viernes, 23 de julio de 2027
San Apolinar, Obispo y Mártir
Las lecturas de la Misa de hoy, con el comentario de la tradición.
Epístola (1 Petri. 5, 1-11)
Léctio Epístolæ beáti Petri Apóstoli Caríssimi: Senióres, qui in vobis sunt, obsecro, consénior et testis Christi passiónum: qui et ejus, quæ in futúro revelánda est, glóriæ communicátor: páscite qui in vobis est gregem Dei, providéntes non coácte, sed spontánee secúndum Deum: neque turpis lucri grátia, sed voluntárie: neque ut dominántes in cleris, sed forma facti gregis ex ánimo. Et cum apparúerit princeps pastórum, percipiétis immarcescíbilem glóriæ corónam. Simíliter adolescéntes, súbditi estóte senióribus. Omnes autem ínvicem humilitátem insinuáte: quia Deus supérbis resístit, humílibus autem dat grátiam. Humiliámini ígitur sub poténti manu Dei, ut vos exáltet in témpore visitatiónis: omnem sollicitúdinem vestram projiciéntes in eum, quóniam ipsi cura est de vobis. Sobrii estóte, et vigiláte: quia adversárius vester diábolus tamquam leo rúgiens círcuit, quærens quem dévoret: cui resístite fortes in fide: scientes eándem passiónem ei, quæ in mundo est, vestræ fraternitáti fíeri. Deus autem omnis grátiæ, qui vocávit nos in ætérnam suam glóriam in Christo Jesu, módicum passos ipse perfíciet, confirmábit solidabítque. Ipsi glória et impérium in sǽcula sæculórum. Amen.
Esto supuesto, a los presbíteros que hay entre vosotros suplico yo, vuestro copresbítero y testigo de la pasión de Cristo , como también participante de su gloria, la cual se ha de manifestar a todos en lo por venir, que apacentéis la grey de Dios puesta a vuestro cargo, gobernándola y velando sobre ella no precisados por la necesidad, sino con afectuosa voluntad que sea según Dios; no por un sórdido interés, sino gratuitamente; ni porque queréis tener señorío sobre el clero, o la heredad del Señor, sino siendo verdaderamente dechados de la grey; que cuando se dejará ver el Príncipe de los pastores, Jesucristo, recibiréis una corona inmarcesible de gloria. Vosotros igualmente, ¡oh jóvenes!, estad sujetos a los ancianos, o sacerdotes. Todos, en fin, inspiraos recíprocamente y ejercitad la humildad; porque Dios resiste a los soberbios, pero a los humildes les da su gracia. Humillaos, pues, bajo la mano poderosa de Dios, para que os exalte al tiempo de su visita o del juicio, descargando en su amoroso seno todas vuestras solicitudes, pues él tiene cuidado de vosotros. Sed sobrios, y estad en continua vela; porque vuestro enemigo el diablo anda girando como león rugiente alrededor de vosotros, en busca de para que devorar. Resistidle firmes en la fe, sabiendo que la misma tribulación padecen vuestros hermanos, cuantos hay en el mundo. Mas Dios dador de toda gracia, que nos llamó a su eterna gloria por Jesucristo, después que hayáis padecido un poco, él mismo os perfeccionará, fortificará y consolidará. A él sea dada la gloria y el poder soberano por los siglos de los siglos. Amén. [Torres Amat]
Comentario patrístico · Comentario a la Primera de San Pedro, cap. 5 — Cornelio a Lápide
«Ancianos, pues» (Seniores ergo) — tanto por la edad como por la dignidad y el sacerdocio, sea éste menor y común, sea mayor, como el episcopado; por eso San Jerónimo (epíst. 85) traduce «presbíteros». Interpela a los sacerdotes y obispos como a pastores de la Iglesia, y les manda que apacienten con energía la grey de los fieles que Dios les confió, prescribiéndoles en pocas pero nervudas palabras la idea de la vida pastoral. Por modestia, aunque es Sumo Pontífice, no tanto manda cuanto ruega («obsecro»), y se llama a sí mismo no Pontífice, sino «compresbítero» (consenior), como después los Sumos Pontífices llaman a los obispos «hermanos y coepíscopos». Se dice «testigo de las pasiones de Cristo», porque las presenció; y «partícipe (communicator) de la gloria que ha de revelarse», ya en el monte Tabor, donde contempló a Cristo transfigurado, ya porque después de esta vida y de su martirio será partícipe de esa misma gloria: lo cual sabía San Pedro por firme esperanza y aun por revelación cierta, pues Cristo le había dicho «Sígueme», esto es, a la cruz y al martirio.
