sábado, 25 de julio de 2026 Santiago el Mayor, Apóstol

martes, 20 de julio de 2027

San Jerónimo Emiliani, Confesor

Las lecturas de la Misa de hoy, con el comentario de la tradición.

Epístola (Is. 58, 7-11)

Léctio Isaíæ Prophétæ Hæc dicit Dóminus: Frange esuriénti panem tuum, et egénos vagósque induc in domum tuam: cum víderis nudum, operi eum, et carnem tuam ne despéxeris. Tunc erúmpet quasi mane lumen tuum, et sánitas tua citius oriétur, et anteíbit fáciem tuam justítia tua, et glória Dómini cólliget te. Tunc invocábis, et Dóminus exáudiet: clamabis, et dicet: Ecce, adsum; si abstúleris de médio tui caténam, et desíeris exténdere dígitum, et loqui quod non prodest. Cum effúderis esuriénti ánimam tuam, et ánimam afflíctam repléveris. Oriétur in tenebris lux tua, et ténebræ tuæ erunt sicut merídies. Et réquiem tibi dabit Dóminus semper, et implébit splendóribus ánimam tuam, et ossa tua liberábit, et eris quasi hortus irríguus, et sicut fons aquárum, cujus non defícient aquæ.

¿Que partas tu pan con el hambriento, y que a los pobres y a los que no tienen hogar los acojas en tu casa, y vistas al que veas desnudo, y no desprecies tu propia carne o a tu prójimo? Si esto haces amanecerá tu luz como la aurora, y llegará presto tu curación, y delante de ti irá siempre tu justicia, y la gloria del Señor te acogerá en su seno. Invocarás entonces al Señor, y te oirá benigno; clamarás y él te dirá: Aquí estoy. Si arrojares lejos de ti la cadena, y cesares de extender maliciosamente el dedo, y de charlar neciamente, cuando abrieres tus entrañas para socorrer al hambriento, y consolares el alma angustiada, entonces nacerá para ti luz en las tinieblas, y tus tinieblas se convertirán en claridad de mediodía. Y el Señor te dará un perpetuo reposo, y llenará tu alma de resplandores de gracia y reforzará tus huesos; y serás como huerto bien regado y como manantial perenne cuyas aguas jamás faltarán. [Torres Amat]

Comentario patrístico · Comentario a Isaías, cap. 58 — Cornelio a Lápide

V. 7. PARTE TU PAN CON EL HAMBRIENTO. — Ésta es la segunda condición que Dios requiere en el ayuno para agradarse de él: a saber, que se sazone con la piedad y la limosna, como dice san Gregorio (hom. 16 sobre los Evangelios), y que lo que se sustrae al vientre se dé al pobre; de modo que al hambriento se le dé pan, al peregrino hospedaje, al desnudo vestido. «Esto, pues —dice san Gregorio—, lo que te sustraes a ti, dalo largamente a otro, para que de donde tu carne se aflige, de allí se repare la carne del prójimo necesitado. Pues cada uno ayuna para sí mismo, si lo que por un tiempo se sustrae no lo da a los pobres, sino que lo guarda para ofrecerlo después al vientre.» San Agustín insiste (serm. 62 de Tempore) en aquel «parte», y de ahí prueba que nadie, aun siendo pobre, puede excusarse de la limosna: «No dijo —observa— que diera el pan entero, como si acaso aquel pobre no tuviese otro, sino: Parte. Es como decir: Aunque sea tanta tu pobreza que no tengas sino un solo pan, aun de ése parte y da al pobre.»

Y NO DESPRECIES TU PROPIA CARNE. — Esto es, como traducen los Setenta, «y no desprecies a los de tu propia sangre». Nótese el hebraísmo: «carne» se llama al pariente, al consanguíneo, ya en sentido propio (el que es allegado), ya en sentido común (el que es hombre), y en especial al de la misma nación y fe, verbigracia el israelita. A todos éstos, si padecen necesidad, manda que se les preste limosna; y todos ellos, en Adán, nos son próximos y parientes. Sánchez sobreentiende la partícula «así como»: como no desprecias tu propia carne, así tampoco los desprecies a ellos (el hambriento, el sin techo y el desnudo). Con ello estimula a la limosna diciendo que se da a la propia carne, esto es, a parientes y compatriotas, para que provean no sólo a su cuerpo, sino también a su alma, no sea que por la pobreza se vean forzados a esclavizarse a infieles o impíos, por quienes pudieran ser arrastrados a la incredulidad y la impiedad. Así se lee en la Vida de san Silvestre, óptimo Pontífice, que proveía con esmero a las necesidades de los pobres, sobre todo vírgenes y huérfanos, «no fuera —decía— que se vieran forzados a enajenarse a otros que, mientras levantan sus cuerpos, degüellan sus almas».

