sábado, 25 de julio de 2026 Santiago el Mayor, Apóstol

lunes, 22 de febrero de 2027

La Cátedra de San Pedro en Antioquía

Las lecturas de la Misa de hoy, con el comentario de la tradición.

Epístola (1 Pet. 1, 1-7)

Léctio Epístolæ beáti Petri Apóstoli Petrus, Apóstolus Jesu Christi, eléctis ádvenis dispersiónis Ponti, Galátiæ, Cappadóciæ, Asiæ et Bithýniæ secúndum præsciéntiam Dei Patris, in sanctificatiónem Spíritus, in obœdiéntiam, et aspersiónem sánguinis Jesu Christi: grátia vobis et pax multiplicétur. Benedíctus Deus et Pater Dómini nostri Jesu Christi, qui secúndum misericórdiam suam magnam regenerávit nos in spem vivam, per resurrectiónem Jesu Christi ex mórtuis, in hereditátem incorruptíbilem et incontaminátam et immarcescíbilem, conservátam in cœlis in vobis, qui in virtúte Dei custodímini per fidem in salútem, parátam revelári in témpore novíssimo. In quo exsultábitis, módicum nunc si opórtet contristári in váriis tentatiónibus: ut probátio vestræ fídei multo pretiósior auro [quod per ignem probatur] inveniátur in laudem et glóriam et honórem, in revelatióne Jesu Christi, Dómini nostri.

elegidos según la previsión, o predestinación, de Dios Padre, para ser santificados del Espíritu Santo, y obedecer a Jesucristo, y ser rociados con su sangre, muchos aumentos de gracia y de paz. Bendito sea el Dios y Padre de Nuestro Señor Jesucristo, que por su gran misericordia nos ha regenerado con una viva esperanza de vida eterna, mediante la resurrección de Jesucristo de entre los muertos, para alcanzar algún día una herencia incorruptible, y que no puede contaminarse, y que es inmarcesible, reservada en los cielos para vosotros, a quienes la virtud de Dios conserva por medio de la fe para haceros gozar de la salud, que ha de manifestarse claramente en los últimos tiempos. Esto es lo que debe transportaros de gozo, si bien ahora por poco tiempo conviene que seáis afligidos con varias tentaciones, para que vuestra fe probada de esta manera y mucho más acendrada que el oro (que se acrisola con el fuego) se halle digna de alabanza, de gloria y de honor en la venida manifiesta de Jesucristo para juzgaros; [Torres Amat]

Comentario patrístico · Comentario a la Primera Carta de San Pedro, cap. 1 — Cornelio a Lápide

Pedro, Apóstol de Jesucristo (v. 1). El siríaco: «Epístola de Pedro Apóstol, Simón Cefas», pues traduce del griego, donde Cefas se llama Pedro. Nótese: Pedro se llamó primero Simón Bar Jona, esto es, hijo de Jonás; luego Cristo le puso en siríaco el nombre de Kepha (en hebreo Keph), que griegos y latinos pronuncian Cefas, es decir, «piedra» o «Pedro», pues Petros es lo mismo que petra. Advierte san Agustín, retractándose (lib. Retract., y serm. 16 y 29 De Sanctis), que si fuese solo derivado de petra habría de decirse «Petreo», no «Pedro». Este nombre de Cefas se lo impuso Cristo a Simón porque lo destinaba a hacerlo su Vicario en la Iglesia, y le comunicó su propio nombre (pues Cristo es llamado piedra y piedra angular de la Iglesia, según I Cor. x, 4: «y la piedra era Cristo»). Pedro es, pues, lo mismo que piedra y fundamento de la Iglesia, como enseñan san Agustín, san Ambrosio, san Hilario, san León y san Gregorio: «¿Quién ignora que la santa Iglesia está firmada sobre la solidez del Príncipe de los Apóstoles, que sacó del nombre la firmeza de su alma, de suerte que Pedro se llamase de piedra?» Apóstol por excelencia, porque es príncipe de los Apóstoles; pero esto lo calla Pedro por modestia, y por eso el Romano Pontífice, sucesor suyo, se llama Apostólico, y su cátedra Sede Apostólica. Apóstol es lo mismo que legado de Cristo; según Clemente: «Nosotros fuimos enviados a exponer las palabras de Aquel que nos envió, y no tenemos en mandato decir cosa alguna propia, sino descubrir la verdad de sus palabras.»

A los elegidos (v. 1): entiéndese, «escribe esta epístola». Toma «elegidos» a la fe y a la gracia, no a la gloria; pues no quiso san Pedro decir que todos los fieles fuesen eficazmente elegidos a la gloria, y mucho menos hacerlos a todos ciertos y seguros de esta su elección, cuando muchos desfallecieron no solo de la gracia, sino aun de la fe, haciéndose herejes secuaces de Simón Mago, Menandro y Cerinto. Que esto es así consta de lo que añade: «en santificación del Espíritu», como si dijera: «Escribo a los elegidos no inmediatamente a la gloria, sino a la santidad y a la gracia.» Y es grande esta elección, porque es a un gran bien, a saber, a la fe y a la gracia, que es semilla de la gloria y de la felicidad eterna.

