miércoles, 10 de febrero de 2027
Miércoles de Ceniza
Las lecturas de la Misa de hoy, con el comentario de la tradición.
Epístola (Joel. 2, 12-19)
Léctio Joélis Prophétæ Hæc dicit Dóminus: Convertímini ad me in toto corde vestro, in jejúnio, et in fletu, et in planctu. Et scíndite corda vestra, et non vestiménta vestra, et convertímini ad Dóminum, Deum vestrum: quia benígnus et miséricors est, pátiens, et multæ misericórdiæ, et præstábilis super malítia. Quis scit, si convertátur, et ignóscat, et relínquat post se benedictiónem, sacrifícium et libámen Dómino, Deo vestro? Cánite tuba in Sion, sanctificáte jejúnium, vocáte coetum, congregáte pópulum, sanctificáte ecclésiam, coadunáte senes, congregáte parvulos et sugéntes úbera: egrediátur sponsus de cubíli suo, et sponsa de thálamo suo. Inter vestíbulum et altare plorábunt sacerdótes minístri Dómini, et dicent: Parce, Dómine, parce pópulo tuo: et ne des hereditátem tuam in oppróbrium, ut dominéntur eis natiónes. Quare dicunt in pópulis: Ubi est Deus eórum? Zelátus est Dóminus terram suam, et pepércit pópulo suo. Et respóndit Dóminus, et dixit populo suo: Ecce, ego mittam vobis fruméntum et vinum et óleum, et replebímini eis: et non dabo vos ultra oppróbrium in géntibus: dicit Dóminus omnípotens.
Lectura del Profeta Joel Esto dice el Señor: Convertíos a mí de todo vuestro corazón, con ayuno, y con llanto, y con lamento. Y rasgad vuestros corazones, y no vuestros vestidos, y convertíos al Señor, Dios vuestro: porque es benigno y misericordioso, paciente, y de mucha misericordia, y que se aplaca ante la maldad. ¿Quién sabe si se volverá, y perdonará, y dejará tras de sí bendición, sacrificio y libación para el Señor, Dios vuestro? Tocad la trompeta en Sión, santificad el ayuno, convocad la asamblea, congregad al pueblo, santificad la iglesia, reunid a los ancianos, congregad a los niños y a los que maman de los pechos: salga el esposo de su lecho, y la esposa de su tálamo. Entre el vestíbulo y el altar llorarán los sacerdotes, ministros del Señor, y dirán: Perdona, Señor, perdona a tu pueblo: y no entregues tu heredad al oprobio, para que la dominen las naciones. ¿Por qué han de decir entre los pueblos: Dónde está su Dios? Se llenó de celo el Señor por su tierra, y perdonó a su pueblo. Y respondió el Señor, y dijo a su pueblo: He aquí que yo os enviaré trigo y vino y aceite, y os saciaréis de ellos: y no os entregaré más al oprobio entre las gentes: dice el Señor omnipotente.
Comentario patrístico · Comentario a Joel, cap. 2 — Cornelio a Lápide
12. Convertíos a mí (los que estabais apartados de mí y vueltos a vuestras varias y seductoras concupiscencias): convertíos, digo, con todo el corazón, con toda la mente, con toda el alma, con todo el espíritu, con todo el afecto. Porque yo soy el creador y señor del corazón y de la mente, y por eso quiero que todo él me sea dado, más aún, restituido, y no consiento que se me sustraiga de él parte alguna que se dé a los ídolos, al vientre o a la lascivia. Advierte con san Gregorio (Moral., lib. VII, cap. XII) que los pecadores muchas veces hacen buenos propósitos, pero, sobreviniendo la tentación, al punto recaen en sus vicios, porque no mudan el corazón ni se convierten seria y enteramente a Dios; la verdadera conversión se hace por un propósito sólido, serio y eficaz de la voluntad de mudar de vida, si con frecuencia se renueva y se lleva a obra. Y como dice Hugo de San Víctor, «el apartamiento de Dios se hace de tres modos: por la vanidad del mundo, por la voluptuosidad de sí mismo, por la curiosidad del prójimo; mas la conversión se hace por la confesión de la boca, la compunción de la mente y la mortificación de la carne». Manifestad, pues, esta conversión interior del corazón «en el ayuno», con que castiguéis los pecados de la carne y de la gula, «y en el llanto y en el gemido», con que no solo con lágrimas derramadas, sino también con gemidos, suspiros y golpes de pecho lloréis y plangáis vuestros antiguos crímenes.
