domingo, 26 de julio de 2026 Santa Ana, Madre de la Bienaventurada Virgen María · Comm. IX Domingo después de Pentecostés

domingo, 6 de octubre de 2013

San Bruno, Confesor

Vida del santo de hoy, según el Año Cristiano del P. Juan Croiset.

San Bruno, restaurador de la vida solitaria en el Occidente, gloria de su siglo, admiración del mundo cristiano, y fundador de una de las más ilustres y más santas religiones de la Iglesia de Dios, nació en Colonia por los años de 1030. Era su familia de las más antiguas y de las más nobles del país, y sus padres más distinguidos por su ejemplar virtud, que por sus grandes riquezas y por el esplendor de su sangre. Merecióles Bruno su particular cariño por su bello natural, por su entendimiento claro, vivo y despejado, por una memoria feliz, y por su gran docilidad, acompañado todo de una inclinación a todo lo bueno, poco ordinaria en los niños de su edad; prendas todas que le hacían más amable, y que empeñaron a sus padres en aplicarse con mayor especialidad al cuidado de su educación. Esta costó poco, y sus bellos talentos naturales, ayudados de las particulares gracias con que el cielo le previno, ahorraron mucho trabajo a los maestros. Asegura el autor más antiguo de la historia de su vida que nunca se notó cosa que oliese a puerilidad en sus costumbres. Observábasele siempre muy ajeno y muy superior a las niñeces de su edad; y su virtud, junta con la tierna devoción que profesaba a la santísima Virgen, la que dejó después como en herencia a sus hijos, preservó su inocencia en todos los peligros.

Añadiéndose a su extraordinario juicio y madurez una excelente capacidad, hizo maravillosos progresos en las ciencias. Sobresalió mucho en las letras humanas; pero mucho más en la sagrada teología y en el estudio de los santos padres; de manera que constantemente era reputado por uno de los más hábiles doctores de su tiempo. Enviáronle a París para que se perfeccionase en aquella universidad: graduóse en ella; y aunque todavía muy joven, enseñó con aplauso la filosofía. Extendida con admiración la fama de la santidad y de la sabiduría de Bruno, san Annon, arzobispo de Colonia, no quiso que su iglesia estuviese privada por más tiempo de un sujeto que tanto la podía ilustrar. Llamóle, y proveyó en él un canonicato de la iglesia de San Cuniberto de Colonia. Confirióle los primeros órdenes sagrados; pero creciendo cada día su reputación, luego que murió san Annon, le eligió la iglesia de Reims por su magistral, y poco después fue nombrado cancelario y rector de las escuelas públicas.

Era san Bruno el ejemplo y la admiración de todo el clero: edificaba a toda la ciudad con la pureza de sus costumbres, cuando por vías simoníacas se introdujo Manasés en la silla arzobispal de Reims, procurando mantenerse en ella por todo género de violencias y de disoluciones. Parecióle a nuestro santo que no debía disimular el dolor que le causaba aquel escándalo. Por otra parte, su vida ejemplar era una silenciosa, pero penetrantísima censura de la licenciosa y desordenada que traía aquel mercenario pastor, lo que le puso de tan mal humor contra san Bruno, que le trató muy mal, e hizo todo cuanto pudo para perderle. Pero habiendo sido ignominiosamente arrojado de la silla arzobispal el indigno prelado, después de excomulgado por el legado del papa, convinieron todos en que fuese sucesor el santo magistral, que, noticioso de esto, se sobresaltó mucho. Escapóse secretamente, y supo esconderse tan bien, que fue preciso proceder a la elección de otro, la que recayó en Rainaldo de Bellay, tesorero de la santa iglesia de Tours. Algunos historiadores modernos quieren decir que estas inquietudes de la iglesia de Reims, añadidas al tedio que causaban a nuestro santo todas las vanidades del mundo, fueron el motivo principal de la resolución que tomó de retirarse a un espantoso desierto para entregarse únicamente al importante negocio de su salvación. Pero se hace poco verisímil que una causa tan ligera produjese un efecto tan ruidoso, ni que una vida tan inocente y tan arreglada se condenase por tan leve motivo a tan espantosa penitencia. Parece que una resolución tan generosa y tan repentina había de tener principio de más estruendo.