«Apacentad la grey de Dios que está entre vosotros.» Había oído Pedro de Cristo: «Pedro, ¿me amas?», y, respondiendo él, «Apacienta mis ovejas», repetido tres veces; y lo mismo inculca ahora a los otros, como diciendo: yo, constituido por Cristo pastor supremo de la Iglesia, he apacentado y apaciento su grey con todo cuidado, amor y solicitud; vosotros, pastores mediatos subordinados a mí, haced lo mismo. Cristo alude a David, su antepasado, que de pastor de ovejas fue hecho por Dios rey, esto es, pastor de pueblos (Sal 77,70); así también Moisés, llamado del apacentar los rebaños de Jetró al regir a los hebreos. «Apacentar», pues, es lo mismo que «regir», como lee San Jerónimo (epíst. 85): con la prudencia, caridad, cuidado, diligencia y paciencia con que el pastor rige las ovejas para apacentarlas y engordarlas; que así rige Dios a los hombres como a sus ovejas: «El Señor me apacienta» (Sal 22,1).
«Que está entre vosotros» (qui in vobis est): esto es, la que os está sometida y encomendada; y significa que las diócesis y parroquias están repartidas, dándose a cada uno su propio pastor, que debe regir sólo la que le fue confiada, sin invadir la ajena; mientras que San Pedro y su sucesor, el Romano Pontífice, es obispo y pastor de todos absolutamente los fieles esparcidos por todo el orbe. Por eso yerra Calvino (IV Instit., cap. VII) al concluir de este pasaje que a Pedro no le tocaba apacentar aquella grey; antes se ha de inferir lo contrario. «La grey de Dios», no la vuestra: quien la apacienta como si fuera suya, y no de Cristo, se ama a sí mismo, no a Cristo (San Agustín). «Providentes» — en griego ἐπισκοποῦντες, esto es, sobreviendo, superintendiendo, supervigilando: de ahí el nombre y el oficio del obispo, superinspector (San Ambrosio) y superintendente (San Jerónimo, epíst. 85); de donde nace el deber de la residencia, encarecido por el Concilio de Trento (ses. XXIII), pues, ausente o dormido el pastor, duermen las ovejas, y despierto y silbando él, despiertan.
«No forzados, sino de buen grado» (non coacte, sed spontanee): apacentad no constreñidos por la penuria de lo temporal, para vivir de las rentas del pastorado, sino espontáneamente, con presteza y ánimo, atrayendo más con la persuasión y el ejemplo que con la vara, para que la grey os siga no forzada, sino de grado (así lo pone el griego ἀναγκαστῶς, «por necesidad»). «Según Dios» (secundum Deum) — falta en el griego, pero antiguamente se leía, pues lo citan San Efrén y San Jerónimo: es apacentar según la voluntad de Dios, no mirando a los hombres, sino a Dios, buscando su sola gloria. «Ni por torpe ganancia» (neque turpis lucri gratia): que no anhelen el lucro, cosa vil y sórdida en personas consagradas a Dios y al cielo; «sino voluntariamente» (sed voluntarie, προθύμως), con ánimo liberal, libres de avaricia, gastándose todo entero en el servicio de Dios y la salud de las almas.