13. Y rasgad vuestros corazones. — Solían los judíos, ante una blasfemia o semejante atroz crimen, así como en el luto grave, rasgar sus vestiduras desde la cabeza hasta el pecho (dice Arias), para mostrar con este rasgado el interior dolor y desagrado del alma; pero en muchos este rasgado era mera ceremonia, que quedaba solo en la vestidura y no procedía del corazón. Manda, pues, Dios aquí que se rasgue el corazón antes que la vestidura. Porque es benigno. — Con cinco epítetos declara la inmensa piedad y clemencia de Dios para con los pecadores penitentes. El primero, que es «benigno» (hebr. channun, esto es, misericordioso, gracioso); el segundo, que es «misericordioso» (hebr. rachum, que se compadece desde lo íntimo de las entrañas); el tercero, que es «paciente» (hebr. erech appaim, esto es, de anchas narices, es decir, longánimo, tardo para la venganza y fácil para el perdón; pues quienes tienen anchas narices tardan en airarse y pronto se aplacan, porque exhalan por ellas los humos de la ira; al contrario, ketsar appaim, de estrechas narices, significa fácil para la ira y tardo para el perdón); el cuarto, «de mucha misericordia», esto es, abundante en piedad y bondad; el quinto, «placable» (praestabilis) «sobre la malicia», es decir, sobre la aflicción y castigo con que amenazó a los pecadores, de suerte que, arrepintiéndose el hombre, se arrepiente también Dios, y no les inflige lo decretado en sus amenazas, sino que lo revoca y abole. Así el hebreo, el caldeo, san Jerónimo y otros; pues en hebreo es nicham, esto es, arrepintiéndose de la malicia, como traducen los Setenta y Vatablo. Y como dice Hugo de San Víctor: «Dios es benigno, porque torna la ira de los enemigos en mansedumbre; misericordioso, porque la crueldad en piedad; paciente, porque el desprecio en compunción; de mucha misericordia, porque el odio en amor; placable sobre la malicia, porque eleva el abismo de la desesperación a la gracia de la contemplación».
Nota aquí la latinidad y aun la elegancia de nuestro Intérprete; pues «praestabilis super malitia» significa al pie de la letra el que sobresale y se alza por encima de la malicia, esto es, de la ira y la venganza, y no se deja vencer ni gobernar por ella, sino que él mismo la vence y gobierna como señor. Así Ribera. Porque la ira es como fiero tigre y como indomable leona: ¿qué hombre furioso de ira y cólera la doma y rige? La ira domina al airado y le arranca las riendas de la razón. Como dijo el Poeta: «La ira es una breve locura»; y Cicerón (Tuscul. IV): «¿Hay algo más semejante a la locura que la ira?». Pero Dios es tan poderoso, tan santo, tan manso, que manda a su arbitrio sobre su ira y su venganza; tan eminente es su bondad, que toda la malicia de la culpa y de la pena decretada a los pecadores, y toda sentencia de castigo pronunciada contra ellos, la revoca y borra en seguida, si se arrepienten. De aquí que el hebreo nicham pueda verterse «consolable sobre la malicia», como si dijera: Dios puede consolar, doblegar y endulzar la malicia, esto es, su ira y venganza, por fiera y amarga que sea, y aun tornar la misma ira en consuelo y suma benevolencia. (Sobre esta imitación de los divinos atributos escribió santo Tomás el opúsculo De divinis moribus, donde enseña cómo debemos emular sus quince atributos y hacernos así divinos.)
14. ¿Quién sabe si se convertirá? — Así lo vierten también los Setenta, Vatablo y otros comúnmente; pues aunque el si no esté en el hebreo, se sobreentiende según el modo de hablar hebreo. La voz «si» significa la duda del Profeta acerca del perdón que ha de alcanzarse de Dios para los judíos aun penitentes; pues, aunque sabía ciertamente que Dios remite siempre a los penitentes la ofensa, esto es, la culpa y la pena eterna, sabía igualmente que Dios no siempre remite a los penitentes la pena temporal, cual era aquí la destrucción de Judea por los caldeos, decretada y amenazada por él. Dudando, pues, de aquella, dice el Profeta: «¿Quién sabe si se convertirá y perdonará?», como diciendo: Espero que perdone, mas no me atrevo a afirmarlo y prometerlo. De modo semejante Dios remitió a David penitente la culpa del homicidio y del adulterio, mas no la pena, pues le castigó con la muerte del hijo y con la privación del reino en la persecución de Absalón (II Reg. XII, 10). Así san Jerónimo, Teodoreto, Rufino, Ruperto y otros. Y perdone. — Hebr. venicham, esto es, y se arrepienta, es decir, revoque la sentencia de no devastar a Judea por los caldeos, como había decretado. Y deje tras de sí bendición. — Es prosopopeya: habla de Dios como de un hombre ofendido que, aplacado por la penitencia del amigo que le ofendió, depone la ira y vuelve a él benigno, y aun con dones que al partir le deja como prendas de la amistad restaurada; como si dijera: De semejante modo Dios os dejará, oh judíos, bendición, esto es, abundancia de frutos y de todos los bienes, de la cual podáis ofrecerle en acción de gracias «sacrificio y libación» frecuente y largamente.
