domingo, 21 de julio de 2013
IX Domingo después de Pentecostés
Las lecturas de la Misa de hoy, con el comentario de la tradición.
Epístola (1 Cor. 10, 6-13)
Léctio Epístolæ beáti Pauli Apóstoli ad Corinthios Fratres: Non simus concupiscéntes malórum, sicut et illi concupiérunt. Neque idolólatræ efficiámini, sicut quidam ex ipsis: quemádmodum scriptum est: Sedit pópulus manducáre et bíbere, et surrexérunt lúdere. Neque fornicémur, sicut quidam ex ipsis fornicáti sunt, et cecidérunt una die vigínti tria mília. Neque tentémus Christum, sicut quidam eórum tentavérunt, et a serpéntibus periérunt. Neque murmuravéritis, sicut quidam eórum murmuravérunt, et periérunt ab exterminatóre. Hæc autem ómnia in figúra contingébant illis: scripta sunt autem ad correptiónem nostram, in quos fines sæculórum devenérunt. Itaque qui se exístimat stare, vídeat ne cadat. Tentátio vos non apprehéndat, nisi humána: fidélis autem Deus est, qui non patiétur vos tentári supra id, quod potéstis, sed fáciet étiam cum tentatióne provéntum, ut póssitis sustinére.
Esos sucesos eran figura de lo que atañe a nosotros, a fin de que no nos abandonemos a malos deseos, como ellos se abandonaron. No seáis adoradores de los ídolos, como algunos de ellos, según está escrito: Se sentó el pueblo a comer y a beber, y se levantaron todos a retozar. Ni forniquemos, como algunos de ellos fornicaron, y murieron en un día como veintitrés mil. Ni tentemos a Cristo , como hicieron algunos de ellos, los cuales perecieron mordidos de las serpientes. Ni tampoco murmuréis, como algunos de ellos murmuraron, y fueron muertos por el ángel exterminador. Todas estas cosas que les sucedían eran unas figuras: y están escritas para escarmiento de nosotros, que nos hallamos al fin de los siglos. Mire, pues, no caiga el que piensa estar firme en la fe. Hasta ahora no habéis tenido sino tentaciones humanas, u ordinarias; pero fiel es Dios, que no permitirá seáis tentados sobre vuestras fuerzas, sino que de la misma tentación os hará sacar provecho para que podáis sosteneros. [Torres Amat]
Comentario patrístico · Homilía 23 + Homilía 24 sobre 1 Corintios — San Juan Crisóstomo
«¿Y qué tienen que ver estas cosas con nosotros?», dirás. A vosotros ciertamente os pertenecen. Por eso añade: «Estas cosas sucedieron en figura de nosotros». Pues así como los dones son figuras, así también lo son los castigos; y como el Bautismo y la Mesa fueron bosquejados proféticamente, así también, por lo que sobrevino, se anunció de antemano, para provecho nuestro, la certeza del castigo que ha de caer sobre los que se hacen indignos de este don, a fin de que nosotros, por estos ejemplos, aprendamos la sobriedad. Por lo cual añade: «Para que no codiciemos cosas malas, como ellos las codiciaron». Porque así como en los beneficios precedieron las figuras y siguió la realidad, tal será también el orden en los castigos. ¿Veis cómo da a entender no sólo que éstos serán castigados, sino también la medida, más severamente que aquellos antiguos? Pues si lo uno es figura y lo otro realidad, es forzoso que los castigos excedan tanto cuanto exceden los dones.
Y mirad a quiénes trata primero: a los que comen en los templos de los ídolos. Pues habiendo dicho que no codiciemos cosas malas, lo cual era general, añade lo particular, dando a entender que cada uno de sus pecados nacía de la mala codicia. Y primero dijo esto: «No seáis idólatras, como algunos de ellos, según está escrito: Se sentó el pueblo a comer y a beber, y se levantaron a jugar».
¿Oís cómo hasta los llama idólatras? Aquí haciendo la declaración, pero después aportando la prueba. Y señaló también la causa por la cual corrían a aquellas mesas, y ésta era la gula. Por lo cual, habiendo dicho: para que no codiciemos cosas malas, y habiendo añadido: ni seáis idólatras, nombra la causa de tal transgresión, y ésta era la gula. Porque «se sentó el pueblo», dice, «a comer y a beber», y añade el fin de ello: «se levantaron a jugar». Pues así como ellos, dice, de la sensualidad pasaron a la idolatría, así también hay temor de que vosotros caigáis de lo uno en lo otro. ¿Veis cómo da a entender que éstos, varones perfectos según ellos, eran más imperfectos que aquellos a quienes censuraban? No sólo en esto, en no soportar del todo a sus hermanos, sino también en que aquéllos pecaron por ignorancia, mas éstos por gula. Y de la ruina de los primeros calcula el castigo para éstos, y no les permite echar sobre otro la causa de su propio pecado, sino que los declara responsables tanto del daño ajeno como del suyo propio.
