedirte, y es que vayas y me traigas el manto del obispo Atanasio para amortajar con él mi cuerpo. San Jerónimo dice que este solo fue un cariñoso pretexto para que Antonio se ausentase, y no padeciese el dolor de verle morir; si ya no fue quererle significar que deseaba morir en la fe y en la comunión de san Atanasio.

Admirado Antonio de oírle hablar del manto de Atanasio, no se atrevió a replicarle, y besándole dulcemente los ojos y las manos, que regó con sus lágrimas, se puso luego en camino, y al cabo de dos días llegó desalentado a su monasterio. Preguntáronle dos de sus discípulos dónde había estado tanto tiempo, y Antonio exclamó: Pobre de mí, que soy indigno del nombre de solitario. Vi a Elías, vi a Juan en el desierto, y he visto a Pablo en el paraíso. Y sin hablarles más palabra tomó el manto de Atanasio, y volviéndose a poner en camino, comenzó a andar con grande prisa, sin detenerse un momento.

El día siguiente por la mañana, apenas había caminado como tres horas, cuando vio subir al cielo el alma de Pablo toda llena de resplandor en medio de los ángeles, de los apóstoles y de los profetas. Enternecióle sobremanera esta visión, y deshaciéndose en lágrimas, postrado el semblante contra la tierra comenzó a gritar: Amado padre mío, ¿por qué me has dejado así? ¿Es posible que tan tarde te conocí para perderte tan presto? Levantándose después con nuevo aliento, prosiguió su camino; llega a la cueva, entra en ella, y encuentra el cuerpo de Pablo arrodillado, la cabeza erguida, y las manos levantadas al cielo. Al principio creyó que estaba vivo, y que estaba en oración; pero como no le oyese suspirar según lo tenía de costumbre, corrió para abrazarle, y halló que estaba muerto.

Entonces regándole con sus lágrimas, amortajó el santo cuerpo con el manto, sacóle fuera de la cueva, y comenzó a cantar los himnos y los salmos que acostumbra la santa Iglesia. Estaba muy afligido sin saber cómo había de cavar la tierra para darle sepultura, cuando vio venir hacia sí dos leones que salían de lo interior del desierto. Tuvo miedo al principio, pero animóse después con la confianza en Dios. Llegaron los leones donde estaba el santo cuerpo, postráronse a sus pies, y dando rugidos lastimeros, comenzaron a abrir la tierra con las garras y las uñas. Cuando hicieron una hoya competente se acercaron a san Antonio, y le halagaron blandamente, como si le pidiesen su bendición. Levantó el santo los ojos al cielo, y dijo: Señor, dadles a estos animales lo que les conviene, y haciéndoles señal con la mano para que se fuesen, los despidió.

Enterró después el santo cuerpo, y heredó la túnica de Pablo que él mismo había tejido de las hojas de la palma, la cual, vuelto al monasterio, vistió después toda la vida en los días más solemnes. Dicen algunos que san Antonio edificó un monasterio y una iglesia en el mismo lugar en que había enterrado a san Pablo. El emperador Comneno hizo trasladar sus reliquias a Constantinopla. Cuando los latinos se apoderaron de esta ciudad, el cuerpo de san Pablo fue trasportado a Venecia el año de 1240, y el de 1381 Luis I, rey de Hungría, le obtuvo del senado, y le hizo trasladar con grande solemnidad a Buda, donde le colocó en la iglesia de san Lorenzo. Venérase en Roma la cabeza de san Pablo, y en el monasterio de Cluni alguna de sus reliquias.

Año Cristiano del P. Juan Croiset (trad. José F. de Isla), dominio público.