A los advenedizos de la dispersión del Ponto, Galacia, etc. (v. 1). Lo entienden de varios modos: Lirano, de los prosélitos convertidos del gentilismo al judaísmo; Maldonado, de los gentiles; san Jerónimo, san Atanasio, Ecumenio y Cayetano, de los judíos convertidos a Cristo. Y en sentido genuino se llaman así los judíos cristianos que, dispersos de Judea —sobre todo por la persecución levantada tras la muerte de Esteban (Hech. viii, 1)—, habían huido al Ponto, Galacia, etc., y eran allí huéspedes y advenedizos, no vecinos ni moradores. En griego se dicen parepidēmois, esto es, los que habitan siendo forasteros y tienen domicilio en tierra ajena. Místicamente avisa aquí san Pedro que los fieles, dondequiera que estén, deben tenerse por huéspedes y peregrinos en este mundo, para no clavar el corazón en lugar ni cosa alguna, sino pasar como advenedizos hacia la patria celestial, diciendo con David: «Advenedizo soy junto a ti y peregrino, como todos mis padres» (Sal. xxxviii, 13). El Ponto es región del Asia Menor vecina al Ponto Euxino; y afirma san León que san Pedro predicó y convirtió a la fe a estas gentes fieras y bárbaras: nótese aquí la eficacia del Evangelio y de la predicación de Pedro.

Según la presciencia de Dios Padre (v. 2). «Presciencia» significa la providencia y predestinación de Dios, con que eligió a los del Ponto a la fe y gracia de Cristo, proveyéndoles predicadores y demás medios oportunos, con los cuales preveía que habían de escuchar y obedecer y abrazar libremente la fe ofrecida. Esta presciencia es en parte incoada y condicionada —en cuanto Dios prevé qué hará y elegirá libremente cada hombre bajo tal condición, v. gr. la vocación y la gracia— y en parte perfecta y absoluta —en cuanto, puesta por decreto de Dios tal condición, ve que la voluntad del hombre libremente consiente y cree. La primera la llaman los teólogos «de simple inteligencia»; la segunda, «de visión». Prefirió Pedro decir «presciencia» y no predestinación, porque aquella dice más: que esta predestinación es sapientísima, arcana e inescrutable, suave a la vez que eficaz e infalible (pues no fuerza el libre albedrío, sino que lo atrae suavemente), y que previene nuestras obras y méritos, y por tanto es liberal y gratuita. «Padre» puede tomarse aquí nocionalmente, por la primera Persona de la Trinidad, o esencialmente, por Dios, común a las tres Personas.

En santificación del Espíritu (v. 2). Refiéranse mejor estas palabras a «los elegidos», como si dijera: sois elegidos por Dios a la santificación del Espíritu, tanto activa —que el Espíritu Santo os santifique por la gracia infusa— como pasiva —que vuestra alma y espíritu sea santificado. «Espíritu» significa, lo primero, que esta santificación es obra propia del Espíritu Santo, sin que por eso se excluyan las otras dos Personas de la Trinidad, sino que más bien se incluyen en ella por la divina perichōrēsis, esto es, circumincesión, como dice el Damasceno. Y así nombra aquí san Pedro el misterio de la Santísima Trinidad: la primera Persona, diciendo «de Dios Padre»; la segunda, diciendo «de Jesucristo»; la tercera, diciendo «del Espíritu»; y atribuye oportunamente al Padre la elección y predestinación, al Espíritu Santo la santificación, y al Hijo la aspersión de la sangre, pues con ella nos redimió y lavó de nuestros pecados. En el griego se lee en hagiasmō, «en santificación» o «para santificación», pues muchas veces se pone «en» por «para».

En obediencia y aspersión de la sangre de Jesucristo (v. 2). La preposición «en» puede significar, lo primero, causa meritoria, como si dijese «por»: fuimos elegidos a la santidad por la obediencia de Cristo hasta la muerte y por su sangre derramada en la cruz, con que en el bautismo fuimos rociados y purificados (así Lirano y Cayetano); lo segundo, causa final: para que obedezcamos sus preceptos y consigamos más y más el fruto de la sangre de Cristo, esto es, la perseverancia y la vida eterna; y aun causa material (así san Cirilo y Ecumenio), aunque este sentido es más oscuro y nuevo, siendo el primero el llano y usado. Propone aquí Pedro la sangre de Cristo como un baño preciosísimo para la santificación, aludiendo a la aspersión de la sangre de las víctimas del Viejo Testamento, y sobre todo a la del leproso que había de purificarse (Lev. xiv), figura del pecador que se limpia de la lepra del pecado por la aplicación de la sangre de Cristo, la cual se hace por el bautismo y demás sacramentos, por la fe, la contrición y las buenas obras. Esto es lo que ora David: «Rociaréisme, Señor, con hisopo, y quedaré limpio» (Sal. l). Aplícase esta sangre al alma por el bautismo y los sacramentos, en especial la Eucaristía; por la fe y la oración; por el recuerdo y meditación de la Pasión (y por esto instituyó Cristo el sacrificio de la Misa); y uniendo nuestras obras y padecimientos a los de Cristo.

Gracia y paz os sean multiplicadas (v. 2). Entiéndese la gracia increada, que es la benevolencia y amor con que Dios acompaña a los suyos, y la creada, que son los dones que infunde en el alma. Efecto y compañera de la gracia es la triple paz: con Dios, con nosotros mismos y con el prójimo. Bendito Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo (v. 3). Comienza por la bendición, acción de gracias y alabanza de Dios, porque celebra el inmenso beneficio de la redención de Cristo y de nuestra vocación a la gracia y a la gloria eterna. Padre de nuestro Señor Jesucristo, ya en cuanto a la divinidad, por la generación eterna, ya sobre todo en cuanto a la humanidad, que le formó por obra del Espíritu Santo en el seno de la Virgen. Que según su gran misericordia: da como causa de bendecir a Dios la gran misericordia mostrada por Cristo, aludiendo al Salmo l: «Ten piedad de mí, Dios, según tu gran misericordia.» Grande es esta misericordia: por su causa eficiente (mana de Dios), por su objeto (nos dio a su Hijo unigénito), por su sujeto (nos llamó siendo míseros pecadores), por la copia de sus dones, por su extensión a todos los lugares y tiempos, y por su fin (nos hace partícipes de su reino y gloria).