Es tradición en la sagrada religión de cartujos, tan antigua como ella misma, autorizada por el testimonio del célebre Juan Gerson, cancelario de la universidad de París, por el de san Antonino, y por el de todos los hombres grandes que ha habido en la Cartuja, que la verdadera causa de la repentina resolución que tomó nuestro santo de ir a esconderse, o a enterrarse vivo en un horroroso desierto, y de hacer en él la más austera y la más penitente vida, fue uno de los sucesos más extraños y más temerosos que acaecieron jamás en el mundo. El autor más antiguo de la vida de nuestro santo, que la escribió el año de 1150, es decir, cuarenta y nueve años no más después de su muerte, y que hace una exacta y menuda relación de todo lo sucedido desde los primeros pasos de la orden; cierto santo monje de la cartuja de Merva, que vivía por los años 1270; Guillermo de Erbura, que escribió en el de 1313; el autor de la Crónica de los priores de la Cartuja, que floreció en el de 1383; Enrique de Kalkar, que en el año de 1398 compuso un tratado del origen de esta ilustre religión; en fin, el célebre Dionisio Cartusiano, que murió el año de 1471; y Surio, de la misma sagrada orden; todos estos varones, que no eran ni simples, ni crédulos, ni visionarios, hacen opinión mucho más probable que aquellos críticos del siglo decimoséptimo, que fueron los primeros en levantar el grito y dar por apócrifa esta venerable tradición. El modo con que refieren todos estos antiguos historiadores el terrible suceso de que se valió Dios para mover a san Bruno a que se fuese a sepultar vivo en una horrorosa soledad es el siguiente.

Hallábase nuestro santo en París, cuando murió, recibidos todos los sacramentos, un famoso doctor de aquella universidad, hombre, al parecer de todos, de una suma bondad, generalmente reputado por muy virtuoso; y llevado a la iglesia para darle sepultura, cuando se le estaba cantando el oficio de difuntos de cuerpo presente, al llegar a la cuarta lección que comienza Responde mihi, el cadáver levantó la cabeza en el féretro, y con voz lastimosa exclamó: «Por justo juicio de Dios soy acusado». Dicho esto, volvió a reclinar la cabeza como antes. Apoderóse de todos los asistentes un general terror, y se determinó dilatar para el día siguiente los funerales. Este día fue mucho mayor el concurso: volvióse a entonar el oficio, y al llegar a las mismas palabras, vuelve el cadáver a levantar la cabeza, y a exclamar con voz más esforzada y más lastimera: «Por justo juicio de Dios soy juzgado». Duplicóse en todos los concurrentes el espanto; y se resolvió diferir la sepultura para el tercer día. En él fue inmenso el concurso: dióse principio al oficio como los días precedentes, y cuando se cantaron las mismas palabras, levanta el difunto la cabeza, y con voz verdaderamente horrible y espantosa exclamó: «No tengo necesidad de oraciones; por justo juicio de Dios soy condenado al fuego sempiterno». Ya se deja discurrir la impresión que haría en los ánimos de todos un suceso tan funesto. Hallóse presente Bruno a este triste espectáculo, y se le grabó tan profundamente, que, retirándose todo estremecido y todo horrorizado, determinó dejar cuanto tenía, y enterrarse en algún horroroso desierto para pasar en él toda la vida, entregado únicamente a ejercicios de rigor, de mortificación y de penitencia. Parecía necesario un suceso tan trágico para una resolución tan generosa.

Estando en estos pensamientos, le entraron a ver seis amigos suyos; y apenas tomaron asiento cuando con las lágrimas en los ojos les dijo: «Amigos, ¿en qué pensamos? Condenóse un hombre, que a juicio de todos hizo siempre una vida tan cristiana; ¿pues quién podrá fiarse ya con seguridad del testimonio que le dé su equivocada conciencia? ¡Oh, qué terribles son los altos juicios de Dios! El difunto ya no habló para sí; a nosotros se dirigió el grito de aquel espantoso milagro. Por lo que a mí toca, ya he tomado mi partido; resuelto estoy a abandonarlo todo para siempre: beneficios, empleos, rentas, todo se acabó ya para mí; voy a enterrarme vivo en el desierto más horroroso que encuentre, y allí voy a pasar la vida en amargura, en soledad y en penitencia». Movidos todos aquellos amigos, ya de lo que habían visto, ya de lo que le acababan de oír, protestaron que todos estaban en el mismo pensamiento, y en la misma resolución, prontos todos a seguirle.

