domingo, 26 de julio de 2026 Santa Ana, Madre de la Bienaventurada Virgen María · Comm. IX Domingo después de Pentecostés

domingo, 30 de junio de 2013

La Conmemoración de San Pablo

Vida del santo de hoy, según el Año Cristiano del P. Juan Croiset.

San Pablo, apóstol, doctor de las gentes y oráculo del mundo, fue judío, de la tribu de Benjamín, y se llamaba Saulo. Nació en Tarso, ciudad célebre de Cilicia, dos años después del nacimiento de nuestro Señor: por su nacimiento era ciudadano romano, privilegio que concedió el emperador Augusto a los tarsenses en premio de su fidelidad. Su padre, que profesaba la secta de los fariseos, le envió a Jerusalén, siendo aún muy niño, para que le educase y le instruyese en ella Gamaliel, enseñándole la doctrina de la ley y de las tradiciones. En poco tiempo hizo grandes progresos, y siendo uno de los más celosos parciales de la ley, fue por consiguiente uno de los más ardientes perseguidores de la Iglesia.

Muy en breve llegó a ser furor su falso celo. No contento con haber pedido terca y encarnizadamente la muerte de san Esteban, quiso tener el gusto de guardar las capas de los que le apedreaban. La persecución que se excitó contra la Iglesia en Jerusalén después de la muerte del protomártir dio buena ocasión de satisfacer su implacable odio a este furioso enemigo de los discípulos de Cristo. Corría la ciudad, entraba en el templo, registraba las casas, y sacaba de ellas con violencia a cuantos creían en el Señor, arrastrándolos por las calles, metiéndolos en los calabozos, y cargándolos de cadenas. Parecían muy estrechos los límites de la Judea, de la Galilea y de la Palestina para contentar el mentido celo de este furioso perseguidor. Respirando sangre, muertes y carnicería de los fieles, se presentó al consejo, pidiendo cartas y requisitorias dirigidas a las sinagogas y a los judíos de Damasco, con pleno poder para pesquisar y proceder contra todos los cristianos, para exterminar, si pudiese, aquella recién nacida Iglesia.

Partió para Damasco con amplísimos poderes, echando retos y fulminando amenazas. Ya estaba cerca de la ciudad, cuando hacia la hora del mediodía vio de repente desprenderse del cielo una extraordinaria luz, más resplandeciente que el sol, que le rodeó a él y a todos los que le acompañaban. Atónitos y atemorizados cayeron todos en tierra; y estando Saulo derribado en ella, oyó una voz que clara y distintamente le decía: «Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?». Conmovióse su corazón al oír tan amorosa como no esperada queja; y recobrándose un poco, respondió: «¿Quién sois vos, Señor?». «Yo soy Jesús —le replicó el Salvador—, a quien tú persigues. En vano te empeñas en recalcitrar contra mí». Al oír esto Saulo, temblando, turbado y fuera de sí, exclamó: «Señor, ¿qué queréis que haga?». «Levántate —respondió el Salvador—, entra en la ciudad, y allí te dirán lo que debes hacer». Los que le acompañaban no estaban menos aturdidos que él: oían confusamente la voz, pero sin percibir lo que decía, ni ver a quién hablaba; solo Pablo veía al Salvador distintamente. Levantóse del suelo, abrió los ojos y hallóse en tinieblas, de modo que fue menester le condujesen por la mano a la ciudad, donde estuvo tres días naturales sin ver, sin comer y sin beber.

En este tiempo, reveló Dios lo que pasaba a uno de los discípulos llamado Ananías, el cual fue a la posada de Saulo, puso las manos sobre él, restituyóle la vista, instruyóle suficientemente y le administró el bautismo. Así como jamás hubo conversión más ruidosa, tampoco la hubo nunca más sincera, pues el más furioso perseguidor de Jesucristo pasó de repente a ser uno de sus más celosos apóstoles. Predicaba, demostraba la divinidad de Jesucristo, y confundía a cuantos disputaban al Salvador el augusto timbre de verdadero Mesías. Atemorizó a los judíos un predicador de tal carácter; porque, sobre estar perfectamente instruido en la Escritura, era de genio vivo y eficaz, con cierto aire de autoridad en cuanto hacía, que se llevaba el respeto y los corazones de todos. Sobresaltados los doctores de la ley a vista de tan poderoso adversario, y perdiendo la esperanza de restituirle, tomaron la resolución de desembarazarse de él; pero los fieles le libraron de sus manos y de su furor descolgándole una noche por la muralla, metido en una cesta.

