sábado, 1 de mayo de 2027
Santos Felipe y Santiago el Menor, Apóstoles
Vida del santo de hoy, según el Año Cristiano del P. Juan Croiset.
Santiago, nombrado el Menor, porque fue llamado al apostolado después de Santiago, hijo del Zebedeo y hermano de san Juan, fue hijo de Alfeo y de María, hija de Cleofás, prima hermana de la santísima Virgen, llamada también su hermana, según el estilo de los judíos, que acostumbran llamar hermanos y hermanas a los parientes muy cercanos; y por la misma razón es llamado nuestro santo en el Evangelio hermano de Cristo, aunque en realidad no era más que primo suyo. Nació Santiago algunos años antes que el mismo Cristo. Según Hegesipo, fue santo desde el vientre de su madre; esto quiere decir que sus padres le consagraron al Señor antes de nacer, destinándole desde su nacimiento al instituto de los nazarenos, cuya obligación cumplió con fidelidad hasta la muerte.
Su vida, dice san Jerónimo, fue un perpetuo ayuno; desde niño se prohibió enteramente el uso del vino y de toda carne; siempre andaba con los pies descalzos; y en fin, era tanta su penitencia, que, como afirma san Crisóstomo, más parecía esqueleto que hombre vivo.
A la penitencia exterior del cuerpo correspondía el fervor interior del espíritu; pues teniendo presente la especialidad con que estaba dedicado al servicio de Dios, casi desde la cuna se puso perpetuo entredicho a todos los gustos y diversiones de la vida. Parecía que la oración era su única ocupación, pues a todas horas se le encontraba en el templo, pidiendo a Dios perdón por el pueblo y clamando continuamente por su salvación; de cuyo ejercicio de orar de rodillas y sin arrimo, llegó a criar en ellas unos callos tan duros como los de un camello.
Supo granjearse tanta estimación y autoridad entre toda clase de personas, por la modestia de su vestido, por su aire, por su compostura y por la santidad que resplandecía en todas sus acciones, que era el único laico a quien se permitía entrar en el santuario, y todos le llamaban comúnmente el Justo. En una gran sequía que hubo, levantando las manos al cielo nuestro Santiago, luego llovió abundantemente; lo que sin duda fue ocasión de que le diesen el sobrenombre de Oblías, que quiere decir en lengua siríaca, el que mantiene al pueblo, o la fortaleza de Dios.
Tal era Santiago el Menor cuando el Salvador del mundo se dignó llamarlo al apostolado. No nos dice el Evangelio ni el tiempo ni la ocasión en que fue escogido para él; solamente le cuenta el noveno entre los apóstoles, y es probable que hasta el segundo año de la predicación de Cristo no fueron agregados al colegio apostólico Santiago y su hermano san Judas. Asegura san Epifanio que Santiago se conservó perpetuamente en el celibato.
El nombre de hermano de Cristo que hasta los mismos discípulos le daban comúnmente, da bastante a entender la especial ternura con que Santiago amaba a su Maestro, y también aquella con que era correspondido de él. Es antigua tradición, según dice san Jerónimo, que la noche de la cena hizo propósito Santiago de no comer ni beber hasta que Cristo resucitase; y que por eso se le apareció el Señor inmediatamente después de su gloriosa resurrección. Lo cierto es que, habiendo resucitado Cristo, se apareció a Santiago en particular, como lo afirma san Pablo, después de haberse dejado ver de san Pedro y de los demás apóstoles; y añade san Clemente Alejandrino, uno de los escritores más antiguos de la Iglesia, que después de la resurrección comunicó el Salvador el don de ciencia a san Pedro, a Santiago el Justo y a san Juan; esto es, como lo explica el mismo padre, una sobreabundancia de luces y conocimientos sobrenaturales para el desempeño de los diferentes ministerios a que los tenía destinados.
Después de la triunfante ascensión a los cielos, habiendo quedado san Pedro nombrado por el mismo Cristo cabeza visible de toda su Iglesia, fue Santiago declarado obispo de Jerusalén. San Jerónimo dice que en esto los apóstoles no hicieron más que declarar solemnemente a todos los discípulos la elección que Cristo había hecho de nuestro santo para el gobierno de aquella iglesia particular, que podía llamarse la cuna del cristianismo. Y a la verdad, no parecía posible señalar otro pastor que fuese más grato ni más respetable a los judíos convertidos a la fe, que componían aquella iglesia.
