martes, 23 de julio de 2013
San Apolinar, Obispo y Mártir
Vida del santo de hoy, según el Año Cristiano del P. Juan Croiset.
San Apolinar, o Apolinario, obispo y mártir. Es reconocido san Apolinar por el apóstol y por el primer obispo de Rávena; por lo menos no se conoce otro más antiguo que él. Fue discípulo del Salvador, y después de su gloriosa ascensión acompañó a san Pedro a Antioquía, donde trabajó bajo su dirección con tanto celo y tanta felicidad en la propagación de la fe, que, cuando el santo apóstol dejó la cátedra de Antioquía para establecerla en Roma, le llevó consigo a Italia, conociendo su virtud y su celo por la religión. Luego que llegaron a Italia, bien informado Pedro de lo que disponía la divina Providencia de su amado compañero, le consagró obispo y le envió a Rávena. Recibió su misión con extraordinario gozo por el ardiente deseo que tenía de derramar su sangre por amor de Jesucristo; y con la esperanza de encontrar presto la corona del martirio en un pueblo furiosamente adherido al culto de los dioses y a todas las supersticiones del paganismo, partió inmediatamente a su destino.
Estaba ya a las puertas de la ciudad, cuando un muchacho, ciego desde su nacimiento, asiéndole a tientas de la ropa, le pidió una limosna. Compadecido el santo del triste estado de aquel niño, se la dio muy ventajosa, porque, haciéndole sobre los ojos la señal de la cruz, le dio al punto la vista. Al ver esta maravilla, le rodeó al punto una multitud de gente; y aprovechándose el santo de la buena disposición en que estaban los ánimos en vista del milagro, les habló poco más o menos en los mismos términos en que san Pedro había hablado a los judíos, después de haber curado milagrosamente al cojo que pedía limosna a la puerta del templo: «Amigos —les dijo—, ¿por qué os admiráis de lo que acabo de hacer con este niño, o a qué fin me miráis como si lo hubiera hecho por mi autoridad o por mi virtud? Si di la vista a este ciego, fue en el nombre del verdadero Dios que os vengo a anunciar; y no hay que esperar salvación ni vida eterna sino abrazando su religión.»
Tardó poco en recoger los primeros frutos de su apostolado: el niño, su padre, que era soldado y se llamaba Ireneo, con toda su familia se convirtieron luego a Jesucristo, y, extendida por toda la ciudad la fama del milagro, todos se daban prisa por ver y conocer al hombre prodigioso que le había obrado. Llegando la noticia a un oficial que mandaba un cuerpo de tropas con el grado y título de tribuno militar, suplicó al santo que pasase a su casa a visitar a su mujer, que se estaba muriendo después de muchos años de una penosa enfermedad. Entró Apolinar en el cuarto de la enferma, y hallándola a punto de espirar, hizo oración a Dios, y después la señal de la cruz sobre la enferma en presencia de su marido y de toda la familia, mandándole que se levantase en nombre de Jesucristo. Al punto recobró todas sus fuerzas la postrada moribunda, y, gritando ella misma la primera «¡milagro, milagro!», se incorpora, se levanta, se arroja a los pies del santo con su marido y con toda su familia, confiesan todos que no hay otro verdadero Dios sino el Dios de los cristianos, y todos piden el bautismo.
A tan dichosos principios se siguió una muy abundante mies. El tribuno, convertido a la fe de Jesucristo, dio al santo una de las casas que tenía en Rávena, la cual fue como la cuna de aquella tierna y recién nacida iglesia. Creció tanto en poco tiempo el número de los fieles, que Apolinar se vio precisado a formar una como especie de clero, escogiendo algunos discípulos para que le ayudasen en las sagradas funciones de su ministerio. Celebrábanse los divinos misterios con respeto y con veneración; cantábanse las alabanzas del Señor con devoción y con piedad, y el celoso pastor distribuía al pueblo el pan de la palabra de Dios. Aunque estos ejercicios de religión se hacían de noche y en secreto, como se acostumbraba en aquellos tiempos de persecuciones, no pudieron hacerse tan ocultamente, que los paganos no llegasen a saberlo. Sobre todo, los sacerdotes de los ídolos, viendo disminuidos sus emolumentos y el culto de los dioses desde que Apolinar estaba en la ciudad, enconaron los ánimos contra él, y le acusaron ante Saturnino, gobernador de Rávena, como a cabeza muy principal de los cristianos.