Libre de este peligro, pasó a Jerusalén para abocarse con san Pedro, en cuya compañía estuvo quince días. Aparecióse Jesucristo, y le mandó fuese a predicar el Evangelio a los gentiles. Partió a Tarso, desde donde hizo varias correrías apostólicas a las ciudades de la Siria y de la Cilicia, recogiendo, por decirlo así, un gran botín para Jesucristo. Enviaron los apóstoles a san Bernabé a la ciudad de Antioquía: halló sobrada mies para un solo operario; pidió a san Pablo que se juntase a él, y los dos apóstoles trabajaron con tan feliz suceso, que allí fue donde los fieles se comenzaron a llamar cristianos.

Tres años había que Pablo y Bernabé predicaban en Antioquía con maravilloso fruto: hacíanse en ella con el mayor fervor todos los ejercicios de la religión; eran muy frecuentes los ayunos, y se celebraban diariamente nuestros sagrados misterios, cuando el Espíritu Santo dio a entender a los profetas y a los doctores (que se contaban en gran número) cómo tenía escogidos a Pablo y a Bernabé para la conversión de los gentiles. Ayunaron los fieles, hicieron oración, ofrecieron el divino sacrificio, y el Espíritu Santo declaró su voluntad de la manera más precisa; pues se oyó una voz, percibida de todos los asistentes, que decía: «Segregadme a Saulo y a Bernabé para el ministerio a que los tengo destinados». Doblaron entonces los apóstoles así los ayunos como las oraciones; impusiéronles las manos, y los enviaron a la misión que les señalaba el Espíritu Santo.

Partieron a Seleucia: allí se embarcaron para Chipre, entraron en Salamina, capital de la isla, y predicaron el Evangelio con tanto celo y con suceso tan feliz, que se convirtió la mayor parte de la ciudad. Tiénese por cierto que al principio de esta misión sucedió el famoso rapto de san Pablo hasta el tercer cielo, donde el Señor le descubrió maravillas superiores a toda expresión, dándole la inteligencia de los más escondidos misterios; mas, porque no le envaneciesen tan singulares favores, como dice el mismo apóstol, permitió Dios que el estímulo de la carne le combatiese toda la vida; y para sujetarle, añadió a los trabajos del apostolado continuas y rigurosas penitencias.

Era a la sazón gobernador de la isla el procónsul Sergio Pablo, hombre prudente y entendido, el cual, luego que oyó hablar a nuestro santo de Cristo y de su religión, la hubiera inmediatamente abrazado, a no habérselo impedido un judío llamado Barjesús, por sobrenombre Elimas, que quiere decir insigne mago. Encendido nuestro apóstol en santo celo contra aquel embustero, le dijo: «Hombre malvado, tú estorbas a otros que vean la verdadera luz que alumbra a todos los que vienen al mundo, enseñándoles el camino de la salvación; pues desde este mismo punto la mano del Señor es sobre ti, y estarás ciego sin ver el sol hasta de aquí a algún tiempo». En el propio instante perdió Elimas la vista, y buscó quien le diese la mano para andar: milagro que asombró al procónsul, y se convirtió en la misma hora. Desde entonces dejó el apóstol el nombre de Saulo, y comenzó a llamarse Pablo.

Dejaron los apóstoles la isla de Chipre, y partiendo al Asia Menor, predicaron el Evangelio en Antioquía de Pisidia, en Perge de Panfilia y en las provincias vecinas. Hallándose san Pablo en Antioquía, predicó a Jesucristo en la sinagoga con tanta eficacia y con tanta moción, que todo el pueblo se mostró inclinado a creer en él. Sobresaltados los sacerdotes y los doctores de la nación, vomitaron mil blasfemias contra Cristo, y se alborotaron contra los apóstoles, en cuya vista les dijeron estos: «Vosotros habíais de ser los primeros a quienes nosotros anunciásemos la palabra de Dios; pero, pues sois también los primeros que la despreciáis, y por vuestra misma boca os confesáis indignos de la vida eterna, veis aquí que la vamos a anunciar a los gentiles». Dicho esto, sacudieron el polvo de los pies, y marcharon a Iconia, donde hicieron muchas conversiones de judíos y de idólatras, entre las cuales se contó la de la ilustre virgen santa Tecla; pero los judíos, que se mantuvieron tercos en su incredulidad, conmovieron el pueblo tan furiosamente contra ellos, que estuvieron en gran riesgo de ser apedreados: alboroto que los puso en precisión de retirarse de aquella ciudad, y se fueron a Listris, Derba y otros muchos pueblos.

