sábado, 25 de julio de 2026 Santiago el Mayor, Apóstol

martes, 20 de octubre de 2026

San Juan Cancio, Confesor

Vida del santo de hoy, redactada al estilo del Año Cristiano sobre fuentes tradicionales.

Fué san Juan Cancio, ilustre por su doctrina y más aún por su humildad, gloria de la católica Polonia y uno de sus principales patronos, oráculo de la célebre Academia de Cracovia y modelo perfecto de sacerdotes. Nació en la pequeña villa de Kęty, de la diócesis de Cracovia, hácia los últimos años del siglo XIV; y aunque las historias no se ajustan en el año fijo de su nacimiento, todas convienen en que rindió su preciosa alma al Criador la víspera de la Natividad del Señor del año de mil cuatrocientos setenta y tres, cargado de años y colmado de merecimientos.

No le dió el Cielo cuna ilustre según el mundo, sino aquella nobleza mayor que nace de la virtud. Fueron sus padres Estanislao y Ana, labradores piadosos y de honrada medianía, que tuvieron por primer cuidado criar á su hijo en el santo temor de Dios; y bien presto dió el niño muestras de aquella modestia, de aquella inclinación á la oración y de aquella compasión con los pobres que habían de ser el carácter de toda su vida. ¿Quién no ve ya en aquellas primicias la mano del Señor, que se complace en escoger lo humilde para confundir lo soberbio del siglo?

Enviáronle sus padres á estudiar á la Academia de Cracovia, y allí hizo tan rápidos progresos en las ciencias como en la piedad, que en él caminaban siempre entrambas de la mano. Cursó la filosofía y la sagrada teología, y mereció por su aplicación y su ingenio los grados de bachiller, de maestro y por fin de doctor. Mas no le hincharon estas honras, antes le sirvieron de nuevo motivo de humillarse; porque tenía por máxima que la ciencia sin la caridad no es más que un ruido vano, y que de nada aprovecha saber mucho al que no sabe amar á Dios y servir al prójimo.

Ordenado de sacerdote, fué luego llamado á enseñar la teología en aquella misma Academia, donde su cátedra era escuela no menos de virtud que de letras. Por un tiempo, y según refieren sus historiadores por envidia de algunos émulos, hubo de dejar las aulas y encargarse de la parroquia de Olkusz; carga que al principio le pareció superior á sus fuerzas, pero que desempeñó con tanto celo y mansedumbre que se ganó el corazón de todos sus feligreses. Cuando al cabo de los años le tocó volver á Cracovia, acompañáronle sus ovejas buena parte del camino, deshechas en lágrimas; y él, que no gustaba de la tristeza, las consoló diciéndoles: «La tristeza no agrada á Dios. Si algún bien os he hecho en estos años, cantad más bien un himno de alegría.» Restituído á la Universidad, ocupó la cátedra de Sagrada Escritura, que conservó hasta la muerte.

Fué su caridad con los pobres verdaderamente heroica, y en esto sobre todo quiso el Señor hacerle admirable. Repartía entre los menesterosos su dinero, sus vestidos y aun su propio alimento, de suerte que muchas veces le dejaban á él casi en la miseria; y no parecía sino que los bienes del santo estaban á disposición de cuantos pobres había en la ciudad. Añadía á esto una austeridad rara: dormía poco y en el suelo, comía parcamente, y desde que recibió el doctorado se abstuvo enteramente de carne. Guardaba consigo, para freno de la lengua, aquel dístico que se aplicaba á sí mismo: guardarse de turbar la paz ajena, pues no es cosa fácil restablecerla, y guardarse de difamar, pues el retractarse es grave.