Su celo, acompañado de aquella piedad y dulzura que le hacían tan respetable, sostenido con la santidad de una vida austera y autorizado con los milagros que hacía, pobló bien pronto aquella iglesia naciente. Correspondía maravillosamente el fervor de los nuevos fieles al ardiente celo del santo pastor, y su fe triunfó con esplendor y con ruido en la primera persecución que suscitó el infierno en Jerusalén contra la Iglesia. La dulzura, la inocencia y la modestia de Santiago no contribuyeron poco a ganarle los corazones de muchos judíos, aun de los principales de la nación, que se convirtieron a la fe de Cristo; y cada día se veía crecer el número de los fieles por la predicación de nuestro santo.
Este, a ejemplo de su divino Maestro, condescendía en todo lo posible con la vehemente pasión que tenían los judíos recién convertidos por las ceremonias de la ley; condescendencia prudente, que siendo en puntos poco esenciales, conquistó gran número de judíos, bien que no dejó de ser ocasión de algunas turbaciones. Algunos cristianos de Judea, demasiadamente celosos por la ley antigua, inquietaron la iglesia de Antioquía, queriendo obligar a los gentiles a la circuncisión. Sobre esto enviaron a san Pablo y a san Bernabé por diputados a san Pedro, Santiago y san Juan, que se hallaban en Jerusalén, para consultarlos como a oráculos de la verdad, depositarios de la fe y columnas de la Iglesia, como habla san Pablo en la epístola a los Gálatas. Con esta ocasión se celebró en aquella ciudad el primer concilio, en que presidió san Pedro.
Este refirió las maravillas que por su ministerio había obrado Dios en favor de los gentiles convertidos, a quienes el Señor había comunicado el Espíritu Santo como a todos los demás fieles; y concluyó que, pues ninguno podía ser salvo sino por la gracia del Redentor, no era razón que se los obligase a cargar con un yugo de que el mismo Redentor los había librado. Cuando san Pedro acabó de hablar, tomó la palabra Santiago, como obispo diocesano, y dijo así: «Hermanos, prestadme atención: Simón acaba de explicaros cómo Dios ha querido entresacar de los gentiles un pueblo que fuese suyo; siendo esto lo que concordemente nos anuncian las palabras de los profetas, según aquello que está escrito: Yo vendré después, y reedificaré la casa de David; repararé lo que estuviere arruinado, para que todos los demás pueblos y naciones, que son conocidas con mi nombre, busquen al Señor. El mismo que hizo estas cosas, es el que habla de esta suerte. Dios en todo tiempo conoce la obra de sus manos; por eso soy de parecer que no se inquiete a los gentiles que se conviertan a Dios. Pero se les debe escribir que se abstengan de todo aquello que ha quedado inmundo por haber sido ofrecido a los ídolos, de la fornicación, de animal que murió ahogado y de sangre.»
Siguióse este parecer; y los apóstoles, los presbíteros y toda la Iglesia fueron de sentir que se volviese a enviar a Antioquía a Pablo y a Bernabé, acompañados de Judas y de Silas, a quienes se entregó una carta concebida en estos términos: «Ha parecido al Espíritu Santo y a nosotros no cargaros más de lo que es necesario; esto es, que os abstengáis de las cosas sacrificadas a los ídolos, de la fornicación, etc.: absteniéndoos de todo esto, haréis bien. A Dios.»
Crecía entre tanto cada día el número de los fieles en Jerusalén por el celo, por la dulzura y por la rara piedad de nuestro santo. Manejaba con gran destreza la excesiva y obstinada delicadeza de los judíos, y toleraba todo aquello que no era incompatible con el cristianismo, ganando su corazón y su confianza con esta cristiana condescendencia, para irlos poco a poco disponiendo a desembarazarse de aquellas inútiles ceremonias legales, a que estaban tan adheridos. Habiendo ido san Pablo a Jerusalén el año 58, el día siguiente pasó a visitar a Santiago, el cual le aconsejó que no mostrase condenar ciertas ceremonias de la ley antigua de poca consecuencia, por no escandalizar a aquellos espíritus flacos; y el apóstol se conformó con este dictamen.
Después de la muerte de Festo, gobernador de la Judea, y antes que llegase Albino su sucesor, irritados los fariseos y los doctores de la ley de los grandes progresos que hacía la religión cristiana en toda la Judea, y especialmente en Jerusalén, resolvieron hacer todo lo posible para exterminarla. El año de 62, Anano, pontífice que era a la sazón, hijo de aquel otro Anano o Anás, cuñado de Caifás, de quien hace mención el Evangelio, quiso aprovecharse del interregno, y convocó el gran consejo, llamado Sanedrín, para tratar de los medios más conducentes para destruir el Evangelio. El expediente más eficaz y más breve que se les ofreció de pronto, fue precisar a Santiago el Justo a que negase a Cristo, abjurase su religión, y desengañase al pueblo con sus palabras y con su ejemplo.