15. Tocad la trompeta en Sión. — Para que con el sonido de la trompeta convoquéis a todos a pública súplica y letanía, a fin de apartar tan gran calamidad. Pues los judíos, para convocar al pueblo, usaban trompetas por prescripción de Dios (Núm. X, 1), no campanas; que estas son propias de los cristianos, y recibieron el nombre de campanas del lugar donde primero se hicieron las mayores, esto es, de la ciudad de Nola en Campania, por lo que las menores se llaman Nolas. De este lugar se refuta a Lutero y a los que le siguen (los Magdeburgenses), que remiten las procesiones y letanías públicas a las ceremonias del hereje Montano y a los errores de Tertuliano; pues aquí Dios manda por el Profeta que se convoquen, como también en Josué (VI, 4), donde por ellas cayeron los muros de Jericó; las mismas convocaron David (I Par. XIII, 2) y Josafat (II Par. XX, 21), y aun las sancionó Cristo con su ejemplo al entrar en Jerusalén en procesión pública el día de Ramos (Mt. XXI, 8). Así san Gregorio Magno, en peste pública, convocó letanías con que se apartó la ira de Dios y la plaga. Santificad el ayuno, convocad la asamblea. — Místicamente, dice san Bernardo que nuestro ayuno tenga dos alas, la de la oración y la de la justicia: «Convocad la asamblea, esto es, guardad la unidad, amad la paz, amad la fraternidad; aquel soberbio fariseo tuvo ayuno y lo santificó, pero no convocó la asamblea, diciendo: No soy como los demás hombres, y por eso, apoyado su ayuno en una sola ala, no llegó al cielo».
16. Santificad la Iglesia. — Como diciendo: Haced, ya amonestando, ya exhortando, ya con el ejemplo de una vida santa, que todo el pueblo de la Iglesia se muestre santo ante su Dios, y así aplaque su ofensa y se lo reconcilie. Así san Jerónimo. Congregad a los ancianos. — Congregad a los hombres de toda edad, orden y sexo, para que todos clamen al cielo y arranquen de Dios la misericordia con la voz común de todos, como con mano armada. Nombra ante los demás a los «ancianos», porque estos, gastada ya la edad, suelen ser más puros de los vicios de la carne y más inclinados a las preces; e igualmente a los «párvulos y niños de pecho», para que estos inocentes con su lastimero vagido hieran los oídos de Dios y los muevan a misericordia. Así de los párvulos degollados por Herodes dice san Agustín: «Movía a compasión el lamento de las madres, y subía al cielo la oblación de los párvulos». Salga el esposo. — Absténganse los esposos y las esposas de los abrazos y del deleite del tálamo, y dense a la penitencia y a las lágrimas, y vayan a la iglesia para que todos a una voz clamen al cielo pidiendo perdón. Enseña aquí el Profeta que en tiempo de calamidad pública, penitencia y súplica, los cónyuges han de abstenerse del uso conyugal, para darse mejor a la oración; lo cual enseña también el Apóstol (I Cor. VII, 5), y así Noé se abstuvo todo el tiempo del diluvio, morando en el arca.
17. Entre el vestíbulo y el altar. — Nota que el templo de los judíos (III Reg. VI) constaba propiamente de dos partes, el Santo y el Santo de los santos, pero tenía delante de sí un vestíbulo o pórtico. Manda, pues, aquí el Profeta a los sacerdotes que, entre el vestíbulo del templo y el altar de los holocaustos, esto es, en su atrio pero muy cerca del vestíbulo y del templo, oren y lloren suplicantes: primero, porque convenía que ellos suplicasen junto al templo en tan gran necesidad del pueblo; segundo, para que el pueblo pudiera verlos y encenderse por su ejemplo a las preces y llantos comunes; tercero, porque los sacerdotes primero sacrificaban, y por las víctimas por el pecado se preparaban el acceso a Dios, para ofrecerle luego sus votos y preces junto al vestíbulo del templo. Por lo cual tropológicamente se significaba que a la oración ha de anteponerse la mortificación: el altar de los holocaustos era símbolo de la mortificación, y el templo, de la oración. Así san Jerónimo, Lira, Ribera, Villalpando y otros.