Estando en Listris san Pablo, sanó de repente a un hombre tullido desde su nacimiento: milagro que obligó a aquella ciega gente a tenerle por dios; y ya iban a ofrecerle víctimas y sacrificios, cuando, horrorizados los apóstoles, rasgaron sus vestiduras en señal de dolor, y exclamaron que eran unos pobres hombres tan mortales como todos los demás, y que venían a enseñarles no haber más que un solo Dios verdadero, Criador del cielo y de la tierra. Llegaron a Listris algunos judíos que venían de Iconia y de Antioquía de Pisidia, y concitaron el pueblo de manera que aquella veneración se convirtió repentinamente en un popular furor. Descargó una espesa lluvia de pedradas contra san Pablo; sacóle arrastrando de la ciudad, y dejóle por muerto fuera de ella; aunque aquella misma noche se volvió a entrar el apóstol como pudo; pero al amanecer del día siguiente se salió de Listris, porque no se excitase alguna persecución contra los fieles.

Crecía su celo al paso que se multiplicaban los trabajos y los peligros. Corrió con san Bernabé la Pisidia, la Panfilia, la Atalia y gran parte de la Siria, ordenando obispos y sacerdotes, y fundando iglesias en todas aquellas provincias. No es fácil imaginar lo mucho que el grande apóstol padeció por Cristo en aquellas expediciones. Él mismo da testimonio de que ningún otro sufrió más trabajos, recibió más golpes, toleró más cárceles: muchas veces se vio a las puertas de la muerte en los ríos, en los caminos, en el mar y en las poblaciones. No se pueden explicar los peligros a que se expuso por parte de los judíos, de los gentiles, de los falsos hermanos, empeñados todos en desacreditarle y en perderle, sin estar seguro aun en los más espantosos desiertos. ¡Cuántos días pasó sin beber ni comer, y cuántas noches sin dormir, expuesto a todos los rigores del tiempo sin recurso y sin abrigo! Cinco veces fue cruelmente azotado por los judíos con nervios de bueyes, dos con varas por orden de los magistrados de las ciudades de Asia o de Grecia; tres veces padeció naufragio; pasó un día y una noche fluctuando entre las olas del mar, esperando ser tragado de ellas a cada momento. Pero, en medio de tantos trabajos, san Pablo siempre el mismo; esto es, siempre más y más encendido en el amor de Jesucristo; siempre más y más celoso de llevar su santo nombre a todas las naciones de la tierra.

Asombro causa considerar las ciudades, las provincias, los reinos y los vastos dominios que corrió este grande apóstol, anunciando el Evangelio en todos ellos. Hizo tres o cuatro viajes a Jerusalén; corrió, después que se separó de san Bernabé, todas las iglesias de Cilicia, Siria y Arabia. Estando en Licaonia, recibió en su compañía a su querido discípulo Timoteo; desde allí pasó a Frigia y a Galacia, donde convirtió muchos gentiles. Llamado a Macedonia, predicó en Filipos, donde hizo maravilloso fruto; de Filipos se transfirió a Tesalónica, y desde aquí a Berea y Atenas, donde habló en el Areópago, aquel famoso tribunal de los atenienses, declarando con tanta fuerza y con tanta elocuencia la divinidad de Jesucristo, la resurrección de los muertos y la santidad del Evangelio, que se convirtieron a la fe san Dionisio, uno de los más sabios y más célebres individuos de aquella academia; una mujer llamada Damaris y otros muchos. Desde Atenas se encaminó a Corinto, donde hizo mansión cerca de diez y ocho meses, con el consuelo de ver florecer y triunfar en aquella ciudad la religión cristiana, creciendo tanto la iglesia de Corinto por el gran número de cristianos que abrazaron la fe, que fue uno de los más ilustres reinos de Jesucristo en los primeros siglos.

Pero cuanto mayores eran los progresos que hacía el Evangelio, más tenía san Pablo que padecer. Embarcóse en Cencrea para volver a Siria; atravesó la Galacia, la Frigia, y otras provincias del Asia más remotas del mar; llegó a Éfeso, donde predicó el Evangelio, pero fue expelido de aquella ciudad por la conjuración de un platero llamado Demetrio, que sublevó al pueblo contra el apóstol, irritado de ver lo mucho que se disminuía la venta de sus imágenes o medallas de la Diana de Éfeso por la predicación de san Pablo. Transitó por la Macedonia, donde se detuvo algún tiempo; y, en fin, volvió por la cuarta vez a Jerusalén hacia el año de 58. Viéndole los judíos en el templo, se echaron sobre él, y pidieron auxilio para prenderle. «Este es —decían— aquel hombre que en todas partes predica contra la ley, contra el templo y contra el pueblo de Dios». Del templo se comunicó luego el tumulto al populacho, y concurriendo de toda la ciudad, se arrojaron sobre el apóstol, arrastráronle fuera del templo, cargáronle de golpes, y hubieran acabado con él, a no haber acudido el tribuno Lisias, que mandaba la cohorte romana; y, sacándole con gran trabajo de entre las manos de aquellos furiosos, sin más averiguación, ni informarse del motivo, le mandó atar, cargarle de cadenas y meterle en un calabozo.