Llamóle el gobernador, y al principio le trató con mucha urbanidad, teniendo presente que era respetado por hombre milagroso; pero le dio quejas de la grave injuria que hacía al gran Júpiter, habiendo ya doce años que no cesaba de dogmatizar en la ciudad. Respondió el santo con mucho respeto que no conocía a tal Júpiter, ni mucho menos podía discurrir se hiciese agravio al público en intentar sacarle de la impiedad y de las tinieblas de la idolatría. «Pues si no le conoces —replicó el gobernador—, yo te le daré a conocer; vamos juntos al templo.» Quedó atónito el santo cuando vio la multitud de vasos de oro y de preciosos ornamentos, que no tanto adornaban, cuanto oprimían el sacrílego altar del ídolo; y, enternecido hasta derramar muchas lágrimas en vista de las inmensas riquezas que se sacrificaban al demonio, exclamó: «¿Es posible que hombres de razón se despojen, se consuman y se empobrezcan por enriquecer un ídolo vano, que no vale lo que tiene a cuestas? ¿Qué poder tiene vuestro Júpiter? ¿Quién ha hecho dios a un hombre, que, según vuestras mismas fábulas, fue el más facineroso de todos los mortales?» No fue menester más para que todo el pueblo se alborotase y se armase contra él. Abandonóle el gobernador a su discreción, moliéronle a palos y a pedradas, y, considerándole ya muerto, le sacaron arrastrando fuera de la ciudad. Acudieron los cristianos, y habiéndolo hallado junto a la orilla del mar todavía con vida, le ocultaron en una casa, que luego se convirtió en una iglesia.
Recobrado de los golpes, y enteramente curado de las heridas, había seis meses que trabajaba sin cesar en la viña del Señor con más fruto que nunca, cuando cierto caballero, llamado Bonifacio, que muchos años antes había quedado mudo de un accidente, sin haber podido recobrar el uso de la lengua por más remedios que le aplicaron, noticioso de que vivía aún el santo, le envió su mujer para que le suplicase fuese a verle a su casa. Pasó a ella el santo, y luego que entró, invocando el nombre de Jesucristo, libró a una criada que estaba poseída del demonio. A este primer milagro se siguió el segundo. Apenas se echó Bonifacio a los pies de Apolinar, cuando recobró el uso de la lengua; y, en vista de los dos prodigios, toda la familia se convirtió a la fe de Jesucristo, siguiéndose a esta pronta conversión la de más de quinientas personas.
Tantos hechos milagrosos de necesidad habían de sobresaltar de nuevo a los gentiles. Revivió su odio contra el santo obispo, y, echando mano de él después de muchos malos tratamientos, segunda vez le arrojaron de la ciudad. Retiróse a una caverna, donde no cesaba de fortalecer y de instruir a los cristianos que le iban a buscar. Hizo allí muchas conversiones, y, cuando ya tenía a los neófitos bien catequizados, los llevaba a la orilla del mar y les administraba el santo bautismo. Como no veía apariencia de que pudiese volver a entrar en su iglesia tan pronto, y por otra parte se hallaba como encarcelado su fervoroso celo, pasó a la provincia de Emilia, y corrió otros muchos países anunciando el Evangelio con increíble gozo. Pero el rebaño no podía llevar con paciencia tan larga ausencia de su amado pastor; obligáronle los cristianos de Rávena a que se volviese a su iglesia, donde fue recibido con tantas demostraciones de gozo, que muy en breve le hicieron olvidar todas las fatigas pasadas.
Tuvo noticia de su llegada un patricio antiguo, llamado Rufo, y al punto le envió un recado, suplicándole que fuese a ver una hija suya que estaba gravemente enferma. Apenas entró el santo en la casa cuando la enferma espiró. Era idólatra Rufo, y, juzgando ser efecto aquella desgracia de la cólera de sus dioses, se enfureció contra Apolinar; pero el santo, sin alterarse, le respondió: «¿Me dais palabra, señor, de que si Jesucristo os restituye vuestra hija no le estorbaréis que reconozca y siga a su Salvador?» «Yo te juro —respondió el afligido padre— que si tu Dios resucita a mi hija, ella, yo y toda mi casa no reconoceremos otro Dios que a él.» Hizo oración Apolinar, acercóse a la difunta, y, levantando la voz, dijo: «Hija mía, levántate en nombre de Jesucristo y da gracias a tu bienhechor.» En el mismo instante se levantó la doncella, diciendo a gritos: «El Dios de Apolinar es el único Dios verdadero.» Resonaban por toda la casa las voces de alegría, y recibieron el bautismo más de trescientas personas. Rufo fue después un cristiano muy fervoroso, y su hija, ejemplo de las doncellas cristianas.
Necesariamente habían de meter mucho ruido tantas y tan portentosas maravillas. Llegaron a noticia del emperador. Pintáronle a Apolinar como a un formidable hechicero, que por virtud de sus encantamientos resucitaba muertos, y era el más temible enemigo de los dioses del imperio. Dio comisión a uno de sus oficiales, llamado Mesalino, para que recibiese información de los hechos de Apolinar, y, si rehusase sacrificar a los dioses, sin dilación le echase de Rávena, enviándole a algún destierro. Ejecutóse la orden con mayor rigor de lo que ella expresaba. Irritóse el brutal juez en vista de la constancia y de la elocuencia con que el santo obispo defendió la causa de Jesucristo. Mandóle primero aplicar a una cruel tortura; hizo después que despedazasen a azotes su santo cuerpo, y ordenó que escaldasen las heridas con agua hirviendo. Reparando el tirano que en medio de aquellos suplicios no cesaba Apolinar de cantar alabanzas a Dios, mandó que le moliesen con piedras las mandíbulas; y, habiéndole tenido encerrado por algún tiempo en un lóbrego y hediondo calabozo, con el fin de que pereciese de hambre, viendo que no lo podía conseguir, le envió desterrado a Grecia.