En este mismo lugar señalado aquí por Joel fue muerto el profeta Zacarías, de quien dice Cristo (Mt. XXIII, 35): «Hasta la sangre de Zacarías, hijo de Baraquías, a quien matasteis entre el templo y el altar», que aquí se dice «entre el vestíbulo y el altar»; pues el vestíbulo estaba unido al templo y era como parte extrema de él, por lo que Cristo lo comprende bajo el nombre de templo. «Llorarán», esto es, postrados y cubiertos de ceniza y saco lloren y digan: «Perdona, Señor»; pues los hebreos toman muchas veces el futuro por el imperativo. Así san Jerónimo. Nota aquí que es propio de los sacerdotes llorar y plañir los pecados del pueblo; por lo cual antiguamente los piadosos sacerdotes usaban el sudario para enjugar las lágrimas en el sacrificio, del cual (según Amalario y Beda) parece haber derivado nuestro manípulo; de ahí que el sacerdote, al revestirse del manípulo, diga: «Merezca yo, Señor, llevar el manípulo del llanto y del dolor, para recibir con gozo la recompensa del trabajo».
No entregues tu heredad (tu pueblo, de quien dijiste: «La porción del Señor es su pueblo, Jacob la cuerda de su heredad», Deut. XXXII, 9) al oprobio, para que las naciones los dominen. — ¿Por qué han de decir (esto es, dirán; los Setenta: no digan) entre los pueblos: Dónde está su Dios? — Como si dijera: Si nos entregas a los caldeos, las gentes se burlarán y blasfemarán de nosotros y de ti, oh Señor, diciendo: El Dios de los hebreos abandonó a sus judíos, porque, débil, no pudo defenderlos contra los caldeos; o, si pudo, no quiso, por despiadado y cruel. Aparta estos oprobios de ti y de tu nombre glorioso.
18. El Señor tuvo celo (tendrá celo, esto es, con amor y celo seguirá) por su tierra (Judea), y perdonó (esto es, perdonará) a su pueblo. — Cuando incline a Ciro a que los despida libres de Babilonia a Judea, después de haberlos castigado con la cautividad de setenta años y de haberlos oído contritos y penitentes. Consuela de costumbre el Profeta a los suyos tras las amenazas y los castigos. Así san Jerónimo y otros comúnmente. De donde el árabe traduce: «Tuvo celo el Señor por la tierra, y perdonó a su pueblo». Tropológicamente, ve aquí el fruto de la contrición y de la penitencia, que mueve y enciende a Dios no solo a la misericordia y al amor, sino también al celo de perdonar y defender a los penitentes. Por lo cual exclama con razón Hugo de San Víctor: «¡Oh penitencia fructuosa y varonil! ¡Oh segunda tabla del naufragio, refugio de los pobres, auxilio de los miserables! Tú sola, callando los demás, subes audazmente al trono de la gracia: reconcilias a David, restituyes a Pedro, iluminas a Pablo, levantas a María del prostíbulo a los cielos y la unes a Cristo, injertas al ladrón clavado en el patíbulo, aún fresco de sangre, en el paraíso».
Y con las mismas antítesis opone a los males de la culpa (cap. I, 10) los bienes de la penitencia que siguen: «Contra la devastación de la tierra opone su fertilidad; contra el hambre, la hartura; contra el oprobio, la seguridad de la gloria; contra la crueldad e incursión de los enemigos, su hedor y ruina; contra la esterilidad de los frutos y la aridez de los árboles, sus renuevos y abundancia; contra el hambre de la palabra y la sed de la doctrina, introduce la fuente de la vida y el doctor de la justicia; contra la tristeza, el gozo; contra la confusión, el consuelo; contra el ultraje, la gloria; contra la muerte, la vida; contra la ceniza, la corona».
19. Respondió el Señor (por mí, Joel, en este lugar): He aquí que yo os enviaré trigo — el que quité por la oruga, la langosta, el pulgón y la roya (cap. I, 4) — [y vino y aceite, y os saciaréis de ellos]. Y no os entregaré más al oprobio. — «Más» (ultra), esto es, por largo tiempo, es decir, en este siglo o mientras dure vuestra memoria; pues este «no más» no significa lo perpetuo, sino un tiempo largo e inmemorial, como en III Reg. X, 10; IV Reg. VI, 23, y en otros lugares.