Mandáronle comparecer ante el consejo; y luego que se divulgó por la ciudad la noticia, todo el pueblo concurrió al consistorio, movido de la reputación del santo. Llenóse luego la sala, donde se celebraba el Sanedrín, de las personas más distinguidas de la ciudad. Hegesipo dice que los ancianos o los consejeros afectaron consultarle algunos puntos, para cogerle en alguna respuesta que sirviese de pretexto para condenarlo; pero lo cierto es, que muchos procedían de buena fe en las preguntas que le hacían. «Te hemos llamado, le dijeron, para que nos ayudes a abrir los ojos al pueblo, y a apartarle de sus desvaríos haciéndole reconocer sus errores. Ya ves que todos se declaran parciales y sectarios de la doctrina de Jesús, persuadidos de que fue el prometido Mesías. Es menester que desengañes hoy a ese numeroso pueblo que ha concurrido de todas partes con ocasión de la solemnidad de la Pascua; porque todos te veneran por hombre justo, veraz e incapaz de dejarte mover de algún humano respeto: consiguientemente todos están dispuestos a rendirse al testimonio que prestares a la verdad. Sube, pues, a la galería del templo, para que mejor puedas ser oído del innumerable concurso, y sepan todos de ti, así lo que tú crees como lo que ellos deben creer.»
Habiéndose dejado ver Santiago en la galería, comenzaron los escribas y fariseos a gritarle desde abajo: «Dinos, hombre justo, qué juicio hemos de hacer de aquel Jesús que fue crucificado; porque todos nos conformaremos con tu testimonio.» Entonces Santiago, esforzando la voz cuanto pudo, exclamó: «Oíd, hermanos míos, el testimonio que voy a dar a la verdad: Ese Jesús, hijo del Hombre, de quien vosotros habláis, está en el cielo sentado a la diestra de Dios Padre como hijo verdadero suyo, y algún día vendrá en el trono de las nubes a juzgar a todos los hombres: porque es el Mesías que esperaron nuestros padres, y el que debe ser toda nuestra confianza y la esperanza de Israel.»
Apenas acabó de decir estas palabras el apóstol, cuando un crecido número de judíos, movidos de tan brillante testimonio, creyeron en Jesucristo, y comenzaron a alabar a Dios a voz en grito, diciendo: Hosanna al Hijo de David. Pero los escribas y fariseos, arrepintiéndose, aunque ya muy tarde, de lo que habían hecho, vueltos a la muchedumbre, comenzaron a gritar por todas partes: Pueblo, el Justo se engaña; y llenos de rabioso furor contra el santo subieron a la galería, y le precipitaron abajo desde lo más alto del templo.
No quedó muerto del golpe, y poniéndose inmediatamente de rodillas hizo oración a Dios por los que le quitaban la vida; pero no pudiendo estos sufrir que sobreviviese a la caída, comenzaron a disparar contra él una espesa lluvia de piedras; en ocasión en que, hallándose cerca del santo un tundidor, que por casualidad tenía en la mano el cabestán con que apretaba los paños, le descargó tan furioso golpe en la cabeza, que acabó de matarle.
Así murió Santiago el Menor, el mismo día de Pascua del año 62, habiendo gobernado cerca de veintinueve años la iglesia de Jerusalén; y se tiene por cierto que le dieron sepultura en el mismo lugar donde fue martirizado. Su muerte fue tan llorada, que nunca se hizo por ningún hombre un sentimiento igual; y hasta los mismos judíos miraron esta muerte injusta como una de las principales causas de las públicas calamidades de la nación, y aun de la misma ruina de Jerusalén, que sucedió ocho años después de la muerte de nuestro apóstol.
Escribió Santiago, como obispo de Jerusalén y como apóstol muy particular de los judíos, aquella admirable epístola, que entra en el número de los libros canónicos del nuevo Testamento, y es la primera de las siete epístolas católicas, llamadas así, porque no se dirigen a ninguna persona o iglesia particular, sino a la universalidad de todos los fieles. Esta epístola se dirige a las doce tribus, esto es, a todos los judíos convertidos derramados por toda la redondez de la tierra; y siempre ha sido estimada como un excelente compendio, quinta esencia o médula de toda la moral cristiana. Su estilo es vivo y eficaz, y en ninguna otra parte se leen reprendidos los abusos con voces más enérgicas ni más expresivas.