Nos regeneró para una esperanza viva (v. 3). La regeneración es doble: la primera es la justificación, con que somos resucitados de la muerte del pecado a la vida de la gracia, perdida en la caída de Adán; la segunda es la resurrección, con que de la muerte somos suscitados a la vida bienaventurada. De ambos modos puede tomarse aquí. Por la resurrección de Jesucristo de entre los muertos: porque Cristo, cabeza nuestra, precedió por la resurrección para introducirnos a nosotros, como miembros, en la misma vida; y porque su resurrección fue causa no solo ejemplar, sino también eficiente de la nuestra. Dícese esperanza «viva»: primero, porque espera la vida eterna (san Jerónimo lee «para esperanza de vida», y otros «de vida eterna»); segundo, porque no es falaz ni dudosa como la de los mundanos, sino veraz y cierta; tercero, porque nunca muere hasta llevarnos a lo esperado; cuarto, porque sustenta la vida del fiel, haciéndole vivir alegre en medio de las tribulaciones; quinto, porque es lozana y verdeante; y sexto, porque, como el agua viva que corre y se mueve, excita al hombre a obras vivas y heroicas de virtud. Nuestra esperanza, pues, como también el amor y el júbilo de nuestro corazón, es Cristo.

Para una herencia (v. 4): refiérese a «nos regeneró», esto es, nos hizo hijos suyos para hacernos herederos de su herencia, que es el reino de los cielos y el mismo Dios entero. Incorruptible: por su naturaleza y sustancia, en oposición a la herencia caduca de los judíos, a la de los quiliastas o milenaristas (cuyo autor fue Cerinto, coetáneo y adversario de Pedro), al error de Orígenes y a la herencia terrena; pues la cristiana es inmortal, eterna, que ni por la muerte ni por el tiempo se muda ni se corrompe. E incontaminada: en griego amianton, esto es, impoluta, pura, contra el error de los judíos, quiliastas y de Mahoma y los sarracenos, que esperan un paraíso de deleites carnales; será siempre pura, no solo de toda culpa aun levísima, sino de toda mancha, y aun incontaminable. Inmarcesible: amaranton, que no puede marchitarse (san Jerónimo lee «floreciente»); metáfora de las flores y frutos que, apenas maduran, se marchitan; mas la gloria de los santos será siempre reciente, siempre floreciente, siempre verdeante, y tras cien mil años tan dulce y placentera como el primer día. Conservada en los cielos para vosotros (en griego, «para vosotros»; el siríaco: «que os está preparada»; en griego tetērēmenēn, esto es, «guardada»): así nos la prepara y guarda Dios como a hijos, con tal que conservemos hasta la muerte su filiación, gracia y amistad. Explica san Pedro esta herencia por cuatro predicamentos: por la sustancia, incorruptible; por la cualidad, incontaminada; por el tiempo, inmarcesible; por el lugar, celestial.

Que sois guardados por la virtud de Dios (en griego dynamei, esto es, potencia, robustez) por la fe, para la salvación (v. 5). Como si dijera: ¿A quiénes conserva Dios aquella herencia inmarcesible? A vosotros, a quienes como padre no solo engendró como a hijos, sino que con mano robusta y poderosa guarda contra todos los asaltos de los infieles, del demonio, del mundo y de la carne, y conduce por la fe a la salvación eterna. En griego, por «sois guardados», phrouroumenous, voz que propiamente pertenece a las guardias militares y a la defensa de las fortalezas: tal defensa presta Dios a los suyos, como la prestó a Ezequías y a Jerusalén sitiada por Senaquerib. Guarda Dios a los suyos por sí mismo y por sus ángeles; de donde aprendemos que nadie debe confiar en su propia custodia, sino atribuirla a Dios: «Si el Señor no guardare la ciudad, en vano vela el que la guarda» (Sal. cxxvi, 1). Por la fe: la fe es la custodia de los fieles; y no la fe desnuda y muerta, sino la viva, animada de gracia y de caridad, con que apagan los dardos encendidos del demonio con el escudo de la fe (Ef. vi, 16). Para la salvación: la salvación es la vida y gloria eterna de los bienaventurados, fin, fruto y premio de la fe; la fe y la gracia son salvación incoada, y la gloria salvación consumada, que se revela plenamente en el último tiempo, esto es, en el día del juicio.

En lo cual os alegraréis (v. 6). El pronombre «en lo cual» refieren mejor otros a todo lo precedente: si consideráis que Dios os regeneró para la esperanza viva de la herencia eterna, os alegraréis en esta regeneración aun en medio de las tentaciones, porque estas, siendo breves y modestas, merecen aquella herencia y conducen a ella por recto camino (así Ecumenio). En griego es agalliasthe, dicho como si fuera agan hallesthai, esto es, «saltar mucho»; propio del cristiano es gozarse en toda tribulación, pues, aunque esta aflija el cuerpo y la porción inferior del alma, causa gozo grande en la porción superior, la razón y el espíritu, al pensar que le ha de granjear la corona eterna; y esta esperanza trueca la tristeza en alegría, como Cristo en Caná trocó el agua en vino. Un poco ahora, si es menester, entristeceros: entristeceros por breve tiempo, si fuere necesario, si sobreviniere la aflicción, como suele acontecer en esta vida. Todos los dolores de esta vida son «un poco ahora», cosa exigua en cantidad y duración, como un punto y un momento (II Cor. iv, 17). El «si» enseña que las tribulaciones no siempre ni a todos afligen, y que no se han de buscar, sino tolerarlas con paciencia y fortaleza cuando sobrevienen. En varias tentaciones (peirasmois): son pruebas y experimentos con que Dios explora cuánta virtud y constancia hay en nosotros, y la aviva, aguza y robustece.