«Ni forniquemos, como algunos de ellos fornicaron». ¿Por qué hace aquí mención de la fornicación otra vez, habiendo disertado tan largamente acerca de ella antes? Es costumbre constante de Pablo, cuando presenta acusación de muchos pecados, exponerlos por orden y tratar por separado sus temas propuestos, y de nuevo, al discurrir sobre otras cosas, hacer mención también de los primeros; lo cual solía hacer también Dios en el Antiguo Testamento, respecto de cada transgresión, recordando a los judíos el becerro y poniéndoles delante aquel pecado. Esto mismo hace también aquí Pablo, a la vez recordándoles aquel pecado y enseñando que la madre de este mal era igualmente el lujo y la gula. Por lo cual añade: «Ni forniquemos, como algunos de ellos fornicaron, y cayeron en un solo día veintitrés mil».
«Ni tentemos a Cristo, como algunos de ellos le tentaron, y perecieron por las serpientes». Con esto insinúa de nuevo otra acusación, que asimismo expone al fin, reprochándoles que porfiaban acerca de las señales. Y en verdad fueron destruidos a causa de las pruebas, diciendo: ¿cuándo vendrán los bienes?, ¿cuándo las recompensas? Por lo cual añade, corrigiéndolos y atemorizándolos por esto:
«Ni murmuréis, como algunos de ellos murmuraron, y perecieron a manos del exterminador». Porque lo que se pide no es sólo padecer por Cristo, sino también soportar noblemente las cosas que nos sobrevienen, y con toda alegría; pues tal es la naturaleza de toda corona. Más aún, si no es así, antes bien el castigo aguardará a los hombres que reciben la calamidad de mala gana. Por lo cual, tanto los Apóstoles, cuando fueron azotados, se regocijaron, como Pablo se gloriaba en sus padecimientos.
«Todas estas cosas les acontecían en figura, y fueron escritas para amonestación nuestra, sobre quienes ha llegado el fin de los siglos». De nuevo los atemoriza hablando del fin, y los prepara a esperar cosas mayores que las ya sucedidas. Pues que hemos de sufrir castigo es manifiesto, dice, por lo dicho, aun para los que no creen en lo que se afirma del fuego del infierno; mas que el castigo será también gravísimo, es evidente por los más numerosos beneficios de que hemos gozado, y por aquellas cosas de las cuales éstas eran sólo figuras. Porque si en los dones uno excede al otro, muy evidente es que así será también en el castigo. Por esta causa los llamó figuras, y dijo que fueron escritas para nosotros, e hizo mención de un fin, para recordarles la consumación de todas las cosas. Pues no serán entonces las penas de tal suerte que admitan término y se acaben, sino que el castigo será eterno; porque así como los castigos de este mundo se acaban con la vida presente, así los del otro permanecen sin cesar. Y cuando dijo el fin de los siglos, no quiere decir otra cosa sino que el terrible juicio está ya cercano.
«Por tanto, el que piensa estar en pie, mire no caiga». De nuevo abate la soberbia de los que hacían gran estima de su conocimiento. Pues si aquellos que tenían tan grandes privilegios padecieron tales cosas, y unos, sólo por murmurar, fueron visitados con semejante castigo, y otros por tentar, y ni su muchedumbre movió a Dios a arrepentirse, ni el haber alcanzado tales dones, mucho más será así en nuestro caso, si no somos sobrios. Y bien dijo: el que piensa estar en pie; porque esto ni siquiera es estar en pie como se debe, el fiarse de sí mismo; pues pronto caerá el tal, ya que también aquéllos, si no hubieran sido altivos y confiados en sí, sino de ánimo humillado, no habrían padecido estas cosas. De donde es evidente que principalmente la soberbia, y la incuria de la cual viene también la gula, son las fuentes de estos males. Por lo cual, aunque estés en pie, mira no caigas. Porque nuestro estar en pie aquí no es un estar seguro, no hasta que seamos librados de las olas de esta vida presente y hayamos arribado al puerto tranquilo. No te ensoberbezcas, pues, de tu estar en pie, sino guárdate de caer; porque si temió Pablo, que era más firme que todos, mucho más debemos temer nosotros.