V. 8. ENTONCES BROTARÁ TU LUZ COMO LA AURORA (en hebreo cassachar, es decir, como el alba). — Aquí asigna Dios los premios de la misericordia y la limosna. El primero es la luz, por la cual con razón entienden Forerio y Sánchez la prosperidad y la felicidad, cuyo símbolo es la luz, como la noche y las tinieblas lo son de la adversidad y la calamidad. Es como decir: Entonces comenzarás a emerger de en medio de las tinieblas de las calamidades —verbigracia, de la cautividad de Babilonia— a la luz de la libertad, la alegría y la felicidad. Pues así como la falta de misericordia y la inhumanidad quitan a la tierra el día, levantan tempestades y perturban toda la máquina del mundo, así, al contrario, la misericordia trae al orbe el día, la luz y la paz. Añade Sánchez que la limosma, en la hora de la muerte —caliginosa, triste y angustiosa—, trae esperanza de salvación y es como «la estrella matutina» (Apoc. 2, 28), es decir, el lucero que precede y anuncia la venida del sol. Nótese: en lugar de «brotará», el hebreo tiene iibbaqa, esto es, «se hendirá» o «se rasgará», como el sol que en la aurora, hendiendo con sus rayos las nubes, irrumpe en luz como partida y esparcida. Insiste en esto san Crisóstomo (hom. 55 sobre Mateo 16): «No dijo: Aparecerá tu luz, sino: Se rasgará, para expresar la prontitud y la abundancia del que da; para que entendamos cuán deseoso está Dios de nuestra salvación, y que, lleno de dones, casi prorrumpe por la prisa de dar.»

Y TU SALUD SURGIRÁ MÁS PRONTO. — En primer lugar, por «salud» traduce Forerio «curación», como diciendo: Cautivo estás en Babilonia, oh Israel, y allí, consumido por la penuria, la miseria y otras fatigas, enfermas y te agotas. Recibe el remedio y la medicina más excelente: la misericordia; ella te curará a ti y todos tus dolores y flaquezas. Pues tu misericordia provocará hacia ti la misericordia de Dios, que te sane. De ahí que los Setenta, por «salud», traduzcan «medicamentos» o «emplastos». San Jerónimo vierte el hebreo arucha por «cicatriz»; Vátablo, por «longevidad». La limosna, pues, es el emplasto eficacísimo que a todas las llagas y enfermedades, tanto del cuerpo como del alma, cierra en cicatriz y sana. En segundo lugar, «luz» y «salud» pueden tomarse aquí espiritualmente: entonces se te infundirá del cielo la gracia por la que serás justificado e iluminado en el entendimiento, para saber qué es bueno y qué malo; y surgirá la salud en la voluntad, pues serás sanado de los afectos y concupiscencias depravadas. En sentido anagógico, dice san Crisóstomo (hom. 4 sobre Filipenses): «Este óleo de la limosna te otorgará gran luz y claridad en el porvenir», y por consiguiente salud eterna e inmortalidad.

Y TU JUSTICIA IRÁ DELANTE DE TU ROSTRO. — Primero, «justicia» significa aquí «misericordia» (así se toma en Dan. 4, 24 según el hebreo, en el Salmo 111, 9 y en Hechos 10, 35). Es como decir: Si estás en las tinieblas del pecado, o de la cautividad, o de la calamidad, sobre todo de la muerte, la limosna, como antorcha, te precederá el camino y de ellas te sacará; y en la muerte, ante el juez Cristo, te amparará y te conducirá al cielo, removiendo todos los obstáculos y allanándolo todo. Esto es lo que dice Tobías (4, 11): «La limosna libra de todo pecado y de la muerte, y no dejará que el alma vaya a las tinieblas.» Y sigue: Y LA GLORIA DEL SEÑOR TE RECOGERÁ. — «Gloria», esto es, gloriosa liberación del peligro o de la cautividad; y también: el mismo Señor, con su gloriosa gloria celestial, te recogerá, protegerá y acogerá, diciendo: «Entra en el gozo de tu Señor.» Oye a san Crisóstomo (hom. 32 sobre Hebreos): «La limosna deshace las cadenas de los pecados, ahuyenta las tinieblas, apaga el fuego, mata el gusano. A ella, con mucha confianza, se le abren las puertas del cielo, y como a una reina que entra, ningún portero se atreve a decir: ¿Quién eres tú, o de dónde?, sino que todos la acogen: así también la misericordia, que es reina, verdadera reina que hace a los hombres semejantes a Dios.»

V. 9. ENTONCES INVOCARÁS Y EL SEÑOR TE ESCUCHARÁ. — No con palabras, sino con la obra se mostrará propicio y benéfico contigo, cuando antes, a causa de tu falta de misericordia, no quería mirarte, según te quejabas en el versículo 3. De este pasaje enseña san Cipriano (en el tratado sobre la Oración del Señor) que Dios no escucha las oraciones si no van unidas a obras piadosas: «El Señor promete estar presente —dice—, y dice que escucha y protege a los que sueltan de su corazón los nudos de la injusticia y hacen limosna a los siervos de Dios según sus mandamientos; pues, ya que ellos oyen lo que Dios manda hacer, también ellos merecen ser oídos por Dios.» Y poco antes: «No vengan a Dios con oraciones estériles y vacías, pues la petición es ineficaz cuando una plegaria infecunda importuna a Dios.» Lo prueba con el ejemplo del centurión Cornelio, a quien el Ángel dijo (Hechos 10): «Cornelio, tus oraciones y tus limosnas han subido como memorial ante Dios.»