Para que la prueba de vuestra fe, mucho más preciosa que el oro (que se prueba por el fuego), sea hallada para alabanza, gloria y honor en la revelación de Jesucristo (v. 7). La voz «para que» declara el «es menester»: da la causa por la cual conviene que seamos afligidos en varias tentaciones, a saber, para que nuestra fe y constancia sea probada, robustecida, celebrada y coronada. En griego, por «prueba», dokimion, esto es, fe probada y explorada; pues se alaba esta, no la prueba misma de la fe, que hace el demonio o el tirano y a muchos arroja a la ruina. Y es más preciosa que el oro purificado por el fuego: como el oro se prueba con más certeza por el fuego en el horno, que separa el oro puro de la escoria, así la fe del cristiano se prueba con el fuego de la tribulación, que separa a los fieles y constantes de los infieles e inconstantes. Y no es fe sola y desnuda, sino formada por la caridad y armada de constancia; y esta caridad fiel es mucho más preciosa que el oro (los griegos añaden apollymenou, «perecedero»): si el oro que perece se prueba por el fuego, mucho más la fe formada por la caridad, que ha de durar para siempre. Lo que es el fuego para el oro, es la tribulación para el justo: el fuego no pierde el oro, sino lo guarda y lo hace puro y esplendente; así la tribulación no pierde al justo, sino lo robustece y lo esclarece, como se ve en Job, en los tres jóvenes del horno de Babilonia, en los Macabeos, y en los santos que al fin del mundo serán afligidos por el Anticristo, «para que sean acrisolados, escogidos y blanqueados» (Dan. xii). Sea hallada para alabanza, gloria y honor en la revelación de Jesucristo, esto es, en el día del juicio: llámase día de revelación porque en él se revelará Cristo, ahora escondido, y se revelarán las obras y méritos de cada uno; entonces Cristo, justo juez, alabará ante todos los ángeles y hombres la fe y virtud de los justos, y les dará premio, honor y gloria, y la corona eterna.

Comentario a la Primera Carta de San Pedro, cap. 1, Cornelio a Lápide · Traducción del editor, del latín (Gran Comentario, dominio público) · fuente: lapide.org (dominio público)

Evangelio (Matt. 16, 13-19)

Sequéntia sancti Evangélii secúndum Matthǽum In illo témpore: Venit Jesus in partes Cæsaréæ Philíppi, et interrogábat discípulos suos, dicens: Quem dicunt hómines esse Fílium hóminis? At illi dixérunt: Alii Joánnem Baptístam, alii autem Elíam, álii vero Jeremíam, aut unum ex prophétis. Dicit illis Jesus: Vos autem quem me esse dícitis? Respóndens Simon Petrus, dixit: Tu es Christus, Fílius Dei vivi. Respóndens autem Jesus, dixit ei: Beátus es, Simon Bar Jona: quia caro et sanguis non revelávit tibi, sed Pater meus, qui in cœlis est. Et ego dico tibi, quia tu es Petrus, et super hanc petram ædificábo Ecclésiam meam, et portæ ínferi non prævalébunt advérsus eam. Et tibi dabo claves regni cœlórum. Et quodcúmque ligáveris super terram, erit ligátum et in cœlis: et quodcúmque sólveris super terram, erit solútum et in cœlis.

Viniendo después Jesús al territorio de Cesarea de Filipo, preguntó a sus discípulos: ¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del hombre? Respondieron ellos: Unos dicen que Juan Bautista, otros Elías, otros, en fin, Jeremías o alguno de los profetas. Y les dijo Jesús : Y vosotros, ¿quién decís que soy yo? Tomando la palabra Simón Pedro, dijo: Tú eres el Cristo , o Mesías, el Hijo del Dios vivo. Y Jesús , respondiendo, le dijo: Bienaventurado eres, Simón, hijo de Joná porque no te ha revelado eso la carne y la sangre u hombre alguno, sino mi Padre que está en los cielos. Y yo te digo que tú eres Pedro, y que sobre esta piedra edificaré mi Iglesia; y las puertas o poder del infierno no prevalecerán contra ella. Y a ti te daré las llaves del reino de los cielos; y todo lo que atares sobre la tierra, será también atado en los cielos; y todo lo que desatares sobre la tierra, será también desatado en los cielos. [Torres Amat]

Comentario de los Padres · Catena Aurea (Cadena de Oro) — Santo Tomás de Aquino

San Mateo 16, 13-19 — glosas de los Padres griegos y latinos, encadenadas por Santo Tomás.

Glosa. El Señor, después de haber separado a sus discípulos de la doctrina de los fariseos, escoge el momento oportuno para echar en ellos los fundamentos profundos de la doctrina del Evangelio. Y para hacerlo con más solemnidad, el evangelista designa el lugar con estas palabras: "Y vino Jesús a las partes de Cesarea de Filipo".