Comentario a Joel, cap. 2, Cornelio a Lápide · Traducción del editor, del latín (Gran Comentario, dominio público) · fuente: lapide.org (dominio público)
Evangelio (Matt. 6, 16-21)
Sequéntia sancti Evangélii secúndum Matthǽum. In illo témpore: Dixit Jesus discípulis suis: Cum jejunátis, nolíte fíeri, sicut hypócritæ, tristes. Extérminant enim fácies suas, ut appáreant homínibus jejunántes. Amen, dico vobis, quia recepérunt mercédem suam. Tu autem, cum jejúnas, unge caput tuum, et fáciem tuam lava, ne videáris homínibus jejúnans, sed Patri tuo, qui est in abscóndito: et Pater tuus, qui videt in abscóndito, reddet tibi. Nolíte thesaurizáre vobis thesáuros in terra: ubi ærúgo et tínea demolítur: et ubi fures effódiunt et furántur. Thesaurizáte autem vobis thesáuros in coelo: ubi neque ærúgo neque tínea demolítur; et ubi fures non effódiunt nec furántur. Ubi enim est thesáurus tuus, ibi est et cor tuum.
Cuando ayunéis no os pongáis tristes como los hipócritas, que desfiguran sus rostros para mostrar a los hombres que ayunan. En verdad les digo que ya recibieron su galardón. Tú, al contrario, cuando ayunes, perfuma tu cabeza y lava bien tu cara, para que no conozcan los hombres que ayunas, sino únicamente tu Padre que está presente en todo, aun en lo que hay de mas secreto; y tu Padre que ve lo que pasa en secreto te dará por ello la recompensa. No queráis amontonar tesoros para vosotros en la tierra, donde el orín y la polilla los consumen, y donde los ladrones los desentierran y roban. Atesorad más bien para vosotros tesoros en el cielo, donde no hay ni orín ni polillas que los consuman, ni tampoco ladrones que los desentierren y roben. Porque donde está tu tesoro, allí está también tu corazón. [Torres Amat]
Comentario de los Padres · Catena Aurea (Cadena de Oro) — Santo Tomás de Aquino
San Mateo 6, 16-21 — glosas de los Padres griegos y latinos, encadenadas por Santo Tomás.
Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum in Matthaeum, hom. 15. Como la oración es fuerte cuando se hace con un espíritu humilde y con un corazón contrito, y como no puede decirse que el que disfruta de las delicias de esta vida tenga un corazón humilde y un corazón contrito -bien sabido es que la oración sin el ayuno es flaca y enferma- por lo tanto, todos aquéllos que han querido rogar por alguna necesidad, han juntado siempre el ayuno con la oración, porque el ayuno es el apoyo de la oración. Por esto, nuestro Señor después de habernos enseñado a orar nos habla del ayuno, diciendo: "Cuando ayunéis, no os pongáis tristes como los hipócritas". Sabía, pues, el Señor, que la vanagloria ataca a todo lo bueno, y por eso manda cortar la espina de la vanagloria que nace en buena tierra, para que no sofoque el fruto del ayuno. No puede suceder que no sufra el que ayuna; pero mejor es que el ayuno te manifieste a ti, que no tú al ayuno. No puede suceder que el que ayuna esté contento y por lo tanto no dijo: "No queráis aparecer tristes". Los que aparecen pálidos en virtud de algunas imposturas, éstos no están tristes, pero se fingen como tales. Por el contrario, el que está triste en virtud de un ayuno prolongado no aparece triste, sino que en realidad lo está. Y por esto añade: "Exterminan sus rostros para hacer ver a los hombres que ayunan".
San Jerónimo. La palabra exterminan, que en las Escrituras Sagradas ha perdido su vigor por equivocación de los intérpretes, significa mucho más que lo que de común se comprende. Son exterminados aquellos a quienes se destierra, porque son enviados fuera de los términos. En vez de esta palabra exterminan, debemos usar siempre la palabra descomponen. Descompone el hipócrita su rostro, para manifestar tristeza, y cuando está alegre en su alma lleva el luto en su cara.
San Gregorio, Moralia, 8, 30. Porque unas veces se presentan pálidos, su cuerpo como que se cae de debilidad, el pecho se levanta por los suspiros que lo agitan, y nada buscan con tanto trabajo sino el conseguir la humana estimación.
San LeónMagno, in sermone 4 de Epiphania, 5. No son buenos los ayunos que no provienen del convencimiento de la conciencia, sino del arte de engañar.
Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum in Matthaeum, hom. 15. Si el que ayuna aparece triste, es un hipócrita, pero ¿cuánto peor es el que no ayuna, pero que pinta en su rostro, por medio de invenciones de su imaginación, cierta palidez en señal de que ayuna?
San Agustín, de sermone Domini, 2, 12. Debe advertirse especialmente en este capítulo que puede haber jactancia, no sólo en el brillo y en la apariencia de las cosas corporales, sino también en las mismas miserias dignas de lamentarse. Esto es tanto más peligroso en cuanto engaña, porque se hace aparecer con el nombre de servicio de Dios. El que brilla por el cuidado excesivo de su cuerpo, y por el brillo de su vestido y de las demás cosas que le adornan, fácilmente puede comprenderse que es amigo de seguir las pompas y vanidades del mundo, y no engaña a los demás con la apariencia de una santidad engañosa. Pero el que profesando la imitación de Cristo hace que se fijen los ojos de los demás hombres en su extraordinaria tristeza, en los harapos con que se viste a este fin -cuando haga esto por su propia voluntad, y no lo sufra por necesidad-, puede muy bien ser conocido por las demás obras que practique, si esto lo hace por desprecio del lujo superfluo o por algún mal fin.
Remigio. El fruto del ayuno de los hipócritas se manifiesta en las palabras que a continuación dice el Salvador: "Para hacer ver a los hombres que ayunan. En verdad os digo que recibieron su galardón".
Glosa. Enseñó Jesucristo lo que no debía hacerse, y ahora enseña lo que debe hacerse, diciendo: "Mas tú, cuando ayunas, unge tu cabeza, etc.".
San Agustín de sermone Domini, 2, 12. Suele preguntarse el significado de lo que aquí se dice. No es posible creer que Jesucristo mandase que aunque lavemos la cara todos los días, cuando ayunamos debamos untar nuestros cabellos, lo cual todos consideran como muy impropio.
Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum in Matthaeum, hom. 15. Por lo tanto, si manda que no estemos tristes, para que por medio de la tristeza no manifestemos a los hombres que ayunamos, ¿por qué manda ungir la cabeza y lavar la cara? Con todo, la unción de la cabeza y el acto de lavarse la cara, si los que ayunan los observan siempre, concluirán por ser señales de ayuno.
San Jerónimo. Pero aquí se habla de la costumbre que había en Palestina de ungirse la cabeza en los días de fiesta. Así, el Señor mandó que cuando ayunemos, nos manifestemos contentos y alegres.
Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum in Matthaeum, hom. 15. La interpretación sencilla de esto es que no debe entenderse literalmente, así como lo demás que antecede, como si dijese: "Debes estar tan lejos de la ostentación del ayuno, que si es posible (lo cual no es muy oportuno), debes hacer aun lo que, por el contrario, parece ser indicio de lujuria o de comida", y por eso sigue: "Para no parecer a los hombres que ayunas".
San Juan Crisóstomo homiliae in Matthaeum, hom. 20,1. Hablando de la limosna no dijo sencillamente esto, sino que dijo que la limosna no debe hacerse en presencia de los hombres, añadiendo: "Para ser vistos por ellos". Pero en el ayuno y en la oración no añadió esto, porque la limosna es imposible que esté oculta en absoluto, pero la oración y el ayuno sí. No es pequeño fruto el menosprecio de la gloria humana. Es entonces cuando uno está libre del yugo de los hombres. Y obrando no por ellos sino por la virtud, se ama realmente esta última y se obra por ella misma. Así como nosotros estimamos la afrenta cuando la sufrimos, no por nosotros sino por otros a quienes amamos, así no conviene practicar la virtud para que otros lo vean, ni obedecer a Dios por los hombres, sino por el mismo Dios. Y por ello sigue: "Sino solamente a tu Padre que está en lo escondido".
Glosa. Esto es, a tu Padre celestial, que es invisible o que habita en el corazón por medio de la fe. Ayuna para Dios el que se mortifica por su amor, y el que da a otro aquello de lo que se priva a sí mismo.
Glosa. Prosigue el Salvador: "Y tu Padre que ve en lo escondido, etc."
Remigio. Es suficiente para ti que quien conoce tu conciencia sea el mismo que te ha de premiar.
Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum in Matthaeum, hom. 15. Espiritualmente se entiende la conciencia por cara del alma. Así como en presencia de los hombres es agradable una cara limpia, así ante los ojos de Dios es hermosa una conciencia pura. Los hipócritas que ayunan para agradar a los hombres destruyen estas dos caras, queriendo engañar a la vez a Dios y a los hombres. Todo pecado lacera la conciencia. Si habéis limpiado vuestra alma de pecado y habéis lavado vuestra conciencia, ayunáis como debéis hacerlo.