SI QUITAS DE EN MEDIO DE TI LA CADENA. — Esta cadena es la carga y los fardos que oprimen (a saber, la usura, los contratos inicuos, las servidumbres y los gravámenes de los ricos, con los que ataban y oprimían a los pobres), de los que se habló en el versículo 6; pues en todos estos lugares hay en el hebreo la misma voz, mota. Así san Cirilo, Vátablo y Forerio. Místicamente, san Jerónimo entiende por «cadena» los pecados, que son como grillos de hierro que atan el alma y, atada, la entregan al demonio. Y DEJAS DE EXTENDER EL DEDO. — Primero, Pagnino añade «hacia lo ajeno»: si dejas de robar y arrebatar los bienes de otros. Segundo, Vátablo, Forerio y santo Tomás: si dejas de amenazar al prójimo con el dedo tendido y de injuriarlo, y de reñir y contender; y añaden que extender el dedo es el ademán del que quiere sacar los ojos, propio de un espíritu arrogante, airado y violento. Tercero, san Jerónimo, Haimón y santo Tomás entienden en la extensión del dedo el escarnio y la burla: se prohíbe aquí denigrar al prójimo y señalarlo casi con el dedo. Cuarto, los Setenta traducen «extensión de la mano» al elegir un magistrado: si al elegir no tiendes la mano por sobornos ni te dejas corromper con dones. Los sentidos tercero y segundo parecen los más genuinos. Y HABLAR LO QUE NO APROVECHA. — En hebreo aven, esto es, iniquidad: pleitos, riñas, opresiones de los pobres, mofas e injurias; de donde los Setenta traducen «murmuraciones».

V. 10. CUANDO DERRAMES TU ALMA HACIA EL HAMBRIENTO. — Esto son las entrañas de la misericordia, a saber, los íntimos afectos de la compasión: condoliéndose, apiadándose y socorriendo copiosa y largamente su miseria; pues esto denota el «derramar». Los Setenta traducen: Si das al hambriento pan de tu alma, es decir, de sincero y entero afecto de tu alma; porque Dios mira más el ánimo del que da que el don mismo. «Dios —dice san Gregorio (Moral. 22)— no pesa el don, sino el afecto.» Y SACIES AL ALMA AFLIGIDA (por el hambre, la desnudez, la tristeza) con alimento, vestido, consuelo y alegría.

SURGIRÁ TU LUZ EN LAS TINIEBLAS, Y TUS TINIEBLAS SERÁN COMO EL MEDIODÍA. — Como si dijera: En medio de las calamidades surgirá para ti libertad, alegría y prosperidad tan grande como la luz del mediodía. Y también: «en las tinieblas», esto es, en la agonía y el horror de la muerte, habrá para ti consuelo y esperanza de salvación, de luz y de gloria eterna; porque Dios disipará todos los temores del alma, todas las turbaciones, todas las nubes. Véase lo dicho en el versículo 8. Así dice Job (11, 17): «Y como el resplandor del mediodía se levantará para ti», esto es, «cuando te creyeres consumido, te levantarás como el lucero de la mañana». Pues la luz del mediodía es la más clara y agradable, y no produce sombra alguna.

V. 11. Y EL SEÑOR TE DARÁ SIEMPRE DESCANSO. — Puede también traducirse así: Dios será tu descanso perpetuo, en quien solo descanses siempre. Y también: Dios te conducirá perpetuamente por el recto camino de la felicidad y la salvación, como condujo a los hijos de Israel, guiados por la columna, a través del desierto hasta Canaán. Así Forerio y Vátablo. Habla de un descanso tanto terreno —verbigracia, el que habían de tener los judíos al volver de Babilonia a Judea, pues de los que iban a Babilonia se dice (Lament. 5, 5): «Éramos amenazados en nuestros cuellos, a los cansados no se les daba descanso»— como también celestial y eterno.

Y COLMARÁ TU ALMA DE ESPLENDORES. — Ilustra y refuerza lo que dijo poco antes: «Surgirá tu luz en las tinieblas.» Así como el pecado llena de tinieblas al alma sin misericordia, así la gracia de Dios llena al alma misericordiosa de esplendores sempiternos de gracia, consuelo y gozo en esta vida, y de gloria eterna en la otra. Nótese: por «esplendores» el hebreo tiene betsach sachot, esto es, «claridad de claridades», o «esplendor de esplendores», o «sequedad de sequedades»; pues con éstos llena la Santísima Trinidad la mente de los misericordiosos, cuando viene a habitar en ellas, siendo ella misma fuego que consume la concupiscencia y cuanto en nosotros es terreno y mortal. Y también el caldeo, Vátablo y Sánchez traducen: «te colmará en la sequedad de las sequedades», esto es, en suma esterilidad y hambre; pues cuando las mieses de los demás se agostan, los campos de los misericordiosos son fecundados por Dios (Prov. 3, 9; 28, 27). Y LIBRARÁ TUS HUESOS. — Vátablo traduce: «cebará tus huesos», esto es, los llenará de médula; pues los huesos, antes secos por el hambre, se riegan, robustecen y engordan. Por «huesos», mediante sinécdoque, se entienden todos los miembros; y simbólicamente significan el vigor y la fortaleza. Místicamente hará lo mismo con los huesos del alma, es decir, con sus potencias, librándolas de toda corrupción del pecado; y anagógicamente, según los Setenta, se entiende de la gloriosa resurrección de los cuerpos de los misericordiosos.