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 54,1. Dice Cesarea de Filipo y no simplemente Cesarea, porque hay otra Cesarea que es la de Straton. No es en esta última, sino en la primera, donde el Señor, alejándolos de los judíos, preguntó a sus discípulos, quienes dijeron sin temor y con toda libertad lo que pensaban.

Rábano. Este Filipo era hermano de Herodes y Tetrarca de Ituria y de Traconítides y dio el nombre de Cesarea a la ciudad que hoy se llama Paneas, en honor de Tiberio César.

Glosa. El Señor, queriendo afirmar en la fe a sus discípulos, comienza por alejar de sus espíritus las opiniones y los errores de otros. Por eso lo que sigue: "Y preguntaba a sus discípulos, diciendo: ¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del hombre?"

Orígenes, homilia 1 in Matthaeum, 15. Pregunta Cristo a los discípulos para que sepamos nosotros por las respuestas de los apóstoles las diversas opiniones que había entonces sobre Cristo entre los judíos y para que investiguemos siempre la opinión que sobre nosotros tienen formada los hombres, a fin de que si hablan mal, evitemos las ocasiones de que puedan hablar así y si bien, las aumentemos. También el ejemplo de los apóstoles enseña a los discípulos de los Obispos la obligación que tienen de informar a sus Obispos de las opiniones que sobre ellos se tenga por fuera.

San Jerónimo. La pregunta del Señor: "¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del hombre?" es admirable. Porque los que hablan del Hijo del hombre, son hombres y los que comprenden su divinidad no se llaman hombres, sino dioses 1.

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 54,1. Mas no dice: ¿qué dicen los escribas y los fariseos de mí?, sino: ¿qué dicen los hombres de mí? Investiga la opinión del pueblo, porque no estaba inclinada hacia el mal. Y aunque su opinión sobre Cristo era inferior a la realidad, estaba, sin embargo, pura de toda malicia. No así la opinión de los fariseos, que era sumamente maliciosa.

San Hilario, in Matthaeum, 16. Al decir el Señor: "¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del hombre?" dio a entender que debían tenerle por otra cosa distinta de lo que veían en El. El era, efectivamente, Hijo del hombre: ¿qué deseaba, pues, que opinaran sobre El? No queremos opinar sobre lo que El mismo confesó de sí, sino de lo que está oculto en El, que es el objeto de la pregunta y la materia de nuestra fe. Nuestra confesión debe estar basada en la creencia de que Cristo no solamente es Hijo de Dios, sino también Hijo del hombre y en que sin las dos cosas no podemos abrigar esperanza alguna de salvación. Por eso dijo Cristo de una manera significativa: "¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del hombre?"

San Jerónimo. No dijo: ¿Quién dicen los hombres que soy yo? sino: ¿Quién dicen que es el Hijo del hombre? Preguntó así a fin de que no creyesen que hacía esta pregunta por vanidad. Es de observar que siempre que en el Antiguo Testamento se dice el Hijo del Hombre, en el hebreo se dice el hijo de Adán.

Orígenes, homilia 1 in Matthaeum, 15. Los discípulos refieren al Señor las diferentes opiniones que sobre El tenían los judíos. Por eso dice: "Y ellos respondieron: Los unos que Juan el Bautista", es decir, los que pensaban como Herodes; "los otros que Elías", esto es, los que creían o bien que era el mismo Elías que había vuelto a nacer, o bien el mismo Elías que aun vivía y se manifestaba en El; "y los otros que Jeremías", a quien el Señor había constituido profeta de las naciones, no entendiendo que era figura de Cristo; "o uno de los profetas", por una razón semejante, a causa de las cosas que Dios dijo a los profetas, pero que no tuvieron su cumplimiento en ellos, sino en Cristo.

San Jerónimo. Pudo equivocarse el pueblo sobre Elías y sobre Jeremías, como se equivocó Herodes sobre Juan, de aquí mi admiración al ver a los intérpretes indagando las causas de cada uno de los errores.

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 54,1. Después de haber referido los discípulos las opiniones del pueblo, el Señor vuelve a preguntarles por segunda vez, a fin de que formen una opinión más elevada sobre El. Por eso sigue: "Y Jesús les dice: Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?" Vosotros, repito, que estáis siempre conmigo y que habéis presenciado milagros más grandes que los que ha visto el pueblo, bajo ningún concepto debéis tener sobre mí la misma opinión que éste. En estas palabras vemos la razón que tuvo el Señor para no haberles hecho esa pregunta al principio de su predicación y sí después de haber hecho tantos milagros y de haberles hablado de su divinidad.

San Jerónimo. Observad por el contexto de las palabras, cómo los apóstoles no son llamados hombres, sino dioses. Porque al preguntarles el Señor: "¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del hombre?", añade: "Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?" Que equivale a decir: aquellos que son hombres, tienen una opinión mundana, pero vosotros que sois dioses 2, ¿quién decís que soy yo?

Rábano. Mas no indaga el Señor -como por ignorancia- la opinión de los discípulos y de los extraños, sino que pregunta a los discípulos qué pensaban de El para premiar dignamente su confesión de la fe verdadera. Pregunta la opinión de los extraños para que quede demostrado para los discípulos por la exposición de los errores que la verdad de su confesión no depende de la opinión de los demás, sino de haber percibido el misterio mismo de la revelación del Señor.

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 54,1. Cuando pregunta el Señor sobre la opinión del pueblo, contestan todos los apóstoles y cuando pregunta a los apóstoles, sólo contesta Pedro, boca y cabeza de todos ellos. Por eso sigue: "Respondió Simón Pedro y dijo: Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo".