Era tan grande el concurso, que se vieron los soldados precisados a subirle sobre la escalera de piedra, que estaba a la puerta de la cárcel por la parte exterior. Cuando san Pablo registró desde ella toda aquella muchedumbre, pidió licencia al tribuno para hablar al pueblo; y, obtenida, refirió públicamente la historia de su conversión; pero, cuando llegó al lance en que Cristo le mandó que predicase a los gentiles, comenzaron los judíos a dar descompasados gritos, y a desenfrenarse contra él como desesperados. Para sosegarlos, le mandó el tribuno que se entrase en la prisión, con ánimo de aplicarle a cuestión de tormento; pero, habiendo sabido que era ciudadano romano, mudó de parecer, y le mandó quitar las prisiones. Informado después de que el alboroto era sobre punto de religión, convocó el consejo pleno de los judíos. Apenas abrió san Pablo la boca para hablar, cuando el sacerdote descargó brutalmente en su rostro una furiosa bofetada, que el santo sufrió con gran paciencia, de modo que la junta quedó como atónita, pasmada y muda, y a breve rato se deshizo tumultuariamente. Mandó el tribuno que le volviesen a la cárcel para que no le hiciese pedazos la muchedumbre.

En la noche siguiente se le apareció Jesucristo, animóle, confortóle, y le dijo que, así como había dado testimonio de él en Jerusalén, era menester que le diese también en Roma. Mientras pasaba esto en la cárcel, más de cuarenta judíos habían acudido a casa del príncipe de los sacerdotes, protestándole que no comerían bocado hasta que a Pablo se le quitase la vida; y, noticioso de todo Lisias, dispuso que a media noche partiese nuestro santo con una buena escolta para Cesárea, donde se hallaba Félix, gobernador de la Judea, haciéndole un exacto informe de todo lo sucedido. Dos años le tuvo Félix preso en Cesárea, donde el santo confundió a los judíos en cuantas ocasiones se ofrecieron, y convirtió a muchos paganos. Festo, sucesor de Félix, propuso a san Pablo en una junta si quería le remitiese a Jerusalén para que se sustanciase y se juzgase su causa; pero el santo, que sabía la conjuración de los judíos, respondió que no tenía de qué, pues se hallaba inocente, y jamás había hecho mal a nadie; pero, al fin, ya que su causa estaba en el tribunal del César, apelaba al César. El día siguiente tuvo otra audiencia del gobernador en presencia del rey Agripa, quien quedó tan plenamente convencido de su inocencia, que dijo a Festo debiera darle libertad, a no haber interpuesto la apelación al emperador.

Prevenidas ya todas las cosas para el embarco, san Pablo, seguido de san Lucas y de Aristarco, se hizo a la vela para Italia. A pocos días de navegación se levantó una tormenta tan deshecha, que no solo se vieron precisados a arrojar al mar la carga, sino los mismos aparejos del navío; y, continuando la borrasca con la mayor violencia, llegaron todos a perder la esperanza de salvarse; pero, haciendo oración el apóstol, consiguió que ninguno del navío pereciese; y, en efecto, dando a la costa en la isla de Malta, todos ganaron tierra, unos a nado y otros en tablones, sin que hubiese uno que no se reconociese deudor de la vida al santo apóstol. Recibieron los isleños a los huéspedes con mucha humanidad, y encendieron fuego para que secasen la ropa; juntó san Pablo un poco de leña menuda para avivar más la llama, sin reparar en una víbora que estaba dentro de ella, la que apenas sintió la mano cuando picó al apóstol con su furia natural. Viéronlo los bárbaros, y se persuadieron a que aquel hombre debía ser algún insigne facineroso, a quien perseguía la justicia de los dioses, esperando por los instantes que cayese muerto en tierra; pero Pablo no hizo más que sacudir la mano, y la víbora cayó en el fuego sin haberle hecho el más leve daño; a cuya vista, atónitos los bárbaros, y mudando de repente de concepto, comenzaron a mirarle como a un hombre extraordinario. Hospedóle en su casa el más considerable de la isla, llamado Publio, romano de nación; tenía enfermo a su padre, y apenas le visitó san Pablo cuando quedó repentinamente sano. Con la noticia de este milagro acudieron al apóstol todos los enfermos de la isla, y todos cobraron salud.