Y SERÁS COMO HUERTO REGADO. — Como si dijera: Serás como un paraíso siempre verde de fruto y follaje, porque es regado de continuo por lluvias o manantiales; esto es, abundarás en frutos y bienes, tanto corporales como espirituales. Pues cuanto más des a los pobres, tanto más te concederá Dios, de modo que siempre tengas algo que dar y no se seque la fuente de tu misericordia. Lo mismo dice el Apóstol (2 Cor. 9, 6): «El que siembra con mezquindad, con mezquindad segará; y el que siembra con largueza, con largueza segará.» San Ambrosio (lib. 3, epíst. 25) refiere estas palabras a la alabanza del ayuno, que el Profeta manda aquí sazonar con la limosna. Y COMO FUENTE DE AGUAS CUYAS AGUAS NO FALTARÁN. — Con acierto se compara el misericordioso a una fuente: pues así como la fuente reparte generosamente su agua con todos y como que derrama sus entrañas, y sin embargo no falta, sino que siempre recibe tanto cuanto envía, así el limosnero recibe de Dios más de lo que reparte a los pobres. En lugar de «no faltarán», el hebreo dice «no mienten», esto es, no engañan, no fallan, sino que perduran; pues en el calor y la sequía muchas fuentes se secan y defraudan a sus dueños sedientos, pero la fuente de la misericordia es fuente fiel, que en toda necesidad ajena no falta.

Comentario a Isaías, cap. 58, Cornelio a Lápide · Traducción del editor, del latín (Gran Comentario, dominio público) · fuente: lapide.org (dominio público)

Evangelio (Matt. 19, 13-21)

Sequéntia sancti Evangélii secúndum Matthǽum In illo témpore: Obláti sunt Jesu párvuli, ut manus eis impóneret et oráret. Discípuli autem increpábant eos. Jesus vero ait eis: Sínite párvulos, et nolíte eos prohibére ad me veníre: tálium est enim regnum cœlórum. Et cum imposuísset eis manus, ábiit inde. Et ecce, unus accedens, ait illi: Magíster bone, quid boni fáciam, ut hábeam vitam ætérnam? Qui dixit ei: Quid me intérrogas de bono? Unus est bonus, Deus. Si autem vis ad vitam íngredi, serva mandáta. Dicit illi: Quæ? Jesus autem dixit: Non homicídium fácies: Non adulterábis: Non fácies furtum: Non falsum testimónium dices: Hónora patrem tuum et matrem tuam, et díliges próximum tuum sicut te ipsum. Dicit illi adoléscens: Omnia hæc custodívi a juventúte mea: quid adhuc mihi deest? Ait illi Jesus: Si vis perféctus esse, vade, vende, quæ habes, et da paupéribus, et habébis thesáurum in cœlo: et veni, séquere me.

En esta sazón le presentaron unos niños para que pusiese sobre ellos las manos y orase. Mas los discípulos, creyendo que le importunaban, los reñían. Jesús , por el contrario, les dijo: Dejad en paz a los niños, y no les estorbéis de venir a mí; porque de los que son como ellos es el reino de los cielos. Y habiéndoles impuesto las manos, o dado la bendición, partió de allí. Se le acercó entonces un hombre joven que le dijo: Maestro bueno, ¿qué obras buenas debo hacer para conseguir la vida eterna? El cual le respondió: ¿Por qué me llamas bueno? Dios sólo es bueno. Por lo demás, si quieres entrar en la vida eterna, guarda los mandamientos. Le dijo él: ¿Qué mandamientos? Respondió Jesús : No matarás; no cometerás adulterio; no hurtarás; no levantarás falsos testimonios; honra a tu padre y a tu madre; y ama a tu prójimo como a ti mismo. Y le dijo el joven: Todos ésos los he guardado desde mi juventud; ¿qué más me falta? Le respondió Jesús : Si quieres ser perfecto, anda y vende cuanto tienes, y dáselo a los pobres, y tendrás un tesoro en el cielo; ven después, y sígueme. [Torres Amat]

Comentario de los Padres · Catena Aurea (Cadena de Oro) — Santo Tomás de Aquino

San Mateo 19, 13-21 — glosas de los Padres griegos y latinos, encadenadas por Santo Tomás.

Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum in Matthaeum, hom. 32. Había el Señor hablado sobre la castidad y los oyentes le presentaron unos niños en quienes resplandecía la castidad en toda su pureza, creyendo que el Señor hablaba tan sólo de la pureza del cuerpo. Esto es lo que se da a entender por las palabras: "Entonces le presentaron unos niños".

Orígenes, homilia 7 in Matthaeum. Y porque los oyentes ya habían experimentado que por la imposición de las manos y las súplicas del Señor quedaban libres de todo lo malo, le presentan a los niños, porque creían que después de darles el Señor por contacto de sus manos la virtud divina, era imposible que los tocara el demonio o les sobreviniese algún otro mal.

Remigio. Era costumbre entre los antiguos el presentar los niños a los ancianos, para que les echaran su bendición o con la mano o de palabra y así, siguiendo esta costumbre, presentaron los niños al Señor.

Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum in Matthaeum, hom. 32. La carne olvida fácilmente el bien porque no encuentra placer en él, pero conserva siempre el mal que oyó. El Señor apenas toma uno de los niños, exclama: "Si no os hiciéreis como este niño, no entraréis en el Reino de los Cielos" ( Mt 18,13). Y ved aquí que los discípulos, olvidándose de la inocencia de los niños, los riñen y como indignados les impiden que se acerquen al Señor. Por eso sigue: "Mas los discípulos los reñían".

San Jerónimo. No porque no quisieran que los bendijera el Salvador con la mano y con su voz, sino que como aún no tenían una fe plena, creían que se cansaría el Señor, como se cansan los demás hombres, con la importunidad de aquellos que presentaban a los niños.

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 62,4. O también, arrojan a los niños a causa de la dignidad de Cristo. Pero el Señor, enseñando a los discípulos a tener moderación y a pisotear el orgullo mundano, recibió a los niños, los tuvo en sus brazos y les prometió el Reino de los Cielos. Por eso sigue: "Y Jesús les dijo: Dejad a los niños y no les estorbéis", etc.

Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum in Matthaeum, hom. 32. Si es rechazada por Cristo la sencilla infancia, ¿quién merecerá aproximarse a El? Por esta razón dijo: "Y no los estorbéis", etc. Porque si éstos son los futuros santos, ¿por qué prohibís el que los hijos se acerquen a su padre? Y si son los futuros pecadores, ¿por qué lanzáis la sentencia de condenación antes de conocer la falta?

San Jerónimo. El Señor dijo de una manera significativa: "De tales es el Reino de los Cielos" y no de ésos, para manifestar que no es la edad sino las costumbres las que alcanzarán el Reino y que a los que tuvieren la inocencia y la sencillez semejantes a la de un niño, es a quienes está prometida la recompensa.

San Jerónimo. Sigue: "Y cuando les hubo impuesto las manos", etc.

Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum in Matthaeum, hom. 32. El Señor instituyó en este pasaje el que todos los padres presentasen sus hijos a los sacerdotes, no porque sea el sacerdote el que impone las manos, sino el mismo Cristo, en cuyo nombre se hace la imposición. Porque si uno ofrece a Dios por medio de las oraciones sus alimentos y los come santificados (porque, como dice el apóstol, todo es santificado por la palabra de Dios y por la oración), ¿con cuánta más razón se deben ofrecer a Dios los niños para que queden santificados? La razón por la cual se deben santificar los alimentos es ésta: el mundo entero se apoya en un mal ( 1Jn 5,19); por consiguiente, todas las cosas corporales, que son una gran parte de este mundo, descansan en el mal; de donde resulta que los niños por su nacimiento, según la carne, están colocados en el mal 1.

Orígenes, homilia 7 in Matthaeum. Llamamos en sentido místico niños a los que aún son carnales en Cristo y tienen necesidad de ser amamantados ( 1Cor 3). Aquellos que profesan la doctrina del Verbo, los que son los más sencillos y los que se nutren de la palabra, por decirlo así, infantil, aún son principiantes y presentan al Salvador los niños y los pequeñitos. Por el contrario, los que parecen más perfectos, los discípulos de Jesús, antes de aprender la razón de la justicia divina sobre los niños, reprenden a los que por una doctrina más elemental -es decir, por ser menos eruditos- ofrecen los niños y los pequeñitos a Cristo. Mas el Señor, dirigiéndose a sus discípulos, hombres ya formados, los exhorta a que sean condescendientes con las exigencias de los niños, a que se hagan niños para con los niños, a fin de ganarlos. Y les dice: "Porque de los tales es el Reino de los Cielos". Porque El mismo, teniendo la forma de Dios, fue hecho niño ( Fil 2). Debemos, pues, considerar esto y temer, que por el sentimiento de una sabiduría más excelente o de mayor adelanto espiritual, nos tengamos como muy grandes, despreciemos a los pequeñitos de la Iglesia y estorbemos a los niños que se acerquen a Jesús. Y como los niños no pueden comprender todo lo que se les dice, el Señor les impuso las manos y dándoles la virtud por medio de sus manos, se alejó de ellos, que no podían seguirle como los demás discípulos perfectos.

Remigio. Bendijo el Señor a los niños imponiéndoles las manos, para significar que los humildes de espíritu son dignos de su gracia y de su bendición.

Glosa. Les impuso también las manos para dar a entender que sería dada su gracia a los que son verdaderamente humildes y castos.

San Hilario, in Matthaeum, 19. Los niños son también figura de los gentiles que han recobrado la salud por la fe y por el oído; sin embargo, los discípulos, llevados por el deseo de salvar a Israel, les prohiben aproximarse y el Señor les dice que no es conveniente esa prohibición. Porque el don del Espíritu Santo debía ser distribuido en las naciones por la imposición de las manos y las súplicas, después de cesar las obras de la ley.

Rábano. Sin duda este hombre había oído decir al Señor que solamente son dignos de entrar en el Reino de los Cielos aquellos que desean ser semejantes a los niños y para cerciorarse mejor pide que se le diga, no por parábolas, sino de un modo claro, por qué méritos se puede conseguir la vida eterna. Por eso se dice: "Y vino uno y le dijo: Maestro bueno, ¿qué bien haré?", etc.