Llamábanse estos Landuino, que después de san Bruno fue el primer prior de la gran Cartuja, Esteban de Bourg y Esteban de Dié, ambos canónigos de San Rufo en Valencia del Delfinado; un sacerdote, por nombre Hugo, y dos laicos, que se llamaban Andrés y Guerino. Comenzaron a discurrir sobre el desierto adonde se retirarían, y los dos canónigos de San Rufo dijeron que en su país había un santo obispo, cuyo obispado tenía muchos bosques, muchos peñascos inaccesibles, y muchos sitios inhabitables, y que no dudaban de su celo y de su gran bondad que favorecería sus intentos si recurrían a él. Era este santo prelado san Hugo, obispo de Grenoble, célebre por su santidad, y uno de los mayores prelados de su siglo. Aplaudieron todos este parecer.

Hecha por san Bruno la dimisión de su prebenda y la renuncia de todo, tomó el camino del Delfinado con sus seis compañeros, y se echó a los pies del santo obispo de Grenoble, pidiéndole se sirviese conceder a todos siete un sitio solitario donde poder retirarse. Acordóse entonces san Hugo de un sueño que había tenido la noche antecedente, en que le pareció veía al mismo Dios que se estaba fabricando a sí propio un templo en un desierto de su obispado, que se llamaba la Cartuja, y que siete estrellas, elevadas de la tierra en forma de círculo, iban delante del mismo obispo como para mostrarle el camino. Mandólos sentar a todos, y habiéndoles preguntado el asunto de su viaje, tomó la palabra san Bruno, dice Surio, y después de referirle el prodigioso suceso de París, le suplicó fuese servido señalarles algún desierto donde pasasen la vida haciendo penitencia, y retirados de todo humano comercio. Luego que Hugo oyó su relación, les refirió, les explicó, y les aplicó la visión que había tenido, no dudando que aquellos siete forasteros estaban significados en las siete estrellas misteriosas.

Abrazólos con ternura, alabó sus generosos intentos, ofrecióles el desierto de la Cartuja, y se le pintó de esta manera: «Si buscáis un sitio inaccesible a los hombres, no hallaréis otro que menos haya pisado humana planta; pero advertid que es una silenciosa soledad, cuya vista sola estremece y horroriza; es un conjunto de peñas escarpadas, cuyas puntas suben hasta esconderse en las nubes: cúbrenle todo el invierno las nieves y oscurécenle las nieblas, siendo el frío por una parte insufrible y por otra interminable; en una palabra, es un lugar que hasta ahora solo le han poblado las fieras». Viendo que esta pintura, lejos de acobardarlos, encendía más su fervor, añadió: «Conozco claramente que Dios os destina para esta horrorosa soledad; el mismo Señor sabrá manteneros en ella».

Detúvolos algunos días en su palacio para que se recobrasen de las fatigas del camino; y después el mismo prelado los acompañó hasta ponerlos en posesión del sitio que les señalaba. No contento con cederles todo el derecho que a él pertenecía, se ofreció a indemnizar al señor de las pretensiones que podía tener, aunque no fuese más que para el ejercicio de la caza, todo con el fin de que ninguna cosa pudiese turbar ni inquietar su soledad.

Lo primero que hicieron Bruno y sus compañeros fue fabricar un oratorio o capilla en honor de la santísima Virgen, con unas celdillas a moderada distancia unas de otras, en un terreno que se extiende un poco entre tres grandes peñascos, a cuyo pie brota una pequeña fuente que hasta el día de hoy se llama fuente de san Bruno, todo cerca de la capilla, que desde entonces se intituló Santa María de las Chozas: Sancta María de Casalibus. Comenzaron estos ángeles en carne humana a habitar aquel desierto, y a hacer en él la vida más austera y más penitente que se había visto en la Iglesia por aquellos días inmediatos a la festividad de san Juan Bautista del año 1084.