«No os ha sobrevenido tentación que no sea humana; mas fiel es Dios, que no permitirá que seáis tentados sobre vuestras fuerzas, antes dará con la tentación también la salida, para que podáis soportarla». Así pues, porque los atemorizó grandemente, refiriendo los antiguos ejemplos, y los puso en angustia diciendo: el que piensa estar en pie, mire no caiga —aun cuando habían soportado muchas tentaciones y se habían ejercitado muchas veces en ellas, pues «estuve entre vosotros», dice, «con flaqueza, y temor, y mucho temblor»—, para que no dijesen: ¿por qué nos atemorizas y alarmas?, no somos inexpertos en estas tribulaciones, pues hemos sido perseguidos y acosados, y muchos y continuos peligros hemos soportado; reprimiendo de nuevo su soberbia, dice: no os ha sobrevenido tentación que no sea humana, esto es, pequeña, breve, moderada. Pues usa la expresión humana respecto de lo que es pequeño, como cuando dice: hablo a lo humano, por la flaqueza de vuestra carne. No penséis, pues, cosas grandes, dice, como si hubierais vencido la tempestad. Porque nunca habéis visto un peligro que amenazase muerte, ni una tentación que pretendiese mataros; lo cual también dijo a los Hebreos: aún no habéis resistido hasta la sangre, combatiendo contra el pecado.
Luego, porque los atemorizó, mirad cómo de nuevo los levanta, recomendándoles a la vez la moderación, con estas palabras: «fiel es Dios, que no permitirá que seáis tentados sobre vuestras fuerzas». Hay, pues, tentaciones que no podemos soportar. ¿Y cuáles son éstas? Todas, por así decir. Porque la capacidad está en la gracia benigna de Dios, poder que atraemos sobre nosotros por nuestra propia voluntad. Por lo cual, para que sepáis y veáis que no sólo aquellas que exceden nuestras fuerzas, sino que ni siquiera estas que son comunes a los hombres es posible soportar fácilmente sin el auxilio de Dios, añadió:
«Antes dará con la tentación también la salida, para que podáis soportarla». Porque, dice, ni siquiera aquellas tentaciones moderadas, como iba diciendo, podemos soportar por nuestras propias fuerzas, sino que aun en ellas necesitamos su auxilio en nuestro combate, para atravesarlas, y hasta haberlas atravesado, soportarlas. Pues Él da la paciencia y trae una pronta liberación, de suerte que también de este modo la tentación se hace soportable. Esto insinúa veladamente cuando dice: dará también la salida, para que podáis soportarla; y todo lo refiere a Él.
Homilía 23 + Homilía 24 sobre 1 Corintios, San Juan Crisóstomo · Traducción del editor, del texto de dominio público (NPNF, Schaff 1889) · fuente: newadvent.org
Evangelio (Luc. 19, 41-47)
Sequéntia sancti Evangélii secúndum Lucam In illo témpore: Cum appropinquáret Jesus Jerúsalem, videns civitátem, flevit super illam, dicens: Quia si cognovísses et tu, et quidem in hac die tua, quæ ad pacem tibi, nunc autem abscóndita sunt ab óculis tuis. Quia vénient dies in te: et circúmdabunt te inimíci tui vallo, et circúmdabunt te: et coangustábunt te úndique: et ad terram prostérnent te, et fílios tuos, qui in te sunt, et non relínquent in te lápidem super lápidem: eo quod non cognóveris tempus visitatiónis tuæ. Et ingréssus in templum, cœpit ejícere vendéntes in illo et eméntes, dicens illis: Scriptum est: Quia domus mea domus oratiónis est. Vos autem fecístis illam speluncam latrónum. Et erat docens cotídie in templo.