San Jerónimo. Ese que pregunta era joven, rico y orgulloso y no pregunta con el deseo de saber sino de tentar al Señor; cosa fácil de comprobar por las palabras que le dijo el Señor: "Si quieres entrar en la vida guarda los mandamientos", etc.; insiste de nuevo en su pregunta, pero con más astucia aún, diciendo: "¿Cuáles?" Como si no los hubiera leído, o como si el Señor pudiera mandar cosas contrarias a los mandatos de Dios.

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 63,1. No dudo yo en llamar a ese hombre avaro y amante de las riquezas, puesto que así lo llamó el Señor; pero dudo en llamarlo hipócrita, porque no estoy seguro de ello y no se debe juzgar sobre cosas inciertas, especialmente si se dirigen a formular una acusación. Pero San Marcos desvanece esta sospecha cuando dice (cap. 10): "Que él vino corriendo y se echó a los pies del Señor para suplicarle" y añade que Jesús le miró y le amó y si se hubiera acercado a Jesús con el objeto de tentarle, ya nos lo hubiera dicho el evangelista, como lo ha hecho en otras ocasiones y si él hubiera permanecido callado, no hubiera permitido Cristo ese silencio, sino que le hubiera reprendido o con una insinuación secreta, o de una manera pública; pero nada de esto hace, según lo que sigue: "El le dijo: ¿Por qué me preguntas de bien?".

San Agustín, de consensu evangelistarum, 2,63. Pudiera alguno creer que hay alguna diferencia entre las palabras de San Mateo: "¿Por qué me preguntas de bien?" y las que ponen San Lucas y San Marcos ( Mc 10,18; Lc 18,19): "¿Por qué me dices bueno?". Las palabras: "¿Por qué me preguntas de bien?" parece que se refieren más bien a la pregunta del joven: "¿Qué bien haré?" Esta última frase contiene a la vez la palabra "bien" y la pregunta, mientras que en las otras: "Maestro bueno" no hay pregunta. Se comprenden perfectamente los dos pasajes: "¿Por qué a mí me llamáis el bien?" y "¿Por qué me preguntas del bien?" dicen una misma cosa.

San Jerónimo. Como el joven había llamado bueno al Maestro y no había confesado a Dios o al Hijo de Dios, dijo el Señor que cualquier hombre santo no es bueno en comparación de Dios, de quien se dice: "Alabad al Señor porque es bueno" ( Sal 117,1). Y por eso dice El: "Sólo uno es bueno, que es Dios" y a fin de que nadie piense que por estas palabras queda excluido de la bondad el Hijo de Dios. Leemos en otro lugar: "El buen pastor da su vida por sus ovejas" ( Jn 10,11).

San Agustín, de Trinitate, 1,13. O también, como buscaba aquel joven la vida eterna, y la vida eterna consiste en aquella contemplación de Dios cuya visión no nos proporciona pena sino una alegría eterna y no comprendía con quién hablaba (porque le miraba tan sólo como Hijo del hombre), por eso el Señor le contesta: "¿Por qué me preguntas sobre el bien y me llamas Maestro bueno en esta forma que ves en mí?" En esta forma de Hijo del hombre aparecerá en el juicio, no sólo para que la vean los justos, sino también los impíos y esta visión no será un bien para quienes obraron el mal. Pero además hay en mí otra visión de mi forma, por la que soy igual a Dios, porque hay un solo Dios: Padre, Hijo y Espíritu Santo, que es el único y sumo Bien. Porque nadie le ve de manera que con su vista esté abatido o lloroso, sino que con ella tiene salud y alegría.

San Jerónimo. No rechaza nuestro Salvador el testimonio de bondad que le da el joven, pero sí el error de llamarlo maestro sin creer que es Dios.

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 63,1. ¿Qué utilidad hay en contestarle de esa manera? Porque de ese modo le gana poco a poco, le enseña a despreciar la adulación y a retirarse de las cosas terrenales, le convence de que se una a Dios, que busque las cosas de la otra vida y que conozca al que es el verdadero Bien, la raíz y la fuente de todo lo bueno.

Orígenes, homilia 8 in Matthaeum. También respondió Cristo de esa manera por causa del joven que le preguntó: "¿Qué bien haré?" Porque cuando nos separamos del mal y practicamos el bien llamamos bien a lo que hacemos por comparación con lo que hacen los demás hombres. Pero en cuanto a lo que se dice: "Uno solo es bueno", nuestro bien no es bien. Mas puede alguno decir: Porque el Señor, que sabía que quien le preguntaba no tenía intención de que hiciera algún bien humano, le dijo: "¿Por qué me preguntas del bien?", que es como si le dijera: ¿Por qué me preguntas sobre el bien cuando te he dado los mandamientos que contienen el bien? Y después de esto le añadió: "Si quieres entrar en la vida", etc. En estas palabras debemos considerar que el Señor contestó al joven como si estuviera fuera de la vida. En efecto, el que está fuera de Jesús que dice "Yo soy la vida" ( Jn 11,6), está de algún modo fuera de la vida. Por otro lado el hombre, incluso el más justo, mientras vive sobre la tierra está en la sombra de la vida, porque está aún rodeado de un cuerpo mortal. 1 Mas aquel que se abstuviere de las obras de muerte y deseare las de la vida, entrará en la vida. Hay palabras muertas y palabras vivas, pensamientos muertos y pensamientos vivos y por eso dice: "Si quieres entrar en la vida", etc.