«No como dominando en la heredad» (neque ut dominantes in cleris) — en griego κατακυριεύοντες τῶν κλήρων: es la quinta condición del obispo, que no sea imperioso ni veje tiránicamente a la Iglesia, que es «clero», esto es, suerte y heredad del Señor (como antaño Israel se llamaba nachalá, Deut 32,9). Por «cleros» puede entenderse el pueblo fiel repartido en diversas suertes e iglesias, o bien los clérigos propiamente, distribuidos en varios órdenes y grados. Manda, pues, San Pedro a los obispos que no quieran dominar imperiosamente a los clérigos inferiores, sino presidirlos con modestia, para ser de ellos amados; como dice San Agustín en su Regla: «el que os preside no se estime feliz por dominar con imperio, sino por servir con caridad». Los príncipes de la Iglesia lo son para servir a los menores, no para señorearlos como reyes o tiranos; de donde el Papa es Padre de padres, y aun Siervo de los siervos de Dios.
«Sino hechos dechado de la grey de corazón» (sed forma facti gregis ex animo) — sexta ley del pastor: que sea forma, esto es, ejemplar de vida para su grey; opone la «forma» a la dominación: no dominen con el imperio, sino con el ejemplo, prescribiendo a los fieles con su santo vivir la norma de la vida santa. Así lo repite San Pablo a Timoteo y a Tito: «sé ejemplo de los fieles en la palabra, en el trato, en la caridad, en la fe y en la castidad» (donde el griego τύπος, que aquí se vierte «forma», significa el arquetipo o modelo primero). No basta ir delante del pueblo por el lugar y el rango, sino que se ha de ir delante por la virtud y las obras de piedad, para que el pueblo, aun sin advertirlo tú, espontáneamente te imite: «la vida mande, la lengua persuada» (San Atanasio). «De corazón» (ex animo): no fingida ni hipócritamente, como los escribas y fariseos, sepulcros blanqueados, sino verdadera, real y sinceramente.
«Y cuando apareciere el Príncipe de los pastores» — Cristo Señor, que dijo: «Yo soy el buen Pastor; el buen pastor da su vida por sus ovejas» (Jn 10,11) — «recibiréis la corona inmarcesible de la gloria». Los escolásticos, además de la corona y gloria esencial común a todos los bienaventurados, dan a los Doctores (cuales son los obispos y pastores) una accidental que llaman aureola. Y esta corona de los pastores será grande: primero, porque responderá a su gran caridad, con que procuraron salvar y perfeccionar no sólo su alma, sino la de otros muchos; segundo, a su celo con que propagaron el reino y la gloria de Dios; tercero, porque la gloria de los súbditos será gloria de los pastores, y tantas coronas tendrán cuantas sean las de los súbditos que llevaron a la salvación (I Tes 2,19). Se llama «corona de gloria» porque se da como premio al que apacienta, palma al que combate y paga al que trabaja, y porque no se teje de rosas ni de gemas, sino de las dotes de la gloria celestial.
«Asimismo, jóvenes, estad sujetos a los ancianos» (adolescentes, subditi estote senioribus) — por «jóvenes» (νεώτεροι) entiéndanse, por catacresis, cualesquiera inferiores y súbditos, y en especial los clérigos de órdenes menores, que deben someterse a los presbíteros (πρεσβύτεροι): así como poco antes mandó a los presbíteros no dominar en el clero, así ahora amonesta a éstos que no se insolenten contra aquéllos, sino que se les sometan, según exige el orden jerárquico. «Y todos, unos a otros, ceñíos la humildad» (humilitatem insinuate): el griego ἐγκομβώσασθε significa revestíos, ceñíos la humildad como un vestido; y como en la túnica un pliegue se acomoda a otro, y así componen una vestidura hermosa y ordenada, así los cristianos, sometiéndose unos a otros por la humildad, forman una sola vestidura de la Iglesia, bien trabada y elegante, que recrea a los fieles y atrae a los infieles. Pues la humildad es madre del orden, de la concordia, de la paz y de la caridad, y fundamento firmísimo de todas las virtudes (Casiano, San Basilio, San León).