Al llegar cerca de Jerusalén , poniéndose a mirar esta ciudad, derramó lágrimas sobre ella, diciendo: ¡Ah! si conocieses también tú, por lo menos este día que se te ha dado, lo que puede atraerte la paz; mas ahora está todo ello oculto a tus ojos. La lástima es que vendrán unos días sobre ti, en que tus enemigos te circunvalarán, y te rodearán, y te estrecharán por todas partes, y te arrasarán, con los hijos tuyos, que tendrás encerrados dentro de ti, y no dejarán en ti piedra sobre piedra; por cuanto has desconocido el tiempo en que Dios te ha visitado. Y habiendo entrado en el templo, comenzó a echar fuera a los que vendían y compraban en él, diciéndoles: Escrito está: Mi casa es casa de oración; mas vosotros la tenéis hecha una cueva de ladrones. Y enseñaba todos los días en el templo. Pero los príncipes de los sacerdotes, y los escribas, y los principales del pueblo buscaban cómo quitarle del mundo. [Torres Amat]
Comentario de los Padres · Catena Aurea (Cadena de Oro) — Santo Tomás de Aquino
San Lucas 19, 41-47 — glosas de los Padres griegos y latinos, encadenadas por Santo Tomás.
Orígenes, in Lucam hom. 38. Jesucristo confirma con su ejemplo todas las bienaventuranzas de que ha hablado en el Evangelio, así, como había dicho: "Bienaventurados los mansos" ( Mt 5,4), lo prueba diciendo: "Aprended de mí que soy manso" ( Mt 11,29); y como había dicho: "Bienaventurados los que lloran" ( Mt 5,5), El también lloró sobre la ciudad. Por esto dice: "Y cuando llegó cerca", etc.
San Cirilo. Se compadecía de éstos el Señor, que quiere que todos los hombres se salven, lo cual no nos sería manifiesto, si no lo hubiera evidenciado por medio de algo humano; pues las lágrimas vertidas son señal de tristeza.
San Gregorio, in evang. hom. 39. Lloró, pues, el piadoso Redentor la destrucción de aquella pérfida ciudad, las desgracias que ella misma ignoraba habrían de venirle. Por esto añade: "¡Ah si tú conocieses siquiera!" llorarías con amargura, la que ahora tanto te alegras, porque desconoces lo que te amenaza. Por esto añade: "Siquiera en éste tu día", etc. Como en aquel día se había consagrado a todos los goces materiales, tenía todo lo que podía procurarle la paz. Manifiesta después cómo los bienes presentes hacen su paz, cuando añade: "Mas ahora está encubierto a tus ojos"; porque si los males que la amenazan no estuviesen ocultos a los ojos de su corazón, no se alegraría tanto por las prosperidades presentes; por esto añade la pena que lo amenaza, cuando dice: "Porque vendrán días contra ti".
San Cirilo. "¡Ah si tú conocieses!" No eran dignos de comprender las Sagradas Escrituras divinamente inspiradas, que refieren el misterio de Cristo. En efecto, cuantas veces se lee a Moisés, un velo cubre su corazón para que no vean que todo se ha cumplido en Jesucristo, que como verdad hace huir las sombras; y como no conocían la verdad, se hicieron indignos de obtener la salud que mana de Jesucristo. Por esto sigue: "Siquiera en éste tu día", etc.
San Eusebio. En lo que da a conocer que su venida tenía por objeto la pacificación de todo el mundo; había venido, pues, a predicar la paz a los que estaban cerca y a los que estaban lejos; pero como no quisieron recibir la paz anunciada, quedaron ocultas para ellos estas cosas. Por esto añade: "Mas ahora está encubierto a tus ojos". Así, pues, predice con toda claridad el sitio que dentro de poco habría de sufrir, diciendo: "Porque vendrán días contra ti", etc.
San Gregorio, ut sup. Esto señala a los príncipes romanos; porque habla de la destrucción de Jerusalén, que sucedió bajo Vespasiano y Tito, príncipes romanos. Por esto continúa: "Y te pondrán cerco", etc.
San Eusebio. Cómo se cumplió todo esto, podemos conocerlo por lo que refiere Josefo, quien a pesar de ser judío refiere estas cosas tal y como Jesucristo las había predicho.
San Gregorio, ut sup. También en esto que añade: "Y no dejarán en ti piedra sobre piedra", está atestiguada la reubicación de esta misma ciudad; porque ahora está construida en aquel sitio donde el Salvador fue crucificado, fuera de la puerta: la primera fue destruida en absoluto. Dice luego la culpa por la que fue condenada a la destrucción, añadiendo: "Por cuanto no conociste el tiempo de tu visitación".
Teofiactus. Esto es, de mi venida; porque he venido a visitarte y a salvarte, y si lo hubieras comprendido así, y creyeras en mí, estarías en paz con los romanos y libre de todos los peligros, así como todos aquellos que creyeron en Jesucristo pudieron evadirse.
