sábado, 25 de julio de 2026 Santiago el Mayor, Apóstol

viernes, 16 de julio de 2027

Ntra. Sra. del Monte Carmelo

Vida del santo de hoy, según el Año Cristiano del P. Juan Croiset.

La fiesta de Nuestra Señora del Carmen, ó del Santo Escapulario.

Siendo tan célebre y tan autorizada en la Iglesia la fiesta de Nuestra Señora del monte Carmelo, llamada vulgarmente (en otras partes) la fiesta del Escapulario, es muy justo referir su historia en este día, singularmente consagrado á tan santa devoción, aprobada por tantos pontífices, confirmada con tantos milagros, establecida con tanto fruto en casi todas las partes del mundo cristiano, y en todas con tan visible provecho de los fieles.

Hacía muchos siglos que los padres carmelitas florecían en la Iglesia, con especialidad en el Oriente, donde á pesar del furor de los bárbaros, de los sarracenos y de los musulmanes, se mantenían encarcelados en las cavernas del monte Carmelo, tomando de aquí el nombre de carmelitas. Hacía, vuelvo á decir, muchos años que florecía en el Oriente esta sagrada familia, tan célebre y tan respetable por su pública y especial devoción á la santísima Virgen, cuando los europeos pasaron á la Palestina con el fin de libertar los cristianos y los santos lugares donde se obró nuestra redención de la opresión de los infieles; y enamorados no menos de la virtud que de la penitente vida de aquellos santos ermitaños del monte Carmelo, los persuadieron que se trasladasen á Europa. Con efecto, hacia la mitad del siglo decimotercio pasaron algunos de ellos á Francia en compañía del santo rey san Luis, y fué su primer establecimiento en cierta ermita á una legua de Marsella, llamada el Aigallades. Declaróse por su protector el piadosísimo monarca, y los extendió por otras muchas partes de sus estados, mientras algunos de ellos resolvieron embarcarse para Inglaterra, donde la divina Providencia les tenía destinado un sugeto, que por su extraordinario mérito y por su rara santidad muy en breve había de dar grande esplendor á su orden.

Era el célebre Simón Stock, inglés de nación, de las mas nobles familias del país; pero mas esclarecido por su inocencia y por su eminente virtud, que por su ilustre nacimiento. Prevenido desde su niñez con extraordinarias gracias, á los doce años de su edad fué conducido á un desierto por el espíritu de Dios. Practicó desde luego penitencias increíbles: sustentábase de raíces y de yerbas; una clara fuentecilla le ofrecía el agua para apagar la sed; su cama, su celda y su oratorio se reducían al hueco de un viejo tronco, donde solo podía estar en pié, tan estrecho, que no le permitía revolverse á ningún lado; y de aquí se le dió el sobrenombre de Stock, que en lengua inglesa quiere decir tronco de árbol. Su continuo ejercicio era la oración, con la cual se purificó tanto aquella alma, que los ángeles, cuya pureza igualaba, casi nunca le abandonaban en aquella soledad. Al mismo paso que su asombrosa penitencia, crecía también la tierna devoción que casi desde la cuna había profesado á la santísima Virgen; y aseguran los autores de su vida que los mas de los días le visitaba esta Señora en su desierto, donde era tan íntima y tan familiar su conversación con Dios, que los espirituales consuelos de su alma parecían auroras ó precursores de las dulzuras del cielo.

Treinta y tres años llevaba Simón de aquella angelical vida, cuando entraron en Inglaterra los ermitaños del monte Carmelo, que habían venido de Oriente, y comenzaron á mostrar en aquel reino el mismo fervoroso zelo que les había adquirido tanta veneración y tanto honor en toda la Palestina. Tuvo noticia de su arribo el santo solitario por una revelación; y habiéndole declarado la santísima Virgen cuán grata era aquella orden á sus maternales ojos, y que sería muy de su agrado que él se agregase á ella, dejó al punto el desierto, buscó á los padres, arrojóse á sus piés, y abrazó su instituto sometiéndose á su gobierno. No hay mayor prueba de la especial estimación que hizo entonces la Reina de los cielos de aquella dichosa orden, que haberle dado al mas querido de todos sus fieles siervos. Parece que la Virgen santísima se había encargado, por decirlo así, de formarle por su mano desde sus mas tiernos años, y de enriquecerlo con los mas preciosos dones, solo para regalarle á aquella orden tan querida suya, y para que fuese muy presto uno de sus mayores ornamentos.

Admitido Simón entre los religiosos del Carmen, no echó menos la compañía de los ángeles que gozaba en el desierto. Apenas hizo la profesión religiosa, cuando deseó pasar á la Tierra Santa para beber en la fuente el espíritu doble que había animado al gran Elías. Visitó descalzo los santos lugares que el Salvador consagró con su presencia; y llegando al monte Carmelo, se detuvo seis años en él, haciendo una vida tal, que se pudo llamar un éxtasis continuado, sin otra comunicación en todo aquel tiempo que con los espíritus celestiales. Dícese también que la santísima Virgen cuidó de sustentarle de un modo milagroso. Vuelto, en fin, á Inglaterra, extendió por toda ella aquel fuego divino que se apoderó de su corazón en el monte Carmelo; de manera que, comunicado á toda la isla, no quedó menos asombrada de las portentosas conversiones que se seguían á su predicación, que de los frecuentes milagros con que eran acompañadas.

