domingo, 26 de julio de 2026 Santa Ana, Madre de la Bienaventurada Virgen María · Comm. IX Domingo después de Pentecostés

sábado, 5 de octubre de 2013

Santos Plácido y Compañeros, Mártires

Vida del santo de hoy, según el Año Cristiano del P. Juan Croiset.

San Plácido, hijo de Tértulo, senador romano, de una de las más ilustres y más antiguas familias de Roma, desde su niñez fue encomendado a la disciplina del gran patriarca san Benito, objeto a la sazón de la veneración y de la admiración de toda Italia. A los siete años de su edad le llevó su padre al santo patriarca para que le educase por sí mismo en el monasterio de Sublac.

No podía menos de producir excelentes frutos aquella tierna planta, cultivada por tan diestra mano, y en tierra tan fértil de santos. Había nacido el niño Plácido con tanta propensión a la virtud y con tan bellas disposiciones para el estado religioso, que a pocos días de su residencia en Sublac fue la admiración de todo el monasterio. No le espantaron los penosos ejercicios de la austera vida que se hacía en él; tan lejos de necesitar que le animasen a llevar aquel pesado yugo, superior a las fuerzas naturales de su tierna edad, fue menester tirar de la rienda a su fervor. Quería Plácido asistir a todos los actos de comunidad, y practicar todas las penitencias que hacían los demás. Causaba verdaderamente admiración ver aquel niño entrar el primero en el coro para cantar día y noche las alabanzas del Señor, y valerse de muchísimas industrias para mortificar su inocente carne. No hubo novicio más devoto, más humilde, ni más obediente que él. Animábanse los más antiguos con el ejemplo del niño Plácido.

Refiere san Gregorio que, enviándole un día a sacar agua de cierta laguna inmediata al monasterio, cayó en ella con el peso de la herrada, y las olas le llevaron dentro de la laguna hasta un tiro de piedra distante de la orilla. Estaba san Benito en su celda, y revelándole Dios aquel triste accidente, llamó a su discípulo Mauro, y le mandó que prontamente acudiese a socorrer al niño Plácido. Llegó Mauro a la laguna, y sin pensar siquiera en el peligro a que se exponía, se metió intrépidamente por ella, caminando por las aguas milagrosamente endurecidas, y cogiendo a Plácido por los cabellos, le sacó a la orilla con duplicado milagro. Luego que Plácido volvió en sí, le preguntaron en qué pensaba cuando se vio en medio del agua, y ya a punto de ahogarse. Respondió que, cuando sintió que le tiraban por los cabellos, vio sobre su cabeza la piel que servía de hábito a san Benito, y que el santo abad le había tenido de la mano todo el tiempo que estaba en el agua, para que no se hundiese en ella.

Después de este lance, hizo Plácido aún muchos mayores progresos en el camino de la perfección. Al paso que iba creciendo en edad, iba también adelantándose en sabiduría, en prudencia y en virtud. Amábale el santo patriarca como a uno de sus más queridos discípulos, previendo con luz profética que había de honrar la religión, siendo el primero que la ilustrase con la corona del martirio. Era Plácido el compañero ordinario del santo abad; y así como el Salvador escogía a los discípulos más amados para testigos de sus maravillas, de la misma manera, siempre que san Benito había de hacer algún milagro, llevaba por socio a Plácido. Cuando hizo brotar de las entrañas de un duro peñasco una copiosa fuente para servicio del monasterio, quiso que Plácido fuese testigo de aquel prodigioso suceso; y cuando fue san Benito a echar por tierra los ídolos que se adoraban en el Monte Casino, y a fundar en él, por decirlo así, la casa patriarcal de su orden, llevó a Plácido por su compañero. Es verdad que ningún discípulo dio nunca más honra a su maestro que nuestro joven Plácido daba al suyo. Cada día crecía más su fervor, y cada día crecía también más su humildad, su devoción y su puntualidad en la observancia de las menudas reglas.

Habiendo hecho donación a san Benito el señor Tértulo, padre de nuestro santo, de muchas y grandes posesiones que tenía en Sicilia, resolvió el santo patriarca enviar allí a su amado discípulo Plácido para que fundase un monasterio, y le dio por compañeros a Donato y Gordiano, dos santos monjes de la casa de Monte Casino. Dióles su bendición, comunicándoles su espíritu, y les mandó partir para aquella apostólica expedición. En Capua fue recibido san Plácido con grandes demostraciones de ternura y de veneración por san Germán; en Benevento por san Martín; en Canoso por san Sabino; en Regio de Calabria por san Sisinio, obispos todos respectivamente de dichas ciudades; porque en aquellos felices tiempos eran pocos los obispos que no fuesen santos. En todas partes iba el nuestro obrando grandes milagros; pero su humildad los atribuía todos a su santo patriarca.