Cuéntase de él un suceso que da bien á conocer con qué largueza pagaba el Señor su caridad. Estando un día á la mesa, vió pasar por delante de su puerta á un mendigo desfallecido de hambre; levantóse al punto y le dió su propia comida, y al volver á entrar en su casa halló de nuevo lleno su plato. En memoria de tan singular prodigio se estableció en la Academia de Cracovia la piadosa costumbre de dar cada día de comer á un pobre: al comenzar la comida decía uno en voz alta «un pobre va á entrar», y respondía otro «Jesucristo va á entrar»; que así enseñaba el santo á ver en el mendigo la persona misma del Salvador. Refiérese también que, saliéndole al camino unos bandoleros que le despojaron de cuanto llevaba, quedaron después tan maravillados de su santidad que le devolvieron lo robado; mas esta última circunstancia, con el diálogo que la piedad popular le ha añadido, consígnase aquí como tradición devota y no como cosa averiguada.

No era menor su paciencia que su caridad, y la sazonaba con una santa alegría que jamás le abandonó. Presentándose una vez á la mesa de un caballero con su túnica raída, negáronle la entrada los criados por lo pobre de su traje; volvió con mejores ropas y fué admitido, y como durante el convite uno de los convidados le vertiese encima un plato, dijo el santo sonriendo: «No importa: también mis vestidos merecían algo de comida, pues á ellos debo el placer de hallarme aquí.» ¡Con qué donaire sabía la virtud vengarse de la vanidad del mundo, y cómo hallaba materia de humildad hasta en el desprecio!

Ardía asímismo en su pecho una tierna devoción á la Sede Apostólica y á los Lugares Santos. Cuatro veces hizo á pie la peregrinación de Roma, á venerar los sepulcros de los príncipes de los Apóstoles, y una fué á Jerusalén con el ardiente deseo de derramar allí su sangre por Jesucristo entre los infieles; pero no quiso el Señor concederle la palma del martirio que anhelaba, y le volvió sano y salvo á su patria, reservándole aquella otra corona, no menos gloriosa, del que se hace mártir cada día de sí mismo. Á cuantos venían á consultarle sobre el modo de combatir los errores contra la fe, solía repetir: «Combatid el error; pero emplead por armas la paciencia, la bondad y el amor; que la violencia haría mal á vuestra alma y daño á la mejor de las causas.»

Llegado por fin el término de su larga y santa carrera, y avisado por Dios de su próximo tránsito, dispúsose á la muerte con la misma serenidad con que había vivido. Afligíanse los que le asistían viendo consumirse aquel cuerpo venerable, y él les dijo con admirable desprendimiento: «No os fatiguéis por la prisión que se derrumba; pensad más bien en el alma que dentro de breves momentos va á salir de ella.» Con estos sentimientos entregó dulcemente su espíritu al Señor la Nochebuena del año de mil cuatrocientos setenta y tres, contando, según la tradición, ochenta y tres años de edad. Sepultáronle bajo la iglesia de Santa Ana, en Cracovia, donde el Cielo honró su tumba con muchedumbre de milagros.

Quiso el Señor glorificar á su siervo con nuevos prodigios después de su muerte, y sobre el fundamento de ellos le colocó la Iglesia en el número de los santos por mano del papa Clemente XIII, el año de mil setecientos sesenta y siete, extendiendo su fiesta á toda la Iglesia latina. Guardáronse por mucho tiempo su cátedra y su manto doctoral, con que la Academia de Cracovia investía á sus nuevos doctores, para que aprendiesen de aquel varón insigne que la verdadera sabiduría es la del santo. Venérase como patrono de estudiantes y maestros y como uno de los protectores de Polonia y de Lituania. Aprendamos de él que ni la ciencia envanece al humilde, ni la pobreza empobrece al que da á los pobres por amor de Jesucristo; pues ¿quién perdió jamás lo que puso en manos del mismo Salvador, que se tiene por dado á sí propio lo que se hace al más pequeño de los suyos?

Vida redactada por el editor al estilo del «Año Cristiano», sobre fuentes tradicionales (Butler, Enciclopedia Católica, hagiografía clásica).