San León Magno, in sermone 6 de Quadragesima, 2. Es preciso realizar el ayuno, no privándose solamente de los alimentos, sino procurando evitar el pecado y los vicios. Dado que no nos mortificamos sino para extinguir en nosotros la concupiscencia. Y el resultado de la mortificación debe ser el abandono de las acciones deshonestas y de las voluntades injustas. Esta manera de entender las exigencias de la fe no excusa a los que están enfermos de practicarlas, pues en un cuerpo lánguido puede encontrarse un alma sana.
Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum in Matthaeum, hom. 15. En sentido espiritual, Cristo es vuestra Cabeza. Dad de beber al sediento y dad de comer al hambriento, y así habréis incensado con perfumes a vuestra cabeza, a saber, a Cristo que dice en el Evangelio: "Lo que habéis hecho con uno de estos pequeños lo habéis hecho conmigo" ( Mt 25,40).
San Gregorio Magno, homiliae in Evangelia, 16,6. Dios aprueba aquel ayuno que hace quien da limosna a los demás. Todo esto de lo cual te privas a ti mismo, lo entregas a otros, para que por lo mismo por lo que tu carne es afligida, se fortifique la carne de tu prójimo pobre.
San Agustín, de sermone Domini, 2, 12. Consideramos a la cabeza como la razón, porque se encuentra en la parte superior del alma y gobierna los demás miembros del cuerpo. Luego el ungir la cabeza es tanto como alegrarse. Alégrese interiormente porque ayuna, el que ayunando se separa de las aspiraciones del mundo para quedar sometido a Dios.
Glosa. He aquí por qué en el Nuevo Testamento no todas las cosas pueden entenderse al pie de la letra. Es ridículo creer que debemos derramar aceite sobre nosotros cuando ayunamos. Lo que debemos hacer es ungirnos con el espíritu del amor de Aquél de cuyos sufrimientos debemos participar, mortificándonos y ungiendo nuestras inteligencias.
Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum in Matthaeum, hom. 15. Propiamente hablando, debe lavarse la cara, pero no la cabeza que debe ser ungida. Todo el tiempo que vivimos en este cuerpo, nuestra conciencia está manchada por los pecados. Pero Jesucristo que es nuestra cabeza, no cometió pecado alguno.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 20,2. Después de que manifestó la malicia de la vanagloria, creyó el Salvador muy oportuno hablar del menosprecio de las riquezas. Ninguna otra cosa hace desear tanto las riquezas como el deseo de la gloria. Por esto los hombres presentan gran número de criados, caballos cubiertos de oro y mesas adornadas con plata. No para reportar de ello alguna utilidad sino para hacer ostentación delante de muchos. Y esto es lo que dice el Señor cuando continúa: "No queráis atesorar para vosotros tesoros en la tierra".
San Agustín, de sermone Domini, 2, 13. Si alguno hace estas cosas con el objeto de conseguir algún beneficio terreno, no podrá decirse que tiene el corazón limpio aquel que se complace con las cosas de la tierra. El que se une a una naturaleza inferior, mancha la suya, aunque aquélla a la que se ha unido no esté manchada en su especie. Y así como el oro se deteriora cuando se mezcla con plata pura, así también nuestra alma se mancha cuando se mezcla con la tierra, por muy buena que sea en su clase 1.
Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum in Matthaeum, hom. 15. Como nuestro Señor nada había enseñado acerca de la limosna, de la oración y del ayuno, sino que sólo había reprobado el su fingimiento, ahora de las tres cosas mencionadas deduce tres consecuencias de enseñanza. La primera de ellas afecta a la limosna de esta manera y en este orden: "No queráis atesorar para vosotros, etc". "Cuando das limosnas, no quieras tocar la trompeta delante de ti"; y después prosigue: "No queráis atesorar para vosotros tesoros en la tierra". Aquí, en primer lugar, da consejo para que se haga limosna; en segundo lugar manifiesta cuál sea la utilidad de la limosna; y en tercero, exhorta a que el temor de la pobreza que pueda sobrevenir, no impida a la voluntad dar limosna.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 20,2. Habiendo dicho: "No queráis atesorar para vosotros tesoros en la tierra", añade: "En donde los consume orín y polilla", para demostrar que los tesoros de la tierra, tanto por el lugar como por las personas los dañan, perjudican, mientras que los del cielo producen gran utilidad. Por esto decía: "¿Por qué temes que se te acabe el dinero si das limosna? Da, pues, limosna y ella te traerá el aumento de las riquezas, porque se añadirán las que están en el cielo, las cuales perderás si no das limosna". Y no dijo: "Las dejarás a otro", porque esto es agradable a los hombres.