«Porque Dios resiste a los soberbios, y da su gracia a los humildes.» Nota San Crisóstomo que no dice que Dios abandone a los soberbios, sustrayéndoles su auxilio y gracia, sino ἀντιτάσσεται, esto es, se les opone y positivamente les resiste; no porque Dios necesite formar ejército ni entrar en batalla —pues nada hay más flaco que el soberbio—, sino porque con solo su querer le resiste, le abate y le aniquila si quiere. Y San Ambrosio: ¿qué cosa peor que este pecado, que comienza por la injuria de Dios? Por eso dice la Escritura que el Señor resiste a los soberbios, como quien, vengador de su propia afrenta, toma sobre sí una guerra especial contra la soberbia.
«Humillaos, pues, bajo la poderosa mano de Dios, para que os ensalce en el tiempo de la visitación» (in tempore visitationis). Es razón eficaz que persuade la humildad: ¿qué hombre, mísero hombrecillo, no se humillará bajo la majestad y el poder de Dios, que quiere que nos sometamos no sólo a Él, sino también a los superiores y a los prójimos, de suerte que, si a ellos te humillas, a Dios te humillas? La humildad, dice San Bernardo, es la virtud por la cual, con verdadero conocimiento de sí, uno se envilece a sus propios ojos. «Para que os ensalce» (ut vos exaltet), según aquello: «Todo el que se humilla será ensalzado» (Lc 14,11); la humildad es la escala de Jacob que eleva a los hombres de la tierra al cielo. «En el tiempo de la visitación» — la voz «de la visitación» no está en el griego, pero se sobreentiende: καιρός significa la ocasión y el tiempo oportuno en que Dios os visitará para remunerar vuestra humildad y ensalzaros, ya en esta vida, ya en la futura.
«Descargando en Él toda vuestra solicitud, porque Él tiene cuidado de vosotros» (omnem sollicitudinem vestram projicientes in eum). Refiérase «descargando» a «humillaos»: humillaos bajo la mano de Dios arrojando en Él humildemente toda solicitud, mostrando así que sentís humildemente de vosotros y altamente de Dios. No prohíbe Cristo la σπουδή, el cuidado moderado y honesto —como quieren los anabaptistas, que, perezosos, esperan que Dios se lo dé todo hecho—, sino la μέριμνα, la ansiosa y excesiva solicitud, así llamada porque divide y despedaza la mente. Alude San Pedro, o más bien cita, el Salmo 54,23: «Arroja en el Señor tu cuidado, y Él te sustentará.» La razón es que Dios, así como es creador, así es conservador y proveedor de sus criaturas, sobre todo de los fieles y justos; como dice San Agustín: «Tú, bueno y omnipotente, cuidas de cada uno de nosotros como si de él solo cuidaras, y de todos como de cada uno.» Como los niños arrojan todo cuidado en el seno de la madre, en que reposan, así haga el fiel con Dios, que nos es padre y madre.