Luego que el navío se hizo a la vela y salió del puerto, padeció naufragio, pereciendo toda la tripulación, sin salvarse más que el santo, tres eclesiásticos que le seguían, y tres soldados que se habían hecho cristianos. No estuvo ocioso el santo obispo en su destierro: corrió muchas provincias, haciendo en todas partes nuevas conquistas para Jesucristo, y padeciendo en todas una especie de martirio. Hallándose en una ciudad donde era adorado el ídolo de Serapis, enmudecieron los demonios. Admiróse el pueblo, y entendió que la presencia de Apolinar, discípulo de Jesucristo, tenía mudos a todos los oráculos. Buscaron al hombre milagroso, y, después de muy maltratado, le metieron en una embarcación que se hacía a la vela para Italia.
Tercera vez le condujo a su iglesia la divina Providencia, y en ella celebró los divinos misterios con indecible gozo de los cristianos; pero no duró mucho la calma: sorprendióle en cierta ocasión una tropa de paganos, al mismo tiempo que estaba en el altar celebrando el santo sacrificio; y, después de haberle molido a golpes, le llevaron arrastrando por las calles hasta la casa de un oficial principal llamado Tauro. Celebró mucho este ver en su casa al hombre de quien se contaban tantas maravillas: llamó a ella a sus principales amigos, queriendo probar en presencia de todos la virtud de hacer milagros que le atribuían. Tenía Tauro un hijo muy pequeño que había nacido ciego, y dijo a Apolinar: «Si das vista a este niño, creeré en el Dios de los cristianos, y te prometo que hará lo mismo toda mi familia.» No deliberó un punto el santo; mandó que le acercasen el niño; hizo sobre él la señal de la cruz, y le dijo: «Hijo mío, en nombre de Jesucristo, abre los ojos y ve.» Inmediatamente los abrió el niño, quedando como atónito y suspenso por algún tiempo con la admiración de los objetos que nunca había visto, y después exclamó lleno de gozo: «¡Oh, y cuántas cosas veo!» Este pronto y estupendo prodigio ganó muchas almas para Jesucristo; pero no fue bastante para convertir a los sacerdotes de los ídolos.
Queriendo Tauro librar a Apolinar de sus manos, le envió a una de sus casas de campo distante algunas millas de la ciudad. Cuatro años estuvo el santo en ella haciendo muchas conversiones, con grandes servicios a los cristianos, y ejerciendo con toda libertad las funciones de su ministerio; pero, habiendo sido también entonces descubierto, los sacerdotes de los ídolos, rabiosos de ver desiertos sus templos, hicieron tantas instancias al emperador, que al fin obtuvieron un decreto para que así el santo obispo como todos los cristianos fuesen desterrados del territorio de Rávena. Sin duda el emperador le trataba con tanta blandura en atención a los prodigios que obraba continuamente. Fue en fin arrestado Apolinar; y cuando ya le llevaban al puerto, los cristianos que podían más le arrancaron por fuerza a los gentiles; pero, cogido otra vez por estos al mismo tiempo que iba a entrar en la ciudad, le dieron tantos golpes, que le dejaron por muerto. Halláronle aún los cristianos con vida, y lo retiraron a una casa inmediata, donde, exhortando continuamente a los fieles a ser constantes en la fe a pesar de las persecuciones, espiró siete días después entre las manos de sus queridos hijos, que quedaron inconsolables con la pérdida de tan amoroso padre. Sucedió su preciosa muerte el día 23 de julio del año de 81, en el imperio de Vespasiano.
Sacrificóse el santo, dice san Pedro Damián, como una hostia viva al Señor, en el prolongado martirio de veinte y nueve años que duró su pontificado, siendo célebre en la Iglesia por su celo, por su santidad, por sus trabajos y por sus milagros. Por una inscripción muy antigua, que aún se lee hoy en la iglesia de Clase, a cinco cuartos de legua de Rávena, se sabe que estuvo en aquel sitio el santo cuerpo dentro de un sepulcro de mármol blanco, el cual se conserva todavía; y en la misma se dice que se conservó allí hasta el octavo año del consulado de Basilio, que fue el de 544, en que Maximiano, obispo de Rávena, le hizo trasladar el día 6 de junio a otro lugar más retirado de la misma iglesia, que es una gruta debajo del altar mayor, donde hoy día se ve el sepulcro de mármol de nuestro santo. Siempre le han profesado los pueblos grande devoción, la que cada día va en aumento por los grandes beneficios que consigue su intercesión a todos los que le invocan.
Año Cristiano del P. Juan Croiset (trad. José F. de Isla), dominio público.