domingo, 27 de septiembre de 2026
XVIII Domingo después de Pentecostés
Las lecturas de la Misa de hoy, con el comentario de la tradición.
Epístola (1 Cor. 1, 4-8)
Léctio Epístolæ beáti Pauli Apóstoli ad Corinthios Fratres: Grátias ago Deo meo semper pro vobis in grátia Dei, quæ data est vobis in Christo Jesu: quod in ómnibus dívites facti estis in illo, in omni verbo et in omni sciéntia: sicut testimónium Christi confirmátum est in vobis: ita ut nihil vobis desit in ulla grátia, exspectántibus revelatiónem Dómini nostri Jesu Christi, qui et confirmábit vos usque in finem sine crímine, in die advéntus Dómini nostri Jesu Christi.
Continuamente estoy dando gracias a Dios por vosotros por la gracia de Dios, que se os ha dado en Jesucristo; porque en él habéis sido enriquecidos con toda suerte de bienes espirituales, con todo lo que pertenece a los dones de la palabra y de la ciencia, habiéndose así verificado en vosotros el testimonio de Cristo ; de manera que nada os falte de gracia alguna, a vosotros que estáis esperando la manifestación de Jesucristo nuestro Señor, el cual os confortará todavía hasta el fin, para que seáis hallados irreprensibles en el día del advenimiento de Jesucristo Señor nuestro. [Torres Amat]
Comentario patrístico · Homilía 2 sobre 1 Corintios — San Juan Crisóstomo
Aquello que exhorta a hacer a los demás, diciendo: «Sean presentadas vuestras peticiones delante de Dios con acción de gracias» (Filipenses 4,6), eso mismo acostumbraba él también a hacer, enseñándonos a comenzar siempre por estas palabras y, antes que todo, a dar gracias a Dios. Pues nada hay tan agradable a Dios como que los hombres sean agradecidos, tanto por sí mismos como por los demás; por lo cual también encabeza casi todas sus epístolas con esto. Mas aquí la ocasión para hacerlo es aún más apremiante que en las otras epístolas. Porque el que da gracias lo hace tanto por hallarse en buen estado como en reconocimiento de un favor; y un favor no es deuda, ni recompensa, ni pago; lo cual, si en todas partes importa decirlo, mucho más en el caso de los corintios, que andaban embobados tras los que dividían la Iglesia.
«A mi Dios.» Por su gran amor se apodera de lo que es común y lo hace propio suyo, como también los profetas suelen decir de cuando en cuando: «Oh Dios, Dios mío» (Salmo 42,4; 62,1); y, a modo de aliento, los incita a usar también ellos ese mismo lenguaje. Pues tales expresiones pertenecen a quien se retira de todas las cosas seculares y avanza hacia Aquel a quien invoca con tanto fervor; ya que solamente puede decir esto con verdad quien, desde las cosas de esta vida, sube continuamente hacia Dios, y siempre le prefiere a todo, y da gracias sin cesar, no [sólo] por la gracia ya recibida, sino que, por cualquier bien que en cualquier tiempo se le haya concedido, por él también le ofrece la misma alabanza. Por lo cual no dice simplemente «doy gracias», sino «en todo tiempo, por vosotros», enseñándoles a ser agradecidos siempre y a ningún otro sino sólo a Dios.
«Por la gracia de Dios.» ¿Veis cómo de todas partes saca motivos para corregirlos? Pues donde hay gracia, no hay obras; donde hay obras, ya no es gracia. Si, pues, es gracia, ¿por qué os ensoberbecéis? ¿De dónde os viene el estar hinchados?
«Que os ha sido dada.» ¿Y por quién fue dada? ¿Por mí, o por otro Apóstol? De ningún modo, sino por Jesucristo. Pues esto significa la expresión «en Jesucristo». Observad cómo en diversos lugares emplea la palabra ἐν, «en», en lugar de δι᾽ οὗ, «por medio de quien»; por tanto, su sentido no es menor.
«Que en todo fuisteis enriquecidos.» Y de nuevo, ¿por quién? Por Él, es la respuesta. Y no meramente fuisteis enriquecidos, sino en todo. Puesto que, en primer lugar, son riquezas; luego, riquezas de Dios; después, en todo; y por último, por medio del Unigénito: ¡considerad el tesoro inefable!