«Sed sobrios y velad, porque vuestro adversario el diablo, como león rugiente, ronda buscando a quién devorar» (Sobrii estote et vigilate). Junta ambas cosas, porque la sobriedad es madre de la vigilancia, y la crápula, madre de la flojedad y del sueño, amiga del demonio. Se llama al diablo «adversario» (ἀντίδικος, el litigante que nos acusa ante el tribunal de Dios) y «león», por su vigilancia insaciable, su fiereza y su rugido, con que más aterra amenazando que hiere: pues, como dice San Bernardo, «puede rugir, mas no herir; ruja cuanto quiera, con tal que no huya la oveja de Cristo». «Resistidle, fuertes en la fe» (cui resistite fortes in fide): tres armas da aquí San Pedro para vencer al diablo — resistirle (pues resistir es ya vencer, ya que no arranca por fuerza, sino que pide nuestro consentimiento persuadiendo y halagando; si se lo negamos, vencemos), la fortaleza y la fe; «sabiendo que la misma pasión padece vuestra fraternidad esparcida por el mundo», con lo cual consuela a los afligidos fieles del Ponto, Galacia y Capadocia, pues es alivio de la pena tener compañero en ella, y el furor del diablo, dividido entre todos los fieles, pesa menos sobre cada uno. «Y el Dios de toda gracia, que nos llamó a su eterna gloria en Cristo Jesús, Él mismo, después de un breve padecer, os perfeccionará, confirmará y consolidará» (Deus omnis gratiae... modicum passos ipse perficiet, confirmabit solidabitque): último aguijón para combatir y padecer, pues Dios ayuda, perfecciona y corona a los que combaten; y como es «Dios de toda gracia», lo es también de la paciencia, de la perseverancia y de la gloria eterna. Breve es la pasión, y a los que poco padecen los perfecciona. Y así como comenzó San Pedro su epístola con la doxología «Bendito sea Dios», así la termina: «A Él la gloria y el imperio (imperium, κράτος: potencia, fuerza, victoria) por los siglos de los siglos. Amén», para enseñar que Dios y su alabanza deben ser el principio, el medio y el fin de nuestras acciones.
Comentario a la Primera de San Pedro, cap. 5, Cornelio a Lápide · Traducción del editor, del latín (Gran Comentario, dominio público) · fuente: lapide.org (dominio público)
Evangelio (Luc. 22, 24-30)
Sequéntia sancti Evangélii secúndum Lucam In illo témpore: Facta est conténtio inter discípulos, quis eórum viderétur esse major. Dixit autem eis Jesus: Reges géntium dominántur eórum; et qui potestátem habent super eos, benéfici vocántur. Vos autem non sic: sed qui major est in vobis, fiat sicut minor: et qui præcéssor est, sicut ministrátor. Nam quis major est, qui recúmbit, an qui mínistrat? nonne qui recúmbit? Ego autem in médio vestrum sum, sicut qui mínistrat. Vos autem estis, qui permansístis mecum in tentatiónibus meis: et ego dispóno vobis, sicut dispósuii mihi Pater meus regnum, ut edátis et bibátis super mensam meam in regno meo: et sedeátis super thronos, judicántes duódecim tribus Israël.
Se suscitó además entre los mismos una contienda sobre quién de ellos sería considerado el mayor. Mas Jesús le dijo: Los reyes de las naciones las tratan con imperio; y los que tienen autoridad sobre ellas, son llamados bienhechores. No habéis de ser así vosotros; antes bien el mayor de entre vosotros, pórtese como el menor; y el que tiene la precedencia, como sirviente. Porque, ¿quién es mayor, el que está comiendo a la mesa, o el que sirve? ¿No es claro que quien está a la mesa? No obstante, yo estoy en medio de vosotros como un sirviente. Vosotros sois los que constantemente habéis perseverado conmigo en mis tribulaciones. Por eso yo os preparo el reino celestial como mi padre me lo preparó a mí; para que comáis y bebáis a mi mesa en mi reino, y os sentéis sobre tronos para juzgar a las doce tribus de Israel. [Torres Amat]
Comentario de los Padres · Catena Aurea (Cadena de Oro) — Santo Tomás de Aquino
San Lucas 22, 24-30 — glosas de los Padres griegos y latinos, encadenadas por Santo Tomás.
Como se preguntasen mutuamente quién sería el que entregaría al Señor, era consecuente que se dijesen unos a otros: "Tú eres quien le ha de entregar". A esto se verían precisados a contestar: "Yo soy más poderoso", "yo soy mayor", y otras cosas semejantes. Por esto sigue: "Y se movió también entre ellos contienda, cuál de ellos parecía ser el mayor".
Esta cuestión nació, según parece, de que como el Señor debía separarse de los hombres, convenía que alguno de ellos fuese elegido como administrador del mismo Dios.