San Agustín, sermones, 84,1. Y no dijo: Si quieres venir a la vida eterna, sino: "Si quieres entrar en la vida", definiendo de esta manera lo que es la vida eterna. De aquí resulta cuánto debemos amar la vida eterna, cuando así se ama esta vida pasajera.

Remigio. Demuestra este pasaje que la Ley promete a los que la cumplen no sólo los bienes temporales, sino también la vida eterna, y como el joven había escuchado con atención las palabras del Señor, insiste y lleno de solicitud le pregunta: "El le dijo: ¿Cuáles?"

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 63,1. No dijo esto con la intención de tentar al Salvador, sino porque creía que fuera de los preceptos de la Ley habría otros que le abrirían la puerta de la vida.

Remigio. Mas Jesús, tratando al joven con la misma condescendencia que a un enfermo, le expuso con mucha amabilidad los preceptos de la Ley. Por eso sigue: "Y Jesús le dijo: No matarás", etc. La siguiente sentencia: "Amarás a tu prójimo como a ti mismo", es el compendio de todos esos preceptos, según aquel pasaje del apóstol: "El que ama a su prójimo ha cumplido la Ley" ( Rom 13,8). Debemos preguntar: ¿por qué el Señor hizo mención solamente de los preceptos de la segunda tabla? Sin duda debió ser porque el joven estaba lleno del amor de Dios o también porque el amor del prójimo era un grado para subir hasta el amor de Dios.

Orígenes, homilia 8 in Matthaeum. Probablemente sean suficientes estos preceptos para entrar en lo que llamamos principio de la vida, aunque ni éstos ni otros preceptos parecidos basten para entrar en el interior de la vida. Pero el que no cumpliere cualquiera de estos preceptos, ni aun en el principio de la vida entrará.

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 63,1. Después de mencionar el Señor los preceptos de la Ley, continua el evangelista: "El joven dice: Yo he guardado todo eso desde mi juventud" y no se detiene aquí, sino que pregunta de nuevo: "¿Qué me falta aún?", pregunta que indica un deseo vehemente.

Remigio. El Señor señala la manera de llegar a la perfección a todos los que quieren ser perfectos en la gracia, diciendo: "Jesús le dijo: Si quieres ser perfecto, ve, vende cuanto tienes", etc. Son dignas de atención estas palabras. No dice: Ve y come cuanto tienes, sino: "Ve y vende", y no dice: Algunas cosas, como hicieron Ananías y Safira ( Hch 5), sino todas las cosas. Y añade con oportunidad: "Cuanto tienes", esto es, cuanto tenemos y poseemos con justicia. Debemos, por consiguiente, vender cuanto poseemos justamente; pero lo que poseemos injustamente debe entregarse a aquellos a quienes se lo hemos quitado. Y no dice: Dalo a los parientes o amigos, o a los ricos, de quienes recibirás semejantes cosas, sino: "Dalo a los pobres".

San Agustín, de opere monachorum, 25. Y no es necesario elegir a un monasterio o a los hermanos pobres de un lugar determinado para darlo, porque todos los cristianos no forman más que una sola sociedad. Por consiguiente, de cualquier parte de donde recibe uno lo que necesita, lo recibe de aquello que pertenece a Cristo.

Rábano. Ved aquí trazadas dos vidas al hombre: la activa, a la que hacen relación los preceptos: "No matarás" y los demás mandamientos de la Ley; y la contemplativa, a la que se refieren las palabras: "Si quieres ser perfecto", etc. La primera pertenece a la Ley y la segunda al Evangelio. Porque así como el Antiguo Testamento precedió al Nuevo, así también la acción precede a la contemplación.

San Agustín, contra Faustum, 5, 9. Pero, no solamente pertenecen al Reino de los Cielos aquellos que para ser perfectos venden o dejan todas sus cosas, sino que, por cierto lazo de caridad, se une a esta milicia cristiana un gran número de cierta milicia tributaria, a la cual se dirá al fin de los tiempos: "Tuve hambre y me disteis de comer" ( Mt 25,35). Lejos de nosotros el pensar que éstos serán separados del Reino de los Cielos, o de mirarlos como fuera del Evangelio.

San Jerónimo. No debo contestar a la pretensión de Vigilancio 2, de que es mejor usar los bienes y dividir sucesivamente los frutos a los pobres, que distribuírselos de una sola vez después de vendidos, puesto que el mismo Señor le contesta en las palabras: "Si quieres ser perfecto, ve y vende". Esa pretensión, que tanto aplaude Vigilancio y que nosotros aceptamos con tal de que no sea preferida a las palabras del Señor, no es para nosotros más que un segundo o tercer grado de perfección.

Genadio, de ecclesia dogma, 71. Es cosa buena el dar su fortuna a los pobres, distribuyéndola poco a poco; pero es mucho mejor darla toda de una vez, con la intención de seguir al Señor y de entrar en su compañía libre de todo cuidado.

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 63,2. Y como el Señor hablaba de la fortuna, aconsejando que nos debíamos despojar de ella, manifiesta que la recompensa que El dará será tanto mayor que la fortuna, como grande es la distancia que hay entre el cielo y la tierra. Y por eso dice: "Y tendrá un tesoro en el cielo". La palabra tesoro expresa la abundancia y la estabilidad de lo que nos dará.