«En toda palabra y en toda ciencia.» Palabra, no como la de los gentiles, sino la de Dios. Pues hay ciencia sin palabra, y hay ciencia con palabra. Porque así hay muchos que poseen ciencia, mas no tienen la facultad de expresarse, como los que carecen de instrucción y son incapaces de manifestar con claridad lo que tienen en su mente. Vosotros, dice, no sois de éstos, sino capaces tanto de entender como de hablar.
«Así como el testimonio de Cristo fue confirmado en vosotros.» Bajo el color de alabanzas y de acción de gracias los hiere agudamente. Pues no por la filosofía de los gentiles, dice, ni por la disciplina de los gentiles, sino por la gracia de Dios, y por las riquezas, y la ciencia, y la palabra dada por Él, fuisteis capaces de aprender las doctrinas de la verdad y de ser confirmados para el testimonio del Señor, esto es, para el Evangelio. Porque gozasteis de muchas señales, muchos prodigios, gracia inefable, para que recibierais el Evangelio. Si, pues, fuisteis afianzados por señales y por gracia, ¿por qué vaciláis? Ahora bien, éstas son palabras de quien a la vez reprende y de antemano se los gana en su favor.
«De suerte que no quedáis rezagados en ningún don.» Aquí surge una gran cuestión. Los que habían sido enriquecidos en toda palabra, de manera que en nada quedaban rezagados en ningún don, ¿son carnales? Pues si tales eran al principio, mucho más ahora. ¿Cómo, entonces, los llama carnales? Porque dice: «No pude hablaros como a espirituales, sino como a carnales» (1 Corintios 3,1). ¿Qué habremos de decir, pues? Que, habiendo creído al principio y obtenido todos los dones (pues en verdad los buscaban con ahínco), se volvieron después remisos. O, si no es así, que ni aquellas cosas ni éstas se dicen a todos, sino las unas a los que eran reos de sus censuras, y las otras a los que estaban adornados con sus alabanzas. Pues, en cuanto al hecho de que todavía tenían dones: «Cada uno», dice, «tiene un salmo, tiene una revelación, tiene una lengua, tiene una interpretación; hágase todo para edificación» (1 Corintios 14,26). Y: «Hablen los profetas, dos o tres» (1 Corintios 14,29). O podemos exponerlo de otro modo un poco diferente: que, como es costumbre nuestra llamar todo a la mayor parte, así también aquí ha hablado. Con todo, pienso que alude a sus propios hechos, pues también él había mostrado señales, como también dice en la segunda Epístola a ellos: «En verdad, las señales de un Apóstol se obraron entre vosotros con toda paciencia» (2 Corintios 12,12); y de nuevo: «¿Pues en qué habéis sido inferiores a las demás iglesias?» (2 Corintios 12,13).
Sea como fuere, aunque las alabanzas no estén muy próximas a la verdad, con todo, están insertas a modo de previsión (οἰκονομικῶς), preparando de antemano el camino a su discurso. Pues quien desde el mismísimo comienzo dice cosas desagradables, excluye sus palabras de ser oídas por los más débiles; ya que, si los oyentes son iguales a él en dignidad, se enojan; y si muy inferiores, se disgustan. Para evitar esto, comienza con lo que parecen alabanzas. Digo «parecen», porque ni siquiera esta alabanza les pertenecía a ellos, sino a la gracia de Dios. Pues el que tuvieran remisión de los pecados y fueran justificados, esto era del Don de lo alto. Por lo cual también insiste en estos puntos, que muestran la benignidad de Dios, a fin de purgar más plenamente su dolencia.
«Aguardando la revelación (ἀποκάλυψιν) de nuestro Señor Jesucristo.» ¿Por qué armáis tanto alboroto, dice, por qué os turbáis de que Cristo no haya venido? Antes bien, ha venido, y el Día está ya a las puertas. Y considerad su sabiduría: cómo, apartándolos de las consideraciones humanas, los aterra con la mención del temible tribunal, dando así a entender que no sólo los comienzos han de ser buenos, sino también el fin. Pues con todos estos dones, y con todo lo demás que es bueno, hemos de tener presente aquel Día; y hace falta mucho trabajo para poder llegar hasta el fin. «Revelación» es su palabra, dando a entender que, aunque no sea visto, sin embargo Él es, y está presente aun ahora, y entonces aparecerá. Por tanto, hace falta paciencia; pues para este fin recibisteis los prodigios: para que permanezcáis firmes.