Así como los buenos buscan en las Santas Escrituras ejemplos de los Santos Padres, para aprender de ellos y humillarse, así los malvados, cuando encuentran algo reprensible en los buenos, insiten mucho en ello como queriendo disculpar sus maldades. Por esto, muchos leen con gusto que hubo disputa entre los discípulos del Señor.
Pero si preguntaban los apóstoles, no era para servir de excusa a los demás, sino por precaución. Evitemos, pues, que las disputas entre nosotros acerca de la supremacía sirvan para nuestra perdición.
Veamos también de no fijarnos en el ejemplo de los discípulos, que todavía eran apegados a lo mundano, y ocupémonos de lo que mandaba el Maestro espiritual. Sigue, pues: "Les dijo: los reyes de las gentes", etc.
Menciona a los gentiles, para censurar su modo de ser, porque es propio de los gentiles ambicionar los primeros puestos.
Pero también sus súbditos les hablan con suma reverencia. Continúa: "Y los que tienen poder sobre ellas, se llaman sus bienhechores". Pero aquellos que se crean dispensados por la ley, están sujetos a las mismas debilidades. En cambio vuestra meta está en la humildad; por lo que prosigue: "Mas vosotros no así", etc.
Que la dignidad no envanezca al que manda, no sea que se avergüence de la hermosura de la humildad. Tenga presente que la verdadera humildad es el mejor de los ejercicios. Así como el que asiste a varios heridos y se cuida de curar las heridas de todos, cualquiera que ellos sean, no toma el mando para enorgullecerse, así mucho más el que se encarga de curar las enfermedades de sus hermanos, como habrá de dar cuenta de cada uno de ellos, debe cuidar de andar muy solícito. Por ello, el que es mayor, hágase como el menor. Conviene, pues, que los que mandan ofrezcan sus servicios corporales, imitando al Salvador, que lavó los pies de sus discípulos. Por esto sigue: "Y el que preside, como el que sirve". No hay que temer que el subordinado rompa el propósito de ser humilde, cuando se ve servido por su superior, pues su humildad se estimulará con el buen ejemplo.
Debe tenerse presente que la humildad no se funda exclusivamente en el deseo de honrar a otros. Puede suceder muy bien, que se honre a otras personas, porque así lo exige el trato social, el respeto de su posición o la utilidad que nos pueda reportar su trato. Se desea tu provecho, no el honor de los demás; y por lo tanto, la fórmula es igual para todos, y no se trata de la supremacía, sino de la humildad.
En esta fórmula, enseñada por el Señor, no se excluyen los que tienen posición elevada; no deben dominar éstos a los que viven de una manera más modesta, como hacen los reyes de las naciones con los que les están subordinados, ni deben ser ensalzados por sus alabanzas; pero deben obrar enérgicamente contra los que obran mal, por amor a la justicia. El Señor añadió a sus palabras el ejemplo, por lo que sigue: "Porque, ¿cuál es mayor, el que está sentado a la mesa o el que sirve? Pues Yo estoy", etc.
Como si dijera: "No creas que el discípulo necesita de ti, pero tú no de él. Yo, que no necesito de nadie, cuando todo el universo necesita de mí, he bajado a serviros".
Prueba que necesitan de El, cuando les distribuye el pan y el vino, dándoles a conocer en este misterio que si han comido de aquel pan y han bebido de aquel cáliz, ha sido porque el mismo Jesucristo sirvió a todos, y por lo tanto todos debemos sentir del mismo modo.
Se refiere también al servicio material de que habla San Juan, que siendo el Señor y el Maestro, lavó los pies de sus discípulos. Aun cuando en la palabra servir puede entenderse todo cuanto hizo el tiempo que vivió en carne mortal, también dio a conocer por esta palabra el servicio que habría de prestar a la humanidad derramando su sangre por ella.