Orígenes, homilia 8 in Matthaeum. Si todos los mandamientos se unieran en estas palabras: "Amarás a tu prójimo como a ti mismo" ( Mt 9,19), es claro que el que cumple este mandamiento es perfecto ¿Cómo, entonces, el Señor dice al joven que contestó: "Yo he guardado todo eso desde mi juventud" ( Mt 9,20), "Si quieres ser perfecto" como si aún no lo fuera? Ved lo que está escrito en el Evangelio, según los hebreos 3: después que el Señor oyó al joven y le dijo: "Ve y vende cuanto tienes", el rico empezó a rascarse la cabeza y a manifestar su desagrado y entonces el Señor le dice: "¿Cómo dices: Yo he cumplido la Ley y los Profetas?" Porque en la Ley está escrito: "Amarás a tu prójimo como a ti mismo" ( Lev 19,18) y he aquí que muchos hijos de Abraham, hermanos tuyos, están cubiertos de estiércol y muertos de hambre y tu casa está llena de muchos bienes y nada sale de ella para que sea partido entre los pobres. Queriendo, pues, el Señor reprender al rico, le dice: "Si quieres ser perfecto, ve, vende cuanto tienes, dáselo a los pobres", etc. De esta manera harás ver que efectivamente amas a tu prójimo como a ti mismo. Pero si es perfecto el que tiene todas las virtudes, ¿cómo se hace perfecto el que vende todo lo suyo y se lo da a los pobres? Supongamos que un hombre cualquiera ha hecho esto, ¿cómo desde aquel momento ese hombre queda, sin cólera, sin concupiscencia, colmado de todas las virtudes y libre de toda malicia? Sin duda parecerá propio de un sabio decir que al dar sus bienes a los pobres, éstos le favorecen con sus oraciones y que su pobreza espiritual recibirá la abundancia espiritual de aquellos y de este modo, aunque tenga algunas pasiones humanas, se hace perfecto. O también, el que cambió sus riquezas por la pobreza para hacerse perfecto, será ayudado por la fe que tiene en las palabras de Cristo, para que pueda llegar a ser sabio en Cristo, justo, casto y sin ninguna pasión; pero no de tal manera que en el momento mismo que entrega sus bienes a los pobres sea completamente perfecto, sino que desde aquel día la meditación sobre Dios le irá conduciendo hacia todas las virtudes. Se puede dar otra explicación: La interpretación moral, diciendo que los bienes son los actos del alma. Manda, pues, el Señor vender todos los bienes que son malos y entregarlos a aquellos poderosos que trabajan en esos bienes y están pobres de todo bien verdadero. Porque así como la paz de los apóstoles se vuelve a ellos si no estuviera en ellos el Hijo de la paz ( Mt 10), así todos los pecados se vuelven a sus autores, si no hubiere alguno que haya querido valerse de ellos. De esta manera, no puede ser dudoso que el que de este modo vendió todos sus bienes sea inmediatamente perfecto. Y es claro, en efecto, que el que obra así tiene un tesoro en el cielo y ha llegado a ser hombre celestial. Porque tendrá en el cielo el tesoro de la gloria de Dios y las riquezas en la sabiduría de Dios. Ese tal podrá seguir a Cristo, porque no habrá posesión alguna que se lo impida.

San Jerónimo. Hay muchos que dejan sus riquezas y no siguen al Señor, lo cual no es suficiente para ser perfecto. Es preciso, habiéndonos desapegado de las riquezas, seguir al Salvador, es decir, hacer el bien después de haber abandonado el mal. Con más facilidad se abandona un bolsillo que la propia voluntad. Por eso se dice: "Y ven y sígueme". Sigue al Señor el que lo imita y marcha por sus mismos pasos. Prosigue: "Y cuando oyó el joven estas palabras, se fue triste". Esta es la tristeza que conduce a la muerte y la causa de ella son las palabras siguientes: "Porque tenía muchas posesiones", es decir, espinas y abrojos, que ahogaron la simiente del Señor.

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 63,2. No son igualmente esclavos de las riquezas los que tienen muchas y los que tienen pocas, porque las bajas riquezas levantan una llama siempre creciente y avivan el deseo con violencia cada vez mayor.

San Agustín, epístolas, 31,5. No entiendo qué significa que encadene más la posesión de los bienes superfluos que el deseo de ellos, pues ¿por qué se queda triste este joven, sino porque tenía grandes riquezas? Porque una cosa es no querer incorporar lo que uno no tiene y otra cosa es arrancar lo que ya se tiene incorporado. En el primer caso se abandonan las riquezas como una cosa extraña y en el segundo se arrancan como un miembro de su propio cuerpo.

Orígenes, homilia 8 in Matthaeum. Según la historia, es digno de alabanza el joven, porque no mató ni cometió adulterio; pero es vituperable porque se entristeció por las palabras de Cristo que lo llamaban a la perfección. Era aún joven en el alma y por eso abandonó a Cristo y se marchó.

Catena Aurea (Cadena de Oro), Santo Tomás de Aquino · Traducción española del siglo XIX, dominio público · fuente: hjg.com.ar/catena