Después de haberse detenido en ella tres meses, se embarcó el santo con sus compañeros, aportó a Siracusa de Sicilia, desembarcó en Puzol y partió por tierra a Roma. Noticiosos de su venida, los fieles salieron en tropas a recibirle, y ya se deja discurrir la veneración y la ternura con que le recibían. Diósele permiso para que anduviese libre por la ciudad, con solo un guarda de vista, y se aprovechó de esta libertad para instruir a los judíos, y para confirmar a los fieles en la fe. Dos años estuvo en Roma san Pablo, en los cuales propagó maravillosamente el reino de Jesucristo, haciendo portentosas conversiones aun dentro del palacio del mismo emperador; y, habiéndose justificado plenamente en todos los tribunales, se le despachó absuelto de todo cuanto le imputaban. Viéndose ya con entera libertad, llevó el Evangelio a muchas provincias; y no pocos autores creen haber estado el santo en España. Es probable que volvió al Oriente, no hallando descanso, ni aun consuelo, sino en los trabajos apostólicos; pudiéndose decir sin exageración que fue un milagro continuado la vida de este grande apóstol.

Restituyóse, en fin, a Roma hacia el año 67 para consolar y fortificar a los fieles en la persecución de Nerón, y encontró en aquella ciudad a san Pedro, que también había vuelto a ella después de varios viajes. En medio de ser entonces Roma como el centro de todas las supersticiones y de todos los vicios del mundo, no pudo resistir al celo de aquellos dos héroes cristianos. Ya había convertido san Pablo a muchos oficiales del emperador, y había puesto en camino de salvación a una de las más queridas concubinas de este, cuando fue arrestado y metido en prisión, en la que estuvo un año en compañía de san Pedro, hasta que coronó su gloriosa vida con una preciosa muerte, recibiendo la corona del martirio. Fueron martirizados los dos apóstoles en un mismo día y en un mismo año, que fue el 68 del nacimiento de Cristo. Dícese que corrió leche en lugar de sangre de su santa cabeza separada del cuerpo, y que el verdugo que se la cortó, con otros dos soldados, se convirtieron a vista de aquella maravilla. Es también antigua tradición que en el lugar donde se ejecutó la sentencia brotaron tres fuentecillas, que se conservan corrientes hasta el día de hoy.

Tenemos catorce epístolas de san Pablo, en las que podemos decir se contiene toda la religión y toda la doctrina cristiana; pero se debe observar que no están colocadas según el orden cronológico de los tiempos. Pónense las primeras aquellas que dirigió a todos los fieles de alguna particular iglesia, y después las que escribió a sujetos particulares. La primera es a los Romanos, escrita desde Corinto el año de 57. La segunda es la primera a los Corintios desde Éfeso en el mismo año. La tercera es la segunda a los mismos desde Macedonia algunos meses después. La cuarta es a los Gálatas desde Corinto o desde Éfeso, el año de 56. La quinta a los Efesios desde Roma el primer año de su primera prisión. La sexta a los Filipenses desde el mismo lugar, y casi con la misma data. La séptima a los Colosenses desde Roma el año de 62, uno posterior a la antecedente. La octava es la primera a los Tesalonicenses, y fue la primera de todas las que escribió hallándose en Corinto el año de 52. La nona es la segunda a los mismos desde el mismo lugar, y poco tiempo después que la primera. La décima es la primera que escribió a Timoteo desde Macedonia, por los años de 59. La undécima es la segunda al mismo, durante su prisión en Roma. La duodécima es la dirigida a Tito desde Nicópolis el año de 64. La décimatercia es la escrita a Filemón desde Roma, el año de 61. Y la última es la epístola a los Hebreos o judíos convertidos de Jerusalén y de la Palestina, desde Roma, poco después que recobró su libertad. En todas estas epístolas, además de contenerse toda la médula de la moral y de la doctrina cristiana, resplandece el tierno amor que el apóstol profesaba a Jesucristo, cuyo dulcísimo nombre repite en ellas a cada paso.

Año Cristiano del P. Juan Croiset (trad. José F. de Isla), dominio público.