Íbale disponiendo la gracia como por diversos grados de perfección á mas singulares favores que el cielo le preparaba. Elevado al cargo de superior general por unánime consentimiento de sus hermanos, se aplicó con el mayor empeño á avivar el sagrado fuego de la devoción á la Virgen en una orden que se honraba con su nombre, y aun se gloriaba de haberle dedicado altares casi desde el nacimiento de la Iglesia. Tuvieron su efecto los esfuerzos de su fervoroso zelo, porque el devoto general tuvo el consuelo, no solo de ver renovada en la orden con nuevo fervor la tierna devoción á la Madre de Dios, sino de verla igualmente extendida y comunicada á todos los pueblos.

Creció en Simón la confianza con la ternura, y se sintió movido interiormente á pedir á la Reina de los cielos algún nuevo y especial favor, así para la orden, como para los fieles. Después de muchos años de lágrimas, de penitencias y de ruegos, se rindió, en fin, la Madre de misericordia á las instancias de su fidelísimo siervo. Dice la historia que un día se le apareció esta Señora, rodeada de innumerable multitud de espíritus celestiales con un escapulario en la mano, y alargándole al santo, le dijo estas dulces palabras: «Recibe, amado hijo mío, este escapulario para ti y para tu orden, como una prenda de mi especial benevolencia y protección, que sirva de privilegio á todos los carmelitas: Dilectissime fili, recipe tui ordinis scapulare, meæ confraternitatis signum tibi, et cunctis carmelitis privilegium. Por esta librea se han de conocer mis hijos y mis siervos. Ecce signum salutis: en él te entrego una señal de predestinación, y como una escritura de paz y de alianza eterna: Fœdus pacis, et pacti sempiterni: con tal que la inocencia de la vida corresponda á la santidad del hábito. El que tuviere la dicha de morir con esta especial divisa de mi amor, no padecerá el fuego eterno, y por singular misericordia de mi querido Hijo gozará de la bienaventuranza: In quo quis moriens, æternum non patietur incendium.»

Apenas se publicó en el mundo una devoción de tanto consuelo y de tanto provecho, hecha á un varón tan santo, cuando los reyes y los pueblos tomaron á competencia el escapulario de la Virgen, y se alistaron en la cofradía dedicada á su servicio. Creció la ansiosa y devota competencia con los muchos milagros que obró Dios para manifestar lo mucho que le agradaba aquella devoción. Por tanto, se puede en algún modo decir que, entre todos los piadosos ejercicios que el cielo ha inspirado á los fieles para honrar á la Madre de Dios, acaso no hay otro mas ruidoso que el de su santo escapulario; pues parece que ningún otro ha sido confirmado con tantos y tan auténticos prodigios.

¡Cuántos incendios se han apagado con su virtud! ¡cuántas veces, dice un gran siervo de Dios, se conservó el mismo escapulario ileso en medio de las llamas! ¡cuántas libertó hasta los vestidos y hasta los cabellos de muchos que se hallaron envueltos entre voraces incendios! Hoy mismo se experimenta á cada paso de cuánto auxilio es el santo escapulario en los naufragios, pocos hay que alguna vez no hayan sido testigos de lo que respetan las olas á esta sagrada divisa. Se ha visto á muchos, que, cayendo en los ríos ó en el mar, quedaron como suspendidos en las aguas, escapándose de una muerte inevitable por virtud del santo escapulario. No pocos, precipitados de espantosos despeñaderos, se mantuvieron como suspensos en el aire, sostenidos milagrosamente del escapulario asido á la punta de un peñasco. Detiene hasta la violencia del trueno, y divierte la dirección del rayo á pesar de su velocidad y sutileza. ¡Cuántas fiebres mortales y contagiosas, cuántas violentas tentaciones, cuántas enfermedades incurables desaparecieron por la virtud del santo escapulario! Nunca acabaríamos si se quisieran referir todos los funestos accidentes, todos los géneros de muertes de que ha preservado á los verdaderos siervos de María esta piadosa devoción.