Orígenes, homilia 1 in Matthaeum, 15. Pedro negó algunas de las cosas que los judíos juzgaban acerca de cómo debía ser el Cristo, pero confesó: "Tú eres el Cristo", cosa que ignoraban los judíos. Y lo que es aun más: "El Hijo de Dios vivo", que dijo por los profetas: "Yo vivo, dice el Señor" ( Is 49,18; Ez 5,11) y se llamaba vivo, pero de una manera sobresaliente, elevándose por encima de todos los seres que tienen vida, porque sólo El tiene la inmortalidad y es la fuente de la vida, lo que propiamente se dice de Dios Padre. Es la vida que procede de la Fuente que dijo: "Yo soy la vida" ( Jn 14,6).

San Jerónimo. Le llama también Dios vivo para distinguirle de aquellos dioses que llevan el nombre de dioses, pero que están muertos como Saturno, Júpiter, Venus, Hércules y las demás ficciones de los idólatras.

San Hilario, in Matthaeum, 16. La fe verdadera e inviolable consiste en creer que el Hijo de Dios fue engendrado por Dios y que tiene la eternidad del Padre. Y la confesión perfecta consiste en decir que este Hijo tomó cuerpo y fue hecho hombre. Comprendió pues en sí todo lo que expresa su naturaleza y su nombre, en lo que está la perfección de las virtudes.

Rábano. Por un admirable contraste, el Señor confiesa la humildad de la humanidad de que se halla revestido y el apóstol declara la excelencia de su divina eternidad.

San Hilario, in Matthaeum, 16. La confesión de Pedro mereció una gran recompensa, porque supo ver en aquel hombre al Hijo de Dios. Por eso sigue: "Y respondiendo Jesús, le dijo: Bienaventurado eres, Simón, hijo de Juan. Porque no te lo reveló la carne ni la sangre".

San Jerónimo. Devolvió el Señor la palabra al apóstol por el testimonio que dio de El: dijo Pedro: "Tú eres el Cristo, Hijo de Dios vivo" y el Señor le dijo: "Bienaventurado eres, Simón, hijo de Juan". ¿Por qué? "porque no te lo reveló la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos". Reveló el Espíritu Santo lo que no pudo revelar ni la carne ni la sangre. Luego mereció Pedro por su confesión ser llamado hijo del Espíritu Santo, que le hizo esta revelación, puesto que Bar Iona en nuestro idioma significa hijo de la paloma. Opinan algunos que Simón era hijo de Juan según aquel pasaje ( Jn 21,15) "Simón, hijo de Juan, me amas" y que los copistas suprimieron una sílaba y escribieron Bar Iona en lugar de Bar Ioanna, esto es, hijo de Juan. Ioanna quiere decir gracia de Dios y ambos nombres pueden tomarse en sentido místico, tomando la palabra paloma por Espíritu Santo y la gracia de Dios por un don espiritual.

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 54,2. Sería cosa inútil el decir: Tú eres hijo de Juan o de Joanna, si no fuese para manifestar que Cristo es tan naturalmente Hijo de Dios, como lo es Pedro de Juan, es decir, que es de la misma substancia de aquel que le engendró.

San Jerónimo. Las palabras "porque no te lo reveló carne ni sangre" tienen su semejanza con aquellas otras del apóstol ( Gál 1,16): "Yo no he tenido descanso ni en la carne, ni en la sangre". En el primer pasaje las palabras carne y sangre significan los judíos y en este último, aunque en otros términos, dice San Pablo, que Cristo Hijo de Dios, fue revelado, no por la doctrina de los fariseos, sino por la gracia de Dios.

San Hilario, in Matthaeum, 16. O de otra manera, bienaventurado Pedro porque fue bendecido con la gracia de poder ver y comprender más allá de lo ojos humanos, no quedándose en lo que es de carne y sangre, sino contemplando al Hijo de Dios gracias a la revelación del Padre Celestial. Pedro fue juzgado digno de conocer el primero la divinidad de Cristo.

Orígenes, homilia 1 in Matthaeum, 16. Debemos preguntar en este lugar, si los apóstoles conocían antes de ser enviados que Jesús era el Cristo. El pasaje de arriba da a entender que ésta es la primera vez en que Pedro ha confesado a Cristo Hijo de Dios vivo y debéis tener presente, si os es posible, que es menos creer que Jesús es el Cristo, que el de reconocerle como tal. De ahí es que podéis decir desde luego, que cuando los apóstoles fueron enviados a predicar, creían que Jesús era el Cristo y después, cuando ya estaban más adelantados, le reconocieron. O también podéis contestar que los apóstoles al principio tenían un conocimiento como en embrión de Cristo y conocían muy pocas cosas de El, pero después adelantaron de tal manera en el conocimiento de Cristo, que ya se encontraron en disposición de comprender la revelación del Padre sobre Cristo. Así vemos cómo la comprendió Pedro, que fue llamado bienaventurado no sólo por las palabras: "Tú eres el Cristo", sino principalmente por las que añadió: "El Hijo de Dios vivo".