«El cual os confirmará también hasta el fin, para que seáis irreprensibles.» Aquí parece que los halaga, mas el dicho está libre de toda lisonja; pues sabe también apremiarlos, como cuando dice: «Algunos se han engreído, como si yo no hubiera de ir a vosotros» (1 Corintios 4,18); y de nuevo: «¿Qué queréis? ¿Iré a vosotros con vara, o con amor y espíritu de mansedumbre?» (1 Corintios 4,21); y: «Ya que buscáis una prueba de que Cristo habla en mí» (2 Corintios 13,3). Pero también los acusa encubiertamente; pues el decir «Él os confirmará», y la palabra «irreprensibles», los señala como todavía vacilantes y expuestos a reprensión.
Mas considera cómo siempre los clava, como con clavos, al Nombre de Cristo. Y no de algún hombre ni de un maestro, sino que continuamente el mismo Deseado es recordado por él, poniéndose, por así decir, a despertar a los que estaban con la cabeza pesada tras alguna embriaguez. Pues en ninguna otra epístola aparece el Nombre de Cristo tan de continuo; mas aquí está muchas veces en pocos versículos, y por medio de él entreteje, por así decir, todo el proemio. Míralo desde el principio: «Pablo, llamado a ser Apóstol de Jesucristo»; «a los que han sido santificados en Cristo Jesús»; «que invocan el Nombre de nuestro Señor Jesucristo»; «gracia a vosotros y paz de parte de Dios Padre y del Señor Jesucristo»; «doy gracias a mi Dios por la gracia que os ha sido dada por Jesucristo»; «así como el testimonio de Cristo ha sido confirmado en vosotros»; «aguardando la revelación de nuestro Señor Jesucristo»; «el cual os confirmará irreprensibles en el día de nuestro Señor Jesucristo». ¿Ves la constante repetición del Nombre de Cristo? De donde resulta claro aun para el más desatento que ni por acaso ni sin advertirlo hace esto, sino para que, por la incesante aplicación de aquel glorioso Nombre, fomente su inflamación y purgue la corrupción de la enfermedad.
Homilía 2 sobre 1 Corintios, San Juan Crisóstomo · Traducción del editor, del texto de dominio público (NPNF, Schaff 1889) · fuente: newadvent.org
Evangelio (Matt. 9, 1-8)
Sequéntia sancti Evangélii secúndum Matthǽum In illo témpore: Ascéndens Jesus in navículam, transfretávit et venit in civitátem suam. Et ecce, offerébant ei paralýticum jacéntem in lecto. Et videns Jesus fidem illórum, dixit paralýtico: Confíde, fili, remittúntur tibi peccáta tua. Et ecce, quidam de scribis dixérunt intra se: Hic blasphémat. Et cum vidísset Jesus cogitatiónes eórum, dixit: Ut quid cogitátis mala in córdibus vestris? Quid est facílius dícere: Dimittúntur tibi peccáta tua; an dícere: Surge et ámbula? Ut autem sciátis, quia Fílius hóminis habet potestátem in terra dimitténdi peccáta, tunc ait paralýtico: Surge, tolle lectum tuum, et vade in domum tuam. Et surréxit et ábiit in domum suam. Vidéntes autem turbæ timuérunt, et glorificavérunt Deum, qui dedit potestátem talem homínibus.