El mismo día celebra la santa iglesia la fiesta de san Felipe, que, habiendo sido llamado al apostolado antes que Santiago, siempre se le nombra el primero en el oficio del día. Fue san Felipe natural de Betsaida, ciudad de Galilea, a las márgenes del lago de Genesaret. Era casado, y tenía tres hijas. Su piedad, dice san Crisóstomo, le hacía ser muy respetado; y empleándose continuamente en la meditación de la ley y de los profetas, esperaba con un gran fondo de religión al Mesías prometido, que había de ser la redención de Israel.
Habiendo dicho públicamente el Bautista en presencia de sus discípulos, que Jesús era el cordero de Dios, Andrés y Simón, que después se llamó Pedro, le siguieron inmediatamente; y como el día siguiente partiese Jesús para Galilea, encontrando a Felipe en el camino, no le dijo más que esta palabra: Sígueme; con la cual, no solo inspiró a su corazón una generosa resolución de dejarlo todo por seguir a Cristo, sino un ardiente deseo de conquistarle todos los discípulos que pudiese. Con efecto, poco después, como hubiese encontrado Felipe a Natanael, le dijo que había tenido la dicha de hallar a aquel de quien tanto había hablado Moisés en los libros de la ley, y a quien habían retratado los profetas; y le condujo al Salvador. Asegura san Clemente Alejandrino, como cosa en que todo el mundo convenía, que fue san Felipe aquel mancebo que pidió licencia a Cristo para ir a enterrar a su padre, y a quien el Señor respondió: Deja a los muertos que entierren a sus muertos.
Desde entonces siguió Felipe a Cristo tan de veras, que no se volvió a separar de su compañía. El año siguiente fue escogido para el apostolado y contado entre los doce, nombrándole el Evangelio inmediatamente después de san Juan. Acredita bien la especialidad con que el Salvador amaba a san Felipe, la distinción con que le trataba. Cuando quiso hacer el milagro de la multiplicación de los panes, le preguntó, para sondearle, dónde hallarían pan para tanta muchedumbre. En cierta ocasión, queriendo unos forasteros ver a Cristo, se valieron de san Felipe para que se lo facilitase, persuadidos de que era el que más privaba con el Salvador. Cuando este, en aquel gran sermón que hizo a sus apóstoles después de la última cena, les habló de su Padre, san Felipe se tomó la libertad de suplicarle que se sirviese hacérsele ver a todos, porque todos lo deseaban mucho; a lo que el Señor respondió: Felipe, el que me ve a mí, ve a mi Padre.
Después de la ascensión de Cristo a los cielos y de la venida del Espíritu Santo, cuando los apóstoles se dividieron por todo el mundo para difundir por todo él la luz del Evangelio, san Felipe fue a predicar la fe a la provincia de Frigia, donde convirtió muchas almas y obró muchos milagros. Habiendo llegado a Hierápolis, se compadeció mucho viendo que aquel pueblo ignorante adoraba por Dios a una monstruosa víbora; y lleno de una santa indignación la hizo pedazos en el camino. Abrió los ojos a aquella pobre gente, hízola visible la grosería de sus errores, y convirtiendo a la fe a toda la ciudad, fundó en ella una floreciente iglesia.
Pero no le dejó en paz la cólera del demonio: porque irritados los sacerdotes de los ídolos y los magistrados en vista de los maravillosos progresos que hacía el cristianismo, resolvieron quitar la vida al santo apóstol. Echaron mano de él, y después de haberle tenido preso algunos días, le despedazaron con crueles azotes, y amarrándole a una cruz, comenzaron a apedrearle. Sobrevino un furioso terremoto, que atemorizando a los gentiles, y poniéndolos en precipitada fuga, dio lugar a los cristianos para que bajasen de la cruz a san Felipe; mas conociendo el santo que ya le quedaban pocos instantes de vida, les rogó que le dejasen acabarla en la cruz a ejemplo del Salvador; y habiéndosele concedido este consuelo, espiró en ella poco tiempo después, encomendando a Dios su alma y su pueblo.
Sucedió esta preciosa muerte el día 1.º de mayo del año de 51, según Baronio; o hacia el año de 90, en opinión de los que dan a san Felipe 87 años. Fue llevada a Constantinopla una parte de sus sagradas reliquias, y otra parte de ellas se venera en Roma en la iglesia de los santos apóstoles, que comenzó el papa Pelagio I, y acabó Juan III su sucesor.
Año Cristiano del P. Juan Croiset (trad. José F. de Isla), dominio público.