Cuando aportó a Mesina, fue recibido como un ángel del cielo por el señor Maselino, amigo antiguo de su padre Tértulo. Por más instancias que le hizo aquel caballero para que descansase algunos días en su casa, no lo pudo conseguir; siendo una de las máximas de nuestro santo, que los monjes nunca debían detenerse en casa de seglares. Fue su primer cuidado fabricar un monasterio, no distante del puerto de Mesina, cuya iglesia dedicó a san Juan Bautista. Hacía todos los días en la isla admirables conversiones, y estas le ganaron crecido número de caballeros jóvenes, destinados por el cielo para formar aquella nueva colonia. Treinta de ellos renunciaron todos sus bienes, y abrazaron desde luego la vida monástica. En poco tiempo fue el monasterio de Sicilia una viva copia del de Monte Casino; porque todas las virtudes de san Benito resplandecían en su verdadero discípulo san Plácido.

Aunque era de poca salud, y de muy delicada complexión, siempre excedían sus penitencias a las que llevaba de suyo el rigor de su instituto. Era continuo su ayuno, y su ordinario sustento se reducía a leche, agua y algunas raíces, añadiendo los martes, los jueves y los domingos algunos mendrugos de pan. En las cuaresmas pasaba muchos días sin comer ni beber. Nunca usó otra cama que la de una silla muy dura y sin respaldo donde, arrimado contra la pared, tomaba dos o tres horas de sueño por la noche, y lo restante de ella pasaba en oración. Siendo tan áspero consigo, ningún superior fue nunca más blando con los demás, ganándole los corazones de todos una dulzura y una caridad inalterable. Unido siempre íntimamente con Dios, ni los negocios le distraían, ni le disipaban los molestos cuidados de una comunidad que se iba entonces formando.

Su tierna devoción a la santísima Virgen fue como el manantial de aquellas gracias extraordinarias, de aquellos singulares favores con que el cielo le regalaba continuamente; y se asegura que por el don de milagros era venerado como el Taumaturgo de su siglo. Con sola la señal de la cruz y con una breve oración curó en cierto día un prodigioso número de enfermos que concurrieron a la puerta del monasterio a pedir su bendición, de manera que en menos de un año se hizo célebre el nombre de Plácido en toda la isla. Gobernó su monasterio con una prudencia tanto más admirable, cuanto menos regular en un mozo que se hallaba todavía en lo más florido de su juventud. Suplía la virtud lo que faltaba a la edad, verificándose en su conducta lo que escribía san Pablo a su querido Timoteo: que la santidad tiene el lugar de todo (cap. 4).

Había cuatro o cinco años que nuestro santo llenaba de maravillas a toda Sicilia, siendo el gozo y la gloria de su padre san Benito, cuando dos hermanos suyos menores, Eutiquio y Victorino, que nunca le habían visto, y otra de sus hermanas, por nombre Flavia, hicieron un viaje desde Roma a Sicilia por el consuelo de conocerle, aunque impeliéndolos más la fama de su eminente santidad, que la ternura de su sangre. Fue recíproco el gozo; y así la conversación como los ejemplos de Plácido hicieron tanta impresión en los dos hermanos y en la hermana, que todos estaban resueltos a renunciar los bienes de la tierra para trabajar únicamente en los eternos del cielo, cuando la divina Providencia les abrevió mucho el camino para conseguir la eterna felicidad.

El famoso pirata Manuca, uno de los hombres más encaprichados en las supersticiones del gentilismo, hizo un desembarco en Sicilia, y se echó luego sobre el monasterio de San Juan Bautista, que estaba inmediato al puerto. Entraron en él los bárbaros, hicieron prisionero a Plácido con todos sus monjes, entrando también en el mismo número Eutiquio y Victorino, con su hermana Flavia, y a todos los cargaron de cadenas. Preguntó el bárbaro a Donato, compañero de san Plácido, si era cristiano; y respondiéndole este con santa intrepidez que no solo tenía la dicha de serlo, sino también la de ser monje, le dividió en dos partes la cabeza con un golpe de cimitarra.