Y subiendo en la barca, repasó el lago y vino a la ciudad de su residencia o a Cafarnaúm. Cuando he aquí que le presentaron un paralítico postrado en un lecho. Y al ver Jesús su fe, dijo al tullido: Ten confianza, hijo mío, que perdonados te son tus pecados. A lo que ciertos escribas dijeron luego para consigo: Este blasfema. Mas Jesús , viendo sus pensamientos, dijo: ¿Por qué pensáis mal en vuestros corazones? ¿Qué cosa es más fácil, decir: Se te perdonaron tus pecados, o decir: Levántate y anda? Pues para que sepáis que el Hijo del hombre tiene en la tierra potestad de perdonar pecados, levántate, dijo al mismo tiempo al paralítico, toma tu lecho y vete a tu casa. Y se levantó y se fue a su casa. Lo cual viendo las gentes, quedaron poseídas de un santo temor, y dieron gloria a Dios por haber dado tal potestad a los hombres. [Torres Amat]
Comentario de los Padres · Catena Aurea (Cadena de Oro) — Santo Tomás de Aquino
San Mateo 9, 1-8 — glosas de los Padres griegos y latinos, encadenadas por Santo Tomás.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 29,1. Cristo manifestó su poder a través de la enseñanza. El dejó consignado que tenía poder de muchas maneras. Mediante el leproso, cuando le dijo: "quiero, sé sano". Por medio del Centurión, cuando le dijo a Jesús: "di una sola palabra y mi siervo quedará sano". Por medio del mar, que con sólo una palabra calmó. Por medio de los demonios que lo confesaron. Finalmente, de un modo más grande, cuando obligó a sus enemigos a confesar que Jesús era igual al Padre en dignidad. Y para demostrar más aún su poder, continúa: "Y subiendo Jesús en la navecilla, atravesó el lago y llegó a la ciudad". Podía Jesús atravesar el mar a pie y sin embargo lo atraviesa en una navecilla, a fin de que sus milagros continuos no pusieran en duda la verdad de su Encarnación.
Crisólogo, sermón 50. El Creador de todas las cosas, el Señor de toda la tierra, desde el momento en que por nosotros se encerró en los límites de nuestra propia carne, tomó una patria entre los hombres, se hizo ciudadano de una ciudad de Judea, tuvo padres, a pesar de ser el Padre de todos los padres. Todo con el objeto de atraer por la caridad a todos aquellos que se habían alejado de El por el temor.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 29,1. Llama aquí el evangelista a Cafarnaúm la ciudad propia de Jesús. Porque Belén fue la ciudad de su nacimiento, Nazaret aquella donde se crió y Cafarnaúm su residencia habitual.
San Agustín, de consensu evangelistarum, 2,25. Si la ciudad que San Mateo llama ciudad del Señor y San Marcos dice que es Cafarnaúm San Mateo dijera que era Nazaret, se presentaría una especie de contradicción o dificultad de difícil solución. Pero aun así, no habría tal dificultad, porque así como la extensión del imperio romano, compuesto de regiones muy diversas, está comprendida y se designa con la palabra ciudad romana, la misma Galilea se puede llamar ciudad de Cristo, porque en ella está situada Nazareth. ¿Y quién dudaría que está bien dicho afirmar que Jesús, al venir a Galilea, vino a su ciudad, aun cuando hubiera ido a cualquier ciudad situada en Galilea? Tanto más, cuanto que Cafarnaúm 1 era población principal y como una urbe Galilea.
San Jerónimo. Por las palabras su ciudad debe entenderse la ciudad de Nazaret y de aquí el nombre de Nazareno, que se dio a Jesús.
San Agustín, de consensu evangelistarum, 2,25. Según esta interpretación no podemos menos que admitir que San Mateo omitió todas las cosas que Jesús hizo en su ciudad y sólo da principio a la narración desde que Jesús llegó a Cafarnaúm, por la curación del paralítico. En efecto, con frecuencia suelen omitirse muchos hechos intermedios y tomar como punto de partida de la narración un hecho que está enlazado con otros anteriores, aunque sin marcar su enlace o transición. Un ejemplo de esta manera de escribir lo tenemos en el pasaje del evangelista: "Y le presentaron un paralítico postrado en cama".
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 29,1. El paralítico de que se trata aquí, no es el paralítico de que habla San Juan (cap. 5). Este, en efecto, estaba en la piscina y el primero en Cafarnaúm; el paralítico del que habla San Juan no tenía criados y el paralítico del que aquí hablamos tenía personas que le cuidaban y le condujeron a Jesús.
San Jerónimo. Le condujeron postrado en cama, porque le era imposible andar.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 29,1. No siempre exigió Jesús la fe a los enfermos, por ejemplo, a los locos o a los de otra manera imposibilitados por la enfermedad. Por eso se dice en el Evangelio: "Al ver Jesús la fe de aquellos".