Tal fue la célebre época, o el nacimiento de la admirable religión de los cartujos; porción tan distinguida y tan estimada en el rebaño del Señor; seminario de santos, gloria de la religión, y uno de los baluartes más firmes del cristianismo. De aquella venerable religión, que puede contar tantos predestinados como individuos; y que después de casi setecientos años conserva el vigor y el espíritu de su primitivo instituto, sin haber aflojado, ni sufrido nunca la más mínima relajación, ni en la exactísima observancia de sus antiguas costumbres, ni en la constante severidad de su rigurosa penitencia: de aquella religión verdaderamente ilustre por la multitud de santos obispos, arzobispos, patriarcas y cardenales como ha dado al mundo cristiano, y por el número mucho mayor de los que constantemente se resistieron a los honores de la púrpura, y aun a la dignidad suprema de la Iglesia: de aquella religión, en fin, que, aventajándose en la soledad, en la abstinencia, en la multiplicidad de las oraciones, en la continuación de los ayunos, en el silencio y en las penitencias a los más antiguos solitarios del Oriente, une y junta dentro de su seno toda la perfección evangélica, y por el ejercicio de todas las virtudes ella sola es el elogio más magnífico de la religión de Jesucristo.

Por la santidad y por la exacta observancia de los cartujos de nuestros tiempos se puede fácilmente inferir cuánta sería la santidad y cuál sería la vida de aquellos primeros padres. Su riguroso ayuno era continuo, y su perpetuo silencio solo se interrumpía para cantar en el coro las alabanzas del Señor. Fuera de la indispensable abstinencia de carne, aun en las más graves y peligrosas enfermedades; además de la perpetua clausura y del cilicio de que jamás se desnudaban, siendo este uno de los puntos esenciales de la regla, estaban expuestos a todas las inclemencias del tiempo en aquellas reducidas chozas. Todos eligieron por superior suyo a san Bruno, y san Hugo le nombró por tal a pesar de su resistencia, siéndolo en la realidad por su raro mérito y por su eminente virtud. Era el más humilde, el más pobre, el más mortificado, el más observante, y no parecía posible modelo más cabal de la vida monástica.

Pero aquel mismo santo obispo de Grenoble, que al principio adoptó por hijo suyo a san Bruno, admirado después de su sabiduría y de su santidad, le tomó por su director y maestro de la vida espiritual; tanto, que, sin acobardarle la aspereza del camino, hacía tan frecuentes viajes a la Cartuja para pasar en ella algunos días siguiendo la vida de los monjes bajo la dirección de san Bruno, que algunos creyeron había tomado el hábito, haciéndose en todo su discípulo.

Pero cuando más contentos estaban aquellos santos solitarios, disfrutando el consuelo y la dulzura del gobierno de san Bruno, tomando su vida por modelo de la suya, se vieron muy a pique de perderle para siempre. Habíale conocido y tratado mucho en Reims el papa Urbano II; y resuelto a valerse de su capacidad y de sus consejos para el gobierno de la Iglesia, le expidió un breve, mandándole pasase luego a Roma, cuando apenas había seis años que con su pequeña tropa estaba retirado en la Cartuja. Fue indecible la aflicción de todos sus hijos cuando se consideraron en la triste necesidad de separarse de su amado padre; y no hallaron consuelo sino en la resolución que tomaron todos de seguirle y de acompañarle. Mantuviéronse firmes en ella por más que hizo nuestro santo para persuadirlos a que no abandonasen aquella soledad, empeñándoles su palabra de que muy presto daría la vuelta. No los pudo reducir, respondiéndole todos que, como estuviesen en su compañía, siempre serían solitarios, y con efecto le siguieron.

Encargó san Bruno el cuidado de su ermita a Seguin, abad de Casa Dios; y recibida la bendición de san Hugo, partió a Roma con seis compañeros. Fue recibido del papa con todos los testimonios y demostraciones de estimación y de afecto que se pueden imaginar. Detúvole cerca de su persona, y le hizo de su consejo eclesiástico para consultarle en los negocios de conciencia y de religión.