Orígenes, ut sup. Yo no niego que aquella Jerusalén fuese destruida por los pecados de sus habitantes; pero pregunto si estas lágrimas han sido vertidas también sobre vuestra Jerusalén. Cuando alguno peca después de participar de los misterios de la verdad, se llorará por él; pero no por ningún gentil, sino sólo por aquel que perteneció a Jerusalén y después la abandonó.
San Gregorio, in evang. hom. 39. Nuestro Redentor no cesa de llorar por sus escogidos cuando ve caer en el mal a los que poseían la virtud; porque si éstos conociesen la condenación que les espera, se llorarían a sí mismos con las lágrimas de los escogidos. El hombre de inclinaciones malas tiene aquí su día, que goza por breve tiempo, y se complace en las cosas temporales disfrutando de cierta paz; por esto huye de prever el porvenir, para que no se turbe su alegría presente. Por esto sigue: "Mas ahora está encubierto a tus ojos", etc.
Orígenes, ut sup. Llora además por nuestra Jerusalén, a la que, después que ha pecado, sitian sus enemigos, esto es, el espíritu maligno, y la rodean de trincheras para cercarla y no dejar piedra sobre piedra; especialmente cuando alguno es vencido después de mucha continencia y de algunos años de castidad, y atraído por los halagos de la carne, pierde la paciencia y la castidad. Y si fuese fornicador no dejarán en él piedra sobre piedra, según las palabras de Ezequiel: "No me acordaré de sus primitivas virtudes" ( Ez 18,24).
San Gregorio, ut sup. Los espíritus malignos asedian el alma en cuanto sale del cuerpo, y como ama la carne en los placeres carnales, la inquietan con el engaño del deleite; la rodean de trincheras, presentando a su vista las iniquidades que cometió, y la estrechan con los que son compañeros de su condenación, con el fin de que ella vea, una vez en el último instante de su vida, la clase de enemigos que la asedian y no pueda encontrar medio de evadirse, porque ya no puede hacer el bien que despreció cuando pudo hacerlo; estrechan al alma por todas partes poniéndole a la vista la iniquidad, no sólo de sus obras, sino también de sus palabras y de sus pensamientos; para que así como antes se había solazado tanto en la maldad, sienta en su última hora la angustia que merece en pago. Entonces el alma, por la condición de su culpa, se aterra cuando ve que su carne, que creyó que era su vida, va a convertirse en polvo; entonces mueren sus hijos cuando los pensamientos ilícitos, que ahora nacen de ella, se disipan en el último momento de la venganza; estos pensamientos pueden representarse por las piedras. La mente perversa, cuando añade a un pensamiento malo otro peor, pone, por decirlo así, una piedra sobre otra; pero cuando es llevada a su castigo, se destruye todo el edificio de sus pensamientos. Sin embargo, el Señor visita al alma culpable para su enseñanza alguna vez mediante la desgracia, otras con los milagros, con el fin de que conozca las verdades que ignoraba, y menospreciando el mal vuelva por la compunción del dolor u obligada por los beneficios, y se avergüence de lo mal que obró. Pero porque no conoció el tiempo en que fue visitada, al final de su vida será entregada a sus enemigos, con quienes se verá unida en el juicio eterno de su perpetua condenación.
San Gregorio, in evang. hom. 39. Después de haber predicho los males que habían de venir, se introdujo a continuación en el templo para arrojar de allí a los que vendían y compraban, dando a conocer que la ruina del pueblo venía principalmente por culpa de los sacerdotes. Por esto dice: "Y habiendo entrado en el templo comenzó a echar fuera a todos los que vendían y compraban en él", etc.
San Ambrosio. El Señor no quiere que sea el templo casa de mercaderes, sino de santidad; ni tampoco que se vendan, sino que se den gratuitamente las funciones del ministerio sacerdotal.
San Cirilo. Había en el templo una multitud de mercaderes que vendían animales para ofrecer los sacrificios que debían celebrarse, según estaba prescrito en la ley. Pero ya había venido el tiempo en que debía desaparecer la sombra y brillar la verdad en Jesucristo; por esto Jesucristo, que era adorado a la vez que su Padre en el templo, ordenó que se enmendasen los ritos de la ley y que se convirtiese el templo en casa de oración. Por esto añade: "Diciéndoles: Escrito está, mi casa", etc.
San Gregorio, ut sup. Y se sabía que los que estaban en el templo para recibir las ofrendas tenían exigencias gravosas con los que no les daban.