San Jerónimo. No del que era presentado, sino de los que le presentaban.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 29,1. O también: era grande la fe de este enfermo, porque si él no hubiera creído no se hubiera dejado bajar por el boquete del techo, según expresión de otro evangelista ( Mc 2,1-11 y Lc 5,17-18).
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 29,1. Jesús hizo brillar su gran poder, perdonando los pecados ante una gran fe. Por eso dijo al paralítico: "Confía, hijo, tus pecados están perdonados".
Juan Epíscopo. ¡Tanto la fe personal, cuanto la de otros valen para Dios, a fin de salvar el interior y el exterior del hombre! Escucha el paralítico su perdón, se calla y no da las gracias a Jesús, porque se cuidaba más del cuerpo que de su espíritu. Por esta razón advirtió Jesús la fe de los que conducían al paralítico y no la mezquindad de éste.
San Jerónimo. ¡Oh admirable humildad! Jesús llama hijo al que se encuentra despreciado, sin fuerzas y con los miembros dislocados, al que hasta los mismos sacerdotes se desdeñaban tocar. Y con razón le llama hijo, porque le están perdonados los pecados.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 29,1. Los escribas, al tratar de difamar a Jesús, contribuyeron, a pesar suyo, a hacer brillar con su envidia el prodigio de Jesús, que se valió de la misma hipocresía de los escribas para hacer resaltar más el milagro del paralítico. Propio es de la infinita sabiduría de Cristo valerse de sus mismos enemigos para hacer patente su poder. Por eso dice: "He aquí que algunos de los escribas dijeron en su interior: Este blasfema".
San Jerónimo. Se lee en el profeta: Yo soy el que borro todas vuestras maldades ( Is 43,25). Apoyados en estas palabras los escribas, que miraban a Jesús como a un simple hombre y no comprendían las palabras de Dios, acusaron a Jesús del crimen de blasfemia. Pero Jesús, que comprendía sus pensamientos se muestra como Dios y les dirige las siguientes palabras, que traducen perfectamente su silencio: Con el mismo poder con que penetro vuestros pensamientos puedo perdonar a los hombres sus maldades; comprended ahora cuanto hice con el paralítico. De aquí se deduce como consecuencia lo que dijo Jesús, que al ver las intenciones de los escribas, exclamó: "¿Por qué pensáis mal en vuestros corazones?"
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 29,1. Jesús no destruyó las sospechas de los fariseos que pensaban que sus palabras las había dicho realmente como Dios. Si El no fuera igual al Padre hubiera dicho: "estoy muy lejos de tener poder para perdonar los pecados". Pero no es así, sino que afirma todo lo contrario con sus palabras y sus milagros. Por eso añade: "¿qué es más fácil decir: te son perdonados tus pecados o levántate y anda?" Así como el espíritu es más importante que el cuerpo, así también es más importante perdonar los pecados que sanar el cuerpo. Y arguye más poder a la salud del espíritu que a la del cuerpo puesto que este último es más visible y más reducido el círculo de sus operaciones y el espíritu es menos visible y sus operaciones más elevadas.
San Jerónimo. Sólo el que podía perdonar los pecados, puede saber si efectivamente el paralítico quedó perdonado. Tanto el que andaba como los que le veían andar, pueden dar testimonio de las palabras: "Levántate y anda". Aunque el poder de sanar el cuerpo y el de perdonar los pecados sea realmente uno mismo, sin embargo, entre el decir y el hacer hay gran diferencia. El milagro, que se verifica en el cuerpo, no es más que un símbolo del que se opera en el espíritu. Por eso se lee: a fin de que sepáis que el Hijo del hombre tiene poder en la tierra de perdonar los pecados.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 29,2. Jesús no dijo al paralítico: te perdono los pecados, sino tus pecados te son perdonados. Pero, al resistirse los fariseos a creer en El, Jesús les presentó su gran poder, diciéndoles que el Hijo del hombre tiene poder de perdonar los pecados y, por consiguiente, que era igual al Padre. Puesto que el Hijo del hombre no necesitaba del poder de otro para perdonar los pecados, los perdonaba con el suyo propio.