A sus compañeros se les dio una casa en la ciudad, donde procuraban vivir retirados, y practicar sus ejercicios monásticos como en la soledad de la Cartuja; pero presto experimentaron que no hallaban aquella facilidad para la meditación, para el coro, para la oración, y para el recogimiento que se habían prometido; y que el ruido y bulla de la calle turbaba mucho aquel amable silencio, que solo podían encontrar entre las rocas, y aquel dulce sosiego que habían perdido por culpa suya.

Poca dificultad tuvo san Bruno en persuadirlos de que se volviesen a su amada soledad. Nombró por prior en su lugar a Landuino; y recibida la bendición del papa, con un breve dirigido a san Hugo para que los volviese a poner en posesión de su desierto, se restituyeron a la Cartuja.

Pero luego que volvieron a los ejercicios de su primitivo fervor, faltó poco para que del todo los perdiese una violenta tentación. Sobresaltado el demonio a vista de aquellos primeros principios, les metió en la cabeza que era tentar a Dios empeñarse en una vida tan rigurosa y tan superior a las fuerzas de la naturaleza. Conferenciando un día sobre este punto, se les apareció un venerable anciano, y les dijo que no tenían razón para desconfiar de la asistencia del cielo, y que la santísima Virgen los tomaría a todos debajo de su especial protección, con tal que todos fuesen muy exactos en rezar cada día las siete horas canónicas de su oficio parvo. Dicho esto, desapareció el santo viejo, que todos conocieron era el apóstol san Pedro; y consagrándose todos a la santísima Madre de Dios, pusieron toda la orden bajo su protección, renovaron el propósito de no abandonar el desierto, de no admitir la más mínima moderación en la severidad de su instituto, y al instante se disipó aquella tentación. De aquí tuvo principio la ley de los cartujos de rezar todos los días cada uno en particular el oficio parvo de la Virgen.

Entre tanto, no pudiendo san Bruno obtener licencia del papa para volverse a la dulce compañía de sus queridos hijos, los instruía y los esforzaba continuamente por medio de sus cartas.

Pero haciéndosele cada día más dura y más tediosa la estancia en la corte de Roma, y suspirando incesantemente por su amada soledad, hubiera, en fin, conseguido a fuerza de reiteradas instancias, el permiso que solicitaba, si a este tiempo no hubiesen llegado a Roma los diputados de Regio en Calabria con la pretensión de que se les diese a Bruno por arzobispo. Gozosísimo el papa de ilustrar la Iglesia de Dios con tal prelado, se le concedió al instante; pero Bruno le importunó tanto con sus ruegos y con sus lágrimas, que al cabo cedió su Santidad, y le dio licencia para que se volviese a su desierto.

No obstante este permiso, y el habérsele admitido la renuncia del arzobispado, entró en nuevas dudas sobre si le convendría o no retirarse a su antigua soledad. Estaba el papa para partir a Francia, y recelaba que, hallándose en el reino la corte pontificia, le empeñasen en nuevas ocupaciones y negocios; por lo que, teniendo noticia de que había en el centro de la Calabria un desierto aún mucho más horroroso que el de la Cartuja, resolvió no pensar ya más en esta, y desterrarse para siempre de su país. Retiróse, pues, con algunos discípulos que había juntado al desierto de la Torre, en el obispado de Squílache, donde, añadiendo todavía nuevos grados a su primer fervor, se entregó totalmente a la contemplación y a los ejercicios de la más rigurosa penitencia.

Con todo eso, no pudo olvidar en Calabria ni a sus amados discípulos de la Cartuja, ni a sus antiguos amigos de la iglesia de Reims. Así, pues, escribió una carta muy eficaz y muy viva a Rallo el Verde, preboste de aquella santa iglesia, trayéndole a la memoria la promesa que en otro tiempo habían hecho ambos a Dios de renunciar el siglo para siempre, y le exhorta poderosamente a cumplir con la obligación de este voto. Es cierto que no hace mención el santo del espantoso prodigio que dio ocasión a su retiro; pero se cree que esto nació de cierta delicadeza de conciencia por no herir el honor ni renovar la llaga en los parientes de aquel infeliz doctor.