Notorio es á todo el mundo lo que sucedió en el último sitio de Montpeller á la vista de todo un ejército. Recibió un soldado en el asalto un mosquetazo en el pecho sin padecer lesión alguna, habiéndose detenido la bala como por respeto en la superficie anterior del santo escapulario. Fué testigo de esta maravilla el mismo rey Luis XIII de feliz y triunfante memoria, á cuya vista el devoto monarca se vistió luego aquella santa cota, como lo hizo san Luis luego que se descubrió al mundo este tesoro. El difunto rey Luis el Grande, cuyo famoso reinado, inmortal en la memoria por tantos prodigiosos sucesos, será la admiración de los siglos; este gran monarca, desde los primeros años de su floreciente imperio se puso bajo la protección de la Virgen, tomando su santo escapulario. A su imitación hicieron lo mismo muchos príncipes; y habiendo ya quinientos años que se estableció en la Iglesia esta devoción, cada día se extiende, se aviva y se aumenta mas en todas las naciones con indecible, con inmenso provecho de los fieles.

Luego que se descubrió fué aprobada por los vicarios de Cristo; porque, sabiendo muy bien la santísima Virgen que las mas especiosas devociones no son estimables mientras la silla apostólica no las autorice, la misma soberana Reina dió á conocer al papa Juan XXII los privilegios singulares de esta devoción, como lo afirma el mismo papa en su bula Sacratísimo, de la que hacen mención en las que expidieron en favor del santo escapulario los papas Alejandro V, Clemente VII, Paulo III, Paulo IV, san Pío V y Gregorio XIII; de suerte que siete grandes pontífices conspiraron, por decirlo así, en encender mas y mas esta devoción en el corazón de los fieles, por el sinnúmero de indulgencias que concedieron á los que se alistasen en tan piadosa cofradía.

¿Qué prenda mas dulce, ni de mayor consuelo de la especial protección de María? ¿qué motivo mas sólido para fundar una piadosa confianza? El que solicitó esta divisa de la especial protección de la Madre de Dios fué uno de sus mas amantes siervos, y él mismo es quien asegura haberla conseguido. Autorizóla el cielo por el oráculo de los vicarios de Cristo y por la voz de los milagros. Ningún católico duda de esta poderosa protección. Sábese que san Buenaventura no señala otros límites á lo que puede la intercesión de María, que los que reconoce el poder de Dios. Asegura san Antonino que, para alcanzar, no ha menester mas que pedir. Adelanta el bienaventurado Pedro Damiano que se presenta al trono de su Hijo, no ya como sierva sino como Madre, y que sus súplicas pueden tener como fuerza de decretos: Accedit ad aureum humanæ reconciliationis altare, non orans, sed imperans, domina, non ancilla. ¿Cómo es posible que sea eternamente infeliz, dice el mismo padre, un hombre por quien María haya intercedido una sola vez? Æternum væ non sentiat, pro quo vel semel oraverit María. Al abad Gualrico, discípulo de san Bernardo, le parece ser casi lo mismo merecer uno la protección de la Virgen, que asegurarse de la posesión del paraíso: Nullatenus censendum est majoris esse felicitatis habitare in sinu Abrahæ, quam in sinu Mariæ. Bien sabidos son los devotos afectos de san Anselmo en este particular. Cree que no es posible perecer en el servicio de la Reina de los ángeles; á ella dirige estas palabras tan memorables y tan frecuentemente repetidas: Omnis ad te conversus, et á te respectus, impossibile est ut pereat. No dijo menos que todos los demás san Germán, obispo de Constantinopla, cuando dijo que la protección de la Virgen era muy superior á todo cuanto nosotros podíamos concebir: Patrocinium Virginis majus est, quam ut possit intelligentia apprehendi.

No solo consiguen en esta vida la protección particular de la santísima Virgen los que traen su devoto escapulario, sino que también la disfrutan en la otra los que le trajeron en esta, y fueron verdaderos siervos de María. Una madre tan tierna y tan amorosa no parece posible que dejase de moverse á piedad, si viese padecer por largo tiempo los tormentos del purgatorio á sus queridos hijos. Así los tesoros de la Iglesia, que con tanta profusión han derramado los sumos pontífices en favor de los cofrades del escapulario, como la parte que tiene cada uno de ellos en las oraciones y en las buenas obras de la cofradía y de la religión del Carmelo, contribuyen mucho al alivio y mas pronta libertad de los cofrades. Es cierto que la santísima Virgen á ningún alma sacará nunca del infierno; pero tiene muchos medios para hacer que el pecador no muera en la impenitencia final, como una falsa confianza no sea causa de que se conserven en pecado los falsos devotos de María.

Son sin duda muy ilustres y muy auténticos la mayor parte de los milagros que ha obrado Dios en favor del santo escapulario, y es razón dar un piadoso asenso á la historia del bienaventurado san Simón Stock; pero nunca el mismo que debemos á las cosas reveladas á la santa Iglesia. Tampoco se puede dudar por otra parte que la Iglesia haya autorizado una devoción tan aprobada. Y en fin, no es verisímil (dice el mismo devoto de María, de quien hemos sacado la sustancia de esta historia) que un Dios tan sabio como poderoso permitiese que se fundase sobre una fábula una devoción que le había de ser agradable, como lo está manifestando cada día, queriendo hacerla célebre con tan grande número de prodigios.

Año Cristiano del P. Juan Croiset (trad. José F. de Isla), dominio público.