Hizo venir después a su presencia toda aquella tropa de gloriosos confesores de Jesucristo, y no perdonó promesas ni amenazas para pervertirlos; pero él mismo quedó asombrado de la constancia y de la magnanimidad de los santos mártires. Protestaron todos a voz en grito que eran cristianos; que quisieran tener muchas vidas para sacrificarlas todas en obsequio de la religión; y que, lejos de temer la muerte, envidiaban todos la dicha de aquel compañero suyo que había logrado el primero la palma del martirio. Irritó al tirano tan generosa respuesta, y mandó que a todos los despedazasen a azotes, haciéndolos después atormentar con inaudita crueldad; y cargándolos de prisiones, ordenó que los encerrasen en un lóbrego calabozo donde estuvieron siete días sin probar bocado; en cuyo tiempo animaba san Plácido a sus santos compañeros con fervoroso celo y con cristiana elocuencia. Sus dos hermanos, y sobre todo su hermana, lejos de llorar su desgraciada suerte, consideraban aquella que parecía funesta casualidad, por la mayor dicha que les pudiera suceder, atribuyendo a las oraciones de su santo hermano la inestimable gracia que les tenía preparada la divina Providencia.

Entre tanto, viendo los bárbaros su invencible constancia, a pesar de los palos y de los malos tratamientos que les hacían sufrir todos los días, determinaron quitarles la vida antes de volverse a embarcar. Hicieron otra tentativa para que renunciasen la fe; pero san Plácido, hablando en nombre de todos, desengañó al tirano, diciéndole que serían vanos todos sus esfuerzos, y que antes bien debía él mismo mirar por su salvación, y renunciar sus paganas supersticiones; que los ídolos a quienes él rendía culto eran inanimadas estatuas, sin fuerza y sin movimiento, imágenes despreciables de divinidades quiméricas; que no había otro Dios que aquel que adoraban los cristianos, criador del universo, árbitro de nuestra eterna suerte, y supremo juez que en breve había de ser de todos.

Interrumpióle el bárbaro, que ya no podía sufrir la generosa intrepidez del santo mártir, y mandó que con un duro guijarro le hiciesen pedazos los dientes y las mandíbulas. No contento con esto, para que no pudiese hablar, le mandó arrancar la lengua hasta la misma raíz; pero el que perdió la lengua por amor de Jesucristo, no por eso perdió el uso de ella; antes bien, con asombroso prodigio, prosiguió hablando con voz más clara, más sonora y más corpulenta que nunca; maravilla que convirtió a muchos gentiles, pero no convirtió al tirano; antes, más y más enfurecido, temiendo algún alboroto popular, mandó que a todos les cortasen la cabeza.

Fueron conducidos a la orilla del mar, sitio señalado para la ejecución del suplicio. Luego que llegaron a él, se hincaron todos de rodillas, y ofrecieron a Dios el sacrificio de sus vidas. San Plácido, cuya milagrosa voz esforzaba más y más el valor de los generosos mártires, hizo en nombre de todos esta devota oración a Jesucristo: «Salvador mío Jesucristo, que te dignaste padecer muerte de cruz por nuestra salvación, sé propicio a estos tus humildes siervos: danos constancia hasta el fin, y haznos la merced de que seamos asociados al coro de tus santos mártires; consérvanos intrépidos hasta el último momento de nuestra vida, y dígnate aceptar el sacrificio que te hacemos de ella». Toda la bienaventurada tropa respondió inmediatamente: «Amén»; y en el mismo punto fueron sacrificadas todas aquellas inocentes víctimas el día tres, siendo las más célebres Plácido, de edad de veinte y cuatro años, Fausto y Firmato, diáconos, Eutiquio y Victorino, hermanos de nuestro santo, y su santa hermana Flavia.

Acabada esta carnicería, pusieron fuego los bárbaros al monasterio, demoliéronle, y profanaron la iglesia. Hecho esto, se volvieron a embarcar; pero recibieron luego el castigo de su barbaridad, porque, apenas se hicieron a alta mar, estando todavía enfrente del Faro de Mesina, cuando se levantó una furiosa tormenta, en la cual perecieron todos, sin salvarse ni uno solo. Hallábase a la sazón ausente del monasterio Gordiano, uno de sus monjes, y cuando volvió a él, encontró todavía enteros los cuerpos de los mártires junto a la orilla del mar. Dióles sepultura en la iglesia, donde permanecieron hasta el siglo decimosexto, en que fueron hallados y elevados de la tierra con grande solemnidad casi mil y cien años después de su glorioso martirio, honrando Dios con muchos milagros aquella magnífica traslación.

Año Cristiano del P. Juan Croiset (trad. José F. de Isla), dominio público.