Cuanto más cuidado ponía san Bruno en ocultarse, tanto más se complacía la divina Providencia en darle a conocer al mundo. Saliendo un día a cazar en el bosque de Squílache, Rogerio, conde de Sicilia y de Calabria, quedó extraña pero gustosamente sorprendido viendo capilla, celdas y solitarios en aquel desierto. Trabó conversación con san Bruno; y habiéndose informado de su manera de vida, quedó tan prendado, y formó tan alto concepto de la virtud y del extraordinario mérito de nuestro santo, que, en señal de lo mucho que le veneraba, hizo dar mayor extensión a su ermita; asignóle una posesión que estaba cercana a ella, juntamente con el monasterio de San Juan, todo para su manutención, y mandó edificar una iglesia que san Bruno dedicó al instante a la santísima Virgen, su tierna y favorecida devoción.

Visitaba continuamente al santo el piadoso conde, y cada día le manifestaba su amor y su veneración con nuevos beneficios, de lo que tardó poco en recibir la recompensa; porque, habiendo puesto sitio a la ciudad de Capua, y estando en vísperas de ser asesinado por una alevosía, se le apareció en sueños san Bruno, y advirtióle la conjuración hecha contra su vida; pudo el conde prevenirla, y mientras vivió, conservó al santo perpetuo y muy vivo reconocimiento.

Tenía san Bruno muy presentes a sus primeros discípulos de la Cartuja, y así les envió ciertas constituciones para que en todas partes fuese uniforme la vida de los cartujos. Con este mismo fin, hizo un viaje a Calabria Landuino, a quien el santo había nombrado por prior en su lugar para conferenciar con él todas las cosas. Pero no bien se había puesto en camino para restituirse a Francia, cuando cayó enfermo san Bruno con cierto y claro conocimiento de que aquella enfermedad le había de llevar a la sepultura. Entonces todo creció visiblemente en él: su fervor, su devoción, su celo, y hasta su misma penitencia.

Conociendo que se acercaba su última hora, convocó a todos sus monjes, hizo en su presencia la protestación de la fe, particularmente sobre los artículos de la santísima Trinidad, de la Encarnación, de la muerte de Jesucristo generalmente por todos los hombres, y en fin, sobre todos los sacramentos; pero inculcándose con especialidad sobre el sacramento de la Eucaristía, explicándose sobre él más difusamente a causa de los errores de Berengario, que tanto escándalo y tanta turbación habían causado en los fieles.

El domingo siguiente 6 de octubre, recibidos todos los sacramentos, armado con su cilicio, y un devoto crucifijo arrimado a los labios, entregó apaciblemente su espíritu en manos de su Dios el año de 1101, aún no cumplidos los cincuenta de su edad, al decimocuarto de la fundación de la Cartuja en el Delfinado, y al quinto después de su retiro a la Calabria.

Fue honoríficamente enterrado su cuerpo en la iglesia de Nuestra Señora, que también se llamaba de San Esteban, y se le dio sepultura detrás del altar mayor, haciéndola gloriosa el Señor con mucho número de milagros. Fue el primero de todos una milagrosa fuente que el mismo día de su entierro brotó junto a su sepultura, cuyas aguas fueron saludables para todo género de enfermedades.

Comunicado a sus hijos el espíritu de retiro, de soledad, de silencio y de humildad que resplandeció en el santo patriarca, se contentaron por largo tiempo con invocarle en particular, sin hacer fiesta pública a su ilustre fundador, hasta que en el año de 1514 el papa León X mandó que se solemnizase públicamente su fiesta el día 6 de octubre. Entonces elevaron el santo cuerpo los cartujos de Calabria para exponerle a la pública veneración. Colocáronle después debajo del altar mayor; aunque para satisfacer la devoción de los pueblos separaron su santa cabeza, y la engastaron en un preciosísimo relicario, enviando a la gran Cartuja la mandíbula inferior con dos dientes. También se repartieron varias reliquias a las Cartujas de Colonia, de Nápoles, de París, de Friburgo, de Brisgau, de Bolonia, y a algunas otras. El papa Gregorio XV mandó insertar su oficio en el breviario romano; y Clemente X ordenó que se celebrase con rito doble.

Año Cristiano del P. Juan Croiset (trad. José F. de Isla), dominio público.