Rábano. Pone tres cosas, según las tres clases de riquezas: los metales se destruyen por el orín, los vestidos por la polilla. Pero hay otras cosas a las que no afecta ni el orín ni la polilla, como son las piedras preciosas, y por eso pone su destrucción a los ladrones que pueden robar toda clase de riquezas.
Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum in Matthaeum, hom. 15. En otros textos se encuentra: "Porque los destruyen la comida y la polilla". Todos los bienes del mundo pueden destruirse de tres maneras. O por sí mismos, como cuando se vuelven viejos y se llenan de polilla, según acontece a los vestidos. O por los mismos dueños que se los comen, viviendo con lujuria. O por los extraños, cuando engañan a los propios dueños por medio del fraude, o por la fuerza, o por las calumnias, o por otro modo cualquiera. Es decir, todos los que se llaman ladrones, porque desean hacer que las cosas ajenas les sean propias. Pero dirás: ¿Acaso los que hacen estas cosas también las pierden? Pero que mientras que unos, hablando con propiedad, no las pierden, sí las pierden los otros, a quienes se las arrebatan. En verdad, las riquezas mal conservadas pueden perderse fácilmente, si no de una manera material, de una manera espiritual, porque no aprovechan a su dueño para conseguir su salvación.
Rábano. Hablando de una manera alegórica, el orín significa la soberbia, que oscurece el brillo de las virtudes, y la polilla, que muerde el buen deseo, y por esto descompone lo compacto de la unidad. Ladrones son los herejes y los demonios, que siempre están dispuestos a quitarnos las gracias espirituales.
San Hilario, homiliae in Matthaeum, 5. Por lo demás, la alabanza celestial es eterna y no puede ser robada por el hurto del ladrón, ni mortificada por el orín y la polilla de la envidia. Y por ello prosigue: "Mas atesorad para vosotros tesoros en el cielo, en donde ni lo consume orín ni polilla, y en donde los ladrones no los desentierran ni los roban".
San Agustín de sermone Domini, 2, 13. Yo no considero en este lugar el cielo como una cosa corpórea, porque todo cuerpo es tierra. Debe despreciar todas las cosas del mundo aquél que atesore para sí tesoros en el cielo, del que se ha dicho: "El cielo son los cielos para Dios" ( Sal 113,16), esto es, en el firmamento espiritual. El cielo y la tierra pasarán. No debemos, pues, colocar nuestro tesoro en lo que puede pasar (o constituir nuestro corazón), sino en lo que permanece siempre.
Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum in Matthaeum, hom. 15. ¿Qué es, pues, mejor, el amontonar sobre la tierra, donde no es segura su conservación, o en el cielo, donde es segura su defensa? ¡Qué necedad tan grande es amontonar bienes donde se ha de dejar, y no enviarlos allí a donde se ha de ir! Coloca tus riquezas allí donde tienes tu patria.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 20,3. Como no todo tesoro de la tierra se destruye por el orín y la polilla ni se roba por los ladrones, añade aquello diciendo: "Donde está tu tesoro, allí está tu corazón". Como si dijese: "Aun cuando no suceda lo primero, no sufrirás pequeña pérdida, apegado a las cosas inferiores, hecho su esclavo, caído del cielo e incapaz de pensar en las cosas sublimes".
San Jerónimo. Esto no debe entenderse solamente del dinero, sino de todas las cosas que se poseen en la tierra. Para el goloso, su dios es el vientre; para el lascivo, su tesoro es la impureza; para el amante, la liviandad. Cada uno es esclavo del que le ha vencido. Allí, pues, tiene su corazón donde tiene su tesoro.
Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum in Matthaeum, hom. 15. Ahora trata sobre la utilidad que se percibe cuando se hace limosna. El que coloca su tesoro en la tierra nada tiene que esperar en el cielo. ¿Qué esperará encontrar en el cielo aquel que nada ha enviado? Por lo tanto, peca dos veces: primero, porque atesora cosas malas, segundo, porque tiene su corazón fijo en la tierra. Asimismo, por causas contrarias obra bien doblemente quien atesora tesoros en el cielo.
Catena Aurea (Cadena de Oro), Santo Tomás de Aquino · Traducción española del siglo XIX, dominio público · fuente: hjg.com.ar/catena