Teofiactus. Esto también lo hizo el Señor al principio de su predicación, como cuenta San Juan; y ahora lo repite para hacer más inexcusable la culpabilidad de los judíos, que no se habían enmendado con su primera lección.
San Agustín, De quaest. evang. 2,48. Hablando en sentido espiritual, debe entenderse que el templo es el mismo hombre Cristo, que también lleva unido a sí su cuerpo que es la Iglesia. Así, pues, como cabeza de la Iglesia, dice con las palabras de San Juan: "Destruid este templo, y lo reconstruiré a los tres días" ( Jn 2,19). Y como está unido a la Iglesia que es su cuerpo, debe entenderse que ella (la Iglesia) es el templo de quien dice el mismo Evangelista: "Quitad esto de aquí", etc. Da a conocer con esto que habría de haber en la Iglesia quien se ocupase de sus negocios y tuviese allí un asilo para ocultar sus crímenes, en vez de imitar la caridad de Jesucristo y de corregirse para alcanzar con la confesión el perdón de sus pecados 1.
San Gregorio, ut sup. Pero nuestro Redentor no excluye de su predicación ni a los indignos ni a los ingratos. Por lo que después que restableció el rigor de la disciplina arrojando a los malos, les da a conocer el don de su gracia diciendo: "Y cada día enseñaba en el templo".
San Cirilo. Debían, pues, adorarle como a Dios por todo lo que había dicho y hecho; pero en vez de hacerlo así, trataban de matarle. Sigue pues: "Mas los príncipes de los sacerdotes y los escribas, y los principales del pueblo, querían matarle".
Beda. Y como todos los días enseñaba en el templo y había arrojado de él a los ladrones, o bien porque venía como Rey y Señor, le recibió una numerosa multitud de creyentes alabándolo con himnos celestiales.
San Cirilo. El pueblo tenía en más estimación a Jesucristo que los escribas, los fariseos, y los príncipes de los judíos, los que, como no aceptaban la fe de Jesucristo, reprendían a los demás. Por esto sigue: "Y no hallaban medio de hacer nada contra El; porque todo el pueblo estaba embelesado cuando le oía".
Beda. Esto puede entenderse de dos modos: o porque temían un alboroto del pueblo, en cuyo caso no sabían qué hacer de Jesús a quien trataban de perder, o porque trataban de perderlo poniendo por causa que muchos habían rechazado la enseñanza de los judíos por ir a escucharlo.
San Gregorio, ut sup. En sentido místico puede decirse, que así como el templo de Dios se encuentra en la ciudad, así en el pueblo fiel se encuentra la vida de los religiosos. Y muchas veces sucede que algunos toman el hábito religioso, y mientras llenan las funciones de las sagradas órdenes, hacen del ministerio de la santa religión un comercio de asuntos terrenales. Los que venden en el templo son los que ponen a precio de dinero lo que a cada uno le corresponde por derecho; porque el que pone a precio la justicia, la vende. Y los que compran en el templo son aquellos que mientras no quieren pagar a su prójimo lo que es justo, y no hacen aprecio de cumplir lo que por derecho es debido, una vez que han premiado a sus patronos compran el pecado.
Orígenes, in Lucam hom. 38. Por tanto, si alguno vende, será arrojado fuera; especialmente si vende palomas. Porque si yo vendiere al pueblo por dinero lo que el Espíritu Santo me ha revelado o confiado, o no lo enseñase sin pagarlo, ¿qué otra cosa hago que vender la paloma, esto es, el Espíritu Santo?
San Ambrosio. Por esto el Señor nos enseña en general que los contratos temporales deben ser desterrados del templo. Rechaza espiritualmente a los cambistas; los cuales tratan de lucrar con el dinero del Señor, esto es, la Sagrada Escritura, sin hacer distinción entre el bien y el mal.
San Gregorio, ut sup. Estos convierten la casa de Dios en cueva de ladrones; porque cuando los hombres malos ocupan el lugar de la religión, matan con las espadas de su malicia allí donde debieran vivificar a sus prójimos por la intercesión de su oración. También es templo el espíritu de los fieles; y si lo invaden malos pensamientos con perjuicio del prójimo, residen allí como en una cueva de ladrones. Pero cuando se instruye sutilmente al espíritu de los fieles para que eviten el pecado, es la verdad la que enseña todos los días en el templo.
Catena Aurea (Cadena de Oro), Santo Tomás de Aquino · Traducción española del siglo XIX, dominio público · fuente: hjg.com.ar/catena