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 54,1-2. Ciertamente si Pedro no hubiese confesado que Cristo fue engendrado realmente por el Padre, esta revelación no hubiese sido necesaria ni hubiese sido llamado bienaventurado por haber juzgado que Cristo era un hijo predilecto de tantos hijos adoptivos de Dios. Porque antes que Pedro, los que iban en el barco con Cristo, le dijeron: "Verdaderamente tú eres Hijo de Dios" ( Mt 14,33). También Nathanael había ya dicho: "Maestro, tú eres Hijo de Dios" ( Jn 1,43), y sin embargo, no se llamaron bienaventurados, porque no confesaron la misma filiación que Pedro. Lo juzgaban como uno de tantos hijos, pero no verdaderamente como Hijo. Y aunque lo tenían como el principal de todos, no lo miraban, sin embargo, como de la misma substancia que el Padre. Ved, pues, cómo el Padre revela al Hijo y el Hijo al Padre y cómo no podemos conocer al Hijo sino por el Padre, ni al Padre más que por el Hijo, de donde resulta, que el Hijo es consustancial al Padre y debe ser adorado con el Padre. Partiendo de esta confesión, el Señor demuestra que muchos creerán lo mismo que ha confesado Pedro. De donde añade: "Y yo te digo que tú eres Pedro y sobre esta Piedra edificaré mi Iglesia".

San Jerónimo. Que equivale a decir: puesto que tú has dicho: Tú eres Cristo, el Hijo de Dios vivo, yo también te digo a ti -no con vanas palabras y que no han de ser cumplidas, sino que te lo digo a ti (y en mí el decir es obrar)- que tú eres Pedro. Antes el Señor llamó a sus apóstoles luz del mundo y otros diversos nombres y ahora a Simón, que creía en la piedra Cristo, le da el nombre de Pedro.

San Agustín, de consensu evangelistarum, 2,53. No se crea, sin embargo, que es en este pasaje donde recibió Pedro su nombre, lo recibió en el pasaje que tiene San Juan ( Jn 1,42): "Tú serás llamado Cefas, que quiere decir Pedro".

San Jerónimo. Y siguiendo la metáfora de la piedra, le dice con oportunidad: Sobre ti edificaré mi Iglesia, que es lo que sigue: "Y sobre esta piedra, edificaré mi Iglesia".

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 54,2. Es decir, sobre esta fe y sobre esta confesión edificaré mi Iglesia. Palabras que dan a entender, que muchos creerán en lo mismo que ha confesado Pedro. El Señor bendice las palabras de Pedro y le hace pastor.

San Agustín, retractationes, 1,21. Dije en cierto lugar hablando del apóstol San Pedro, que en él, como en una piedra, fue edificada la Iglesia. Pero no ignoro que después he expuesto en muchas ocasiones las palabras del Señor: "Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia" en el sentido de que la Iglesia está edificada sobre aquel a quien confesó Pedro diciendo: "Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo". Pues Pedro, llamado por esta piedra, representa la persona de la Iglesia que está edificada sobre esta piedra. El Señor no le dijo: Tú eres la piedra, sino tú eres Pedro y la piedra era Cristo ( 1Cor 10,4), a quien confesó Simón, así como a éste le confiesa toda la Iglesia y por esta confesión ha sido llamado Pedro. De estas dos opiniones puede elegir el lector la que le parezca más probable.

San Hilario, in Matthaeum, 16. En este nuevo nombre se encuentra un fundamento admirable de la solidez de la Iglesia, digna de ser edificada sobre esta piedra, que hará desaparecer las leyes del infierno, las puertas del Tártaro y todos los cerrojos de la muerte. Por eso añade para manifestar la solidez de la Iglesia fundada sobre esta piedra: "Y las puertas del infierno no prevalecerán en contra de ella".

Glosa. Esto es, no la separarán de mi caridad y de mi fe.

San Jerónimo. Yo tengo por puertas del infierno a los pecados y a los vicios o también a las doctrinas heréticas, que seducen a los hombres y los llevan al abismo.

Orígenes, homilia 1 in Matthaeum, 16. Son puertas del infierno todos los vicios espirituales en el orden sobrenatural y que son opuestos a las puertas de la justicia.

Rábano. También son puertas del infierno los tormentos y seducciones de los perseguidores y las obras malas y las palabras necias de los incrédulos, porque sólo sirven para enseñar el camino de la perdición.

Orígenes, homilia 1 in Matthaeum, 16. Mas no expresa el Señor si prevalecerá la piedra sobre que está edificada la Iglesia, o si será la Iglesia edificada sobre la piedra; sin embargo, es indudable que ni contra la piedra, ni contra la Iglesia prevalecen las puertas del infierno.

Cirilo, thesaurus de sancta et consubstantiali Trinitate. Según la promesa de Cristo, la Iglesia apostólica de Pedro permanece pura de toda seducción y a cubierto de todo ataque herético, por encima de todos los gobernadores, obispos y sobre todo los primados de las iglesias, en sus pontífices, en su completísima fe y en la autoridad de Pedro. Y cuando algunas iglesias han sido tildadas por los errores de alguno de sus individuos, sólo ella reina sostenida de un modo inquebrantable, impone silencio y cierra la boca a los herejes. Y nosotros, a no ser que estemos engañados por una falsa presunción de nuestra salvación, o tomados del vino de la soberbia, confesamos y predicamos juntamente con ella la verdad y la santa tradición apostólica en su verdadera forma.

San Jerónimo. No se crea que por estas palabras promete el Señor a los apóstoles librarlos de la muerte. Abrid los ojos y veréis, por el contrario, cuánto brillaron los apóstoles en su martirio.

Orígenes, homilia 1 in Matthaeum, 16. También a nosotros -por una revelación del Padre que está en los cielos ( Ef 3), revelación que tendrá lugar si nuestra conversión está en los cielos- se nos dirá: "Tu eres Pedro, etc.", si confesáremos que Jesucristo es el Hijo de Dios vivo. Porque todo el que imita a Cristo es piedra y aquel, contra el que prevalecieren las puertas del infierno, ni es la piedra sobre que edificó Cristo su Iglesia, ni es la Iglesia, ni es la parte de la Iglesia que el Señor edifica sobre la piedra.