Así como el Señor había dicho "ay" respecto del traidor, así ahora anuncia grandes beneficios para los demás discípulos, diciendo: "Mas vosotros sois los que habéis permanecido conmigo", etc.
El alcanzar el reino de los cielos no es para el que empieza a tener paciencia, sino para el que persevera; porque la perseverancia -que se llama constancia o fortaleza del espíritu-, debe extenderse a todo, y ser como el fundamento de todas las virtudes. El Hijo de Dios, pues, lleva al reino de los cielos a los que permanecen con El en las tentaciones; y como hemos sido identificados con El por la semejanza en la muerte, así también nos deberemos parecer a El en la resurrección. Por lo que sigue: "Por esto dispongo para vosotros", etc.
El reino de Dios no es de este mundo. No debe, pues, compararse el hombre con Dios, sino asemejarse a El. Solamente Jesucristo es verdadera imagen de Dios, por la unidad evidente de gloria que tiene con el Padre. El hombre justo está formado a imagen de Dios, cuando menosprecia las cosas del mundo por asemejarse al Señor y conocer sus bondades. Entonces es cuando comemos el Cuerpo de Cristo, para poder participar de la vida eterna; por lo cual prosigue: "Para que comáis y bebáis a mi mesa en mi reino". No se nos ofrece la comida y la bebida como premio, sino como comunicación de la gracia y de la vida celestial.
La mesa celestial que se ofrece a todos los santos para que gocen, es la gloria del cielo y de la vida, en la que se saciarán todos los que tienen hambre y sed de justicia, ( Mt 5) gozando del deseado gozo del verdadero bien.
No dijo esto refiriéndose a las comidas futuras y materiales, ni refiriéndose a un reino material y futuro. Habrá allí un trato puramente angelical, como predijo a los saduceos ( Mt 22 y Lc 20); pero San Pablo dice ( Rom 14, 17) que no es el reino de Dios la comida y la bebida.
Pero explica las cosas espirituales aun por aquello mismo que pasa entre nosotros; porque en efecto los que se sientan a la mesa de los reyes son los que gozan con ellos de cierta preferencia; y según el modo de pensar de los hombres, manifiesta que gozarán ante El de los mayores honores.
Esta es la idea invariable del Salvador ( Sal 117): los que gozan en servir a sus prójimos, sean alimentados entonces en la mesa sacratísima del Señor con los manjares de la vida eterna, y que aquellos que en las tentaciones son juzgados injustamente permanecen con Dios, allí sean constituidos con El en justos jueces contra sus perseguidores. Por ello sigue: "Y os sentéis sobre tronos para juzgar a las doce tribus de Israel".
Es decir, condenando a los culpables de las doce tribus de Israel.
No son los doce tronos como asientos donde se descansa de una manera material; sino que así como juzga el Señor conociendo los secretos del corazón, no preguntando sobre los acontecimientos, sino castigando la iniquidad y premiando la virtud, así los apóstoles son invitados a tomar parte en un juicio espiritual, para que premien la fe y la virtud y castiguen el vicio, reprimiendo el error con firmeza y persiguiendo a los sacrílegos con odio.
Crisóstomo. hom 65, in Matth. ¿Acaso se sentará también allí Judas? Pero considera que la ley ha sido dada por Dios, por medio de Jeremías (18,10): "Si yo te ofrezco lo bueno y tú te haces indigno, te castigaré". Y por ello, dirigiéndose a sus discípulos, no les hizo promesas vanas, sino que añadió: "Vosotros, que habéis permanecido conmigo en mis tribulaciones".
Beda. Judas fue excluido de la sublimidad de este ofrecimiento; porque se cree que salió del cenáculo antes que Jesús dijera esto. También son exceptuados aquellos que, habiendo oído la predicación de tan sublime misterio, se volvieron (Jn 6. 67).
Catena Aurea (Cadena de Oro), Santo Tomás de Aquino · Traducción española del siglo XIX, dominio público · fuente: hjg.com.ar/catena