Glosa. Las palabras "para que sepáis" pueden ser de Cristo, o del evangelista; como si el evangelista dijera: los mismos (los fariseos) dudaban que él (Jesús) perdonase los pecados; "pues a fin de que sepáis que el Hijo del hombre tiene poder para perdonar los pecados, dice al paralítico". Si se supone, por el contrario, que fueron dichas por Cristo, entonces el sentido es éste: vosotros dudáis que yo puedo perdonar los pecados; pues a fin de que sepáis que el Hijo del hombre, etc. Pero esta última oración está incompleta. Sin embargo el hecho está, porque lo que falta está sobreentendido y viene a ser como consecuencia de estas palabras: "dijo Jesús al paralítico: levántate y toma tu lecho".
Juan Epíscopo. A fin de que el testimonio de su enfermedad sirviera de argumento de su salud, dice al paralítico: marcha a tu casa, para que alcanzando la salud por la fe en Cristo no perseverara en la perversidad de los judíos.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 29,3. Le da este mandato para que no se tenga por una simple ilusión lo que con él acababa de acontecer. Por eso añade: Y se levantó y se marchó a su casa, cuyas palabras demuestran la verdad del milagro. Sin embargo, los hombres que presenciaron este hecho no le daban la verdadera interpretación. Por eso dice: "y al ver esto las turbas", etc. Porque si la idea que tenían de Jesús hubiera sido la verdadera, hubieran comprendido que era Hijo de Dios. Ellos no quisieron creer que Jesús era superior a todos los hombres y que era Hijo de Dios.
San Hilario, in Matthaeum, 8. Jesús, en sentido místico, lanzado de la Judea, regresa a su ciudad. La ciudad de Dios es la reunión de los fieles y Jesucristo entró en esta ciudad conducido por la nave, es decir, por su Iglesia.
Juan Epíscopo. No necesitó Cristo de la nave, sino que la nave necesita de Cristo porque jamás sin un piloto divino hubiera podido la nave de la Iglesia arribar al puerto del cielo.
San Hilario, in Matthaeum, 8. En el paralítico están representadas todas las gentes que necesitan presentarse al médico para curarse por el ministerio de los ángeles. Son llamadas hijos, porque son obra de Dios y se les perdonan los pecados que la ley no podía perdonar, porque la fe justifica. Luego presenta la figura de la resurrección y nos dice que retirado el lecho, el cuerpo queda sin ninguna enfermedad.
San Jerónimo. En sentido figurado, se dice con frecuencia que el alma que no obra sobre el cuerpo por haber perdido todas sus virtudes, se presenta al Señor, doctor perfecto, para que la cure.
San Ambrosio, in Lucam, 5. Debe presentar a todo enfermo quien se interese por alcanzar su salud, reformar los malos pasos de su conducta con la palabra divina, dar buenos consejos a la mente y a pesar de tener la endeble cubierta exterior del cuerpo elevarla a las cosas sublimes.
Juan Epíscopo. No busca el Señor en este mundo la voluntad de los insensatos sino que mira la fe de los otros, así como el médico no hace caso de lo que quiere el enfermo y atiende sólo a lo que exige la enfermedad.
Rábano. El levantarse significa la abstracción completa del espíritu de los deseos carnales: el tomar su lecho la separación del espíritu de las aspiraciones terrenales para convertirlas en espirituales; el ir a su casa, volver al paraíso o a la vigilancia sobre sí mismo para no caer en pecado.
San Gregorio Magno, Moralia, 23. El lecho significa los placeres de los sentidos, por eso se manda que el que está sano cargue con todo aquello en que permaneció cuando estuvo enfermo. Porque sólo el que se recrea en los vicios sigue enfermo con los placeres de la carne. Pero este que sanó, luego padece las afrentas de aquella misma carne, en cuyos placeres descansaba antes.
San Hilario, in Matthaeum, 8. Al ver esto las turbas se llenaron de temor; la causa de este gran temor, no era otra que el morir antes de obtener de Cristo el perdón de los pecados, sin el cual nadie puede entrar en la mansión eterna. Luego que cesó este temor glorificaron a Dios, que por medio de su Palabra dio a los hombres el poder de perdonar los pecados, de resucitar los cuerpos y de volver al cielo.
Catena Aurea (Cadena de Oro), Santo Tomás de Aquino · Traducción española del siglo XIX, dominio público · fuente: hjg.com.ar/catena