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 54,2. El Señor da otro nuevo honor a Pedro cuando le añade: "Y te daré a ti las llaves del Reino de los Cielos", que vale tanto como decir: Así como el Padre te concedió el que me conocieras, así también te doy yo alguna cosa, esto es, las llaves del Reino de los Cielos.

Rábano. Con razón se dio las llaves del Reino de los Cielos a aquel, que confesó con más devoción que los demás, al Rey de los cielos. De esta manera se hizo saber a todos, que sin esta fe y sin esta confesión, no entraría nadie en el Reino de los Cielos. Se entiende por llaves el poder y el derecho de discernir. El poder para que ate y desate y el derecho de discernir, para que distinga a los dignos de aquellos que no lo son.

Glosa. De donde sigue: "Y cuanto atares, etc.", esto es, todo el que juzgares indigno de perdón mientras vive, indigno será juzgado delante de Dios. Y todo lo que desatares, esto es, a quien juzgares digno de ser perdonado mientras vive, alcanzará consiguientemente de Dios el perdón de sus pecados.

Orígenes, homilia 1 in Matthaeum, 16. Ved cuán grande es el poder de esta piedra sobre la cual está edificada la Iglesia. Permanecen inquebrantables sus juicios, como si fuera el mismo Dios el que los diera por ella.

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 54,2. Ved también cómo Cristo conduce a Pedro hasta las ideas más elevadas sobre su persona. Porque le promete dar lo que a sólo Dios compete, es decir, el perdonar los pecados y hacer inmutable a la Iglesia en medio de tantas tempestades, de persecuciones y de tentaciones.

Rábano. Aunque parece que sólo a Pedro fue dado este poder de atar y desatar, sin embargo, también es concedido a los demás apóstoles y ahora en los Obispos y en los presbíteros a toda la Iglesia. Y si Pedro recibió con especialidad las llaves del Reino de los Cielos y el principado de la potestad judiciaria, fue para que todos los fieles del mundo comprendan, que todos los que se separan, bajo cualquier concepto, de la unidad de fe o dejan de estar unidos a él, no pueden ser desatados de las cadenas de los pecados, ni entrar por las puertas del Reino de los Cielos.

Glosa. De una manera especial concedió a Pedro el poder para invitarnos a la unidad, y le hizo cabeza de los apóstoles, para que la Iglesia tuviese un solo vicario principal, al que todos los miembros de la Iglesia debían acudir en caso de disidencia. Y si en la Iglesia hubiese muchas cabezas, ya no habría unidad. Añaden algunos que las palabras "sobre la tierra" el Señor las dijo para indicar que el poder de atar y desatar se refería a los vivos y no a los muertos y el que atare o desatare a los muertos, no ejercía ese poder sobre la tierra.

Ex sententiis Constantin. Concilii, syn. 5. ¿Y cómo algunos se atreven a decir que este poder ha sido dado sólo con respecto a los vivos? ¿Por ventura ignoran que el juicio de anatema no es más que una separación? Es preciso separarse de todos aquellos, ya sean vivos o no, que son esclavos de faltas pésimas y alejarse siempre del que es perjudicial. El mismo San Agustín, de piadosa memoria y que tantísimo brilló entre los obispos africanos, ha escrito en diversas cartas, que es útil anatematizar a los herejes aun después de muertos. La misma tradición eclesiástica observaron otros obispos africanos y la Santa Iglesia Romana anatematizó a algunos obispos después de muertos, aun cuando no fueron acusados en vida.

San Jerónimo. Algunos obispos y presbíteros, que no entienden este pasaje, participan en alguna medida del orgullo de los fariseos, llegando al punto de condenar a algunos que son inocentes y de absolver a otros que son culpables, como si el Señor tuviera en cuenta solamente la sentencia de los sacerdotes y no la conducta de los culpables. Leemos en el Levítico (caps. 13 y 14) que a los leprosos estaba mandado presentarse a los sacerdotes para que si efectivamente tenían lepra, los sacerdotes los declararan impuros y esto se mandaba, no porque los sacerdotes causasen la lepra o la inmundicia, sino porque podían distinguir ellos entre el leproso y el que no lo es, entre el que está puro y el que no lo está. Así, pues, como allí el sacerdote declara impuro al leproso, así también aquí en la Iglesia, el Obispo o presbítero ata o desata, no a los que están inocentes o sin culpa, sino a aquellos de quienes por su ministerio ha tenido necesidad de oír variedad de pecados y distinguir cuáles son dignos de ser atados y cuáles de ser desatados.

Orígenes, homilia 1 in Matthaeum, 16. Sea, pues, irreprensible el que ata o desata a otro, a fin de que sea también digno de atar y desatar en el cielo. Las llaves del Reino de los Cielos sólo se dan como recompensa a aquel que por su virtud puede cerrar las puertas del infierno. Y todo el que comenzare a practicar toda clase de virtudes, se abre a sí mismo la puerta del Reino de los Cielos, esto es, se la abre el Señor con su gracia, de suerte que la misma virtud es a un mismo tiempo puerta y llave de la puerta. Pueda ser que cada virtud sea el Reino de los Cielos.

Catena Aurea (Cadena de Oro), Santo Tomás de Aquino · Traducción española del siglo XIX, dominio público · fuente: hjg.com.ar/catena